La flor de la argoma
Julio, 1877
A un invierno de nieves pero corto siguió una primavera cálida y no demasiado lluviosa, adecuada para el cultivo del maíz, cuya siembra a partir de finales de febrero y posteriores cuidados mantuvieron ocupados a los habitantes de Araotz, ahora que el país estaba en calma. Era preciso prever para los meses fríos el alimento de personas y animales; los establos esquilmados durante la guerra comenzaban a llenarse de nuevo, aunque poco a poco debido a la escasez de reses en la provincia, además de la falta de dinero para comprarlas. Una buena cosecha de trigo y maíz les permitiría adquirir animales en las zonas vascas del sur de Francia y recomponer una vez más sus maltrechas economías.
Bittor decidió permanecer en “Goikoa” hasta comienzos del verano para echar una mano, puesto que la experiencia de Xabier en los asuntos del campo era más bien nula. Lo ayudó a roturar, a marcar los surcos para sembrar los granos; le enseñó a distinguir las enfermedades causadas por los hongos que secaban las mazorcas, a plantar nabos para aprovechar mejor los maizales y fueron juntos a “Gaztelondo” en busca de una vaca y una ternera que el abuelo dio a su nieto como regalo de bodas. Los Olalde no habían sido robados ni por los carlistas, ni por los liberales, quizás por hallarse el caserío algo apartado del camino transitado, o porque, según la abuela Manuela, la Virgen de Arantzazu había escuchado sus plegarias. Carmen acababa de dar a luz a un muchachote con aspecto de llegar a ser tan grande como su padre y a quien cristianaron con el nombre de Bartolo, en honor al bisabuelo quien, rebosante de orgullo, y en compañía de su mujer, acudió a Araotz para el bautismo. La joven no olvidaba a su otro hijo, a Andrés, pero la presencia del pequeño Bartolotxo le devolvió la alegría y recuperó el aspecto que tenía cuando Bittor la conoció, lo que hizo
pensar a éste que era hora de reunirse con el pastor, pues su gran parecido con Julia impedía que la olvidase. Tras prometer una decena de veces a sus amigos que regresaría para el invierno, salió una mañana temprano con la vista puesta en la cumbre del Aizkorri. Ni siquiera se desvió para echar una ojeada a su antiguo hogar calcinado y desapareció por el sendero que llevaba al santuario a través de Eztepasakon, justo en el mismo momento en que aparecía por el camino de la Villa un coche de caballos, seguido por un carromato con criados y enseres.
Julia observó con aprensión el paisaje que conocía y amaba, las paredes de roca, la vegetación exuberante que rodeaba el barranco de Jaturabe. No había allí un solo rincón que no le recordase a Bittor; temía encontrarse con él y lo deseaba al mismo tiempo. Conocía por Eladio lo ocurrido en “Urondoa” y la impasibilidad de Bittor al enterarse de la destrucción del caserío cuando los demás habitantes del barrio habían mostrado su sorpresa. Por una vez, estaba de acuerdo con su marido: únicamente él sería capaz de prender fuego a su propia casa, no obstante estaba convencida de que su acción no se debía a la furia o al hecho de que el actual propietario fuese su hermano. Había algo más: la injusticia de haberse visto privado de lo que por tradición y deseo de sus padres le pertenecía por un lado y por otro… quiso imaginar que aquélla había sido la manera de impedir que ella y Eladio durmieran en el hogar que él había ido a ofrecerle cinco años atrás. Sonrió con tristeza al recordar. Su tutor se negó y ella rió divertida ante la propuesta, pero en estos momentos daría todo lo que tenía por volver atrás, una idea absurda, puesto que sería la misma joven inexperta de entonces y se reiría de nuevo.
Sentado a su lado, Eladio contemplaba con indiferencia los lugares de su infancia y juventud. Regresaba a Araotz con el propósito de tantear el estado de ánimo de sus vecinos, pero sólo el de unos pocos, aquéllos que podrían votar a partir del año siguiente: varones y propietarios con medios suficientes para pagar una cuota mínima de veinticinco pesetas anuales que les daría derecho a participar en las elecciones, y además se encargarían de informarle sobre los dueños de los caseríos arrendados. Tenía intención de entrar en la política, aunque todavía no se había decantado por uno de los dos partidos dinásticos: el conservador y el liberal, los únicos que podrían presentarse a las elecciones, y cada voto contaba. Él cumplía todos los requisitos de la Ley Electoral
recientemente aprobada: era varón, propietario, contribuyente, sabía leer y escribir y estaba casado. Miró de reojo a Julia. Ella era la otra razón por la cual había aparcado durante unas semanas los asuntos financieros y las tertulias.
Esperaba que el aire del campo le sentara bien, que el cambio propiciara la concepción del hijo que anhelaba y que no llegaba, que las aguas de la cueva de Saindaili favoreciesen la preñez; cualquier cosa con tal de tener un heredero a quien legar la fortuna que estaba en camino de crear gracias al dinero de su mujer pero, sobre todo, a la política del gobierno que propiciaba la igualdad de oportunidades entre todos los súbditos del rey. Ya no era necesario ser noble o jauntxo para alcanzar un puesto relevante dentro de la sociedad; bastaba con ser rico.
Un badén en el camino inclinó el carruaje hacia su lado, empujando a Julia hacia él y su perfume trajo a su memoria el día que la conoció en un inmundo cuchitril cuartelado. Había tenido tratos con otras mujeres, bastantes, sonrió complacido consigo mismo, pero siempre había sabido que ella sería su esposa, la madre de sus hijos. Tuvo dicha certeza al enterarse de que el abogado Zabala no tenía más familia, por lo que no resultaba arriesgado predecir que ella sería su única beneficiaria. El viejo no parecía gozar de buena salud y él era un segundón que se vería obligado a emigrar o a trabajar para su hermano a menos que no encontrase una heredera, cosa que acababa de hacer. Hizo planes para ellos, para su futuro en pareja; se imaginó viviendo en la Villa, padre de familia y financiero acomodado. Se bebió media botella de aguardiente y forzó a una prostituta al enterarse de que se había casado con el petimetre de Oreitia, el tipo que ordenó encerrarlo y subirlo a un carro que olía a excrementos y orines.
Los vio en San Sebastián, paseando por el Boulevard, y los siguió hasta el elegante edificio de tres pisos rodeado por un jardincillo a orillas del Urumea.
No le costó mucho entrar en contacto con una de las criadas de la casa; el uniforme le favorecía y la sirvienta, solterona pero aún de buen ver, recibió entusiasmada sus atenciones en la carbonera. Por ella supo que la joven esposa de su señor no había sido bien recibida por la madre y las hermanas al considerarla una pueblerina cazafortunas que sólo buscaba su dinero.
—La doncella de las habitaciones me contó que la pobre tenía moratones por todo el cuerpo y que apenas podía andar tras su noche de bodas —dijo mientras él le manoseaba el pecho para animar sus confidencias.
Aguantó su rabia y el deseo de matar de inmediato al bastardo que había osado ultrajar a quien él consideraba su mujer; la guerra iba para largo y ya habría tiempo de ajustar cuentas. Lo vio caer en Txoritokieta. Una bomba carlista le arrancó la pierna izquierda a cuatro pasos de donde él estaba, escuchó sus gritos pidiendo auxilio y habría podido salvarle la vida, pero no se movió, ni tampoco huyó a pesar del avance enemigo; esperó pacientemente a que se desangrara como un cerdo y dejara de gritar y de agitarse. Había ocurrido a finales de agosto, sin embargo tuvo que esperar un mes para acercarse disfrazado de mulero a Oñati, el día de San Miguel, y llamar a la puerta de Julia. No pudo contenerse al verla, la blancura de su piel realzada por el color negro del vestido, los cabellos sueltos, la tristeza en la mirada. Llevaba tres años y medio soñando con aquel momento y la amó con pasión, gimió de placer, anheló que se eternizase la culminación de su deseo, y entonces ocurrió.
Fue un suspiro, un nombre susurrado. Sintió la necesidad de hacerle tanto daño como ella acababa de hacérselo a él, se burló de su viudez, la amenazó y la poseyó de nuevo, pero esta vez lo hizo con furia, sin despegar sus labios de los de ella para impedir que volviera a mencionar un nombre que odiaba, Bittor.
Cuando su hermano fue detenido les oyó hablar en la cocina, a ella y a Fermina, y descubrió que lo creían muerto, si bien pensó que se olvidaría de él una vez casados, pero no había sido así. Es más, estaba convencido de que ella no se habría acostado con él, ni habría accedido a casarse de haber sabido que Bittor seguía vivo. Dicha certeza provocó en él unos celos tan intensos que se negó en redondo a que acudiera a testimoniar a su favor y, para no estar presente en el juicio, adujo unos asuntos urgentes que requerían su presencia en San Sebastián. No obstante, regresó al día siguiente, acompañándola al juzgado y alegrándose de su decisión. Apenas reconoció a su hermano en aquel despojo humano que no podía mantenerse en pie y que en nada recordaba al arrogante dueño de “Urondoa”. Julia no hizo comentario alguno al serle anunciado que había comprado el caserío y las tierras, para que continuaran en la familia alegó, aunque omitió informarle acerca del irrisorio precio pagado por todo el lote. Bittor ya no tenía nada que ofrecerle, se dijo satisfecho. Esa noche la amó con la misma vehemencia que la primera vez y se durmió con la sonrisa en los labios y la convicción de que había engendrado a su heredero. Pero ella continuaba infecunda.
La hierba llegaba a la altura de sus rodillas y el interior de “Bekoa” estaba lleno de polvo después de casi tres años cerrado. Eladio no tenía ninguna gana de esperar sentado bajo el fresno a que las dos sirvientas y los dos criados que los habían acompañado limpiasen la casa, así que decidió recorrer el barrio a caballo, comprobar si su hermano continuaba escondiéndose en la zona alta y advertirle que su mujer y él pasarían parte del verano en Araotz y que no se le ocurriese acercarse por el caserío si no quería ser recibido a tiros. Se sintió defraudado al ser informado por una mujer con una criatura en brazos de que Bittor se había marchado esa misma mañana y no estaría de vuelta hasta el invierno, pero también aliviado al tener la seguridad de que no andaría merodeando por los alrededores. Fijó con envidia la mirada en la criatura de aspecto saludable, dormida en brazos de la mujer, algo mayor para ser madre de un recién nacido.
—¿Es suyo? —le preguntó.
—No. Es el hijo de mi hijo, y por ahí viene su madre…
Una joven llegaba por el camino del lavadero con un cesto de ropa sobre la cabeza, las mangas de la camisa arremangadas, una punta de la falda recogida en la cintura y las pantorrillas al aire. Sonrió al verla. Acostumbrado a las mujeres de la Villa, tapadas hasta el cuello, aquella campesina de mejillas enrojecidas por el trabajo que mostraba brazos y piernas con naturalidad resultaba una visión muy placentera. No era de extrañar que hubiese alumbrado un hijo sano y fuerte.
—¿Hay más hijos? —pregunto de nuevo a la mujer.
—No. Bueno, tuvo otro con su anterior marido, pero se lo quitaron. Una pena. Le ruego que no le haga ningún comentario porque sé que sufre al pensar en él.
—¿Cómo se llama?
—¿Quién? ¿Mi nuera? Carmen Iturralde.
La joven había dejado el cesto al lado del tendedero y se dirigía hacia ellos esbozando una sonrisa. Eladio no salía de su asombro. El nombre y el gran parecido con Julia confirmaban la existencia de una media hermana, acerca de la cual su mujer le había hablado en alguna ocasión, aunque a él sólo le interesó el tema en lo tocante a la propiedad de “Bekoa” y se olvidó del asunto en cuanto supo que ella era la única propietaria. No se había fijado en la joven
madre la otra vez. En realidad, no se había fijado en nadie excepto en Bittor. Se quitó el sombrero a modo de saludo al tenerla delante.
—Buenos días, soy…
—Sé quién es usted —le interrumpió ella con brusquedad— y no es bienvenido en esta casa.
La sonrisa se había borrado de su rostro al reconocer al visitante y lo miró sin simpatía. Él mantuvo su mirada durante unos instantes y después azuzó al caballo en dirección a la iglesia.
—¿Quién era? —preguntó Emili, sorprendida por la reacción de su nuera, de costumbre amable.
—El hermano de Bittor, el que le robó el caserío y luego lo acusó de haberlo incendiado.
Eladio regresó sin poder quitarse de la cabeza la imagen de Carmen y preguntándose por qué ésta, siendo más joven, había parido dos hijos mientras que su hermana era incapaz de darle uno.
—¿Con quién se casó Bittor?
Interrogó a su mujer nada más llegar a “Bekoa”.
—¿Por qué lo preguntas? —lo interrogó Julia a su vez, extrañada ante semejante pregunta.
—¿Con quién se casó? —insistió él.
—Con mi medio hermana Carmen.
—¿Tuvieron un hijo?
—Sí, Andrés. Nació en el hospicio de Vitoria y las monjas lo dieron en adopción. Carmen lo ha buscado, pero no ha habido manera de dar con él. ¿Y
todo esto a qué viene?
Eladio no respondió, montó de nuevo y salió a toda velocidad en dirección a la Villa para escribir una carta y enviarla inmediatamente. Regresó cuando su mujer ya se había acostado y empezaba a adormilarse, cansada por el trajín del día; la penetró sin miramientos, sin atender a sus protestas, pensando en todo momento en la joven saludable de mejillas enrojecidas que había hecho padre a su hermano. Volvió a marcharse al día siguiente, después de informarle que estaría ausente un par de semanas. Julia no respondió ni lo despidió. No había dormido en toda la noche, horrorizada por el ataque sufrido y dispuesta a
resistirse, a gritar para alertar a Fermina y a los otros tres sirvientes si lo intentaba de nuevo, pero él se quedó profundamente dormido.
Dos días más tarde, Eladio estaba en Vitoria. Al llegar, se dirigió directamente a la sede de la diócesis episcopal, erigida tan sólo dieciséis años atrás a fin de agrupar a las llamadas provincias vascongadas, y solicitó hablar con el ayudante del secretario del obispo. No tuvo que esperar mucho. Un hombre joven, vestido con una sotana demasiado corta para su altura, apareció al poco y ambos se abrazaron sin decir palabra.
Al abandonar Araotz, Agustín creyó que tardaría sólo unas horas en llegar a Vitoria, pero la nieve comenzó a caer al poco de ponerse en marcha; la temperatura descendió y él no iba adecuadamente abrigado. Varias veces pensó en volver sobre sus pasos, pero no lo hizo. Había momentos en la vida de un hombre en que era preciso tomar una decisión y mantenerla hasta el final; aquélla era una de ellas. Anduvo perdido por los montes, salvándose de morir helado gracias a un pastor que lo acogió en su choza al descender por la vertiente alavesa. El hombre no dejó de observarlo con curiosidad y una medio sonrisa en sus labios las horas que permaneció en su compañía, las suficientes para recuperar el calor del cuerpo y que sus ropas se secaran, pero no le preguntó quién era ni de dónde venía y tuvo la impresión de que ya lo sabía, aunque él no lo había visto en su vida. Llegó al seminario de Vitoria al anochecer del tercer día y durante los siguientes cuatro años, ajeno a los ruidos de la guerra, estudió con ahínco y demostró su vocación religiosa, de tal manera, que unos meses antes de ser ordenado sacerdote entró a trabajar en la Secretaría de la diócesis vitoriana. Esperaba no obstante que le dieran pronto una parroquia, a poder ser en Gipuzkoa, pues la vida de ciudad no iba con su carácter, ni tampoco el llano paisaje alavés. Pese a que había recuperado el sosiego mediante el estudio y la oración, añoraba el barrio, los valles y montes, los bosques, su gente, el cielo de color plomizo, la lluvia, la bruma, el olor a hierba recién segada, a madera quemada… en fin, todo aquello que había sido parte de su vida y que no quería perder. Sólo tenía un deseo: llegar a ser un día párroco de San Miguel de Araotz.
En plena contienda, Eladio había ido a Vitoria a entregar un mensaje del mando liberal para el gobernador civil y se había cruzado con su hermano en plena calle. Ambos iban distraídos y continuaron andando, pero se detuvieron
unos pasos más adelante y se giraron al mismo tiempo. Tenían una apariencia muy distinta a la última vez que se habían visto, pero ni la sotana del uno ni el uniforme del otro encubrían su enorme parecido. Desde entonces habían mantenido una correspondencia no demasiado fluida, pero suficiente para dos hombres poco expresivos como eran ellos.
—¿Has recibido mi carta? —preguntó Eladio.
—Me ha llegado esta misma mañana —respondió su hermano.
—¿Y…?
—La superiora del hospicio no nos dirá nada, pero hay otros medios para saber dónde está el niño.
—A saber…
—El libro de registros de las adopciones. La diócesis puede examinarlos siempre que le interese. En mi calidad de ayudante del secretario del obispo, puedo aducir cualquier excusa para hacerlo, pero ignoramos con qué nombre lo registraron.
—La suegra de la madre me dijo que se llamaba Andrés y que nació en el hospicio, así que seguramente le pondrían el apellido materno, Iturralde.
—¿Y cuándo nació?
—Bittor se casó por lo civil en abril y la moza ya estaba preñada, así que tuvo que ser hacia octubre o noviembre de hace cuatro años. De todos modos, no habrá muchos Andrés inscritos.
—¿Por qué te interesa tanto averiguar el paradero de ese niño?
Eladio miró a su hermano como si la respuesta fuera obvia.
—Porque, aunque bastardo, sigue siendo un Urrondo.
Pasaron cuatro días sin que Eladio tuviese noticias de Agustín y empezaba a impacientarse. Su hermano le aconsejó no acercarse por el obispado para evitar que recayeran las sospechas sobre él en caso de que decidiera llevarse al niño. No sabía si lo haría, no se había planteado la cuestión. Sólo quería comprobar por sí mismo si era cierto que Bittor tenía un hijo y él no. No conocía negocios en Vitoria que pudieran interesarle, pero no perdió el tiempo y llegó a un acuerdo con un vinatero de Laguardia que andaba en busca de capital para reanudar la producción de su bodega, esquilmada durante la guerra, tanto por los carlistas como por los liberales. El hombre le habló acerca de los destrozos ocasionados en los viñedos, de la demolición de la muralla que
rodeaba la ciudad riojana, de la desaparición de decenas de pequeñas industrias familiares. La ruina se había abatido sobre la zona y era preciso recomenzar de nuevo por tercera vez en lo que llevaban de siglo. Le pareció un buen negocio, el vino siempre lo era, y cerró el trato con él.
Salió de la Casa de Postas, lugar en el que se alojaba, que daba a la Plaza del Grano, llena a rebosar de gentes llegadas de los alrededores en busca de simientes, sacos de cereales, quesos, embuchados o herramientas agrícolas, con la intención de ir en busca de Agustín. Intentaba abrirse camino entre el gentío cuando lo vio bajar la cuesta desde Santa María.
—¡Lo tengo! —exclamó Agustín al llegar a su altura—. Los padres de adopción viven a media altura de esa calle que ves ahí.
Caminaron durante un trecho hasta detenerse delante del portal de un zapatero remendón y ambos intercambiaron una mirada desagradablemente sorprendida. El lugar era una cochambre, sucia y maloliente. El zapatero estaba remachando unas suelas y, a su lado, un chavalín escuálido, con una camisa y unos calzones sucios que le sobraban por todas partes, enceraba unas botas, aunque él mismo estaba descalzo y sus pies tenían el color de la tierra que pisaban.
—¿Qué quieren ustedes? —preguntó el zapatero en un tono carente de amabilidad.
El niño levantó la cabeza de la tarea. Su cara estaba tan sucia como sus pies, pero en medio de la mugre brillaban unos enormes ojos de un extraño color azul.
Disimularon su estupefacción y compraron unos botines para Agustín, a la vez que intentaban sonsacar información. Entre escupitajo y escupitajo, el zapatero les dijo que el niño había sido un “capricho” de su mujer antes de que se le ocurriera morirse y dejarlo solo con una criatura inútil a la que había que alimentar. Sin embargo, no consiguieron que admitiese que él no era el padre; al contrario, presumió de su virilidad pues siendo de edad avanzada había sido capaz, según él, de preñar a la difunta, lo cual no sólo resultaba inverosímil, sino que era a todas luces imposible en opinión de ambos hermanos, pues el hombre apenas podía sostener el martillo de remachar.
Ese mismo día, Eladio abandonó Vitoria. Seguía sin decidir qué hacer, aunque cada vez le daba más vueltas a la idea de prohijar al niño. A fin de
cuentas era un Urrondo y también sobrino de su mujer. ¡Qué gran triunfo robarle el hijo a Bittor! De todos modos, antes de tomar una decisión definitiva, esperaría algún tiempo, a ver si Julia quedaba por fin encinta. Había estado cinco días fuera y le había dicho que estaría dos semanas, por tanto decidió ir a San Sebastián a visitar a su amante, una viuda acomodada, dos años mayor que él. Se echó a reír. ¡Definitivamente, tenía debilidad por las viudas! Montó en su caballo y lo azuzó al galope a fin de llegar a la costa antes del anochecer sin reparar en el hombre que lo había estado vigilando desde su encuentro con Agustín.
U na vez más Bittor había encontrado refugio en la chabola de su amigo y, una vez más, disfrutó de su hospitalidad y de sus silencios, igualmente valiosos. Poco después de su reencuentro, el pastor le comunicó que no iba a llover durante los días siguientes y que pensaba acercarse a Vitoria, invitándolo a acompañarlo si quería; allí vivía Marcelino, el único primo que tenía y a quien no había visto en años. Era hora de saludarlo, pues nadie sabía cuánto tiempo le quedaba de vida, afirmó con filosofía, y los dos iban ya para viejos.
Echaron a andar en una mañana clara de comienzos de agosto, tras dejar el ganado bajo la vigilancia de los perros y de otro pastor, que hizo un gesto de asentimiento al decirle que estarían ausentes dos o tres días. Marcelino había entrado a trabajar en la Casa de Postas de Vitoria, “El Portalón”, siendo un chaval y continuaba en el mismo lugar, ocupándose de caballos, mulas y borricos, además de herrarlos y arreglar ruedas averiadas; les mostró un rincón de la cuadra donde pasar la noche y luego los llevó a dar una vuelta por la ciudad y a cenar. Ambos primos eran igualmente parcos, se habían vuelto a ver, no había nada más que hacer allí y ya podían regresar a Urbia, le comentó el pastor a Bittor antes de envolverse en una manta y comenzar a roncar.
Al despedirse de Marcelino al día siguiente, Emeterio se topó con un conocido de Zegama que había acudido al mercado a vender quesos. El hombre le rogó que él y su amigo lo esperasen hasta la tarde, a fin de regresar con ellos, pues los caminos estaban repletos de bandidos desde el final de la guerra, soldados que ya no eran necesarios en el ejército y habían sido licenciados quedándose sin las dos pesetas diarias que cobraban, por lo que muchos se
dedicaban a asaltar a los viajeros y no era cuestión de dejarse robar las ganancias obtenidas por la venta de los quesos. No tenían prisa, así que decidieron esperarlo y, mientras el pastor se dedicaba a ayudar a su amigo, el aoztarra decidió curiosear entre los puestos.
No supo qué lo impulsó a dirigir la vista hacia la puerta de la Casa de Postas en el momento en que por ella salía Eladio, cuya figura destacaba por su altura y el sombrero de copa, demasiado llamativo en medio de gorras, pañuelos y boinas. Lo vio levantar la mano para saludar a alguien y su sorpresa no tuvo límites al reconocer a su otro hermano, Agustín, vestido de cura. ¿Qué diantres hacían allí los dos? Los siguió, a bastante distancia para no ser descubierto, y esperó a que se despidieran y a que cada uno tomara direcciones opuestas para averiguar qué era lo que los había retenido durante tanto tiempo en un portal de zapatero. Luego apresuró el paso para no perder de vista a Eladio. Lo vio entrar en la posada, salir al cabo de un rato, montar en su caballo con la ayuda de Marcelino y partir a galope tendido. Aun así, se acercó a la Puerta de entrada y salida de la ciudad para cerciorarse de que, en efecto, su hermano se había marchado. Después, regresó a la zapatería.
El hombre acababa de soltarle una bofetada al niño, que lloraba y se sorbía los mocos mientras se frotaba la mejilla. Bittor entró en el local y cerró la puerta, asió una de las leznas y pinchó con ella la garganta del zapatero, paralizado ante la súbita aparición del gigante, quien, al igual que el Ttarttalo, el Polifemo de un ojo, amenazaba con comérselo vivo. Le obligó a confesar lo único que quería saber, es decir, que la criatura era adoptada, y a entregarle el documento de adopción así como del bautismo en los que constaban el nombre y los apellidos de la madre y que el tipo guardaba en una caja de cartón, mezclados con otros papeles, todos sucios y en bastante mal estado. A continuación le anunció que pensaba llevarse al niño, advirtiéndole que no se le ocurriera denunciar el hecho porque volvería y lo ensartaría con la lezna hasta que no le quedase una gota de sangre en el cuerpo. Después miró a su hijo y le tendió la mano.
—Ven —le dijo, y el pequeño asió su mano.
Durante el resto del verano y la mayor parte del otoño, padre e hijo permanecieron en Urbia, libres como las aves que cruzaban el cielo por encima de sus cabezas, durmiendo al ras las noches templadas, trepando por los riscos
en pos de las ovejas extraviadas y aprendiendo a tallar varas de haya. Bittor nunca había sido tan feliz, jamás se había sentido tan en paz consigo mismo y el mundo que lo rodeaba. Sin embargo, decidió regresar a Araotz al anunciarle Emeterio que había llegado el momento de bajar el rebaño. Le habría gustado permanecer con él. Limpio de la mugre que lo cubría, vestido con una camisa y unos calzones de segunda mano, regalo de la mujer de otro de los pastores, cuya familia lo acompañaba todos los años a la majada, el niño le recordaba a Tomás, era como si hubiese recuperado a su hermano, como si la naturaleza quisiera compensar su pérdida y, a la vez, le diese una nueva oportunidad.
Había ganado peso y sus risas alegraban la vida de los dos hombres, nada habituados a tratar con niños, pero sabía que tenía que devolvérselo a su madre.
Era lo menos que podía hacer conociendo lo mucho que Carmen sufría por la pérdida de aquel hijo, a quién únicamente había visto de recién nacido. Por otra parte, él no tenía nada que ofrecerle e ignoraba cuál sería su propio futuro. En
“Goikoa”, Andrés crecería protegido por los Olalde y se convertiría en un hombre de provecho. Se despidió por tanto de su amigo quien, al igual que en las ocasiones anteriores, se limitó a asentir con un gesto y emprendió la bajada a los pastos de invierno, mientras ellos tomaban el sendero hacia Araotz, hacia el hermoso valle de colinas ondeantes y bosques de hayas, aislado por el barranco de Jaturabe y protegido por la mole rocosa del Andarto.
Su llegada a “Goikoa” provocó un gran revuelo. Carmen no pudo retener las lágrimas, abrazó con fuerza a su hijo mayor y lloró como una Magdalena mientras los ojos del crío mostraban cierta incomodidad por unas efusiones a las que no estaba en absoluto acostumbrado. Tras las emociones, una vez vuelta la calma, Bittor explicó de manera somera, sin dar demasiados detalles ni mencionar a sus hermanos, el modo en que el azar lo había conducido hasta el niño, pero recomendó a Carmen y a su marido que lo registrasen cuanto antes como hijo de ambos, ya que era posible que el zapatero, repuesto del susto, quisiera recuperarlo.
—¿Con mis apellidos? —inquirió Xabi.
—A menos que no quieras…
—¡Por supuesto que quiero! —protestó el joven—. Pero… ¿y tú? A fin de cuentas, eres su padre.
—Y seguirá siéndolo se apellide Urrondo u Olalde, pero espero que quieras a Andrés igual que quieres a Bartolotxo.
—La duda ofende.
—Me alegro.
—Tendremos que consultar al nuevo párroco el modo de hacerlo —
intervino Carmen, los ojos brillantes de alegría.
—¿El nuevo párroco?
—Sí. Don Pedro fue sustituido hace poco más de un mes.
La nueva administración de la provincia había solicitado el alejamiento de su grey de los curas carlistas más furibundos, y don Pedro era uno de ellos. La Iglesia no quería problemas con el nuevo gobierno; el Vaticano había reconocido a Alfonso XII y optado por la vía diplomática una vez que estaba clara la derrota de los carlistas y que la nueva Constitución establecía que la católica, apostólica y romana era la única religión del Estado, aunque se permitiera la libertad de culto.
—El nuevo cura es tu hermano Agustín —le informó Xabi.
—Entonces… mejor que no habléis con él.
Al ver la sorpresa reflejada en sus rostros, Bittor no tuvo más remedio que explicarles la verdad de lo sucedido. Sus hermanos conocían el paradero del niño, sin embargo, no habían hecho nada por rescatarlo de una vida miserable en un tugurio apestoso, junto a un hombre que lo maltrataba. Les contó el aspecto que Andrés tenía cuando él lo encontró, su pequeño cuerpo escuálido y sucio, los pies descalzos y las manos negras de encerar botas. Carmen lloró de nuevo, pero esta vez de rabia, y su suegra la acompañó en el llanto. Decidieron acudir a Julia; ella era la única que podía ayudarlos, tenía amistades y sabría lo que hacer, si bien era preciso que Eladio no se enterase de nada, por lo tanto no podían ir directamente a Kalezarra.
—Acudía al rosario en San Miguel —apuntó Bittor recordando todas aquellas tardes en que la había seguido sólo por verla, aunque fuese de lejos—.
Quizá continúe haciéndolo…
Al día siguiente, por la tarde, dispusieron el carro y bajaron todos a la Villa.
No querían arriesgarse a que al nuevo párroco se le ocurriera pasarse por el caserío y descubriera al pequeño. Mientras los dos hombres se quedaban al cuidado de los niños, Carmen y su suegra se apostaron fuera de la iglesia media
hora antes del comienzo del rosario. Vieron llegar a Julia acompañada por Fermina cuando ya se habían iniciado los rezos y pensaban que no aparecería.
Carmen asió a su hermana por el brazo y se la llevó a la orilla del río. Las dos mujeres mayores las siguieron, pero permanecieron a una distancia prudencial para permitirles hablar a solas, aunque Emili se encargó de relatar a la sirvienta la razón de su presencia en la Villa y en un lugar tan poco apropiado para visitas. Se despidieron al observar que la gente empezaba a salir de la iglesia con la promesa de Julia de hacer algo respecto al asunto de su sobrino. Dos días más tarde, llamaba a la puerta de “Goikoa” un trabajador de la fábrica de herramientas con un sobre dentro del cual iba un certificado de nacimiento debidamente firmado y sellado por el párroco de San Miguel Arcángel a nombre de Andrés, hijo de Javier Olalde y Carmen Iturralde.
Julia había acudido como de costumbre al señor Arrue y éste había respondido con su habitual generosidad. Conocía al sacerdote que había sustituido al anterior, buen jugador de pala al igual que él, que censuraba el trato dado a los hijos de los matrimonios civiles y aseguraba que no tenían culpa alguna de los errores de sus padres, aunque por supuesto condenaba dichos matrimonios. Los certificados de bautismo y de la boda religiosa de Carmen y Xabier fueron suficientes para que redactara una acta de nacimiento siguiendo las instrucciones de su amigo.
La mujer había sentido una gran emoción al ver a su hermana esperándola junto a la puerta de la iglesia. Apenas se habían visto durante su estancia en
“Bekoa”, ya que Eladio se negó a mantener relaciones con la familia del caserío de arriba aduciendo que habían dado cobijo al incendiario de Bittor y ella sólo pudo subir las pocas veces que él se ausentó. También había otra razón. Sentía envidia de Carmen, de su familia, de su hijo recién nacido y, sobre todo, de la relación que había mantenido con Bittor, ahora que había desaparecido cualquier posibilidad de un reencuentro entre ellos. No estaba segura de si eran figuraciones suyas o lo había visto al otro lado del río con un niño en los brazos; tenía prisa por volver a casa y averiguar si era cierto lo dicho por su hermana, si Eladio conocía el paradero del sobrino de ambos y lo había abandonado a su suerte. Conocía su deseo de ser padre, aguantaba sus reproches cada vez que le preguntaba si había novedades y ella respondía de manera negativa; también estaba al corriente de que tenía una amante en San
Sebastián. Oñati era un pueblo y en los pueblos todo se sabía, si bien le daba igual que la tuviese o no. Al contrario que con Arístides, no hacía nada para evitar el embarazo porque ella también deseaba un hijo a quien querer y que, con suerte, tendría los mismos ojos que el hombre cuyo amor le estaba vedado.
Había incluso acudido a la cueva de Saindaili en compañía de Fermina y se había sentado en el pilón de agua que aseguraba las preñeces, pero no había surtido efecto, quizás porque ella no había creído lo suficiente en la milagrosa intermediación del santo. Tal vez Dios en su sabiduría le negaba el don de la maternidad en castigo por haberse entregado a Eladio cuando todavía ignoraba que era viuda y, más aún, por haber aceptado a casarse con él, por no mantenerse firme ante sus amenazas y no atreverse a afrontar las habladurías.
Fuera como fuese, estaba a tiempo de redimirse.
—Me preguntaba… si habría alguna posibilidad de encontrar al hijo de Bittor…
Eladio estaba a punto de quedarse dormido, pero se despabiló de inmediato al oír el nombre de su hermano, encendió la lámpara de cristal fino que había comprado en su último viaje a San Sebastián y se la quedó mirando interrogante.
—Porque… quizá tú podrías reclamar su tutela —prosiguió ella mirando al techo.
—¿Con qué fin?
—Bueno… la madre es mi hermana, el padre es tu hermano… Carmen tiene otro hijo y me consta que ya ha olvidado a éste. En cuanto a Bittor…
imagino que no querrá saber nada de él. No me da la impresión de ser un hombre de familia.
—Antes te llevabas bien con él, creo…
—Antes… pero han pasado muchas cosas desde entonces —Julia habló en un tono despectivo.
—Creía que… en fin… que había habido algo entre vosotros.
Julia lo miró sorprendida.
—¿Algo entre nosotros? Por favor… no es más que un patán sin educación, amén de un cobarde que no fue capaz de ir a la guerra como un verdadero hombre.
—¿Y por qué te empeñaste en defenderlo en el juicio?
—Porque mi padrino lo apreciaba y él lo hubiese hecho. Además, sabes que detesto las injusticias y todo lo que dije era cierto.
—Entonces… ¿nunca has sentido nada por él? —insistió Eladio.
—Repítelo y no volveremos a dormir juntos.
Parecía muy disgustada, le brillaban los ojos y su enfado resultó lo bastante convincente para persuadirlo de su error. Estaba tan obsesionado con su hermano que, aquella primera vez, posiblemente creyó oír su nombre cuando, en realidad, Julia ni lo había mencionado.
—¿Y por qué iba yo a querer ocuparme del bastardillo? —volvió sobre el tema.
—Porque ansias tener un hijo que, por ahora, yo no puedo darte.
—¿Y si algún día puedes? ¿Qué haremos con él?
—No sé… Ya lo pensaremos —replicó ella con indiferencia—.
¿Devolvérselo a su padre tal vez?
Fue suficiente. Le contó que había ido a Vitoria y que él y Agustín habían encontrado al chaval con aspecto de pordiosero, en el portal de un zapatero de mala muerte, quien, al parecer era su padre adoptivo, aunque no lo confesó.
—¿Y cómo estás tan seguro de que era él?
—Porque Agustín lo averiguó en el registro del hospicio y… porque se parece a Tomás y tiene los ojos de su padre.
Tuvo que reprimir sus deseos de escupirle a la cara. Era cierto todo lo que Carmen le había dicho; el hombre con quien compartía su vida desde hacía más de un año y medio era un miserable, capaz de abandonar a su suerte a su sobrino, el hijo de su hermano, sangre de su propia sangre.
—Hablaré con Agustín e iremos los dos a por el crío. No habrá ningún problema, ya lo verás. ¡Los curas no han perdido su poder! —rió Eladio—.
Además, conozco muy bien al gobernador civil de Vitoria y, si hace falta, le pediré que envíe a la policía a buscarlo.
Había decidido quedarse con el niño, pero no sabía cómo decírselo a Julia, temiendo que no lo quisiera y exigiese que se lo entregara a su hermana, pero a la vista estaba que también ella le había dado vueltas al asunto y ambos pensaban igual, una satisfacción inesperada para él. Por otra parte, le había quitado el caserío a Bittor e iba a quitarle el hijo; lo educaría a su manera, volviéndolo contra su propio padre. ¡Qué hermosa venganza! Por fin podría
sacarse la espina que tenía clavada desde el momento en que supo que él no iría a liberarlo. Podría haber muerto en la guerra o quedar tullido, ser enviado a África o a Ultramar, pero la suerte le favorecía y a Bittor no. Su hermano acabaría solo porque era lo único que se merecía. Estaba eufórico y su mujer muy hermosa con el camisón de hilo bordado y el cabello desparramado encima de la almohada; apagó la lámpara y se colocó encima de ella. Julia agradeció la oscuridad, así él no podría leer en su cara lo mucho que le repugnaba. Al día siguiente acudió a ver al señor Arrue.
Eladio fue a Araotz en busca de Agustín para decirle que había decido quedarse con su sobrino y necesitaba que lo acompañase, puesto que una sotana imponía mucho; al zapatero no le quedaría más remedio que entregarles al niño. Estaba incluso dispuesto a pagarle a cambio una aceptable cantidad que le permitiría vivir sin aprietos lo que le quedaba de vida. Una semana más tarde, ambos hermanos se reunieron en la Villa y emprendieron el camino en dirección a Vitoria. Fueron directamente al portal del zapatero nada más llegar, pero, para su sorpresa, lo encontraron cerrado y golpearon la puerta con los puños durante un buen rato, hasta que una mujer asomó la cabeza por una de las ventanas del primer piso, indicándoles que el viejo había sido llevado al hospital para pobres de la colegiata. No tardaron en dar con él. Tal y como Eladio había asegurado, la sotana imponía y la monja que los atendió en la portería se dio buena prisa en llevarlos a la sala de enfermos terminales, mostrándoles el catre en que yacía el hombre. Les costó Dios y ayuda hacerlo hablar, apenas se le escuchaba, jadeaba al respirar y su aliento olía a podrido, pero estaban dispuestos a permanecer a su lado hasta conocer el paradero del niño. A duras penas lograban entender sus palabras y tuvieron que echar mano de la monja encargada de la sala para que les sirviese de intérprete.
—Dice que llegó un gigante de ojos de hielo, lo amenazó y se llevó a su hijo —tradujo la religiosa, añadiendo después—: El pobre delira.
Eladio palideció y salió alterado del hospital seguido por Agustín.
—¡Ha sido él! —gritó causando el natural sobresalto entre los viandantes que pasaban por su lado—. ¡Maldita sea! ¡Ha sido él! ¡Hijo de Satanás! ¡Lo mataré! ¡Juro que lo mataré!
Su hermano no respondió. En el fondo se alegraba de que Bittor hubiese encontrado al niño antes que ellos. A fin de cuentas, nadie tenía derecho a
separar a un hijo de su padre y estaba convencido de que no era sólo el anhelo de tener un heredero de su sangre lo que impulsaba a Eladio, sino también el rencor y el deseo de venganza. No había estado bien que Bittor hubiese quemado “Urondoa”, pues, al hacerlo, había destruido la memoria de la familia que a todos pertenecía, pero tampoco era justo que le hubiesen arrebatado su patrimonio. El caserío y las tierras le pertenecían porque los padres así lo habían decidido, le gustase o no a Eladio. Éste no tenía intención de vivir en Araotz y una casa en la cual nadie vivía, sin voces, sin almas, agonizaba al igual que una planta sin agua o un anciano sin esperanzas.
De vuelta en la Villa, Eladio encontró una nota de Julia depositada encima de la almohada.
Eladio, me he marchado de tu lado. No intentes buscarme porque no me encontrarás. Después de estos casi dos años de matrimonio, he decidido separarme de ti y olvidar que he sido tu esposa. Podría haber hecho el esfuerzo de continuar a tu lado, pese a lo mucho que me disgusta que me toques. Asimismo, podría haber intentado olvidar que me obligaste a casarme contigo, pero nunca te perdonaré que hayas intentado robarle el hijo a mi hermana. Julia.
Releyó varias veces la nota, arrugó el papel, lo tiró al suelo y abrió el armario de su mujer; estaba vacío. Corrió al cuarto de Fermina y comprobó que también ésta se había llevado sus ropas. Y tampoco estaban los malditos perros que las seguían a ambas por todas partes. En la sala faltaban las fotografías en que aparecían Julia y don Antonio Zabala, pero continuaba allí la de su boda, encuadrada en un marco de plata, él vestido de militar y ella de organdí de color claro, un ramo de argoma en las manos, algo que en su momento le pareció fuera de lugar. Era un hierbajo común utilizado por las gentes del campo para hacer lumbre o como combustible para los hornos de pan, y totalmente inapropiado para una boda, aunque de nada valió su desaprobación.
Una cosa trajo la otra. Le vino a la memoria la figura de su hermano Bittor llevando sobre sus espaldas cargas de argoma para hacer la cama al ganado y estrelló el retrato contra la pared. Algo más tarde estaba bebiendo en compañía de Perutxo, el molinero de Errotabarri, en el local de la Marcela, reabierto una vez finalizada la guerra a pesar de las protestas de la vecindad. El hombre pasaba la mayor parte del tiempo solo y aprovechaba cualquier ocasión para
hablar con el primero que se le pusiera a tiro. Hacía mucho que no se habían visto, lo invitó a un vaso de vino y le puso al corriente de los asuntos del barrio; entre otras cosas, le habló acerca de la prodigiosa recuperación de un chaval que se daba por perdido, hijo de la nieta del desaparecido Faustino Lasa y de su buen amigo Bittor. Se rumoreaba que la familia había enviado a la joven a dar a luz al hospicio de Vitoria y allí le habían quitado la criatura; también, prosiguió alentado por el interés que percibió en el semblante de su oyente, que Bittor lo había encontrado y se lo había devuelto a la madre, que ya no era su mujer, como todo el mundo sabía después de que los carlistas hubiesen quemado los registros y anulado los matrimonios civiles. Por una vez, añadió, todo había acabado bien gracias a una señora de la Villa que se había encargado de arreglar los papeles.
—¿Qué señora?
—No lo sé. Puede que fuera la dama de la que tu hermano hablaba de ciento en viento, una real hembra al parecer, sí señor, de la que sospecho estaba enamorado, aunque nunca me dijo su nombre. Pero ya conoces a Bittor… Por cierto, ¿qué es de él? Hace meses que no le veo y me gustaría…
Dejó a Perutxo con la palabra en la boca y fue a desfogar su ira con una de las “sobrinas” de la Marcela, quien había añadido a su supuesta parentela dos mozas francesas a las que había conocido, y utilizado, durante su exilio forzoso en Hendaia. A pesar de los esfuerzos de la mujer, Eladio no logró dejar de pensar en Julia, y también en Bittor. Así pues, había oído bien el nombre que ella susurró la noche en que, por fin, la hizo suya. La furcia lo había engañado, había tenido relaciones con su hermano y le había mentido tan sólo unos días antes para incitarlo a ir a Vitoria y arrebatarle el hijo que ella no era capaz de darle. No pudo aguantarse más y comenzó a abofetear a la mujer con tanta fuerza que sus gritos pidiendo auxilio se escucharon en todo el local. La Marcela y el hombre encargado de mantener la calma en la taberna, un hombrachón de Hernani que se dedicaba a hacer apuestas como levantador de piedras en sus horas libres, lo sacaron de la habitación y lo echaron a la calle medio desnudo. Perutxo salió detrás con sus ropas en la mano y volvió a entrar, pues era su turno con una de las francesas.
Nada más levantarse al día siguiente, Eladio acudió a su asesor financiero, el propietario de la casa-banca familiar que llevaba sus asuntos y los de Julia.
Tenía intención de denunciar a su mujer ante el juez por abandono del hogar y por adúltera, pero antes quería saber cómo se vería afectada su economía.
Abrió la boca y fue incapaz de decir nada al ser informado de que, dos días antes, la señora de Urrondo se había presentado en la entidad acompañada por el industrial Arrue y había retirado todos los haberes de su titularidad, dinero, acciones, documentos de propiedad, etcétera, dejando en la cuenta conjunta ocho mil reales, únicos beneficios hasta la fecha de las inversiones de su marido.
—Ya me dijo su señora que estaba usted de viaje y que vendría hoy a recogerlos, ya que es necesaria su firma —dijo el financiero con una sonrisa—.
Lamento perder unos buenos clientes como ustedes y espero que disfruten de su nueva vida en San Sebastián.
Firmó el pagaré que le tendió el banquero, recogió el dinero y salió a la calle tambaleándose, como si hubiese recibido un mazazo en plena cabeza. Lo espabiló una ráfaga de aire frío y echó a andar a toda prisa hacia la fábrica de herramientas. Arrue le diría dónde estaba Julia aunque tuviese que sacarle la información a golpes, pero volvió sobre sus pasos a medio camino para recoger una pistola damasquinada en plata de cuatro cañones, regalo del dueño de la empresa de armas Zulaica de Eibar, y reemprendió el camino, dispuesto a utilizarla si el industrial se negaba a revelarle el paradero de su mujer. No pudo pasar de la puerta de la fábrica. El hombre que lo atendió, tan fuerte o más que el levantador de piedras de la Marcela, le indicó que su jefe estaba ausente y que no había dejado dicho cuándo volvería, impidiéndole el paso al intentar comprobar por sí mismo si era cierto, o es que Arrue no quería dar la cara.
Anduvo dando vueltas por la plaza sin saber qué hacer, entró en el viejo Café, el cual también había recuperado su utilidad de antes de la guerra, se bebió un coñac y, finalmente, fue a por su caballo a la caballeriza municipal. Poco después galopaba como un poseso hacia Araotz. Agustín acababa de celebrar misa y lo vio pasar como una exhalación en dirección a “Goikoa”; lo llamó a gritos y echó a correr tras él, temiendo que una tragedia estuviera a punto de ocurrir.
La familia Olalde y Bittor estaban sentados a la mesa y se disponían a comer cuando Eladio entró en la cocina con la pistola en la mano.
—¡Sal afuera! —ordenó a su hermano.
—¿Para qué? —respondió éste sin alterarse.
—¡Tenemos que hablar!
—Guarda ese chisme —le ordenó Bittor a su vez.
—¡Levántate de una vez o disparo aquí mismo!
Las mujeres estaban aterrorizadas, el pequeño Andrés se había echado a llorar y Xabi hizo ademán de asir el atizador de hierro, pero su amigo le indicó con un gesto que permaneciera quieto; se levantó y salió de la casa delante de su hermano. Agustín llegaba en ese momento, sofocado por la carrera.
—¡Eladio! —gritó al observar que empuñaba un arma.
—¡No te metas, Agustín! ¡Esto no es asunto tuyo!
—¡Pero sí lo es mío! —gritó Xabi desde la puerta, al tiempo que le apuntaba con su escopeta de caza—. ¡Suelta la pistola o te descerrajo un tiro en la cabeza!
Durante unos instantes, se hizo un silencio tan denso que hasta el perro cesó de ladrar y se colocó junto a su amo.
Eladio dejó caer la pistola al suelo sin apartar la vista de su hermano.
—Te reto a un duelo —dijo por fin.
—Qué tontería…
De chavales, cuando se disputaban el mando del grupo, solían batirse utilizando palos en lugar de espadas, como contaba el padre que habían hecho dos oficiales en la guerra de los siete años, si bien no recordaba cuál había sido el resultado del desafío.
—Con los puños —insistió Eladio.
—No quiero pelear contigo.
—Estás obligado a hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque tú has sido siempre el mayor, eras el preferido de nuestra madre, heredaste “Urondoa”, dejaste que me llevaran a la guerra y… te has acostado con mi mujer.
Bittor levantó las cejas sorprendido al escuchar la última aseveración.
—¿Te ha dicho ella eso? —preguntó.
—No, no hacía falta. Lo he deducido yo mismo.
—Pues has deducido mal.
—¡Me importa un carajo! Ella se ha marchado y sé que ha sido por tu culpa.
—¿Con los puños entonces?
—Con los puños.
Eladio se despojó de la levita y del sombrero, dejando ambos sobre la hierba, encima de la pistola, y lanzándose a continuación sobre su hermano, dispuesto a descargar la furia y frustración que había germinado en su interior desde que era un niño. Ambos rodaron por la pendiente, aplastaron berzas y coliflores, derribaron las varas que sujetaban las vainas de un vecino de los Olalde, destrozaron el gallinero de otro, provocando la estampida de las gallinas, y acabaron delante de la bolera, a veinte pasos de la iglesia. Los gritos de Agustín, quien en vano intentaba detenerlos, y los de los vecinos perjudicados alertaron a los araoztarras más cercanos, que acudieron a presenciar la riña como si de un partido de pelota o un arrastre de piedra se tratara, intercambiando incluso apuestas entre algunos de ellos. La pelea acabó en tablas, puesto que ninguno logró derribar al otro, si bien, al detenerse por fin agotados, ambos presentaban un aspecto lastimoso: despeinados, sudorosos, jadeantes, las ropas desgarradas, manchadas de barro y sangre. Bittor tenía una ceja partida que sangraba copiosamente, a Eladio le había estallado la mejilla derecha, y los dos tenían los nudillos en carne viva. Había sido una lucha de titanes que daría mucho que hablar en la vecindad durante los meses fríos del invierno, cuando los caseros permanecían junto al fuego, narrando historias que, con el tiempo, se convertían en leyendas adornadas o transformadas según la imaginación de cada narrador.
Subieron de nuevo a “Goikoa”, Bittor ayudado por Xabier y Eladio por Agustín, quien había espantado a los mirones amenazándolos con hablar acerca del odio entre hermanos en el sermón del domingo siguiente. Una vez arriba, Eladio se dirigió, tambaleándose, hacia el lugar donde había depositado la levita y el sombrero, se los puso, recogió la pistola del suelo y disparó. La bala pasó rozando a su hermano y fue a incrustarse en el tronco de un manzano que Carmen había plantado con sus propias manos años atrás. Durante unos instantes, el espanto paralizó a todos y el sonido de la detonación hizo que volvieran a toda prisa aquellos vecinos que se encaminaban ya a sus casas.
—Guarda esa bala —conminó Eladio a su hermano—. Y no olvides que sigues vivo porque yo así lo quiero.
Bittor no se había inmutado al oír el disparo, pero sus ojos habían adquirido el tono claro que delataba su cólera. Se aproximó al árbol, sacó el proyectil con ayuda de su navaja y lo examinó.
—Esta bala está marcada —afirmó, apretándola con fuerza en su puño dolorido.
—Todas las mías lo están, así sé a quién mato —proclamó Eladio a su vez con arrogancia.
Sin decir una palabra, Bittor extrajo del bolsillo de su chaleco la bala que había encontrado tras la exhumación en el hayedo de los restos de su hermano pequeño.
—Entonces ésta también es tuya —dijo, lanzándosela a las manos.
—¿Dónde la has encontrado? —le preguntó al comprobar que estaba marcada con un aspa doble.
—En la tumba de Tomás.
Eladio no reaccionó en un primer momento, luego su semblante se deformó, contraído en un rictus de estupefacción, seguido por otro que expresaba tal desesperación, tal dolor inconsolable, que su hermano incluso sintió lástima por él. Miró a su alrededor, como si estuviera perdido, dio varios traspiés y, finalmente, corrió hacia su caballo, lo montó y salió cuesta abajo a galope tendido.
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