La gran restauración

Francis Bacon · Capítulo 34 de 133

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La gran restauración

Capítulo LXV

ya y auguramos que si los hombres, incitados por nuestras advertencias, se entregan seriamente a la experiencia (diciendo adiós a las doctrinas sofísticas) puede amenazar un gran peligro a causa de este tipo de filosofías y debido a una prematura y apresurada impaciencia del entendimiento por saltar y volar a las preposiciones generales y a los principios de las cosas. Debemos guardarnos ya desde ahora de este mal[28].

 

LXV

Sin embargo, la corrupción de la filosofía que deriva de la superstición y de la mezcla con la teología es la más extendida de todas y causa muchísimo daño, tanto al conjunto de la filosofía como a sus partes. Pues el entendimiento humano no está menos sometido a las impresiones de la fantasía que a las impresiones de las nociones vulgares, ya que los filósofos polemistas y los sofistas envuelven al entendimiento, pero estos otros (fantasiosos, ampulosos y casi poetas) lo seducen en medida mayor con sus lisonjas, pues hay en los hombres —sobre todo en los ingenios mejores y más elevados— una ambición intelectual no menor que la ambición de la voluntad.

Encontramos un ejemplo luminoso de este tipo de filosofía en Grecia, sobre todo en Pitágoras, si bien unido a una superstición más crasa y penosa; y de una forma más peligrosa y sutil lo hallamos en Platón y su escuela. Se encuentra también este tipo de mal en aquellas partes de las otras filosofías en que se introduce formas abstractas, causas finales y causas primeras, omitiendo frecuentísimamente las causas medias. En este asunto, sin

embargo, toda cautela es poca, pues lo peor es la apoteosis de los errores y el entendimiento resulta pestífero si otorga veneración a vanidades. Algunos modernos han incurrido, sin embargo, con gran ligereza en esta vanidad al intentar fundar la filosofía natural en el primer capítulo del Génesis, en el libro de Job y en otros lugares de la Sagrada Escritura «buscando las cosas muertas entre las vivas[29]». Esta vanidad ha de ser evitada y corregida tanto más cuanto que de una insana mezcla de lo divino y lo humano no sólo resulta una filosofía fantástica, sino también una religión herética. Por eso no hay nada más saludable si con mente sobria se da a la fe tan sólo aquellas cosas que se deben dar a al fe.