La montana magica
Sopa Eterna y Claridad Repentina
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Nos encontramos ante un hecho inminente acerca del cual el narrador hará bien en expresar su propia sorpresa, a fin de que el lector no se sorprenda a su vez mucho más de lo necesario. En efecto, mientras que nuestra narración referente a las tres primeras semanas de permanencia de Hans Castorp entre las gentes de allí arriba (veintiún días de pleno verano a los que, según las previsiones humanas, debería haberse limitado esa permanencia) ha devorado cantidades de espacio y tiempo cuya extensión no hace más que corresponder a nuestra propia espera apenas confesada, en cambio, sólo nos será preciso para llegar al término de las tres semanas siguientes de su visita a ese lugar, poco más o menos que la misma cantidad de líneas, palabras e instantes que aquéllas han exigido de páginas, cuartillas, horas y días de labor: en un momento, como podremos ver, esas tres semanas volarán y quedarán enterradas.
Esto podría causar extrañeza y, sin embargo, está justificado y responde a las leyes de la narración y la audición. Está justificado y responde a esas leyes según las cuales el tiempo nos parece largo o breve, se alarga o se contrae, según nuestra propia experiencia, héroe de nuestra historia, a nuestro Hans Castorp, sorprendido de un modo tan inesperado por el destino. Y puede ser útil, en presencia de ese misterio que constituye el tiempo, preparar al lector para otros milagros y fenómenos que irá encontrando en nuestra compañía. De momento, basta con que recuerde con qué rapidez una serie, una «larga» serie de días transcurre cuando los pasamos enfermos en la cama. El mismo día se repite sin cesar. Pero como siempre es el mismo, en el fondo, es poco adecuado hablar de «repetición»; sería preciso hablar más bien de
«monotonía». Te traen la sopa de la mañana del mismo modo que te la trajeron ayer y que te la traerán mañana, y en el mismo instante te envuelve una especie de intuición, sin saber cómo ni de dónde procede; te hallas dominado por el vértigo mientras ves que se aproxima la sopa. Las formas del tiempo se pierden y lo que te confirma la existencia es un presente fijo en el que te traen la eterna sopa. Pero sería paradójico hablar del tedio en relación con la eternidad y queremos evitar las paradojas, sobre todo en compañía de nuestro héroe.
Así pues, Hans Castorp se hallaba en la cama desde el sábado por la tarde porque el doctor Behrens, suprema autoridad en el mundo en que nos encontramos encerrados, así lo había decidido. Se hallaba tendido, con sus iniciales bordadas en el bolsillo del pijama y las manos cruzadas detrás de la cabeza, en su lecho limpio y blanco, el lecho de la muerte de la americana y sin duda de muchas otras personas, mientras miraba el techo de la habitación con sus ojos humildes y enturbiados por el constipado, considerando lo extraño de su estado. No se puede admitir, por otra parte, que sin el resfriado sus ojos hubiesen tenido una mirada clara y limpia, pues su aspecto interior, por simple que fuese su naturaleza, estaba muy turbado y confuso. A veces una risa loca y triunfal subía del fondo de su ser, sacudía su pecho y su corazón retrasaba sus latidos, una alegría y una esperanza desconocida y sin medida le torturaban; otras veces palidecía de espanto e inquietud, y su corazón repetía los golpes de su propia conciencia, con una cadencia acelerada, batiendo contra sus costillas.
El primer día, Joachim le dejó en paz y evitó toda explicación. Preocupado en no impresionarle, entró ocasionalmente en la habitación del enfermo, hizo un gesto con la cabeza y preguntó si necesitaba algo.
Le era muy fácil comprender y respetar el temor que Hans Castorp sentía ante una explicación, puesto que compartía su temor y, en su pensamiento, se hallaba en una situación mucho más penosa que la de su primo Joachim.
Pero el domingo por la mañana, al regresar de su paseo matinal, que había tenido que dar solo como en otros tiempos, no pudo ya aplazar más la conversación, durante la cual trataría de abordar lo más urgente. Permaneció de pie, cerca de la cama, y dijo suspirando:
—Así, ya no hay nada que hacer. Es necesario que tomemos algunas disposiciones. Te estarán esperando en tu casa.
—Todavía no —dijo Castorp.
—No, pero sí en los próximos días, el miércoles o quizá el jueves.
—¡Bah! —exclamó Hans Castorp—, no me esperan en un día determinado. Tienen otras cosas en que pensar para preocuparse de esperarme y contar los días que faltan hasta mi regreso. Al llegar, el tío Tienappel diría: «¡Ah, ya has vuelto!», y el tío james diría: «¿Ha ido todo bien?» Si no voy, pasará algún tiempo antes de que les sorprenda mi tardanza, puedes estar seguro. Naturalmente, a la larga será preciso avisarles...
—Es natural —convino Joachim, y suspiró de nuevo—. ¡Qué historia tan desagradable! ¿Qué va a ocurrir?
Bueno, yo... me siento un poco responsable. Vienes aquí para visitarme, te introduzco en mi ambiente y de pronto te encuentras atado a la cama, y nadie sabe cuándo podrás marcharte y ocupar tu puesto.
Debes comprender que esto me resulta muy doloroso.
—Perdona —dijo Hans Castorp con las manos detrás de la cabeza—. ¿De qué sirve que te preocupes así?
Es estúpido. ¿Es que acaso vine sólo para visitarte? También vine para descansar por consejo de Heidekind. Bien, parece que tenía mucha más necesidad de reposo de lo que todos habíamos imaginado.
Por otra parte, no soy el primero que ha creído hacer una corta visita de cortesía y las cosas han salido de otro modo. Recuerdo, por ejemplo, el caso del hijo segundo de Tous-les-deux, la verdad es que no se si vive todavía; tal vez se lo han llevado durante la comida. Es cierto que constituye una sorpresa para mí eso de enterarme de que estoy enfermo. Es preciso que me acostumbre a sentirme como un paciente en tratamiento, como uno de los vuestros en lugar de no ser, como tenía la impresión, más que un invitado.
En realidad, debo decir que esto no me sorprende en modo alguno, pues nunca me he sentido muy fuerte, y menos cuando pienso en que mis padres murieron tan jóvenes: ¿de dónde podría sacar, pues, una salud excepcional? Allá abajo nos dimos perfecta cuenta de que tú tenías una pequeña grieta y, aunque ahora estés ya curado, cabe en lo posible que nuestra familia se incline a eso. Behrens lo ha insinuado. Sea lo que sea, desde ayer me pregunto en qué disposiciones me hallaba respecto a todo en general, a la vida y sus exigencias. Mi naturaleza siempre se ha inclinado a una cierta seriedad y a una cierta antipatía hacia las constituciones robustas y ruidosas (hablamos de eso hace poco) y, como sabes, a veces he estado tentado de hacerme eclesiástico por amor a las cosas tristes y edificantes. Un paño negro con una cruz de plata o un RIP... Requiescat in pace... es, en el fondo, la palabra más bella y me resulta infinitamente más simpática que «¡Viva, a tu salud!» con su alegría ruidosa. Creo que todo eso debe de provenir de que yo también tengo una grieta y que desde siempre he estado predispuesto a la enfermedad que se ha manifestado ahora. Pero si realmente es así, puedo decir que he tenido suerte, que es en verdad una suerte el que haya subido aquí y me haya hecho auscultar. No tienes necesidad de hacerte el menor reproche sobre este punto. ¿No lo has oído?, si hubiese continuado durante algún tiempo llevando la vida de la llanura, allá abajo, hubiese podido ocurrir que un lado del pulmón se hubiese ido al diablo.
—Eso no se puede saber —dijo Joachim—, eso es, precisamente, lo que no se puede saber. ¿Tuviste en otro tiempo lesiones de las que nadie se ocupaba y que se curaron por sí solas, de manera que no te quedan ahora más que algunos entorpecimientos respiratorios sin la menor importancia? Eso es lo que sin duda hubiera ocurrido con esa mancha húmeda que tienes ahora, si no hubieses venido a verme... No se puede saber...
—No, no se puede saber absolutamente nada —respondió Hans Castorp—. Y por eso no hay derecho a suponer lo peor, por ejemplo, en lo que se refiere a la duración de mi estancia de convaleciente. Dices que nadie puede saber cuándo podré marcharme de aquí y entrar en los astilleros navales, pero lo dices con un sentido pesimista y me parece que te precipitas, precisamente porque no se puede saber nada.
Behrens no ha fijado fecha alguna, es un hombre reflexivo y no quiere aparecer como un oráculo. Por lo demás, no se ha procedido todavía a la radioscopia y a la fotografía que permitirán una conclusión objetiva, quién sabe si se presentará entonces un resultado apreciable o si me veré antes liberado de la fiebre y podré abandonaros. Creo que es mucho mejor que no nos concedamos demasiado pronto mucha importancia y que no contemos a los nuestros desde el principio grandes historias. Basta con que dentro de poco escribamos (puedo escribir yo mismo, con mi estilo, sentándome en la cama) diciendo que me he resfriado, que estoy en cama con fiebre y que, por ahora, no me hallo en estado de viajar. Luego ya veremos.
—Muy bien —dijo Joachim—, es lo mejor que podemos hacer por ahora. Para lo demás también podemos esperar.
—¿Para lo demás...?
—¡No seas inconsciente! No tienes más que lo necesario para tres semanas, con tu maleta de viaje.
Necesitarás ropa blanca, vestidos de invierno y zapatos. Además, es necesario que recibas dinero.
—Sí —dijo Hans Castorp— , tengo necesidad de todo eso.
—Bueno, ¡esperemos! Pero deberíamos... No —dijo Joachim, y visiblemente turbado comenzó a ir y venir por el cuarto—, no, no deberíamos hacernos ilusiones. Hace bastante tiempo que estoy aquí para saber a qué atenerme. Cuando Behrens dice que hay un lugar rugoso y un ruido... Pero naturalmente podemos esperar...
De momento no hablaron más de este asunto y las variantes semanales o bimensuales del horario normal recobraron sus derechos; incluso en su situación presente, Hans Castorp tomaba parte en ellas si no disfrutándolas directamente, al menos por las informaciones que le proporcionaba Joachim cuando iba a verle y se sentaba, durante un cuarto de hora, al lado de la cama.
La bandeja de té, con la que le servían el domingo por la mañana, venía adornada con un ramo de flores y no dejaban de enviarle pasteles de los que se servían aquel día en el comedor. Más tarde, el jardín y la terraza se animaban, y con la música y el acento nasal del clarinete comenzó el concierto quincenal, durante el cual Joachim permaneció con su primo escuchando el programa en el balcón, junto a la puerta abierta, mientras que Hans Castorp escuchaba atento en su cama, medio sentado, con la cabeza inclinada hacia un lado, perdido y emocionado en las olas de armonía que se sucedían, no sin pensar, encogiéndose mentalmente de hombros, en los discursos de Settembrini sobre el «carácter sospechoso» de la música.
Por lo demás, como ya hemos dicho, se hacía informar por Joachim de los acontecimientos y las reuniones de estos días. Le preguntaba si el domingo habían aparecido vestidos elegantes, blusas de encaje o algo de ese género (aunque hacía demasiado frío para los vestidos de puntillas) y si, por la tarde, se habían dado paseos en coche (en efecto, se habían dado: la Sociedad del Medio Pulmón había volado in corpore hacia Clavadell). El lunes pidió ser informado sobre la conferencia del doctor Krokovski cuando Joachim volvió de ella y, antes de comenzar la cura de la tarde, fue a visitarle. Joachim se mostró poco locuaz y no muy dispuesto a dar cuenta de la conferencia, como tampoco había hablado mucho de la anterior. Pero Hans Castorp insistió en adquirir detalles.
—Me encuentro tumbado aquí y pago toda la tarifa —dijo—. Quiero disfrutar un poco de lo que se hace.
Recordó el lunes de la quincena anterior en el que había dado, por decisión propia, un paseo que le había sentado tan mal, y formuló la hipótesis de que tal vez esa excursión había provocado la rebelión de su cuerpo y hecho estallar la enfermedad latente.
—¡Cómo hablan la gente de aquí! —exclamó—. ¡Con qué solemnidad y dignidad se expresa la gente del pueblo! Puede decirse que casi es poesía. «Adiós, pues, y mil gracias» —repitió imitando el acento del leñador —. Eso es lo que oí en el bosque y en toda mi vida podré olvidarlo. Tales cosas se unen a otras impresiones y recuerdos, y guardamos eso en el oído hasta el fin de nuestros días. ¿Y Krokovski ha hablado de nuevo del «amor»?
—Naturalmente —dijo Joachim— , ¿de qué iba a hablar si éste es su único y eterno tema?
—¿Y qué ha dicho hoy?
—¡Oh!, nada de particular. Ya oíste cómo se expresa.
—¿Pero qué cosas nuevas ha dicho?
—Nada particularmente nuevo. Hoy ha sido química pura —continuó diciendo Joachim de mala gana—.
Hablaba de una especie de envenenamiento, de autointoxicación del organismo, intoxicación que tiene su origen en la descomposición de un elemento todavía desconocido y difundido por todo el cuerpo; los productos de esta descomposición ejercen una influencia embriagadora sobre ciertos centros de la medula espinal, exactamente como se produce en el caso de absorción habitual de venenos estupefacientes, morfina o cocaína.
—Y entonces las mejillas se ponen rojas —dijo Hans Castorp—. ¡Mira, mira, eso es interesante! ¡Qué cosas sabe ese excelente doctor! Seguramente uno de estos días acabará descubriendo ese elemento desconocido que se halla difundido por todo el cuerpo y fabricará los venenos solubles que tienen un efecto embriagador sobre el centro nervioso, de forma que podrá embriagar a la gente cuando le dé la gana. Tal vez en otros tiempos ya se había conseguido. Al oír hablar de tales cosas se puede creer que hay algo de verdadero en esas historias de filtros de amor y otras fábulas que se encuentran en los libros de cuentos... ¿Ya te vas?
—Sí —dijo Joachim—, necesito acostarme un poco. Mi curva ha subido desde ayer. Tu asunto ha acabado por influir sobre mis nervios.
Así pasaron el domingo y el lunes. Luego la noche y la mañana formaron el tercer día de la permanencia de Hans Castorp en el «dique seco», un día sin un signo particular, el martes. Pero era el día de su llegada, hacía tres semanas enteras que estaba allí y se sentía, al fin, obligado a escribir la carta y a informar a sus tíos sobre su estado presente. Con la almohada en la espalda, escribía en un papel de cartas del establecimiento, diciendo que su partida, contra lo que esperaba, se veía retrasada. Comunicó que se hallaba en cama, resfriado y con fiebre, que el doctor Behrens, concienzudo hasta el extremo, no tomaba a la ligera el asunto, pues lo relacionaba con su constitución general. En efecto, desde su primera entrevista el medico jefe le había encontrado anémico y, en suma, el plazo que Hans Castorp se había asignado para restablecerse no había sido juzgado suficiente por esa alta eminencia. Añadía que pronto enviaría más detalles.
«Esto está bien —pensó Hans Castorp—. No hay una palabra de más y eso nos hará ganar algún tiempo.»
Entregó la carta a un mozo que, evitando el retraso del buzón, fue inmediatamente a llevarla al tren.
Después de esto, las cosas parecieron solucionadas para nuestro amigo y, con el espíritu tranquilo a pesar de que la tos y el ardor le molestasen, comenzó a vivir al día, comenzó a vivir ese día dividido en tantas partes que, en su monotonía permanente, no pasaba ni despacio ni deprisa y era siempre el mismo. Por la mañana, después de llamar violentamente, entraba el masajista, un hombre musculoso llamado Turnherr, con las mangas de la camisa arremangadas en sus brazos de abultadas venas. Friccionaba a los enfermos con alcohol: se expresaba con dificultad y llamaba a Hans Castorp, como a los demás, por el número de su habitación. Apenas se había marchado aparecía Joachim, ya vestido, para darle los buenos días, enterarse de la temperatura de las siete de la mañana y anunciar la suya propia. Mientras Joachim se desayunaba abajo, Hans Castorp, con la almohada en la espalda, hacía lo mismo, con el apetito que provoca un
cambio de régimen, apenas molestado por la irrupción presurosa y habitual de los médicos que, a aquella hora, habían ya pasado por el comedor y terminaban a toda prisa su visita a los enfermos que se hallaban en cama y a los moribundos. Con la boca llena de confitura afirmaba que había dormido muy bien, miraba por encima del borde de su taza al doctor —que con los puños apoyados en la mesa del centro ojeaba la hoja de temperaturas— y contestaba con un acento lánguido e indiferente al saludo de despedida. Luego encendía un cigarrillo y apenas comenzaba a darse cuenta de que Joachim se había marchado para dar su paseo matinal, cuando ya le veía volver. Charlaban de nuevo, y el intervalo entre las dos comidas —
Joachim, en este tiempo, hacía la cura de reposo— era tan corto que incluso el espíritu más empobrecido no hubiera tenido tiempo de aburrirse. Con mucha más razón éste no era el caso de Hans Castorp, que sacaba un alimento suficiente de las impresiones de las tres semanas que había pasado aquí, que tenía que meditar sobre su situación presente y preguntarse qué sería de él. Apenas hojeaba los dos grandes volúmenes de una revista ilustrada que habían sido traídos de la biblioteca del sanatorio y tenía a su alcance sobre la mesita de noche.
Ocurría lo mismo mientras Joachim daba su segundo paseo hasta Davos Platz. Duraba apenas una hora.
Luego entraba de nuevo en la habitación de Hans Castorp, le informaba de las cosas que le habían impresionado durante el paseo y permanecía un momento de pie o sentado cerca de la cama del enfermo antes de ir a la cura de la mañana. ¿Y cuánto duraba esa cura? ¡Una hora escasa! Apenas había juntado las manos detrás de la cabeza, apenas había mirado al techo y perseguido un pensamiento, cuando el gong sonaba invitando a todos los pensionistas que no guardaban cama ni estaban moribundos a disponerse para la comida principal.
Joachim acudía a ella y venía la «sopa de la tarde». Era un nombre de un simbolismo pueril en relación con lo que iba a comer, pues Hans Castorp no se hallaba sujeto al régimen de enfermo. ¿Para qué iba a imponérsele ese régimen? Un régimen de enfermo, un régimen de parquedad, no estaba en modo alguno indicado para su caso. Se encontraba allí y pagaba la tarifa completa, y lo que le servían durante la eternidad inmóvil de aquella hora, no era una sencilla sopa, sino la comida completa de seis platos del Berghof, una comida suculenta todos los días de la semana, y el domingo una comida de gala, placentera y espectacular, preparada por un cocinero de formación europea en una cocina de establecimiento de lujo. La criada, cuyo papel era el de atender a los enfermos que guardaban cama, se la servía en bandejas niqueladas y brillantes marmitas. Empujaba la nueva mesa del paciente —esa maravilla de equilibrio con una sola pata—, por encima de su cama, y Hans Castorp comía como el hijo del sastre ante la mesa mágica en el cuento de hadas.
Apenas había terminado, Joachim aparecía de nuevo y, antes de que fuese a su balcón y el silencio de la gran cura de reposo se hubiese extendido en el Berghof, eran ya casi las dos y media. Tal vez no lo eran; para ser exactos, debían ser las dos y cuarto. Pero esos cuartos de hora suplementarios no son tenidos en cuenta fuera de las unidades exactas, son absorbidos incidentalmente allí donde el tiempo ha sido calculado con amplitud, como ocurre, por ejemplo, en un viaje, en el que se pasan largas horas en el tren, o cuando toda espera resulta prolongada y vacía, cuando el objetivo de la vida parece llevado a franquear la mayor parte del tiempo posible. Por eso la duración de la gran cura de reposo se reducía, en definitiva, a una hora que, además, se veía disminuida, reducida y en cierto modo apostrofada. El apostrofe era el doctor Krokovski.
En efecto, el doctor Krokovski ya no evitaba a Hans Castorp haciendo un rodeo. El joven por fin ocupaba un lugar, ya no era un intervalo, una pausa. Era un enfermo, se le interrogaba, ya no se le abandonaba, como había ocurrido hasta entonces provocando su enojo, quizá un enojo secreto y pasajero, pero diario.
El lunes, el doctor Krokovski apareció por primera vez en su habitación. Decimos «apareció», pues ésta es la palabra exacta que define la impresión extraña y un poco de temor que Hans no pudo evitar en aquel momento. Había descansado medio dormido cuando, despertado con sobresalto, vio que el ayudante se encontraba allí, en su habitación, sin haber entrado por la puerta, y que desde la galería se dirigía hacia él; había entrado por la puerta abierta del balcón, así que daba la impresión de que había llegado por los aires. En cualquier caso allí estaba, de pie, cerca de la cama de Hans Castorp, pálido y vestido de negro, ancho de espaldas; era el apostrofe de la hora, y en su barba, dividida en dos mitades, aparecían sus dientes amarillentos y sonreía de una manera jovial.
—Parece que le sorprende el verme, señor Castorp —dijo el doctor Krokovski con una dulzura de barítono, un acento un tanto afectado y una «r» gutural ligeramente exótica, que más que arrastrar, hacía sonar al contactar la lengua con sus dientes superiores—. Me limito a cumplir un deber agradable informándome de si todo va bien. Sus relaciones con nosotros han entrado en una nueva fase. De la noche a la mañana, el huésped se ha convertido en un camarada —la palabra «camarada» inquietó un poco a Hans Castorp—. ¿Quién lo hubiese creído la primera vez que tuve el honor de saludarle y en que rectificó usted mi teoría errónea (entonces era errónea) haciéndome observar que estaba completamente sano?
Creo que entonces le expresé algunas dudas sobre este punto, pero le aseguro que no esperaba que estuviese así. No quisiera pasar por más perspicaz de lo que soy; no pensaba en ninguna lesión húmeda; hablé de un modo más general, más filosófico. Expresé mis dudas sobre la cuestión de saber si las palabras «hombre» y «salud perfecta» podían ser compatibles. Y hoy, después del examen del otro día, a diferencia de mi querido y honorable jefe, no puedo estimar que esta zona húmeda —con la punta del dedo tocó el hombro de Hans Castorp— deba interesarnos sobremanera. Para mí no es más que un
fenómeno secundario... Lo que es orgánico es siempre secundario.
Hans Castorp se estremeció.
—Y, por consiguiente, su gripe es a mis ojos un fenómeno de tercer orden —añadió el doctor Krokovski bajando el tono de su voz—. ¿Qué opina usted? El reposo en la cama tendrá sin duda una excelente influencia. ¿Qué temperatura ha tenido hoy?
Y a partir de estas palabras, la visita del ayudante adquirió el carácter de una visita inofensiva, y lo mismo ocurrió los siguientes días de la semana.
El doctor Krokovski entraba a las cuatro menos cuarto por el balcón, a veces un poco antes, saludaba al enfermo con una cordialidad enérgica, hacía las preguntas médicas más corrientes, a veces entablaba una breve conversación de carácter más personal, hacía algunas bromas de «camarada» y, a pesar de que todo eso tuviese un carácter un poco equívoco, Hans Castorp terminó por acostumbrarse a ello, ya que no salía de los límites normales y no encontró nada que objetar a la visita regular del doctor Krokovski, visita que formaba parte del día y ponía un apostrofe a la larga cura de la tarde.
Eran, pues, las cuatro cuando el ayudante se retiraba bruscamente por el balcón. De pronto, antes de que se hubiese dado cuenta, se halló en plena tarde, que rápidamente se perdió en la noche, pues tanto a la hora en que se tomaba el té abajo como en la número 34 eran las cinco, y cuando Joachim volvía eran casi las seis, así que la cura de reposo se limitaba de nuevo a una hora y era un adversario fácil de vencer si se tenían algunos pensamientos en la cabeza y todo un orbis pictus en la mesita de noche.
Joachim se despidió para ir a cenar. Se sirvió la comida. El valle se había llenado de sombras y, mientras Hans Castorp comía, la oscuridad se acentuaba rápidamente en la blanca habitación. Cuando terminó, permaneció apoyado en la almohada ante la mesa, y contempló el crepúsculo que progresaba rápidamente, ese crepúsculo de hoy que era difícil de distinguir del de ayer, del de anteayer y del de hacía ocho días. Había caído la noche y podía creerse que apenas había pasado la mañana. Esa jornada dividida y artificialmente abreviada se había disgregado y desvanecido entre sus dedos, como pudo comprobar con sorpresa y reflexión, pues todavía no se hallaba en la edad de espantarse.
Un día —quizá habían pasado diez o doce desde que Hans Castorp guardaba cama— llamaron a la puerta a esa hora, es decir, antes de que Joachim hubiese vuelto de la comida y de la hora de conversación que seguía, y a su contestación de «adelante» el interlocutor de Hans Castorp, Lodovico Settembrini, apareció en el umbral al mismo tiempo que una claridad resplandeciente se difundió en la habitación, pues el primer movimiento del visitante tras abrir la puerta había sido el de la lámpara del techo y, reflejada por el cielo raso blanco, una luz temblorosa llenó la estancia.
El italiano era el único de los pensionistas del que Hans Castorp había procurado informarse por mediación de Joachim. Este no dejaba, todas las veces que estaba sentado a los pies de la cama de su primo y de pie cerca de él —eso ocurría diez veces cada día—, de dar cuenta de los pequeños acontecimientos y las variantes de la vida corriente del sanatorio, y las preguntas que le hacía Hans Castorp eran de carácter general e impersonal. Su curiosidad de solitario le llevaba a preguntar si habían llegado nuevos huéspedes o si alguno de los habituales se había marchado, y parecía satisfecho de que sólo hubiese ocurrido lo primero. Había llegado uno «nuevo», un joven de rostro verdoso y hundido que se había sentado a la mesa de la joven Levy, de cutis de marfil, y de la señora Iltis, inmediatamente a la derecha de la de los primos. Hans Castorp esperaría con paciencia la ocasión de verle. ¿Se había marchado alguien? Joachim señaló que no bajando los ojos. Pero tuvo que contestar a esta pregunta cada dos días, a pesar de que con cierta impaciencia había intentado contestar de una vez por todas, alegando que, según se había podido informar, nadie se disponía a marcharse y que uno no se marchaba de aquí tan fácilmente.
En cuanto a Settembrini, Hans Castorp se había informado personalmente acerca de él y había querido saber lo que «había dicho de eso». ¿De qué? «Dios mío, de que me hallo tumbado aquí y tratado como enfermo.» En efecto, Settembrini había manifestado su opinión, aunque brevemente. El mismo día de la desaparición de Hans Castorp había preguntado a Joachim qué le había pasado a su primo, creyendo que Hans Castorp había salido de Davos y, al oír su explicación, no había contestado más que con dos palabras: primero «Ecco!», luego «Poveretto!», es decir, «¡vamos!» y «¡pobre muchacho!» (no era necesario poseer un conocimiento más extenso que el que poseían los dos jóvenes para comprender el sentido de ambas exclamaciones). «¿Por qué poveretto? —había preguntado Hans Castorp—. ¿No estaba él también agarrado aquí con toda su literatura hecha de humanismo y política y lleno de dificultades para interesarse de los asuntos terrenales? No tiene necesidad de apiadarse de mí desde lo alto de su grandeza, volveré antes que él a la llanura.»
Y ahora, aquí estaba el señor Settembrini, de pie en la habitación repentinamente iluminada, y Hans Castorp, que se había apoyado en el codo entornando los ojos, se ruborizó al reconocerle.
Como siempre, Settembrini llevaba su gruesa levita de anchas solapas, un cuello un poco usado y el pantalón a cuadros. Como acababa de comer, llevaba, según su costumbre, un palillo entre los dientes. La
comisura de sus labios, bajo la ondulación del bigote, se estiraba con su habitual sonrisa fina, fría y crítica.
—¡Buenas noches, ingeniero! ¿Puedo preguntarle cómo se siente...? Si es así, necesitaremos un poco de luz —dijo tendiendo una mano hacia la lámpara del techo—. Quizá estaba pensativo y no desearía turbarle por nada del mundo. En su caso, comprendería perfectamente una tendencia a la contemplación, y para la charla usted tiene el recurso de su primo. Como ve, soy consciente de mi superfluidad. Sin embargo, vivimos oprimidos en un espacio exiguo y sentimos simpatía por nuestros vecinos, una simpatía de espíritu, de corazón... Hace ya una larga semana que no le veía. Supuse que se había marchado cuando vi que su lugar en el refectorio permanecía vacío. El teniente me informó, ¡hum!, de la verdad, que es mucho peor de lo que imaginé, si puedo hablar sin pecar de indiscreto... En una palabra, ¿cómo está usted? ¿Qué hace? ¿Cómo se siente? ¡Espero que no estará muy abatido!
—¡Oh, señor Settembrini! ¡Qué amable y atento es usted! ¡Ja, ja!, «refectorio»... Ya está bromeando.
Siéntese, se lo ruego. No me molesta en absoluto. Me hallaba aquí tendido y me dejaba llevar por mis pensamientos. Sentía demasiada pereza para decidirme a encender la lámpara. Muchas gracias, subjetivamente me siento en estado normal. El reposo en la cama ha curado por completo mi catarro, pero parece que se trata de un fenómeno secundario, según dicen todos. La temperatura no es la que debería ser, a veces tengo 37,5 y otras 37,7. La cosa no ha variado mucho en estos días.
—¿Toma regularmente su temperatura?
—Sí, seis veces al día, exactamente como todos ustedes. ¡Ja, ja!, perdóneme. Me río de que haya llamado
«refectorio» a nuestro comedor. Así se llama en los conventos, ¿no es cierto? Bueno, esto se parece un poco a un convento. Es cierto que nunca he estado en un convento, pero me lo imagino así... Conozco de memoria las «normas» y las respeto.
—Como un hermano de voto. Se puede decir que ha terminado su noviciado y ha pronunciado sus votos.
¡Mi felicitación más solemne! Ya dice «nuestro comedor». Por otra parte, sin querer herir su dignidad viril, me hace usted pensar más en un joven lego que en un monje, en una novia de Cristo apenas profesada, inocente, con sus grandes ojos de víctima. A veces he visto aquí tales corderillos, no sin nunca sentir... cierto sentimentalismo. ¡Ah, sí, sí, su señor primo me lo ha contado todo! ¿Por qué se hizo auscultar?
—Porque tenía fiebre. Compréndalo, señor Settembrini, con este catarro en la llanura hubiera llamado al médico. Y aquí, donde en cierta manera nos encontramos en la misma fuente, donde tenemos dos especialistas en la casa, hubiese sido ridículo...
—Naturalmente, naturalmente. ¿Y se había tomado la temperatura antes de que se lo ordenasen? Creo se lo recomendaron desde el principio. ¿Fue la Mylendonk quien le endosó el termómetro?
—¿Endosar...? Bueno, como tenía necesidad de ello le compré uno.
—Lo comprendo. Un asunto absolutamente correcto. ¿Y cuántos meses le ha metido el jefe...? ¡Dios mío, ya le hice esta misma pregunta una vez! ¿Lo recuerda? Acababa de llegar y me contestó con tanta desenvoltura...
—Claro que lo recuerdo, señor Settembrini. Desde entonces, he adquirido mucha experiencia, pero me acuerdo como si fuese hoy. Usted estaba muy alegre y nos había presentado al doctor Behrens como un juez de los infiernos... Radamés... No, espere, era otra cosa...
—¿Rhadamante? Es posible que le llamase así incidentalmente. No recuerdo todo lo que mi cabeza produce incidentalmente.
—¡Rhadamante, eso! ¡Minos y Rhadamante! También nos habló de Carducci la primera vez...
—Permítame, mi querido amigo, dejemos de lado ese nombre por hoy. En este momento adquiere en su boca un sonido demasiado singular.
—Como prefiera —dijo riendo Hans Castorp—. Por otra parte, me he enterado de muchas cosas acerca de él por mediación de usted. En aquel momento no sospechaba nada y contesté que había venido sólo para pasar tres semanas, no preveía nada más. La Kleefeld acababa de saludarme silbando con su neumotórax.
Todavía estaba desorientado. Pero en aquel tiempo ya me sentía febril, pues, según creo, el aire de aquí no es totalmente bueno para la enfermedad; al parecer precipita su evolución y sin duda eso es necesario si uno quiere curarse.
—Es una hipótesis seductora. ¿Le ha hablado también el doctor Behrens de esa ruso-alemana que tuvimos aquí durante cinco meses el año pasado, o el anterior? ¿No? Debería haberle hablado. Una mujer encantadora de origen ruso-alemán, casada, joven, madre. Venía del oeste, linfática, anémica sin duda, pero tenía algo más grave. Bueno... Pasó un mes aquí y comenzó a lamentarse de que se encontraba mal.
¡Paciencia, paciencia...! Pasó otro mes y continuó diciendo que se sentía peor. Le dijeron que sólo el
médico podía juzgar cómo se encontraba; lo único que se concede es el derecho de decir cómo se siente uno y eso importa muy poco. Por otra parte, se declararon satisfechos de su pulmón. En fin... Ella se sometió, hizo la cura y fue perdiendo peso cada semana. Al cuarto mes estuvo a punto de desmayarse en la consulta. Poco importa, declaró Behrens, que, como le he dicho, se manifestó muy satisfecho de su pulmón. Pero cuando al quinto mes ya no podía andar, avisó a su marido, que se hallaba en el este.
Behrens recibió una carta de él. Se podía leer «personal y urgente» con un carácter de letra muy enérgico. Yo mismo la vi. «Bueno, sí (dijo Behrens, y se encogió de hombros), puede ocurrir que ella no soporte nuestro clima.» La mujer estaba fuera de sí. «Debió haberme dicho esto antes. Yo lo comprendí desde el principio, pero ahora ya no tengo solución.» Es de esperar que con su marido, en el este, habrá recobrado fuerzas.
—¡Exquisito! Usted cuenta las cosas admirablemente, señor Settembrini, y cada una de sus palabras es para mí algo plástico. A veces, me he reído a solas con su historia de la muchacha que se bañaba en el lago y a la que se tuvo que dar la «hermana muda». ¡Sí, aquí ocurren muchas cosas! Uno no acaba nunca su aprendizaje. Por otra parte, mi caso es todavía un poco vago. El doctor Behrens dice que ha encontrado una grieta en mi pecho. Son viejas lesiones de cuando estuve enfermo sin saberlo, he podido oírlos con la percusión, y parece que ha descubierto otro lugar fresco, no sé exactamente en qué parte de mi cuerpo. «Fresco» es una expresión bastante particular. Pero hasta ahora no se trata más que de observaciones acústicas, y el diagnóstico absolutamente seguro no podremos tenerlo hasta que pueda levantarme y se proceda a la radioscopia y a la radiografía. Entonces se podrá concretar de una manera positiva.
—¿Está seguro...? ¿Sabe que la placa fotográfica presenta con frecuencia manchas que son tomadas por cavernas cuando no son más que sombras, y que allí donde hay algo no presenta a veces mancha alguna?
¡Madonna, la placa fotográfica! Había aquí un joven numismático que tenía fiebre. Por eso aparecieron distintamente cavernas en la placa fotográfica. Se pretendió incluso que las había oído. Se le trató como tísico y durante el tratamiento murió. La autopsia demostró que su pulmón estaba intacto y que había muerto de no se sabe qué microbios.
—Vamos, señor Settembrini, usted me habla de autopsias... Me parece que no hemos llegado hasta este punto.
—Ingeniero, es usted un bromista.
—Y usted un crítico y escéptico hasta la médula, hay que admitirlo. No cree ni en las ciencias exactas.
¿Tiene manchas su placa?
—En efecto.
—¿Y está realmente enfermo?
—Sí, desgraciadamente estoy bastante enfermo —contestó Settembrini, y bajó la cabeza.
Se hizo un silencio durante el cual tosió. Hans Castorp, en su posición de reposo, miró a su visitante reducido al silencio. Le pareció que con aquellas dos sencillas preguntas lo había refutado todo, había hecho imposible toda objeción, incluyendo la república y el bello estilo. Por su parte no hizo nada para reanudar la conversación.
Al cabo de un momento, Settembrini se irguió de nuevo sonriendo.
—Dígame, ingeniero, ¿cómo han recibido esta noticia los suyos?
—¿Qué noticia? ¿La del aplazamiento de mi regreso? ¡Oh!, los míos, los de mi casa, se componen de tres tíos, un tío abuelo y dos de sus hijos, que son para mí como primos. Esos son los «míos», me quedé huérfano de padre y madre muy pronto. En cuanto a cómo han recibido la noticia, todavía no saben casi nada, poco más o menos como yo. Para empezar, cuando tuve que meterme en la cama, les escribí que tenía un fuerte constipado y que no podía arriesgarme a realizar el viaje. Y ayer, como esto ha durado demasiado tiempo, les escribí de nuevo comunicándoles que mi gripe había llamado la atención del doctor Behrens sobre el estado de mis pulmones y que insistía en que prolongase mi estancia hasta que la cosa fuese aclarada. Se habrán enterado de todo eso con bastante sangre fría.
—¿Y su situación? Me habló usted de un empleo que iba a ocupar.
—Sí, como voluntario. He rogado que se me excuse provisionalmente en el astillero naval. Comprenderá que no se van a sentir desesperados por eso. Pueden seguir adelante sin el voluntario.
—Muy bien. Considerado desde este punto de vista, todo está arreglado. Flema en toda la línea. En general, en su país son muy flemáticos, ¿no es verdad?, aunque igualmente enérgicos.
—¡Oh!, sí, enérgicos también, muy enérgicos —dijo Hans Castorp.
Y pensó en la clase de vida que se llevaba allá abajo, admitiendo que su interlocutor la calificaba exactamente. Flemáticos y enérgicos era una buena definición.
—Por tanto —continuó Settembrini—, si permaneciese aquí mucho tiempo, ocurriría indudablemente que podríamos conocer a su señor tío, quiero decir a su tío abuelo. Vendría sin duda a enterarse de su estado.
—¡Ni pensarlo! —exclamó Hans Castorp—. De ninguna manera. Diez caballos no conseguirían arrastrarle hasta aquí. Mi tío es de constitución apoplética y casi no tiene cuello. No, necesita de una presión razonable; se encontraría aquí mucho peor que la señora del este, y correría peligro de sufrir toda clase de contratiempos.
—Me ha decepcionado. ¿Apoplético, dice? ¿De qué sirven, en este caso, la flema y la energía? Su tío es sin duda rico. ¿Es usted también rico? En su país todos son ricos...
Hans Castorp sonrió ante aquella generalización literaria de Settembrini y, tendido, contempló la lejanía, la esfera familiar a la que había sido arrebatado. Recordaba, se esforzaba en juzgar imparcialmente, la distancia le animaba y le capacitaba para ello. Respondió:
—Se es rico o no se es. ¡Y tanto peor para los que no lo son! ¿Yo? No soy millonario. Pero mi fortuna me ampara. Soy independiente, tengo de qué vivir. Pero no hablemos de mí por el momento. Si usted hubiese dicho «es preciso ser rico allá abajo» lo habría aceptado. Porque suponiendo que uno no fuese rico o que dejase de serlo, entonces ¡pobre desgraciado! «¿Tiene todavía dinero ese muchacho?», preguntan.
Textualmente y como se lo digo, con ese tono. Lo he oído con frecuencia y me doy cuenta de que no podré olvidarlo. Debo de haberlo encontrado chocante, a pesar de estar habituado; si no, no me acordaría. ¿Qué le parece? No, yo no creo que usted, homo humanus, se encontrase bien entre nosotros. Yo mismo, que estoy en mi casa allá abajo, me he sentido desplazado, ahora me doy cuenta, a pesar de que personalmente no he tenido que sufrir por nada. Nadie querría ir a casa de un hombre que no hiciese servir en su mesa los mejores vinos y sus hijas no encontraran marido. Esas gentes son así. Tendido aquí como me hallo, y considerando las cosas a cierta distancia, eso me parece horroroso. ¿Qué palabras ha usado usted? ¡Flemáticos y enérgicos! Bueno, ¿pero qué quiere decir eso? Eso significa duro, frío. ¿Y qué significa duro y frío? ¡Cruel! Es un aire cruel el que reina allá abajo, un aire despiadado. Cuando uno está tendido y contempla esas cosas desde la lejanía, se siente estremecer.
Settembrini escuchaba y movía la cabeza. Continuó moviéndola hasta que Hans Castorp llegó al extremo de sus críticas y cesó de hablar. Luego dijo:
—No quiero negar las formas particulares que la crueldad natural de la vida manifiesta en el seno de su sociedad. ¡No importa! El reproche de crueldad es un reproche bastante sentimental. Usted apenas se ha atrevido a formularlo ante el temor de parecer ridículo. Con toda razón, le ha abandonado usted a las emboscadas de la existencia. El hecho de que lo manifieste hoy, revela cierto alejamiento que no desearía ver aumentado, pues quien se acostumbra a formularlo puede fácilmente perderse para toda la vida, para la forma de vida para la que ha nacido. ¿Sabe usted, ingeniero, lo que significa «estar perdido para toda la vida»? Yo lo se. Yo veo eso cada día aquí. Como mucho, al cabo de seis meses, el joven que llega aquí (y casi no hay más que jóvenes) ya no tiene más pensamientos que el flirt y la temperatura. Y un año después, ya no son capaces de concebir otra cosa y juzgan «cruel» o, más exactamente, falso e ignorante cualquier otro pensamiento. A usted que le gustan las historias le podría contar algunas. Podría hablarle de cierto muchacho que pasó once meses aquí y al que tuve ocasión de conocer. Tenía unos años más que usted (tal vez bastantes). Lo devolvieron a su casa, a título de ensayo, como casi curado. Volvió a los brazos de los suyos. No eran tíos, sino su madre y su mujer. Durante el día permanecía tendido con el termómetro en la boca, y no se preocupaba de nada más. «Vosotros no comprendéis esto (decía), hay que haber vivido allá arriba para saber cómo deben hacerse las cosas. En esta casa, los principios esenciales no existen.» Finalmente su madre le expresó su decisión: «Vuelve allá arriba, ya no sirves para nada.» Y
volvió a «su patria». Pues usted sabe que se dice «nuestra patria» cuando se ha vivido aquí. Se había convertido en un extranjero para su mujer. Carecía de los principios esenciales y ella renunció a él, pues comprendió que en «su patria» encontraría una compañera que tendría los mismos principios y que se quedaría allá.
Hans Castorp había escuchado a medias. Continuaba contemplando la lámpara. Se rió, un poco despistado, y dijo:
—¿Dicen «nuestra patria»? Eso es, en efecto, un poco «sentimental», como usted dice. Sí, sin duda conoce innumerables historias. Estaba pensando en lo que decíamos hace un momento sobre la dureza y la crueldad; varias veces me han asaltado esas ideas en estos días pasados. Es preciso tener una epidermis de bastante espesor para estar de acuerdo con la manera de razonar de la gente de allá abajo y con preguntas como: «¿Tiene todavía dinero?», y con la cara que ponen al hablar así. En suma, nunca me ha parecido completamente normal a pesar de que yo no sea un homo humanus (ahora me doy cuenta de que siempre me había impresionado, tal vez era debido a mi propensión inconsciente a la enfermedad). Yo mismo he oído mis antiguas lesiones y he aquí que Behrens pretende haber encontrado dentro de mí una bagatela completamente fresca. Aunque me ha sorprendido, en el fondo debí imaginarlo. Nunca me he sentido fuerte como una roca, y como mis padres murieron tan pronto y soy huérfano desde la infancia,
de padre y madre, usted comprenderá...
Settembrini, con alegría y amabilidad, realizó con la cabeza, los hombros y las manos un gesto lleno de unidad que significaba la pregunta siguiente: «Bueno, ¿y qué más...»
—Usted es escritor —dijo Hans Castorp—. Un literato... Debe por tanto comprender que, en estas circunstancias, no se puede tener una sensibilidad ruda y encontrar natural la crueldad de la gente, de la gente vulgar, ¿comprende?, la que pasea, ríe, gana dinero y se atiborra de comida... No sé si me he expresado... Settembrini se inclinó.
—Lo que significa —matizó— que el contacto precoz y frecuente con la muerte inclina a un estado de espíritu que nos hace más delicados y sensibles a la dureza, a las trivialidades y, digámoslo claramente, al cinismo de la vida ordinaria.
—¡Es exactamente eso! —exclamó Hans Castorp con un entusiasmo sincero—. Admirablemente expresado, los puntos sobre las íes, señor Settembrini. ¡Con la muerte! Ya sabía yo que usted, en su calidad de literato...
Settembrini tendió entonces la mano hacia él, inclinando la cabeza a un lado y cerrando los ojos; gesto que le servía para interrumpir con dulzura y rogar que se le continuara escuchando. Se mantuvo durante unos segundos en esta posición y permaneció así algún tiempo después, cuando Hans Castorp, un poco cohibido, se hubo callado. Finalmente el italiano abrió sus ojos negros —los ojos de un organillero— y habló:
—Permítame, permítame, ingeniero, que le diga, e insisto sobre este punto, que la única manera sana y noble, es más, la única manera religiosa de considerar una muerte consiste en encontrarla y en entenderla como una parte, como un complemento, como una condición sagrada de la vida y no (lo que sería lo contrario de la salud, la nobleza, la razón y el sentimiento religioso) en separarla de ella, en hacerla un argumento contra ello. Los antiguos decoraban sus sarcófagos con símbolos de la vida y la fecundidad, incluso con símbolos obscenos. En la religión antigua, lo sagrado se confundía con frecuencia con lo obsceno. Aquellos hombres sabían honrar a la muerte. Mire, la muerte es digna de respeto, como la cuna de la vida, como el seno de la renovación. Pero opuesta a ésta y separada de ella se convierte en un fantasma, en una máscara o en una cosa peor todavía, pues la muerte entendida como una potencia espiritual independiente es depravada; su atractivo perverso es indudablemente muy fuerte, y sería sin duda el más espantoso extravío del espíritu humano querer simpatizar con ella.
Settembrini calló. Se atuvo a esta afirmación y terminó en un tono decidido. Hablaba seriamente y no había dicho esto para distraer; desdeñó dar a su interlocutor una ocasión para contestar y, al final de sus afirmaciones, había bajado la voz y marcado una pausa. Estaba sentado con la boca cerrada y las manos cruzadas, contemplando seriamente su pie que se balanceaba en el aire.
Hans Castorp permaneció también en silencio. Apoyado en su almohada, volvió la cabeza hacia la pared y golpeó ligeramente con los dedos. Tenía la impresión de que acababan de aleccionarle, de llamarle al orden, incluso de reñirle, y en su mutismo había una parte de obstinación pueril. El silencio duró bastante tiempo.
Finalmente, Settembrini alzó la cabeza, y dijo, sonriendo:
—Recuerde, ingeniero, que una vez ya entablamos una controversia semejante, puede afirmarse que la misma. Charlábamos entonces, creo que fue durante un paseo, sobre la enfermedad y la estupidez, cuya coincidencia consideraba usted paradójica, y esto era debido a su estima hacia la enfermedad. Yo califiqué esta estima de siniestra preocupación por la que se deshonra el pensamiento del hombre y, con satisfacción mía, usted pareció dispuesto a tener en cuenta mis objeciones. Hemos hablado también del desenfado y la incertidumbre intelectuales de la juventud, de su libertad de elección y su tendencia a hacer experimentos desde todos los puntos de vista posibles, y dijimos que no había necesidad de considerar estas experiencias como resultados definitivos y universales. ¿Me permitiría que en el futuro también —y Settembrini, sonriendo, se inclinó en la silla, con las manos juntas entre las rodillas y la cabeza inclinada oblicuamente—, le sea de ayuda en esos experimentos y que ejerza sobre usted una influencia reguladora si, por casualidad, el peligro de las preocupaciones funestas le amenaza?
—¡Con mucho gusto, señor Settembrini!
Hans Castorp se apresuró a renunciar a su actividad distante, entre tímida y testaruda, cesó de golpear con los dedos y se volvió hacia el italiano con una amabilidad llena de sorpresa.
—Es muy amable por su parte... Me pregunto verdaderamente si... Es decir, si yo...
—Sine pecunia, ya lo sabe —dijo Settembrini, poniéndose en pie—. Porque he de tirarle de las orejas.
Se echaron a reír. Se oyó abrir la puerta exterior y, en el mismo instante, el pestillo de la puerta interior giró. Era Joachim, que acudía para la conversación de la noche. Al ver al italiano se ruborizó, como le
había ocurrido a Hans Castorp hacía un momento, y el color de su rostro se hizo más oscuro.
—¡Ah! Tienes una visita —exclamó—. ¡Bravo! Me he retrasado. Me han obligado a jugar una partida de bridge... Bueno, lo llaman así oficialmente —dijo encogiéndose de hombros—; pero naturalmente se trata de otra cosa... he ganado cinco marcos...
—Mientras esto no se convierta en un vicio —dijo Hans Castorp—. ¡Hum, hum! El señor Settembrini me ha hecho pasar agradablemente el tiempo mientras te esperaba. En realidad, es un adjetivo poco afortunado, ya que puede ser aplicado a vuestro supuesto bridge, mientras que el señor Settembrini ha ocupado mi tiempo de una manera preciosa... Un hombre de verdad debería hacer todo lo posible para salir cuanto antes de aquí. Pero por escuchar con frecuencia al señor Settembrini y para permitirle que me ayude con sus consejos, casi desearía tener siempre fiebre e instalarme aquí como en mi casa...
Tendréis que acabar dándome una «hermana muda» para impedir que os engañe.
—Le repito, ingeniero, que es usted un bromista —dijo el italiano.
Se despidió del modo más cortés.
Al quedarse con su primo, Hans Castorp lanzó un suspiro de alivio.
—¡Qué pedagogo! —dijo—. Es un pedagogo humanista, no hay duda. No cesa de darte lecciones, bien bajo la forma de anécdota o de forma abstracta. ¡Y habla de tantas cosas! Nunca hubiera imaginado que se pudiese hablar de cosas semejantes, ni siquiera comprenderlas. Si le hubiese encontrado en la llanura, seguramente no le hubiera podido comprender.
A aquella hora, Joachim permanecía algún tiempo con él. Sacrificaba dos o tres cuartos de hora de su cura de reposo de la noche. A veces jugaban al ajedrez en la habitación de su primo.
Luego se dirigía al balcón, con sus abrigos y con el termómetro en la boca, y Hans Castorp tomaba también por última vez su temperatura, mientras una música ligera, a veces próxima y otras lejana, subía del valle, sumido en la noche.
A las diez, la cura de reposo había terminado. Se oía a Joachim, se oía al matrimonio de la mesa de los rusos ordinarios... Y Hans Castorp se ponía de lado en espera del sueño.
La noche era la parte más difícil de la jornada, pues Hans Castorp se despertaba con frecuencia y en ocasiones permanecía desvelado durante horas, porque el calor anormal de su sangre le impedía dormir o porque su gusto y disposición al sueño habían sufrido a causa de la posición constantemente horizontal.
En desquite, las horas empleadas en dormir estaban animadas con sueños variados y llenos de vida, sueños en los cuales podía continuar soñando aun estando ya despierto. Cuando llegaba la mañana, constituía una distracción observar la habitación que se iba iluminando y reaparecía poco a poco; ver cómo surgían y se desvelaban los objetos y cómo la luz se encendía en el exterior, a veces con un resplandor rojizo y turbio y otras alegre. Y antes de que se hubiese dado cuenta había llegado de nuevo el instante en que el masajista, llamando a la puerta con su enérgico puño, anunciaba la entrada y daba inicio a la rutina diaria.
Hans Castorp no se había llevado calendario en su viaje, y por consiguiente no siempre estaba al corriente de las fechas. De vez en cuando, se informaba por su primo, quien, sobre este punto, tampoco estaba muy seguro. Sin embargo, los domingos, sobre todo, el del concierto bimensual, constituían un punto de partida y se tenía la seguridad de que el mes de septiembre llegaba a su mitad.
En el valle, desde que Hans Castorp se hallaba en la cama, al tiempo triste y frío habían sucedido días del final de verano, bellos días sin número, de manera que Joachim había entrado cada mañana en la habitación de su primo, vestido con pantalón blanco, y éste no había podido reprimir la expansión de una contrariedad sincera, de una contrariedad de su alma y sus jóvenes músculos ante el pensamiento de aquella estación magnífica. A media voz había pronunciado la palabra «vergüenza», reprochándose el dejar pasar un tiempo tan hermoso. Pero luego, para calmarle, había añadido que aunque hubiese estado levantado no hubiera podido aprovecharlo, puesto que la experiencia propia le prohibía moverse mucho. Y
en definitiva, por la puerta del balcón, abierta de par en par, podía disfrutar, en cierta medida, de la esplendorosa belleza del aire libre.
Pero al final del plazo que le había sido impuesto, el tiempo cambió de nuevo. Durante la noche era brumoso y frío, el valle desapareció bajo una tempestad de nieve húmeda, y el aliento seco de la calefacción central llenó la habitación.