La Invasion
Capítulo 2
—¿Un platillo volante? —repitió Marco. Y, como suponíamos, se empezó a reír… hasta que miró hacia arriba.
Notaba cómo el corazón me golpeaba dentro del pecho. Me sentía extraño, nervioso y asustado al mismo tiempo.
—Viene hacia aquí —anunció Rachel.
—Es difícil de saber —logré decir yo a duras penas. Tenía la boca seca.
—No, sí que viene hacia aquí —sentenció Rachel. Siempre habla de un modo tajante, como si nadie pudiera rebatir lo que dice.
Por desgracia, tenía razón. Sea lo que fuere aquella cosa, se acercaba cada vez más a nosotros y su velocidad iba disminuyendo, así que podía ver como era sin ningún problema.
—No es exactamente un platillo volante —dije.
En primer lugar, no era lo bastante grande. Tenía más o menos el tamaño de un autobús escolar. Por delante era como una vaina ahuevada.
De la parte posterior de la vaina emergía una especie de mástil largo y estrecho. También tenía una especie de alas curvadas y planas y en el extremo de ambas sobresalía un tubo largo que desprendía una luz azul muy brillante.
Lo cierto es que era incluso bonita, una nave espacial tan pequeña. Lo que quiero decir es que parecía inofensiva, vosotros ya me entendéis. Lo malo es que también tenía una especie de cola de aspecto amenazador, curvada hacia arriba y hacia delante, que iba estrechándose hasta acabar en una punta afilada y fina como la de una aguja.
—Esa cosa con forma de aguijón —dije—, parece un arma.
—Pues sí —asintió Marco.
La nave espacial siguió acercándose cada vez más despacio.
—Está frenando —explicó Rachel. En su voz percibí el mismo tono extraño e irreal que había notado antes en la mía, como si no pudiéramos creer lo que veían nuestros ojos. O no quisiéramos creerlo.
—Me parece que nos ha visto —opinó Marco—. ¿No creéis que sería mejor empezar a correr cuanto antes? Así nos daría tiempo de ir corriendo a casa y regresar aquí con una cámara. ¿Sabéis cuánto dinero podríamos sacar por un vídeo de un ovni auténtico?
—Si corremos, es posible que ellos… no sé, que decidan activar su fásers a la máxima potencia y eliminarnos —contesté yo. Sólo era una broma. O, por lo menos, ésa, era la intención.
—Sólo hay fásers en Star Trek —rezongó Marco poniendo los ojos en blanco, como siempre hace cuando piensa que acabo de decir una tontería.
Lo que faltaba. Como si él fuera todo un experto en naves espaciales alienígenas.
La nave se detuvo y permaneció suspendida justo encima de nuestras cabezas, a unos trescientos metros. Sentí cómo se me erizaba el cabello.
Cuando miré a Rachel casi me pareció divertido ver su pelo largo y rubio apuntando en todas direcciones. La única que permanecía inmutable era Cassie.
—¿Qué crees que puede ser? —preguntó Marco. Una vez que aquella máquina se había acercado, la voz le temblaba un poco. Ya no estaba tan tranquilo como antes. A decir verdad, yo también estaba algo asustado. Para ser exactos, el miedo me paralizaba. Pero, al mismo tiempo, pensaba que era lo más emocionante que me había sucedido nunca. Imaginaos, ¡una nave espacial! Y estaba allí parada justo encima de nosotros.
Tobías, por su parte, no dejaba de sonreír. Así es él: no es el misterio lo que le da miedo, sino las cosas normales.
—Me parece que va a aterrizar. —comentó con una sonrisa de oreja a oreja. Los ojos le brillaban de la emoción y sus mechones rubios se habían puesto de punta.
La nave comenzó a descender.
—¡Se nos echa encima! —exclamé.
Tuve que luchar contra el impulso de ponerme a gritar y cruzar el descampado a toda marcha hasta llegar a casa, donde podría acurrucarme en la cama y taparme la cabeza con las mantas. Pero a la vez era consciente de que lo que estaba ocurriendo era algo insólito e importante y que debía quedarme para verlo hasta el final.
Creo que los demás sentían lo mismo, porque nadie se movió de su sitio mientras la nave emitía extraños zumbidos envuelta en un halo de luz resplandeciente, y se disponía a tomar tierra entre montones de basura y las paredes derruidas. Me di cuenta de que a lo largo de la franja superior de la vaina destacaban una serie de marcas de color oscuro que parecían huellas de quemaduras. Parte de la capa que la recubría se había fundido. Al entrar en contacto con el suelo, las luces de color azul se apagaron de inmediato y el cabello de Rachel volvió a caer sobre sus hombros.
—Es muy grande, ¿verdad? —susurró Rachel.
—Debe ser… —dije intentando pensar en algo— como tres o cuatro veces nuestra camioneta.
—Tendríamos que contárselo a alguien —sugirió Marco.—. Esto es demasiado importante, ¿no os parece? No todos los días aterriza una nave espacial en un solar abandonado. Deberíamos llamar a la poli, al ejército, al presidente o a todo el mundo. Nos haríamos famosos. Seguro que saldríamos hasta en la tele.
—Sí, tienes razón —contesté—. Habría que llamar a alguien.
Sin embargo, nadie hizo el menor movimiento, ninguno de nosotros tenía intención de alejarse de la nave.
—Estoy pensando que tal vez podríamos hablar con ellos —propuso Rachel. Tenía los brazos en jarras y estudiaba la nave como si se tratase de un rompecabezas que tuviera que resolver—. Deberíamos intentar comunicarnos con ellos de algún modo.
Tobías asintió, dio un paso adelante y tendió las manos. Imagino que con ese gesto pretendía demostrar a quienquiera que hubiera dentro de la nave que no llevábamos ningún tipo de arma ni nada parecido.
—No temáis —dijo en voz alta y clara—. No os vamos a hacer ningún daño.
—¿Crees que hablan nuestro idioma? —inquirí yo.
—Bueno, en Star Trek lo habla todo el mundo —respondió Cassie con una risita nerviosa.
Tobías volvió a intentarlo.
—Por favor, salid. No os haremos daño.
<Ya lo sabemos>
Me quedé helado. Sí, había oído que alguien decía «ya lo sabemos», pero lo cierto es que… que no se había producido el menor sonido. Es decir, que lo había oído pero sin llegar a oírlo en realidad.
A lo mejor todo aquello no era más que un sueño. Miré a Cassie de reojo y ella me miró a mí. Nuestras miradas se encontraron. Ella también lo había oído. Luego miré a Rachel, que no cesaba de mover la cabeza de un lado a otro, intentando descubrir de dónde procedía aquel sonido, que en el fondo no era tal. Sentía el estómago revuelto, como si estuviera mareado.
—¿Todos lo habéis oído? —susurró Tobías.
Todos asentimos a un tiempo, muy lentamente.
—¿Podéis salir? —preguntó Tobías en aquel tono que, por lo que yo sabía, sólo utilizaba para hablar con los extraterrestres.
<Sí, no tengáis miedo.>
—No tenemos miedo. —respondió Tobías.
—Habla por ti —murmuré. Los demás sólo emitieron pequeñas risas nerviosas.
Apareció una estrecha franja luminosa y, al mismo tiempo una puerta en el lado más liso de la vaina. Yo estaba completamente hipnotizado y me limité a contemplarla, a la espera de los acontecimientos.
El proceso de apertura siguió y la franja luminosa evolucionó desde la fase de luna creciente hasta convertirse en un disco redondo y brillante.
Y entonces apareció él.
Mi primera impresión fue que alguien había agarrado a una persona y a un ciervo y los había fusionado. La cabeza, los hombros y los brazos de aquella criatura eran más o menos como cabía esperar, aunque su piel tenía
un tono más bien azulado. Pero la parte inferior de su cuerpo estaba cubierta de un pelaje entre azul y canela que se extendía también a las cuatro patas, lo que le daba un aspecto de ciervo, o más exactamente, de caballo pequeño.
Agachó la cabeza al pasar por la puerta y pude comprobar que incluso la parte de su cuerpo que parecía más normal en realidad no lo era tanto. Para empezar, en lugar de boca tenía sólo tres ranuras verticales. Y luego los ojos: dos ocupaban el lugar que les correspondía, aunque el resplandor verdoso que despedían resultaba más bien desagradable. Pero eso no era nada comparado con el susto que uno se llevaba en reparar en los otros ojos: uno en cada extremo de aquellos dos cuernos que se movían adelante y atrás, arriba y abajo, escudriñándolo todo.
Creí advertir algo maligno en aquellos ojos, y eso que aún no había visto la cola, gruesa y amenazante, como la de un escorpión. Al final de la misma, y curvado de un modo perverso, se veía un cuerno o aguijón muy puntiagudo que me recordó al de la nave, que también nos había parecido bonita e inofensiva hasta que descubrimos la cola. A primera vista, el extraterrestre tenía ese mismo aspecto pacífico. Entonces uno se fijaba en aquella cola y pensaba: «Vaya, este tipo podría hacer daño de verdad si se lo propusiera.»
—Hola —saludó Tobías. Había dulzura en su voz, como si se dirigiera a un niño pequeño, y su sonrisa no había desaparecido.
Me di cuenta de que yo también sonreía y de que mis ojos estaban llenos de lágrimas.
La verdad es que no puedo explicaros cómo me sentía, pero sí os diré que tuve la impresión de conocer al alienígena de toda la vida, como si se tratara de un viejo amigo al que no veía desde hacía mucho tiempo.
<Hola> respondió el extraterrestre de aquel modo silencioso que sólo podía escucharse dentro de la mente.
—Hola —fue nuestra respuesta a nuestro saludo.
Para mi sorpresa, el alienígena se tambaleó y cayó al suelo desde la nave. Tobías intentó levantarlo y ponerlo de pie pero se le escurrió y volvió a desplomarse en medio de toda aquella basura.
—¡Mirad! —gritó Cassie y señaló una quemadura que cubría la mitad del costado derecho del extraterrestre.—. Está herido.
<Sí. Me muero>, dijo él.
—¿Hay algo que podamos hacer por ti, llamar a una ambulancia, o a quien sea? —preguntó Marco.
—Podríamos vendarle la herida —le propuso Cassie.—. Jake, dame tu camisa. La rasgaremos en pedazos y fabricaremos las vendas.
Los padres de Cassie son veterinarios y por eso sabe perfectamente cómo tratar a los animales. Bueno, no es que aquella criatura fuera un animal. Al menos, no del todo.
<No. Voy a morir. La herida es mortal.>
—¡No! —grité—. No puedes morirte. Eres el primer extraterrestre que viene a la Tierra. No te puedes morir.
No sé por qué estaba tan alterado. Sólo sé que en lo más profundo de mí sentía un gran dolor al pensar que se moría.
<No soy el primero. Hay otros, muchos otros.>
—¿Otros extraterrestres? ¿Cómo tú? —preguntó Tobías.
El alienígena movió la cabeza de un lado a otro muy despacio.
<No son como yo.>
Entonces profirió un quejido de dolor, un sonido silencioso cuyo eco se repitió de una forma espantosa dentro de mi cabeza. Por un momento, pude sentir como la vida estaba huyendo de él.
<No son como yo— repitió —. Son distintos.>
—¿Distintos? ¿Cómo de distintos? —le pregunté a mi vez.
Siempre recordaré su respuesta. Dijo:
<Han venido a destruiros.>
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