La Invasion
Capítulo 5
El hork-bajir apuntó a la oscuridad con su arma, o lo que fuera aquello. Su cabeza de serpiente oscilaba con brusquedad de un lado a otro, en un esfuerzo por penetrar en las sombras.
<¡Silencio! —nos advirtió el andalita—. Los hork-bajir no ven bien en la oscuridad, sin embargo tienen un oído muy fino.> El hork-bajir se aproximó más. Se encontraba ya a tan solo dos metros de distancia. Aquella pared baja era lo único que se interponía entre él y nosotros. Tuvo que oír los latidos de mi corazón. Quizá no reconoció el sonido que hacían cinco chicos aterrorizados de rodillas temblorosas y cuyos dientes no paraban de castañear. Unos chicos de respiración entrecortada y jadeante.
En aquel momento estaba seguro de que iba a morir. Imaginaba el instante en que aquellas cuchillas despiadadas que surgían de sus muñecas y los codos me separarían la cabeza del tronco.
Si sois de los que nunca han pasado miedo de verdad, debéis saber que a veces lo que ocurre escapa a todo control: se apodera por completo de vuestra mente y vuestro cuerpo. Sientes deseos de gritar, de salir corriendo, de orinarte en los pantalones y echarte al suelo llorando y suplicando: «por favor, te lo ruego, por favor no me mates».
Si os consideráis valientes, bueno, esperad a ser presas del terror, a sólo unos metros de distancia de un monstruo que puede convertiros en picadillo en menos que canta un gallo.
Entonces, las palabras del andalita volvieron a sonar en mi mente.
<Valor, amigos míos.>
Y en esa ocasión su voz provocó en mí… no encuentro palabras para explicarlo. Su calidez me llenó por dentro, como cuando eres pequeño y tienes una pesadilla horrible y te despiertas gritando y tu padre o tu madre encienden la luz y se sientan a tu lado en la cama.
Así me sentí yo entonces.
El miedo no había desaparecido. El hork-bajir continuaba allí, tan real y mortífero como antes. Le oía respirar y hasta podía olerle. Pero, al mismo tiempo, notaba como el pánico iba disminuyendo hasta quedar bajo control.
Sentía que la fuerza fluía hasta mí desde el desafortunado andalita, que nos cedía parte de su valor a pesar de que él también estaba asustado.
El hork-bajir se alejó. Algo más estaba a punto de salir de la nave-espada. Tembloroso y haciendo un esfuerzo por contener el castañeo de mis dientes, me incorporé lo suficiente para mirar por encima del muro.
Todos los hork-bajir y los taxxonitas se habían girado de cara a la nave.
—Están todos en posición de firmes —murmuré yo.
—¿ Y tú cómo lo sabes? —susurró a su vez Marco—. ¿Cómo vas a saber si un ciempiés de ojos gelatinosos o una maldita picadora de carne ambulante están en posición de firmes?
Entonces apareció él. ¡Él!
<Visser Tres>, anunció el andalita.
Visser Tres era un andalita.
O, al menos, era el controlador de un andalita.
—¿Qué diablos…? —exclamó Rachel—. ¿No es eso un andalita?
<Sólo en una ocasión ha conseguido un yeerk introducirse en un cuerpo andalita —explicó el extraterrestre—. Únicamente existe un controlador andalita y ese es Visser Tres.>
Visser Tres se dirigió con paso seguro hacia el lugar en que se hallaba el andalita herido. Eran tan parecidos que al principio costaba distinguirlos.
Tenía la misma cara sin boca; los mismos ojos acechantes adicionales que se movían de un lado a otro, escudriñando en todas direcciones; el mismo cuerpo poderoso cubierto de piel brillante que se sostenía sobre cuatro patas; y el mismo aguijón amenazador.
Pero si Visser Tres tenía el aspecto de un andalita normal, la sensación que producía era diferente. Daba la impresión de llevar puesta una máscara, era fácil adivinar que debajo de aquella falsa amabilidad se escondía un ser perverso y vil.
<Vaya, vaya>, dijo Visser Tres.
Casi me da un ataque al percatarme de que estaba oyendo sus pensamientos.
—¿Puede oír nuestros pensamientos? —susurró Cassie.
—Si puede hacerlo, estamos perdidos —le contestó Rachel.
<No puede oírlos —respondió el andalita—. Al menos mientras no vayan dirigidos a él. Vosotros escucháis los suyos porque él los emite para que los demás los oigan. Ésta es una gran victoria para él y por eso desea que todos se enteren.>
<¿Qué tenemos aquí? ¿A un andalita entrometido? —Visser Tres observó más de cerca la nave del andalita—. Ah, pero no a un guerrero andalita común y corriente, sino al príncipe Elfalngor—. Sirinial—.
Shamtul, si no me equivoco. Es un honor conocerte. Eres toda una leyenda.
¿Cuántos de nuestros cazas has reducido a polvo? ¿Siete? ¿O eran ya ocho al finalizar la batalla?>
El andalita no contestó, no obstante, hubiera jurado que habían sido más de ocho.
<El último andalita que queda en este sector del espacio. Me temo que vuestra nave nodriza ha sido completamente destruida. Sí, sí, completamente. Yo mismo vi cómo se incendiaba al entrar en contacto con la atmósfera de este pequeño planeta.>
<Vendrán otros>, respondió el príncipe andalita.
Visser Tres dio otro paso hacia el andalita.
<Sí, pero cuando lo hagan ya será demasiado tarde. Este mundo será mío. Será mi contribución al Imperio Yeerk. Entonces me convertiré en Visser Uno.>
<¿Qué queréis de los humanos? —preguntó el andalita—. Los taxxonitas son vuestros aliados, y ya tenéis a los hork-bajir como esclavos,
aparte de otros muchos habitantes de distintos planetas. ¿Por qué esta gente?>
<Porque son muchos y débiles —respondió Visser Tres con desprecio
—. ¡Millones de cuerpos! Y no tienen ni la más remota idea de lo que está pasando. Con tantos huéspedes, podremos propagarnos por todo el universo. ¡Nadie logrará detenernos! Seremos miles de millones. Será necesario construir nuevos estanques si queremos que haya yeerks suficientes para ocupar sólo la mitad de esos cuerpos. Admítelo, andalita, has luchado mucho y con coraje, pero has perdido.> Visser Tres llegó a la altura del andalita. Yo percibía el miedo del príncipe quien, en lugar de rendirse al miedo, luchó contra el dolor que le causaba la herida y consiguió incorporarse. Sabía que iba a morir y quería hacerlo de pie, mirando a su enemigo cara a cara.
Pero Visser Tres aún no había acabado.
<Hay algo que si puedo prometerte, príncipe Elfangor: cuando hayamos conquistado este planeta, con su espléndida cosecha de cuerpos, pondremos rumbo al mundo andalita.
»Yo mismo me encargaré de buscar a tu familia hasta darles caza y me ocuparé personalmente de que mis lugartenientes más fieles sean introducidos en sus cabezas. Espero que opongan resistencia para poder disfrutar oyendo cómo gritan sus mentes.>
¡Entonces el andalita atacó!
Movió su cola hacia delante con tal rapidez que en realidad nadie pudo verla. Visser echó la cabeza hacia un lado y el aguijón del andalita falló su objetivo por escasos milímetros. Sin embargo, sí consiguió incrustarse en su hombro y de la herida comenzó a brotar algo parecido a la sangre.
—¡Bien! —le animé yo con un siseo.
<¡Aaaaaarrrrrg!>, bramó de dolor Visser Tres en mi cabeza.
Al mismo tiempo, la cola de la nave andalita disparó un rayo de luz cegadora de color azul que hizo blanco en el caza-insecto más cercano. Los hork-bajir y los taxxonitas se dispersaron.
Incluso agachado detrás de la pared, me llegó una onda de calor abrasador. El caza chisporroteó y desapareció.
<¡Fuego! ¡Fuego! —bramó Visser Tres—. ¡Destruid esta nave!> Una luz cegadora iluminó la noche. La nave-espada y el caza que quedaba lanzaron rayos de color rojo, y la nave andalita comenzó a resplandecer hasta que, con una lentitud inusual, se desintegró.
Entonces, entre el brillo y los destellos de las lanzaderas-dragón, vi… o creí ver… a algunos seres humanos. Un pequeño grupo formado por tres o cuatro personas permanecía en la sombra, detrás de Visser.
—Hay gente allí —le dije a Marco.
—¿Qué? ¿Son prisioneros?
<Agarrad al andalita —ordenó Visser Tres a los soldados—. Sujetadlo bien.>
Tres enormes hork-bajir cayeron sobre el andalita y lo inmovilizaron poniéndole las cuchillas de las muñecas contra la garganta. Sin embargo, no tenían intención de matarlo: aquel era un privilegio reservado a Visser Tres.
Entonces comprendimos por qué un yeerk tan poderoso como él había escogido habitar el único cuerpo capturado de un andalita. Ante nuestros ojos, Visser Tres empezó su mutación.
Su cabeza andalita se hizo más y más grande. Las cuatro patas de caballo se convirtieron en dos y crecieron hasta alcanzar el tamaño de una secuoya. Los delicados brazos del andalita aumentaron de volumen y se transformaron en tentáculos.
—Esto no puede estar sucediendo de verdad —murmuró Cassie—. No es real.
En aquella cabeza horriblemente hinchada apareció una boca llena de dientes más largos que vuestro brazo. La boca fue aumentando hasta componer una espantosa mueca, una mueca como para paralizar de terror.
Ya no quedaba el menor rastro del cuerpo del andalita. Un monstruo había ocupado su lugar.
—¡ Grrraaaaaggggg!
El rugido de la bestia en que se había trasformado Visser Tres hizo que el suelo vibrara.
Me cubrí las orejas con las manos.
Aquel sonido hacía que me castañetearan los dientes. Oí gemir a alguien. Era yo.
Al lado de aquel monstruo, los hork-bajir y los taxxonitas parecían juguetes inofensivos.
Extendió uno de los tentáculos y agarró al andalita por el cuello.
—No, no, no —oí cómo Cassie susurraba una y otra vez—. No, no, no.
—No mires —le advirtió Rachel. Le rodeó los hombros con el brazo y la atrajo hacia sí. Luego agarró a Tobías de la mano.
Creo que nunca llegas a conocer de verdad a alguien hasta que lo ves asustado. Incluso muerta de miedo, mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas, Rachel tenía fortaleza suficiente para compartirla con los demás.
Visser Tres agarró al andalita de las garras de los hork-bajir y lo levantó en el aire. El príncipe no cesaba de asestarle golpes con la cola pero en una criatura como aquélla tenían el mismo efecto que un alfiler.
Visser Tres lo alzó por encima de s u cabeza y abrió la boca.
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