La Invasion
Capítulo 4
<Yeerks.>
Los dos puntos de luz redujeron la velocidad, describieron un círculo y se dirigieron hacia el lugar donde nos encontrábamos.
<Ya no queda más tiempo. Debéis tomar una decisión.>
—Es lo único que podemos hacer —les insistió Tobías—. ¿Cómo si no vamos a detener a esos controladores?
—¡No sabes lo que dices! —exclamó Marco—. Es una locura.
—Necesitaría más tiempo para tomar una decisión, pero no es posible
—declaró Rachel—. Yo digo que lo hagamos.
—¿Y tú, Jake? —me preguntó Cassie. De pronto, me sentí muy solo.
¿Es que pretendían que decidiera yo por todos?
Miré hacia arriba, en dirección a las naves de los yeerks. ¿Cómo los había llamado el andalita? ¿Cazas-insecto? Se aproximaban cada vez más a nosotros, como perros que olfatean un rastro. Mis ojos se posaron en el andalita y volví a recordar la foto de su familia. ¿Se enterarían alguna vez de lo que le había sucedido?
Luego miré una por una a la gente que me rodeaba: Marco, mi mejor amigo, siempre tan divertido aunque a veces algo pesado; Rachel, mi inteligente y guapa prima, tan segura de sí misma; y Cassie, a quien, como era bien sabido, le gustaban más los animales que la mayoría de las personas.
Por último, miré a Tobías. Fue extraña la sensación que me recorrió en aquel momento mientras lo contemplaba: algo parecido a un escalofrío.
—Tenemos que hacerlo —dijo.
Asentí lentamente.
—Sí. No hay más remedio.
<Entonces, que cada uno de vosotros presione con la mano uno de los lados de la caja.>
Así lo hicimos: cada mano apretó una cara diferente de la caja y, luego, la mano número seis, una mano muy diferente a las nuestras, con más dedos de los necesarios, hizo lo mismo.
<No tengáis miedo>, nos tranquilizó el andalita.
Algo similar a una descarga eléctrica, sólo que mucho más agradable, atravesó todo mi cuerpo. Fue como un hormigueo que casi me hizo reír.
<Ahora iros— ordenó el andalita —. Pero hay algo que debéis recordar: nunca permanezcáis en forma de animal durante más de dos horas terrestres. ¡Nunca! ¡Correríais un gran peligro! Si lo hacéis, quedaréis atrapados y jamás podréis recuperar vuestra apariencia humana.>
—Dos horas —repetí yo.
Un gran temor asaltó de pronto la conciencia del andalita. Unido como estaba a él, percibí aquel terror que ascendía muy despacio por mi espina dorsal. El extraterrestre miraba fijamente el cielo con sus ojos centrales.
Allí arriba había algo más aparte de cazas-insecto.
<Es Visser Tres y viene hacia aquí.>
—¿Qué? —Aquel miedo desconocido me hacía temblar—. ¿Qué es un Visser? ¿Quiénes son?
<Ahora marchaos. ¡Corred! Visser Tres ha llegado. Será vuestro enemigo mortal. De entre todos lo yeerks, él es el único que tiene el poder de transformarse. El mismo poder que poseéis vosotros ahora. Corred.>
—No, no te dejaremos solo —replicó Rachel con firmeza.—. Quizá todavía podamos detenerle.
El alienígena volvió a sonreírnos con los ojos.
<No. Debéis poneros a salvo. ¡Salvaos y salvad también vuestro planeta! Los yeerks ya han llegado.>
Elevamos la vista al cielo, estirando el cuello. No cabía ninguna duda: los dos puntos de luz roja descendían a toda velocidad y se les había unido
una tercera nave que las superaba en tamaño y era negra como una sombra en la noche oscura.
—Pero ¿cómo vamos a luchar contra… contra esos controladores? —
insistió Rachel.
<Tendréis que hallar el modo. ¡Ahora corred!> La fuerza con que había dado la orden me hizo dar un brinco.
—Tiene razón. ¡Corramos! —grité.
Echamos a correr. Todos excepto Tobías, que seguía arrodillado junto al andalita y lo agarraba de la mano. El extraterrestre le puso la que quedaba libre sobre la cabeza y Tobías se inclinó hacia atrás, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Luego él también se levantó y echó a correr, tropezando con los agujeros y la basura que sembraban todo el solar.
Un rayo de luz roja cayó sobre el lugar. Se trataba del reflector de uno de los cazas. La luz iluminó por completo al andalita caído y su nave. Un nuevo foco fue activado desde el segundo caza y el andalita brilló con la intensidad de una estrella.
Sin perder tiempo me tiré al suelo y caí con un golpe seco entre la basura. Me di cuenta de que una de mis piernas quedaba dentro del círculo de luz procedente del reflector. La aparté enseguida y me arrastré a toda prisa sobre las piedras, notando cómo los cantos afilados me arañaban las rodillas y los codos.
Los cinco nos agazapamos detrás de una pared baja y semiderruida, no nos atrevíamos a movernos o a mirar, ni tampoco a perderla de vista.
Los cazas-insecto descendieron lentamente. Eran fáciles deducir el porqué de aquel nombre: eran algo más grandes que la nave del andalita y recordaban a una cucaracha sin patas. Había unas pequeñas ventanas en el morro inclinado de la nave y a ambos lados de la cabeza se veían dos arpones dentados muy largos y puntiagudos.
Los cazas yeerks aterrizaron, uno a cada lado de la nave andalita.
—No quiero seguir con esta pesadilla —susurró Marco con voz temblorosa—. Ya he tenido bastante.
La nave de mayor tamaño inició el descenso. No sabía por qué pero, a medida que se acercaba, empecé a notar que me faltaba la respiración.
Intenté inspirar profundamente pero me fue imposible. Intenté tragar, sin conseguirlo. Sentía deseos de echar a correr, pero mis piernas parecían gelatina. Nunca antes había tenido tanto miedo y temblaba de forma incontrolada. Era el mismo terror que había experimentado el andalita cuando captó la presencia de Visser Tres.
La nave se dispuso a tomar tierra. Daba la impresión de querer hacerlo justo encima de una vieja excavadora oxidada que había aparcada allí. Sin embargo, al tiempo que se aproximaba al suelo, la excavadora comenzó a desintegrarse en medio de un chisporroteo hasta que por fin desapareció.
La nave de Visser Tres recordaba a un arma antigua, una de aquellas hachas dobles, que los caballeros medievales usaban en las batallas para cortar de un tajo las cabezas de sus enemigos. Estaba compuesta por una zona principal semejante el mango de un hacha y en cuya parte delantera destacaba una punta triangular de gran tamaño, debía de tratarse del puente de mando. En la parte de atrás se divisaban dos enormes alas en forma de cimitarra. Era ocho o diez veces mayor que los cazas— insecto.
La nave— espada aterrizó y se abrió una puerta.
Cassie comenzó a gritar y tuve que taparle la boca con la mano.
Saltaron a tierra, y el aire se agitó a su alrededor como si al traspasarlo lo cortaran en dos. Aquellas criaturas parecían armas dotadas de vida. Se sostenían sobre un par de piernas dobladas hacia atrás y tenían dos brazos muy largos. En cada brazo llevaban incorporadas una serie de cuchillas en forma de hoz que surgían de sus muñecas y codos. Esas mismas hojas afiladas también aparecían en las rodillas y en la punta de la cola. Sus pies eran similares a los de un Tyrannosaurus Rex.
Sin embargo, lo que más llamaba la atención era su cabeza: el cuello tenía forma de serpiente, la boca era casi idéntica al pico de un halcón y de la frente le brotaban tres cuernos semejantes a dagas.
<Controladores hork-bajir.>
Di un salto al oír de nuevo las palabras del andalita en mi cabeza.
Sonaron más débiles que antes, en ellas se traslucía el cansancio, como alguien que gritara para hacerse oír desde un lugar muy lejano.
—¿Chicos, habéis…? —pregunté.
—Sí —asintió Rachel.
<Los hork-bajir son buena gente, a pesar de su temible aspecto —
explicó el andalita.—. Pero los yeerks los han convertido en sus esclavos.
Ahora mismo cada uno de ellos lleva un yeerk en la cabeza. En realidad son dignos de compasión.>
—Compasión. ¡Lo que faltaba! —protestó Rachel inflexible.—. Son máquinas de matar ambulantes. ¡No hay más que verlos!
Sin embargo, nuestra atención se desvió hacia una nueva forma de vida que surgió de la nave arrastrándose con movimientos vibratorios y oscilantes.
<Controladores taxxonitas>, observó el andalita.
Comprendí que intentaba darnos toda la información de la que disponía, hasta que llegara su final. Intentaba prepararnos para lo que nos aguardaba.
<Los taxxonitas son malos.>
—No hace falta que lo jures —murmuró Marco—. Creo que yo solito ya me habría dado cuenta.
Recordaban a unos ciempiés gigantes. De largo medían más de tres metros y eran tan anchos que si alguien quisiera abrazarlos, no lograría abarcar ni la mitad de su cuerpo. Aunque dudo mucho que nadie sienta deseos de hacer algo por el estilo.
Tenían decenas de patas que sostenían dos terceras partes de su cuerpo.
El tercio restante permanecía erguido y, a lo largo del mismo, las hileras de patas disminuían de tamaño y acababan en una especie de manos que más parecían pinzas de langostas.
Rodeando la parte superior de aquellos repugnantes cuerpos tubulares había cuatro glóbulos de gelatina roja y bamboleante, los ojos. En el extremo más superior estaba la boca, redonda y plagada de cientos de dientes minúsculos.
Una multitud de hork-bajir y taxxonitas salieron de la nave-espada y se desplegaron por toda la zona como marines bien entrenados. Empuñaban unos pequeños objetos, del tamaño de una pistola que, sin duda alguna, constituían sus armas. Formaron un círculo alrededor del andalita y su nave.
De repente, uno de los hork-bajir vino directamente hacia nosotros. Dio un salto y, prácticamente se nos echó encima. Yo me abracé a los cascotes como si me fuera la vida en ello. Hubiese dado cualquier cosa por poder esconderme bajo tierra. Por un instante, conseguí ver la cara de Marco: tenía los ojos muy abiertos, y sus labios se ensanchaban en lo que, a primera vista, hubiera podido tomarse por una sonrisa, pero que en realidad era una expresión de profundo terror.
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