La gastritis de Platón

Antonio Tabucchi · Capítulo 6 de 7

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La gastritis de Platón

Dos cartas desde la cárcel de Adriano Sofri

 

Donde el interpelado responde, con lo que queda

debidamente verbalizado en las actas de la presente

«Gastritis».

 

Primera carta. Octubre de 1997

 

Querido Antonio Tabucchi:

 

No contesté en persona, si no de un modo un tanto de circunstancias —un acuse de recibo— a la carta abierta que quisiste dirigirme y que trataba de la inteligencia de los escritores y de su uso. Personalmente, desconfío un poco de la cuestión en general. Si acaso, me deja estupefacto el engagement al revés, por llamarlo así, de algunos intelectuales coetáneos nuestros, que ponen un denodado empeño en tomarla con los pobres, los débiles, los marginados. De entre todos los tipos corrientes, quienes ocultan tras sus periódicas intervenciones verbales semejante bellaquería intelectual son los que con menos pesar uno perdería de vista. Me ha complacido especialmente la circunstancia de la confesión del sargento portugués Aleixo Santos, quien disparó y decapitó más tarde a un joven, confesión que completa el círculo que desde las páginas de sucesos había pasado a tu última novela, La cabeza perdida de Damasceno Monteiro. Ha sido el propio sargento de policía quien ha sellado incomparablemente el círculo cerrado con una frase que consta en acta: «Cuando le vi muerto… perdí la cabeza». Lo que se dice cabezas intercambiadas. Portugal ha procesado el asunto a puerta entreabierta, nos explicas tú, en espera de entrar en Europa. Esta borrascosa circunstancia me empuja a una especie de respuesta referida a la inteligencia pública en Italia y su relación con el pasado y el eventual futuro de nuestro país. Espero que seas comprensivo si hago referencia a mis peculiares condiciones ambientales y morales.

Oscilo continuamente entre una sensación de amargura y el sentimiento de que mis avatares judiciales son una insignificancia, y una aspiración a extraer de ello algo más sólido y definido. Ponte en nuestro lugar: un guión burdo nos obliga a gestos que quizá lleguen a cuestionar nuestra propia vida, que no habríamos soñado en hacer si no estuviéramos privados de toda libertad. Resulta comprensible el deseo de ennoblecer un poco el asunto. Es como si uno, a quien se le forzara de malos modos a entregar todo lo que lleva en los bolsillos, intentara tirar al suelo, a escondidas, algunas monedas, por si pasa por allí algún honesto necesitado. Por ejemplo, hemos sopesado mucho el dedicar nuestro ayuno —que no será testimonial, o a plazo fijo, sino extremo, creemos— a una causa digna. Es como si nos sintiéramos ya en el paredón y pudiéramos gritar una frase final, si no para la historia, al menos para la página de sucesos del día siguiente: qué sé yo, «Viva Italia» o «Qué vergüenza». No consigo aceptar la idea de reservar mi última frase para algún indecente magistrado de Milán, ni para una historia que ha envejecido con nosotros, de la que todas las veneradas banderas hace tiempo han sido arriadas. Podríamos quedarnos callados, es cierto, pero ¿no sería pedirnos demasiado? Así, como decía, hemos acariciado largo tiempo un fuerte deseo de dedicar nuestro gesto de prisioneros inhábiles para las armas a la vida y a la libertad en Argelia. Se nos ha intentado disuadir: «Sería un equívoco lamentable». A nosotros nos daba la impresión de que podíamos permitirnos el riesgo de un equívoco, visto que no podemos permitirnos nada más. Ahora, por fin, se habla un poco más de Argelia. Antes o después hasta se empezará a hacer algo, quizá antes de que todos los niños hayan sido descuartizados.

Así, transido de ese estado de ánimo en parte ridículo, en parte iluminado, pude leer algunas frases intercambiadas por el Papa con los periodistas durante un vuelo hacia Brasil, acerca del hecho de que sea sólo la Iglesia católica la que pida perdón. Y eso me disgustó, porque me parecía que con semejante comentario se quitaba valor a los distintos «perdones» pedidos en nombre de la Iglesia, el último de los cuales ha sido el de la Iglesia francesa por su complicidad u omisión frente al genocidio de los judíos. Después me planteé cómo han tratado otras instituciones de nuestro tiempo, incluyendo aquellas que no reivindican un fundamento divino, la cuestión del perdón. Naturalmente, está la «autocrítica» de los partidos y de los regímenes comunistas, que es la trágica imitación de una sincera declaración de responsabilidades y de culpas, y de sus raíces. Una imitación fraudulenta que insinúa su cola envenenada en los propios autos de acusación promovidos contra los regímenes caídos, tan preñados de retórica como de autoabsoluciones y amnesias. En la Sudáfrica de Mandela está en funcionamiento desde hace dos años una Comisión para la Verdad y la Reconciliación, presidida por el arzobispo Desmond Tutu, que aspira declaradamente a una vía alternativa entre «Nüremberg y la cancelación de la memoria». Ha recogido 5500 solicitudes de amnistía, acompañadas de la admisión de sus propias responsabilidades por parte de autoridades y funcionarios del viejo régimen, incluidos algunos que ocupan puestos relevantes en el nuevo gobierno. Se trata probablemente del ejemplo más importante de la aspiración de una comunidad a afrontar con sólidas bases su propio pasado, conciliando dolorosamente la justicia y la reconciliación. (Habría que comparar una tentativa como ésta, realizada a gran escala en toda una nación, con los desconocidos actos de conciliación llevados a cabo en nuestros países como opción a la justicia penal).

En la Italia recién salida del fascismo no ocurrió nada parecido, y ello es lo que hace tan insatisfactorio y artificioso el espíritu de conciliación actual, fruto principalmente del tiempo que ha pasado —más de medio siglo— y de las oportunidades del presente, y no del sentido trágico de una comunidad dividida y herida, transida de violencia, injusticia y fanatismo.

Compárese —no para juzgar, sino más bien para intentar comprender— la Italia

de la amnistía de Togliatti y sus formas de aplicación[*] con la tentativa surafricana. Tal vez el mismo mérito italiano de haber creado un antifascismo y una resistencia significativos sea responsable de que la confrontación con nuestro pasado haya resultado más parcial y reticente que en Alemania. De entre todos los países europeos, en última instancia, probablemente Alemania haya sido y sea todavía la más capaz de preguntarse por su propio pasado. La misma dificultad de hablar en nombre de otra Alemania —a diferencia de lo que sucedía en la Italia antifascista, o en la Francia de De Gaulle, donde el débito de Vichy y de Argelia sigue cobrándose con intereses en nuestros días— ha obligado o inducido a hombres de Estado alemanes a palabras y gestos de solicitud de perdón explícitos, y a veces viriles y conmovedores, como fue el de Brandt en Polonia.

El aspecto que me preocupa tiene que ver con el Estado italiano de los años en los que se desarrolló nuestra vida adulta. En pocas palabras, el Estado del que se ha probado una larga y vasta corresponsabilidad en actividades subversivas, y en el recurso a medios ilegales y delictivos al servicio de intereses partidistas y de aparatos paraestatales; el Estado que se adaptó a una simbiosis —una tranquila convivencia— con la mafia y el crimen organizado, concediéndoles una especie de extraterritorialidad y de segundo Estado; el Estado que durante tanto tiempo confiscó la res publica tratándola como si fuera un patrimonio privado y al margen de todo control, y que hizo de la corrupción una costumbre extendida y solapada.

La pregunta es: ¿este Estado debía y debe pedir perdón por todo ello? Los Estados no son —no deben serlo— instituciones éticas, a diferencia de las Iglesias. Su manera de pedir perdón debería ser menos solemne y pomposa, y además algo más presurosa que la de la Iglesia, que puede concederse siglos de reflexión acerca de las hogueras de los husitas o de las matanzas de los hugonotes: el Estado debe rendir cuentas a sus ciudadanos todavía vivos, no a las generaciones que les heredarán. La desgracia civil de Italia se mide en esta cuestión. No cabe pensar que la solicitud de perdón en las comunidades laicas esté fuera de lugar y pueda ser sustituida tal vez por las investigaciones y las sentencias judiciales. (Por lo demás, esta suerte de desuso y de afasia parece somatizada en nuestra sociedad y en sus dirigentes. Eso es lo que ha sucedido en relación con antiguos países colonizados o invadidos. Y más recientemente, en la horrible y ya tan olvidada tragedia del hundimiento de la nave de fugitivos albaneses, ha podido verse esa incapacidad de pedir sencilla y llanamente perdón). Me parece que la clase dirigente italiana no ha sabido ver este crucial problema. Que se me ocurra, únicamente ha habido dos tentativas políticas en este sentido, ambas invalidadas por su propio carácter singular y comprometido: el llamamiento de Cossiga a la Gran Confesión y el discurso parlamentario de Craxi sobre la financiación de los partidos políticos, pronunciado ya fuera de tiempo. (La cultura y la actividad del Partido Radical parecían darle todas las papeletas, pero llegado el momento, de una manera que sigue siendo inexplicable para mí, su líder, Marco Panella, optó por una solidaridad con la vieja clase política tan quijotesca como dilapidadora. En cuanto a los verdes, la idea de la conversión económica remitía necesariamente a la de una tregua y un cambio de vida, como bien notaba Alexander Langer, pero es difícil que la política llevada a la práctica sea capaz de conservar su amplitud de miras). Si la segunda República no ha cristalizado y, es más, se ha ido haciendo poco a poco más improbable, e incluso menos probable que una

eventual República del Norte[*] se debe precisamente a esto. La misma separación psicológica y moral de tantas personas del norte hubiera podido ser amortiguada, mientras hubo tiempo para ello, más que con la intermitente oferta de soniquetes federalistas, con un discurso orientado a la verdad. Hay una parte de la clase dirigente incapaz de pedir perdón, y otra parte convencida de poder reservarse el papel de acusador y de estar exonerada del problema. Esta vistosa incapacidad queda aún más en evidencia ante la multiplicación epidémica de los «arrepentidos» judiciales, transformados por un lado en una categoría moral, por otro en una categoría sindical. La proliferación del nombre y del ejercicio de los arrepentidos es una buena señal de la ausencia de arrepentimiento, al igual que las falsas monedas desplazan a las auténticas. En cuanto a la corrupción, la atronadora y vertiginosa irrupción de Tangentopoli hubiera podido convocar a toda la clase dirigente (y no me refiero sólo a la tradicional gerontocracia, sino incluso a la propia generación del 68) de las distintas profesiones, de la información, de la política, para una ruptura con lo rutinario y una autointerrogación, y, tal vez, para una modificación de los modos privados y públicos de la existencia. No estoy hablando de resurrecciones ni de palingenesias, sino de cosas más pequeñas y concretas. No hubo nada que se le pareciera, sino, al contrario, una estampida universal y la manifestación de un temple temeroso, el pánico por la cárcel y por el buen nombre, la celeridad para acusar al vecino; todo ello más grave a mis ojos que la propia corrupción desvelada por las pesquisas judiciales. Por eso, incluso los más razonables y serios esfuerzos en la res publica italiana son débiles y toda forma posible de espíritu común se ha perdido, a menos que nos contentemos con las banderas tricolores desempolvadas por reacción ante las trivialidades de Bossi.

Es impresionante que la figura del régimen democristiano más consciente de su legalidad demediada, Aldo Moro, dedicara su última intervención pública a una

arenga parlamentaria sobre una DC que no iba a dejarse procesar[*]. La tragedia de la que después fue víctima Moro habría podido ser la ocasión extrema para el mea culpa de una clase política alelada, algo huérfana y algo parricida, que ni siquiera hizo la mínima alusión a ello. Lo tildaron de falso por estar secuestrado, lo enterraron a toda prisa, llenos de miedo. Lo intentó Cossiga, como ya se ha dicho, pero tarde y por razones personales; las razones personales pueden ser también un buen motivo, pero la iniciativa no prosperó. De modo que aquella clase dirigente, horrorizada por la maldición de Moro, fue a su vez enterrada y no mucho tiempo después. Las declaraciones de recibo de los demás implicados, el terrorismo de derechas y de izquierdas, se hicieron a bajo coste, salvo por la infinita recriminación a domicilio.

No he oído pedir perdón por las bombas del 25 de abril de 1969 [*] y por la fabricación de la pista anarquista, ni por la matanza del 12 de diciembre ni por el asesinato de Pino Pinelli, y podría continuar así, siguiendo el índice de las actas de la Comisión Parlamentaria de Matanzas, órgano que, entre nosotros, no pretende la verdad ni la reconciliación. No hay nadie en la cárcel por todos aquellos hechos. En la cárcel estoy yo, siendo inocente. Yo, en cambio, al igual que otros, mucho antes de que a nadie se le ocurriera hacerme pasar por inductor de homicidio, ya había pedido perdón a mi manera: reflexionando y hablando de nuestros errores y de nuestras responsabilidades, y cambiando de vida. Cambiando de vida. De algunas cosas pasadas estaba contento, de otras arrepentido. Y éste es, sumariamente resumido, el carnaval en el que participo, con la cabeza gacha. Una cosa más: quisiera que no se olvidara que la violación de la ley por parte de quien está revestido de un poder público es incomparablemente más grave que la cometida por los ciudadanos privados. Ahí reside lo escandaloso de tantas discusiones como la del indulto. Los delitos cometidos por fanatismo político no son por ello justificables. Pero los cometidos en nombre de la Ley y por parte de las más altas instancias del Estado, son mucho más graves. Por el contrario, los responsables de la ilegalidad del Estado, y aquellos que teniendo autoridad han permitido que actuaran, se han servido de las culpas de los «terroristas» para justificar y borrar las suyas; han reforzado la severidad de las leyes o impuesto su propia impunidad; y al cabo de los años echan en cara a unos cuantos encarcelados sin fuerza alguna y a menudo sinceramente arrepentidos, el no haber pedido perdón lo suficiente.

A esta Italia, que no es capaz de imaginarse pidiendo perdón, pero sabe exigirlo hasta el infinito y ritualmente a los vencidos y a los débiles, le gusta subrayar su propio rigor; habiendo vivido en la autoindulgencia plenaria y con amnistías fiscales de todo tipo, se declara enemiga acérrima de cualquier indulto, perdón o amnistía. ¿Es que hay alguien que haya pedido perdón, en nombre de una magistratura que en la mayoría de sus órganos ha sido declarada corrupta, corruptible y cómplice, a las generaciones de condenados que han pasado por las manos de esos jueces? ¿Condenados sin recursos, sin defensa, desconocidos, abandonados? Cualquier proceso ya juzgado en Italia, cualquier proceso que vaya a juzgarse, despierta irremediablemente legítimas sospechas. ¿No es así? Y si lo es, ¿qué forma de impudicia es la que empuja a tantas autoridades a menospreciar y a aborrecer la misma idea de la amnistía?

De esta forma, desde mi odioso y anacrónico proceso he ido derivando hacia otros argumentos. Debe haber, en cualquier comunidad que pretenda seguir siéndolo, o defenderse, la capacidad de una pausa, de una parada, de una tregua, no sé —y de un reconocimiento—. La cuestión que el Papa llama del perdón (en la Asís de San Francisco se llamó a esto «hacer las paces») está ligada a todo aquello que me parece más importante en el sitio donde estoy: de la cárcel a la justicia, de los separatismos a la barbarie de los lenguajes y de los gestos, y también a la relación entre nuestra parte del mundo y el resto. Espero que no te haya parecido que todo ello no guarda relación con los problemas que tu carta planteaba. Hasta pronto,

 

Adriano Sofri

(L’Espresso, 16-10-1997).

 

Segunda carta. Querido Tabucchi, te cuento una historia

 

Querido Antonio Tabucchi:

 

Quiero contarte una historia. Es la historia triste y humilde, pero también algo escandalosa, de un hombre de treinta y cinco años que ahora está aquí en la cárcel, y cuya casa está en Vecchiano, tu pueblo.

Se llama G. A. y nació en Bélgica, en Limburgo, adonde su padre había emigrado para trabajar en las minas. Hoy su padre vive en Vecchiano, con una pensión de invalidez total, porque enfermó de tuberculosis y silicosis, y ahora padece también una esclerosis múltiple. También su madre es italiana, trabajó en Bélgica como obrera y criada, y sigue todavía allí, sola, inválida ella también. Se peleaban y al final se divorciaron. La gente llamaba a la policía, el niño fue internado en un colegio. Allí permaneció desde los siete a los diecisiete años, pasando de una institución a otra, y escapándose de vez en cuando para ir a buscar a sus padres. Su padre vivía en una chabola. A los diecisiete años a G. A. le encerraron en un correccional.

El chico pasaba del colegio, hablaba y escribía en flamenco y en italiano, y más tarde aprendió a apañárselas con otros idiomas. Fue haciendo cosas aquí y allí, casi siempre trabajo negro: en Bélgica, en Holanda, en Alemania. Trabajos de «pico y pala», por lo general. Peón en el tendido de cables eléctricos, en la construcción, en talleres mecánicos. Trabajó regularmente durante cinco años para la Volvo en Holanda. «La cadena era muy rápida, te ponían al lado de uno experto, de los que trabajaban allí desde hacía diez años, y tenías que seguir su ritmo, si no, a la calle. Entonces empecé a tomar anfetaminas y otros estimulantes. Drogas, no, jamás. Antes, con mis amigos, sólo había fumado porros». De vez en cuando, volvía a Italia, a ver a su padre. Hace unos diez años compró en Bélgica un coche, un Nissan 1200, que era robado. Lo juzgaron por encubrimiento, en Italia, y lo condenaron a prisión condicional. Cuando encuentra trabajo, está por ahí, en Europa. Cuando se queda sin él, vuelve con su padre. «¿Te quiere tu padre?». «A su manera, sí». «¿Tú le quieres?». «Le quiero mucho». Su padre había comprado un terreno de poco más de una hectárea, en Massaciucoli, entre el lago del mismo nombre y Lucca. G. pasa ahí cada vez más tiempo. «Estuve a punto de matarme, después conseguí dejar las pastillas y el costo yendo allí a limpiar el bosque, estaba siempre activo, me sentía mejor. Era un terreno sin cultivar, en su día tuvo pinos, pero en pocos años hubo tres incendios y ningún árbol sobrevivió. Quería plantar allí árboles frutales, y ya había empezado. Manzanos, higueras, albaricoqueros. Me había construido una choza de madera y de telas. A veces me quedaba a dormir allí, en parte por no estar yendo y viniendo, en parte porque me gustaba. En la choza tenía un hornillo, bajaba a coger un bidón de agua —porque allí no hay agua— y así me las iba apañando. No había más que una senda, queríamos construir una carreterilla, ya habíamos hablado con la Guardia Forestal. Los de la Forestal aparecían por allí de vez en cuando, me veían trabajar, me conocían».

El contratiempo sucede el 12 de abril de 1996. No es un gran contratiempo. «Como te he dicho, árboles ya no quedaban. Alguna robinia joven, algún madroñuelo (que son madroños), marulas (que no sé lo que son, brezo, quizá) y, sobre todo, zarzas, que lo infestan todo. Lo que yo hacía era esto: limpiaba un trozo, recogía las ramas secas y los espinos, los quemaba y seguía por otro sitio. Lo había hecho muchas veces, una zona cada día. Aquel día, el viento cambió de dirección y se incendió el monte bajo. Vi que no iba a poder apagarlo yo solo, aunque no fuera verano, y corrí hacia el bar de Balbano, donde está el teléfono que tenía más cerca. Llamé a los bomberos de Lucca, dije quién era y que había que apagar un incendio. Me puse de acuerdo para esperarlos en la carretera, porque no hubieran podido encontrar el sitio por su cuenta. Vinieron con un camión cisterna y un jeep de tracción en las cuatro ruedas: el camión cisterna no pudo subir y seguimos sólo con el jeep. Apagamos el incendio, ellos y yo, en tres o cuatro horas. Había superado los límites de nuestro terreno, pero por muy poco». En resumidas cuentas, al final los hombres de la Forestal dicen que lo conocen, que es un buen chico que trabaja de firme, pero el jefe de bomberos dice que él está obligado a presentar la denuncia, además queda constancia de la llamada que G. A. ha realizado para avisarles, dejando su nombre y apellido. Así que redactan su informe. Al cabo de un par de meses tiene que presentarse en la sede de la Guardia Forestal en Lucca. Le escuchan, hay alguien del tribunal y también un abogado de oficio. Él no tiene dinero. Su padre le dice: «Por una estupidez así, no merece la pena pagar un abogado». Pasan otros siete meses, y le citan en un tribunal de Lucca para el juicio. El abogado de oficio ni se presenta. Se nombra a otro, una abogada que pasaba por allí, que le aconseja que se busque uno de confianza. Pero él sigue sin dinero. Se abre el juicio. Han sido citados los propietarios de los terrenos colindantes, pero no se presenta nadie, nadie ha declarado daños ni ha presentado denuncias. El juez pregunta a G. A. si quiere pactar un acuerdo. Él pregunta cuál es la diferencia. Con el acuerdo recibe un tercio de la pena, si no, puede ser absuelto o condenado, y después apelar, etc. Él piensa: si me meto en algo que vaya para largo, quizá me salga una ocasión de trabajo y tenga que renunciar a ella. Así que pide concluir con el asunto. Todavía no lo ha entendido. El juez concluye el asunto imponiéndole cinco meses y veinte días por incendio intencionado. Bien. Cinco meses y veinte días, en la Italia de los incendios dolosos, devastadores e impunes.

En casa, G. y su padre se miran desolados y contratan a un abogado de confianza. Le dan un millón de liras, después otro millón. A la cárcel seguro que no vas, les garantiza. Le conceden la suspensión cautelar de la pena en espera de un posible servicio social que sustituya la reclusión en la cárcel. Pasan ocho meses y —octubre de 1997— el tribunal de vigilancia de Florencia examina el expediente. Él ha vuelto a Holanda a trabajar y el abogado no se presenta. La solicitud es rechazada. Tengo delante una hoja que reza: «Tratándose de una pena no superior a seis meses y no pareciendo que subsista el peligro de fuga… ordena al condenado personarse en la cárcel». El condenado se persona. Su padre está en Vecchiano. Los árboles frutales quién sabe si saldrán adelante.

 

Adriano Sofri

(Panorama, 29-1-1998).