La flor de la argoma
Enero, 1875
H abía transcurrido un año desde el día en que Julia se había encerrado en su cuarto tras salir corriendo dejando a Bittor junto a los tomates.
Estaba confusa y enfadada al mismo tiempo. ¿Cómo había dejado que él la besara y, sobre todo, cómo había podido devolverle el beso, dándole esperanzas, dándoselas a sí misma? No había futuro para ellos, ningún futuro, y no estaba dispuesta a sufrir al igual que la protagonista de la obra teatral “Camila”, una cortesana que iba de hombre en hombre, se enamoraba de un joven sin recursos y moría enferma de tisis, pero también de amor. Había sido la primera vez en su vida que asistía a un teatro de verdad, el Principal de San Sebastián. Lo hizo en compañía de Arístides, su madre y sus hermanas, y podía asegurar que aquél había sido el momento más placentero, si no el único, de su estancia en la ciudad, pero ella no era un personaje de teatro, ni tenía intención alguna de serlo. Esperaba no ver a Bittor nunca más, aunque en el caso de que él insistiese, de que apareciese de nuevo en “Bekoa”, le recordaría que ella tenía un marido y él una esposa, quien, además, era su hermana. Una relación entre ellos era imposible; peor aún, era obscena e incestuosa. Sin embargo, Bittor no volvió. A medida que transcurrían los días, las semanas, la joven olvidó sus propósitos y sintió la necesidad imperiosa de verlo de nuevo. Se justificó a sí misma diciéndose que su deseo era natural, a fin de cuentas eran amigos y tampoco había por allí nadie con quien hablar, aparte de Fermina, pero no se engañaba. Había dicho que daría su reino sólo por un beso; ahora sabía que quería más.
Una fría tarde de diciembre, dos meses después, Feliciana Lasa se presentó de manera imprevista en “Bekoa”. Ardía en deseos de conocer a Julia con quien coincidía todos los domingos en misa. Nunca habían hablado, pero estaba convencida de que necesitaría a alguien cerca, ahora que su tutor había fallecido. Había intercambiado algunas palabras con Fermina, aparentemente una buena mujer, pero una sirvienta al fin y al cabo, mientras que ella era la segunda mujer de su padre, de manera que podía decirse que eran parientes. Además, si el abogado no se la hubiese llevado de su lado, habría crecido en “Goikoa” como una hija, o casi.
Faustino había alentado la visita. Una moza criada en la Villa no era la persona adecuada para gestionar un caserío y estaba dispuesto a comprárselo. No lo intentó en vida de Zabala, con quien no había vuelto a mantener trato desde el día en que se llevó a la hija del desgraciado de su yerno, aunque don Pedro le informó acerca de ella y de su matrimonio con un militar liberal perteneciente a una buena familia donostiarra, pero también que no había recibido ninguna carta desde que estaba en Araotz, lo que hacía presuponer que el hombre podría haber muerto. Asimismo, el párroco insinuó que se hallaba en una apretada situación económica, pues el abogado se había visto obligado a vender su casa para abonar la cuantiosa multa impuesta por el tribunal por lo que él, la joven y la sirvienta se habían trasladado a vivir a Araotz y era del todo improbable que le hubiera legado nada de valor. Había llegado el momento de reanudar la relación… familiar.
Julia disimuló la sorpresa que le produjo ver en su cocina a la mujer de su padre, aquélla que la había arrastrado al funeral de la abuela, la que la había enviado a dormir al sobrado con los ratones. No recordaba todo al detalle, pero sí lo suficiente para no desear intimar con ella y todavía menos después de cómo había tratado a su propia hija. Se imaginaba en el lugar de Carmen y se le ponía el vello de punta. Su medio hermana habría podido morir durante el parto prematuro y, encima, le habían robado a su hijo. No entendía que una madre fuera capaz de actuar de semejante modo.
Respondió a su saludo con un gesto y continuó junto al hogar, pelando manzanas para hacer compota, mientras Feliciana tomaba asiento al otro lado de la mesa, donde Fermina se hallaba planchando sábanas, acalorada
por el esfuerzo y los carbones encendidos colocados dentro del utensilio de hierro.
Al principio, la conversación entre las dos mujeres versó acerca del tiempo, el frío que se avecinaba, las provisiones que escaseaban tras la última confiscación de alimentos. Dicha referencia abrió la espita de la angustia que atenazaba a Feliciana. Cual torrente sin freno, confesó su estado de desesperación desde que los soldados se habían llevado a su hijo por cuya vida temía a todas las horas del día; era demasiado joven para ir a la guerra, nunca había estado lejos de casa, lloraba hasta caer rendida ante la sola idea de que algo pudiese ocurrirle… Julia escuchaba sin intervenir, indiferente al dolor que la mujer sentía por la ausencia del hijo sin que en ningún momento hiciese mención a la hija. Estaba a punto de preguntarle si sabía algo de Carmen, sólo para darle a entender que estaba al corriente de lo ocurrido y echarle en cara su execrable comportamiento, pero no llegó a abrir la boca.
—No entiendo por qué se llevaron a mi Juan Manuel cuando su abuelo es un hombre leal a la causa carlista —le oyó decir—. ¿No tenían bastante con el ateo de Bittor Urrondo?
—¿Se lo llevaron también a él? —preguntó Fermina sorprendida.
—Sí, ¿lo conoce usted? En buena hora se lo llevaron y ojalá lo maten los liberales y vaya directo al infierno.
Julia palideció y el cuchillo de pelar se le cayó de la mano mientras Fermina le lanzaba una mirada preocupada. Nunca había dicho nada, pues no era de su incumbencia, pero no vivía en la inopia. Había pedido a Santa María Egipciaca, de quien era devota, que su niña no correspondiese al desesperado amor reflejado en los ojos de Bittor cada vez que acudía a visitarlas, aunque sus oraciones no debían de haber sido lo suficientemente piadosas para conmover a la santa penitente puesto que, al cabo de un tiempo, también advirtió la misma mirada en ella. Jugaban con fuego y la llama siempre acababa quemando. Tal vez la guerra de don Carlos, bendito fuese, lograra lo que no habían conseguido los rezos. Los problemas se acabarían si el joven Urrondo caía en el frente.
—Si algo llega a ocurrirle a Juan Manuel —prosiguió Feliciana ajena al efecto causado por sus palabras— mi padre y yo nos quedaremos irremediablemente solos. Únicamente lo tenemos a él.
—¿Sabía usted que su hija Carmen dio a luz a un niño, a quien cristianaron con el nombre de Andrés y que fue dado en adopción a una familia desconocida?
Julia se había levantado, abandonado su lugar junto al fuego, y había colocado los brazos en jarras.
—¿Cómo sabes tú eso? —La mujer la miraba asustada—. Era una criatura del pecado que…
—Si hubiese luchado por su hija —le interrumpió la joven—, en lugar de lamentarse, ahora estaría usted meciendo a su nieto y tendría a Carmen a su lado.
—¡No tienes derecho a inmiscuirte en nuestros asuntos!
—Y si usted y su padre no hubiesen hecho desdichado al mío, él no se habría marchado —continuó Julia embalada—, ahora seríamos una familia, nos apoyaríamos los unos a los otros, consolaríamos nuestras aflicciones y tendríamos un hombro en el que llorar.
Feliciana también se había puesto en pie y la contemplaba enfurecida.
Siempre había querido más a Juan Manuel que a Carmen únicamente porque ésta se parecía mucho a Valentín y no perdonaba a su marido que la hubiese abandonado, dejándola a merced de los chismorreos, avergonzándola ante sus vecinas, vergüenza que se había repetido al perder su hija la honra, pero subsanada al hacerla desaparecer del barrio. ¡Y ahora aparecía la “otra” acusándola de ser la causante de la desaparición de su marido! Salió sin despedirse y juró por sus muertos que jamás volvería a poner los pies en aquella casa maldita que tan obsesionado tenía a su padre.
A comienzos de la primavera, el señor Arrue apareció por “Bekoa”
montado en un carro. Venía a comprobar que Julia se encontraba bien y a rogarle que regresara a la Villa con él; se sentía responsable de ella ahora que ya no estaba don Antonio para protegerla y le ofrecía su antigua casa para vivir. En unos meses la guerra tomaría otro derrotero, aseguró convencido, el levantamiento carlista estaba condenado al fracaso y los
liberales harían en la provincia lo mismo que habían hecho en otros territorios afines a la causa del Pretendiente: arrasar los campos y exiliar a sus habitantes. Dos mujeres solas serían presa fácil de unas tropas embriagadas por la victoria. No tuvo que insistir demasiado. Fermina estaba deseando volver a Kalezarra, a su ambiente de siempre, a su cocina, a sus amistades y tembló ante la idea de que los soldados del diablo apareciesen por allí. Por su parte, Julia sólo tenía un deseo en mente: alejarse de Araotz y del recuerdo de Bittor.
Salió al marcharse Feliciana y se encaminó a “Urondoa” para comprobar por sí misma que la mujer había dicho la verdad y que él ya no estaba allí. Había nevado, mas no se apreciaban huellas humanas alrededor de la casa y la puerta estaba cerrada; gritó su nombre, pero fueron sus dos perros los únicos que acudieron a la llamada gimiendo lastimosamente, las costillas marcadas en la piel. Bittor cuidaba de sus animales y era del todo impensable que los dejara morir de hambre. Aquélla era la mejor prueba de que, en efecto, él no se había ido por propia decisión y se los llevó a
“Bekoa”. Desde entonces, la seguían a todas partes como perrillos falderos y aunque Fermina había protestado al empeñarse ella en que vivieran dentro de la casa, pronto se acostumbró a su presencia e, incluso, a veces se quejaba de que prefirieran más a Julia que a ella, quien, a fin de cuentas, era la encargada de darles de comer. La joven quería pensar que dicha preferencia se debía a que su instinto animal les indicaba que ella era una persona especial para su amo y le manifestaban el cariño que él no podía demostrarle. Era una pobre compensación, pero la única posible en sus circunstancias.
La propuesta de Arrue llegaba como caída del cielo. El aire, el campo, los montes, bosques, el río, los pájaros que volaban libres por encima de su cabeza, la proximidad de “Urondoa”, todo le recordaba a Bittor, la ahogaba más y más cada día que pasaba. En la Villa recobraría el sentido y sería ella misma.
De vuelta en su antigua casa encontró una notificación del notario de Oñati rogándole que se personase en su despacho en cuanto le fuese posible, cosa que hizo al día siguiente, acompañada por el industrial por si
se trataba de algo que tuviera que ver con su situación de persona sospechosa por su condición de esposa de un militar liberal. El notario únicamente quería entregarle el testamento de su cliente y mejor amigo, afirmó, don Antonio Zabala. Para su sorpresa, el abogado la nombraba única heredera de sus bienes, que no eran muchos, pero entre los que se contaba un paquete de acciones de una fábrica de armas de Placencia, que por mor de la guerra había incrementado su producción, proporcionándole una suma acumulada de cien mil reales, suficientes para comprar de nuevo la casa y proporcionarle una renta holgada que, sumada al dinero que aún le quedaba de su venta a Arrue y a los beneficios de su participación en la empresa del mismo, hacían de ella una mujer acomodada, si no rica.
Emili había ido a visitarlas en cuanto se supo que estaban de regreso y Julia le agradeció el gesto, pues se había percatado de algunas miradas poco afables dirigidas a ella al acudir a casa del notario o cuando asistía a misa acompañada por Fermina y no sabía con quién podía contar. Además, deseaba tener noticias de Carmen.
—Está bien —le aseguró la bordadora—, los dos lo están, o por lo menos lo estaban hacen un mes cuando recibí la última carta de mi hijo. No han encontrado todavía al niño, pero continúan buscándolo. Xabier trabaja de mozo en las caballerías y ella en una casa de comidas.
—¿Y… —la pregunta le quemaba la lengua— viven juntos?
—Sí, en la casa de huéspedes que regentan una prima mía y su marido, aunque, por supuesto, en habitaciones diferentes —aclaró la mujer para no dar lugar a malas interpretaciones—. A pesar de lo que pueda pensar su abuelo, mi hijo es un buen chico y no se aprovecharía de la situación.
—¿Qué situación?
—Bueno… ya sabe usted… una mujer sola, joven, bonita… y que además ya no está casada…
—¿No está casada?
—No, ya no. El libro de registros fue destruido y los pocos matrimonios civiles celebrados fueron declarados nulos. Conozco un caso en el que la pareja tuvo que pasar por el aro y casarse en la iglesia para poder seguir
viviendo juntos. De todos modos, a estas alturas la pobre Carmen ya sería viuda.
—¿Por qué dice usted eso? —le interrogó Julia con aprensión.
Emili pasó a relatarle lo que le había contado Josemari, el hijo de su vecina del piso de arriba, quien formaba parte del grupo que había salido de Oñati en febrero y en el cual también iba el marido de Carmen. Participó en una batalla cerca de Estella o por aquella zona, en la que habían ganado los carlistas, aunque podrían haberlo hecho mejor, aseguró, porque el rey usurpador, el tal Alfonso, presenció el combate y habría sido un buen golpe para los liberales si lo hubieran hecho prisionero en lugar de dejarlo escapar. Después los habían llevado de un lado para otro y ahora estaban de nuevo en Oñati a verlas venir pues, según decían, la cosa estaba muy mal.
Al menos Xabier estaba a salvo en Vitoria y esperaba que se quedara allí hasta que la guerra hubiese acabado.
—¿Por qué ha dicho usted que Carmen ya sería viuda? —preguntó Julia de nuevo con el corazón agobiado.
—Ah, porque Josemari asegura que a Bittor Urrondo, se llamaba así ¿no es cierto?, no se le volvió a ver después de lo de Estella. Hubo muchos muertos en aquella batalla, más de mil, que fueron enterrados en fosas comunes sin tener en cuenta el color de sus uniformes. Es triste decirlo, pero tuvieron que morir para dejar de enfrentarse.
Disimuló el dolor que le producía la noticia, un dolor muy diferente al experimentado a la muerte de su abuela y también a la de su tutor, más profundo, más desesperado. Notó que le faltaba el aire, que se mareaba, abrió una ventana para no caer al suelo y esperó para llorar a que la bordadora se hubiese ido. Después perdió el sentido. Estuvo enferma durante casi un mes, presa de una fiebre cuyo origen el médico dictaminó era una consunción nerviosa, debida a un decaimiento del ánimo. Le sangró, le recetó cuatro tazas de quina al día, jarabe de limón, tisanas de manzanilla y todo tipo de vegetales tanto crudos como cocidos, además de un vaso de vino en cada comida y ejercicio, mucho ejercicio en cuanto se repusiera. Hacia finales del verano se había recuperado completamente, pero sus ojos habían perdido su brillo.
Aquel año, al igual a como venía ocurriendo desde el comienzo del conflicto, las fiestas patronales de Oñati no revistieron la alegría de otras ocasiones y, al estar prohibidos los bailes y reuniones nocturnas, los
“sanmigueles” se limitaron a la misa solemne en honor al santo patrono, un concierto de una muy diezmada banda de txistularis, un partido de pelota y otro de bolos. No obstante, las diversas cofradías organizaron en sus locales de reunión sus propias celebraciones y, dado el gran número existente, raro era el oñatiarra que no pertenecía a una religiosa como la de la Vera Cruz o la del Apostolado, o a una gremial como la de San Crispín o la de San José, además de aquéllas que reunían a los profesores de la Universidad, a los nobles o a los presbíteros. Existía incluso una para los pobres, la de Santa María Magdalena. Las modistas y bordadoras no tenían cofradía, pero prepararon una comida en el taller de una de ellas y Emili invitó a Julia y a Fermina a acompañarla. La joven declinó el ofrecimiento, pero insistió en que la fiel sirvienta acudiera al festejo; había estado pendiente de ella en todo momento desde que había caído enferma, necesitaba distraerse, se lo merecía. Además, quería quedarse a solas, no compartir su tiempo por una vez durante algunas horas y la despidió prohibiéndole regresar a casa antes de las diez de la noche. Al cabo de unos minutos llamaron a la puerta y fue a abrir, pensando que se trataría de Fermina, que habría olvidado algo, pero los perros comenzaron a arañar la puerta con las pezuñas, algo que jamás hacían. El corazón le dio un vuelco, al tiempo que los animales se abalanzaban con una alegría inusual sobre el hombre de largos cabellos y barba de varios días que la miraba sonriente.
Tardó unos instantes en darse cuenta de que no era Bittor, ni siquiera su fantasma; sus ojos no eran claros como el amanecer de un día soleado, sino oscuros como la noche.
—¿Me has esperado? —preguntó Eladio Urrondo, y entró en la casa sin que ella hiciese el menor ademán para impedírselo.
H abía transcurrido un año entero desde el momento en que Bittor Urrondo fue obligado a seguir a la patrulla encargada de reclutar hombres
para el ejército carlista. Era joven, era soltero y no tenía familia a su cargo.
No existía por tanto razón alguna para que no cumpliera con su deber como todos los demás. En Arrikrutz se reunieron con otras patrullas que habían recorrido la zona en busca de insumisos o, como escuchó decir al oficial en mando, ignorantes aldeanos que sólo sabían plantar puerros. En total, habían pillado a tres jóvenes y a otros cuatro que no lo eran tanto, pero a quienes se tomaba por válidos al ser solterones. Conocía a alguno de entre ellos, al molinero de Zubia, por ejemplo, y también a un pastor de Aizkorbe y a otro de Agerre, tres de las nueve vecindades de Araotz; a otros los había visto en misa y al resto, no los conocía. Tuvieron que esperar todavía un rato a que se les uniera una última patrulla que llegaba con tres mozos más entre los que, para su sorpresa, reconoció a Juan Manuel Lasa. A pesar de que la cosa no era para tomársela a broma, no pudo por menos que hacer un gesto irónico al observar al bravucón de “Goikoa”, quien mostraba claras señales de estar aterrorizado, al igual que los dos que lo acompañaban y que dedujo eran sus amigos de juerga de los sábados por la noche. Recordó las palabras de don Antonio tras su anterior detención:
—En tiempos de guerra no hay fueros que valgan y todos los hombres de dieciocho a cincuenta años se ven obligados a empuñar las armas aun en contra de su voluntad, si bien se libran más fácilmente aquéllos que tienen avales, a saber: los hijos de los políticos, ricos propietarios, caciques y, por supuesto, militares de graduación.
Juan Manuel se había librado hasta ahora por ser el nieto de Faustino Lasa pero, al parecer, se le había acabado la bula, nunca mejor dicho. Bien que había gritado vivas a Dios y los fueros durante la entrega de los guerrilleros; que su abuelo llevaba prendido en el chaleco un “detente bala”
con un corazón rojo y sangrante bordado para hacer retroceder al diablo y, de paso, detener los proyectiles; que el párroco no se cansaba de repetir que Dios era carlista. Entonces, ¿a qué temía? Debería estar orgulloso de participar en la defensa de aquello en lo que creía. Él no estaba atemorizado, sólo enojado; no era un borrego, era un hombre y nadie tenía derecho a obligarlo a ir adonde no quisiera, y menos a una guerra que no
era la suya. Allá los militares, reyes y curas ¡y allá Faustino y quienes pensaran como él!
Su entrada en la Villa causó una expectación similar a la originada por una caravana de ijitoak, gitanos, o por la llegada de un grupo de saltimbanquis para actuar en las fiestas patronales. Rodeados por los soldados a caballo, dos carros con sacos de granos y cereales cerrando la comitiva, los nuevos reclutas sólo tenían ojos y manos para los animales requisados: vacas, patos, cabras, gallinas, el semental de “Urondoa” e, incluso, un cerdo de buen ver, a los que intentaban conducir con la mayor pericia posible. Al llegar al cuartel, los animales fueron a parar al establo y los hombres a las dependencias de reclutamiento, donde se ejercitaron con las armas durante varias semanas. Bittor demostró ser diestro con el fusil y capaz de mantenerse encima de un cuadrúpedo: caballo, mula o borrico, sin caerse, aunque tuvo que practicar con el sable, pues la guadaña y la hoz eran lo más cercano a un arma cortante que había tenido nunca en las manos. Fue asignado a un batallón, cuyo destino era Navarra, ya que Gipuzkoa gozaba de una situación de relativa calma. Los alfonsinos habían abandonado sus posiciones después de haber tratado, sin conseguirlo, de levantar el asedio a Bilbao. Aunque todos sabían que volverían a intentarlo pues la localidad a orillas del Nervión era una baza demasiado importante para perderla. También sabían que Estella era la ciudad santa del carlismo y que los liberales no tardarían en dirigir el grueso de sus fuerzas hacia ella.
Casi tres meses después de su reclutamiento, Bittor, los demás araoztarras y unos cien hombres más salían de Oñati por el monte en dirección a Alsasua para, desde allí, bajar a Estella por Urbasa. El camino era duro y los soldados, que iban cargados con petates y armas, se derrumbaron al llegar a Segura, amurallada población de la comarca del Goierri, que mantenía vestigios de su opulencia cuando la atravesaba el Camino Real y cuyos habitantes los recibieron con el susto en el cuerpo, creyendo que se planeaba una batalla inminente en las inmediaciones.
Respiraron aliviados al tener conocimiento de que únicamente iban de paso, les dieron de comer y les proporcionaron albergue para la noche. Bittor y Juan Manuel fueron alojados en un caserío de las afueras; era pequeño y sus
dueños tenían seis hijos y dos abuelos, así que sólo pudieron ofrecerles el cobertizo, aunque los atiborraron a comida y les llevaron dos colchones de lana y varias mantas para compensar tan humilde hospedaje. A media noche, Bittor se levantó con sigilo y salió del cobertizo.
—¿Adónde vas?
Soltó un soplido de hartazgo. No sabía por qué razón, pero el nieto de Faustino lo seguía a todas partes; no se despegaba de su lado ni un instante, a pesar de que él apenas le dirigía la palabra. No podía olvidar su participación en el secuestro de Carmen y así se lo había manifestado en un par de ocasiones, añadiendo que haría mejor en mantenerse alejado de él, pero en vano. Imaginaba que algo tenía que ver el hecho de haber demostrado su buena puntería durante el adiestramiento y, quizás, también su pequeño encuentro nocturno meses atrás. Tal vez el otrora fanfarrón se creyese más seguro a su lado que en compañía de sus dos amigos, tan zotes con las armas como lo eran con la azada.
—A orinar —respondió.
—Espera, que voy contigo.
—¿Acaso no puedo ni siquiera mear sin tenerte encima?
Juan Manuel no se dio por aludido y se colocó a su lado en un santiamén, pero él no se detuvo junto a la pared del cobertizo, como aquél esperaba que hiciera, y continuó adelante. Era una hermosa noche de primavera que amenazaba con helar, la luna llena brillaba en lo alto, iluminando montes y campos, y los ojos se habían hecho a su luz al cabo de unos minutos. Bittor pisaba firme en dirección sur; desconocía el terreno, sólo sabía que iba hacia las montañas de la sierra de Aizkorri, cuya visión no había perdido desde la salida de Oñati. El joven Lasa tardó en fijarse que llevaba el fusil al hombro.
—¿Vas a cazar? —pregunto con ingenuidad.
—No. Me largo de aquí.
Juan Manuel lo asió por el brazo y lo obligó a detenerse.
—¡No puedes hacerlo! —exclamó.
—¿Por qué no?
—¡Porque no! Te fusilarán por desertor si te pillan…
—No me pillarán.
—¿Y yo?
—¿Qué?
—¿Que qué hago yo?
—Lo que quieras. Ya eres mayorcito para pensar por tu cuenta.
—Me matarán por desertor si me pillan… —repitió con el miedo en el cuerpo.
—Pues tú verás… si no lo hacen ellos, lo haré yo como no me sueltes y me dejes en paz.
Bittor se desasió de un gesto brusco y continuó andando.
El mozo permaneció durante unos instantes sin saber qué hacer. Si volvía sobre sus pasos, tendría que dar explicaciones respecto a la desaparición de su compañero, si bien podría decir que se había marchado mientras él dormía. De todos modos, acabaría en un frente de batalla disparando tiros y, quién sabe, tal vez muerto con una bala en el corazón como Tomás Urrondo. La visión de su cuerpo sin vida en el suelo, delante de la iglesia, lo había sobrecogido de tal manera que había tenido pesadillas varias noches seguidas. Si optaba por irse, sería declarado prófugo y tendría que vivir escondido el resto de su vida, pero podría contarlo. Salió corriendo detrás de Bittor, alcanzándolo justo en el momento en que el pueblo desaparecía de su vista y delante de ellos se abría un paraje desconocido.
Caminaron, siempre en dirección sur, siguiendo el cauce del río Oria, el más largo de la provincia, cuyas primeras aguas Bittor sabía que bajaban de la sierra. Andaba a paso rápido, controlando la respiración, sin responder a las preguntas de su acompañante acerca de hacia dónde iban y sólo aminoró la marcha al divisar el campanario de un pueblo. Ignoraba qué localidad era aquélla y si habría soldados carlistas merodeando por allí, así que dieron un rodeo a través de unas huertas, retomando el camino una vez dejaron atrás el pueblo. No era prudente adentrarse en la sierra en la oscuridad y Bittor decidió descansar un poco en una pequeña ermita, al abrigo de corrientes de aire y posibles depredadores. Juan Manuel se acurrucó a su lado, como una cría en el seno materno. Era ridículo, pero no se movió ni lo echó de su
lado; helaba y también él necesitaba un poco de calor. Despertó entrada ya la mañana, alertado por lo tardío de la hora. Un hombre los observaba con curiosidad y él cogió el fusil al observar que metía la mano en el morral que llevaba colgado del hombro, pero el extraño no sacó una arma, sino un pedazo de pan que le tendió. Su aspecto era deforme, estaba encorvado y tenía el ojo derecho medio cerrado. Una mirada más atenta descubrió varias cicatrices en la cara y lo primero que se le ocurrió pensar fue que el hombre se había despeñado por la pared rocosa que se alzaba a sus espaldas. Al rato estaban los tres comiendo las provisiones del morral: pan, queso y algo de embutido.
Ascensio era ollero, pero, según les explicó, ahora apenas trabajaba y era su hijo quien se ocupaba del negocio; él tenía que caminar todos los días unas horas para fortalecer las piernas, pues todavía no se había recuperado de las heridas que lo habían dejado maltrecho un año antes, cuando el cura Santa Cruz apareció por el pueblo.
—Me golpeó delante de la iglesia con una saña más propia de un animal que de un ser humano —afirmó en tono dolorido— y me dejó por muerto.
Estoy convencido de que habría seguido golpeándome si hubiese sabido que seguía vivo. Aunque puede que al final lograse lo que se proponía porque tengo la columna destrozada y estoy más muerto que vivo.
—¿Y por qué la paliza? —preguntó Juan Manuel, que se había comido él solo más de la mitad del almuerzo.
—Porque me negué a rezar por el general.
—¿Qué general?
—Zumalacarregui. Murió aquí, en Zegama, y está enterrado en la iglesia. Santa Cruz quería que todo el pueblo asistiese a los rezos por su alma, pero yo me negué.
—¿Por qué?
—Porque no le tengo ninguna simpatía a su memoria. Luchó por un rey extranjero en lugar de defender la libertad de esta tierra, y de aquellos polvos estos lodos. Además, un hermano de mi madre era uno de los ciento dieciocho Celadores de Álava que se rindieron y fueron fusilados por su orden en Heredia.
—¿No te gustan los carlistas? —El mozo había recuperado el tono bravucón que utilizaba en Araotz.
—No.
—Pues nosotros lo somos.
El ollero lo examinó de arriba abajo con su ojo sano.
—¿Y qué hacéis entonces por estos lugares? ¿Os habéis perdido? —
preguntó con socarronería.
Juan Manuel no respondió. Bittor había escuchado en silencio el intercambio de frases. Ignoraba quién era aquel general del que hablaba el tullido, y tampoco le importaba saberlo, pero captó la ironía de su última pregunta. Sus uniformes polvorientos los delataban y, al igual que el hombre, cualquiera podría reconocerlos y denunciarlos. Algo más tarde, vestidos con viejas ropas del ollero, cruzaban el túnel natural de San Adrián, camino de reyes, peregrinos y contrabandistas, y ascendían después hacia las campas de Urbia atravesando un hayedo frondoso.
—¿No volvemos a Araotz? —preguntó Juan Manuel al cabo de una hora de marcha con la mente puesta en los guisados de su madre.
—Ve tú si quieres, yo subo a Arbelar —respondió Bittor.
—¿Y qué vas a hacer allí?
—Por de pronto, impedir que alguien me encuentre, si es que me está buscando.
—Allí no hay nada…
—No hay guerra, muchacho, carlistas ni liberales, y eso ya es suficiente.
Por fin avistaron las cabañas de Arbelar y Bittor se dirigió a la del pastor que lo había acogido casi cuatro años atrás, seguido a bastante distancia por Juan Manuel, que llegaba arrastrando los pies. El hombre continuaba en el mismo sitio en que él lo había dejado: sentado a la puerta de su chabola esperando la puesta de sol mientras tallaba una vara de haya.
Diríase que no se había movido en todo aquel tiempo y que, incluso, la vara era la misma. El joven sonrió; había cosas que no cambiaban, que nada podía cambiar. Aquel hombre de edad imprecisa más bien tirando a viejo y cuyo nombre ya no recordaba, veía pasar el tiempo con el espíritu tranquilo; bajaba el rebaño al llegar los fríos y lo subía de nuevo cuando la nieve
comenzaba a derretirse; no tenía prisa, ambiciones, propiedades; tejía medias y jerséis con la lana de las ovejas que guardaba y que seguramente no eran suyas, fabricaba quesos con su leche y se abrigaba con sus pieles pero, allí sentado sobre una tosca banqueta de tres patas, el mundo era suyo.
Era pobre, pero libre porque nadie le daba órdenes ni se inmiscuía en su vida, nadie le decía qué hacer ni en qué creer. Lo saludó con un gesto de cabeza y el pastor respondió de la misma manera, como si acabaran de despedirse la víspera, se sentó a su lado y juntos contemplaron en silencio el ocaso que en los días claros transformaba en fuego el azul del cielo. Juan Manuel hacía rato que se había quedado dormido dentro de la chabola.
Durante lo que quedaba de la primavera, y hasta finales del otoño, los dos jóvenes vivieron con Emeterio el pastor. Aprendieron a cuidar del rebaño, a elaborar queso y cuajada; en su compañía visitaron otras majadas, conocieron a otros pastores, ascendieron por las laderas del monte Aitxuri, llegaron a la ermita del Santo Cristo, lugar en el que se veneraba una cruz milagrosa que jamás se roñaba, y subieron a las cumbres, desde donde contemplaron el centro de la Tierra, en palabras del propio Emeterio.
Muchos días los valles desaparecían bajo la niebla, de forma que únicamente eran visibles las cimas de seis de las siete montañas sagradas, aquéllas en las que la diosa madre de los vascos, Amari, tenía su morada, afirmó el pastor con total seriedad: Buetraitz, Txindoki, Anboto, Aketegi, Gorbeia y Murumendi. La séptima, Ori, estaba « por allá, hacia el norte», señaló el hombre. Juan Manuel hizo un comentario jocoso acerca de los herejes que creían en diosas paganas, pero lo silenció una mirada de Bittor.
Continuaba siendo un escéptico, pero ahora entendía mejor por qué sus antepasados y todavía algunos de sus paisanos creían únicamente en lo que sus ojos veían. Con Emeterio aprendieron asimismo de águilas y buitres, cernícalos y chovas, garduñas y lirones, corzos, gatos monteses y murciélagos; de ponederos, nidos y hábitos animales. Estaba claro que el hombre era un conocedor de la fauna salvaje del lugar y que no dedicaba su tiempo, sus muchas horas de soledad, sólo a cuidar de un montón de ovejas y cabras, obedientes a sus indicaciones, pero, sobre todo, a las de los dos perros que nunca se separaban de su amo. Le recordaban a sus mastines, a
los que ni siquiera se había molestado en poner nombre, llamándoles «Bat»
y «Bi», sin más. Lo siguieron durante un largo trecho cuando se lo llevaron y tuvo que lanzarles piedras para obligarlos a volver a casa. Aun así, ambos animales permanecieron en el cruce del camino a Arantzazu hasta que desaparecieron de su vista. Era una lástima haber perdido a dos buenos perros que, a buen seguro, se habrían asilvestrado y andarían con los lobos por los montes de Araba, pero cualquier recurso era bueno para subsistir, incluso vivir a poca distancia del hogar que tanto se añoraba, como le ocurría a él, y no sólo del hogar, también de la mujer que amaba.
Cuando el pesar era profundo, atravesaba la campa e iba a apostarse en el otro extremo. Desde allí divisaba el santuario algo más abajo, pero su vista buscaba Araotz. Veía el barrio, o se lo figuraba; realizaba mentalmente el recorrido entre “Urondoa” y “Bekoa”, rememoraba la figura de Julia iluminada por el resplandor del atardecer y la besaba de nuevo. Lo echó de allí, le dijo que no volviera nunca más, pero… le había devuelto el beso…
Después de disfrutar de unas primeras semanas cálidas de otoño, comenzó a llover, los prados se transformaron en lodazales, arreció el viento del norte y Emeterio decidió bajar el rebaño antes de que comenzaran las nieves que harían impracticable el descenso. Podían acompañarlo a la zona de pastos comunales compartida por varias localidades guipuzcoanas y alavesas, les dijo, o quedarse allí, en la chabola, algo que no les recomendaba en absoluto, pues la temperatura en invierno transformaba el agua en hielo y no había manera de entrar en calor ni manteniendo el fuego encendido de día y de noche. Bittor y Juan Manuel habían llegado a apreciarlo realmente. A su lado, el tiempo se había detenido, habían enmudecido los ruidos de la guerra y ambos, cada uno a su manera, se habían sosegado. De hecho, vestidos con chamarras de piel de oveja, medias de lana y abarcas, realizando tareas de pastoreo, viendo transcurrir los días sin prisas, ellos mismos se sentían pastores. La oferta de acompañarlo era tentadora, pero echaban en falta el barrio. Decidieron probar suerte; quizá la guerra hubiese ya finalizado. Emeterio manifestó sus dudas meneando la cabeza de derecha a izquierda, silbó a los perros, alzó la
mano en señal de despedida y echó a andar por delante del rebaño. Ellos tomaron la dirección opuesta, hacia el santuario.
Las noticias que les dio uno de los frailes que intentaban levantar nuevamente el convento no fueron muy alentadoras. La provincia de Álava había sido arrasada durante el verano por los alfonsinos, quienes habían talado bosques enteros, quemado cosechas, confiscado tierras y desterrado a muchos de sus habitantes para impedir que la población ayudase a los carlistas. Perdida Álava, finalizada la guerra en Cataluña y en otras regiones, las fuerzas liberales se concentraban para dirigirse hacia el norte divididas en dos ejércitos: «el de la derecha» hacia Navarra y «el de la izquierda» hacia Bizkaia y Gipuzkoa.
—Dicen que son más de cien mil, mientras que los nuestros apenas sobrepasan los treinta mil y están peor armados. También dicen que Alfonso XII prometió respetar los fueros si nos rendíamos, pero que no lo hará si logra la victoria por las armas. Me temo que tanto sufrimiento, tanta sangre derramada, no haya servido para nada —concluyó el franciscano descorazonado.
Poco después se hallaban en la cocina de “Gaztelondo”, compartiendo con sus dueños una purrusalda con más calabaza que puerros. A su llegada, Bartolo Olalde lo había examinado con suspicacia; conocía a todos los pastores de Urbia y aquellos dos le eran totalmente desconocidos, pero no tardó en recordar al araoztarra que había ido en busca de su nieto y, por otra parte, era amigo de Faustino Lasa por lo que de inmediato los invitó a su mesa. El hombre tenía ganas de hablar y no paró de hacerlo durante toda la comida. Él era un carlista convencido, afirmó con rotundidad, pero también consciente de que había mucho sinvergüenza suelto por ahí que no dudaría en cambiarse de chaqueta si mudaban las circunstancias; el rey «francés» le importaba un comino, lo único fundamental era la defensa de la Iglesia y de los fueros que «los de Madrid» intentaban arrebatar a los vascos; el cabeza hueca de su nieto se había ido con los liberales porque, según decía, su doctrina intentaba igualar a todos los españoles, pero él era un perro viejo y estaba convencido de que, si ganaban, las cosas seguirían igual, o peor: los ricos arriba y los pobres abajo, que por eso habían robado las propiedades
de la Iglesia, para enriquecerse y enriquecer a los ya de por sí adinerados; prometían mucho, pero habría que ver lo que daban y si no, que se lo preguntasen a los alaveses, a quienes habían robado hasta los calzones. Y lo mismo harían con los guipuzcoanos, concluyó, algo alterado por su propia arenga.
Bittor lo escuchaba sin hacer comentarios. Habían contado un embuste, improvisado sobre la marcha, para no confesar que eran desertores: que si habían luchado en la zona de Navarra, que si tenían permiso para visitar a la familia, que si las ropas que llevaban eran para camuflarse por si se topaban con una patrulla liberal, que si en un par de semanas debían estar de vuelta en el frente… En cierto modo, el viejo Olalde le recordaba a don Antonio, aunque éste justificaba su discurso con palabras más rebuscadas, propias de un hombre con estudios. Quería preguntarle por Xabi, enterarse si sabía algo de él, si había conseguido entrar en Vitoria, si Carmen seguía a su lado…, pero esperó a hacerlo a que se tomase un respiro y acabase de comer la porrusalda, que se había quedado fría en el plato.
—Su madre recibió una carta suya —le informó Bartolo en respuesta a su pregunta— en la que le informaba de que los dos estaban bien, él y una joven de Oñati que buscaba a un pariente en Vitoria. ¡A ver si hay suerte, mi nieto sienta la cabeza de una vez por todas y puedo ver a un biznieto antes de que Dios me llame!
Al parecer, Emili no había dicho nada a sus suegros acerca de la verdadera identidad de Carmen y el casero se hacía ideas sobre la relación de ambos. Asimismo, Juan Manuel ignoraba el paradero de su hermana; por no saber, ni siquiera sabía que había estado viviendo varios meses en
“Bekoa”. El mozo había madurado, perdido sus kilos de más y fortalecido los músculos gracias a la austera dieta de Emeterio, así como a las largas caminatas por los montes, y presentaba un aspecto mucho más saludable que meses atrás. Había comenzado a apreciarlo, pues de alguna manera había ocupado el lugar de Tomás al tener que cuidar de él, aunque no había bajado la guardia, ni se había confiado, ya que no estaba muy seguro de cuál sería su reacción una vez volvieran a hallarse en Araotz y fuese de nuevo el nieto y heredero del rico Faustino Lasa.
Se despidieron de los Olalde, dirigiéndose al barrio al anochecer para evitar ser vistos. Juan Manuel ardía en deseos de subir a su casa cuanto antes y Bittor no logró convencerlo para que esperara hasta estar seguros de que todo estaba en calma. Le hizo prometer que no diría nada acerca de su presencia en el valle, añadiendo que no dudase en bajar a “Urondoa” en caso de que hubiese problemas, que ya encontrarían la manera de eludirlos juntos. Antes de despedirse, el joven le dio un abrazo que lo dejó muy asombrado.
El caserío estaba tal como él lo había dejado, más silencioso y con más polvo. Ya tendría tiempo de comprobar si le faltaba algo o si alguien lo había ocupado en su ausencia y se dirigió a “Bekoa” para cerciorarse, aunque fuese de lejos, que Julia continuaba allí. No se vislumbraban luces dentro de la casa, la puerta estaba cerrada y los hierbajos que crecían en la huerta revelaban que ya nadie vivía allí. En ese momento se escuchó un disparo que retumbó en el aire y provocó una ruidosa estampida de gorriones.
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