La Invasion
Capítulo 19
Salimos del centro comercial y subimos a un autobús que iba a Los jardines, justo al otro lado de la ciudad. Durante el trayecto me puse a hacer los deberes atrasados. Aquel día me había perdido un montón de clases y tuve que pedirles los apuntes a mis amigos. Los de Rachel eran perfectos.
Tobías tomaba unos apuntes horribles, con los márgenes llenos de garabatos. Me costó un poco adivinar qué representaban: eran edificios, personas y coches vistos desde el aire.
—Yo no necesito entrar —dijo Tobías, mientras hacíamos un fondo común para comprar las entradas con el escaso dinero de que disponíamos
—. Ya tengo bastante con poder ser ratonero. No quiero ser nada más.
—Te equivocas —objetó Rachel—. Nuestra única arma es el poder de transformarnos. Cuantas más metamorfosis seamos capaces de realizar, mejor.
—¿Qué animales podrían hacer frente a Visser Tres cuando se convierta en aquel monstruo que devoró al andalita? —pregunté yo. No había nada ni en aquel zoo ni en ningún otro que pudiera darle una paliza a aquel monstruo gigantesco.
Marco guiñó uno ojo.
—¿Pulgas? Nadie puede matar a las pulgas. Nos lo cargaremos a picotazos.
No me quedó más remedio que sonreír.
—¿Te has convertido de pronto en Míster Esperanza? —dije.
—No. Lo que pasa es que estoy tan asustado que no sé ni lo que me digo —se justificó—. Yo nunca me he transformado. Todavía no soy un animorph hecho y derecho. Sigo siendo normal.
—Yo me veo normal —se defendió Cassie. Parecía preocupada.
—Cassie, tú puedes transformarte en un caballo —replicó Marco—.
Hay muy pocas chicas que hagan eso. Lo de Jake y el lagarto es diferente: él siempre ha sido un reptil.
Le di a Marco un puñetazo de broma, pero él lo esquivó. Era estupendo tenerlo de nuestro lado, aunque no hiciera más que incordiar.
Tardamos una media hora en llegar a la puerta principal de Los Jardines.
Cuando bajé del autobús estaba nervioso. Era una sensación muy diferente a la que hasta entonces había experimentado al ir allí. Quiero decir que, en circunstancias normales, Los Jardines es mi lugar favorito. Pero, claro está, no suelo ir allí para intimar con animales peligrosos.
Lo mejor de Los jardines son las atracciones. Tienen los aparatos más populares: montañas rusas, mis preferidas, norias, toboganes acuáticos…
Aunque también hay una zona dedicada a los animales que es parecida a un zoo, sólo que mucho mejor. Hacen exhibiciones de delfines, luego hay una sección en la que puedes acercarte a algunos de los animales más inofensivos y está además, el área destinada a los monos, que es prácticamente una ciudad en miniatura. Si yo fuera animal y tuviera que estar en un zoo, me gustaría que me enviasen allí.
Cassie nos condujo al edificio principal, donde se exhiben todo tipo de animales, excepto los de mayor tamaño, que son los que necesitan más espacio. La mayoría de ellos habitan lejos de allí, en extensiones de terreno cubiertas de hierba imitando a los parques, aunque con muros y fosos, y rodeados de vallas.
Se supone que el edificio más importante recuerda a una selva tropical… eso dicen. Ahí tienen a los animales que necesitan siempre una temperatura ambiente elevada. Hay un sendero que serpentea entre árboles tropicales de gran altura y arbustos diseminados y que lleva a las diferentes secciones.
Algunas de estas secciones son minúsculas, mientras que otra son realmente grandes, como la destinada a las nutrias, que incluso tiene una cascada y un tobogán acuático para que jueguen.
Estábamos cerca del hábitat de las nutrias, cuando Cassie se detuvo.
—Vale, ahora permaneced todos juntos y procurar no hacer nada que llame la atención —nos recomendó—. Voy a intentar que entréis.
—¿Qué entremos dónde? —inquirió Marco.
—Bueno, veréis, hay una especie de entradas por detrás de las secciones. Así alimentan a los animales y les dan medicinas o lo que haga falta. —Señaló una puerta apenas visible—. Bueno, el caso es que podemos intentar entrar por ahí.
Fue un cambio brusco. Un minuto antes estábamos en aquella imitación de selva tropical y al minuto siguiente nos encontrábamos en un sitio que recordaba más a uno de los pasillos de la escuela, sólo que bastante más maloliente. Flotaba en él un tufo , mezcla de moho y humedad, no muy distinto al que se produce en un vestuario de chicos.
—Bueno, escuchad: si alguno de los empleados os pregunta, le decís que hemos venido a ver a mamá —dijo Cassie—. Claro que es tan tarde que ya no estará. O, al menos, eso espero, porque si se entera de que he estado dando vueltas por aquí atrás con cuatro de mis amigos… Bueno, si me dejan castigada, ya no podré salvar al mundo de los invasores extraterrestres. Con un poco de suerte, casi todos lo empleados se habrán ido ya a casa.
Echamos a andar muy despacio pasillo adelante, sintiéndonos como intrusos, que era justamente lo que éramos. A cada lado del pasillo principal se extendían unos senderos laterales que conducían a las distintas secciones.
Por desgracia, sólo había números en las puertas de entrada a cada una de ellas. Dependíamos de la memoria de Cassie para orientarnos allí dentro.
Detrás de algunas de aquellas puertas había animales con los que uno preferiría no toparse.
—Bueno, muchachos, ¿qué me decís de unos cuantos gorilas? —
propuso Cassie.—. Se había detenido ante una de las puertas numeradas—.
Ésta es la jaula de Big Jim. Acaban de traerlo de otro zoo, así que, de momento, éste es su coto privado. Es muy manso.
Poco a poco caí en la cuenta de lo que Cassie estaba diciendo.
—Eh, ¿estás preguntando si alguno de nosotros quiere adquirir su ADN?
—Para eso hemos venido, Jake —observó Rachel. Se volvió hacia Marco y parpadeó unas cuantas veces—. ¿Qué dices tú, Marco? ¿No has deseado ser siempre un tipo grandote y peludo?
A marco no parecía hacerle demasiada gracia la idea. Pero yo sabía cómo manejarlo.
—Es su primera metamorfosis, quizá sea mejor que empiece por algo más sencillo —comenté—. No sé, uno de esos koala tan mimosos o algo así.
Fue suficiente.
—¿Un koala? —exclamó Marco, dirigiéndome una mirada asesina—.
Abre la puerta, Cassie. —Titubeó un momento—. Has dicho que era manso,
¿verdad?
—Los gorilas son muy mansos —contestó Cassie. Luego, en voz algo más baja, añadió—. A menos que alguien los haga enfadar.
Cassie abrió su mochila, sacó una manzana y se la dio a Marco.
—Toma. Tú sólo abre la puerta. De la forma en que está diseñada la jaula, ningún visitante podrá verte, a no ser que entres en ella. Además, hay otra puerta de seguridad, de modo que ni el gorila puede saltar fuera ni tú puedes entrar del todo. Vamos a abrir la puerta y esperemos que Big Jim tenga hambre.
Detrás de aquella primera puerta había otra con barrotes y una sección transversal a través de la cuál los cuidadores introducían la comida. Un grupo de rocas falsa ocultaba la entrada, que no resultaba visible para la gente que miraba hacia el interior de la jaula desde fuera. En cambio Big Jim nos descubrió de inmediato. Se tiró de la roca en la que estaba subido y cayó pesadamente sobre el suelo. Luego estuvo un buen rato observándonos desde el otro lado de los barrotes.
Big jim era decididamente grande. Tenía unos dedos pulgares casi del tamaño de mi muñeca. A Jim no parecía molestarle nuestra presencia. Lo único que le llamó la atención fue la manzana de Marco. Recorrió a éste con la vista de arriba abajo, gruñó casi con desprecio y luego tendió la mano.
—Dale la manzana —le ordenó Cassie—. Quiere la manzana.
—Me encantó tu trabajo en Big Jim —le dijo Marco al simio. Metió la mano entre los barrotes y le alargó la manzana. Con una sorprendente delicadeza, el gorila tomó la manzana y empezó a examinarla con todo detenimiento.
—Agárralo de la mano —sugerí yo.
—Sí. Ahora mismo —rió Marco.
—Mientras estás adquiriendo su ADN, el animal entra en una especie de trance —le expliqué—. Adelante. Sujétale la mano con fuerza y concéntrate.
Marco le tocó la muñeca al gorila con mucho cuidado.
—Mono bonito.
El gorila no le hizo el menor caso. A Big Jim le interesaba mucho más la manzana que cualquiera de nosotros.
—Concéntrate —le apremió Rachel.
Marco cerró los ojos y el simio cerró los suyos.
—No es increíble? —comentó Tobías—. ¿Te das cuenta de que ese gorila podría hacer añicos a Marco si quisiera? ¡Fíjate en esos brazos!
Marco abrió un ojo.
—Tobías, el miedo entorpece el proceso de concentración. Así que, ¿por qué no cierras el pico y te olvidas de sus brazos?
De repente, oí un zumbido. Miré a ambos lados del pasillo. Un carrito eléctrico, parecido a os que se utilizan en los campos de golf, venía hacia nosotros.
—Comportaos con naturalidad —siseó Cassie. Marco sacó la mano de la jaula y ella cerró la puerta en las narices de Big Jim—. A no ser que sea uno de los guardas de seguridad, no creo que tengamos problemas.
El carrito llegó a donde estábamos. Lo conducía un hombre vestido con una bata de color canela llena de manchas que le cubría los tejanos. En la parte trasera del carrito había dos cubos de plástico blanco llenos de una sustancia de color marrón que desprendía un olor nauseabundo.
—Ah, tú eres Cassie, ¿verdad? ¿La hija de la doctora? ¿Cómo te va?
—Bien —respondió Cassie. Levantó la mano y saludó al hombre sin inmutarse. Luego, él siguió su camino.
—Esta vez ha sido fácil —dijo Cassie—. Ni siquiera le ha extrañado que estuviéramos aquí detrás.
—Bueno, ¿adónde vamos ahora?
Estábamos en una encrucijada de la que partían cuatro caminos. Todos ellos daban a otros tantos pasillos desiertos pintados de blanco. También había no de aquellos carritos de golf eléctricos aparcado allí cerca.
—Qué es lo que nos queda más cerca? —pregunté.
Cassie reflexionó durante unos momentos.
—Bueno, ese sendero de ahí conduce a los hábitats exteriores. Aquél va a las oficinas y a las instalaciones destinadas al almacenaje. Y esos dos rodean el edificio principal, donde están la mayor parte de los ejemplares del zoo. Estamos cerca de déjame ver… los murciélagos y las serpientes están por allí. Y , si vamos por ahí, daremos a la jaula del jaguar y a la piscina de los delfines.
Rachel echó a andar por el sendero de la derecha.
—Delfines. Me encantan los delfines.
—Espera, Rachel! —exclamó Cassie, trotando detrás de ella—. ¿Para qué vamos a convertirnos en delfines?
—Opino que deberíamos ir a visitar las secciones exteriores —propuso Marco—. Esto es serio. Necesitamos ampliar el arsenal. Vamos.
—Será mejor que no nos separemos —dije al ver que Marco echaba a andar pasillo abajo. Estiré el brazo lo suficiente para agarrarlo antes de que se alejara demasiado.
Fue entonces cuando oímos gritar a alguien.
—Eh! ¡Eh, vosotros! Sí, vosotros, ¿qué estáis haciendo aquí?
Vi a un tipo con un uniforme marrón.
—Es uno de los de seguridad! —chilló Cassie—. Lo que faltaba. Nos llevarán a la oficina. Llamarán a mamá. No me lo quiero ni imaginar.
—Separaos —ordené, muy en mi papel de líder—. Como hicimos en el solar: ¡uno solo no puede atraparnos a todos!
—Ese hombre se parece a mi abuelo —replicó Rachel—. No es como el hork-bajir que nos perseguía.
—Chicos, quietos ahí!
—Ay, Dios! —exclamó Cassie y, acto seguido, echó a correr por uno de los pasillos. Rachel y Tobías la siguieron.
Marco ya llevaba recorridos unos veinte metros del pasillo que conducía a las secciones exteriores. Intenté alcanzarlo.
El guardia llegó a la intersección. Lo vi mirar primero a Tobías y a las chicas y luego volverse hacia donde estábamos Marco y yo. Supongo que nuestro aspecto debió de parecerle más sospechoso, porque nos eligió a nosotros.
—Deteneos! ¡Chicos, os lo advierto, deteneos!
—Vamos a subirnos al carrito! —sugirió Marco.
—Quieres que robemos el carrito?
—Si no lo usamos nosotros, lo usará el guardia.
—Bien pensado.
Saltamos al carrito. Marco se deslizó detrás del volante. Giró la llave de contacto y me miró.
—Esto es como conducir autos de choque, ¿eh?
—Sí, pero en este caso haz todo lo posible por no chocar.
Pisó el acelerador. El motor eléctrico emitió un zumbido y salimos disparados. Directamente hacia la pared.
¡Bam!
—Eh, por qué no pruebas a conducirlo! —grité yo.
Dimos marcha atrás y volvimos a ponernos en camino. Ganamos velocidad suficiente para distanciarnos del guardia pero, al girarme, comprobé que aún seguía intentando darnos alcance.
—Me va a dar un infarto —comenté.
—Y ahora hacia dónde?
—Qué?
—Que hacia dónde!
Miré de nuevo hacia delante. Estábamos a punto de llegar a una bifurcación.
—A la derecha! —chillé.
Naturalmente, Marco giró a la izquierda y a punto estuve de caerme.
Un segundo después, alcanzamos otra esquina. Esta vez, Marco prefirió girar a la derecha, y caí del carro.
Me golpeé contra el suelo de linóleo y rodé por él. Luego me puse en pie de un salto y eché a correr para alcanzar el carrito.
—Pero ¿qué haces? —preguntó Marco al verme—. Ya está bien de jugar, ¿no?
Le dirigí una mirada asesina y subí otra vez al vehículo.
—Parece que hemos despistado al guarda —dijo Marco.
—Me encuentro bien, gracias por preguntar —repliqué yo—. Sólo unos cuantos moratones. Alguna que otra fractura de cráneo. Nada del otro mundo.
—Y esto qué es?
—Por lo pronto, el túnel más largo que he visto en mi vida —respondí.
Y así era, porque cada vez se parecía más a un túnel. El suelo continuaba siendo de linóleo y las paredes estaban montadas con cal, pero la distancia entre los focos había ido aumentando progresivamente, lo cual ayudaba a crear la sensación de estar bajo tierra.
—Me pregunto si los demás habrán escapado —dijo Marco—.
¿Entiendes ahora por qué es una locura pensar que estamos en condiciones de vencer a los yeerks? Venga ya. Si hemos sudado para quitarnos de encima a los tipos del zoológico.
—Eso es lo que tú te crees —contesté con gravedad—. ¡Mira!
Unos metros por delante de nosotros había dos individuos con uniformes marrones.
—Quizá no sepan quiénes somos —aventuró Marco—. A lo mejor nos confunden con alguien de la plantilla.
—No si tienen tiempo de mirarnos bien —señalé yo—. Allí hay un desvío. Tómalo.
Dimos la vuelta y, al tiempo que lo hacíamos, los guardias empezaron a proferir gritos. El pasillo lateral fue estrechándose, hasta que llegó un momento en el que el carrito ya no pudo pasar.
—Déjalo!
Salté del vehículo seguido de Marco. Hasta nosotros llegaba el sonido de las pisadas de los guardas a medida que se acercaban a toda carrera por el túnel principal. Aquellos tipos estaban en mejor forma que el anciano de antes. Al menos corrían.
El pasillo se cortó de forma repentina. Había dos puertas: uno quedaba arriba a la izquierda y la otra estaba situada un poco más lejos, en el lado derecho. Sobre ellas aparecían los rótulos P-201 y P-203 respectivamente.
Ninguna otra indicación.
—Elige una puerta —dijo Marco.
Respiré profundamente.
—Puerta número uno.
Abrí la P-201.
Una ráfaga de aire fresco me dio en la cara y la luz del sol me cegó.
Parpadeé mientras los ojos se me iban acostumbrando a la claridad.
El animal también parpadeó. ¡Era un rinoceronte!
—Aaaaaaah! —grité.
—Aaaaaaah! —gritó Marco.
Dimos un salto hacia atrás y cerramos la puerta de golpe.
—Puerta equivocada! —comenté yo.
—Equivocada del todo! —asintió Marco.
—Eh, muchachos! ¡No os mováis!
Los guardas se encontraban al fondo del pasillo.
—¡Voy a probar con la puerta número dos! —anuncié yo.
—¡Venga!
Abrimos la puerta y nos colamos por ella a toda prisa.
Estábamos rodeados de árboles; de árboles y de hierba. Estábamos a la sombra. El sol se filtraba entre las hojas. Justo delante de nosotros, los
arbustos daban paso a una pequeña pradera.
—Dónde estamos? —preguntó Marco.
—Y yo qué sé.
Nos abrimos camino entre la vegetación, sin dejar de escudriñar a nuestro alrededor. No vimos a ningún animal, sólo algunos pájaros en las ramas de los árboles.
—Mira, hay más gente! —exclamó Marco y, acto seguido, se dejó caer detrás de un árbol mientras señalaba con el dedo.
Había un montón de gente alineada al otro lado de una verja. O ellos estaban muy arriba o nosotros estábamos muy abajo. Aparté los arbustos para divisar mejor. La gente se apoyaba contra una reja situada en lo alto de un muro de cemento. No podían vernos debido a los arbustos, pero no cabía duda de que estaban mirando algo.
—Seguro que estamos en uno de los recintos exteriores —reflexioné—.
Esa gente está mirando…algo que debe de estar aquí, con nosotros. Sólo espero que no se trate del rinoceronte de antes. Era un poco grande para mi gusto.
—Cómo vamos a salir de aquí?
—No lo sé. Lo mejor será que nos apartemos de la puerta. Los guardas pueden aparecer de un momento a otro. —Pero en el fondo pensaba:
«¿Cómo es que los guardas todavía no han venido a por nosotros?»
Marco y yo nos arrastramos entre los arbustos y rodeamos los árboles.
Llegamos a un rincón que había más arriba, oculto a las miradas de la gente.
—Este muro es altísimo —observó Marco—. Como mínimo tiene diez metros de alto o más. No me gusta. Tiene que haber una razón para que sea tan alto. Aquí dentro hay algo que no quieren que se escape.
Examiné el muro con la vista. A unos cuarenta metros de allí, había una escalera de acero incrustada en el cemento.
—Me temo que ésa es la única salida que hay.
—Dime una cosa —me pidió Marco—. ¿Por qué no han venido a buscarnos los guardas? Si éste fuese el foso del ciervo y el antílope, no habrían dudado en entrar, ¿verdad?
—Tenemos que concentrarnos, no dejarnos llevar por el pánico —
respondí yo—. Intento no pensar en por qué los guardas no han entrado. —
Regresé a la sombra de los arbustos—. Además, ¿quién sabe? A lo mejor ni siquiera hay nada aquí adentro.
Me acuclillé.
Rocé algo caliente con el trasero.
Me recorrió un estremecimiento. Levanté la vista y vi a Marco. La tez de Marco es morena y bronceada pero en aquel momento estaba completamente pálido y tenía los ojos desencajados.
—Marco —le llamé despacio y en voz muy baja—. ¿Hay algo detrás de mí?
Él hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—Qué es, Marco?
—Ejem…¿Jake? Es un tigre.
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