La gastritis de Platón

Antonio Tabucchi · Capítulo 7 de 7

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La gastritis de Platón

Epílogo provisional

 

Donde se decide suspender la discusión de uno de los temas

de este libro confiando su eventual continuación a un

lenguaje distinto y donde, sobre todo, se hacen votos por la pronta revisión del proceso Sofri, Bompressi, Pietrostefani.

 

Il n’y a pas de solution, parce qu’il n’y a pas de problème.

MARCEL DUCHAMP

 

«Una utopía que se nutre de violencia»:

Titular del [*] Corriere della Sera , 17-12-1969, a propósito de los «monstruos». Pinelli y Valpreda

 

«La incriminación del bailarín terrorista».

Giorgio Zicari, «Corriere della Sera», 17-12-1969 a propósito de la detención de Valpreda

 

Seguro que existe quien sabe más que nosotros

pero no habla; si abriera la boca sabríamos

que todas las batallas son iguales

para quien tiene los ojos cerrados y algodón en los oídos.

EUGENIO MONTALE

 

París, 18 de febrero de 1998.

Querido Bernard:

 

Llegamos a tiempo de añadir a nuestro pequeño libro francés una carta abierta que Adriano Sofri me escribió en octubre, como respuesta a la mía de abril, con la que empezaba este libro. Cinco meses de tiempo entre una y otra me hacen suponer que Sofri habrá tenido bastantes otras cosas en las que pensar, y aunque concluya diciendo «espero que no te haya parecido que todo ello no guarda relación con los problemas que tu carta planteaba», tengo la vaga impresión de que a los problemas que mi carta planteaba responde abriendo el diafragma del objetivo, de manera que lo que yo planteaba acaba perdiéndose un poco en la visión panorámica. Me doy perfecta cuenta, por otro lado, de que el mío era un problema de naturaleza teórica, acaso algo caprichoso o por lo menos «de lujo», por así decirlo, mientras que los problemas de mi interlocutor son de naturaleza terriblemente práctica y no pueden concederse grandes lujos. Pero como respuesta por parte suya quizá sea más eficaz, en lugar de cualquier razonamiento abstracto, la historia ejemplar que me manda desde la cárcel, como demostración de que cuando la casa se quema llamar a los bomberos es un necesario gesto cívico, pero los resultados satisfactorios no están ni mucho menos asegurados. Y por eso he querido reproducirla aquí.

Con todo, prefiero que seamos nosotros quienes concluyamos la edición italiana de este libro, dado que la edición original francesa nació por iniciativa tuya. Por eso añado la presente carta (definitivamente la clave de este pequeño volumen es epistolar), no tanto a modo de conclusión del problema (lo mejor es que la discusión siga abierta) como para rubricar gráficamente el volumen, como se hacía en el pasado. Es decir: fin del libro.

Y no me parece fuera de lugar engastar en esta carta otros dos fragmentos de cartas (y aquí la epistolaridad del conjunto sube de exponente) que extraigo del Corriere della Sera de febrero de 1998. En la primera, Adriano Sofri, aceptando la invitación de Indro Montanelli de dirigirse a la señora Gemma Capra, viuda del comisario Calabresi, y de reconocer que la campaña de prensa llevada a cabo contra el comisario por parte de Lotta Continua fue una infamia, escribe lo siguiente: «Apreciada señora Gemma: Habrá tenido usted ocasión de leer la invitación que Indro Montanelli me ha dirigido, y que yo acepto á…ú. Montanelli me pide, textualmente, que le diga que la campaña de denigración y de instigación contra su marido y padre de sus hijos fue una infamia. Así se lo digo».

En la segunda, la señora Capra responde así, dirigiéndose sin embargo a Montanelli: «Querido Montanelli: Mientras le quedo muy agradecida por la afectuosa atención con la que siempre ha querido mantener viva una correcta memoria de mi marido, tomo nota de la carta en la que el señor Adriano Sofri define como infamia la campaña de prensa que precedió y siguió al asesinato de Luigi Calabresi, determinándolo». El subrayado es mío, puesto que el verbo determinar constituye un nexo casual, establecido por la persona que escribe la carta, quien por lo demás halla consuelo, al recurrir a ello, en el hecho de encontrarlo ampliamente utilizado en los autos procesales (utilización con la que, es ocioso decirlo, estamos en desacuerdo, para lo que remitimos al citado libro de Ginzburg). Pero merece la pena recordar que la «infamia» de la que Sofri se reconoce responsable fue compartida en aquella época (la época de las «matanzas de Estado») no por una exigua minoría, sino por un enorme movimiento de masas y por una difundida opinión pública que reclamaba claridad democrática sobre terribles y oscuros episodios, y que se vio continuamente sobresaltada, por toda respuesta, mediante el recurso a medios tales como la violencia pública y privada, muertos más o menos accidentales, bombas en las plazas y en los trenes. Hechos todos, como es bien sabido, jamás aclarados hasta hoy, ni por quien hubiera debido cumplir la tarea institucional de aclararlos, ni por ninguna clase de «arrepentimiento» tardío.

Llegados a este punto, querido Bernard, siguiendo la definición de la función del intelectual como «función esporádica» que nos proporciona Maurice Blanchot y de la que ha nacido toda mi reflexión (hablad vosotros ahora, que yo ya he hablado), después de haber salido de lo que es nuestro campo de escritura, me parece que ha

llegado el momento de que a la tarea acostumbrada todos dirijan su pensamiento[*]. Entre otras cosas, porque me parece que, vista la situación, para atribuir algún sentido a los acontecimientos antes mencionados (es decir, una lectura «cognoscitiva», esa forma de conocimiento «conjetural y creativa» que no pertenece a la lógica de Wittgenstein, pues esta última, como sabemos, nos autoriza a hablar sólo de aquello que conocemos), tal vez fuera necesario otro tipo de lenguaje: el lenguaje de la literatura, es decir, la ficción que interpreta la realidad y le confiere un sentido, como al principio de este libro he intentado explicar. Por lo que se refiere al lenguaje que es propio de este libro, creo que debemos limitarnos a consideraciones puramente técnicas (y todo, como ves, nos invita a ello), «deshistorizando», si así puede decirse, unos acontecimientos que suceden en Italia ahora, aunque se refieren a la Italia de entonces, y asumiéndolos como hechos en sí, y no como algo que pertenece a un determinado contexto histórico, político, social y cultural, limitándonos, en resumidas cuentas, a considerar no satisfactoria su conclusión (como por lo demás Carlo Ginzburg ha demostrado incontestablemente con los instrumentos que le son propios) y a remachar que la condena de Sofri, Bompressi y Pietrostefani, basada únicamente en las declaraciones de un «arrepentido» y carentes de cotejo objetivo, o es un error judicial o una aberración jurídica.

Por lo que se refiere por tanto al «conocimiento» que Pasolini expresó en su Yo sé, y que consistía —no estará de más recordarlo aquí— en ser «un escritor que se esfuerza en conocer todo lo que escribe, en imaginar todo lo que no se sabe o se calla, que coordina hechos lejanos, que reúne las piezas desorganizadas y fragmentarias de un coherente cuadro político, que restablece la lógica allá donde parecen reinar la arbitrariedad, la locura y el misterio»; para hacer algo así sería necesario escribir una historia. Y podría ocurrir, quién sabe, que un día un escritor tuviera ganas de escribirla. Un asunto como éste ofrece enormes posibilidades narrativas, y la pluma de este hipotético escritor podría abarcar, qué sé yo, desde la ciencia ficción al minimalismo, pasando, allí donde le pareciera oportuno, por la Historia. Imagínate, por ejemplo, a un detective de un lejano futuro que reconstruye ciertos acontecimientos partiendo del estudio de una misteriosa enfermedad cuyo rastro se ha perdido y cuya denominación, que se ha conservado en polvorientos archivos, era «malestar activo»: un microbio engullido por el tiempo, como el que mató al faraón Tutankamon, cuya momia estudian algunos científicos. O tal vez podría hacer una especie de «relato policíaco» que encubra sin embargo un drama vivido en el silencio: una historia con dos personajes. Te asalta incluso la tentación de imaginarte mejor una historia así, sin perjuicio alguno de la imaginación de quien pudiera escribirla. El primer personaje es una mujer, la viuda de un ferroviario que fue detenido, retenido e interrogado ilegalmente en una comisaría de policía, porque era sospechoso sin motivos de una acción infame de la que era absolutamente inocente, y que, inexplicablemente, se precipitó desde una ventana. La mujer está esperando desde hace treinta años una carta que le lleve la explicación de la muerte de su marido, que nadie ha sabido o querido dar jamás. Pero la historia no se detendría demasiado en la figura de la mujer, por pudor. Concentraría más bien su fuerza narrativa alrededor de la carta que ella está esperando. Porque, después de tanto tiempo, hay alguien que al fin se la está escribiendo.

Pero ¿qué dice esa carta? Y, sobre todo, ¿quién la está escribiendo?

Terminaste La gastritis de Platón

Antonio Tabucchi

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