La ladrona de libros
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Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Markus Zusak La ladrona de libros inhalaba hasta que volvía a quedarse dormida. Todas las mañanas lo encontraba a unos pocos pasos, desplomado en la silla, casi partido en dos. Nunca utilizaba la otra cama. Liesel saltaba de la suya, le besaba la mejilla con cautela y él se despertaba con una sonrisa.
Había días en que su padre le decía que volviera a la cama y esperara un momento, y entonces volvía con el acordeón y tocaba para ella. Liesel se sentaba y canturreaba, con los dedos de los pies encogidos por la emoción.
Nunca habían tocado para ella. Liesel sonreía de oreja a oreja como una tonta, mirando con atención las líneas que se dibujaban en el rostro de Hans y el metal blando de sus ojos... hasta que llegaban los insultos desde la cocina.
—¡¿Quieres dejar de hacer ruido, Saukerl?!
Hans tocaba un ratito más.
Le guiñaba un ojo a Liesel y ella, con torpeza, le devolvía el guiño.
Otras veces, sólo para hacer rabiar a Rosa, llevaba el instrumento a la cocina y tocaba durante el desayuno.
El pan con mermelada de Hans se quedaba en el plato, serpenteado a mordiscos, mientras la música se reflejaba en la cara de Liesel. Sé que suena extraño, pero ella lo sentía así. La mano derecha del padre acariciaba las teclas de color hueso mientras la izquierda apretaba los botones. (A Liesel le gustaba sobre todo ver cómo apretaba el plateado, el animado: el do mayor.) La parte exterior del acordeón, que estaba rayada pero todavía era de un negro reluciente, iba y venía en un vaivén mientras los brazos estrujaban los polvorientos fuelles obligándolos a inhalar aire y soltarlo de nuevo. Esas mañanas en la cocina Hans daba vida al acordeón. Supongo que, pensándolo bien, tiene sentido.
¿Cómo se sabe si algo está vivo?
Comprobando si respira.
De hecho, el sonido del acordeón también pregonaba la seguridad, la luz del alba. Durante el día era imposible que soñara con su hermano. Lo echaba de menos y a menudo lloraba en el diminuto lavabo, tan bajito como
podía, pero aun así se alegraba de estar despierta. La primera noche con los Hubermann, Liesel había escondido debajo del colchón lo último que la unía a él: el Manual del sepulturero. De vez en cuando lo sacaba y contemplaba las letras de la tapa y tocaba las que había impresas en el interior, aunque ignoraba por completo lo que decían. En realidad, no importaba de qué tratara el libro, lo importante era lo que significaba.
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Markus Zusak La ladrona de libros EL SIGNIFICADO DEL
LIBRO
1. La última vez que vio a su hermano
2. La última vez que vio a su madre.
A veces susurraba la palabra «mamá» y veía el rostro de su madre cientos de veces en una sola tarde. Sin embargo, eso era un pequeño misterio en comparación con el terror que le infundían las pesadillas. En esas ocasiones, en la inmensidad del sueño, nunca se había sentido tan completamente sola. Como estoy segura de que ya habrás advertido, no había más niños en la casa. Los Hubermann tenían dos hijos, pero eran mayores y ya se habían emancipado. Hans hijo trabajaba en el centro de Munich, y Trudy ejercía de criada y niñera. Pronto ambos intervendrían en la guerra. Una fabricando balas. El otro, disparándolas.
Como ya imaginarás, el colegio fue un estrepitoso fracaso.
Aunque era público, se adivinaba una fuerte influencia católica, y Liesel era luterana. No era el más prometedor de los comienzos. Después descubrieron que no sabía ni leer ni escribir.
Se la desterró de manera humillante con los niños más pequeños, con los que empezaban a aprender el abecedario. Aunque Liesel era un pálido saco de huesos, se sentía gigantesca entre los párvulos, y a menudo deseaba palidecer hasta desaparecer por completo.
Ni siquiera en casa sabían cómo aconsejarla.
—No le pidas ayuda a ese —sentenció Rosa—. Menudo Saukerl. —
Hans estaba mirando por la ventana, como tenía por costumbre—. Dejó el colegio en cuarto curso.
Sin volverse, Hans respondió con calma, aunque lanzando dardos envenenados:
—Bueno, pues tampoco le preguntes a ella. —Se le cayó un poco de ceniza—. Lo dejó en tercero.
En la casa no había libros (aparte del que Liesel atesoraba en secreto debajo del colchón) y lo único que podía hacer era repasar el abecedario entre dientes antes de que le dijeran que se callara, en términos nada equívocos. A saber qué
mascullaba. Hasta al cabo de un tiempo, cuando se produjo el incidente de la incontinencia nocturna en medio de una pesadilla, no empezaron las clases de lectura adicionales. Extraoficialmente se las llamó clases de medianoche, aunque solían comenzar cerca de las dos de la mañana. Pronto volveremos sobre el tema.
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Markus Zusak La ladrona de libros A mediados de febrero, al cumplir diez años, a Liesel le regalaron una muñeca vieja de pelo rubio a la que le faltaba una pierna.
—No hemos podido hacer más —se disculpó el padre.
—¿Qué estás diciendo? Ya puede darse con un canto en los dientes por tener lo que tiene —lo reprendió Rosa.
Hans continuó observando la pierna que le quedaba a la muñeca mientras Liesel se probaba el nuevo uniforme. Cumplir diez años era sinónimo de Juventudes Hitlerianas. Las Juventudes Hitlerianas eran sinónimo de un pequeño uniforme marrón. Al ser una chica, a Liesel la apuntaron a lo que llamaban la BDM.
EXPLICACIÓN DE LAS SIGLAS
Bund Deutscher Müdchen,
Liga de Jóvenes Alemanas.
Lo primero que hacían allí era asegurarse de que dominaran el «heil Hitler»
a la perfección. Luego se las enseñaba a desfilar erguidas, aplicar vendajes y zurcir. También las llevaban de excursión y hacían otro tipo de actividades. Los miércoles y los sábados eran los días que se reunían, de tres a cinco de la tarde. Todos los miércoles y los sábados, Hans la acompañaba a pie y volvía a recogerla dos horas después. Nunca hablaban mucho de la asociación. Se limitaban a cogerse de la mano y escuchar sus pisadas mientras papá se fumaba un par de cigarrillos.
Lo único que la inquietaba de su padre era que salía mucho de casa.
Algunas noches entraba en el salón (que también hacía las veces de dormitorio de los Hubermann), sacaba el acordeón del viejo armario y cruzaba la cocina hasta la puerta de entrada.
Cuando ya había recorrido un trecho de Himmelstrasse, Rosa abría la ventana.
—¡No vuelvas tarde a casa! —gritaba.
—No hables tan alto —respondía él, volviéndose.
—Saukerl! ¡Anda y que te zurzan! ¡Hablaré todo lo alto que me dé la gana!
El eco de los improperios lo seguía por la calle. Nunca miraba atrás o, al menos, no lo hacía hasta que estaba seguro de que su mujer se había metido dentro. Esas noches, al final de la calle, con la funda del acordeón en una mano, se volvía justo frente a la tienda de frau Diller, que hacía esquina, y adivinaba la figura que había sustituido a su mujer en la ventana. Entonces levantaba un breve instante su alargada y espectral mano antes de dar media vuelta y echar a 33
Markus Zusak La ladrona de libros andar a paso tranquilo. Liesel lo veía de nuevo a las dos de la mañana, cuando la sacaba a rastras de su pesadilla, con dulzura.
Todas las noches sin excepción había jaleo en la diminuta cocina. Rosa Hubermann no paraba de hablar y, cuando hablaba, no hacía más que schimpfen. Siempre estaba rezongando y discutiendo. En realidad no había nadie con quien discutir, pero Rosa conducía la situación con experta habilidad en cuanto tenía ocasión. En esa cocina podía pelearse con medio mundo y eso era precisamente lo que hacía casi todas las noches. Una vez habían acabado de cenar y Hans había salido, Liesel y Rosa se quedaban allí y Rosa planchaba. Varias veces a la semana, Liesel volvía del colegio y recorría las calles de Molching con su madre, recogiendo y entregando la colada y la plancha en la parte más pudiente de la ciudad. Knaupt Strasse, Heide Strasse y alguna otra más. Mamá entregaba la ropa planchada o recogía la que habría de lavar, con la debida sonrisa en los labios, pero en cuanto la puerta se cerraba y se daba medía vuelta maldecía a la gente rica por su dinero y gandulería.
«Son demasiado g'schtinkerdt para lavarse la ropa», solía decir, a pesar de que dependía de ellos.
«Ese heredó todo el dinero de su padre y ahora lo malgasta en mujeres y alcohol. Y en la colada y el planchado, claro», cargaba contra herr Vogel, de la Heide Strasse.
Como si pasara lista a los que despreciaba.
Herr Vogel, herr y frau Pfaffelhürver, Helena Schmidt, los Weingartner.
Todos eran culpables de algo.
Aparte de dedicarse al alcohol y la lujuria, según Rosa, Ernst Vogel no hacía más que rascarse ese pelo infestado de piojos, humedecerse los dedos y luego tenderle el dinero. «Debería lavarlo antes de volver a casa», sentenciaba. Los Pfaffelhürver examinaban el resultado con lupa. «"Estas camisas, sin arrugas, por favor" —los imitaba Rosa—. "Este traje, sin pliegues." Y luego se quedan ahí, revisándolo delante de mí, ¡delante de mis narices! Menuda G'sindel, menuda escoria.»
Por lo visto, los Weingartner eran medio lelos y tenían una gata Saumensch que no dejaba de mudar el pelo. «¿Sabes lo que tardo en sacar todos esos pelos?
¡Están por todas partes!»
Helena Schmidt era una viuda rica. «Esa vieja inválida... Todo el día ahí sentada, atrofiándose. En la vida ha sabido qué es trabajar.»
No obstante, Rosa se reservaba el mayor desprecio para el número ocho de la Grandestrasse, una casa enorme en lo alto de una colina, en la parte alta de Molching.
—Ésa es la casa del alcalde —le contó a Liesel la primera vez que fueron allí—. Menudo sinvergüenza. Su mujer se pasa todo el día metida en casa de 34
Markus Zusak La ladrona de libros brazos cruzados. Es tan tacaña que ni siquiera enciende la lumbre, por eso ahí
dentro siempre hace un frío de muerte. Está como una chota. —Hizo hincapié
en las últimas palabras—. No tiene remedio, como una chota. —Al llegar junto a la puerta, le hizo un gesto a la niña—. Entra tú.
Liesel se quedó helada. Una gigantesca puerta marrón con una aldaba de latón se alzaba al final de un pequeño tramo de escalones.
—¿Qué?
Rosa le dio un empujón.
—No me vengas con «qués», Saumensch. Andando.
Liesel caminó. Cruzó la verja, subió los escalones, vaciló y llamó a la puerta. Un albornoz salió a recibirla.
Debajo había una mujer de mirada desconcertada, cabello suave y sedoso y expresión derrotada. Vio a Rosa junto a la cancela y le tendió a la niña una bolsa con la colada.
—Gracias —dijo Liesel, pero no obtuvo respuesta. La puerta se cerró.
—¿Lo ves?, esto es lo que tengo que aguantar todos los días —se quejó Rosa cuando Liesel regresó junto a la verja—. Esos ricos desgraciados, menuda panda de cerdos holgazanes...
Cuando ya se iban, Liesel volvió la vista atrás, con la colada en las manos. La aldaba de latón la vigilaba desde la puerta.
Después de criticar a la gente para la que trabajaba, Rosa Hubermann solía proseguir con su otro tema de vilipendio favorito: su marido. Mientras miraba la bolsa de la colada y las casas inclinadas, no paraba de hablar y hablar.
—Si tu padre sirviera para algo —le contaba a Liesel cada vez que atravesaban Molching—, no tendría que hacer esto. —Soltaba un bufido desdeñoso—. ¡Pintor! ¿Por qué me casaría con ese Arschloch? Si ya me lo dijeron... Es decir, ya me lo dijo mi familia. —Sus pisadas crujían por el camino—. Y aquí me tienes, pateando estas calles y esclavizada en la cocina porque ese Saukerl nunca tiene trabajo. Por lo menos un trabajo de verdad, no ese patético acordeón que va a tocar a esos antros noche tras noche.
—Sí, mamá.
—¿Eso es todo lo que se te ocurre?
Los ojos de mamá eran como dos recortables de color azul pálido pegados a la cara.
Seguían caminando.
Liesel arrastraba el saco.
En casa, lavaban la colada en un caldero junto a la lumbre, la tendían al lado de la chimenea del salón y luego la planchaban en la cocina. Todo se cocía en la cocina.
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Markus Zusak La ladrona de libros
—¿Has oído eso? —le preguntaba Rosa casi todas las noches.
Llevaba la plancha de hierro en la mano, que calentaba encima de los fogones. Casi toda la casa estaba en penumbras y Liesel, sentada a la mesa de la cocina, contemplaba las brechas de fuego que se abrían delante de ella.
—¿Qué? —contestaba ella—. ¿El qué?
—Ha sido esa Holtzapfel. —Rosa ya se había levantado de la silla—.
Esa Saumensch acaba de escupir otra vez en nuestra puerta. Frau
Holtzapfel, una de las vecinas, tenía por costumbre escupir en la puerta de los Hubermann cada vez que pasaba por delante. La puerta principal se encontraba a escasos pasos de la verja y, por así decirlo, frau Holtzapfel ya tenía muy estudiada la distancia... y la puntería afinada.
Los escupitajos eran la consecuencia de una especie de guerra verbal en la que Rosa Hubermann y ella se habían embarcado y que arrastraban desde hacía una década. Nadie conocía su origen y lo más probable era que incluso ellas lo hubieran olvidado.
Frau Holtzapfel era una mujer nervuda y, como quedaba patente, rencorosa. Nunca había estado casada, pero tenía dos hijos, algo mayores que los de los Hubermann. Los dos estaban en el ejército y los dos harán alguna aparición como artistas invitados antes de que terminemos, te lo aseguro. En cuanto a los escupitajos malintencionados, debo añadir que frau Holtzapfel era muy escrupulosa. Nunca desaprovechaba la ocasión de spuck en la puerta del número treinta y tres y de pronunciar Schweine! cada vez que pasaba por delante. Algo que me llama la atención de los alemanes: parecen muy aficionados a los cerdos.
UNA PREGUNTA TONTA
Y SU RESPUESTA
¿Quién crees que limpiaba el escupitajo de la puerta todas las noches?
Sí, lo has adivinado.
Cuando una mujer con un puño de hierro dice que salgas ahí fuera y limpies el escupitajo de la puerta, lo haces. Sobre todo cuando el hierro está caliente.
En realidad, formaba parte de la rutina.
Todas las noches Liesel salía a la calle, limpiaba la puerta y contemplaba el firmamento. Por lo general, parecía que alguien hubiera vertido un líquido en el cielo —frío y espeso, resbaladizo y gris—, pero de vez en cuando algunas estrellas tenían el valor de alzarse y flotar, aunque sólo fuera unos minutos. Esas noches se quedaba un poquito más y esperaba.
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Markus Zusak La ladrona de libros
—Hola, estrellas.
Y esperaba.
La voz de la cocina.
O hasta que las aguas del cielo alemán volvían a tragarse las estrellas.
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Markus Zusak La ladrona de libros El beso
(Un momento decisivo de la infancia)
Igual que la mayoría de las ciudades pequeñas, Molching estaba repleta de personajes peculiares, y un puñado de ellos vivía en Himmelstrasse. Frau Holtzapfel sólo era una más del reparto.
Entre los demás destacaban los siguientes:
* Rudy Steiner: el chico de la puerta de al lado, obsesionado con el atleta negro estadounidense Jesse Owens.
* Frau Diller: la leal tendera aria del comercio de la esquina.
* Tommy Mullen un niño al que habían operado varias veces por su otitis crónica. Un río de piel rosada le recorría la cara y tenía algún que otro tic.
* Un hombre al que todos llamaban Pfiffikus y cuya vulgaridad hacía que Rosa Hubermann pareciera una poetisa y una santa.
Resumiendo, era una calle donde vivía gente relativamente pobre. A pesar del aparente auge de la economía alemana durante el gobierno de Hitler, en la ciudad todavía existían zonas deprimidas.
Como ya he mencionado, la casa contigua a la de los Hubermann estaba alquilada por una familia llamada Steiner. Los Steiner tenían seis hijos. Uno de ellos, el tristemente famoso Rudy, pronto se convertiría en el mejor amigo de Liesel y, más adelante, en su compinche y ocasional catalizador de sus correrías. Lo conoció en la calle.
Pocos días después del primer baño de Liesel, Rosa la dejó salir a jugar con los otros niños. En Himmelstrasse, las amistades se forjaban al aire libre, hiciera el tiempo que hiciese. Los niños raras veces visitaban las casas de los demás, ya que estas eran pequeñas y por lo general había pocas cosas en ellas. Además, en la calle podían practicar su pasatiempo favorito como si fueran profesionales: el 38
Markus Zusak La ladrona de libros fútbol. Los equipos estaban bien definidos y utilizaban los cubos de basura para delimitar las porterías.
Al ser una recién llegada, a Liesel la relegaron de inmediato a custodiar el espacio entre los cubos de basura. (Tommy Müller por fin conoció la libertad, a pesar de ser el peor futbolista que Himmelstrasse había visto en toda su historia.)
Todo se desarrolló a la perfección durante un tiempo, hasta el profético momento en que Rudy Steiner acabó tumbado en la nieve debido a una falta de Tommy Müller, alentada por la frustración.
—¿¡Qué!? —protestó Tommy, con expresión contrariada por la desesperación—. ¡Pero si no he hecho nada!
El equipo de Steiner exigió al completo el penalti y acto seguido Rudy Steiner tuvo que enfrentarse a la niña nueva, Liesel Meminger.
Rudy colocó el balón en un montoncito irregular de nieve, seguro de obtener el resultado habitual. Después de todo, no había fallado ni un solo penalti de los dieciocho que había lanzado, ni siquiera cuando el equipo contrario protestaba para sacar a Tommy Müller de la portería. Daba igual por quién lo sustituyeran, Rudy siempre marcaba.
Esta vez también trataron de sacar a Liesel, pero, como te imaginarás, ella se negó y Rudy no puso pegas.
—No, no. —Sonrió—. Dejadla.
Se estaba frotando las manos.
Había dejado de nevar sobre la sucia calle y las pisadas embarradas se concentraban entre ellos. Rudy cogió carrerilla, chutó el balón, Liesel se lanzó a por él y, sin saber cómo, consiguió rechazarlo con el codo. Se levantó sonriente, pero lo primero que vio fue una bola de nieve que se estrelló contra su cara. La mitad era barro. Escocía a rabiar.
—¿Qué te ha parecido eso?
El chico sonrió de oreja a oreja y salió corriendo tras el balón.
—Saukerl—musitó Liesel entre dientes.
El vocabulario de su nuevo hogar se le pegaba rápido.
ALGUNOS DATOS SOBRE
RUDY STEINER
Era ocho meses mayor que Liesel y tenía piernas esqueléticas, dientes afilados, ojos azules desproporcionados y el pelo de color limón.
Era uno de los seis Steiner, y tenía hambre a todas horas.
En Himmelstrasse se le consideraba un poco alocado.
Esto se debía a un suceso del que rara vez se hablaba, pero al 39
Markus Zusak La ladrona de libros que todo el mundo se refería como
«el incidente Jesse
Owens»: una noche se había pintado de negro carbón y había corrido los cien metros en el estadio local.
Cuerdo o no, Rudy estaba destinado a ser el mejor amigo de Liesel.
Todo el mundo sabe que una bola de nieve en la cara es el comienzo perfecto de una amistad duradera.
Poco después de empezar el colegio, Liesel hacía el camino hasta la escuela con los Steiner. La madre de Rudy, Barbara, había hecho prometer a su hijo que acompañaría a la niña nueva, sobre todo después de haber oído hablar de la bola de nieve. Dicho sea en su favor, a Rudy no le importó obedecer ya que distaba mucho de ser el típico chico misógino. Al contrario, las chicas le gustaban mucho y, por tanto, Liesel también (de ahí la bola de nieve). De hecho, Rudy Steiner era uno de esos mamoncetes descarados que se las daba de entendido en mujeres. En la infancia suele haber un joven de este tipo. Es el típico chico que se niega a temer al otro sexo sólo porque los demás sí lo hacen, el típico chico al que no le da miedo tomar decisiones. En este caso, Rudy tenía ideas claras con respecto a Liesel Meminger.
De camino al colegio intentó enseñarle los lugares más importantes de la ciudad por los que pasaban o, al menos, intentó colarlos de alguna manera en la conversación entre las exhortaciones a sus hermanas pequeñas para que cerraran el pico y las que recibía de los mayores para que él cerrara el suyo. El primer lugar de interés era una pequeña ventana de la segunda planta de un bloque de pisos.
—Ahí vive Tommy Müller. —Se dio cuenta de que Liesel no lo recordaba—
. El de los tics. Cuando tenía cinco años, se perdió en el mercado el día más frío del año. Cuando lo encontraron tres horas después, estaba congelado y le dolían mucho los oídos. Al cabo de un tiempo vieron que se le habían infectado y, como tuvieron que operarle tres o cuatro veces, los médicos le hicieron polvo los nervios. Por eso ahora le dan tics.
—Y es malo jugando al fútbol —metió baza Liesel.
—El peor.
El siguiente era la tienda de la esquina, al final de Himmelstrasse. La tienda de frau Diller.
AVISO IMPORTANTE SOBRE
FRAU DILLER
Tenía una regla de oro.
40
Markus Zusak La ladrona de libros Frau Diller era una mujer mordaz, con gafas de gruesos cristales y una mirada cruel y fulminante. Había perfeccionado esa mirada malévola para desalentar a todo aquel que pretendiera robar en su tienda, que regentaba con porte militar, voz helada y un aliento que incluso olía a «heil Hitler». La tienda era blanca, fría y desangelada. La pequeña casa que quedaba comprimida al lado temblaba más que el resto de los edificios de Himmelstrasse. Frau Diller transmitía esa sensación y la despachaba como la única mercancía gratis que podía encontrarse en su establecimiento. Vivía para la tienda y la tienda vivía para el Tercer Reich. Incluso cuando empezó el racionamiento a finales de año, se sabía que vendía bajo mano ciertos artículos difíciles de encontrar y que donaba el dinero al Partido Nazi. En la pared detrás de su asiento había una foto enmarcada del Führer. Si entrabas en la tienda y no saludabas con un «
heil Hitler», lo más probable era que no te atendiera. Al pasar por ahí, Rudy le llamó
la atención a Liesel sobre los ojos a prueba de balas que los escudriñaban a través del escaparate.
—Si quieres pasar de la puerta, di heil cuando entres —le advirtió, muy serio.
Cuando ya se habían alejado bastante del comercio, Liesel se volvió y vio que los ojos enormes seguían allí, pegados al cristal del escaparate. Al doblar la esquina, Münchenstrasse (la calle principal, por la que se entraba y salía de Molching) estaba cubierta de barro.
Como era habitual, varias hileras de soldados que estaban entrenándose marchaban por la calle. Los uniformes caminaban derechos y las botas negras contribuían a ensuciar la nieve aún más. Todos miraban al frente, concentrados. Cuando los soldados hubieron desaparecido, los Steiner y Liesel pasaron por delante de varios escaparates y del imponente ayuntamiento, que años después sería rebanado a la altura de las rodillas y enterrado. Había varias tiendas abandonadas todavía marcadas con estrellas amarillas y comentarios antisemitas. Más allá la iglesia, cuyo tejado de elaborados azulejos apuntaba al cielo. En general, la calle era un alargado tubo gris, un pasillo húmedo lleno de gente encorvada por el frío y salpicado de tenues pisadas.
Al llegar a cierta altura, Rudy se adelantó a la carrera, arrastrando a Liesel consigo.
Llamó al escaparate de la tienda del sastre.
Si Liesel hubiera sabido leer, habría comprendido que pertenecía al padre de Rudy. La tienda todavía no estaba abierta, pero un hombre disponía las prendas en el interior, detrás del mostrador. El hombre levantó la cabeza y saludó con la mano.
—Mi padre —le informó Rudy.
41
Markus Zusak La ladrona de libros Instantes después se encontraron en medio de una marea de Steiner de distintas alturas que saludaban con la mano, enviaban besos a su padre o saludaban circunspectos con la cabeza (en el caso de los mayores). Luego se dirigieron al último sitio de interés antes de llegar al colegio.
LA ÚLTIMA PARADA
La calle de las estrellas amarillas.
Era un lugar en el que nadie quería detenerse a mirar, pero casi todo el mundo lo hacía. En la calle, con forma de brazo largo y roto, se alzaban varias casas de ventanas rotas y paredes desconchadas. La estrella de David estaba pintada en las puertas. Esas casas parecían leprosas, llagas infectadas que corrompían el terreno alemán.
—Schiller Strasse —anunció Rudy—, la calle de las estrellas amarillas.
Al otro extremo había gente que iba de un lado para otro. La llovizna les confería el aspecto de fantasmas; ya no eran humanos, sino formas que iban y venían bajo las nubes plomizas.
—Venga, vosotros dos —los llamó Kurt (el mayor de los Steiner). Rudy y Liesel se acercaron corriendo.
En el colegio, Rudy intentaba reunirse con Liesel durante el recreo. No le importaba que los otros se burlaran de la estupidez de la niña nueva.
Liesel pudo contar con él desde el principio y más adelante, cuando la frustración de la niña se desbordó. Sin embargo, Rudy no lo hacía de forma desinteresada.
¿HAY ALGO PEOR QUE
UN CHICO QUE TE ODIE?
Un chico que te quiera.
A finales de abril, cuando volvían del colegio, Rudy y Liesel estaban esperando en Himmelstrasse para empezar a jugar al fútbol, como era habitual. Se habían adelantado un poco más que otros días y todavía no se había presentado nadie. La única persona a la que vieron fue al malhablado Pfiffikus.
—Eh, mira —señaló Rudy.
RETRATO DE PFIFFIKUS
Era de complexión frágil.
Tenía el pelo blanco.
Llevaba un chubasquero negro, pantalones marrones, zapatos 42
Markus Zusak La ladrona de libros destrozados y tenía una boca. .
Menuda boca.
—¡Eh, Pfiffikus!
Cuando la silueta lejana se volvió, Rudy empezó a silbar.
El anciano se enderezó y empezó a insultarlos con un fervor que sólo podría calificarse de ingenioso. Por lo visto, nadie sabía su verdadero nombre o, si lo sabían, nunca lo utilizaban. Solían llamarlo Pfiffikus porque es el nombre que se le pone a quien le gusta silbar, algo que a Pfiffikus se le daba muy bien, sin lugar a dudas. No hacía más que silbar una sola melodía, La marcha Radetzky, y los niños del lugar la imitaban para llamarlo. En cuanto la oía, Pfiffikus abandonaba sus habituales andares (encorvado hacia delante, pasos largos y desgarbados, brazos detrás del chubasquero negro) y se ponía derecho para soltar improperios. En ese momento, toda impresión de serenidad quedaba violentamente interrumpida por una voz que reverberaba de rabia.
Ese día, Liesel imitó la provocación de Rudy casi como un acto reflejo.
—¡Pfiffikus! —repitió Liesel, adoptando de inmediato la debida crueldad que parece propia de la infancia.
Silbó fatal, pero no tuvo tiempo para practicar.
Empezó a perseguirlos sin dejar de maldecir. Primero fue un Geh'
scheissen!
y cada vez fue a peor. Al principio descargó los improperios sólo sobre el chico, pero poco después le llegó el turno a Liesel.
—¡Eh, golfa! —rugió. Las palabras cayeron como una costalada en la espalda de Liesel—. ¡Es la primera vez que te veo!
Mira que llamar golfa a una niña de diez años... Ese era Pfiffikus. Todos opinaban que frau Holtzapfel y él habrían hecho una buena pareja. «¡Volved aquí!» fueron las últimas palabras que Liesel y Rudy oyeron mientras se alejaban a la carrera. No se detuvieron hasta que llegaron a Münchenstrasse.
—Vamos, por aquí —dijo Rudy, cuando consiguieron recuperar el aliento. La llevó a Hubert Oval, el escenario del incidente de Jesse Owens,
donde se quedaron con las manos en los bolsillos. La pista se extendía delante de ellos. Sólo podía ocurrir una cosa. Empezó Rudy.
—Cien metros —la retó—, me juego lo que quieras a que no me ganas.
Liesel no iba a ser menos.
—Me juego lo que quieras a que sí.
—¿Qué te juegas, pequeña Saumensch? ¿Tienes dinero?
—Claro que no, ¿y tú?
—No. —Pero Rudy tenía una idea. Fue el galán el que habló por él—.
Si gano, te doy un beso.
43
Markus Zusak La ladrona de libros Se agachó y empezó a enrollarse el bajo de los pantalones.
Liesel se inquietó, por decirlo de alguna manera.
—¿Y por qué quieres besarme? Voy sucia.
—Yo también.
Rudy no veía razón alguna para que un poco de mugre se interpusiera entre ellos. Además, no había pasado tanto tiempo desde la última ducha.
Liesel lo meditó mientras estudiaba los palmitos que su rival tenía por piernas. Eran iguales que las suyas. Pensó que era imposible que la ganara.
Asintió, con gravedad. La cosa iba en serio.
—Puedes besarme si ganas, pero si gano yo, dejo de ser portera cuando juguemos al fútbol.
Rudy sopesó las opciones.
—Me parece justo.
Y se estrecharon la mano.
El cielo estaba muy oscuro y nublado, aderezado con las pequeñas astillas de lluvia que comenzaban a caer.
La pista estaba más encharcada de lo que parecía.
Ambos rivales estaban preparados.
Rudy lanzó una piedra para dar el disparo de salida. Cuando cayera al suelo, podían empezar a correr.
—Ni siquiera veo la línea de llegada —se quejó Liesel.
—¿Y yo qué?
La piedra tocó el suelo.
Corrieron pegados, dándose codazos para adelantarse. El suelo resbaladizo les lamía los pies y los hizo caer a unos veinte metros del final.
—¡Jesús, María y José! —exclamó Rudy—. ¡Estoy rebozado de mierda!
—No es mierda —lo corrigió Liesel—, es barro. —Aunque tenía sus dudas. Volvieron a resbalar a unos cinco metros de la llegada—. Entonces,
¿quedamos empatados?
Rudy miró la meta. Con la cara medio cubierta de barro, sólo se le veían los dientes afilados y los enormes ojos.
—¿Todavía me llevo el beso si quedamos empatados?
—Ni lo sueñes.
Liesel se levantó y se sacudió un poco de barro de la chaqueta.
—No te obligaré a estar en la portería.
—Quédate con tu portería.
De vuelta a Himmelstrasse Rudy le advirtió:
—Algún día te morirás por besarme —le dijo.
Sin embargo, Liesel lo tenía muy claro.
44
Markus Zusak La ladrona de libros Se hizo una promesa: mientras Rudy Steiner y ella estuvieran vivos, jamás besaría a ese miserable y sucio Saukerl, y ese día menos que nunca. Tenía cosas más importantes de las que preocuparse. Se miró la ropa llena de barro y comentó en voz alta lo que era evidente.
—Va a matarme.
Por supuesto, se refería a Rosa Hubermann, también conocida como mamá, que a punto estuvo de matarla. La palabra Saumensch ocupó un lugar predominante en la bronca. La hizo picadillo.
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Markus Zusak La ladrona de libros El incidente de Jesse Owens Como ya sabemos, Liesel todavía no había llegado a Himmelstrasse cuando Rudy cometió la infamia de su infancia y, sin embargo, cuando se entregaba a sus recuerdos, tenía la sensación de haber estado presente. No se lo explicaba, pero en su memoria se encontraba entre el público imaginario de Rudy. Nadie más que él le había hablado de la peripecia, pero el joven le contó el relato con todo detalle; cuando Liesel se propuso narrar su propia historia, el incidente de Jesse Owens formaba parte de ella, tanto como todo lo que había visto con sus propios ojos.
Era 1936. Las Olimpiadas. Los juegos de Hitler.
Jesse Owens acababa de terminar los cuatrocientos metros relevos y había conseguido su cuarta medalla de oro. Había corrido la voz de que Hitler se negó a estrecharle la mano por ser negro y, por ende, infrahumano.
Incluso los racistas alemanes más recalcitrantes se maravillaron ante los logros de Owens, y los rumores sobre sus hazañas empezaron a difundirse.
Nadie había quedado tan impresionado como Rudy Steiner.
Toda la familia estaba apretujada en el salón cuando Rudy se escabulló y se dirigió a la cocina. Sacó un trozo de carbón de los fogones y lo sostuvo en sus diminutas manos. «Ahora.» Sonrió. Estaba listo.
Se untó bien de carbón, a conciencia, hasta que quedó todo negro.
Incluso el pelo.
El chico sonrió con expresión desvariada al verse reflejado en la ventana. Vestido con unos pantalones cortos y una camiseta sin mangas, cogió en silencio la bicicleta de su hermano mayor y enfiló la calle, donde se puso a pedalear como un loco en dirección al Hubert Oval. En uno de los bolsillos se había guardado unos cuantos trocitos de carbón, por si se desteñía.
En la fantasía de Liesel, esa noche la luna estaba zurcida al cielo, con puntadas de nube alrededor.
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Markus Zusak La ladrona de libros La bicicleta oxidada se detuvo y cayó sobre la valla del Hubert Oval, que Rudy saltó. Aterrizó al otro lado y fue corriendo con desgarbo hasta la línea de salida de los cien metros. A continuación, entusiasmado, hizo unos torpes estiramientos y dibujó unas marcas de salida en la tierra.
A la espera de que llegara su turno, se paseó arriba y abajo, concentrándose bajo un firmamento oscuro, con la luna y las nubes observándolo atentamente.
—Parece que Owen está en buena forma —comentó—. Este podría ser el mayor triunfo de toda su carrera...
Estrechó las manos imaginarias de los otros atletas y les deseó suerte, aunque ya sabía el resultado. No tenían ninguna posibilidad.
El juez les indicó que se prepararan. Una multitud se materializó y ocupó
hasta el último rincón de la circunferencia del Hubert Oval. Todos gritaban el nombre de Rudy Steiner... y su nombre era Jesse Owens. El estadio enmudeció. Sus pies descalzos se agarraron al suelo, podía sentirlo entre los dedos. A petición del juez de salida, se elevó ligeramente para adoptar la posición de listos... y la pistola perforó la noche.
Durante el primer tercio de la carrera iba bastante igualado, pero sólo era cuestión de tiempo que el tiznado Owens adelantara a los demás y se alejara veloz como un rayo.
—¡Owens a la cabeza! —gritó el chico con voz estridente mientras corría por la calle vacía, derecho hacia el aplauso fervoroso de la gloria olímpica. Incluso sintió que su pecho partía la cinta al atravesarla en primer lugar. El hombre más rápido del mundo.
Sin embargo, la hazaña se desmoronó al dar la vuelta de honor. Su padre estaba de pie entre la multitud, esperándolo junto a la línea de meta, como si fuera el hombre del saco. O, al menos, el hombre del saco trajeado.
(Como ya he mencionado, el padre de Rudy era sastre y rara vez se le veía por la calle sin traje y corbata. En esa ocasión, sólo llevaba una chaqueta y una camisa desarreglada.)
—Was ist los? —le preguntó a su hijo cuando este apareció en toda su tiznada gloria—. ¿Qué diablos está pasando aquí? —La multitud se desvaneció. Empezó a soplar la brisa—. Estaba durmiendo en el sillón cuando Kurt se dio cuenta de que te habías ido. Todo el mundo está buscándote.
El señor Steiner era un hombre extremadamente educado en circunstancias normales; sin embargo, descubrir a uno de sus hijos tiznado de carbón una noche de verano no era lo que él consideraba circunstancias normales. 47
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—Este niño está loco —masculló, aunque tuvo que admitir que, con seis críos, podía ocurrir algo así. Al menos uno de ellos tenía que salirle rana.
Lo miraba fijamente, esperando una explicación—. ¿Y bien?
Rudy, jadeando, se agachó y apoyó las manos en las rodillas.
—Era Jesse Owens —contestó, como si fuera lo más normal del mundo.
Incluso había algo en el tono de su voz que preguntaba: «¿Qué demonios iba a ser si no?». No obstante, el tono desapareció cuando vio las ojeras de su padre cansadas por la falta de sueño.
—¿Jesse Owens? —El señor Steiner era de esos hombres inexpresivos, de voz angulosa y firme. Era alto y fornido, como un roble, y su cabello parecía hecho de astillas—. ¿Qué Jesse Owens?
—¿Cuál va a ser, papá? El mago negro.
—Ya te daré yo magia negra.
Agarró a su hijo por la oreja y Rudy hizo un gesto de dolor.
—¡Ay, me haces daño!
—¿No me digas? —Su padre estaba más preocupado por la pegajosa textura del carbón, que le manchaba los dedos. Estaba cubierto de pies a cabeza. Incluso tenía carbón en las orejas, por amor de Dios—. Vamos.
De camino a casa, el señor Steiner decidió hablarle de política del modo más claro posible, pero Rudy sólo llegaría a entender todo lo que le dijo con los años, cuando ya era demasiado tarde para molestarse en comprender nada.
LA CONTRADICTORIA POLÍTICA
DE ALEX STEINER
Primer punto: Era miembro del Partido Nazi, pero no odiaba a los judíos. En realidad, ni a los judíos ni a nadie.
Segundo punto: Sin embargo, no pudo evitar sentir cierto alivio (o, peor, ¡regocijo!) cuando los tenderos judíos tuvieron que cerrar. La propaganda le había convencido de que sólo era cuestión de tiempo que una plaga de sastres judíos asomara la cabeza y le robara la clientela.
Tercer punto: No obstante, ¿significaba eso que debían expulsarlos?
Cuarto punto: Su familia. Tenía que hacer todo lo que estuviera en su mano para mantenerla. Si eso significaba ser del partido, pues uno era del partido.
Quinto punto: En algún lugar, en lo más profundo, sentía una punzada en el corazón, pero decidió no hurgar. Temía lo que pudiera salir.
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Antes de llegar a Himmelstrasse, Alex le dijo:
—Hijo, no puedes andar por ahí pintado de negro, ¿me entiendes?
Rudy le prestó atención, interesado... y confuso. La luna se había librado de las nubes y ahora podía moverse, elevarse, zambullirse y derramar gotitas sobre el rostro del chico, confiriéndole un aspecto inocente y lúgubre, como sus pensamientos.
—¿Por qué no, papá?
—Porque te llevarán.
—¿Por qué?
—Porque no deberías querer ser como los negros o los judíos o como cualquiera que... no sea como nosotros.
—¿Quiénes son los judíos?
—¿Te acuerdas de mi cliente más antiguo, el señor Kaufmann, al que le compramos tus zapatos?
—Sí.
—Pues es judío.
—No lo sabía. ¿Tienes que pagar para ser judío? ¿Se necesita un permiso?
—No, Rudy. —El señor Steiner llevaba la bicicleta con una mano y a Rudy con la otra. Pero le costaba más dirigir la conversación. Todavía no le había soltado la oreja. Se había olvidado—. Es como ser alemán o católico.
—Ah. ¿Jesse Owens es católico?
—¡No lo sé!
Tropezó con uno de los pedales de la bicicleta y soltó la oreja del chico.
Continuaron caminando en silencio durante un rato.
—Ojalá fuera como Jesse Owens, papá —comentó Rudy.
Esta vez, el señor Steiner puso la mano sobre la cabeza de su hijo.
—Lo sé, hijo, pero tienes un precioso cabello rubio y unos ojazos azules que te evitarán muchos problemas —le explicó—. Deberías conformarte,
¿está claro?
Sin embargo, no estaba nada claro.
Rudy no entendió ni una palabra y esa noche no fue más que el preludio de lo que les deparaba el futuro. Dos años y medio después, la zapatería de los Kaufmann acabó hecha añicos y todos los zapatos desaparecieron en un camión, metidos en sus cajas.
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Markus Zusak La ladrona de libros El reverso del papel de lija Supongo que las personas viven momentos cruciales sobre todo durante la infancia. Para algunos es un incidente como el de Jesse Owens. Para otros, un momento de histeria en medio de un episodio de incontinencia nocturna.
Era finales de mayo de 1939 y la noche había sido como cualquier otra.
Rosa ejercitaba su puño de hierro, Hans había salido y Liesel limpiaba la puerta de casa y contemplaba el firmamento de Himmelstrasse.
Por la tarde se había celebrado un desfile.
Los miembros extremistas de camisa parda del NSDAP (también conocido como Partido Nazi) marcharon por Münchenstrasse ondeando sus banderas con orgullo, con el rostro bien alto, como si se hubieran tragado una escoba. Cantaban a voz en grito y acabaron con una rugiente interpretación de Deutschland über Alles, «Alemania por encima de todo».
Como siempre, les aplaudieron.
Los animaron a seguir su camino hacia quién sabe dónde.
La gente se detenía a mirar y algunos extendían el brazo a modo de saludo mientras otros tenían las manos al rojo vivo de tanto aplaudir. Otros intentaban contener la emoción que se reflejaba en sus rostros contraídos por el orgullo, como frau Diller, y había alguno que otro, como Alex Steiner, que aguantaba el tipo como si fuera un bloque de madera con forma humana que aplaudía lenta y obedientemente. Armoniosamente.
Sumisamente.
Liesel los vio desde la acera, junto a su padre y Rudy. Hans Hubermann los contemplaba desde detrás de las persianas bajadas.
UNOS CUANTOS DATOS
SIGNIFICATIVOS
En 1933 el noventa por ciento de los alemanes apoyaba a Adolf Hitler sin reserva alguna.
Eso nos deja un diez por ciento de detractores.
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Markus Zusak La ladrona de libros Hans Hubermann pertenecía a ese diez por ciento.
Existía una razón para ello.
Por la noche, Liesel soñó, como siempre. Al principio veía las camisas pardas desfilando, pero luego la condujeron a un tren donde la esperaba el descubrimiento habitual: su hermano le clavaba la mirada.
Cuando se despertó gritando, Liesel supo de inmediato que algo había cambiado. Un olor se desparramaba por debajo de las sábanas, cálido y empalagoso. Al principio intentó convencerse de que no había ocurrido nada, pero cuando su padre se acercó y la meció entre sus brazos, lloró y se lo confesó
al oído.
—Papá —susurró—, papá.
Y eso fue todo. Seguramente él también lo olió.
Hans la levantó con suavidad de la cama y se la llevó al lavabo. El momento llegó minutos después.
—Cambiaremos las sábanas —dijo su padre, y cuando se agachó y tiró de la tela, algo se soltó y cayó al suelo de un golpe sordo.
Un libro negro de letras plateadas salió disparado y aterrizó entre los pies del hombre alto.
Lo miró.
Miró a la niña, que se encogió de hombros tímidamente.
A continuación, Hans leyó el título en voz alta, concentrado: Manual del sepulturero.
«Así que ese es el título», pensó Liesel.
El silencio se instaló entre ellos, entre el hombre, la niña y el libro. Hans lo recogió y habló con una voz tan suave como el algodón.
CONVERSACIÓN A LAS DOS
DE LA MADRUGADA
¿Es tuyo?
—Sí, papá.
¿Quieres leerlo?
De nuevo:
—Sí, papá.
Una sonrisa cansada.
Ojos de metal, derretido.
Bueno, entonces será mejor que lo leamos.
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Markus Zusak La ladrona de libros Cuatro años después, cuando empezó a escribir en el sótano, dos pensamientos acudieron a la mente de Liesel relacionados con el trauma de mojar la cama. Primero, se sintió muy afortunada de que fuera su padre quien descubriera el libro. (Por suerte, cuando había que hacer la colada de las sábanas, era Liesel la encargada de retirarlas y de hacerse la cama. «¡Y deprisita, Saumensch! ¿O es que crees que tenemos todo el día?».) Segundo, estaba muy orgullosa del papel que Hans Hubermann había desempeñado en su educación.
«Nadie lo hubiera dicho —escribió—, pero el colegio no me ayudó tanto como mi padre a la hora de aprender a leer. La gente cree que no es muy listo, y es cierto que le cuesta leer, pero pronto descubrí que las palabras y la escritura le habían salvado la vida en una ocasión. O, por lo menos, las palabras y un hombre que le enseñó a tocar el acordeón...»
—Lo primero es lo primero —sentenció Hans Hubermann esa noche.
Lavó
las sábanas y las tendió—. Veamos, empecemos con las clases nocturnas —dijo al volver.
El polvo cubría la luz amarillenta.
Liesel se sentó sobre las sábanas frías y limpias, avergonzada y eufórica. Le angustiaba la idea de haber vuelto a mojar la cama, pero estaba a punto de leer. Iba a leer el libro.
La emoción se apoderó de ella.
Se imaginó a una lectora genial de diez años.
Ojalá hubiera sido tan fácil.
—A decir verdad, los libros no son lo mío —se sinceró el padre antes de empezar.
Sin embargo, no importaba que leyera despacio. En todo caso, su ritmo de lectura, más lento de lo habitual, debió de ayudarla. Tal vez sirviera para que los comienzos de la niña fueran menos frustrantes.
No obstante, al principio Hans parecía un poco incómodo con el libro entre las manos.
Se sentó junto a la niña en la cama, se inclinó hacia atrás y dobló las piernas. Volvió a estudiar el libro y lo dejó caer sobre la cama.
—Vamos a ver, ¿por qué una buena niña como tú quiere leer una cosa así?
Liesel volvió a encogerse de hombros. Si el aprendiz de sepulturero hubiera estado leyendo las obras completas de Goethe o de cualquier otra autoridad por el estilo, también las tendrían ahí delante. Liesel intentó explicarse.
—Yo... Cuando... Estaba en la nieve y...