La ladrona de libros
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Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
—Sí, mamá.
Por un instante tuvo la impresión de que su madre iba a confortarla o a darle una palmadita en el hombro.
Buena chica, Liesel, buena chica. Palmadita, palmadita, palmadita. No hizo nada parecido.
De hecho, Rosa Hubermann se levantó, cogió una cuchara de madera y se la puso a Liesel debajo de la nariz. Desde el punto de vista de Rosa, era una cuestión de necesidad.
—Cuando salgas ahí fuera, ve arriba y abajo con la bolsa y vuelve derechita a casa con el dinero, por poco que sea. Nada de irse con papá, si es que de una vez por todas se ha puesto a trabajar. Nada de gandulear con ese pequeño Saukerl de Rudy Steiner. Derechita a casa.
—Sí, mamá.
—Y cuando lleves la bolsa, cógela como es debido. No vayas haciendo el molinillo, o la tires o la arrugues o te la eches al hombro.
—Sí, mamá.
—«Sí, mamá.» —Rosa Hubermann era una gran imitadora, y muy enfática—. Será mejor que me hagas caso, Saumensch, porque si no lo acabaré
descubriendo. Lo sabes, ¿verdad?
—Sí, mamá.
Pronunciar esas dos palabras era el mejor modo de sobrevivir, al igual que hacer todo lo que le decía, por lo que, a partir de ese momento fue Liesel la que pateó las calles de Molching, de la zona de los pobres a la de los ricos, recogiendo y entregando la colada. Al principio era un trabajo solitario del que nunca se quejaba. Después de todo, la primera vez que
tuvo que arrastrar el saco por la ciudad, al doblar la esquina de Münchenstrasse, miró a ambos lados 76
Markus Zusak La ladrona de libros y empezó a hacer el molinillo —una vuelta entera—, y luego comprobó el contenido. Gracias a Dios, no había arrugas. Ni una. Sólo una sonrisa y la promesa de no volver a hacerlo.
En general, a Liesel le gustaba. No participaba del reparto del pago, pero estaba fuera de casa y pasear por las calles sin su madre era como estar en el cielo. Sin dedos acusadores ni insultos. Ni nadie que se las quedara mirando cuando la insultaba por no coger la bolsa como debía. Sólo tranquilidad. También acabó cogiéndole cariño a la gente:
* A los Pfaffelhürver, que revisaban la ropa y decían: Ja, ja, sehr gut, sehr gut. Liesel creía que lo hacían todo dos veces.
* A la amable Helena Schmidt, que le tendía el dinero con una artrítica garra.
* A los Weingartner, cuyo gato de bigotes tiesos siempre salía a recibirla junto a ellos. Pequeño Goebbels, así lo llamaban, igual que la mano derecha de Hitler.
* Y a frau Hermann, la mujer del alcalde, que la esperaba con su suave y sedoso cabello y su tiritera en la enorme y fría puerta de su casa. Siempre muda. Siempre sola. Ni una palabra, nunca.
A veces, Rudy la acompañaba.
—¿Cuánto dinero llevas ahí? —le preguntó una tarde. Estaba a punto de oscurecer y ya habían llegado a Himmelstrasse. La tienda de frau Diller quedaba atrás—. Ya sabes lo de frau Diller, ¿verdad? Dicen que tiene golosinas escondidas en algún sitio y que por un precio justo...
—Ni lo sueñes. —Liesel, como siempre, agarraba el dinero con fuerza
—. Para ti es muy fácil, tú no tienes que enfrentarte a mi madre.
Rudy se encogió de hombros.
—Valía la pena intentarlo.
A mitad de enero, en la escuela aprendieron a escribir cartas. Después de aprender los rudimentos, todos los alumnos tenían que redactar dos cartas, una a un amigo y otra a alguien de otra clase.
La carta que Rudy le escribió a Liesel decía lo siguiente: Apreciada Saumensch:
¿Sigues siendo tan mala en fútbol como la última vez que jugamos? Así lo espero. Eso significa que puedo ganarte de nuevo a las carreras como Jesse Owens en las Olimpiadas...
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Markus Zusak La ladrona de libros Cuando la hermana Maria la encontró, le hizo una pregunta con mucha amabilidad.
PROPUESTA DE LA
HERMANA MARÍA
«¿Le apetecería visitar el pasillo, señor Steiner?»
Huelga decir que Rudy respondió que no, de modo que la hoja de papel acabó hecha pedazos y él empezó la carta de nuevo. El segundo intento iba dirigido a alguien llamado Liesel y le preguntaba cuáles eran sus pasatiempos preferidos.
En casa, mientras acababa una carta que tenían de deberes, Liesel decidió
que escribir a Rudy o a cualquier otro Saukerl era absurdo. No tenía sentido. Estaba escribiendo en el sótano cuando se volvió hacia su padre, que repintaba la pared otra vez.
Tanto los vapores de la pintura como él se volvieron.
—Was wulstz? —preguntó, utilizando el alemán más basto que sabía, aunque con aire de absoluta cordialidad—. Sí, ¿qué?
—¿Puedo escribirle una carta a mamá?
Silencio.
—¿Para qué quieres escribirle una carta? Tienes que aguantarla a diario.
—
Su padre estaba schmunzel ando, esbozó una sonrisa traviesa—. ¿No tienes suficiente?
—A esa mamá, no.
Liesel tragó saliva.
—Ah. —Su padre se volvió hacia la pared y continuó pintando—.
Bueno, supongo que sí. Se la podrías enviar a la mujer esa como se llame, la que te trajo aquí y luego vino varias veces a visitarnos, la del centro de acogida.
—Frau Heinrich.
—Eso es. Envíasela, tal vez ella pueda entregársela a tu madre. Hans no parecía demasiado convencido, como si quisiera ocultarle algo a Liesel.
Durante las visitas de frau Heinrich, también ella se había mostrado hermética en relación con su madre.
En vez de preguntarle qué ocurría, Liesel empezó a escribir de inmediato, decidió ignorar el mal presentimiento que la había asaltado.
Necesitó tres horas y seis borradores para pulir una carta en la que le hablaba a su madre de Molching, de su padre y del acordeón, de la extraña, aunque sincera forma de comportarse de Rudy Steiner y de las proezas de Rosa Hubermann. También le contaba lo orgullosa que estaba de ella misma porque ahora sabía leer y escribir 78
Markus Zusak La ladrona de libros un poquito. Al día siguiente le pegó un sello que cogió del cajón de la cocina y la echó al correo en la tienda de Frau Diller. Y comenzó la espera. La noche que escribió la carta, oyó por casualidad una conversación entre Hans y Rosa.
—¿Qué hace escribiéndole a su madre? —decía Rosa.
Su voz sonaba tranquila y afectuosa, algo muy poco habitual y, como podrás imaginar, eso la dejó bastante preocupada. Habría preferido oírlos discutir. Los cuchicheos entre adultos le inspiraban muy poca confianza.
—Me lo pidió —contestó su padre— y no supe decirle que no. ¿Cómo iba a negarme?
—Jesús, María y José. —Otra vez los susurros—. Debería olvidarla.
¿Quién sabe dónde estará? Dios sabe lo que le habrán hecho.
En la cama, Liesel se acurrucó con fuerza, haciéndose un ovillo. Pensó en su madre y se repitió las preguntas de Rosa Hubermann.
¿Dónde estaba?
¿Qué le habían hecho?
Y, sobre todo, ¿se podía saber de quiénes estaba hablando?
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Markus Zusak La ladrona de libros Correo sin dueño Escena prospectiva en el sótano, septiembre de 1943.
Una niña de catorce años escribe en un pequeño libro de tapas oscuras.
Está
esquelética, pero es fuerte y ha visto muchas cosas. Su padre está sentado con el acordeón a los pies.
—¿Sabes, Liesel? Estuve a punto de responderte por carta y firmar con el nombre de tu madre —confiesa. Se rasca la pierna, aunque ya le han quitado la escayola—. Pero no pude, no me atreví.
En varias ocasiones, a lo largo de enero y todo febrero de 1940, a Hans se le rompió el corazón cuando Liesel miraba en el buzón para ver si había llegado la respuesta a su carta.
—Lo siento, hoy nada, ¿verdad?
Mirando atrás, Liesel comprendía que todo había sido en vano. Si su madre hubiera estado en condiciones de responder, ya se habría puesto en contacto con el personal del centro de acogida o directamente con ella o con los Hubermann. Pero nada.
Por si fuera poco, los Pfaffelhürver de Heide Strasse, clientes también de la plancha, le entregaron una carta a mediados de febrero. Los dos salieron a la puerta de casa haciendo gala de su altura, con mirada lastimera.
—Para tu madre —dijo el hombre, entregándole el sobre—. Dile que lo sentimos. Dile que lo sentimos.
No fue una de las mejores noches en casa de los Hubermann.
Incluso desde el sótano, al que Liesel se retiró para escribir la quinta carta dirigida a su madre (todas ellas pendientes de enviar, exceptuando la primera), oyó los insultos y el escándalo que Rosa armó por los Arschlöcher de los Pfaffelhürver y el asqueroso de Ernst Vogel.
—Feuer soll'n's brunzen für einen Monat! —la oyó gritar. Traducción:
«¡Deberían mear fuego un mes entero!».
Liesel escribía.
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Markus Zusak La ladrona de libros El día de su cumpleaños no recibió ningún regalo. No hubo regalo porque no había dinero y, en esa época, a su padre se le había acabado el tabaco.
—Te lo dije. —Su madre lo apuntó con un dedo acusador—. Te dije que no le dieras los dos libros en Navidad, pero, no, claro, ¿me hiciste caso?
¡No, señor!
—¡Ya lo sé! —Se volvió, tranquilo, hacia la niña—. Lo siento, Liesel, no nos lo podemos permitir.
A Liesel no le importó. No lloriqueó, ni gimoteó, ni pataleó. Se limitó a tragarse la desilusión y decidió correr un riesgo calculado: hacerse un regalo ella misma. Reuniría las cartas a su madre que había acumulado, las metería todas en un sobre y utilizaría una diminuta fracción del dinero de la colada y la plancha para enviarlas. Luego, por descontado, se llevaría un Watschen, seguramente en la cocina, y no diría ni mu.
Tres días después, el plan se concretó.
—Falta algo. —Su madre contaba el dinero por cuarta vez con Liesel delante, junto a los fogones. El calor que desprendían la confortaba y le daba un hervor a la rápida circulación de su sangre—. ¿Qué ha pasado, Liesel?
—Deben de haberme dado de menos —mintió.
—¿No lo contaste?
—Me lo he gastado, mamá —confesó.
Rosa se acercó. Eso no era buena señal. Estaba demasiado cerca de las cucharas de madera.
—¿Que tú, qué?
Sin darle tiempo a responder, la cuchara de madera cayó sobre el cuerpo de Liesel Meminger como si Dios la pisoteara. Las marcas rojas parecían puntapiés, y escocían. Cuando todo terminó, la niña levantó la vista y se explicó
desde el suelo.
Percibió un latido y la luz amarillenta, todo a la vez. Parpadeó.
—Envié las cartas por correo.
En ese momento se dio cuenta de lo sucio que estaba el suelo, de que sentía la ropa cerca en vez de puesta y comprendió que todo había sido en vano, que su madre nunca respondería y que jamás volvería a verla. La certeza le propinó
un segundo Watschen. Le escoció durante varios minutos. En lo alto, Rosa parecía borrosa, pero a medida que su cara de cartón se acercaba no tardó en volverse nítida. Abatida, se alzaba sobre ella con toda su corpulencia, sujetando la cuchara de madera como si fuera un garrote. Se agachó, y su rostro perdió unas gotas.
—Lo siento, Liesel.
Liesel la conocía lo suficiente para saber que no se refería a la paliza. 81
Markus Zusak La ladrona de libros Las marcas rojas fueron ensanchándose, avanzando por la piel, mientras estaba tendida en el suelo entre el polvo y la suciedad, bajo la luz tenue. Recobró la respiración y una amarillenta lágrima solitaria le rodó por la cara. Sentía su propio peso contra el suelo. Un brazo, una rodilla. Un codo. Una mejilla. Un gemelo.
El suelo estaba frío, sobre todo lo notaba en la cara, pero era incapaz de moverse.
Jamás volvería a ver a su madre.
Se quedó debajo de la mesa de la cocina casi una hora, hasta que su padre llegó a casa y se puso a tocar el acordeón. Sólo entonces Liesel se levantó y empezó a recuperarse.
Esa noche, mientras escribía, no guardaba ningún rencor a Rosa Hubermann ni, para el caso, a su madre. Para ella sólo eran víctimas de las.
circunstancias. El único pensamiento recurrente era la lágrima amarilla. Se dio cuenta de que si hubiera estado oscuro, la lágrima habría sido negra. Sin embargo, estaba oscuro, se dijo.
Daba igual las veces que intentara imaginar la escena con la luz amarillenta; a pesar de saber que había estado allí, tenía que esforzarse para visualizarla. Le habían pegado en la oscuridad y había quedado tendida en el frío y oscuro suelo de la cocina. Incluso la música de su padre era de color oscuro.
Incluso la música de su padre.
Lo extraño del caso era que, en vez de angustiarla, ese pensamiento más o menos la consolaba.
Luz, oscuridad.
¿Dónde estaba la diferencia?
Las pesadillas se habían reforzado las unas a las otras mientras la ladrona de libros aprendía cómo eran las cosas y cómo serían siempre. Al menos así
estaría preparada. Tal vez por eso, y a pesar de la perplejidad y la rabia, el día del cumpleaños del Führer pudo reaccionar cuando el misterio sobre el infortunio de su madre quedó resuelto por completo.
Liesel Meminger estaba lista.
Feliz cumpleaños, herr Hitler.
Que cumpla muchos más.
82
Markus Zusak La ladrona de libros El cumpleaños de Hitler, 1940
En vez de perder la esperanza, Liesel siguió comprobando el buzón todas las tardes, desde marzo hasta bien entrado abril, a pesar de la visita de frau Heinrich —a instancias de Hans—, que les explicó a los Hubermann que la oficina de acogida había perdido todo contacto con Paula Meminger.
Sin embargo, la niña insistía aunque, como era de esperar, nunca había carta cuando revisaba el correo.
Molching, como el resto de Alemania, se había volcado en la preparación del cumpleaños de Hitler. Ese año en cuestión, gracias al desarrollo de la guerra y a la ventajosa posición de Hitler, los partidarios nazis de Molching querían que la celebración fuera especialmente significativa. Habría un desfile. Una marcha. Música. Canciones. Habría una hoguera.
Mientras Liesel pateaba las calles de Molching recogiendo y entregando la colada y la plancha, los miembros del Partido Nazi hacían acopio de combustible. En un par de ocasiones, Liesel vio a hombres y mujeres llamando a las puertas y preguntando a la gente si tenían algo de lo que quisieran desprenderse o destruir. El ejemplar del Molching Express de su padre anunciaba que iban a celebrarlo con una hoguera en la plaza, a la que acudirían todas las Juventudes Hitlerianas del lugar. No sólo se festejaría el cumpleaños del Führer, sino también la victoria sobre sus enemigos y sobre las restricciones que habían refrenado a Alemania desde el final de la Primera Guerra Mundial.
«Debe presentarse cualquier objeto de esa época —periódicos, pósters, libros, banderas— o propaganda de nuestros enemigos en la oficina del Partido Nazi de Münchenstrasse», proclamaba. Incluso volvieron a saquear la Schiller Strasse, la calle de las estrellas amarillas —todavía a la espera de una remodelación—, en busca de algo para quemar en nombre de la gloria del Führer, lo que fuera. A nadie le habría sorprendido que ciertos miembros del partido hubieran ido más lejos y hubiesen hecho imprimir un millar de libros o carteles de moral perniciosa sólo para poder quemarlos.
Todo estaba preparado para celebrar un espléndido 20 de abril. Un día de llamas y alegría.
83
Markus Zusak La ladrona de libros Y robo de libros.
Esa mañana todo transcurría con total normalidad en el hogar de los Hubermann.
—Ese Saukerl ya vuelve a estar mirando por la ventana —rezongó Rosa Hubermann—. No falla ni un día. ¿Y ahora qué miras?
—¡Madre mía! —exclamó Hans, complacido. La bandera, a modo de capa, ocultaba su espalda desde la ventana—. Deberías venir a echar un vistazo a esa mujer. —Volvió la cabeza y sonrió a Liesel—. Tendría que salir corriendo tras ella. Te da cien mil vueltas, mamá.
—Schwein! —Rosa agitó la cuchara de madera en su dirección. Hans siguió contemplando desde la ventana a una mujer imaginaria y un auténtico despliegue de banderas alemanas.
Ese día todas las ventanas de las calles de Molching estaban engalanadas en honor al Führer. En algunas casas, como en la de frau Diller, los cristales resplandecían y la esvástica parecía una piedra preciosa sobre
una manta roja y blanca. En otras, la bandera colgaba del alféizar como si fuera la ropa de la colada. Pero ahí estaba.
Un poco antes había ocurrido una pequeña catástrofe: los Hubermann no encontraban la suya.
—Vendrán a por nosotros —le advirtió Rosa a su marido—. Vendrán y nos llevarán. —Ellos—. ¡Tenemos que encontrarla!
Ya se habían hecho a la idea de que Hans tendría que bajar al sótano y pintar una bandera en una sábana vieja cuando, por fortuna, apareció enterrada detrás del acordeón, en el armario.
—¡Me la tapaba ese maldito acordeón! —Rosa giró sobre sus talones—.
¡Liesel!
La niña tuvo el honor de colgar la bandera en el marco de la ventana.
Hans hijo y Trudy fueron ese día a cenar, como solían hacerlo en Navidad o Pascua. Puede que sea un buen momento para presentarlos en detalle: Hans hijo medía como su padre y tenía su misma mirada, aunque el metal de sus ojos no era cálido como el de Hans; lo habían Führereado.
También era más musculoso, tenía el cabello áspero y rubio y la piel de color hueso. Trudy, o Trudel, como solían llamarla, era sólo unos pocos centímetros más alta que Rosa. Tenía el lamentable y patoso caminar de Rosa Hubermann, pero todo lo demás era mucho más dulce. Trabajaba de criada en la zona pudiente de Munich, así que estaba bastante harta de niños, pero siempre le dirigía a Liesel 84
Markus Zusak La ladrona de libros unas cuantas palabras acompañadas de una sonrisa. Tenía los labios suaves. Y
voz apagada.
Llegaron juntos en el tren de Munich. Las viejas tensiones no tardaron en aflorar.
BREVE HISTORIA DEL
ENFRENTAMIENTO DE
HANS HUBERMANN CON SU HIJO
El joven era nazi, su padre no. En opinión de Hans hijo, su padre pertenecía a una Alemania vieja y decrépita, la Alemania que permitía que los demás se aprovecharan de ella mientras su propia gente sufría. Por ser joven, estaba al tanto de que llamaban a su padre Der Juden Maler —el pintor judío—
porque pintaba en casas judías. Después tuvo lugar un
incidente que en breve pasaré a relatarte: el día que, justo a punto de unirse al partido, Hans lo echó todo a perder. Era sabido que no debían cubrirse con pintura los comentarios antisemitas escritos en las tiendas judías. Ese comportamiento no era bueno ni para Alemania ni para el transgresor.
—Bueno, ¿ya te han dejado entrar? —Hans hijo retomó la conversación donde la habían dejado en Navidad.
—¿Dónde?
—¿Dónde va a ser? En el partido.
—No, creo que se han olvidado de mí.
—Ya, ¿y lo has vuelto a intentar? No puedes quedarte ahí sentado esperando que el nuevo mundo se adapte a ti, eres tú el que tiene que adaptarse... A pesar de los errores pasados.
Hans lo miró.
—¿Errores? He cometido muchos errores en mi vida, pero no militar en el Partido Nazi no es uno de ellos. Todavía tienen mi solicitud, ya lo sabes, pero no he tenido tiempo de ir a preguntar. Sólo...
En ese momento se produjo un gran escalofrío.
Entró grácilmente por la ventana, con la corriente de aire. Tal vez fuera la brisa del Tercer Reich que soplaba con fuerzas renovadas, o quizá volvía a ser el aliento de Europa. En cualquier caso se interpuso entre ellos cuando sus ojos metálicos entrechocaron como latas en la cocina.
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Markus Zusak La ladrona de libros
—Este país nunca te ha importado —aseguró Hans hijo—. Al menos, no lo suficiente.
Los ojos de Hans empezaron a secarse, pero Hans hijo no se detuvo, y se volvió hacia la niña en busca de algo con qué justificar sus palabras. Con sus tres libros de pie sobre la mesa, como si estuvieran conversando, Liesel recitaba las palabras en silencio mientras leía.
—¿Qué basura lee esta niña? Debería estar leyendo Mein Kampf. Liesel lo miró.
—No te preocupes, Liesel —la tranquilizó su padre—, sigue leyendo.
No sabe lo que dice.
Sin embargo, Hans hijo no había terminado.
—O estás con el Führer o estás contra él —insistió, acercándose—, y ya veo que estás contra él. Siempre has estado en su contra. —Liesel miró a
Hans hijo a la cara, obsesionada con la finura de sus labios y la línea irregular de sus dientes inferiores—. Es muy triste que un hombre sea capaz de mantenerse al margen y quedarse de brazos cruzados mientras toda una nación limpia la porquería y florece.
Trudy y Rosa estaban sentadas en silencio, tensas, igual que Liesel. Olía a sopa de guisantes, a quemado y a confrontación.
Todos esperaban las siguientes palabras.
Las pronunció el hijo. Sólo fueron tres.
—Eres un cobarde. —Se las arrojó a la cara y acto seguido abandonó la cocina y la casa.
Haciendo oídos sordos a la futilidad, Hans se acercó a la puerta.
—¿Cobarde? —gritó—. ¡¿Yo soy el cobarde?!
A continuación, alcanzó la cancela y echó a correr, suplicante, detrás de él. Rosa se acercó a la ventana, apartó la bandera de un manotazo y la abrió.
Trudy, Liesel y ella se apiñaron para poder ver cómo un padre daba alcance a su hijo, lo sujetaba y le imploraba que se detuviera. No podían oír lo que decían, pero el brusco movimiento de hombros con que Hans hijo se desembarazó de la mano de su padre fue elocuente. La imagen de Hans contemplando a su hijo mientras se alejaba les llegó como un grito desde la calle.
—¡Hansi! —gritó Rosa al fin. Tanto Trudy como Liesel dieron un respingo—. ¡Vuelve!
El chico se había ido.
Sí, el chico se había ido, y ojalá pudiera decirte que todo le fue bien al joven Hans Hubermann, pero no fue así.
86
Markus Zusak La ladrona de libros Después de dejar atrás Himmelstrasse en nombre del Führer, se precipitaría hacia otra historia cuyos pasos desgraciadamente lo conducirían hasta Rusia. A Stalingrado.
ALGUNOS DATOS SOBRE
STALINGRADO
1. En 1942 y a principios de 1943, todas las mañanas el cielo de esta ciudad era de color blanco, como una sábana lavada con lejía.
2. A lo largo del día, mientras yo no dejaba de transportar almas arriba y abajo, la sábana iba empapándose de salpicaduras de sangre hasta que, por el peso, se encorvaba
hacia la tierra.
3. Por la noche la escurrían y volvían a lavarla con lejía, lista para el siguiente amanecer.
4. Y eso cuando sólo había enfrentamientos diurnos.
Aunque ya no veía a su hijo, Hans Hubermann esperó un poco más. La calle se le antojaba inmensa.
Al entrar en casa, Rosa lo miró fijamente, pero no intercambiaron ni una palabra. No lo reprendió en ningún momento, lo que, como ya sabes, era poco corriente. Tal vez creyera que el insulto de su hijo al llamarlo cobarde era castigo suficiente.
Después de comer, Hans todavía permaneció sentado a la mesa un rato, en silencio. ¿En verdad era un cobarde como su hijo había asegurado de manera tan descarnada? Así se había considerado a sí mismo en la Primera Guerra Mundial. De hecho, a ello atribuía su supervivencia. Entonces, ¿se es cobarde por sentir miedo? ¿Se es cobarde por alegrarse de seguir vivo?
Con la vista clavada en la mesa, sus pensamientos afloraron.
—¿Papá? ¿De qué hablaba? —preguntó Liesel, pero él no la miró—. ¿A qué
se refería cuando...?
—A nada —contestó Hans en voz baja y tranquila, dirigiéndose a la mesa—
. A nada. Olvídalo, Liesel. —Transcurrió cerca de un minuto antes de que volviera a hablar—. ¿No deberías ir preparándote? —Esta vez la miró
—. ¿No quieres ir a ver la hoguera?
—Sí, papá.
La ladrona de libros fue a cambiarse. Se puso el uniforme de las Juventudes Hitlerianas y, media hora más tarde, salieron de casa hacia el cuartel general de la BDM. Desde allí los niños irían a la plaza, cada uno con su grupo. Se pronunciarían discursos.
87
Markus Zusak La ladrona de libros Se encendería una hoguera.
Se robaría un libro.
88
Markus Zusak La ladrona de libros Cien por cien puro sudor alemán La gente flanqueaba las calles mientras la juventud de Alemania desfilaba hacia el ayuntamiento y la plaza. En muy contadas ocasiones Liesel se permitía dejar de pensar en su madre o en cualquier otro problema
del que se considerara dueña. El pecho se le henchía cuando la gente los aplaudía al pasar. Algunos niños saludaban a sus padres, aunque de manera furtiva, pues les habían ordenado explícitamente que desfilaran derechos y no miraran ni se dirigieran a la multitud.
Cuando el grupo de Rudy entró en la plaza y les mandaron detenerse, hubo una excepción: Tommy Müller. El resto del regimiento detuvo la marcha, pero Tommy arremetió contra el chico que iba delante de él.
—Dummkopf! —le soltó el chico antes de volverse.
—Lo siento —se disculpó Tommy, con los brazos estirados a modo de descargo. Su rostro tropezó consigo mismo—. No lo he oído.
Sólo fue un breve incidente, pero también un avance de los problemas que se avecinaban. Para Tommy. Y para Rudy.
Al final del desfile, las divisiones de las Juventudes Hitlerianas obtuvieron permiso para dispersarse. Habría sido imposible mantenerlos en formación mientras la hoguera ardía en sus ojos e inflamaba sus ánimos.
Gritaron al unísono «Heil Hitler» y les dieron permiso para salir corriendo.
Liesel buscó a Rudy, pero en cuanto los niños empezaron a desperdigarse, se vio atrapada en medio de una marea de uniformes y voces chillonas.
Niños llamando a otros niños.
A las cuatro y media, la temperatura había bajado considerablemente.
La gente bromeaba diciendo que era hora de entrar en calor.
—De todos modos, es para lo único que sirve toda esa basura.
Utilizaron carros para transportarlo todo, que vaciaron en medio de la plaza, y rociaron la montaña con algo de olor dulzón. Libros, papeles y otros objetos resbalaban de la pila o se caían, pero los devolvían de nuevo al montículo. Desde lejos parecía un volcán. O algo grotesco y extraño que había 89
Markus Zusak La ladrona de libros aterrizado sin saber cómo en medio de la ciudad y que debía extinguirse y deprisa.
El olor empezó a expandirse entre la gente, que se mantenía a buena distancia. Había más de mil personas en la explanada, en los escalones del ayuntamiento, en los tejados que rodeaban la plaza.
Cuando Liesel intentó abrirse paso, un chisporroteo le hizo pensar que ya habían encendido la hoguera. No era así. Era el rumor de la gente en movimiento, que discurría y se cargaba de energía.
¡Han empezado sin mí!
Aunque había algo en su interior que le decía que aquello era un crimen
—
después de todo, los tres libros eran los objetos más preciados que poseía—
necesitaba ver esa cosa en llamas. No podía evitarlo. Creo que a los humanos les gusta contemplar la destrucción a pequeña escala. Castillos de arena, castillos de naipes, por ahí empiezan. Su gran don es la capacidad de superación.
El temor de perdérselo se desvaneció al encontrar un agujero entre los cuerpos y ver la montaña de culpa todavía intacta. La removían y la rociaban, incluso escupían. Le recordó a un niño repudiado, abandonado y atemorizado, incapaz de escapar a su destino. A nadie le gustaba. La cabeza gacha. Las manos en los bolsillos. Para siempre. Amén.
Los objetos continuaron rodando por las laderas mientras Liesel buscaba a Rudy. ¿Dónde estaría ese Saukerl?
Cuando levantó la vista, el cielo se estaba agazapando.
Un horizonte de banderas y uniformes nazis entorpecía su visión cada vez que intentaba mirar por encima de la cabeza de un niño. Era inútil. La multitud era eso mismo, una multitud, y no había manera de hacer que se moviera, colarse por en medio o razonar con ella. Respirabas con ella y cantabas sus canciones. Esperabas su hoguera.
Un hombre sobre un estrado pidió silencio. El uniforme era de un marrón resplandeciente, prácticamente se apreciaba todavía el humo de la plancha. Por fin se hizo un silencio.
Sus primeras palabras: «Heil Hitler!»
Su primer gesto: el saludo al Führer.
—Hoy es un gran día —empezó—. No sólo es el cumpleaños de nuestro gran líder, sino que además hemos abatido a nuestros enemigos una vez más. Hemos impedido que se apoderen de nuestras mentes...
Liesel seguía intentando abrirse camino entre la gente.
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Markus Zusak La ladrona de libros
—Hemos puesto fin a la plaga que se había extendido por Alemania durante estos últimos veinte años, ¡si no más! —Estaba llevando a cabo lo que se llama un Schreierei, una consumada profesión de arengas apasionadas, advertía a la gente de que se mantuviera en guardia, estuviera atenta, detectara y acabara con las malvadas maquinaciones que tramaban
infectar la madre patria con sus deplorables métodos—. ¡Los inmorales!
¡Los Kommunisten! —Esa palabra otra vez. Esa vieja palabra. Habitaciones oscuras. Hombres trajeados—. Die Juden! ¡Los judíos!
A medio discurso, Liesel se dio por vencida. Cuando la palabra
«comunista» la atrapó, el resto del sermón nazi cayó a sus pies, la bordeó por los lados y se perdió entre los alemanes que la rodeaban.
Cascadas de palabras. Una niña chapoteando en el agua. No dejaba de pensar en ella. Kommunisten. Hasta ese momento, en la BDM les habían dicho que Alemania estaba formada por una raza superior, pero no habían mencionado a nadie en particular. Por descontado, todo el mundo sabía de los judíos, los principales
«infractores» del ideal alemán. Sin embargo, no había oído mencionar a los comunistas hasta ese día, a pesar de que la gente de dicha tendencia política también era castigada.
Tenía que salir de allí.
Delante de ella, una cabeza con raya en medio y trenzas rubias descansaba inmóvil sobre los hombros. Al mirarla con atención, Liesel encontró las habitaciones oscuras de su pasado, y a su madre contestando a las preguntas con una única palabra.
Lo vio todo con claridad meridiana.
La madre famélica, el padre desaparecido. Kommunisten.
El hermano muerto.
—Y ahora despidámonos de esta basura, de este veneno.
Justo antes de que Liesel Meminger diera media vuelta, asqueada, para salir de allí, la reluciente criatura de camisa parda bajó del estrado. Un cómplice le tendió una antorcha con la que encendió la pila que, ante la magnitud de su culpabilidad, le hizo parecer un enano.
—Heil Hitler!
—Heil Hitler! —repitió la multitud.
Varios hombres se acercaron al estrado, rodearon la montaña y le prendieron fuego ante el clamor general. Las voces ascendían por encima de los hombros y el olor a puro sudor alemán, que tuvo que abrirse paso al principio, poco después manó en un torrente. Dobló una esquina tras otra, hasta que todos acabaron nadando en él. Las palabras, el sudor... Y las sonrisas. No olvidemos las sonrisas.
91
Markus Zusak La ladrona de libros Se siguieron algunos comentarios jocosos, y otra arremetida de «Heil Hitler!». ¿Sabes? Lo cierto es que me sorprendería que alguien no perdiera un ojo o se hiciera daño en una mano o en una muñeca en medio de ese jaleo. Bastaba con quedarse mirando hacia el lugar equivocado en el peor momento o estar demasiado pegado a otra persona. Tal vez sí que hubo heridos. Por lo que a mí respecta, lo único que puedo decir es que nadie murió por estar allí, al menos físicamente. Es evidente que no podemos olvidar los cuarenta millones de personas que recogí cuando todo hubo acabado, pero esto se está poniendo metafórico.
Permíteme que volvamos a la hoguera.
Las llamas anaranjadas saludaban a la multitud mientras el papel y las letras impresas se consumían en su interior. Palabras en llamas arrancadas de sus frases.
Al otro lado, más allá del calor bochornoso, las camisas pardas y las esvásticas se daban la mano. No había gente, sólo uniformes e insignias.
Los pájaros volaban en círculos.
Daban vueltas y más vueltas, atraídos por el resplandor, hasta que se acercaban demasiado al calor. ¿O a los humanos? En realidad, tampoco hacía tanto calor.
En su intento de huida, una voz la encontró.
—¡Liesel!
La voz se abrió paso y Liesel la reconoció. No era la de Rudy, pero de todos modos la conocía.
Dio vueltas hasta encontrar la cara que acompañaba a la voz. Oh, no, Ludwig Schmeikl. A pesar de lo que Liesel esperaba, el niño no hizo ningún comentario, ni desdeñoso, ni burlón, ni de ningún tipo, simplemente tiró de ella y le hizo un gesto mostrándole su tobillo. Se lo habían aplastado en medio de la excitación general y la sangre oscura empapaba el calcetín; tenía mal aspecto. Bajo el enmarañado cabello rubio se adivinaba una expresión de impotencia. Un animal. No un ciervo deslumbrado por los faros. Nada tan típico ni particular. Sólo un animal herido en medio de la estampida de su propia especie, que acabaría pisoteándolo.
Como pudo, Liesel lo ayudó a levantarse y lo arrastró hacia el fondo.
Aire fresco.
Se acercaron tambaleantes a los escalones de la iglesia. Allí había sitio, y pudieron descansar aliviados.
A Schmeikl se le cayó el aliento de la boca, le resbaló por el cuello. Por fin consiguió hablar.
Se sentó, se cogió el tobillo y topó con el rostro de Liesel Meminger. 92
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—Gracias —le dijo, a la boca antes de llegar a la altura de los ojos de Liesel. Otra bocanada de aliento. Revivieron travesuras en el patio de colegio, y una pelea en el patio de colegio—. Y... Lo siento... Por... Ya sabes. Liesel volvió a oírlo: Kommunisten.
Sin embargo, decidió atender a Ludwig Schmeikl.
—Yo también.
Ambos se concentraron en respirar; ya no había nada más que decir o hacer. Habían resuelto sus asuntos.
La mancha de sangre se extendió por el tobillo de Ludwig Schmeikl.
Una sola palabra retumbaba en la mente de la niña.
A su izquierda, las llamas y los libros calcinados, aclamados como si fueran héroes.
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Markus Zusak La ladrona de libros A las puertas del hurto Esperó a su padre en los escalones, contemplando la dispersión de la ceniza y los cadáveres de libros amontonados. Un triste espectáculo. Las brasas anaranjadas y rojizas parecían golosinas abandonadas y ya no quedaba casi nadie. Liesel había visto alejarse a frau Diller (muy ufana) y a Pfiffikus (cabello blanco, uniforme nazi, los mismos y maltrechos zapatos y un silbido triunfal). Ahora, los únicos que quedaban eran los del servicio de la limpieza y pronto nadie sería capaz de imaginar lo que había ocurrido.
Aunque se olía.
—¿Qué haces?
Hans Hubermann se acercó a los escalones de la iglesia.
—Hola, papá.
—Se supone que tendrías que estar delante del ayuntamiento.
—Lo siento, papá.
Se sentó a su lado, reduciendo su altura a la mitad, y cogió un mechón de Liesel, que le pasó detrás de la oreja con delicadeza.
—¿Qué pasa, Liesel?
La niña guardó silencio unos instantes. A pesar de que ya sabía el resultado, estaba haciendo sus cálculos. Una niña de once años es muchas cosas, pero no tonta.
UNA PEQUEÑA SUMA
La palabra «comunista» + una gran hoguera + un fajo de cartas sin dueño + las desventuras de su madre + la muerte de su hermano = el Führer
El Führer.
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Markus Zusak La ladrona de libros El Führer era esa «gente» de la que Hans y Rosa Hubermann hablaban la noche que le escribió a su madre por primera vez. Lo sabía, pero tenía que preguntarlo.
—¿Mi madre es comunista? —Mirada fija. Al frente—. Antes de venir aquí, siempre le estaban preguntando cosas.
Hans se inclinó un poco, rumiando el inicio de lo que sería una mentira.
—No tengo ni idea, no la conocí.
—¿Se la llevó el Führer?
La pregunta los sorprendió a ambos y obligó a levantarse a su padre, que volvió la vista hacia los hombres de camisa parda que arremetían con sus palas contra la pila de cenizas. Los oía cavar. Una nueva mentira se iba formando en sus labios, pero le fue imposible dejarla salir.
—Creo que sí —contestó, al fin.
—Lo sabía. —Liesel arrojó las palabras a los escalones y sintió la rabia revolviéndole el estómago—. Odio al Führer, lo odio.
¿Y Hans Hubermann?
¿Qué hizo?
¿Qué dijo?
¿Se agachó y abrazó a su hija, tal como deseaba hacer? ¿Le dijo que sentía lo que le estaba ocurriendo, a ella, a su madre, lo que le había ocurrido a su hermano?
No exactamente.
Cerró los ojos con fuerza. Los abrió. Y abofeteó a Liesel Meminger en toda la cara.
—¡No vuelvas a decir eso! —En su voz no se adivinaba inquietud, pero sí
dureza.
Mientras los cimientos de la niña temblaban y se desmoronaban en los escalones, Hans se sentó a su lado y ocultó su rostro entre las manos. Sería fácil decir que no era más que un hombre alto, abatido y mal acomodado en los escalones de una iglesia, pero no sería cierto. En ese momento, Liesel
ignoraba que su padre luchaba contra uno de los mayores dilemas a los que podía enfrentarse un ciudadano alemán. No sólo eso, llevaba enfrentándose a él cerca de un año.
—¿Papá?
La asaltó la sorpresa, pero también la desarmó. Quería echar a correr, pero no podía. Podía recibir un Watschen de todas las monjas y las Rosas que quisiera, pero dolía mucho más si se lo propinaba su padre. Hans retiró las manos del rostro y reunió el valor para volver a hablar.
—En casa puedes decir lo que quieras —le explicó, mirando muy serio la mejilla de Liesel—, pero no en la calle, ni en el colegio, ni en la BDM,
¡ahí, 95
Markus Zusak La ladrona de libros nunca! —Se puso delante de ella y la levantó por los brazos. La zarandeó—.
¿Me has oído?
Con los ojos bien abiertos, Liesel asintió.
De hecho, había sido el ensayo de un sermón posterior, cuando los peores temores de Hans Hubermann lo visitaron en Himmelstrasse, ya entrado el año, durante las primeras horas de una mañana de noviembre.
—Bien. —La volvió a dejar en el suelo—. Veamos qué tal... —Al pie de los escalones, Hans se puso firme y levantó el brazo. Cuarenta y cinco grados—. Heil Hitler!
Liesel se puso en pie y lo imitó.
—Heil Hitler! —repitió, sumida en la tristeza.
Fue todo un espectáculo: una niña de once años tratando de no llorar en los escalones de la iglesia y saludando al Führer mientras las voces que se oían a la espalda de su padre despedazaban el montículo oscuro del fondo.
—¿Seguimos siendo amigos?
Un cuarto de hora después, Hans le tendió un cigarrillo a modo de ramita de olivo. Acababa de recibir el papel y el tabaco. Sin decir nada, Liesel alargó la mano sin fuerzas y empezó a liarlo.
Se quedaron allí sentados un buen rato.
El humo ascendía por el hombro de Hans.
Al cabo de diez minutos, las puertas del hurto se entreabrieron y Liesel Meminger se coló por un resquicio.
Tal como Liesel descubrió, un buen ladrón necesita muchas cosas.
Sigilo. Audacia. Resolución.
Sin embargo, mucho más importante que todo lo demás era un último requisito: la suerte.
De hecho... Olvida los diez minutos.
Las puertas se están abriendo.
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Markus Zusak La ladrona de libros El libro de fuego Fue anocheciendo a trompicones y, cuando se consumió el cigarrillo, Liesel y Hans Hubermann decidieron volver a casa dando un paseo. Para salir de la plaza tenían que pasar junto al lugar donde había ardido la hoguera y doblar en una pequeña calle lateral que daba a Münchenstrasse.
No llegaron tan lejos. Un carpintero de mediana edad llamado Wolfgang Edel los llamó. Había construido la tarima a la que se habían subido los peces gordos del Partido Nazi durante la quema y estaba desmontándola.
—¿Hans Hubermann? —Tenía unas largas patillas que le apuntaban hacia la boca y una voz siniestra—. ¡Hansi!
—Eh, Wolfal —le devolvió el saludo Hans. Se llevó a cabo la pertinente presentación de la niña y un «Heil Hitler!»—. Bien, Liesel. Al principio Liesel se mantuvo en un radio de cinco metros de la conversación. Varios fragmentos pasaron a su lado, pero no les prestó
demasiada atención.
—¿Mucho trabajo?
—No, hoy día la cosa está difícil. Ya sabes lo que pasa... Sobre todo cuando no eres miembro.
—Pero si me dijiste que ibas a afiliarte, Hansi.
—Lo intenté, pero cometí un error. Creo que aún se lo están pensando.
Liesel se acercó a la pila de cenizas, que la atraía como un imán, como un monstruo de feria, irresistible a la mirada, como la calle de las estrellas amarillas.
Igual que antes, cuando creyó sentir la imperiosa necesidad de ver la quema, no pudo apartar la mirada. Sola como estaba, carecía de la disciplina necesaria para mantenerse convenientemente alejada, así que se vio arrastrada hacia la montaña y empezó a acercarse, rodeándola.
En lo alto, el cielo llevaba a cabo su rutina diaria de oscurecerse, pero a lo lejos, por un recodo de la pila, asomaba un apagado vestigio de luz. 97
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—Pass auf, Kind —le dijo un uniforme al descargar una pala de cenizas en el carro—. Cuidado, niña.
Cerca del ayuntamiento, unas sombras charlaban bajo una farola.
Debían de estar felicitándose por el éxito de la quema. Desde donde estaba Liesel, sus voces sólo eran sonidos, no palabras.
Estuvo un rato mirando a los hombres que daban paletadas al montículo. Primero lo atacaban por los lados para que la parte de arriba fuera desmoronándose. Iban y venían de un camión y al cabo de tres viajes, cuando ya no quedaba casi nada, una pequeña sección de materia viva asomó en el corazón de las cenizas.
LA MATERIA
Media bandera roja, dos carteles de un poeta judío, tres libros y un rótulo de madera con algo escrito en hebreo.
Tal vez estaban húmedos. Tal vez habían apagado la hoguera antes de que el fuego llegara al interior. Sea como fuere, se acurrucaban entre las cenizas, conmocionados. Supervivientes.
—Tres libros —musitó Liesel, y se volvió hacia los hombres, que estaban de espaldas.
—Vamos, ¿quieres despabilar? Estoy muerto de hambre —dijo uno de ellos.
Se dirigieron hacia el camión.
Los tres libros asomaron la nariz.
Liesel se acercó.
El calor seguía siendo bastante intenso al pie del montón de cenizas.
Metió
la mano y tuvo la sensación de sufrir un mordisco, pero al segundo intento se aseguró de hacerlo con más rapidez y atrapó el libro que tenía más cerca. Estaba caliente, aunque también húmedo. Si bien tenía los bordes chamuscados, todo lo demás permanecía intacto.
Era azul.
La tapa parecía trenzada con cientos de fibras apretadas unas contra las otras. Tenía unas letras impresas en rojo, pero la única palabra que Liesel tuvo tiempo de leer fue «hombros». No dio para más, y había un problema: el humo.
La tapa desprendía humo mientras Liesel se alejaba haciendo malabarismos con el libro en las manos. Agachó la cabeza, a cada paso que daba la morbosa belleza de la excitación se convertía en miedo. Dio catorce pasos antes de oír la voz.
Se alzó tras ella.
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—¡Eh!
En ese momento estuvo a punto de volver corriendo y arrojar el libro al montón de cenizas, pero al instante se descubrió incapaz de hacerlo. El único movimiento que le salió fue darse medía vuelta.
—¡Aquí hay cosas que no se han quemado! —gritó uno de los hombres de la limpieza, pero no se dirigía a la niña, sino a las personas que estaban junto al ayuntamiento.
—¡Bueno, pues vuélvelas a quemar! —fue la respuesta—. ¡Y
comprueba que ardan!
—¡Creo que están húmedas!
—Jesús, María y José, ¿es que tengo que hacerlo todo yo?
El rumor de las pisadas pasó a su lado. Era el alcalde, con un abrigo negro sobre el uniforme nazi. No reparó en la niña completamente inmóvil a apenas unos pasos de él.
Se la tragó la tierra.
¡Qué emoción sentirse ignorada!
El libro ya se había enfriado lo suficiente para escondérselo dentro del uniforme. Al principio le gustó la sensación de calor que le produjo junto al pecho. Sin embargo, al empezar a caminar, el libro comenzó a calentarse de nuevo.
Cuando llegó junto a su padre y Wolfgang Edel, el libro estaba empezando a quemarla. Parecía a punto de arder.
Ambos la miraron.
Ella sonrió.
En ese instante, cuando la sonrisa retrocedió en sus labios, percibió algo más. O, para ser más concretos, a alguien más. La sensación de que alguien la vigilaba era evidente. La envolvió y se confirmó cuando se atrevió a dirigir la vista atrás, hacia las sombras al lado del ayuntamiento. Junto al grupo de siluetas esperaba una más, a unos metros, y Liesel descubrió dos cosas.
UN PAR DE INTUICIONES