La gastritis de Platón
III. Mientras nos queden cerillas
III
Mientras nos queden cerillas
Donde se razona sobre equívocos y sobre cerillas
encendidas a contraviento.
La trascendencia va de capa caída, ¡no faltaba más!
La inmanencia no vale un higo seco.
La vía intermedia es el dinero.
Lo mejor es buscar en otra parte.
EUGENIO MONTALE
Al volver a París desde Lisboa, donde habíamos mantenido la anterior conversación, a Bernard Comment le pareció, repasando sus apuntes, que el razonamiento resultaba bastante incompleto y que acabar con un chiste era en cierto modo insatisfactorio. Después de que Bernard me transmitiera telefónicamente sus sensaciones, estuve de acuerdo en que añadir algunas palabras más no sería inoportuno, de modo que le mandé una especie de carta dentro de la carta que a través de él se dirigía a Sofri, como una especie de conclusión provisional para el librillo francés que Comment estaba preparando.
Agosto de 1997.
Querido Bernard:
Estoy de acuerdo con tus objeciones. Se me ha ocurrido que para proseguir con mis reflexiones sobre la situación del intelectual en Italia, podía adoptar como posible conclusión (aunque sea provisional) una nueva carta mía a Adriano Sofri, pues la que le escribí había abierto este debate. Te agradezco además la ocasión que me ofreces para repetir en Francia lo que ya he tenido ocasión de expresar en la prensa italiana, es decir, que condenando a tres personas a una pena de veinte años sin prueba objetiva alguna, con la única base de las declaraciones (inciertas y contradictorias además, como es sabido) de uno de los llamados «arrepentidos», Italia ha dado muestras de aplicar de manera alarmante una forma de derecho que no tiene parangón en ningún país de la Comunidad Europea de la que forma parte. Por lo demás, que vuestra prensa, con la simpatía que a menudo nos reserva, haya señalado «turísticamente». Italia como el mejor país para llegar hasta Turquía, revela bastante a las claras la prestigiosa imagen que mi país ha sabido ganarse en el extranjero.
Un cordial saludo,
Antonio.
Querido Adriano Sofri:
Has dedicado recientemente uno de tus artículos en el semanario para el que escribes con regularidad a la historia de un tal Fiorentino Conti, preso común al que conociste en la cárcel a principios de los años setenta, cuando a causa de una manifestación fuiste detenido por ser militante de la extrema izquierda. Tú cuentas cómo este preso común adquirió una suerte de conciencia política gracias a tu presencia y a la de tus compañeros, y que, después de distintas peripecias que tras su excarcelación le llevaron al terrorismo, murió recientemente de un infarto, en libertad, en un mercado de Florencia. Tú, por el contrario, que del terrorismo siempre te has mantenido alejado, en estos momentos te encuentras en prisión. Tú defines esta historia como una «jugarreta del destino», y añades que, cuando eras un adolescente, todo ello te parecía solamente posible en las novelas rusas.
Dado mi gusto personal, preferiría ciertos barrocos españoles y diría que tu historia no habría desentonado entre aquellas que Cervantes llamó Novelas ejemplares. Sólo que en lo que a ti se refiere, no se trata de una novela sino de una historia vivida. No puedo negar que todo ello me ha turbado. Por asociación de ideas me ha venido a la memoria un libro mío de cuentos no precisamente reciente (1985), titulado Pequeños equívocos sin importancia. Cuando se publicó, de acuerdo con mi añorado amigo Franco Ochetto, que en aquella época era director literario de la editorial Feltrinelli, decidimos utilizar en la portada un cuadro de Cremonini que representa dos tumbonas vistas de espaldas en una playa desierta. En una se veía una nuca (si acaso), mientras que de la otra colgaba una camisa. Nos pareció que esa pintura representaba perfectamente lo que confusamente intentaba contar en mis historias: encuentros fallidos, destinos descifrables sólo mediante iluminaciones y señales, ausencias y soledades, todos esos dobles juegos que la vida teje para nosotros.
Dio la casualidad de que el semanario para el que escribes, no pareciéndole tal vez suficiente con los precedentes «reportajes» que había dedicado a mi persona con la elegancia que lo caracteriza, en un suelto anónimo quiso elevar mi quizás algo incierta poética del doble, de la ausencia y del equívoco, a la bastante más cristalina poética de la difamación, con plena consciencia, es de suponer, de que la inevitable querella por mí ya presentada (una más entre las centenares de ellas que recibe), como suele decirse, si no mata, engorda. Este semanario, Panorama, pertenece al señor Silvio Berlusconi, ahora relevante líder de la derecha italiana, pero, como es sabido, persona no precisamente ignorante en lo que a medios de comunicación de masas se refiere, sean éstos etéreas antenas o papel impreso (ahora se ha convertido también en editor de Gramsci, al haber adquirido la emblemática editorial Einaudi); este semanario, como iba diciendo y como quizás hayas constatado tú también, acostumbra desatar campañas cuya modalidad recuerda determinada estrategia de choque de los años setenta, pero pareciéndoles obviamente poco elegante disparar a las piernas de las personas que no visten el uniforme aconsejado —como el terrorismo de entonces hacía optan por dispararles balas de inmundicia («amordazar uno para amordazar cien», podría ser la actualización del eslogan de las Brigadas Rojas). Todo ello no es más que una nueva prueba de la antigua fe itálica en las terapias de convicción enérgicas, por encima de la eventual diversidad de ideologías (que por lo demás ya no interesa a nadie, habiéndose éstas derrumbado, como es bien sabido). Cada época tiene su estilo y sus símbolos, que determinan los avances de la civilización: en su momento, el aceite de ricino, más tarde, estrellas de cinco puntas, y podríamos seguir. Hoy, la época tras} exige la poubelle. Como ha demostrado Umberto Eco en un ensayo en verdad estimable («El fascismo eterno» de sus Cinco escritos morales), las etiquetas cambian, pero el contenido permanece. O también, por decirlo con versos de Drummond De Andrade, «De todo queda un poco. / A veces un botón. A veces un topo».
Tú escribes con regularidad en ese semanario gracias a la hospitalidad que te ofrece su actual director, viejo amigo tuyo desde la época en la que simpatizaba con la llamada izquierda revolucionaria. Él ha optado por una trayectoria diferente a la tuya, es evidente. Los destinos cambian, pero la amistad permanece. Tú estás en este momento en la cárcel, eres un «secuestrado de Estado», por usar tu propia expresión. Él, por el contrario, dirige un semanario libre. Y todo ello me hace pensar en la historia de la «jugarreta del destino» que has publicado precisamente en ese semanario. Si todo ello tiene que ver con el equívoco, me parece que se aleja del nivel existencial para alcanzar dimensiones ontológicas. Hasta diría burlescamente metafísicas. Como es lógico, yo también me siento implicado en este equívoco, no tanto por esa accidental asociación de ideas de la que te hablaba, sino sobre todo porque, como escritor, soy al mismo tiempo sujeto y objeto de los equívocos que atraigo, que aferro y que hago visibles en la página.
En el libro ya lejano en el tiempo que te citaba, en mi nota de prefacio, que era una forma de justificación (los escritores sienten a menudo la necesidad de justificarse, como si la observación de la vida provocara un sentimiento de culpa), hacía referencia a los escritores barrocos españoles, que vivían los equívocos y las jugarretas del destino.
Pero en este momento, mi pensamiento se dirige más bien a Carlo Emilio Gadda, que por los equívocos se sentía «vivido» y que, a un periodista que le preguntaba si podía ser considerado un escritor barroco, respondió: «Gadda no es barroco, es la vida la que es barroca». En resumidas cuentas, la carta que te escribo es, a su manera, emblemática de lo que significa ser hoy un intelectual en Italia, tal y como me ha sido planteada la cuestión por mis amigos franceses. El panorama «cultural» que ofrezco a los lectores de otros países no es muy alegre, probablemente. Tal vez sea acusado de pesimismo, pero no veo razón alguna para confortarlos con una visión alentadora. Que se contenten para ello con los productos que están de moda, como la italian food o el italian style. Mis razonamientos no están de moda, de eso no hay duda.
Procuremos en todo caso esforzarnos por recorrer nuestro camino con paso sereno. Pero sin renunciar a la obstinación de encender nuestra pequeña cerilla para que brille algo de luz aunque sople el viento. Mientras nos queden cerillas.
Antonio Tabucchi.