La gastritis de Platón

Antonio Tabucchi · Capítulo 2 de 7

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La gastritis de Platón

Prólogo

 

Donde se justifica esta «Gastritis».

 

Este librillo de tema tan italiano llegó paradójicamente a Italia rebotado desde Francia, puesto que es deudor del interés de algunos amigos franceses tras un viaje de ida y vuelta al país transalpino. Sin la iniciativa de Bernard Comment, que ha ideado su estructura, encargándose también de su edición, no existiría como volumen exento, y hubiese quedado como un breve ensayo (o mejor, «colaboración») publicado en la

revista [*] Micromega de mayo de 1997 bajo el título de «Una cerilla Minerva»

inspirado en una «Bustina di Minerva» de Umberto Eco (L'Espresso, 24 de abril de 1997), titulada «El primer deber de los intelectuales: permanecer callados cuando no sirven para nada». Tuve la impresión de que en ese escrito Umberto Eco, al confiar al intelectual exclusivamente la gestión de la cultura (casi podríamos decir de los bienes culturales) y al apoyarse en dos imperiosas afirmaciones (la primera, que cuando se le quema la casa lo único sensato que el intelectual puede hacer es llamar a los bomberos; la segunda, que, puesto que resulta vano cualquier intento de razonar con alcaldes impermeables a las formas de educación cívica, lo más útil para el intelectual es dedicarse a escribir manuales ad usum de los nietecillos de alcaldes semejantes, con objeto de que no crezcan con la mentalidad de sus abuelos), trazaba del intelectual un perfil excesivamente triste (o quizá inconscientemente cínico). Mi intervención en Micromega no pretendía tanto «rehabilitar» la controvertida figura

del intelectual (de la que no se sabe bien si pertenece a la vil raza maldita[*] o más bien a la especie del ave fénix) como en todo caso su esporádica «función» dentro del actual consorcio humano, sobre todo en Italia. Y, al hacerlo, me pareció oportuno, si no indispensable, recurrir a un ejemplar de la especie intelectual que curiosamente Eco descuidaba en su texto: el escritor y, o el poeta. El «olvido» de Eco me pareció digno de reflexión, no tanto a causa de Eco, que también es escritor, cuanto por el hecho de que atrajera mi atención hacia la clase de «papel» que el escritor y el poeta han podido desempeñar en la Italia de la posguerra (dejando a un lado las épocas monárquica y fascista). Papel que acabé considerando de escaso prestigio; es más, todo me llevó a la conclusión de que tal ejemplar zoológico, cuando no ha sido objeto del mayor desprecio por parte de «Palacio» (pasolinianamente entendido como el Poder), siempre ha sido considerado con cierta suficiencia por las instituciones intelectuales y culturales a él conexas (academias, escuelas críticas, etc.) y tratado por éstas con condescendiente superioridad, teniéndolo por una criatura excéntrica, acaso pintoresca, pero que, fuera como fuese, podía perfectamente dejarse de lado (haciéndose eco tal vez de la famosa expresión «prescindamos de ello» que repetía el actor cómico Totó). Por lo demás, una mentalidad corriente, derivada en parte de Pareyson y en parte de cierta hermenéutica de nuestro siglo, basada en el humilde principio de que el hermeneuta «sabe más que el propio autor» (Schleiermacher), no puede sino llegar al silogismo práctico de que el comentador puede incluso prescindir del comentado, lo que recuerda a los gramáticos de cervantina memoria que no tenían

necesidad de la lengua. Y los resultados están a la vista[1].

La primera aserción de Eco, basada en la metáfora de los bomberos (políticamente muy correcta: ¿quién no llamaría a los bomberos si se le estuviera quemando la casa?) me parece, por decirlo de algún modo, insuficiente: basta considerar la solicitud que el benemérito cuerpo ha demostrado allá donde las italianas calamidades lo reclamaban. (Y los ciudadanos recordarán la eficacia de la actuación de nuestros bomberos en la estación de Bolonia tras la bomba de agosto de 1980. Lo que ocurre es que no es tarea del jefe de bomberos, pobrecillo, identificar a quien colocó el artefacto que fue causa del incendio y de las ruinas —y, sobre todo, de los muertos—, y es eso lo que a los ciudadanos, además de a los intelectuales, les gustaría saber).

La segunda aserción, es decir, la tarea atribuida al intelectual destinado a paciente educador de los nietecillos de un alcalde maleducado, me parece un tema de reflexión

adecuado para un intelectual como Adriano Sofri[*].

¿Quién mejor que él, con una perspectiva de una veintena de años de «tiempo libre», para dedicarse a escribir un manual apropiado para la formación espiritual de los nietecillos de su acusador?

Así que decidí dirigir mis reflexiones de Micromega a Adriano Sofri, en forma de carta abierta. Ello me pareció también un modo, acaso no beligerante, de invitar a la intelligentsia italiana a un partidillo dialéctico, no sólo en torno a abstractas teorías, sino sobre todo en torno a un fenómeno de naturaleza empírica, cuya anormalidad me pareció (y me sigue pareciendo) enormemente inquietante (me refiero a la condena de Sofri, Bompressi y Pietrostefani). Pero probablemente a causa de mi optimismo, que no había tenido en cuenta la jubilación a la que han sido condenados tanto el término «dialéctica» como el filósofo que hizo más uso de él, aparte de algún peloteo con el destinatario de la carta (el patio de una cárcel no tiene evidentemente las mismas características que el terreno de Wimbledon, ni su muro las de la red del tenis), me encontré jugando un partido semejante al que aparece en Blow Up de Antonioni, y de mis antítesis opuestas a las tesis de Eco resultó una síntesis bastante frugal, en la que al apetito siguió en la práctica un ayuno cuaresmal. De este magro, casi diría yo platónico banquete (y nunca el adjetivo resultó más apropiado), en el que los jugos gástricos segregados se nos muestran ridículamente desproporcionados respecto a lo exiguo de la digestión requerida por los alimentos que el convento nos pasa hoy a todos, quiere ser testimonio esta pequeña e inevitable Gastritis.