La flor de la argoma

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 4 de 14

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La flor de la argoma

Mayo, 1872

U n mes más tarde, los temores de los liberales se hacían realidad y don Carlos de Borbón atravesaba la frontera por Dantxarinea. Tres días después volvía a cruzarla en dirección opuesta, tras el imprevisto ataque del ejército gubernamental a su campamento de Orokieta, a poca distancia de Pamplona, y la muerte de un millar de sus soldados. En las provincias vascas, sin embargo, la insurrección continuaba y cuatro mil carlistas salían desde Mondragón con la intención de tomar Oñati, siendo sorprendidos en el camino entre ambas poblaciones. La batalla en el barrio de Garibai y Santxolopetegi, a corta distancia del centro de la Villa, fue encarnizada e igualada pero, tras ser herido de gravedad su jefe, el general Ulibarri, los carlistas optaron por dispersarse ante la inminente llegada de tropas enemigas, refugiándose un buen número de ellos en Araotz. Su llegada sorprendió a los labradores en plena faena y corrieron a refugiarse en la iglesia.

—Tranquilos. Son de los nuestros —afirmó don Pedro.

Dicha declaración sosegó a algunos y preocupó a otros. A los primeros porque no tenían que temer agresiones por parte de los recién llegados; a los segundos porque aún estaban vivos en la memoria las escaramuzas bélicas y los posteriores disturbios que habían tenido lugar en la Villa y en los barrios treinta y tres años atrás. La guerra arruinó a muchos caseros que vieron desaparecer cosechas y animales, requisados para alimentar a los miembros de uno y de otro bando, amén de dinero en metálico, joyas y objetos de valor. Tardaron años en recobrarse de las pérdidas y no querían volver a pasar por lo mismo una vez más. No obstante, el párroco tenía razón,

aquellos hombres eran de los suyos; era preciso prestarles ayuda porque luchaban por defender la religión católica y los fueros vascos. Los heridos y los oficiales fueron alojados en las casas, otros lo fueron en la iglesia, los más jóvenes y sanos encontraron refugio en Aitzulo, la cueva que atraviesa la montaña de Orkatzategi. El valle, uno de los más escondidos de Gipuzkoa, hundido entre sierras, en una cuenca, con el angosto desfiladero de Jaturabe como puerta de entrada, era casi inaccesible, tanto, que se decía que el Conde desterraba allí a los maleantes en los tiempos antiguos.

Habían transcurrido varios siglos desde entonces, pero el lugar permanecía ignorado incluso por los habitantes de las zonas limítrofes. Los refugiados podían sentirse protegidos, tanto por los vecinos como por la propia naturaleza.

Los Urrondo no se enteraron de nada de lo que ocurría a su alrededor hasta que don Pedro apareció en el caserío llevando con él a media docena de hombres armados.

—Se quedan aquí para vigilar el paso del barranco —se limitó a decir.

—¿Quién lo ordena? —preguntó Bittor.

—Dios.

Durante unos momentos, ambos se retaron con la mirada. El clérigo esperaba una reacción contraria por parte del impío que había osado arrastrarlo por el barro, a él, un hombre ungido, y que, además, no pisaba la iglesia desde su regreso de Loiola. Él no podía hacerlo, pero no vendría mal que sus acompañantes le dieran una buena paliza si se resistía, a ver si así se le bajaban los humos. Bittor, por su parte, sopesó la situación. No tenía idea de quiénes eran aquellos tipos que se presentaban en su casa portando armas de fuego, ni quería saberlo, pero tampoco estaba dispuesto a darles la menor oportunidad de usarlas contra él y sus hermanos. No dijo nada, pero continuó con la mirada fija en don Pedro, quien, molesto, fue el primero en apartar la vista. El párroco se entretuvo con los soldados durante un rato pero, antes de marcharse, sus ojos y los de Bittor se encontraron de nuevo y, una vez más, sintió una sensación incómoda, cuando no amenazadora. El mayor de los Urrondo era de la clase de hombre que jamás mostraba sus sentimientos; no había manera de saber lo que estaba pensando, si estaba

contento o disgustado, si algo le agradaba o, por el contrario, le producía aversión. Eso sí, jamás olvidaba. Era el perfecto jugador de mus, y también el más peligroso de los adversarios.

Los seis carlistas se instalaron en “Urondoa” atendidos por Agustín y Tomás, puesto que Bittor cogió el hacha para cortar leños hasta que desapareció la luz del día y corría el riesgo de cercenarse un pie. Entró en la casa y encontró a sus indeseados huéspedes cenando en torno a la mesa de castaño que el padre había fabricado con sus propias manos y que se hallaba cubierta de marcas por la costumbre de clavar los cuchillos en la madera.

Parecían de buen humor, se habían zampado una olla entera de guisado, relataban a sus hermanos lo acaecido durante los dos últimos días y respondían, asombrados, a sus preguntas. No acababan de entender que alguien desconociera lo que acontecía en el país.

—Entonces… ¿no sabéis que la usurpadora fue destronada? ¿Ignoráis quién es nuestro legítimo rey don Carlos VII? ¿Nadie os ha dicho que los vascos nos hemos alzado en armas en defensa de Dios y de nuestros fueros?

¿Que España ha caído en manos de los discípulos del Anticristo? —

preguntó el más viejo de ellos, un arratiano que peinaba canas.

Los jóvenes negaron con la cabeza y los seis hombres al unísono se echaron a reír ante hecho tan increíble. Bittor se sentó junto al fuego bajo, centrándose en el contenido de un pucherillo que Agustín había dejado apartado para él.

—¿Y ese sable que está colgado en la campana? —inquirió otro de los hombres.

—Era del padre —declaró Tomás con la mirada brillante.

El soldado asió una banqueta, la acercó a la chimenea y se subió a ella con la intención de descolgar el arma. Bittor alzó los ojos y su mirada adquirió el tono translúcido que tanto sorprendía a quienes la advertían.

Nadie había tocado el sable desde que el padre lo había colocado allí; era parte de la casa, al igual que lo eran las piedras, las maderas, las tejas… al igual que lo eran ellos mismos. Por un instante, se le pasó por la cabeza darle un puntapié a la banqueta y tirar al profanador al suelo, pero no lo hizo, apretó las mandíbulas, asió con fuerza la cuchara de madera y

continuó comiendo. Tras no pocos esfuerzos y ayudado por uno de sus compañeros, el hombre finalmente consiguió desprender el sable de su lugar y lo dejó encima de la mesa. No menos trabajo le costó sacar la hoja de la vaina, de lo roñosa que ambas estaban.

—¡Es una antigualla que no sirve para nada! —exclamó con la cara roja por el esfuerzo.

—¡Quieto ahí! —le reprendió el de las canas—. Es una reliquia de nuestros padres.

El hombre sacó un pañuelo mugriento del bolsillo de su casaca azul con faldones, vieja y desteñida, herencia sin duda de algún familiar, le echó un par de salivazos y restregó con fuerza el medallón que unía los tres gavilanes del guardamanos. Durante un rato, sólo se escuchó la respiración de los presentes, atentos al vaivén de la mano del veterano como si esperasen una revelación extraordinaria.

—¿Lo veis? —les interpeló al tiempo que empujaba el arma hacia la mitad de la mesa.

Todas las cabezas, incluidas las de Agustín y Tomás, se inclinaron sobre el objeto, pero apenas se distinguía algo en el metal ennegrecido y ninguno fue capaz de descubrir lo que, al parecer, el veterano tenía tan claro. El hombre lanzó un resoplido y colocó un candil al lado de la empuñadura.

—Dios, Patria, Fueros, Rey —leyó deslizando el dedo índice por encima de las letras desgastadas del medallón—. ¡Acémilas! ¿Así que vuestro padre también era de los nuestros? —añadió dirigiéndose a los dos hermanos.

—No lo sé —se disculpó Tomás—. Murió cuando yo tenía seis años.

—Y yo ocho —dijo Agustín en el mismo tono.

—¿Y cuántos tenías tú? —preguntó girándose hacia Bittor.

—Trece —respondió él sin levantar la vista del pucherillo.

—Entonces, tú sí te acordarás de si tu padre fue carlista.

Se alzó de hombros y continuó comiendo.

Los soldados estaban cansados. No habían pegado ojo la noche anterior, la caminata por los montes se dejaba notar y no tardaron en dormir a pierna suelta por todas partes de la casa. Habían extendido sus petates donde a

cada cual le había parecido mejor, excepto en la habitación principal, la que tenía la cama más ancha. El veterano se había auto-adjudicado el mando de la pequeña tropa y, hombre acostumbrado a vérselas con todo tipo de personas, pronto adivinó que el amo del lugar era el joven huraño que no había abierto la boca sino para comer y responder a su pregunta. No sabían cuánto tiempo tendrían que permanecer allí y era más sabio llevarse a bien con el propietario. Además, era hijo de un combatiente de la otra guerra y merecía respeto en honor a su padre.

La estancia de los soldados en “Urondoa” no fue larga. Exactamente una semana después de su llegada, se firmaba el Convenio de Amorebieta, por el cual los contendientes carlistas que entregaran sus armas podían regresar a sus hogares sin sufrir represalias. El levantamiento había durado cuatro misas dominicales, y era la época de la siembra.

Tras su marcha, Bittor bajó a la Villa una mañana temprano. No había dejado de pensar en Eladio; se preguntaba dónde estaría y cuál sería su reacción al regresar a Araotz, ahora que la guerra había acabado sin apenas comenzar. Había escuchado con atención las conversaciones de los voluntarios, aunque en ningún momento participó ni hizo pregunta alguna, pero algo había aprendido. Aquellos hombres, labradores como él, habían abandonado sus tierras y a sus familias para echarse al monte, para defender unas ideas que a él le eran ajenas; arriesgaban su vida como si no hubiese asunto más importante para ellos que defender a los curas y a los caciques, a un rey que no era rey, y aunque lo fuera, y todo ¿para qué? Para beneficio de unos pocos, al igual que siempre. Ganasen o perdiesen, con la razón o sin ella, regresarían a sus pueblos tuertos, mancos o cojos; encontrarían las casas quemadas, las cosechas arruinadas, los establos vacíos, las mujeres e hijas violadas, y nadie los ayudaría. Les había oído decir que uno de sus compañeros, un tal Sebastián Porrotx, de Aretxabaleta, había muerto en la emboscada, dejando viuda y cuatro hijos. ¿Se encargaría el rey aquél de darles de comer? ¿Lo haría Dios, en nombre del cual don Pedro le había ordenado alojar a unos extraños en su casa? Hablaban de patrias y de fueros, grandes palabras que llenaban sus bocas, pero no estaba seguro de que supiesen con claridad a qué se referían. Él lo ignoraba. Sabía que las

berzas se plantaban en el otoño, que lo mejor para evitar las manchas en los tomates era no mojar el follaje y echarles azufre, que había que podar los manzanos en invierno, que las ovejas parían en febrero y que cuando el viento traía olor a nieve, ésta no tardaría en caer. Lo demás le traía sin cuidado. Nadie le había dado nada y no debía nada a nadie, pero también sabía que nadie le daría de comer si no trabajaba de sol a sol todos los días de su vida.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos al ver llegar por el camino a cuatro hombres que se dirigían en dirección opuesta. Reconoció, por su habla, que eran alaveses; estaban sucios y tenían caras de cansancio. Uno de ellos llevaba puesta una casaca azul con faldones, similar a la del soldado viejo que había ocupado su hogar durante una semana, así que dedujo que eran del mismo bando, de los que regresaban a sus casas derrotados sin haber luchado. Los saludó con un gesto y continuó su camino sin volver la cabeza, aunque supo que ellos se habían detenido porque las suyas eran las únicas pisadas que escuchaba sobre el sendero de tierra. Horas incontables de acecho a la espera de una pieza de caza, noches en vela escuchando los ruidos y los silencios del campo habían aguzado su oído.

—¡Oye!

Se giró. En efecto, los hombres se hallaban parados en medio del sendero.

—¿Es ésta la ruta a la Barrundia? —preguntó uno de ellos.

—¡Mejor regresáis a la Villa y tomáis el camino de Mondragón! —les gritó.

—¿Son ésos los montes de Araba? —preguntó de nuevo el mismo individuo.

—¡Así es!

El hombre levantó el brazo en señal de saludo y él y sus compañeros continuaron adelante. Bittor meneó la cabeza a derecha e izquierda. El camino se acababa en la vecindad de Aizkorbe, uno de los barrios de Araotz, no se distinguían las cumbres de los montes debido a la niebla y era peligroso adentrarse en la sierra sin conocer el terreno, pero allá ellos si querían arriesgarse. Lo que hicieran no era asunto suyo y prosiguió el

camino con las manos metidas en los bolsillos de los pantalones. Hasta entonces había estado sujetándose la faja entre cuyos pliegues llevaba oculta la bolsa con el dinero.

No había invertido el dinero en la compra de reses como tenía previsto; el recuerdo de Eladio se lo impedía y todavía hoy ignoraba la razón que lo impulsó a no acudir al cuartel para sacarlo de allí cuando tuvo oportunidad de hacerlo o, quizás, la conocía de sobra. Tenía intención de devolver el dinero a Zabala porque no quería tener en su conciencia el destino de su hermano, ni beneficiarse de su suerte. Los carlistas habían asegurado haber matado y herido a muchos de sus adversarios. ¿Y si Eladio era uno de ellos?

No quería pensarlo. Aceleró el paso y entró en la Villa al tiempo que las campanas de la iglesia llamaban a misa de ocho, pero no se encaminó hacia Kalezarra puesto que era demasiado temprano para llamar a la puerta del abogado y deambuló por la Villa para hacer tiempo. Casonas y palacios se alzaban aquí y allá entre edificios bastante más modestos con los escudos de armas de los Lazarraga, Garibai, Hernani, Madinabeitia, Elorriaga o Larrañaga en las fachadas, familias adineradas que controlaban los asuntos de la Villa desde antiguo, aunque ninguna tan poderosa como la de los Gebara, Señores de Oñate. Contempló la torre condal edificada sobre una loma e intentó imaginar épocas antiguas en las que, según recordaba haber oído decir al padre, los oñatiarras eran vasallos sometidos a la voluntad del Conde. Txantxikuak, ranas, los llamaban los habitantes de los pueblos vecinos, pues, se decía, que antaño estaban obligados a hacer callar a aquellos bichos cuando el Conde dormía la siesta. Todavía recordaba una canción, aprendida de chaval, que hacía alusión a obligación tan inusitada: Ixilik hago, ixilik hago, kondia siestia lo egiten dago… sorprendiéndose a sí mismo al empezar a tatarearla.

La torre ya no era lo que había sido; cualquiera de los palacios de la calle presentaba mejor aspecto y había sido reconvertida en casa de labranza, pero allí continuaba, en lo alto, vigilando desde su atalaya el pueblo y las tierras que lo circundaban, evocando tiempos pasados. En Loiola había escuchado que era deseo divino que unos mandasen y otros obedeciesen, que la igualdad entre los hombres era antinatural y únicamente

propaganda de los ateos revolucionarios que en el país vecino habían asesinado a sus reyes y en España intentaban derrocar el orden establecido por mandato de Dios. Él no era un vasallo, era un hombre libre y nadie, ni rey ni dios, tenía poder sobre él. Erraría o acertaría, pero lo haría solo y sería el único responsable de sus actos.

Una hora después, golpeaba con la aldaba la puerta de la casa del abogado y esperaba a que le abrieran. Un claro desgarró el cielo encapotado justo en ese momento, dejando pasar un rayo de luz que iluminó directamente a la joven vestida de color oliva que apareció en el umbral. No estaba preparado para volver a verla tan de repente y quedó desconcertado.

La lejanía embellece el recuerdo, pero, en su caso, éste era un pálido reflejo del original, no reproducía la blancura de su piel, el brillo de sus ojos o la boca, cuyos labios deseó besar allí mismo, sin esperar ni un minuto más.

Hizo un esfuerzo para dominarse y se quitó la boina a modo de saludo.

—¡Bittor! —exclamó Julia esbozando una sonrisa de placer no disimulado—. ¡Bittor! ¡Eres tú!

—¿Cómo está usted, señorita?

—¡Por Dios Bittor, no me trates como si fuera una señora mayor!

—He venido a ver a don Antonio…

—¿Sólo a él? ¿A mí no? Creía que éramos amigos…

Tenía la garganta seca y notaba que le temblaban las piernas, carraspeó y sacudió la boina en el muslo para disimular su turbación.

—Tengo un asunto con él y…

No acabó la frase. Entre risas, Julia lo asió por el brazo y lo introdujo dentro de la casa, arrastrándolo prácticamente hasta la galería, a través de cuyos cristales se veían las huertas traseras de la rúa nueva, donde se encontraba el abogado leyendo el periódico mientras acababa de desayunar.

—¡Padrino, mire quién ha venido a visitarnos!

Tan complacido como su ahijada, Zabala se levantó de la silla y estrechó con fuerza la mano del joven al tiempo que le reprochaba su ausencia de casi dos meses. Ambos lo habían echado en falta, le aseguró, y a menudo se preguntaban qué habría sido de él y de su hermano Eladio; lo obligaron a tomar asiento y Julia le sirvió una taza de chocolate caliente,

animándole a coger un bollo recién hecho de un cestillo forrado con una tela de flores. No tenía hambre y tampoco le apetecía el chocolate, de hecho no le gustaba, pero se bebió el contenido de la taza y se comió el bollo, pues habría hecho cualquier cosa que ella le hubiera pedido, por pequeña o grande que ésta fuera.

El abogado estaba muy interesado en conocer de primera mano algo acerca de la presencia de los voluntarios carlistas en Araotz: cuántos eran, si habían causado molestias, cómo habían sido recibidos por los habitantes del barrio…

Bittor sólo podía informarle desde su propia experiencia, y así lo hizo, aunque no acababa de tener claro de qué lado se decantaba su interlocutor.

Él era un buen católico, afirmó el hombre, que deploraba la persecución de la cual la Iglesia estaba siendo objeto, pero estaba de acuerdo con la libertad de prensa, la desaparición del tribunal de la Inquisición y otras decisiones tomadas por el actual gobierno de cara a mejorar la vida de los ciudadanos.

También aprobaba la expulsión del país de Isabel II, a su parecer inepta para gobernar, cuya vida personal era un escándalo, indigna de una mujer decente y de una reina. Sin embargo, la política liberal centralizaba el poder, lo que significaba limitar los derechos y tradiciones de los pueblos escudándose en la igualdad de todos los españoles, aunque beneficiaba a unos cuantos potentados que adquirían las tierras comunales y eclesiales, desamortizadas y vendidas en subasta pública. Era sabido que no pocos monárquicos influyentes del Antiguo Régimen habían comprado de esta manera grandes extensiones de terreno proclamando su lealtad hacia un gobierno liberal que los había hecho aún más ricos. Y lo mismo podía decirse de unos cuantos liberales y republicanos, que habían aprovechado la coyuntura para enriquecerse sin trabas. Ya decía el viejo refrán aquello de

«a río revuelto, ganancia de pescadores»; la sabiduría y experiencia populares raramente se equivocaban. Por otra parte, el Pretendiente carlista prometía restituir los fueros de acuerdo con la tradición, devolver los derechos de decisión a concejos y diputaciones, y sus promesas encendían los ánimos e ilusiones de las zonas rurales, más apegadas a sus viejas leyes que las ciudades. No obstante, y si bien era cierto que los vascos habían

visto disminuidas algunas de sus prerrogativas históricas, no todo era tan idílico en los tiempos antiguos como algunos creían. Los propietarios, es decir los jauntxos, los Parientes Mayores, eran los únicos con derecho a voto en las asambleas y quienes tomaban las decisiones; los demás obedecían.

—En fin, querido amigo —concluyó— que el mundo es el que es. Se llame de una u otra forma, lo único seguro es que el poder permanece siempre en las mismas manos. Quienes no lo tienen se ilusionan pensando que las cosas pueden cambiar, como es el caso de los simpatizantes liberales, mientras que otros, como los carlistas, creen que cualquier tiempo pasado fue mejor. Los liberales se inspiran en la revolución francesa, pero olvidan que Napoleón se autocoronó emperador con el beneplácito de sus compatriotas republicanos. Los carlistas, por su parte, desean la vuelta del absolutismo monárquico en nombre de Dios, pero yo estoy convencido de que Dios no designa a los reyes.

—¿Y usted qué opina? —preguntó Bittor cuando el hombre calló.

—No lo sé… De verdad que no lo sé. Digamos que la edad me ha convertido en un ser escéptico que se limita a observar los errores de los demás, sin juzgarlos…

El hombre se quedó pensativo, con la vista fija más allá de la cristalera, momento aprovechado por Julia para recoger el servicio y desaparecer con la bandeja por la puerta de la cocina. Rápidamente, el joven se puso en pie, se desenrolló la faja y, de entre sus pliegues, extrajo la bolsa de piel, cuyo contenido esparció sobre la mesa ante la sorpresa del abogado, quien lo veía hacer sin poder evitar una sonrisa ante un modo tan peculiar de proceder.

—Don Antonio —dijo Bittor tendiéndole el dinero—, aquí tiene usted los ocho mil reales.

A continuación, volvió a enrollarse la faja y se sentó. Antes de cogerlas, Zabala contempló las monedas durante un rato sin decir palabra; eran nuevas, iguales a las que él le había entregado.

—¿Son las mismas que yo te di a cambio de las huertas?

—Lo son.

—¿No las utilizaste para pagar la exención de Eladio?

—No.

Habría querido preguntarle por qué no lo había hecho, pero refrenó su curiosidad. El joven no parecía dispuesto a dar explicaciones y él desconocía las relaciones que ambos hermanos mantenían, aunque le confundía el hecho de que hubiese esperado dos meses para reintegrarle el dinero, que no lo hubiese utilizado para hacer en el caserío las mejoras de las cuales le había hablado en alguna ocasión o para comprar más ganado.

Se levantó y le hizo una seña para que lo acompañase a su despacho. Fiel a su palabra, le vendió las tierras al mismo precio al que se las había comprado y ambos cerraron el trato con un apretón de manos, a la antigua usanza, aunque eso no impidió que también le entregara los documentos de venta debidamente firmados y sellados, dispuestos desde hacía dos meses, a la vez que los de compra.

—Siempre ha de haber un papel escrito, querido Bittor —le dijo—.

Evita problemas y futuros desacuerdos.

—Hay algo más…

—Tú dirás.

Ahora que había recuperado los terrenos amputados a su propiedad, Bittor se sintió seguro de sí mismo, no quería esperar los dos o tres años que se había marcado y, tras un momento de vacilación, pidió permiso para cortejar a Julia. Después, embalado, habló más de lo que normalmente acostumbraba, le explicó sus sentimientos hacia su ahijada desde el momento en que la había conocido, su admiración y su deseo de formar una familia. Era un hombre honrado, sin vicios, estaba sano y en dos o tres años tendría el capital suficiente para proporcionarle una vida acomodada en la que nada le faltaría, aseguró. Tenía proyectos para “Urondoa” y no cejaría en su empeño hasta que su caserío fuera el más rico y productivo de Araotz.

Calló de súbito, exhausto. Las palabras no eran su fuerte y el esfuerzo había sido demasiado grande.

Don Antonio le había escuchado en silencio. Julia se había convertido en una muchacha atractiva, al decir de quienes la conocían puesto que, para él, continuaba siendo la niña que había alegrado su vida al fallecer su esposa. Habría muerto él también, de tristeza, si no llega a ser por su

presencia en aquella casona que se le antojó un mausoleo al regresar del cementerio. Eran varios los pretendientes que esperaban su permiso para cortejarla, pero él se resistía, no quería entregársela a otro hombre, no quería que desapareciera de su vida, que la niña se convirtiera en mujer.

Había tiempo todavía. Mientras, mantenía un ojo vigilante y sólo le permitía salir en su compañía o con Fermina, el ama que se había ocupado de ella desde que él la había prohijado. Tampoco invitaba a su casa a ningún hombre que no estuviera casado o no fuera ya viejo. Bittor era el único a quien se franqueaba el acceso sin cumplir dichos requisitos, si bien no entraba en sus proyectos conceder la mano de Julia a un casero sin instrucción, aunque lo apreciase como persona. Mucho tenía que cambiar todavía para ser digno de ella, y aun así. Tenía un genio vivo que intentaba controlar, aunque no siempre lo conseguía, pero un revés en sus asuntos, una mala palabra, un mal gesto a él dirigido hacían aflorar su temperamento colérico. El párroco de San Miguel de Araotz le había relatado el encontronazo entre ambos y no estaba dispuesto a confiarle su más preciado tesoro. Los años pasaban, la gente envejecía, la pasión menguaba, cuando no desaparecía, y él conocía demasiados casos de parejas mal avenidas como para jugarse a una carta la felicidad de la muchacha a la que quería como a hija propia.

—Eres un buen hombre —le dijo, intentando encontrar las palabras adecuadas para no herirlo—, honesto y trabajador, pero aún eres joven.

—Tengo veintidós años —afirmó él en un tono de voz apenas audible, desprovista del entusiasmo de momentos antes.

—Y Julia acaba de cumplir los veinte.

—Mi madre matrimonió a los dieciséis…

—Eran otros tiempos. Además, confieso que no deseo separarme de ella por ahora y, por otra parte… ¿te has detenido a pensar que tal vez un caserío no sea el lugar adecuado para una joven que ha crecido en la Villa? ¿Qué haría ella allí, entre huertas y animales? Es una señorita educada y, desde luego, no la veo trabajando como una campesina.

Bittor no respondió, permaneció durante un rato en silencio, con los ojos fijos en la copa de vidrio fino en la que, al comienzo de la

conversación, el abogado había vertido una más que generosa cantidad de brandy para paliar su negativa.

—Es usted su tutor y tiene mi respeto —dijo tras beber un largo sorbo y depositar la copa encima de la mesa—. Ahora tengo que marcharme.

—¿No te quedas a comer con nosotros?

—Otro día.

Salió del despacho desconcertado. El rechazo era una posibilidad en la que ni siquiera se había detenido a pensar, aunque, de todos modos, no tenía intención de cambiar sus planes de fundar una familia y aceptaría cualquier propuesta, puesto que no faltarían hombres deseosos de tenerlo por yerno.

A fin de cuentas, una mujer era similar a otra, e igualmente servía para hacerle compañía y darle hijos. Abrió la puerta del despacho y tropezó con la joven que los buscaba al no haberlos hallado en la galería. Se detuvo paralizado, sintiendo una sensación nueva, como si la viese por primera vez, el corazón acelerado. Estaba tan seguro de que sería aceptado que no se había detenido a pensar en las razones que lo impulsaban a pedir autorización para cortejarla. Ella no era una mujer cualquiera, era la mujer con la que deseaba casarse, engendrar hijos; a quien deseaba ver desnuda y con quien quería yacer el resto de su vida; la compañera que todo hombre necesitaba para compartir sus ambiciones. Todo ello pasó por su mente en un instante y le cortó la respiración. Julia le sonreía, pero él no correspondió a su sonrisa y salió precipitadamente de la casa.

—Padrino, ¿qué le ocurre a Bittor? —le oyó preguntar.

—Nada, querida. Ya se le pasará… —escuchó responder al abogado.

Necesitaba respirar y abrió la boca para aspirar con fuerza una bocanada de aire que penetró hasta el fondo de sus pulmones. Regresó a Araotz a paso lento; quería pensar con tranquilidad y la mejor forma de hacerlo era andar sin prisas por la sinuosa calzada que llevaba al barrio. No era sensible a la belleza del paisaje que lo rodeaba: el verde profundo de los prados, las montañas que a modo de fortaleza resguardaban el valle, el sonido de la naturaleza; lo conocía desde siempre y lo conocido llega a hacerse tan habitual que acaba siendo invisible, pero, aun no siendo consciente de ello, la paz del entorno sosegó su ánimo y le permitió meditar los pasos a seguir.

T ranscurridos cuatro meses desde el final de la guerra no iniciada, todavía quedaban partidas carlistas diseminadas un poco por todo el territorio y, en Álava y en Bizkaia, habían tenido lugar nuevos conatos de levantamiento, muertos nada más nacer. Los mozos de Araotz regresaron tres semanas después de haber sido alistados a la fuerza, pero Eladio Urrondo no volvió. Agustín y Tomás coincidieron con uno de ellos en el molino de Errotabarri, adonde habían ido a moler el grano, y le preguntaron por su hermano, pero el joven ignoraba su paradero. Les dijo que fueron enviados a San Sebastián y distribuidos por diferentes batallones a la espera de órdenes para entrar en combate, si bien les indicaron que podían irse al cabo de unos días, y eso fue lo que hicieron. A partir de entonces había perdido de vista a Eladio pues no regresó con ellos al barrio y, siendo hombre de pocas palabras, tampoco dijo adonde se dirigía, ni qué planes tenía. Tomás informó a Bittor acerca de la conversación, pero éste no hizo comentario alguno; no tenía nada que decir, aunque estaba claro que Eladio había decidido no volver, al menos por el momento, y que pensaba seguir su propia senda. Saberlo con vida y en buena salud alivió el remordimiento que sentía cada vez que se lo imaginaba muerto o herido. Puede que hubiera hecho realidad aquel sueño absurdo que tenía de embarcarse para las Américas y no volvieran a verlo nunca más o que regresara al cabo de los años con los bolsillos repletos de plata, comprara un terreno y se hiciera edificar una casa de tres pisos con torrecillas como muestra de su éxito.

Ojalá triunfase, pero “Urondoa” era de él.

La tierra no podía ser dividida, ni repartida, debía mantenerse unida en poder de un solo heredero, como siempre se había hecho para preservar la hacienda familiar. En aquella última conversación que habían mantenido, y que recordaba con pesar, don Antonio comentó que el gobierno liberal defendía el derecho de todos los hijos a heredar y que dicha medida le parecía justa. ¡Qué sabía él! La heredad desaparecería en tres o cuatro generaciones para convertirse en pequeñas huertas que dejarían de ser rentables si cada hijo recibía una parte. Dicho pensamiento le recordó su

obligación de casarse y tener descendencia para conservar el patrimonio recibido de sus mayores. También le recordó que al día siguiente tendría lugar la romería a Arantzazu. En una ocasión, el abogado había asegurado que tenía problemas con la rodilla izquierda, lo que le impedía caminar durante mucho tiempo seguido o hacer esfuerzos, así que quizá Julia no estuviese allí, aunque podía apostar cualquier cosa a que sí iría, acompañada por Fermina. Ningún oñatiarra, devoto o no, labrador, artesano o funcionario, carlista o liberal, dejaba de acudir al santuario en fecha tan señalada.

No había vuelto a aparecer por la casa del abogado desde el día en que había sido rechazado. En algún momento, Zabala le envió recado para que fuera a visitarlos, añadiendo que tanto su ahijada como él estarían encantados de saber de él, pero le dio la impresión de que, de alguna manera, quería compensarle por el rechazo, dar a entender que nada había ocurrido, y respondió que le era imposible, que las labores del caserío exigían su atención. En realidad, muchos atardeceres bajaba a la Villa, se apostaba dentro de un portal cercano al número cuarenta y dos de Kalezarra, esperaba a que la joven saliera para asistir al rezo del rosario en la iglesia parroquial de San Miguel Arcángel, y la seguía. El rostro semioculto por el ala de la boina, las manos en los bolsillos, caminaba unos pasos detrás de ella y de Fermina. No entraba en la iglesia, esperaba apoyado contra el muro de una casa vecina a que volvieran a salir y, de nuevo, las seguía de vuelta a su vivienda. Ella se giraba a veces, como si presintiese que alguien la acechaba, pero eran muchos los vecinos que transitaban por la vía a dicha hora y él sólo era uno más entre ellos.

Julia se había convertido en una obsesión. Pensaba en ella mientras caminaba a través de los semilleros, al sacar las vacas a pastar, cuando contaba las tinas de leche; soñaba con ella antes de adormecerse en el lecho de sus padres, que ahora era el suyo, un poco estrecho para dos personas, demasiado ancho para una, y se despertaba imaginando que estaba a su lado; comparaba su rostro, su cuerpo, sus andares con los de las mujeres que pasaban a su lado y ninguna superaba el examen; intentaba, incluso,

olvidarse de ella y fijarse en otras cada vez que bajaba a la Villa, pero era inútil.

Sabía que no tendría problemas en encontrar esposa puesto que debido a las guerras, el hambre, las epidemias y la inmigración el país se había vaciado de hombres jóvenes y muchos padres, desesperados, comprometían a sus hijas con indianos a quienes no conocían y las enviaban a ultramar, a sabiendas de que posiblemente nunca más volverían a verlas. Él era un excelente partido y más de uno querría por yerno a un hombre joven y fuerte, dueño de sus propias tierras en lugar de arrendatario, pero él sólo quería a Julia. Cada día se acrecentaba su deseo por ella y era tal su apremio que, algunas noches, empapaba las sábanas debido a su pasión, tan grande como su desesperación. Su carácter, de por sí reservado, se volvió todavía más impenetrable y su aislamiento era casi completo, pero no por ello descuidaba su trabajo ni olvidaba su intención de transformar el suyo en el mejor caserío de la zona. Se levantaba antes del amanecer y no se detenía hasta la hora de acudir a ver de lejos a la mujer que deseaba como nunca antes había deseado cosa alguna. El abogado había dicho que el poder permanecía siempre en las mismas manos: las de los ricos. Él sería rico y, por tanto, poderoso, e iba camino de conseguirlo. Aquel año estaba siendo muy provechoso, había vendido todo su grano en la lonja por un buen precio y comprado un semental con las ganancias obtenidas. Asimismo, todos los días salía de “Urondoa” un carro lleno de marmitas de leche en dirección a la Villa, donde un mediador se encargaba de venderla y tenía apalabrada la tala de doscientas hayas con un maderero, pero no era suficiente. Por mucho que ahorrase, necesitaría años para considerarse un hombre adinerado, y tenía prisa. Don Antonio no esperaría toda la vida para entregar a su ahijada en matrimonio, pero quizás en Arantzazu tuviera oportunidad de hablar a solas con Julia y declararle sus sentimientos. Si ella correspondía, no tendría importancia alguna lo que su tutor pensase.

Los tres Urrondo salieron de casa al amanecer e iniciaron la ascensión en silencio. Bittor se había puesto la camisa y los pantalones comprados en la Villa; Agustín y Tomás hubieron de conformarse con las prendas del arcón de la madre, pero lo mismo les habría dado vestir con la ropa de faena

con tal de acudir a la romería y disfrutar de un día de asueto. Excepto para ir a misa los domingos, ninguno de los dos había salido de “Urondoa” desde hacía meses, de ahí su sorpresa de la víspera al comunicarles su hermano que al día siguiente subiría al santuario y que podían acompañarlo si querían. Conservaban en la memoria retazos de su infancia feliz y uno de ellos era precisamente la subida a Arantzazu, pero eran ya años los que llevaban sin acudir, en parte debido a la falta de interés de los hermanos. La apatía era contagiosa. Les extrañó, cómo no, la súbita decisión del mayor, tan reacio como era a dejarse ver en público y más en una fiesta, aunque sospechaban que tendría algo que ver con sus misteriosas desapariciones vespertinas, pero, por supuesto, no se atrevieron a preguntarle nada al respecto.

Ajeno a sus cavilaciones, Bittor caminaba a grandes zancadas por delante de ellos, recuperando el ritmo de las piernas y la respiración acompasada que antaño le permitían llegar a la cima del Andarto antes que Eladio. No había vuelto a subir a los montes desde su regreso a Araotz, pero el trabajo duro lo mantenía en forma y comprobó satisfecho que el repecho final antes de llegar al santuario no afectaba para nada la cadencia de su marcha. Sonrió al girar la cabeza y constatar que sus hermanos iban bastante rezagados; seguía siendo mejor montañero que ellos. El aire traía el olor de los hayedos del macizo de Alona y un par de buitres leonados volaron en círculo por encima de su cabeza, como dándole la bienvenida, justo en el momento en que pisaba la estrecha planicie, si podía llamarse así al abrupto entorno sobre el que se alzaban la iglesia y las ruinas del antiguo convento franciscano. Contempló desde allí el profundo valle sobre el que colgaba el lugar, los barrancos y desfiladeros, los montes y peñascos, sombras recortadas en el cielo, y sintió una emoción intensa ante la belleza de la tierra en la que habían nacido sus antepasados, en la que él había nacido y a la que pertenecía, al igual que ella le pertenecía a él. Fue un instante, un momento de debilidad que rechazó dando media vuelta y dirigiéndose hacia la iglesia.

Todavía era pronto, pero había ya gente por los alrededores a la espera del comienzo de la misa. Echó una ojeada dentro del templo de reducidas

dimensiones, reconstruido gracias a las limosnas, más para confirmar que Julia no había llegado todavía que por devoción. Tal como suponía, la joven no estaba allí, pero sí unos cuantos devotos que se habían adelantado a fin de ocupar una posición privilegiada durante la ceremonia, ya que la mayoría de los asistentes se verían obligados a permanecer en el exterior por falta de espacio. Antes de volver a salir dirigió la mirada hacia la pequeña imagen de la Virgen que presidía un altar repleto de velas encendidas; no podía apreciarla desde la puerta y se acercó al igual que hacían otras personas, sólo que él no llevaba una vela en la mano, ni tenía intención de arrodillarse ante ella como hizo la pareja de ancianos que le precedió. La diminuta figurilla era apenas visible bajo la enorme corona de oro y piedras preciosas colocada sobre la cabeza y el ampuloso manto de terciopelo azul con bordados de plata en forma de campana que la cubría por completo. No pudo reprimir un gesto de ironía al ver la cabeza del Niño, igualmente coronada, emergiendo por un agujero del manto, mientras que por otro lo hacían cuatro dedos que sujetaban algo parecido a una manzana. Resultaba curioso que una figurilla tan insignificante fuera objeto de la veneración de miles de fieles, su difunta madre incluida. Recordaba haberle oído contar que se trataba de una imagen milagrosa encontrada junto a un cencerro por un pastor entre las ramas de un espino blanco durante una gran sequía mucho tiempo atrás, y que su aparición había traído la lluvia. A su entender, todo aquello era una mera superstición, al igual que lo era la creencia de que en el monte Aketegi tenía su morada la antigua diosa de los vascos, Amari, quien, extrañamente, también poseía la facultad de provocar la lluvia, aunque a él le daba lo mismo lo que la gente creyese, siempre que no fuese obligado a pensar de la misma manera.

Salió por fin de la iglesia, buscó un lugar desde donde divisar la llegada de los romeros y encontró el mejor de todos: un otero sobre uno de los muros del convento, semiderruidos por el incendio. Una vez encaramado, se quitó la chaqueta de color negro tejida a punto de arroz que había sido del padre, la dobló en cuatro y la colocó sobre un vértice para apoyar la espalda. Estaba bastante cómodo y podía atisbar a su alrededor sin ser advertido, puesto que a nadie se le ocurría levantar la vista hacia las ruinas.

Vio a sus hermanos quienes, aparentemente, andaban buscándolo; también a Juan, el de “Gorritxo”, seguido por su mujer y su media docena de hijos e hijas. Tenía un asunto pendiente con él, pues no olvidaba que el hombre había sido, junto al párroco, el delator que los había entregado a los miqueletes a Eladio y a él, pero no tenía prisa; antes o después arreglaría las cuentas con él.

El día avanzaba deprisa, en los alrededores de la iglesia se aglomeraba una multitud y las voces llenaban el aire, rompiendo el silencio que envolvía el lugar durante el resto del año. Bittor olvidó que el único motivo para permanecer desde hacía horas encaramado a unas piedras chamuscadas, las posaderas y la espalda doloridas, era ver a Julia, acercarse a ella y hablarle o, quizás, sólo quizás, rozar su cuerpo y aspirar su aroma a hierbabuena. Desde su improvisada atalaya, veía llegar a los devotos por el mismo camino que ellos habían tomado, otros que bajaban de Duru, otros que aparecían por el sendero de Urbia e Iturrigorri. Recordó que la madre solía decir que no sólo eran guipuzcoanos quienes acudían al santuario, también lo hacían alaveses, vizcaínos y navarros, y añadía con una mezcla de orgullo infantil que la de Arantzazu era la virgen favorita de los vascos.

Era curioso que le viniesen a la cabeza tales nimiedades y no fuera capaz de recordar el rostro de la mujer que le había dado la vida. Descendió del muro e inició la búsqueda de la joven, a pesar de ser consciente de que iba a resultar tarea ardua encontrarla entre el gentío.

A la vista de que los asistentes que no podían entrar en el recinto sagrado eran, por lo menos, veinte veces más numerosos que aquéllos que se encontraba dentro, alguien decidió llevar a cabo la misa en el exterior.

Sacaron la imagen de la Virgen y la colocaron sobre un altar improvisado ante las puertas abiertas de la iglesia, lo que provocó al mismo tiempo aplausos y protestas. Bittor avanzó despacio, sin movimientos bruscos, como cuando caminaba sigilosamente entre los arbustos al acecho de una pieza de caza. De vez en cuando reconocía alguna cara, pero, en general, aquellos hombres y mujeres que respondían al unísono a las invocaciones del sacerdote oficiante le eran extraños y no le interesaban en lo más mínimo. La vio cuando la misa estaba a punto de finalizar y se detuvo en

seco, el pulso acelerado; no escuchó la petición para que se apartara de una mujer a quien su corpulencia no permitía la visión, ni se arrodilló en el suelo en el momento de la bendición. El santuario, la imagen, los devotos, todo desapareció a su alrededor. Justo en ese momento, como si hubiese escuchado su llamada, la joven giró la cabeza y sus ojos se encontraron. Fue un instante tan breve, antes de que la concurrencia se pusiera de nuevo en pie y ella desapareciera de su vista, que creyó haberlo imaginado.

El bullicio, los sones del txistu y el tamboril, las conversaciones en los corros de familiares y amigos dispuestos a dar buena cuenta del almuerzo, el griterío de los chiquillos llenaron el aire impregnado momentos antes de fervor. Hacía calor, no quedaba vacío un solo hueco a la sombra y era casi imposible dar un paso sin tropezar. Bittor continuó buscando a Julia, pero parecía que la tierra se la hubiese tragado. Puede que no fuera ella la muchacha que había visto; puede que su deseo le hubiera jugado una mala pasada. A fin de cuentas, la espera había sido larga y todavía sentía las aristas de las piedras como agujas clavadas en su espalda. La descubrió a punto de ir en busca de sus hermanos, encargados del morral con la comida y la bebida para los tres, sentada sobre una manta en un saliente de la peña, vestida de manera sencilla, al uso de las mujeres de aldea, con una falda de paño, justillo y camisa blanca, la pañoleta de colores sobre los hombros y los cabellos peinados en dos gruesas trenzas. Nunca la había visto tan guapa. Iba a acercarse, pero sus pies se quedaron clavados al suelo. Fermina apareció seguida por un militar, éste a su vez seguido por un soldado que portaba un cesto que depositó al lado de la manta e hizo un saludo marcial antes de desaparecer. Reconoció al militar en el acto: era el capitán del cuartel, aquél que se había dedicado a galantear a Julia, ignorando su presencia. La sirvienta había sacado la comida del cesto y el hombre se sentó al lado de la joven; hablaban, se reían, y él apretó los puños con rabia.

Agustín y Tomás buscaron a su hermano en el santuario y por los alrededores, pero no lo localizaron, ni tampoco lo encontraron a su regreso a “Urondoa”, aunque, acostumbrados a su manera de ser, no le dieron mayor importancia, incluso se sintieron aliviados y se fueron a dormir, cansados de una jornada inusual. Empezaron a preocuparse al día siguiente,

al levantarse y no hallarlo, como de costumbre, ocupado en sacar al ganado del establo; siempre era él el primero en despertarse y comenzar las tareas.

Tampoco apareció a la hora de comer, ni durante los dos días siguientes, y se preguntaron si no habría sufrido un percance, si no se habría despeñado desfiladero abajo o habría sido detenido por los miqueletes, como ya había ocurrido meses atrás. Lo uno trajo lo otro y ambos jóvenes empezaron a cuestionarse lo que harían en el caso de que Bittor no volviera.

Durante la romería, habían tenido oportunidad de hablar con un fraile que, desde la dispersión de la comunidad de Arantzazu, vivía junto a otros franciscanos en una casa de la Villa cedida por una familia particular. Les aseguró que eran muchos los que, vestidos de seglares o de sacerdotes, esperaban a que las tornas cambiaran y pudieran regresar a sus conventos, y que lo mismo ocurría con los miembros de las demás órdenes religiosas.

Disponía de información fidedigna, afirmó en un susurro, acerca de un próximo levantamiento que devolvería el trono al único heredero legal de la corona de España, quien había jurado restituir sus derechos a la Iglesia, afirmando a continuación que era obligación de todo buen católico y de todo buen vasco apoyarlo en su cruzada. Ellos no sabían nada de política ni de los asuntos que traían a mal traer a buena parte de los ciudadanos del país, pero deseaban aportar su granito de arena para que las cosas volvieran a ser lo que antes eran. Al contrario que Bittor, asistían a la misa los domingos y las fiestas y escuchaban los sermones de don Pedro que, desde hacía meses, giraban siempre en torno a tres temas: la maldad de los enemigos de Dios, el contubernio de liberales, judíos y masones en contra de los verdaderos católicos y la avaricia de las clases acomodadas, enriquecidas con los despojos de la Iglesia. De buena gana se habrían ido con el franciscano, pero temían la reacción de su hermano y prefirieron esperar el momento oportuno. Ahora, sin embargo, se les planteaba un grave interrogante, puesto que él había desaparecido y no podían marcharse dejando abandonados a los animales. Quizás, podrían bajar a la Villa a hablar con el abogado que ya les había ayudado en la otra ocasión; él se encargaría de vender el ganado y alquilar la casa y los terrenos, ya que ellos no podían disponer de la propiedad hasta pasado un tiempo y quedase

demostrado que los hermanos mayores habían, en efecto, desaparecido y fueran dados por muertos. En ello estaban, cuando, para su sorpresa, Bittor entró en la cocina de “Urondoa” al anochecer del tercer día. No dio explicación alguna, se sentó a la mesa y se comió él solo más de la mitad de la olla de guisado que Agustín había preparado para media semana.

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