La gran restauración

Francis Bacon · Capítulo 108 de 133

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La gran restauración

Capítulo XXXVI

Entre las instancias prerrogativas pondremos en lugar decimocuarto las Instancias cruciales, tomando el vocablo de las cruces erigidas en las encrucijadas de los caminos para indicar y señalar la bifurcación. También solemos llamarlas Instancias Decisorias y Judiciales y en algunos casos Instancias del oráculo y del mandato. Su función es la siguiente: cuando en la investigación de alguna naturaleza el entendimiento se encuentra como en equilibrio, inseguro a la hora de atribuir o asignar la causa de la naturaleza investigada a una de dos (o en ocasiones de varias) naturalezas, debido a la coincidencia frecuente y ordinaria de varias naturalezas, las Instancias cruciales muestran la unión fiel e indisoluble (en lo que se refiere a la naturaleza investigada) de una de las naturalezas y la unión variable y separable de la otra, con lo cual termina la cuestión y se adopta la naturaleza primera como causa, abandonando y rechazando la otra. Estas instancias arrojan, por tanto, muchísima luz y son de gran autoridad, de forma que en ocasiones el proceso de interpretación termina y llega a su culminación con ellas. A veces las instancias cruciales se presentan y se encuentran entre las ya conocidas con anterioridad, pero las más de las ve ces son nuevas y deben ser inquiridas y aplicadas expresamente, encontrándose sólo con una diligente y paciente búsqueda.

Por ejemplo: sea la naturaleza investigada el flujo y el reflujo del mar [81], que se repite dos veces al día con una duración de seis horas en cada caso y en intervalos regulares con alguna diferencia coincidente con el movimiento de la luna.

La encrucijada sobre esta naturaleza es la siguiente: es necesario que este movimiento sea producido o por el avance y retroceso de las aguas, a la manera del agua agitada en una vasija que cuando baña un lado de la vasija abandona el otro, o por la elevación y descenso de las aguas desde la

profundidad, a la manera del agua que al hervir se eleva y luego desciende[82]. La duda surge a la hora de atribuir la causa del flujo y reflujo a una de las dos posibilidades. Si se acepta la primera afirmación es necesario que cuando se produce el flujo del mar en una parte se produzca simultáneamente el reflujo en otra parte. Por tanto, la investigación se reduce a establecer si esto es

cierto. Sin embargo. Acosta[83] y otros han observado en una diligente investigación que el flujo y el reflujo del mar tienen lugar de forma idéntica y en el mismo tiempo en las costas de Florida y en las opuestas de España y de África y que no ocurre que cuando hay flujo en la costa de Florida haya reflujo en las costas de España y de África. Sin embargo, para un investigador diligente no por ello queda refutado el movimiento de avance y retroceso y establecido el movimiento de ascenso, puesto que podría ocurrir que hubiera un movimiento de avance de las aguas que inunde al mismo tiempo los litorales opuestos de una misma cuenca, como cuando las aguas son presionadas y empujadas desde otra parte, al igual que ocurre en los ríos, en los que el flujo y el reflujo se producen al mismo tiempo en ambas orillas, aunque este movimiento sea evidentemente un movimiento de avance, concretamente el de las aguas del mar que penetran por la boca del río. Así, pues, puede ocurrir de manera semejante que aguas procedentes en gran cantidad del océano oriental Indico sean impulsadas y empujadas hacia la cuenca del océano Atlántico y en consecuencia inunden ambas orillas al mismo tiempo. Se ha de investigar, por tanto, si existe alguna cuenca cuyas aguas puedan disminuir y descender al mismo tiempo. Tenemos el Mar del Sur, que no es menor, sino por el contrario más ancho y extenso, y que sería suficiente para una cosa así.

Así pues, hemos llegado ya a la instancia crucial sobre esta cuestión. Dicha instancia es la siguiente: si se confirma que cuando se produce el flujo en las costas opuestas de Florida y España en el océano Atlántico se produce al mismo tiempo también el flujo del mar en las costas de Perú y de la China en el mar del Sur, entonces deberemos abandonar por medio de esta instancia decisoria la afirmación de que el flujo y reflujo del mar, objeto de nuestra investigación, se producen por un movimiento de avance, puesto que ya no queda otro mar o lugar donde pueda producirse al mismo tiempo retroceso o reflujo de las aguas. Esto podría determinarse perfectamente si se inquiriera de los habitantes de Panamá y Lima (donde ambos océanos, el Atlántico y el Pacífico, están separados por un pequeño istmo) si el flujo y reflujo del mar se producen al mismo tiempo en las dos partes contrarias del istmo o no. Esta decisión negativa parece cierta en el caso de que la tierra permanezca inmóvil, pero si la tierra tiene un movimiento de rotación puede ocurrir quizá que (por variaciones en la velocidad o en la aceleración de la tierra y de las aguas del mar) se produjera una violenta sacudida de las aguas y una acumulación de las mismas hacia arriba, que sería el flujo, y una relación de ellas hacia abajo (por no poder acumularse más) que sería el reflujo. Pero esto debe ser objeto de una investigación separada. Sin embargo, incluso en este supuesto, sigue siendo siempre necesario que se produzca en algún lugar reflujo del mar al mismo tiempo que en otras partes tiene lugar el flujo.

Similarmente, sea la naturaleza investigada el segundo movimiento de los dos que hemos supuesto, es decir, el movimiento de elevación y descenso del mar si tras un diligente examen resulta que se abandona el movimiento de avance de que hemos hablado. En este caso nos encontramos a propósito de esta naturaleza ante tres posibilidades. Es necesario que este movimiento por el que las aguas ascienden y descienden en los flujos y reflujos, sin la intervención de otras aguas afluyentes, se produzca por uno de los tres procedimientos siguientes: o porque el aumento de las aguas emane del interior de la tierra y se retire de nuevo hacia ella; o porque no haya un incremento de la cantidad de agua, sino que la misma cantidad se extienda o se dilate ocupando un espacio y dimensión mayores para luego contraerse a su volumen anterior; o porque, sin haber una cantidad mayor de agua o una ampliación de sus dimensiones, las mismas aguas (sin cambios en cuanto a cantidad, densidad y rarefacción) se eleven y luego desciendan por medio de alguna fuerza magnética superior que las atrae y las llama hacia sí, esto es, por simpatía. Podemos reducir la investigación, si parece bien, a la última posibilidad dejando de lado las dos primeras y estudiar si se produce alguna elevación de ese tipo por simpatía o fuerza magnética. Ahora bien, es evidente en primer lugar que las aguas, situadas en la fosa o cuenca del mar no pueden elevarse al mismo tiempo porque entonces no habría nada que ocupara su lugar en el fondo, de forma que si hubiera en las aguas algún apetito de elevarse dicho apetito sería roto e impedido por la cohesión de las cosas o (por hablar en términos vulgares) para que no se produjera él vacío. Queda, pues, que las aguas se eleven de un lado y disminuyan y bajen por otro. De ahí se sigue necesariamente que esa fuerza magnética, al no poder actuar sobre la totalidad, actúe con la mayor intensidad en el centro, de forma que eleve las aguas en el centro y éstas, así levantadas abandonen y se retiren de los lados.

Así hemos llegado ya por fin a la instancia crucial sobre este asunto. Dicha instancia es la siguiente: si se descubre que en el reflujo del mar la superficie de las aguas del mar es más arqueada y redonda por el hecho de levantarse las aguas en el centro del mar y retirarse del litoral y si se descubre también que en el flujo la misma superficie es más plana y uniforme por retroceder las aguas a su posición primera, entonces esta instancia decisoria permitirá afirmar la elevación por fuerza magnética; de lo contrario habrá que abandonarla. Esto no resulta difícil de comprobar en los estrechos por medio de sondas, observando si en el reflujo el mar no es más alto o profundo en el centro que en el flujo. Se ha de notar, si así ocurre, que —contra la opinión común— las aguas se elevan en los reflujos, mientras que en los flujos descienden cubriendo e inundando las costas.

Similarmente, sea la naturaleza investigada el movimiento espontáneo de rotación y especialmente si el movimiento diurno por el que el sol y las estrellas salen y se ponen ante nuestros ojos es verdaderamente un movimiento de rotación de los cuerpos celestes o un movimiento de rotación de los cuerpos celestes o un movimiento tan sólo aparente de los cuerpos celestes motivado por el verdadero movimiento de la tierra. A propósito de este problema una instancia crucial podría ser la siguiente: si se descubre en el océano un movimiento, aunque muy lento y débil, de oriente a occidente; si se descubre un mismo movimiento, aunque más rápido, en e aire, especialmente en los trópicos, donde es más perceptible por la mayor dimensión de los círculos; si se descubre el mismo movimiento en los cometas inferiores pero más vivo y más fuerte; si el mismo movimiento se descubre en los planetas, pero distribuido y graduado d: manera que los planetas más cercanos se muevan más lentamente y los más lejanos más velozmente, llegando a s dicho movimiento finalmente velocísimo en el cielo estrellado, entonces el movimiento diurno debería ser atribuido sin duda a los cielos y rechazado el movimiento de la tierra, puesto que sería manifiesto que el movimiento de oriente a occidente es propio del cosmos y de todos los cuerpos del universo y que ese movimiento (más rápido en la cumbre del cielo) disminuye gradualmente hasta cesar y extinguirse en lo que está inmóvil, es decir, en la

tierra[84].

Similarmente, sea la naturaleza investigada ese otro movimiento de rotación de que tanto hablan los astrónomos y que va en sentido opuesto al

diurno, es decir, de occidente a oriente[85]. Los antiguos astrónomos lo atribuían a los planetas y también al cielo estrellado, mientras Copérnico y sus seguidores lo atribuyen también a la tierra. Investíguese si en la naturaleza se encuentra algún movimiento semejante o bien se trata de una mera ficción y supuesto para abreviar y hacer más cómodos los cálculos así como para explicar con elegancia los movimientos celestes mediante círculos perfectos. Pues bien, que este movimiento sea verdadero y real en los cuerpos celestes no se ha demostrado ni con el hecho de que un planeta no retorna en su movimiento diurno al mismo punto del cielo estrellado ni con la diversa posición de los polos del zodíaco con respecto a los polos de la tierra, que son los dos fenómenos por los que hemos concebido este movimiento. En efecto: el primer fenómeno puede salvarse muy bien mediante la precesión y el alejamiento del planeta, el segundo mediante las líneas espirales, de manera que tanto la desigualdad en el retomo del planeta como la desviación hacia los trópicos pueden ser mis bien modificaciones del único movimiento diurno que movimientos recalcitrantes o en torno a polos diferentes. Y es evidentísimo, si actuamos un poco como la gente vulgar (dejando a un lado las ficciones de los astrónomos y de la Escuela cuya costumbre es violentar muchas veces sin razón a los sentidos y preferir lo que es más oscuro), que dicho movimiento se presenta al sentido tal como hemos dicho. En cierta ocasión hicimos representar una imagen del mismo mediante hilos de hierro, como en una máquina.

Una instancia crucial sobre esta cuestión podría ser la siguiente: si encontramos en alguna historia fidedigna que ha habido un cometa, superior o inferior, que no giraba en claro acuerdo (aunque irregularmente) con el movimiento diurno, sino más bien en la dirección opuesta del cielo, entonces sin duda deberemos reconocer que puede haber en la naturaleza un movimiento de esas características. Pero si no encontramos nada semejante habremos de tenerlo por sospechoso y recurrir para solucionar el problema a otras instancias cruciales.

Similarmente, sea la naturaleza investigada el peso o la gravedad. La encrucijada sobre esta naturaleza es la siguiente: es necesario que los cuerpos graves y pesados o tiendan por su naturaleza al centro de la tierra, por su propio esquematismo, o bien que sean atraídos y arrastrados por la misma masa corpórea de la tierra como agregado de cuerpos de la misma naturaleza y se dirijan hacia ella por simpatía. Tomando por verdadera la segunda posibilidad, se sigue que cuanto más cerca está el grave de la tierra con tanta mayor fuerza y con mayor ímpetu es llevado hacia ella, Cuando más lejos está de ella tanto más débil y lentamente, como ocurre en la atracción magnética. Y ello se produce en el interior de un espacio determinado, de forma que si los graves estuvieran alejados de la tierra a una distancia tal que la virtud de la tierra ya no pudiera actuar sobre ellos, permanecerían suspendidos, como la misma tierra, y no caerían en absoluto.

Sobre este problema, pues, la instancia crucial podría ser la siguiente: tómese un reloj de aquellos que se mueven por pesos de plomo y otro movido por compresión de una lámina de hierro, comprobando con cuidado que uno no sea más veloz o más lento que el otro. Después póngase el primer reloj en la cumbre de un templo altísimo dejando el otro a ras de tierra y compruébese atentamente si el reloj situado en lo alto se mueve más lentamente de lo que solía a causa de la menor virtud de los pesos. Hágase el mismo experimento en la profundidad de una mina, muy por debajo de la superficie de la tierra, para ver si el reloj va más deprisa de lo acostumbrado a causa de la mayor virtud de los pesos. Si se descubre que la virtud de los pesos disminuye con la altura y aumenta bajo tierra, se aceptará que la causa del peso es la atracción de la masa corpórea de la tierra.

Similarmente, sea la naturaleza investigada la tendencia hacia el polo de la aguja de hierro tocada por el imán. Sobre esta naturaleza la encrucijada será la siguiente: es necesario que el contacto del imán introduzca por sí mismo en el hierro la tendencia a volverse hacia el norte o hacia el sur o bien que se Emite a excitar y a preparar el hierro, pero que este movimiento sea introducido por la presencia de la tierra, como opina Gilbert y trata de demostrar con tanto esfuerzo, pues a esto tienden las observaciones que con habilidad tan notable ha reunido. Una es que un clavo de hierro, mantenido durante largo tiempo en la dirección del norte y del sur, adquiere la tendencia a volverse a los polos sin contacto con el imán, por la larga permanencia en esa posición, como si la tierra misma, que debido a la distancia actúa débilmente (pues la superficie o costra exterior de la tierra carece, en su

opinión, de virtud magnética)[86], supliera el contacto del imán mediante su larga permanencia y excitara el hierro, dirigiéndolo y orientándolo al polo una vez excitado. Otra observación suya es que el hierro en ignición y candente, si se deja enfriar en la dirección norte-sur, adquiere también la tendencia a orientarse hacia el polo sin contacto con el imán, como si las partes del hierro, pues tas en movimiento por la ignición y retomando después a su lugar, fueran (en el momento de enfriarse) más susceptibles y casi más sensibles a la virtud emanante de la tierra que en otra situación y en virtud de ello fueran como excitadas. Pero todo esto, aunque bien observado, no prueba completamente lo que él afirma.

La instancia crucial sobre esta cuestión podría ser la siguiente: tómese un

imán en forma de tierra[87] y señálense sus polos; colóquense los polos hacia oriente y occidente, no hacia el norte y el sur, y déjense en esa posición. Colóquese después encima una aguja de hierro jamás imantada y déjese así durante seis días o siete. La aguja, de esto no hay duda, mientras descanse sobre el imán abandonará los polos de la tierra y se orientará hacia los polos del imán; de esta manera, mientras permanezca en la misma posición, se orientará hacia el oriente y el occidente de la tierra. Pero si se observa que la aguja, apartada del imán y colocada sobre un pivote, se orienta inmediatamente hacia el norte y el sur o bien que lo efectúa poco a poco, entonces aceptaremos como causa la presencia de la tierra. Pero si o bien se orienta hacia oriente y occidente, como antes, o bien pierde la tendencia a volverse hacia los polos, se tendrá dicha causa como sospechosa y se seguirá investigando.

Similarmente, sea la naturaleza investigada la sustancia corpórea de la Luna, si es tenue y de una naturaleza de fuego o aire, como opinaron muchos filósofos antiguos, o bien sólida y densa, como sostienen Gilbert y muchos modernos junto con algunos antiguos. Las razones de esta segunda opinión se fundan sobre todo en el hecho de que la Luna refleja los rayos del sol y parece que la reflexión de la luz sólo puede ser producida por los cuerpos sólidos.

Así pues, instancias cruciales en esta cuestión podrían ser (si hay algunas) las que muestren que la reflexión de la luz puede ser producida por un cuerpo tenue como, por ejemplo, la llama, con tal de que posea el espesor suficiente. Sin duda una de las varias causas del crepúsculo es la reflexión de los rayos del sol por la región superior del aire. En ocasiones vemos también reflejados los rayos del sol en tardes serenas por los bordes de nubes cargadas de rocío, con un esplendor no menor, sino incluso más brillante y más glorioso que el producido por el cuerpo dé la Luna y, sin embargo, no consta que estas nubes se hayan reunido en un cuerpo denso de agua. También vemos que el aire oscuro fuera de las ventanas refleja de noche la luz de la candela en medida no menor que un cuerpo denso. Habría que intentar también el experimento de hacer pasar los rayos del sol por un agujero sobre una llama oscura y cerúlea. A luz abierta, ciertamente, los rayos del sol al caer sobre llamas más oscuras parecen casi amortiguarlas hasta el punto de semejar más a humo blanco que a llamas. Actualmente disponemos de este tipo de instancias cruciales sobre esta cuestión, pero quizá se pueda encontrar otras mejores. Sin embargo, se ha de tener siempre en cuenta que no cabe esperar reflexión por una llama excepto en el caso de que posea un cierto espesor, pues de lo contrario tiende a la transparencia. No obstante, se ha de tener por cieno que la luz, al incidir sobre un cuerpo plano, es siempre recibida y transmitida o

reflejada[88].

Similarmente, sea la naturaleza investigada el movimiento de los proyectiles (como dardos, flechas, balas) por el aire. Los escolásticos, según su costumbre habitual, resuelven el problema de forma muy descuida, dándose por satisfechos al distinguir verbalmente este movimiento del llamado movimiento natural. Por lo que se refiere al primer impulso o percusión se dan por contentos con recurrir al principio aquél de que «dos cuerpos no pueden estar en un mismo lugar por la impenetrabilidad de las dimensiones». Por lo que se refiere a proceso continuado de este movimiento no se preocupar en absoluto. Sin embargo, acerca de esta naturaleza la encrucijada es la siguiente: o este movimiento es producido por el aire congregado detrás del cuerpo lanzado y lo impulsa hacia delante, como hace el río con la barca o el viento con la paja, o bien es producido por las partícula; del mismo cuerpo, las cuales no toleran el impulso y se lanzan hacia delante para liberarse de él. La primera explicación es la de Fracastoro y casi todos aquellos que investigaron este movimiento con un poco más de sutileza No hay duda de que el aire tiene efectivamente una parte en este movimiento, pero lo cierto es que la verdadera es la segunda explicación, como consta por infinitos experimentos. Entre otras podría ser instancia crucial en esta cuestión la siguiente: una lámina o un hilo de hierro bastante resistente o también una pluma dividida por la mitad, curvada y apretada entre el pulgar y el índice, saltan. Es evidente que tal cosa no puede imputarse al aire agolpado detrás del cuerpo, puesto que la fuente del movimiento está no en la extremidad, sino en el centro de la lámina o de la pluma.

Similarmente, sea la naturaleza investigada el movimiento rápido y poderoso de expansión por el aire de la pólvora al inflamarse, por el cual se derrumban moles tan grandes y se desplazan tan grandes pesos, como vemos en las minas y en los morteros. La encrucijada sobre esta naturaleza es la siguiente: este movimiento es producido o bien por el mero apetito a expandirse del cuerpo una vez se ha inflamado o bien por el apetito mixto del espíritu crudo, que huye rápidamente del fuego por el que está rodeado y salta violentamente como una cárcel. Los escolásticos y la opinión vulgar conocen solamente el primer apetito, pues los hombres creen filosofar correctamente cuando afirman que la llama (por su misma forma elemental) se da por alguna necesidad un lugar más amplio que el que ocupaba el mismo cuerpo cuando tenía la forma de polvo y que de ahí proviene el movimiento en cuestión. Entretanto apenas advierten que, aunque esto es cierto puesto que la llama se genera, sin embargo, podría impedirse la generación de la llama por una mole lo suficientemente grande para comprimirla y sofocarla, con lo que no existiría la necesidad de que hablan. En efecto, afirman correctamente que es necesario que se produzca la expansión y que de ella siga el lanzamiento o apartamiento del cuerpo que obstaculiza, si se genera la llama. Pero esta necesidad se evita completamente si esa mole sólida suprime la llama antes de que se genere. Y vemos que la llama, sobre todo en el instante de su generación, es blanda y suave y requiere una cavidad en donde pueda jugar y reforzarse. Por tanto, no es posible atribuir a la llama en cuanto tal semejante violencia. Lo cierto es lo siguiente: la generación de estas llamas ventosas y de este tipo de vientos ígneos se produce por el choque de dos cuerpos y de su naturaleza totalmente contraria entre sí, absolutamente inflamable en un caso (naturaleza dominante en el azufre) y aborrecedora de la llama en el otro (como es el espíritu crudo presente en el nitro), lo cual produce un choque singular, inflamándose el azufre en la medida de lo posible (pues el tercer cuerpo —el carbón de sauce concretamente— no hace apenas otra cosa que amalgamar y unir cómodamente esos dos cuerpos y estallando el espíritu de nitro en la medida de lo posible y al mismo tiempo dilatándose (como hacen el aire, el agua y todas las sustancias crudas cuando se dilatan por el calor) y por esta fuga, unida a esa erupción, se alimenta al mismo tiempo por todas partes, como si de fuelles ocultos se tratara, la llama de azufre.

Las instancias cruciales sobre esta cuestión podrían ser de dos géneros: el primero sería el de aquellos cuerpos especialmente inflamables (como el alcanfor, la nafta, el azufre y similares, con sus mezclas) los cuales, si no sor. obstaculizados, producen la llama con más rapidez y facilidad que la pólvora, lo cual muestra que el apetito de inflamarse no produce por sí sólo ese efecto tan admirable. El segundo sería el de los cuerpos que evitan y aborrecen la llama como, por ejemplo, todas las sales, pues vemos que arrojadas al fuego, emanan el espíritu acuoso con gran ruido antes de inflamarse; lo mismo, pero más suavemente, ocurre en las hojas un poco secas, cuya parte acuosa sale fuera antes de que se inflame la parte oleosa. Pero eso puede observarse especialmente en el mercurio, que no sin razón es llamado agua mineral. En efecto, el mercurio (sin inflamación, por medio de una simple erupción y expansión) llega casi a igualar la fuerza de la pólvora. Mezclado con ella se dice incluso que multiplica sus fuerzas.

Similarmente, sea la naturaleza investigada la naturaleza transitoria de la llama y su extinción momentánea. La naturaleza de la llama de nuestro fuego no parece estar jamás fija e inmóvil, sino casi generarse en los sucesivos momentos y luego extinguirse inmediatamente, pues es manifiesto en las llamas que aquí continúan y duran que esta duración no es la continuación ininterrumpida de una misma llama, sino la sucesión de llamas nuevas que se generan sucesivamente sin que la llama permanezca idéntica numéricamente. Lo vemos fácilmente por el hecho de que si sustraemos el alimento a la llama ésta perece inmediatamente. La encrucijada acerca de esta naturaleza es la siguiente: esta naturaleza momentánea o bien deriva de que cesa la causa que la engendró, como ocurre en la luz, en los sonidos y en los movimientos llamados violentos, o bien que la llama por su propia naturaleza puede persistir, pero es destruida por naturalezas contrarias que la rodean y ejercen su violencia sobre ella.

Así, pues, la instancia crucial sobre esta cuestión podría ser la siguiente: vemos que en los grandes incendios las llamas suben muy alto, pues cuanto más amplia es la base de la llama tanto más alto es su vértice. Por tanto, parece que el principio de la extinción opera en los lados. donde el aire comprime a la llama y la mitiga. Pero las llamas interiores, que no están en contacto con el aire sino circundadas por todas partes por otras llamas, permanecen idénticas y no se apagan hasta que poco a poco son estrechadas por el aire que se extiende alrededor. Así, pues, toda llama tiene la forma de una pirámide más amplia en la base (en tomo a su alimento) y más estrecha en el vértice, por la disminución de su alimento y la presencia del aire hostil. Por el contrario el humo, estrecho en la base, se dilata al ascender y produce como una pirámide invertida; la razón es que el aire recibe el humo y comprime la llama. Que nadie se imagine, pues, que la una encendida es aire, puesto que

son dos cuerpos completamente heterogéneos[89].

La instancia crucial apropiada a esta cuestión podría ser más precisa si el asunto pudiera ser hecho más evidente por llamas bicolores. Tómese, pues, un pequeño recipiente de metal y póngase dentro una candela pequeña de cera encendida; póngase el recipiente en una vasija y viértase espíritu de vino en una cantidad pequeña sin llegar al borde del recipiente. A continuación se encenderá el espíritu del vino. El espíritu del vino mostrará una llama más bien azulada, la candela más bien amarilla. Se tomará nota, por tanto, si la llama de la candela (fácil de distinguir por su color de la llama del espíritu del vino, pues las llamas, a diferencia de los líquidos, no se mezclan inmediatamente) permanece piramidal o por el contrario tiende mis bien a tomar una forma esférica al no encontrar nada que la destruya o comprima. Pero si sucede lo ultimo puede darse por seguro que la llama permanece idéntica tanto tiempo como está encerrada dentro de la otra llama y no experimenta la fuerza hostil del aire.

Baste con lo dicho sobre las instancias cruciales. Nos hemos extendido bastante en su tratamiento con el fin de que los hombres aprendan poco a poco y se acostumbren a juzgar sobre la naturaleza por medio de instancias cruciales y experimentos portadores de luz y no por medio de razones probables.