La Invasion
Capítulo 21
—Se puede saber dónde te has metido? —me preguntó mamá cuando nos sentamos a cenar. Mi familia es muy tradicional en lo que al tema de la cena se refiere: hay que sentarse a la mesa. Nada de televisión. Mi madre es escritora y odia la tele, a no ser, claro está, que pongan uno de sus programas favoritos.
—Qué dónde he estado? —repetí la pregunta—. Hum… pues, por ahí.
Lo de siempre. He ido a dar una vuelta con Marco.
—No sé por qué te molestas en preguntar —comentó papá—. Siempre contesta lo mismo. He ido a dar una vuelta por ahí.
—Y tú, papá, ¿qué has hecho hoy en la oficina? —le pregunté yo a mi vez.
—Dar una vuelta —respondió él. Me guiñó el ojo y todos nos echamos a reír.
Miré a Tom. Se reía mientras devoraba su ración de pollo a la cazadora igual que los demás. Parecía el mismo de siempre.
—Vas a hacer algo esta noche, Tom? —inquirí.
—Por qué?
Intenté aparentar indiferencia.
—Es que estaba pensando que podríamos ensayar unos cuantos lanzamientos a la canasta —contesté—. Que a lo mejor podrías enseñarme algunos pases nuevos para intentar entrar en el equipo.
—Lo siento, chico —repuso él—. Esta noche tengo cosas que hacer.
—Sí? ¿Qué cosas? —pregunté.
—Dar vueltas por ahí, seguro —se burló mamá—. Cómete el brócoli, Jake. Es muy bueno para el cuerpo. Contiene un montón de minerales y vitaminas que no se encuentran en ningún otro alimento.
—Vale —contesté yo—. Ya sabes que me encantan los minerales.
Me metí en la boca el pedazo más pequeño de brócoli que logré encontrar e intenté tragármelo.
Después de todo, no era peor que comerse una araña viva.
—Esto… Tom, ¿qué has dicho que ibas a hacer? —insistí.
Él me dirigió una mirada furiosa.
—Es que ahora tengo que informarte de todos mis movimientos? Tengo cosas que hacer. ¿Te parece bien, enano?
—Una chica —comentó papá—. Sé lo que es eso. Soy médico.
Me hubiera gustado poder decirles: «no, papá, no se trata de ninguna chica, sino de un estanque yeerk. ¿Sabes lo que es un estanque yeerk, mamá? Es una larga historia.»
Decidí intentarlo una vez más. Creo que una parte de mí aún se negaba a admitir lo que Tom era.
—Lo que te pasa es que tienes miedo de competir conmigo porque podría darte una paliza.
—Sí, señor. Has acertado. ¿Contento ahora?
Nuestros ojos se encontraron. ¿Había alguna señal en su mirada que lo delatase? ¿Algún rastro de la criatura egoísta y cruel que lo dominaba? No.
Ojalá lo hubiera habido.
No existe forma alguna de saber quién es un controlador y quién no. No hay modo alguno. Por eso es tan difícil detenerles: porque cualquier persona, en cualquier lugar del mundo, podría ser uno de ellos.
No importa lo mucho que creáis conocer a alguien y lo mucho que lo admiréis. Puede ser alguien a quien desearíais pareceros. Alguien a quien amáis.
Aparté la vista de Tom y me puse a observar la comida que había en el plato.
Unos minutos más tarde, Tom se levantó con intención de marcharse.
Yo sabía adónde se dirigía. Una vez se hubo marchado, subí al piso de
arriba para llamar por teléfono. Desde allí, mis padres no podrían oír lo que decía. Telefoneé a Marco.
—Va va de camino —le dije.
Luego llamé a Tobías y a Rachel. También intenté ponerme en contacto con Cassie, pero sólo puede hablar con su madre.
—No está —me explicó. Parecía preocupada—. No ha venido a cenar.
Salió a dar de comer a algunos animales y no ha vuelto aún.
Se me hizo un nudo en el estómago.
—Seguro que está montando uno de los caballos —sugerí yo, en un intento por tranquilizarla a ella y tranquilizarme a mí mismo—. Ya sabe cómo es Cassie.
—Todos los caballos están en los establos —me respondió.
Respiré hondo un par de veces. Algo marchaba mal. ¿Qué le había ocurrido a Cassie?
—Voy a salir a buscarla —dije—. No se preocupe. Apostaría lo que fuera a que ha visto un animal herido o algo así y ha ido a rescatarlo. Ya conoce a Cassie.
—Sí. Seguro que no le pasa nada.
Seguro. La verdad es que ella estaba tan segura como pudiera estarlo yo. Pero ¿qué podía hacer? El plan consistía en atacar el estanque yeerk y rescatar a Tom. Tal vez Cassie ya había llegado a la escuela y estaba allí, esperándonos.
Tal vez.
Mientras pedaleaba en dirección a la escuela, tuve un mal presentimiento. Como haríamos acordado, escondí la bicicleta al otro lado de la calle. Luego me reuní con Marco y Rachel.
—Falta Cassie —les informé—. ¿Y dónde está Tobías?
Rachel señaló el cielo.
El sol se estaba ocultando con gran rapidez, pero aún podía ver a Tobías volando en círculos por encima de nuestras cabezas.
—Qué es lo que le pasa? —exploté—. ¡El tiempo límite son dos horas y no sabemos cuánto nos va a llevar esto!
—Quizá deberíamos aplazarlo hasta descubrir lo que le ha sucedido a Cassie —propuso Rachel.
—A lo mejor sólo está asustada —aventuró Marco—. Yo también lo estoy.
—Puede —asentí, aunque tenía mis dudas. Pero dicen que, antes de una batalla, nunca se puede saber de antemano quién de los participantes va a comportarse como un valiente y quién como un cobarde.
Yo sólo esperaba no estar entre los segundos. La verdad es que tenía la boca seca y que el corazón me iba a cien por hora. Y todavía no habíamos empezado.
Tobías bajó en picado y se posó sobre el hombro de Rachel. Aquello me sorprendió. ¿Por qué lo habría hecho? Aunque a Rachel no parecía molestarle en absoluto, más bien al contrario porque luego ella restregó la cabeza contra el cuerpo del ave durante unos instantes.
<¿Vamos a hacerlo o no?>, preguntó Tobías.
No podíamos empezar peor. La presión que sentía en la boca del estómago se intensificó. Cassie había desaparecido y Tobías continuaba sin recuperar su aspecto habitual.
Todos me miraban, esperando que tomara una decisión.
—Sí, vamos a hacerlo —respondí.
Por la noche, la escuela estaba cerrada con llave. Pero Marco ya se había ocupado de aquel pequeño problema: sabía que había una ventana en el laboratorio de ciencias que no cerraba bien.
A través de ella nos colamos en el laboratorio, que habría estado sumido en la más absoluta oscuridad de no ser por los mortecinos ratos de sol que se reflejaban en los vasos de precipitados y los tubos de ensayo. Tobías cruzó la habitación planeando y se posó con destreza sobre la mesa del profesor.
—Dejadme echar un vistazo —dije.
Abrí la puerta tan despacio como pude y asomé la cabeza a través de la rendija. En la penumbra, divisé el pasillo que conducía al armario del conserje. Metí la cabeza de inmediato.
—Hay gente ahí fuera! —exclamé—. Tres personas estaban entrando en el armario.
—Controladores —dedujo Rachel—. Creo que los yeerks van a cenar.
Ninguno de nosotros lo encontró diverido.
—Cómo vamos a meternos ahí? —quiso saber Marco.
—Esperad un momento —dijo Rachel—. ¿Los controladores se conocen todos de vista? Lo que quiero decir es que, si no es así, podríamos hacernos pasar por controladores, ¿entendéis?
—Insinúas que entremos ahí haciendo ver que somos de la familia? —
preguntó Marco—. Un plan fantástico, Rachel. Se me ocurre una idea mejor: ¿por qué no nos suicidamos aquí mismo y así acabamos antes?
—Quizá Rachel tenga razón —observé yo.
—Eso es mucho decir —señaló Marco—. Aquí no hay «quizá» que valga. Además, ¿qué me decís de Tom? Él sí sabe que tú no eres un controlador.
Abrí la puerta de nuevo y miré afuera.
—Creo que Tom ya está abajo —comenté—. Además, el pasillo está vacío ahora. Yo diría que todos… —Enmudecí—. Esperad, viene alguien más.
Forcé la vista. No resultaba nada fácil reconocer las caras en aquella oscuridad. Pude distinguir dos figuras. Una de ellas llevaba uniforme.
Era el policía que además era un controlador. Tiraba con fuerza de alguien. Vi que se trataba de una niña.
No quise seguir mirando.
—Tobías —le dije—. Necesito tu vista de ratonero.
Tobías batió las alas y se posó en mi hombro. Asomó la cabeza, miró al fondo del corredor y luego la retiró.
<Sí —dijo—. Es ella.>
Sentí que la tierra se abría bajo mis pies.
Marco me sujetó porque adivinó que estaba a punto de desmayarme.
—La han atrapado! —susurré—. ¡Los controladores tienen a Cassie!
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