La Invasion

K. A. Applegate · Capítulo 20 de 27

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La Invasion

Capítulo 20

Un tigre siberiano macho, para ser más exactos: unos tres metros de largo y trescientos kilos de velocidad letal y potencia increíble.

¿No habéis visto nunca una de esas viejas películas de Trazan que a veces ponen en la tele en las que Trazan lucha con un tigre al que acaba venciendo? Dejad que os cuente algo: ¿sabéis qué posibilidades tenéis de luchar con un tigre y salir vivos? Pues más o menos las mismas que de sobrevivir a la caída después de haberos tirado del Empire State.

—Tengo una idea —apuntó Marco temblando—. Larguémonos de aquí.

—No corras —le recomendé—. Llamarías su atención.

—Creo que ya nos ha visto —respondió Marco—. Sabe dónde estamos, Jake. ¡Está mirando directamente hacia aquí! ¡Fíjate en su dientes!

—No te asustes! Tengo una idea. La metamorfosis: si consigo adquirir su ADN, entrará en trance.

—Adquirir? ¿Adquirir qué? Tú no estás en condiciones de adquirir nada. El único que va a adquirir algo aquí es él. ¡Va a adquirir tu trasero para la cena! Y cuando haya acabado, escupirá tus huesos.

Tragué saliva varias veces. Intenté tocar al tigre pero aún me temblaba la mano. Inspiré profundamente un par de veces. Había oído en algún sitio que, en teoría, aquello ayudaba a calmar los nervios. Supongo que funciona, excepto si uno está prácticamente sentado encima de un tigre. En ese caso no hay nada en el mundo que pueda tranquilizarte.

—Tigre bonito —susurré.

Él se limitó a mirarme. Tenía una de aquellas miradas distraídas que parecía decir: «¿De qué vas?». Una mirada de total y absoluta confianza, como si le hiciera gracia verme temblar y estremecerme.

—Por favor, no me mates —le pedí.

—Ni a mí tampoco —añadió Marco.

Alargué la mano temblorosa hacia el tigre, que siguió el movimiento con los ojos. La puse encima de uno de sus costados, que subía y bajaba acompasadamente.

—Concéntrate —murmuró Marco.

Estaba haciendo todo lo posible por concentrarme en el tigre. Me concentraba en sus dientes, en sus músculos, tensados bajo la piel anaranjada y negra. Y , sobre todo, estaba muy concentrado en el hecho de que, si le daba la gana, aquella bestia podía arrancarme la cabeza de un zarpazo y hacerla rodar por la hierba como una pelota de fútbol.

Entonces, la respiración del tigre se hizo más lenta. Luego parpadeó unas cuantas veces y sus ojos se cerraron poco a poco.

—Cuánto dura el trance? —musitó Marco.

—Unos diez segundos a partir del momento en que finaliza el contacto.

Al menos, eso es lo que pasó con Homer.

—Diez segundos? ¿Diez segundos?

—Sí. Así que prepárate a correr.

—Hace rato que estoy preparado.!

Me dispuse a retirar la mano pero, entonces, vacilé. Fue muy extraño porque en aquel mismo instante me di cuenta de que lo estaba haciendo. Lo entendí todo de golpe. El tigre se estaba convirtiendo en parte de mí. Toda aquella fuerza y aquella confianza habían pasado a ser parte de mí.

—Es un animal muy hermoso, ¿verdad? —comenté.

Esperaba que Marco me respondiera de un modo sarcástico, sin embargo lo único que respondió fue:

—Sí, es magnífico —para enseguida añadir—: pero vámonos de aquí antes de que nos demuestre por qué el rey de la selva.

—Ese es el león —corregí—. Se supone que el rey de la selva es el león. Pero, por si acaso, no se lo digamos a él. ¿Estás listo?

Marco asintió.

—Ahora! —grité.

Me puse en pie de un salto. Salimos a toda prisa en busca de la escalera.

Comencé a contar mentalmente los segundos: uno, dos, tres…

Algo se movió de súbito. ¡Era una mancha de color naranja y negro!

Entonces comprendí lo que pasaba. ¡Había más de un tigre en el recinto!

Oí cómo gritaban los visitantes del zoo en lo alto. Supongo que podían vernos, una vez habíamos dejado nuestro escondite.

Marco dio un brinco y agarró los travesaños de la escalera. Empezó a gatear hacia arriba con mucha dificultad. Yo lo seguía a una décima de segundo. El tigre saltó u, con las zarpas, arañó la superficie de cemento que había a pocos centímetros de mí. Luego soltó un rugido que hizo vibrar los peldaños de la escalera.

—Gggggggrrrrraaaaaaauuuuuuuuuuuuuurrrrrrr!

¡Qué ruido! Retumbó y reverberó, y su eco hizo que se me derritieran las entrañas.

Podría decirse que Marco voló escaleras arriba, y yo tras él.

Es asombroso lo deprisa que uno puede subir las escaleras cuando tienes un tigre detrás que ruge pidiendo tu sangre.

—Ahí están! —gritó alguien—. Atrapadlos. ¡Alto! ¡Eran los guardas!

Como mínimo había tres.

—Nos convertimos? —chilló Marco.

—No! ¡Vamos hacia donde está toda aquella gente! ¡Allí! Arriba del todo, junto a la piscina de los delfines.

Fue una decisión apresurada, pero logramos colarnos entre la muchedumbre cuando sólo les sacábamos unos cuantos metros de ventaja a los guardas. A partir de ese momento, lo único que teníamos que hacer era agacharnos y deslizarnos entre el gentío a la espera de que los guardas nos perdieran de vista. Nos abrimos paso hasta la entrada principal, caminando siempre en cuclillas para que nuestras cabezas no asomaran por encima de la multitud.

—Qué habéis hecho, transformaros en enanos? —era la voz de Rachel.

Estaba delante de mí, con una expresión divertida. Tobías y Cassie también

estaban allí.

—Los guardas nos persiguieron —les expliqué. Los temblores que me había producido el encuentro con los grandes felinos habían cesado casi por completo. Casi.

—Venga, Jake, deja ya de hacer el tonto —contestó Rachel—. Salgamos de aquí. Tengo que estar en casa para la cena.

Al final, resultó que a los demás no los había perseguido nadie. Habían despistado a los guardas sin ningún problema y habían ido adquiriendo el ADN de animales diferentes, mientras Marco y yo arriesgábamos nuestras vidas en el foso de los tigres.

Lo más irritante de todo era que ninguno de ellos creía nuestra historia.

Marco y yo estábamos molestos.

Subimos al autobús y prácticamente nos desplomamos sobre los asientos.

—Nos podrían haber matado —se lamentó Marco, haciendo un mohín

—. De verdad os lo digo. Nos vino de pelos.

—Claro, claro. Lo que tú digas —replicó Rachel—. O les des demasiadas vueltas. Después de todo, lo peor aún no ha llegado. O más probable es que cualquier peligro al que te hayas enfrentado hoy, no será nada comparado con lo que sucederá esta noche.

—Esta noche. —Cassie movió la cabeza en sentido negativo—. Y

encima no me acordaba de que tenía que estudiar para el examen de mates de mañana.

Rachel se echó a reír.

—Puede que ya no tengamos que preocuparnos por lo que pase mañana.

—Gracias, doña Alegrías —masculló Marco.

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