La ladrona de libros
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Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Las palabras, pronunciadas con un suave susurro, resbalaron de la cama y se esparcieron por el suelo como si fueran polvo.
52
Markus Zusak La ladrona de libros Sin embargo, el padre supo qué decir. Él siempre sabía qué decir.
—Bueno, Liesel, prométeme una cosa: si muero pronto, procura que me entierren como es debido —pidió, pasándose una mano por el cabello.
Liesel asintió con gran convencimiento.
—Nada de saltarse el capítulo seis o el paso cuatro del capítulo nueve.
—Se rió, al igual que la mojadora de camas—. Bien, me alegra saber que
eso ya está
resuelto. Ahora ya podemos empezar. —Se acomodó y sus huesos crujieron como las tablas del suelo—. Empieza la diversión.
El libro se abrió... Una ráfaga de viento amplificada por la quietud de la noche.
Al recordarlo, Liesel supo con total exactitud en qué estaba pensando su padre cuando hojeó la primera página del Manual del sepulturero. El hombre se dio cuenta de que no era el libro más adecuado por la dificultad del texto. Contenía palabras que incluso a él le resultaban complicadas, por no mencionar lo morboso del tema. En cuanto a la niña, sintió un repentino deseo de leerlo que ni siquiera se molestó en analizar. Tal vez, en cierto modo, deseaba asegurarse de que su hermano había sido enterrado como era debido. Fuera cual fuese la razón, sus ansias de leer el libro eran todo lo intensas que pueden llegar a ser en un humano de diez años.
El primer capítulo se titulaba «Primer paso: elección del equipo apropiado». En un breve párrafo introductorio se esbozaba el tema que tratarían las veinte páginas siguientes, se detallaba las clases de palas, picos, guantes y herramientas por el estilo que existían y se ilustraba sobre la obligación de conservarlas del modo correcto. Un enterramiento era algo serio. Mientras Hans lo hojeaba, sentía los ojos de Liesel clavados en él. Se posaron sobre él y lo apresaron a la espera de que saliera algo de sus labios.
—Ten. —Volvió a acomodarse y le tendió el libro—. Mira la página y dime cuántas palabras reconoces.
La estudió... y mintió.
—La mitad, más o menos.
—Léeme algunas.
Está claro que no pudo. Cuando le pidió que le señalara las que conocía y que las leyera en voz alta, contó tres en total: las tres que el alemán suele utilizar para el artículo definido. La página debía de tener unas doscientas palabras. Puede que sea más difícil de lo que yo creía, pensó Hans.
Liesel lo sorprendió mientras lo pensaba, aunque fuera sólo un instante.
Hans tomó impulso, se puso en pie y salió de la habitación.
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—Ánimo, Liesel —la alentó al ver que se encallaba—. Dim i e algo que emp
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54
Markus Zusak La ladrona de libros UNA OBRA DE ARTE TÍPICA DE HANS HUBERMANN
—¡Papá! —le susurró—. ¡No tengo ojos!
Hans le dio unos suaves golpecitos en la cabeza, la niña había caído en la trampa.
—Con una sonrisa así, no necesitas ojos —respondió. La abrazó y volvió a mirar el dibujo con expresión de plata cálida—. Ahora la «T».
—Ya está bien por hoy —decidió Hans, levantándose después de haber recorrido y repasado una docena de veces el abecedario.
—Sólo unas más.
—No, ya está bien por hoy. Cuando te despiertes, te tocaré el acordeón
—
contestó Hans, manteniéndose firme.
—Gracias, papá.
—Buenas noches. —Soltó una risita silenciosa de una sola sílaba—.
Buenas noches, Saumensch.
—Buenas noches, papá.
Hans apagó la luz, regresó a su lado y se sentó en la silla. En la oscuridad, Liesel tenía los ojos abiertos. Contemplaba las palabras.
55
Markus Zusak La ladrona de libros El aroma de la amistad La instrucción continuó.
Durante las semanas siguientes y el verano, la clase de medianoche comenzaba después de las pesadillas. Liesel mojó la cama en dos ocasiones más, pero Hans Hubermann se limitó a repetir su heroica colada, y luego se puso manos a la obra con la lectura, el garabateado y el repaso. A altas horas de la noche, los susurros eran escandalosos.
Un jueves, hacia las tres del mediodía, Rosa le dijo a Liesel que se preparara para acompañarla a entregar la ropa planchada. Sin embargo, Hans tenía otros planes.
—Lo siento, mamá, pero hoy no puede acompañarte —repuso el padre, entrando en la cocina.
Rosa ni se molestó en apartar la vista de la bolsa de la colada.
—¿Y a ti quién te ha preguntado, Arschloch? Vamos, Liesel.
—Tiene que leer —insistió. Hans dedicó a Liesel una sonrisa resuelta y un guiño—. Conmigo. Le estoy enseñando. Vamos a ir al Amper, río arriba, donde suelo ensayar con el acordeón.
Ahora sí había captado su atención.
Rosa dejó la colada sobre la mesa y adoptó el grado conveniente de cinismo.
—¿Qué has dicho?
—Creo que ya me has oído, Rosa.
Rosa rió.
—¿Qué diablos vas a enseñarle tú? —Una sonrisa de cartulina. Un gancho directo de palabras—. Como si tú leyeras tan bien, Saukerl. La cocina estaba a la expectativa. Hans lanzó un contragolpe.
—Ya llevaremos nosotros la plancha.
—Serás... —Se contuvo. Las palabras se agolparon en su boca mientras consideraba la situación—. Volved antes de que oscurezca.
—No podemos leer en la oscuridad, mamá —intervino Liesel.
—¿Qué has dicho, Saumensch?
56
Markus Zusak La ladrona de libros
—Nada, mamá.
Hans sonrió de oreja a oreja a la niña.
—El libro, la lija, el lapicero —ordenó— ¡y el acordeón! —gritó cuando ya había salido de la cocina.
Al cabo de unos minutos estaban en Himmelstrasse con las palabras, la música y la colada.
A medida que se acercaban a la tienda de frau Diller, iban volviendo la cabeza para ver si Rosa seguía vigilándolos junto a la cancela. Allí estaba.
—¡Liesel, lleva derecha esa ropa planchada! —le avisó desde lejos—.
¡No me la vayas a arrugar!
—¡Sí, mamá!
Unos pasos después:
—Liesel, ¿no vas a tener frío?
—¿Qué dices?
—¡Saumensch dreckiges, tú nunca oyes nada! Que si no vas a tener frío.
¡Puede que luego refresque!
Al volver la esquina, Hans se agachó para atarse un zapato.
—Liesel, ¿te importaría liarme un cigarrillo? —le pidió.
Nada podría haberla hecho más feliz.
Una vez que entregaron la ropa planchada, se dirigieron hacia el río Amper, que bordeaba la ciudad y seguía su camino en dirección a Dachau, el campo de concentración.
Había un puente de tablones.
Se sentaron sobre la hierba a unos treinta metros del puente, escribieron las palabras y las leyeron en voz alta, y cuando empezó a oscurecer Hans sacó el acordeón. Liesel lo escuchaba y, aunque lo miraba ensimismada, no advirtió de inmediato la perplejidad que esa noche se reflejaba en el rostro de su padre mientras tocaba.
EL ROSTRO DE SU PADRE
Vagaba y se hacía preguntas,
aunque sin encontrar ninguna respuesta.
Aún no.
Se apreciaba cierto cambio en Hans, si bien era casi imperceptible.
Liesel lo notó, aunque no fue hasta más tarde, cuando todas las historias comenzaron a tomar forma. No se había fijado en que su padre adoptaba una 57
Markus Zusak La ladrona de libros actitud vigilante mientras tocaba, porque ignoraba que el acordeón de Hans Hubermann fuera una historia en sí. Una historia que llegaría al número treinta y tres de Himmelstrasse de madrugada, con los hombros arrugados y una chaqueta con tiritera. Llevaría consigo una maleta, un libro y dos preguntas. Una historia. Una historia después de otra historia. Una historia dentro de otra historia.
Por ahora, en lo concerniente a Liesel, sólo existía una y la disfrutaba.
Se acomodó entre los largos brazos de hierba, tumbada de espaldas. Cerró los ojos y sus oídos abrazaron las notas.
Claro que, también tenían algún que otro problema. A veces Hans se contenía para no chillarle. «Vamos, Liesel —le decía—, pero si sabes esta palabra, ¡la sabes!» Justo cuando parecía que avanzaban a buen ritmo, algún obstáculo les obligaba a reducir la marcha.
Si hacía buen tiempo, por las tardes iban al Amper. Y si hacía mal día, bajaban al sótano. Sobre todo por Rosa. Al principio lo intentaron en la
cocina, pero era imposible.
—Rosa, ¿podrías hacerme un favor? —le pidió Hans en una ocasión.
Tranquilamente, sus palabras interrumpieron una de las frases de Rosa. Esta apartó la mirada del fogón.
—¿Qué?
—Te lo pido. No, te lo ruego: ¿podrías cerrar la boca aunque sólo fueran cinco minutos?
Ya te imaginas la reacción.
Acabaron en el sótano.
Allí abajo no había luz, así que se llevaron la lámpara de queroseno y, poco a poco, entre el colegio y la casa, entre el río y el sótano, entre los buenos y los malos días, Liesel aprendía a leer y a escribir.
—Pronto leerás ese espantoso libro de sepultureros hasta con los ojos cerrados —la animaba su padre.
—Y me sacarán de la clase de los enanos.
Había pronunciado las palabras con cierta seriedad, como si le pertenecieran.
En una de las sesiones del sótano, Hans prescindió del papel de lija (que se le estaba acabando) y sacó un pincel. En casa de los Hubermann no podían permitirse muchos lujos, pero la pintura les sobraba a espuertas, y acabó siendo más que útil en el aprendizaje de Liesel. Hans decía una palabra y la niña tenía que deletrearla en voz alta y luego pintarla en la pared, siempre que la acertara. 58
Markus Zusak La ladrona de libros Al cabo de un mes la pared había recibido una nueva capa de pintura. Una página de cemento fresco.
Algunas noches, después de trabajar en el sótano, Liesel se encogía en la bañera y oía una y otra vez las mismas frases que llegaban desde la cocina.
—Apestas a tabaco y queroseno —rezongaba Rosa.
Sentada, sumergida en el agua, se imaginaba el aroma que se dibujaba en las ropas de su padre. Era, sobre todo, el de la amistad, un olor que también descubría en ella. Liesel lo adoraba. Lo aspiraba en su brazo y sonreía mientras el agua se enfriaba.
59
Markus Zusak La ladrona de libros La campeona de los pesos pesados del patio del colegio
El verano de 1939 tenía prisa, o tal vez la tuviera Liesel. Se pasó todo el tiempo jugando al fútbol con Rudy y los demás niños en Himmelstrasse (un pasatiempo atemporal), repartiendo la ropa planchada por toda la ciudad con la madre y aprendiendo palabras. A los pocos días de empezar, se sentía como si ya se hubiera acabado.
Dos cosas ocurrieron en la última parte del año.
ENTRE SEPTIEMBRE
Y NOVIEMBRE DE 1939
1. Empieza la Segunda Guerra Mundial.
2. Liesel Meminger se convierte en la campeona de los pesos pesados del patio del colegio.
Principios de septiembre.
En Molching hacía frío el día que empezó la guerra y aumentó mi volumen de trabajo.
En el mundo no se hablaba de otra cosa.
Los titulares de los periódicos se deleitaban con ello.
La voz del Führer clamaba en las radios alemanas. No nos rendiremos.
No descansaremos. Venceremos. Ha llegado nuestra hora.
Se había iniciado la invasión alemana de Polonia y la gente se reunía en cualquier lugar para escuchar las noticias. Münchenstrasse, como otras muchas calles principales de Alemania, se animó con la guerra. Su olor, su voz. El racionamiento había empezado unos días antes —se lo esperaban—
y ahora ya era oficial. Gran Bretaña y Francia habían declarado la guerra a Alemania. Apropiándome de una frase de Hans Hubermann: Empieza la diversión.
60
Markus Zusak La ladrona de libros El día del anuncio, Hans tuvo la suerte de estar ocupado con un trabajo. De camino a casa, recogió un periódico que alguien había abandonado y, en vez de detenerse para embutirlo entre los botes de pintura del carro, lo dobló y se lo metió debajo de la camisa. Cuando llegó a casa y lo sacó, el sudor había estampado la tinta sobre su piel. El diario acabó en la mesa, pero llevaba las noticias grabadas en el pecho, como un tatuaje. Se abrió la camisa y se miró bajo la tenue luz de la cocina.
—¿Qué pone? —preguntó Liesel, mirando los trazos negros de la piel y el periódico sobre la mesa.
—«Hitler toma Polonia» —contestó, y Hans Hubermann se desplomó en una silla—. Deutschland über Alles —musitó, pero en su voz no había ni un remoto rastro de patriotismo.
Ahí estaba otra vez esa cara: su cara de acordeón.
Había estallado una guerra.
Liesel pronto se encontraría envuelta en otra.
Casi un mes después de reemprender las clases en el colegio, la pasaron al curso que le tocaba. Tal vez creas que se debió a sus progresos en lectura, pero no fue así. A pesar de sus adelantos, seguía leyendo con dificultades.
Las frases se desparramaban por todas partes. Las palabras le jugaban malas pasadas. El cambio de curso se debió a que el desarrollo de la clase de los pequeños se había empezado a ver afectado. Contestaba las preguntas dirigidas a otros niños y gritaba. Y alguna que otra vez había recibido en el pasillo lo que se conocía como un Watschen (pronunciado «varchen»).
DEFINICIÓN
Watschen = un buen azote
La profesora, que resultó ser una monja, la aceptó en su clase, la sentó en una silla a un lado y le dijo que se estuviera calladita. Desde el otro extremo, Rudy la miró y la saludó con la mano. Liesel le devolvió el saludo e intentó no sonreír.
En casa, el padre y ella ya tenían muy avanzada la lectura del Manual del sepulturero. Hacía un círculo alrededor de las palabras que no entendía y se las llevaba al sótano al día siguiente. Liesel creyó que sería suficiente.
No fue suficiente.
A principios de noviembre, en el colegio les hicieron algunos exámenes para evaluar sus progresos. Uno de ellos se centraba en la capacidad lectora.
Cada niño debía leer delante de toda la clase el párrafo que la profesora 61
Markus Zusak La ladrona de libros indicara. Era una mañana helada, pero relucía el sol. Los niños se restregaban los ojos. Una aureola circundaba a la monja, la hermana Maria, que parecía la Parca. (Por cierto, me gusta el concepto humano de la Parca. Me gusta lo de la guadaña. Me parece gracioso.)
En la clase, empezaron a decir los nombres al azar.
—Waldenheim, Lehmann, Steiner.
Todos se levantaban y leían según sus variadas competencias. Rudy era sorprendentemente bueno.
Liesel esperó sentada con una mezcla de emoción asfixiante y temor atroz durante todo el examen. Deseaba ponerse a prueba con todas sus fuerzas, descubrir de una vez por todas a qué ritmo avanzaba su aprendizaje. ¿Daría la talla? ¿Estaría a la altura de Rudy y los demás?
Cada vez que la hermana Maria miraba la lista, un manojo de nervios se tensaba alrededor de sus costillas. Había empezado en el estómago, pero se había ido abriendo paso hacia arriba y pronto le rodearía el cuello. Cuando Tommy Müller finalizó su mediocre intervención, Liesel miró a su alrededor. Todo el mundo había leído. Sólo quedaba ella.
—Muy bien. —La hermana María asintió con la cabeza, repasando la lista—
. Ya estamos todos.
¿Qué?
—¡No!
Del fondo de la clase emergió una voz. Era la de un chico de pelo color limón con huesudas rodillas que no dejaban de castañetear bajo el escritorio, enfundadas en unos pantalones.
—Hermana Maria, creo que se ha saltado a Liesel —la corrigió, levantando la mano.
La hermana Maria.
No parecía demasiado complacida.
Dejó caer la carpeta sobre la mesa que tenía delante y escudriñó a Rudy con resignada desaprobación. Casi melancólica. ¿Por qué, se lamentó, tenía que aguantar a Rudy Steiner? ¿Es que ese niño no podía tener la boca cerrada? Por amor de Dios, ¿por qué?
—No —contestó terminante. Su barriguilla se inclinó hacia delante junto con el resto del cuerpo—. Me temo que Liesel no puede hacerlo, Rudy. —La profesora la miró, buscando su aprobación—. Ya me leerá luego, aparte. La niña se aclaró la garganta.
—Puedo hacerlo ahora, hermana —repuso Liesel con voz baja y desafiante. 62
Markus Zusak La ladrona de libros La mayoría de los niños observaban en silencio. Unos cuantos pusieron en práctica el bello arte infantil de la risa tonta.
A la hermana se le acabó la paciencia.
—¡No, no puedes...! ¿Qué estás haciendo?
Pues Liesel se había levantado y avanzaba lentamente, tiesa como un palo, hacia el frente de la clase. Recogió el libro y lo abrió por una página al azar.
—Muy bien —accedió la hermana Maria—. ¿Quieres hacerlo? Hazlo.
—Sí, hermana.
Tras una breve mirada a Rudy, Liesel bajó los ojos y estudió la página.
Cuando volvió a levantar la vista, primero vio la habitación hecha pedazos y al instante recompuesta. Todos los niños estaban impresionados, justo ante sus ojos, y en un momento de gloria se imaginó leyendo la página con total fluidez y sin cometer un solo error, triunfante.
PALABRA CLAVE
«Imaginó»
—¡Vamos, Liesel!
Rudy rompió el silencio.
La ladrona de libros volvió a mirar las letras.
Vamos. Esta vez Rudy sólo musitó. Vamos, Liesel.
Sus latidos eran cada vez más fuertes. Las frases se desdibujaban. De repente, la página blanca parecía escrita en otro idioma, y no pudo evitar que se le saltaran las lágrimas. Ni siquiera podía distinguir las palabras. Y el sol. Ese maldito sol. Irrumpió en la clase por la ventana —esquirlas de cristal se esparcieron por todas partes— e iluminó directamente a la impotente niña para gritarle en la cara: ¡Sabes robar libros, pero no sabes leer!
Se le ocurrió una solución.
Respira que te respira, empezó a leer, pero no el libro que tenía delante, sino un extracto del Manual del sepulturero. Capítulo tres: «En caso de nieve». Lo había memorizado al oír a su padre.
—En caso de nieve procure utilizar una buena pala —leyó—. Ha de cavar hondo, no se desanime. No hay forma de ahorrarse el trabajo. —
Volvió a tomar un rebujo de aire—. Por descontado, siempre es más sencillo esperar a la hora más cálida del día, cuando...
Se acabó.
Le arrancaron el libro de las manos.
—Liesel, al pasillo —le ordenaron.
Mientras le propinaban un pequeño Watschen, tras la mano castigadora de la hermana Maria oyó a los demás riéndose en clase. Los vio. Los niños 63
Markus Zusak La ladrona de libros impresionados. Burlándose y carcajeándose. Bañados por la luz del sol. Todo el mundo se reía menos Rudy.
En el patio, siguieron mofándose de Liesel. Un chico llamado Ludwig Schmeikl se acercó a ella con un libro.
—Eh, Liesel —la llamó—, no entiendo esta palabra, ¿podrías leérmela?
—le pidió, y se echó a reír con una petulante risotada de diez años.
—Dummkopf, imbécil.
Se empezaban a formar nubes, gruesas y desmañadas, y unos niños corearon su nombre para hacerla rabiar.
—No les hagas caso —le aconsejó Rudy.
—Qué fácil es decirlo, tú no eres el tonto de la clase.
Hacia el final de la hora del patio, el recuento total de comentarios sumaba diecinueve. Al vigésimo, estalló. Fue Schmeikl, que había vuelto a por más.
—Vamos, Liesel. —Le metió el libro debajo de la nariz—. Échame una mano, anda.
Liesel se la echó, y bien echada.
Se levantó, cogió el libro, y mientras el chico volvía la cara para sonreír a los otros niños, Liesel lo empujó y le dio una patada con todas sus fuerzas en las inmediaciones de la ingle.
En fin, como ya imaginarás, Ludwig Schmeikl se retorció y, al hacerlo, recibió un puñetazo en la oreja. Cuando cayó al suelo, lo abofeteó y arañó hasta que quedó anulado por una niña completamente consumida por la rabia. La piel del chico era cálida y suave, al contrario de los nudillos y las uñas de Liesel, dignos de temer a pesar de su tamaño.
—Saukerl. —También lo arañó con la voz—. Arschloch. ¿Por qué no me deletreas Arschloch?
Ay, cómo se apelotonaron las aborregadas nubes en el cielo.
Grandes y gruesas nubes.
Oscuras y plomizas.
Tropezaban unas con otras. Se disculpaban. Continuaban adelante, abriéndose camino.
Los niños se apiñaron en un corro, rápidos como... Bueno, tan rápidos como niños atraídos por la fuerza centrífuga de una pelea. Un mejunje de brazos y piernas, de gritos y ánimos fue espesándose a su alrededor para dar
testimonio de cómo Liesel Meminger daba a Ludwig Schmeikl la paliza de su vida.
—¡Jesús, María y José! —se escandalizó una niña, lanzando un chillido
—.
¡Va a matarlo!
Liesel no lo mató.
64
Markus Zusak La ladrona de libros Pero estuvo a punto.
De hecho, lo único que probablemente la detuvo fue el espasmódico, patético y sonriente rostro de Tommy Müller. Todavía rebosante de adrenalina, Liesel lo atisbó sonriendo de manera tan absurda que lo tiró al suelo y también empezó a golpearlo.
—¡¿Qué estás haciendo?! —gritó el niño, y sólo entonces, después del tercer o cuarto bofetón y un hilillo de sangre que le salía de la nariz, Liesel se detuvo. De rodillas, tomó aire y escuchó los lamentos que llegaban desde debajo de ella. Miró la amalgama de rostros, a izquierda y derecha.
No soy estúpida —sentenció.
Nadie se lo discutió.
La pelea no se retomó hasta que todo el mundo volvió dentro y la hermana Maria vio en qué estado había quedado Ludwig Schmeikl. Rudy y otros cuantos fueron los primeros sobre los que recayeron las sospechas.
Siempre estaban metiéndose los unos con los otros. «A ver esas manos», les ordenaron, pero todos las tenían limpias.
—Esto es increíble —masculló la hermana—, ¿dónde se ha visto?
Cuando Liesel dio un paso al frente y le enseñó las manos, allí estaba Ludwig Schmeikl, ansiando que llegara ese momento.
—Al pasillo —le ordenó por segunda vez ese mismo día. De hecho, por segunda vez esa misma hora.
En esta ocasión, no le dio un pequeño Watschen. Ni siquiera uno de los medianos. En esta ocasión fue la madre de todos los Watschen, un azote tras otro, una vara que iba y venía, así que Liesel apenas pudo sentarse durante una semana. Y ya no se oyeron risas en clase, sino el mudo miedo de los que escuchan atentos.
Al final de ese día de colegio, Liesel volvió a casa acompañada de Rudy y los demás hijos de los Steiner. Al acercarse a Himmelstrasse, el cúmulo de desgracias se apoderó de ella: la lectura fallida del Manual del sepulturero, el desmembramiento de su familia, las pesadillas, las
humillaciones de ese día... Se sentó en el bordillo y se echó a llorar. Todo se juntaba.
Rudy se detuvo y se quedó a su lado.
Empezó a llover con fuerza.
Kurt Steiner los llamó, pero ninguno de los dos se movió. Ella se quedó sentada, abrumada por el dolor, bajo los chuzos de punta que caían, y él, a su lado, esperando.
—¿Por qué tuvo que morirse? —preguntó, pero Rudy siguió sin hacer ni decir nada.
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Markus Zusak La ladrona de libros Cuando Liesel dejó de llorar y se levantó, Rudy le pasó el brazo por el hombro, como sólo lo hace el mejor amigo, y siguieron caminando. No hubo petición de beso ni nada por el estilo. Considéralo adorable, si te apetece. Pero no me rompas los huevos.
Eso era lo que estaba pensando, aunque no se lo dijo a Liesel. Sólo se lo confesó cerca de cuatro años después.
Por el momento, Rudy y Liesel caminaban por Himmelstrasse bajo la lluvia.
Él era el chalado que se había pintado de negro y había desafiado al mundo.
Ella, la ladrona de libros sin palabras.
Pero créeme, las palabras estaban de camino, y cuando llegaron, Liesel las sujetó entre las manos como si fueran nubes y las escurrió como si estuvieran empapadas de lluvia.
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SEGUNDA PARTE
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Markus Zusak La ladrona de libros Una niña oscura
INFORMACIÓN ESTADÍSTICA
Primer libro sustraído: 13 de enero de 1939.
Segundo libro sustraído: 20 de abril de 1940.
Intervalo entre los mencionados libros sustraídos: 463 días.
En cierto modo, fue el destino.
Verás, puede que la gente diga que la Alemania nazi se construyó sobre la base del antisemitismo, pero todo se habría quedado en nada si los alemanes no hubieran adorado una actividad en particular: la quema.
A los alemanes les encantaba quemar cosas: tiendas, sinagogas, Reichstags, casas, objetos personales, gente caída en desgracia y, por descontado, libros. Disfrutaban de una buena hoguera de libros, lo que proporcionaba a la gente interesada la oportunidad para conseguir ciertas publicaciones que, de otro modo, no habrían tenido. Como ya sabemos, una de las personas con esa clase de inclinaciones era una niñita esquelética llamada Liesel Meminger. Tuvo que esperar 463 días, pero valió la pena. Al final de una tarde llena de emociones, la belleza de la maldad, un tobillo ensangrentado y un sopapo propinado por una mano de confianza, Liesel Meminger consiguió con éxito su segunda historia: El hombre que se
encogía de hombros. Era un libro azul con letras rojas en la portada y tenía un pequeño dibujo de un cucú debajo del título, también en rojo. Cuando pensaba en el pasado, Liesel no se avergonzaba de haberlo robado. Por el contrario, el orgullo era lo que más se parecía a lo que sentía en el estómago. La rabia y el odio enconado habían alimentado el deseo de robarlo. De hecho, el 20
de abril —el cumpleaños del Führer—, cuando rescató el libro de un humeante montón de cenizas, Liesel era una niña oscura.
La cuestión, por descontado, debería ser por qué.
¿Por qué estaba tan enfadada?
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Markus Zusak La ladrona de libros
¿Qué había ocurrido en los últimos cuatro o cinco meses que justificara tal sentimiento?
En resumen, la respuesta iba de Himmelstrasse al Führer, de allí al paradero desconocido de su verdadera madre y vuelta a empezar.
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Markus Zusak La ladrona de libros El placer de los cigarrillos Hacia finales de 1939, Liesel se había adaptado bastante bien a la vida en Molching. Todavía la asaltaban pesadillas donde aparecía su hermano y echaba de menos a su madre, pero ahora también encontró consuelo.
Quería a su padre, Hans Hubermann, y, a pesar de los improperios y los ataques verbales, también a su madre adoptiva. Quería y odiaba a su mejor amigo, Rudy Steiner, lo que era del todo normal, y le encantaba ver que sus competencias lectoras y su caligrafía progresaban de manera evidente y que pronto estarían a punto de rayar lo aceptable, a pesar del fiasco en clase. En conjunto todo daba como resultado cierto grado de satisfacción, que iba acumulándose hasta rozar eso que suele llamarse «ser feliz».
LAS CLAVES DE LA FELICIDAD
1. Acabar el Manual del sepulturero.
2. Escapar a la ira de la hermana Maria.
3. Recibir dos libros por Navidad.
17 de diciembre.
Recordaba perfectamente la fecha porque fue justo una semana antes de Navidad.
Como era habitual, la pesadilla de cada noche interrumpió su sueño y Hans Hubermann la despertó. La tenía agarrada por el pijama sudado.
—¿El tren? —susurró.
—El tren —confirmó ella.
Liesel inspiró profundamente hasta que estuvo lista y luego empezaron a leer el capítulo once del Manual del sepulturero. Lo acabaron poco después de las tres de la madrugada y ya sólo les quedaba el último:
«Respetar el camposanto». Hans, con los plateados ojos hinchados por el cansancio y la cara cubierta por una barba incipiente, cerró el libro y esperó los restos del sueño. No llegaron.
70
Markus Zusak La ladrona de libros No había pasado ni un minuto desde que habían apagado la luz cuando Liesel empezó a hablar a oscuras.
—¿Papá?
Él respondió con un sonido gutural.
—¿Estás despierto, papá?
— Ja.
Se apoyó sobre un codo.
—¿Podemos terminar el libro, por favor?
Se oyó un largo suspiro, una mano rascando la barba y, a continuación, se encendió la luz. Hans abrió el libro y empezó a leer:
—«Capítulo doce: Respetar el camposanto».
Leyeron hasta la madrugada; marcaban con un círculo y escribían las palabras que Liesel no comprendía e iban pasando las páginas hacia el amanecer. En varias ocasiones Hans estuvo a punto de dormirse, sucumbiendo a la hormigueante fatiga de sus ojos y al cansancio mental.
Liesel siempre lo sorprendía, pero no era tan generosa como para permitir que se durmiera ni tan susceptible como para sentirse ofendida. Era una niña con una montaña por escalar.
Finalmente, cuando la oscuridad del exterior empezaba a aclararse, acabaron. El último párrafo decía más o menos lo siguiente: La Asociación de Cementerios de Baviera espera haberlos entretenido e instruido sobre el funcionamiento, las medidas de seguridad y los deberes del sepulturero. Les deseamos una fructífera carrera en las artes funerarias y esperamos que este libro haya podido serles de ayuda.
Cuando cerraron el libro, intercambiaron una mirada furtiva.
—Lo hemos conseguido, ¿eh? —dijo Hans.
Liesel, medio envuelta en la manta, estudió el libro negro que tenía en la mano y las letras plateadas de la portada. Asintió, con la boca seca y apetito
madrugador. Fue uno de esos momentos de cansancio perfecto, después de haber superado no sólo el trabajo que tenían entre manos, sino la noche que les había vallado el camino.
Hans estiró los brazos con los puños cerrados y los párpados pesados por el sueño. Esa mañana el cielo no se atrevió ni a lloviznar. Se levantaron y fueron a la cocina. A través de la neblina y la escarcha de la ventana, observaron las vetas de luz rosada sobre los montículos de nieve que se acumulaban en los tejados de Himmelstrasse.
—Mira qué colores —comentó el padre.
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Markus Zusak La ladrona de libros Cómo no va a gustarle a alguien un hombre que no sólo se fija en los colores, sino que además los comenta.
Liesel todavía llevaba el libro. Lo estrechó con más fuerza cuando la nieve se volvió anaranjada. Vio un niño pequeño sentado en uno de los tejados, contemplando el cielo.
—Se llamaba Werner —dijo.
Las palabras salieron de su boca por voluntad propia.
—Ya —contestó el padre.
No hubo más exámenes de lectura en el colegio, pero Liesel iba ganando confianza poco a poco, y una mañana antes de que comenzaran las clases cogió
un libro de texto olvidado para ver si podía leerlo sin problemas.
Consiguió leer todas las palabras, aunque todavía iba más despacio que sus compañeros. Se dio cuenta de que era mucho más fácil hallarse a las puertas de algo que haberlas cruzado. Aún le llevaría un tiempo.
Una tarde se vio tentada a robar un libro de la estantería de la clase, pero, para ser sinceros, la perspectiva de un nuevo Watschen de pasillo a manos de la hermana Maria fue un convincente elemento disuasorio.
Además, en realidad no sentía auténticos deseos de llevarse los libros del colegio. Tal vez la contundencia del fiasco de noviembre propició esa falta de interés, aunque Liesel no estaba segura. Lo único que sabía era que ese cosquilleo seguía allí. No hablaba en clase.
Ni siquiera se atrevía a mirar hacia donde no debía.
A medida que pasaba el invierno, dejó de ser víctima de las frustraciones de la hermana Maria y se contentó con ver que los otros eran enviados al pasillo y recibían su justo castigo. Oír a otro estudiante pasando apuros en el pasillo no era precisamente agradable, pero el hecho de que se
tratara de otra persona en vez de ella, aunque no fuera un consuelo, al menos era un alivio.
Cuando el colegio cerró durante las vacaciones de Weihnachten, Liesel incluso se permitió desear unas felices navidades a la hermana Maria antes de irse. Consciente de que los Hubermann casi estaban en la ruina y que tenían que seguir pagando las deudas y el alquiler aunque apenas entrara dinero, no esperaba ningún regalo. Tal vez una comida especial. Para su sorpresa, al volver a casa después de asistir en Nochebuena a la misa de medianoche con su madre, su padre, Hans hijo y Trudy, se encontró con algo envuelto en papel de periódico debajo del árbol de Navidad.
—De Santa Claus —aseguró Hans, aunque la niña no se lo tragó.
Abrazó a sus padres de acogida, todavía con nieve en los hombros. 72
Markus Zusak La ladrona de libros Al desenvolver el papel descubrió dos libritos. El primero, El perro Fausto, que había escrito un hombre llamado Mattheus Ottleberg. Acabaría leyendo ese libro trece veces. En Nochebuena leyó las primeras veinte páginas en la mesa de la cocina, mientras su padre y Hans hijo discutían sobre algo que ella no entendía, algo llamado política.
Más tarde, leyeron un poco más en la cama, siguiendo la tradición de marcar con un círculo las palabras que Liesel no conocía y luego escribirlas.
El perro Fausto también tenía ilustraciones, preciosas curvas, orejas y caricaturas de un pastor alemán con un obsceno problema de babeo y el don del habla. El segundo libro se titulaba El faro, y lo había escrito una mujer, Ingrid Rippinstein. Era un poco más largo, de modo que Liesel sólo consiguió leerlo nueve veces, aunque su velocidad de lectura había incrementado ligeramente al final de sesiones tan prolíficas.
Días después de Navidad se le ocurrió hacer una pregunta sobre los libros. Estaban comiendo en la cocina. Decidió concentrar su atención en su padre al ver las cucharadas de sopa de guisantes que se metía en la boca su madre.
—Me gustaría preguntar algo.
Al principio nadie dijo nada, por lo que acabó interviniendo su madre, con la boca medio llena.
—¿Y?
—Sólo quería saber de dónde habéis sacado el dinero para comprarme los libros.
Una sonrisita se reflejó en la cuchara de su padre.
—¿De verdad quieres saberlo?
—Claro.
Hans sacó del bolsillo lo que le quedaba de su ración de tabaco y empezó a liar un cigarrillo. Liesel comenzó a impacientarse.
—¿Vas a decírmelo o no?
Su padre se echó a reír.
—Pero si te lo estoy diciendo. —Acabó el cigarrillo, lo lanzó sobre la mesa y empezó a liar otro—. Así.
En ese momento su madre se acabó la sopa, dejó la cuchara de golpe reprimiendo un eructo acartonado y contestó por él.
—Este Saukerl.. . ¿Sabes lo que ha hecho? Lió todos sus asquerosos cigarrillos, se fue al mercadillo cuando vino a la ciudad y se los vendió a unos gitanos.
—Ocho cigarrillos por libro. —Hans se metió uno en la boca, triunfante. Lo encendió y le dio una calada—. Alabado sea Dios por los cigarrillos, ¿eh, mamá?
73
Markus Zusak La ladrona de libros Mamá se limitó a dedicarle una de sus inconfundibles miradas asesinas, seguida por una ración de su vocabulario habitual.
—Saukerl.
Liesel intercambió el guiño de costumbre con su padre y terminó de comer la sopa. Como siempre, uno de los libros descansaba a su lado. No podía negar que la respuesta a su pregunta había sido más que satisfactoria.
No había mucha gente que pudiera decir que el tabaco pagaba su educación.
Su madre, en cambio, afirmó que si Hans Hubermann tuviera dos dedos de frente habría cambiado el tabaco por el vestido nuevo que ella tanto necesitaba o por unos zapatos decentes.
—Pero, no... —Escupió las palabras en el fregadero—. Si se trata de mí, antes te fumas la ración entera, ¿verdad? La tuya y la de la puerta de al lado. Sin embargo, unas noches después, Hans Hubermann llegó a casa con una caja de huevos.
—Lo siento, mamá. —Los dejó en la mesa—. Se les habían acabado los zapatos.
Rosa no protestó. Incluso canturreó entre dientes mientras cocía los huevos hasta casi carbonizarlos. Por lo visto los cigarrillos tenían algo bueno. Fue una época feliz en casa de los Hubermann.
Acabó unas semanas después.
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Markus Zusak La ladrona de libros La trotacalles
El desmoronamiento comenzó por la colada y acabó extendiéndose a toda prisa.
Liesel acompañaba a Rosa Hubermann a hacer las entregas cuando uno de los clientes, Ernst Vogel, les informó de que ya no podía permitirse que le lavaran y le plancharan la ropa.
—Son estos tiempos que corren, ¿qué le voy a contar que no sepa? —se disculpó—. Se están poniendo difíciles y la guerra nos hace pasar apuros.
—
Miró a la niña—. Estoy seguro de que recibe una compensación por cuidar de la pequeña, ¿verdad?
Para consternación de Liesel, su madre se quedó sin palabras.
Tenía una bolsa vacía al lado.
Vamos, Liesel.
No lo dijo, la sacó a rastras, de la mano, sin miramientos.
Vogel la llamó desde lo alto de los escalones. Medía cerca de un metro setenta y cinco y los grasientos mechones de pelo le caían, apáticos, sobre la frente.
—¡Lo siento, frau Hubermann!
Liesel lo saludó con la mano.
Él respondió al saludo.
Su madre la reprobó.
—No saludes a ese Arschloch —la riñó—, y aligera.
Esa noche, cuando Liesel se estaba bañando, su madre la frotó con especial brusquedad, sin dejar de murmurar sobre ese Saukerl de Vogel mientras lo imitaba cada dos minutos.
—«Debe de recibir una compensación por la niña...» —Castigaba el torso desnudo de Liesel mientras lo frotaba—. No vales tanto, Saumensch, no me estás haciendo rica, que lo sepas.
Liesel no se movió y aguantó el rapapolvo.
75
Markus Zusak La ladrona de libros No había transcurrido ni una semana desde ese incidente cuando Rosa la arrastró a la cocina.
—Bien, Liesel. —La hizo sentar a la mesa—. Ya que te pasas media vida en la calle jugando al fútbol, para variar podrías serme un poquito útil
cuando salgas.
Liesel no se atrevió a mirar nada que no fueran sus propias manos.
—¿Qué quieres que haga, mamá?
—A partir de ahora recogerás y entregarás la colada tú sólita. Esa gente rica se lo pensará dos veces antes de despedirnos si te tienen a ti delante. Si te preguntan dónde estoy, les dices que me he puesto enferma. Y pon cara triste cuando se lo digas. Estás lo bastante delgaducha y pálida para darles lástima.
—A herr Vogel no le di lástima.
—Bueno... —Su nerviosismo era obvio—. Puede que a los otros sí, y no protestes.