La gran restauración

Francis Bacon · Capítulo 91 de 133

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La gran restauración

Capítulo XVII

Se ha de advertir, sin embargo, de manera permanente que no se debe confundir las Formas de que hablamos (puesto que parecemos atribuirles tanta importancia) con aquéllas de que ha tratado hasta ahora la contemplación y las especulaciones humanas.

En primer lugar, no hablamos en este momento de las Formas

compuestas, que son (como ya hemos dicho)[48] combinaciones de naturalezas simples según el curso habitual del universo, como por ejemplo, el león, el águila, la rosa, el oro y así sucesivamente. Ya habrá tiempo de tratar de ellas cuando lleguemos a los Procesos Latentes, a los Esquematismos Latentes y a su descubrimiento, tal como se encuentran en las llamadas sustancias o

naturalezas concretas[49].

Además no se confunda lo que decimos en cuanto a las naturalezas simples con las formas e ideas abstractas, no determinadas o mal determinadas en la materia, pues nosotros cuando hablamos de Formas no entendemos otra cosa que las leyes y determinaciones del acto puro que ordenan y constituyen una naturaleza simple, como el calor, la luz, el peso, y ello en todo tipo de materia y sujeto susceptible. Así, pues, la Forma del Calor o la For ma de la Luz y la Ley del Calor y la Ley de la Luz son la misma cosa y nunca nos alejamos o retiramos de las cosas mismas y de la parte operativa. Por eso, cuando en la investigación de la Forma del Calor decimos (por ejemplo) «rechaza la tenuidad no pertenece a la Forma del Calor» es lo mismo que dijéramos que «el hombre puede introducir el calor en un cuerpo denso» o por el contrario que «el hombre puede apartar o mantener el calor lejos un cuerpo tenue».

Y si alguien piensa que nuestras Formas tienen algo de abstracto por el hecho de que mezclan y combinan cosas heterogéneas (pues parecen ser muy heterogéneos el calor de las cosas celestes y el del fuego, el rojo fijo en la rosa y cosas similares y que aparecen en el arco iris o en los rayos del ópalo y el diamante, la muerte por inmersión, por cremación, por herida de espada, por apoplejía, por atrofia; y no obstante todas ellas convienen en la naturaleza del calor, del rojo, de la muerte), debe saber que su entendimiento está preso y ocupado por la costumbre, por las opiniones y por la apariencia exterior de las cosas. En efecto, es muy cierto que todas estas cosas, aunque heterogéneas y distintas entre sí, coinciden en aquella Forma o Ley que ordena el calor, el rojo o la muerte; además el poder humano no puede emanciparse y liberarse del curso común de la naturaleza y expandirse y elevarse a nuevas actividades y nuevos modos de operar si no se revelan y descubren estas Formas. Sin embargo, una vez se haya tratado de esta unidad de la naturaleza, que es la cosa más importante de todas, habrá que hablar después en el lugar conveniente de las divisiones y ramificaciones de la naturaleza, tanto de las ordinarias como de las interiores y más verdaderas.