La gran restauración

Francis Bacon · Capítulo 1 de 133

Páginas del PDF

La gran restauración

Prólogo

 

I

En 1620 Francis Bacon (1561-1626) está en la cima de su carrera política: desde el año 1618 era Lord Canciller y Barón de Verulamio. Sin embargo, su carrera literaria —ámbito en el que su ambición no iba a la zaga de la política no había alcanzado la brillantez de aquélla: aunque su obra inédita era amplia, solamente habían visto la luz hasta aquel momento— si hacemos abstracción de opúsculos de naturaleza jurídico-política— los Essays (publicados en 1597 junto con las Religious Meditations y los Coulers of Good and Evil, fueron reeditados en 1612 pasando de diez a treinta y ocho ensayos), los Two Books of the Proficience and Advancement of Learning Divine and Human en 1605 y en 1609 el De Sapientia Veterum, cuya versión inglesa acababa de ser publicada en 1619.

Sin embargo, hacia finales de 1620 se publicaba en Londres (apud Joannem Billium Typographum Regium) la Instauratio Magna, obra en la que Bacon anunciaba, presentaba y convocaba a un proyecto de investigación filosófico-natural tendente a conseguir la «Restauración» (Instaurado) del saber y consecuentemente del poder, que sobre la naturaleza gozó Adán en el

Paraíso[1] y que la humanidad había perdido como consecuencia del Pecado

original[2]. Si la humanidad se reconciliaba con el creador y recobraba su favor con la fe y la religión (en lo que a la pérdida de la «inocencia» se refiere), la segunda pérdida —la del saber y el poder— se superaba «mediante las ciencias y las artes», es decir, mediante la Instauratio, que (querida y tolerada por Dios) ponía fin a los largos siglos de extravío de la humanidad, durante los cuales los hombres no sólo habían sustituido las ideas de la mente divina impresas en las criaturas (y, por tanto, el mundo real) por los ídolos vacíos de la mente humana, cambiando la lectura o interpretación legítima de la naturaleza por las múltiples anticipaciones fantásticas de la razón

humana[3], sino que se habían olvidado además del verdadero fin de la ciencia (un fin grato y querido por Dios; cfr. la conclusión de la Distributio Operis y N. O. I, 129): «dotar a la vida humana de nuevos descubrimientos y recursos» (N. O. I, 81).

Así pues, la Instaurado Magna baconiana, en su doble sentido de obra personal y de proyecto colectivo, se insertaba en una perspectiva escatológico-milenarista, que no sólo hacía eco a las expectativas de ese tipo presentes en amplios sectores de la Inglaterra del momento, sino que además establecía como momento decisivo de esas expectativas milenaristas la reforma del saber humano, la restauración de la ciencia-poder adámico. De esta manera Bacon cambiaba la relación de la religión con la ciencia: si para muchos teólogos y hombres piadosos de la época la ciencia era peligrosa para

la religión (había causado el pecado original)[4], Bacon hace de la religión y de la Biblia base de la condena del saber tradicional y de la legitimidad de la Instauratio Magna. A partir de 1620, y gracias en buena medida a la obra del canciller, la religión exhorta a la ciencia y al dominio de la naturaleza: ciencia y poder serán el medio (junto con una sana actitud religiosa) por el que la sociedad humana llegará al descanso sabático (el milenio o la utopía); con Bacon el milenarismo cristiano reformado (puritano, radical) se asocia a la reforma del saber y pasa a concebir la nueva ciencia con su ethos religioso como la vía para el advenimiento de la nueva época. No es este uno de los últimos méritos y efectos de la obra baconiana en general y sobre todo de la

publicación de 1620 que aquí presentamos[5].

Esta fundamentación bíblica de la reforma del saber y de la Instauratio Magna aparece con toda claridad en el famoso frontispicio de la edición de 1620 (vid. fig. p. 35): bajo la imagen del barco que se aventura en el océano dejando atrás las columnas fatales del «Non plus ultra» aparece citado un pasaje bíblico perteneciente al libro de Daniel (12,4): Multi pertransibunt et augebitur scientia («Muchos pasarán y crecerá la ciencia») como insinuación de que la Biblia profetiza la coincidencia cronológica de la ampliación del mundo conocido mediante los descubrimientos geográficos y la reforma y restauración de la ciencia (N. O. I, 93). La reforma del saber humano era, por tanto, la «restauración» de la humanidad a la situación anterior a la caída y formaba parte inexorablemente del diseño providencialista divino de la historia, de la reconciliación con Dios. Además, la coincidencia del conocimiento geográfico del mundo con la «Restauración» tenía una razón teórica: sólo así podrá la humanidad disponer de la base observacional (Historia Natural) suficiente para la elaboración de la Interpretación de la Naturaleza, una elaboración, además, de paciente y humilde contacto con las cosas que tiene todas las características de «una verdadera y legítima humillación del espíritu humano» (Prefacio a la Instaurado Magna), esto es, de una «innerweltliche Askese» o ascesis intramundana. El plan divino respondía a la lógica misma de la investigación científica.