La Invasion
Capítulo 1
Me llamo Jake. Es mi nombre de pila, naturalmente. No puedo deciros mi apellido. Sería demasiado arriesgado. Los controladores están por todas partes. Por todas partes. Y, si supieran mi nombre completo, podrían encontrarnos a mí y a mis amigos, y entonces… bueno, digamos simplemente que no quiero que me encuentren. Lo que hacen con la gente que se opone a ellos es demasiado horrible para pararse a pensarlo.
Ni siquiera os voy a decir dónde vivo. Tenéis que confiar en mi palabra cuando os aseguro que se trata de un lugar real, de una ciudad real que incluso podría ser la vuestra.
Si escribo todo esto es para que otras personas conozcan la verdad.
Quizás así, la raza humana logre encontrar un modo de sobrevivir hasta que los andalitas vuelvan para rescatarnos, tal como prometieron que harían.
Quién sabe.
Antes mi vida era de lo más normal. Al menos lo fue hasta aquel viernes por la noche en el centro comercial.
Estaba allí con Marco, mi mejor amigo. Como de costumbre, habíamos ido a jugar con los videojuegos y a dar una vuelta por aquella tienda tan buena donde venden libros de cómics y cosas así. Lo de siempre.
Marco y yo nos habíamos quedado sin monedas justo cuando él me sacaba un montón de puntos de ventaja. Podría decirse que los dos somos igual de hábiles jugando. Yo tengo una Sega en casa así que me paso horas practicando con ella. Pero Marco tiene una habilidad especial para analizar los juegos y descubrir hasta el más mínimo truco. Por eso me gana a veces.
Aunque quizá la razón fuera que no conseguía concentrarme. En la escuela no había tenido lo que se dice un buen día. Me había presentado a una prueba para entrar en el equipo de baloncesto pero al final no había salido escogido.
No es que fuera nada del otro mundo, sólo que Tom, mi hermano mayor, era una especie de leyenda cuando jugaba en la escuela. Ahora, sin ir más lejos, es el máximo encestador en el equipo del instituto. Por eso, todo el mundo daba por sentado que a mí también se me daría bien. Pero no era así.
Nada especial, como ya os digo, pero, a pesar de todo, no podía quitármelo de la cabeza.
En los últimos tiempos, Tom y yo ya no pasábamos tanto tiempo juntos como antes. Así que pensé, bueno, ya sabéis, pensé que si yo ocupaba su plaza en su antiguo equipo…
Da igual, bueno, a lo que iba… Pues eso, que nos habíamos quedado sin dinero y ya estábamos a punto de marcharnos cuando nos topamos con Tobías. Siempre he creído que Tobías era… es decir, sigue siendo, un chico bastante raro. Era nuevo en el colegio, pero no destacaba precisamente por ser un tipo duro, de modo que los demás no paraban de meterse con él.
De hecho, cuando conocí a Tobías, tenía la cabeza metida en un retrete.
Dos individuos grandotes lo sujetaban riéndose a carcajadas mientras tiraban de la cadena para ver cómo su cabello rubio y desordenado hacía torbellinos dentro de la taza. Les dije a aquel par de gamberros que se largaran y, a partir de ese momento, Tobías me consideró amigo suyo.
—¿Qué hay de nuevo? —preguntó Tobías.
Yo me encogí de hombros.
—No mucho. Nos íbamos ya para casa.
—No nos queda ni un centavo —añadió Marco—. Hay gente que todavía no ha aprendido que el troll Malvado aparece justo después de cruzar el fiordo Nether, así que continúa perdiendo partidas y dinero.—.
Marco me señaló varias veces con el pulgar, por si a Tobías le quedaba alguna duda sobre a quién se refería al decir «gente».
—Quizá sea mejor que yo también me vaya con vosotros, chicos —dijo Tobías.
Yo respondí que bueno, que por qué no.
Nos dirigíamos ya hacia la salida cuando vi a Rachel y a Cassie. Rachel es bastante guapa, supongo. Bueno, vale, es muy guapa, aunque, como es mi prima, a mí no me lo parece tanto. Tiene el pelo rubio, los ojos azules y una mirada limpia y clara. Es una de esas personas que sabe qué ropa ponerse en todo momento. Siempre parece recién salida de una de esas revistas que tanto gustan a las chicas. Además es esbelta y elegante porque hace gimnasia, aunque ella se queja de que es demasiado alta para llegar a ser realmente buena.
Cassie es todo lo contrario. Por ejemplo, siempre va vestida con tejanos y camisas de cuadros o alguna otra prenda informal. Es negra y casi siempre lleva el pelo muy corto. Hubo una época en la que se lo dejó largo, pero luego volvió a su estilo habitual, que es como a mí más me gusta.
Cassie es más callada que Rachel, más tranquila, como si contemplara el mundo desde un punto de vista diferente, más místico.
Podría decirse que me gusta Cassie. A veces nos sentamos juntos en el autobús, aunque nunca sé que decirle.
—¿Vais para casa, chicas? —le pregunté a Rachel—. Sería mejor que no atravesarais solas el descampado. Dos chicas andando solas por ahí…
Había cometido un terrible error. Jamás debí haberle insinuado a Rachel que la creía débil o indefensa. Quizá parezca un figurín de una agencia de modelos pero lo cierto es que ella se tiene por uno de los Másters del Universo.
—¿Y qué piensas hacer, Superman? ¿Venir con nosotras para protegernos? —replicó—. Crees que corremos peligro sólo porque…
—Yo preferiría que nos acompañaran —la interrumpió Cassie—. Ya sé que tú no le tienes miedo a nada, Rachel, pero yo sí.
No había nada más que decir al respecto. Así es Cassie: siempre sabe encontrar las palabras adecuadas para rebatir cualquier argumento sin que nadie se sienta herido.
De modo que allí estábamos el grupo al completo: Marco, Tobías, Rachel, Cassie y yo, cinco ratas de centro comercial que regresaban a casa.
A veces todavía recuerdo aquel momento único, ese último instante en el que aún éramos chicos normales. Y tengo la sensación de que han transcurrido un montón de años, como si en realidad estuviera hablando de otra gente. ¿Queréis saber cuál era mi mayor preocupación? Tener que explicarle a Tom que no había conseguido entrar en el equipo. Ése era todo el miedo que me inspiraba la vida por aquel entonces.
Cinco minutos después todo cambió y tuve motivos de sobra para preocuparme.
Para llegar a casa, podíamos optar entre recorrer un camino largo y tortuoso, que era también el más seguro, o tomar un atajo a través de aquel descampado al que ya me he referido antes, con la esperanza de no tropezarnos con ningún asesino psicópata empuñando un hacha. Mamá y papá han jurado dejarme castigado hasta que cumpla los veinte si alguna vez se enteran de que paso por allí.
Pues bien, cruzamos la carretera y entramos en el solar abandonado. Se trataba de una superficie bastante amplia, rodeada de árboles por dos de sus lados y separada del centro comercial por la autopista. Entre el solar y las casas más cercanas se extiende un gran descampado. Como ya podréis suponer se trata de un lugar muy solitario.
Parece ser que, en un principio, iban a levantar allí el nuevo centro comercial. Pero luego todo quedó en un montón de edificios a medio construir que daban al lugar el aspecto de una ciudad fantasma.
Había enormes pilas de vigas oxidadas: pirámides formadas por tubos gigantes de cemento; montículos de escombros; pozos profundos que se habían ido llenando de un agua cenagosa y oscura; y una grúa inestable a la que me subí una vez mientras Marco se quedaba abajo y se burlaba de mí.
Era un lugar completamente desierto, repleto de sombras y sonidos que te ponían los pelos de punta. Cuando Marco y yo íbamos allí durante el día, siempre lo encontrábamos cubierto de latas de cerveza y botellas de licor. A veces, descubríamos restos de fogatas en las grietas y rincones ocultos de los edificios. Por eso sabíamos que había gente que iba allí a pasar la noche.
Todos esos pensamientos acudían a mi mente a medida que nos adentrábamos en el solar con cautela.
El primero en verlo fue Tobías. Mientras caminaba no había dejado de mirar al cielo. Supongo que se dedicaba a contemplar las estrellas o algo por el estilo. Ésa es una de las aficiones preferidas de Tobías: perderse en su propio mundo.
De repente, se detuvo y señaló algo con el dedo, algo que debía encontrarse justo encima de nuestras cabezas.
—¡Mira! —dijo.
—¿Qué pasa? —No quería que nada me distrajera porque estaba casi seguro de haber oído a nuestras espaldas los pasos de un asesino empuñando una sierra mecánica.
—Mira allí —repitió Tobías. Su voz sonaba extraña: sorprendida y al mismo tiempo solemne.
Así que le obedecí y allí estaba: una luz azulada y brillante surcando el cielo, primero muy deprisa, demasiado para tratarse sólo de un avión, y luego cada vez más despacio.
—¿Qué es eso?
Tobías negó con la cabeza.
—No lo sé.
Miré a Tobías y él me miró a mí. Ambos pensábamos lo mismo, pero ninguno de los dos se atrevía a decirlo. Pensábamos que Marco y Rachel se reirían.
Sin embargo, Cassie no dudó en expresarlo con toda claridad:
—¡Es un platillo volante!
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