La montana magica
Paseo por la Arena
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
¿Puede narrarse el tiempo, el tiempo en sí mismo, como tal y en sí? No, eso sería en verdad una loca empresa. Una narración en la cual se diría:
«El tiempo pasaba, resbalaba, el tiempo seguía su curso» y así sucesivamente, y un hombre de espíritu sano no podría considerar esto como un relato. Sería, poco más o menos, como si se tuviese la chocante idea de sostener, durante una hora una sola y única nota, o un solo acorde, y se quisiese hacer pasar eso por música. La narración se parece a la música en que ella «realiza» el tiempo, lo «llena convenientemente», lo «divide» y hace de manera que «pase algo» —para citar, con la piedad melancólica que se concede a las palabras de los difuntos las expresiones familiares al difunto Joachim, palabras que resonaron hace ya mucho tiempo y no estamos seguros de que el lector se de claramente cuenta del tiempo a que se remontan.
El tiempo es el elemento de la narración, como es el elemento de la vida; se halla indisolublemente unido a los cuerpos en el espacio. El tiempo es también un elemento de la música, la cual mide y divide el tiempo, lo hace a la vez precioso y divertido, en lo que, como ya se ha dicho, se asemeja a la narración, que también (y de una manera distinta de la presencia, inmediata y resplandeciente de la obra plástica, que se halla unida al tiempo como cuerpo) no es más que una sucesión, es incapaz de presentarse de otro modo que bajo la forma de un desarrollo y tiene necesidad de recurrir al tiempo, incluso aunque intentase hallarse toda entera presente en un instante determinado.
Éstas son cosas evidentes. Pero no es menos claro que hay una diferencia entre la narración y la música.
La duración musical no es más que un fragmento del tiempo humano y terrestre en el que se vierte para exaltarle y ennoblecerle indeciblemente. Por lo contrario, la nación comprende dos especies de tiempo.
En primer lugar, su tiempo propio, la duración musical y efectiva que determina su desarrollo y su existencia; en segundo, el tiempo de su contenido, que se presenta con una perspectiva de aspecto tan diferente que el tiempo imaginario del relato puede, o bien coincidir casi completamente con su duración musical, o bien hallarse infinitamente alejado.
Un fragmento de música titulada «Vals de los cinco minutos», dura cinco minutos. Es en eso y en nada más en lo que consiste su relación con el tiempo. Pero una relación cuya acción durante cinco minutos podría, en cuanto al tiempo, extenderse en un período mil veces más largo, mientras los cinco minutos se hallasen replegados con una conciencia excepcional, y podría parecer muy corto a pesar de que por su duración imaginaria fuese muy largo.
Por otra parte, es muy posible que la duración de los acontecimientos relatados rebase, al infinito, la duración propia del relato que los presenta en extracto; decimos «en extracto» para indicar un elemento ilusorio, o, para expresarnos de un modo completamente claro, un elemento mórbido que se manifiesta en el relato que se sirve de un hechizo hermético y de una perspectiva exagerada, recordando ciertos casos anormales de la experiencia real de toda evidencia orientados hacia lo sobrenatural. Se conocen diarios de fumadores de opio que, bajo el dominio del estupefaciente, durante el breve período del transporte han vivido sueños que se extienden sobre diez, treinta o sesenta años, y que incluso rebasan todos los límites posibles de una experiencia humana del tiempo; sueños, por consiguiente, cuya duración imaginaria rebasa su propia duración y en donde se produce un extracto increíble de la experiencia del tiempo, una aceleración de imágenes tal que puede creerse, como dice un comedor de hachís, que se ha sacado del cerebro embriagado «algo así como el resorte de un reloj roto».
Es un poco a la manera de esos sueños artificiales como la narración puede tratar el tiempo. Pero como puede «tratarle», está claro que el tiempo, que es elemento del relato, puede igualmente convertirse en su objeto. Tal vez será demasiado el afirmar que se puede «narrar el tiempo», pero no constituye, a pesar de todo, una empresa tan absurda como nos había parecido de pronto eso de querer evocar el tiempo en un relato, de manera que podría atribuirse un doble sentido, muy relacionado con el soñar, al calificativo de «novela del tiempo».
Hemos planteado la cuestión de saber si es posible narrar el tiempo, únicamente para confesar que ésa era precisamente nuestra intención en la historia en curso. Y si nos hemos preguntado, de paso, si los lectores reunidos en torno de nosotros se den todavía claramente cuenta del tiempo que ha transcurrido desde el momento en que el honrado Joachim —muerto después— hizo, en la conversación, aquella observación sobre la música y sobre el tiempo, lo que testimoniaba, por otra parte, una progresión de su ser hacia la alquimia, puesto que las observaciones de este género no responden en suma a su naturaleza, no nos hubiera en modo alguno contrariado el enterarnos de que el lector no veía muy claro sobre eso. No nos hubiera contrariado, incluso nos hubiera satisfecho, por la sencilla razón de que no tenemos ningún interés en que se participe de los sentimientos de nuestro héroe, pues el mismo Hans Castorp, desde hacía tiempo, no estaba muy seguro sobre este punto. Eso forma parte de su novela, de esa «novela de un tiempo», tanto si se le entiende en un sentido como en otro.
¿Cuánto tiempo había vivido Joachim con Hans Castorp hasta su partida? ¿Cuánto tiempo había vivido con él en todo y por todo? ¿Cuándo, ateniéndose al calendario, había tenido lugar su partida? ¿Cuánto tiempo había estado Joachim ausente? ¿Cuándo había vuelto? ¿Desde cuánto tiempo el mismo Hans Castorp permanecía aquí, hasta que Joachim volvió y luego salió del tiempo? ¿Cuánto tiempo, dejado de lado a Joachim, madame Chauchat había permanecido no presente? ¿Desde cuánto tiempo se hallaba de nuevo aquí, pues otra vez estaba en el sanatorio, y cuánto tiempo terrestre Hans Castorp había vivido en el Berghof hasta que ella volvió?
A todas estas preguntas —suponiendo que se hubiesen formulado, lo que, por otra parte, nadie hizo, y lo que él mismo tampoco hizo, pues recelaba sin duda al planteárselas— Hans Castorp no hubiese podido contestar más que dándose golpecitos con las yemas de los dedos sobre su frente; no hubiera podido decir nada justo, fenómeno tan inquietante como cierta incapacidad para decir a Settembrini su propia edad, incapacidad que había sentido desde su llegada y que ahora se había agravado, pues decididamente no sabía ya nada respecto a la edad que podía tener.
Esto puede parecer extraño, pero está muy lejos de ser sorprendente ni increíble, pues, en determinadas condiciones, eso puede ocurrirle a cualquiera de nosotros. Si esas condiciones se realizasen, nada podría impedirnos el perder toda conciencia del curso del tiempo y, por consiguiente, de nuestra edad. Ese fenómeno es posible, puesto que no poseemos ningún órgano interior para percibir el tiempo, y por lo tanto somos incapaces, desde un punto de vista absoluto, de determinarlo por nosotros mismos y sin ayuda de referencias exteriores, ni siquiera aproximadamente.
Unos mineros soterrados, privados de toda posibilidad de observar la sucesión del día y de la noche, han valorado, cuando se ha conseguido salvarlos, en tres días el tiempo que habían pasado en la oscuridad, entre la esperanza y la desesperación. En realidad habían permanecido enterrados diez días. Se podría creer que, sumidos en su angustia, el tiempo debía parecerles largo, pero se había reducido a menos de la tercera parte de su duración objetiva. Parece, pues, que, en condiciones extraordinarias, la importancia humana tiende más bien a vivir el tiempo abreviadamente que a estimarlo de un modo demasiado largo.
Seguramente nadie duda de que Hans Castorp no hubiese experimentado, de haberlo querido, ninguna dificultad real en escapar, por medio del cálculo, a esa incertidumbre, lo mismo que el lector lo podría hacer si la confusión repugnase a su sano espíritu. En lo que se refiere a Hans Castorp, no se sentía muy satisfecho, pero no se preocupaba de hacer ningún esfuerzo para liberarse de aquella confusión ni para impedir la duración de su permanencia allí. Lo que se lo impedía era inquietud de su conciencia, a pesar de que no preocuparse del tiempo fuese la peor de las inconciencias.
No sabemos si hay que hacer valer, para su defensa, que las circunstancias favorecían su falta de buena voluntad, para no hablar de su mala voluntad. Cuando madame Chauchat se halló de vuelta (de un modo muy diferente de lo que había imaginado Hans Castorp, pero ya hablaremos de eso más adelante), el Adviento había pasado una vez más, y el día más corto, el principio del invierno, por consiguiente, astronómicamente hablando, estaba ya próximo. Pero, en realidad, si se despreciaban las divisiones teóricas y si no se tenía en cuenta más que la nieve y el frío, el invierno reinaba desde un tiempo incalculable; incluso ese invierno no había sido más que pasajeramente interrumpido por ardientes días de verano, de un azul tan profundo que casi llegaba al negro, pues, en suma, caía nieve durante todos los meses de verano. Muchas veces Hans Castorp había hablado de esa confusión con el difunto Joachim, confusión que mezclaba las estaciones, las confundía, privaba al año de sus divisiones y le hacía aparecer breve con lentitud, o largo en su rapidez, de manera que, según una palabra que Joachim había pronunciado hacía ya mucho tiempo con repugnancia, ya no se podía hablar, en modo alguno, de la cuestión del tiempo.
Lo que, en realidad, estaba mezclado en esta gran confusión eran las impresiones o las conciencias sucesivas de un «todavía» o de un «ya de nuevo», y esa experiencia complicada constituía una verdadera hechicería por la cual Hans Castorp se había sentido seducido, en detrimento de su moral, desde el primer día que había pasado allí, a saber: durante esas cinco formidables comidas, en el comedor pintado con alegres colores, donde se había sentido poseído de un primer vértigo de ese genero relativamente inofensivo.
Desde entonces, esa ilusión de los sentidos y del espíritu había adquirido proporciones más amplias. El tiempo mismo, cuando la sensación subjetiva es débil o nula, tiene una realidad objetiva en la medida en que es activa y produce cambios. Se trata de una cuestión para pensadores originales —y sólo fue por presunción juvenil por lo que Hans Castorp se atrevió un día a planteársela— el saber si la lata de conservas hermética, colocada en el estante, se halla fuera del tiempo. Pero nosotros sabemos que el tiempo realiza su obra incluso sobre el que duerme. Un médico certifica el caso de una jovencita de doce años que se durmió un día, permaneció dormida durante trece años y se despertó hecha una mujer, pues se había desarrollado durante el intervalo. ¿Cómo podría ser de otra manera? El muerto está muerto y ha pasado de la vida a la eternidad; tiene mucho tiempo, es decir, no tiene absolutamente nada de tiempo, personalmente hablando. Eso no impide que sus uñas y sus cabellos sigan creciendo y que, en suma...
Pero no queremos recordar la expresión de que Joachim se sirvió un día sobre ese asunto, y la cual Hans Castorp, como hombre del país llano, tomó en serio. Sus cabellos y sus uñas crecían también y crecían deprisa, pues con frecuencia se hallaba instalado en uno de los sillones de la barbería de la calle principal
de Dorf, y se hacía recortar el cabello porque había crecido demasiado en torno de sus orejas. En suma, cuando se encontraba sentado allí, y charlaba con el barbero que hacía su obra después que el tiempo había realizado la suya —o también cuando se hallaba de pie junto a la puerta del balcón y cortaba sus uñas con unas tijeritas y limas sacadas de un bonito estuche de terciopelo—, se sentía presa, de pronto, de una especie de espanto en el que se mezclaba un singular placer; de cierto vértigo que mezclaba el aturdimiento con la confusión y la ilusión, con una impotencia para distinguir el «todavía» y el «de nuevo», cuya mezcla y coincidencia producían el «siempre» y el «para siempre» situados fuera del tiempo.
Hemos afirmado, con frecuencia, que no queríamos hacerle mejor, pero tampoco peor de lo que era, y no vamos, por tanto, a silenciar que a menudo se esforzaba en compensar su amable complacencia respecto a ciertas tentaciones místicas, provocadas incluso consciente e intencionalmente, por medio de esfuerzos en sentido contrario. Podía permanecer sentado, con su reloj en la mano, su reloj de oro, plano y liso, cuya tapa de monograma grabado había levantado, y mirar el cuadrante de porcelana ornado con dos hileras de cifras árabes en negro y rojo, sobre el cual las dos agujas de oro, finamente cinceladas, se separaban una de la otra, y donde la sutil aguja de los segundos daba la vuelta con un tictac presuroso, en su pequeña esfera particular. La pequeña aguja seguía su camino a saltítos, sin ocuparse de las cifras que iba alcanzando; las tocaba, las rebasaba, se acercaba y las alcanzaba de nuevo. Era insensible a todo objetivo, a las divisiones y a los jalones. Debería haberse detenido un instante en el 60, o al menos señalar de alguna manera que algo acababa de tener fin. Pero, en la manera con que se apresuraba a franquear esa cifra lo mismo que cualquier otro trazo no cifrado, se comprendía que todas las cifras y las subdivisiones se hallaban escritas porque sí y que ella no hacía más que marchar y marchar... Hans Castorp volvía, pues, a meterse el reloj en el bolsillo y abandonaba el tiempo a su propia suerte.
¿Cómo hacer sensibles a los honrados espíritus del país llano esas transformaciones que se operaban en la economía íntima del joven aventurero? La escala de esas identidades vertiginosas iba creciendo. Si con un poco de complacencia no era fácil separar el presente del ayer, del anteayer o del anteanteayer, que se parecía al día presente como un huevo a otro, era natural sentirse tentado y más que capaz de confundir el presente actual con el presente de un mes o de un año pasados, y de dejar perderse los unos y los otros en el «siempre». Pero como se tenía conciencia distinta del «todavía», y del «aún», y del «futuro», uno podía sentirse tentado a ampliar el sentido de los términos relativos del «ayer» y del «mañana», por los cuales el «hoy» se afirma y separa el pasado del porvenir, e impulsado a aplicar a esas palabras a períodos más largos de tiempo.
No sería difícil concebir seres que habitasen, por ejemplo, en planetas más pequeños que el nuestro, que administrasen un tiempo en miniatura y para cuya vida «breve» los saltitos de nuestra aguja de los segundos constituyesen la lentitud acompasada de la hora que avanza. Pero se podría igualmente representar seres a cuyo espacio se hallase ligado un tiempo de una extensión formidable, de manera que los conceptos de «instante» o de «falta poco», de «ayer» y de «mañana» adquiriesen, en su existencia, una importancia infinitamente amplia. Eso sería, no solamente posible sino que desde el punto de vista de un relativismo tolerante y según el proverbio «A cada país sus costumbres», sería legítimo, normal y respetable. Pero ¿qué pensar de un hijo de la tierra y, además, de una edad para la cual un día, una semana completa, un mes, un semestre debían todavía desempeñar un papel importante y aportar a la vida muchos cambios y progresos, que pensar de un hijo de la tierra que un día adquiriese la costumbre viciosa, o cediese al menos, de tiempo en tiempo, al placer de decir «ayer» y «mañana» en lugar de decir
«hace un año» o «el año próximo»? No es dudoso que, en ese caso, se podría hablar de «extravío» y
«confusión», y que la más viva inquietud estaría justificada.
Hay en la tierra un concurso de circunstancias, de ambientes o de paisajes (si se puede hablar de
«paisaje» en el caso que nos ocupa) en los cuales una tal confusión y un tal desleimiento de las distancias en el tiempo y en el espacio se producen, en cierto modo naturalmente y a justo título, progresando hasta una indiferencia vertiginosa, de manera que una zambullida en esa magia prodigiosa puede ser admitida, al menos durante las horas de vacaciones. Nos referimos a un paseo a la orilla del mar, un estado del cual Hans Castorp se acordaba con la más viva simpatía, como lo que encontraba de nuevo en la vida sobre la nieve: el recuerdo de las dunas de su país. Esperamos que la experiencia y los recuerdos del lector nos servirán para hacernos comprender cuando evocamos esa maravillosa soledad. Se anda y se anda... Jamás se regresará a tiempo de semejante paseo, pues se ha perdido el tiempo y el tiempo nos ha perdido.
¡Oh, mar! Nos hallamos sentados lejos de ti y en íntimo contacto, dirigimos hacia ti nuestros pensamientos, nuestro amor, al invocarte momentáneamente en voz alta. Tú debes estar presente en nuestro relato, como lo has estado siempre y como lo estarás siempre en secreto. ¡Desierto sibilino, gris pálido, lleno de humedad amarga, cuyo gusto salino perdura en nuestros labios! Marchamos sobre un suelo ligeramente clásico, sembrado de algas y de pequeñas conchas, los oídos envueltos por el viento, ese gran viento amplio y dulce que recorre el espacio libremente, sin freno ni malicia, y que aturde dulcemente nuestro cerebro; marchamos, marchamos y vemos las lenguas de espuma del mar, que empuja hacia adelante y ronca, que retrocede de nuevo y que se extiende para lamer nuestros pies. La resaca hierve, ola tras ola va a chocar con un sonido claro y ensoberbecido, rumorea como una seda sobre la arena, y ese rumor confuso lo llena todo, bordonea dulcemente, cierra nuestros oídos a toda otra voz del mundo. Uno se basta a sí mismo, olvida conscientemente... ¡Cerremos los ojos a su abrigo, por la
eternidad! Pero no, ved allá lejos, en la extensión gris verde, en la espuma que se pierde hasta el horizonte, una vela. ¿Allá lejos? ¿Qué «allá lejos» es ése? ¿A qué distancia? ¿Próxima o lejana? No se sabe. No se sabe qué vértigo turba nuestro juicio. Para decir qué distancia separa ese buque de la orilla sería preciso saber cuál es su tamaño. ¿Pequeño y próximo o grande y lejano? Nuestra mirada es incierta, pues no tenemos órganos ni sentido que nos informe sobre el espacio... Andamos, andamos. ¿Desde cuándo? ¿Desde cuánto tiempo? ¿Hasta dónde? ¿Qué sabemos? Nada cambia a nuestro paso; «allá lejos»
es igual que «aquí», «ahora» es semejante a «después», el tiempo se anega en la monotonía infinita del espacio, el movimiento de un punto al otro ya no es movimiento, no hay tiempo.
Los doctores de la Edad Media pretendían que el tiempo era una ilusión, y que su transcurso, que hace suceder el efecto a la causa, no era debido más que a la naturaleza de nuestros sentidos, y que el verdadero estado de las cosas era un presente inmutable. ¿Se había paseado a la orilla del mar ese doctor que fue el primero en concebir ese pensamiento, paladeando en su boca la suave espuma de la eternidad?
Sea lo que sea, repetimos que es una excepcional escuela esa de que hablamos aquí, que penetra la moral de un hombre tan deprisa como el descanso de la arena caliente de la salud al cuerpo. Ejercer la crítica sobre los medios y las formas del conocimiento humano, poner en duda su validez, constituiría una posición absurda, despreciable y odiosa, si otro sentido no se hallase unido a tal actitud además del deseo de asignar a la razón límites que no puede franquear sin hacerse culpable de abandonar sus funciones.
No podemos menos de expresar nuestro agradecimiento a un hombre como el señor Settembrini por haber explicado al joven cuyo destino nos preocupa, a haberle interpelado en cierta ocasión como a un
«hijo mimado de la vida», por haber explicado a ese Hans Castorp, decimos —y lo decimos con una energía completamente pedagógica—, la metafísica como el «mal», y honramos la memoria de un muerto que nos es querido al decir que el sentido, el fin y el objetivo del principio crítico no puede ni debe ser más que una sola cosa: la idea del deber y el deber de vivir.
Más aún. Si la cordura ha marcado, por medio de la crítica, límites a la razón, también ha clavado en su misma frontera la bandera de la vida, y ha proclamado que es deber militar del hombre el hacer ejercicio bajo esa bandera.
¿Habrá que excusar al joven Hans Castorp y admitir que había sido confirmado en su administración viciosa del tiempo y en su juego peligroso con la eternidad por el hecho de que cierto hablador melancólico había considerado que el «exceso de celo» de su primo, el militar, había acarreado un exitus letalis?
MYNHEER PEEPERKORN
Mynheer Peeperkorn, holandés de alguna edad, se hallaba, desde hacía algún tiempo, hospedado en el Berghof, que con todo fundamento consignaba en sus anuncios el epíteto de «internacional».
La nacionalidad ligeramente coloreada de Peeperkorn —era un holandés colonial, un habitante de Java, un cultivador de café— no nos decidía a introducirle en la narración. Pieter Peeperkorn (así se llamaba a sí mismo, por ejemplo, cuando decía: «Ahora Pieter Peeperkorn va a deleitarse con un dedito de aguardiente») no sería por sí mismo suficiente para decidirnos a introducirle a última hora en nuestra historia, pues, Dios mío, ¡cuánta variedad de colores y de matices había en la sociedad de esa excelente institución de la cual el consejero Behrens tenía la dirección medica con su facundia políglota!
Recientemente una princesa egipcia había permanecido aquí —la misma que había ofrecido en otro tiempo al consejero un notable servicio de café y cigarrillos con una Esfinge—; era un personaje sensacional, de dedos ornados con sortijas y amarillos de nicotina, de cabellos cortados, y que, a excepción de las principales comidas, a las que asistía con traje de París, se paseaba vestida de hombre.
Esa señora se preocupaba, por otra parte, muy poco del mundo masculino y no manifestaba más que una complacencia, a la vez perezosa y violenta, hacia una judía rumana que se llamaba la señora Landauer, a pesar de que el procurador Paravant abandonaba las matemáticas por amor a su alteza y, en su ardor amoroso, estaba a punto de convertirse en un bufón. No hubiera sido, por lo tanto, suficiente la presencia personal de Peeperkorn, a pesar de encontrarse en su séquito un eunuco negro, un hombre débil y doliente que, no obstante su defecto fundamental, del que Carolina Stoehr se burlaba con gusto, parecía amar la vida mucho más que nadie y se mostraba desconsolado de la imagen que ofrecía la placa de su interior cuando se hubo radiografiado su cuerpo.
Comparado con tales figuras Mynheer Peeperkorn podía parecer casi incoloro. Y aunque este fragmento de nuestro relato podía llevar, como otro de los anteriores, el título de «Todavía Alguien», no hay ninguna razón para temer que un nuevo factor de confusión espiritual y pedagógica entre aquí en escena. No, Mynheer Peeperkorn no era hombre para introducir en el mundo ningún disturbio intelectual. Era una cosa completamente distinta, como vamos a ver. Que su persona causase, sin embargo, en nuestro héroe un estado de turbación extrema es cosa que se comprenderá cuando se lea la continuación.
Mynheer Peeperkorn llegó a la estación de Dorf en el mismo tren de la noche en que llegó madame Chauchat, y en el mismo trineo que ella se dirigió al Berghof, donde comió en el restaurante en su compañía. No se trataba solamente de una llegada simultánea, sino de una llegada en común, y esta comunidad se afirmaba, por ejemplo, con el hecho de que Mynheer fue a ocupar un lugar en la mesa de los rusos distinguidos, al lado de la joven señora y delante del sitio del doctor, en el lugar en que el profesor Popof se había entregado, en otro tiempo, a manifestaciones equívocas. Esta comunidad turbó justamente a Hans Castorp, que no había previsto nada de esto.
El consejero le había anunciado, a su manera, el día y la hora del regreso de Clawdia.
—Vamos, Castorp, veterano —le había dicho—. La paciencia y la fidelidad serán recompensadas. Pasado mañana la gatita se colará de nuevo entre nosotros. Me lo anuncia por telegrama.
Pero no había dejado entender nada de que madame Chauchat no iba a venir sola, tal vez porque él mismo no había sabido que ella y Peeperkorn iban a llegar juntos y formaban una pareja. Al menos fingió sorpresa cuando, el día de esa llegada, Hans Castorp le hizo algunas preguntas pidiéndole cuentas.
—¡No podría decir cómo ha conseguido pescar a ese tipo! —declaró—. Supongo que se trata de una amistad de viaje por los Pirineos. Será necesario que se conforme usted, pequeño Celadón, no hay nada que hacer. ¡Inseparables! Parece que tienen la bolsa en común. El hombre es inmensamente rico, según lo que he oído decir. Rey del café, retirado. Un criado malayo y un tren de vida magnífico. Por otra parte, no ha venido para divertirse, pues además de una poliblemia de origen alcohólico, parece que nos hallamos en presencia de una fiebre contraída en los trópicos, de una fiebre intermitente, ¿sabe usted? Eso se alarga terriblemente. Es necesario que lo tome usted con paciencia.
—Perdone, mil perdones —dijo Hans Castorp en voz alta, y luego pensó para sí: «¿Y tú, cómo te encuentras? No te sientes completamente desinteresado cuando piensas en otros tiempos y si todos los signos no son engañosos, viudo de mejillas azules, con tu pintura al óleo tan realista. Parece que te estás burlando de mí y, sin embargo, somos compañeros de infortunio, en cierto modo, con relación a Peeperkorn.»
—Decididamente se trataba de un curioso tipo, de una fisonomía original —dijo con un gesto señalando al personaje—. Vigoroso y enfermizo, tal es la impresión que produce; tal es al menos la impresión que me ha producido al verlo a la hora del desayuno. Vigoroso y al mismo tiempo enfermizo; me parece que son necesarios estos adjetivos para definirle, a pesar de que sean contradictorios. Es, además, grande y ancho, y se cuadra con frecuencia con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, pues los bolsillos están cortados verticalmente, según he podido observar, y no lateralmente, como los míos y los de usted y, de un modo general, como los de las clases superiores de la sociedad. Cuando se halla cuadrado, de pie,
y habla, a la manera holandesa, con la lengua pegada al paladar, tiene indudablemente un aspecto muy vigoroso. Pero su barba es rala, es larga y rala, hasta el punto de que uno cree posible contar los pelos, y sus ojos son pequeños y pálidos, casi incoloros, e intenta en vano entornarlos, lo que le ha producido las arrugas de la frente, tan marcadas, que ascienden a lo largo de sus sienes y luego le atraviesan horizontalmente la frente, su alta frente roja, ¿sabe?, en torno de la cual sus cabellos blancos son largos, pero también escasos, y cuyos ojos son, a pesar de todo, pequeños y pálidos y en vano quiere entornarlos... Y su chaleco, tan subido, le da un aspecto eclesiástico, a pesar de que la levita sea de cuadros. Tal es la impresión que me ha producido esta mañana.
—Ya veo que le ha tomado usted como punto de mira —respondió el consejero Behrens— y que ha observado detenidamente a nuestro hombre en todas sus particularidades, lo que me parece razonable, ya que será preciso que usted se vaya acostumbrando a su existencia.
—Sí, eso es lo que haremos sin duda —dijo Hans Castorp.
Le hemos encomendado el trabajo de trazar una imagen aproximada de este nuevo pensionista tan inesperado, y lo ha hecho bastante bien. Es incluso muy probable que nosotros no lo hubiésemos hecho mejor. Es verdad que su lugar de observación era muy favorable. Sabemos que, durante la ausencia de Clawdia, se había sentado muy cerca de la mesa de los rusos distinguidos, y como su mesa era paralela a ésa —con la diferencia de que la otra se hallaba un poco más cerca de la galería— y Hans Castorp, lo mismo que Peeperkorn, ocupaba el extremo derecho situado hacia el interior de la sala, se encontraban, en cierta manera, colocados el uno al lado del otro, Hans Castorp un poco hacia la espalda del holandés, lo que facilitaba la discreta inspección, mientras veía las tres cuartas partes de madame Chauchat.
Convendría, sin embargo, completar su inteligente esbozo añadiendo que el labio superior de Peeperkorn estaba afeitado, que su nariz era grande y carnosa, que su boca era igualmente grande y que tenía los labios irregulares y como desgarrados. Además, sus manos eran bastante anchas, provistas de puntiagudas uñas, y al hablar se servía de ellas —hablaba sin cesar, sin que Hans Castorp pudiese comprender claramente sus palabras —, haciendo gestos que mantenían la atención en suspenso, gestos delicadamente matizados, refinados, precisos y civilizados como un director de orquesta; curvaba el índice para formar un círculo con el pulgar, o, con la mano plana, protectora, tranquilizadora, reclamaba la atención, para decepcionar inmediatamente con lo ininteligible de las palabras que tan poderosamente había preparado, esa atención sonriente que había obtenido y, si no decepcionarla, al menos cambiarla en una sorpresa regocijada. Pues la fuerza, la delicadeza y la importancia significativa de aquella preparación compensaba largamente las palabras que faltaban. Esa gesticulación satisfacía por sí misma, divertía, incluso arrebataba a los oyentes. Algunas veces ni siquiera llegaba a pronunciar las palabras, ponía suavemente la mano sobre el antebrazo de su vecino de la izquierda, un joven sabio búlgaro, o sobre el de madame Chauchat, a su derecha; elevaba luego inmediatamente aquella mano, de un modo oblicuo, reclamando el silencio y la atención para lo que iba a decir y, con las cejas fruncidas, de manera que las arrugas formaban un ángulo recto entre su frente y los extremos superiores de sus ojos, contemplaba el mantel, mientras sus grandes labios desgarrados parecían estar a punto de formular cosas de la más alta importancia. Pero, al cabo de un instante, soplaba, renunciaba a hablar y, con un signo, parecía ordenar «descanso» sin haber dicho nada, y tomaba un sorbo de café que se hacía hervir, excepcionalmente fuerte, en su propia cafetera.
Cuando había bebido, procedía del siguiente modo: con un gesto de la mano cortaba la conversación, obtenía el silencio, como el director de orquesta hace que se desvanezca el desorden de los instrumentos que los músicos están afinando y reúne a todas las gentes por medio de un gesto imperioso y refinado antes de atacar la obertura. Su cabezota aureolada de mechones blancos, con los ojos pálidos, las formidables arrugas de su frente, su larga barba y su boca dolorosa, producía evidentemente un efecto tal que todo el mundo se sometía a su gesto. Todos callaban, le miraban sonriendo, esperaban y algunos le hacían signos alentadores con la cabeza. Él decía, entonces, en voz baja:
—Señores y señoras... Bien. Todo va bien... ¡Archivado! Tengan ustedes, sin embargo, a bien considerar y no perder de vista un solo momento que... Pero sobre este asunto, ¡chitón...! Lo que me incumbe manifestar es, al menos, eso: ante todo y en primer lugar que tenemos el deber, que lo más inviolable... lo repito y recalco esta expresión... que la existencia más inviolable que aquí se plantea... No, no, señoras y señores, ¡no es así! No es así... que error sería por parte de ustedes, pensar que yo... ¡Archivado, señoras y señores! Perfectamente clasificado. ¡Se que estamos de acuerdo sobre eso; por lo tanto, a los hechos!
Y no había dicho nada. Pero su cabeza aparecía tan expresiva, el juego de su fisonomía y de sus gestos era tan resuelto, tan insistente y tan decisivo, que todos, incluso Hans Castorp, que le escuchaba, creían haber oído cosas infinitamente importantes, dándose al mismo tiempo cuenta de que no les había dicho nada, pero sin experimentar la sensación de aquella vacuidad. Cabe preguntarse cuál hubiera sido la impresión de un sordo. Tal vez se habría desolado, por juzgar equivocadamente el tono del discurso por la expresión del orador, y se habría imaginado que su enfermedad le hacía perder un precioso bien. Tales gentes están inclinadas a la desconfianza y a la amargura. En cambio un joven chino que se hallaba sentado al otro extremo de la mesa, que comprendía muy poco el alemán y no había podido entender nada, pero que había visto, dio muestras de una alegre satisfacción, exclamando: «Very well», y llegó incluso a aplaudir.
Y Mynheer Peeperkorn llegó al «hecho». Se irguió, dilató su ancho pecho, abrochó su levita a cuadros sobre el chaleco cerrado, y su blanca cabeza cobró entonces un aspecto regio. Hizo seña a una criada —
era la enana— y ésta, a pesar de que estaba ocupada, obedeció inmediatamente a su gesto autoritario y se presentó, con el jarro de la leche y la cafetera en la mano, delante de su silla. Ella no dejó tampoco de hacer un gesto de animación, sonriendo con su envejecido rostro, sugestionada por la mirada pálida bajo las formidables arrugas, y por su mano levantada, cuyo índice se unía con el pulgar formando círculo, mientras que los otros tres dedos se ponían tiesos, dominados por las lanzas puntiguadas de las uñas.
—Hija mía —dijo—. ¡Perfectamente! Todo es perfecto hasta ahora. Usted es pequeña. ¿Qué importa eso?
¡Por el contrario! Hay una ventaja. Doy gracias a Dios de que usted sea como es, y gracias a su pequeña estatura tan característica. ¡Dejemos eso! Lo que deseo de usted es igualmente muy pequeño, pequeño y característico. Ante todo, ¿cómo se llama usted?
Ella murmuró, sonriendo, su nombre: Emerenciana.
—¡Perfecto! —exclamó Peeperkorn apoyándose contra el respaldo de la silla y alargando los brazos hacia la enana. Había hablado con un acento que parecía querer decir: «¿Que le hemos de hacer?»—. ¡Todo va perfectamente bien! —Luego añadió muy seriamente y casi con severidad—: ¡Hija mía, eso rebasa todas mis esperanzas! ¡Emerenciana! Usted lo pronuncia con modestia, pero ese nombre unido a su persona...
En una palabra, eso abre las más bellas perspectivas. Vale la pena detenerse y prender el corazón... En su forma diminuta, ya me comprende usted, hija mía, en su forma acariciadora, se podría decir Rencia, Emmy, igualmente sería animador; por el momento, sin duda, me atengo a Emmy, hija mía, escucha bien; un poco de pan, querida. ¡Alto! ¡Alto! ¡Que ninguna mala inteligencia se insinúe entre nosotros! Veo en su rostro, relativamente grande, que ese peligro... Pan, Emerencianita, pero no pan amasado, de éste ya tenemos aquí en gran cantidad y bajo toda clase de formas. Distingamos, ángel mío. Pan del buen Dios, pan transparente, mi pequeña forma acariciadora, y eso tiene como efecto deleitarnos. No estoy muy seguro de que el sentido de esta palabra... Propondría sustituirla por «animar nuestro corazón», si no corriésemos de nuevo el peligro de que se le dé un sentido frivolo... ¡Archivado! Rencia, ¡archivado y liquidado! Es más bien el sentido del deber y de una obligación sagrada. El deber, por ejemplo, de dicha moral que me incumbe testimoniar a la pequeña característica... Ginebra, querida. Para deleitarme quería decir... Shiedam, mi querida Emerenciana. ¡Date prisa y tráemelo!
—Una ginebra de marca —repitió la enana, que dio una vuelta sobre sí misma con la intención de desembarazarse de la cafetera y del jarro, cosas que colocó sobre la mesa de Hans Castorp, al lado de su cubierto, porque no quería molestar al señor Peeperkorn. Se marchó luego a toda prisa y el encargo fue rápidamente cumplido. El vaso estaba tan lleno que el «pan» se vertía por todas partes y mojaba la bandeja.
Peeperkorn tomó el vaso entre el índice y el medio y lo elevó.
—De esta manera —declaró— Pieter Peeperkorn se deleita con un dedo de aguardiente. —Y se tragó el trago destilado, después de haberse enjuagado un poco con él. Luego añadió—: Ahora os contemplo a todos con ojos confortados.
Y cogiendo la mano de madame Chauchat la llevó a sus labios; luego la dejó sobre el mantel, manteniendo un momento una de sus manos sobre la de la dama.
Un hombre singular, una personalidad importante, pero muy difícil de penetrar. La sociedad del Berghof se interesaba vivamente por él. Se decía que acababa de retirarse del comercio de coloniales y que había reunido una enorme fortuna. La señora Stoehr le llamaba un «magnético del dinero» —«magnate», quería decir— y hacía alusiones a un collar de perlas que madame Chauchat llevaba desde que había regresado y que, según opinión de Carolina, podía difícilmente ser considerado como un testimonio de la galantería de su esposo de la Transcaucasia, y procedía seguramente de la «bolsa de viaje común». Al mismo tiempo guiñaba los ojos señalando, con un movimiento de cabeza, a Hans Castorp y haciendo una mueca cómica, pues ni la enfermedad ni los sufrimientos habían conseguido afinarla.
Él conservó todo su empaque y rectificó incluso seriamente el lapsus de la señora Stoehr. Sin embargo, manifestó, la expresión «magnético» no estaba mal elegida, pues seguramente Peeperkorn poseía una especie de poder atractivo. Contestó igualmente con una indiferencia bastante bien fingida a la señorita Engelhart, la institutriz, cuando, un poco ruborizada y sonriendo sin mirarle, le preguntó si el nuevo pensionista le gustaba.
Mynheer Peeperkorn era una personalidad borrosa, una personalidad sin duda, pero borrosa. La exactitud de esta apreciación testimoniaba su objetividad y, por consiguiente, su tranquilidad. Esa manifestación hizo perder toda la ventaja a la institutriz. Respecto a Fernando Wehsal y a su alusión a las circunstancias inesperadas en que había vuelto madame Chauchat, Hans Castorp le demostró que hay miradas cuya significación sin equívoco no cede en nada a las palabras más netamente articuladas.
«¡Lamentable personaje!», dijo aquella mirada al natural de Mannheim, sin que fuese posible interpretarla de otro modo, y Wehsal reconoció esa mirada, y aprobó con la cabeza enseñando sus dientes cariados; pero a partir de este incidente, renunció a llevar, durante los paseos con Naphta, Settembrini y
Ferge, el abrigo de Hans Castorp.
¡Dios mío! Hans Castorp podía llevarlo él mismo, prefería incluso que fuese así, pues no era más que por amabilidad por lo que algunas veces lo había abandonado a ese pobre diablo. Pero nadie de nosotros debe equivocarse; en realidad, Hans Castorp se había sentido duramente herido por aquellos acontecimientos tan imprevistos que deshacían todos sus preparativos íntimos para el momento en que iba a volver a ver el objeto de su aventura de Carnaval. Más exactamente, hacía esos preparativos inútiles, y esto era para él lo más humillante.
Las intenciones de Hans Castorp habían sido muy delicadas y muy sensatas y se encontraba muy lejos de dejarse llevar por un torpe apresuramiento. No había pensado, por ejemplo, en ir a esperar a Clawdia a la estación, y había sido una felicidad que hubiese rechazado este pensamiento. Pero la cuestión se había planteado de un modo general, se trataba de saber si una mujer a quien la enfermedad concede una libertad tan amplia, creería en la realidad de los acontecimientos fantásticos de una lejana noche de ensueños, de mascarada y de conversación en lengua extranjera, y si deseaba que se lo recordasen. ¡No, nada de indiscreciones, nada de torpezas!
Incluso admitiendo que sus relaciones con la enferma de los ojos oblicuos hubiesen rebasado los límites de la razón y de la civilización occidental, no convenía por eso dejar de observar las reglas de la civilización más completa y, por el momento, fingir hasta el olvido. Un saludo de hombre de mundo, de una mesa a otra, para comenzar, ¡y nada más!
Más tarde, cuando la ocasión se presentase, una visita de sociedad, para informarse, con un tono ligero, sobre la salud de la enferma; luego, otro día... Y se encontraría verdaderamente en la hora propicia, y eso sería como una recompensa concedida a aquel dominio de sí mismo, tan caballeresco.
Pero, como ya se ha dicho, esa delicadeza aparecía como nula y caduca, partiendo de que había desaparecido todo su carácter voluntario y, por lo tanto, todo su mérito. La presencia de Mynheer Peeperkorn excluía completamente toda posibilidad táctica de salir de una extremada reserva.
En la noche de la llegada, Hans Castorp había visto desde su balcón el trineo que iba subiendo al paso por la carretera, y en ese trineo, en cuyo pescante se hallaba acurrucado el criado malayo, un hombrecito amarillo con cuello de pieles en el abrigo y sombrero hongo, iba también el extranjero con el sombrero puesto, y al lado de él estaba Clawdia. Aquella noche Hans Castorp durmió muy poco. Por la mañana no le costó mucho trabajo saber el nombre de aquel desconcertante compañero y, además, la noticia de que los dos habían ocupado, en el primer piso, unas lujosas habitaciones contiguas. Luego había venido el primer desayuno y, desde su sitio, muy pálido, había esperado que las puertas vidrieras se cerrasen con estrépito.
Pero el portazo no se produjo. La entrada de Clawdia había sido silenciosa, y detrás de ella Mynheer Peeperkorn había cerrado la puerta.
Alto, ancho de hombros, la frente despejada, su poderosa cabeza rodeada de las llamas blancas de su cabellera, había seguido a su compañera de viaje que, según su costumbre felina, avanzaba la cabeza y se dirigía a la mesa.
¡Ella no había cambiado! Contrariamente a su propósito y olvidándolo todo, Hans Castorp la envolvió en una mirada que revelaba el insomnio. Era su cabellera de un rubio rojizo, sin rizar, arrollada en sencilla trenza en torno a la cabeza, eran sus «ojos de lobo de las estepas», la curva de su nuca, sus labios, que parecían más llenos que antes a consecuencia de los pómulos salientes que determinaban una flexión graciosa de las mejillas.
¡Clawdia!, pensó temblando, y miró al compañero inesperado, no sin echar la cabeza hacia atrás, signo de reto burlón ante la grandiosa apariencia de aquella máscara, no sin esforzarse con todo su corazón en burlarse de la seguridad del propietario actual que cierto pasado hacía dudoso. O, más bien, un pasado cierto, menos vago que los cuadros pintados por un aficionado que había conseguido también inquietarle...
Madame Chauchat había conservado también su manera de obrar, sonriendo, de cara a la sala, antes de sentarse, de presentarse en cierto modo a la compañía, y Peeperkorn la secundaba dejando que se realizase la pequeña ceremonia, de pie detrás de ella, para sentarse luego al extremo de la mesa, al lado de Clawdia.
No había habido nada de saludo de hombre de sociedad, de una mesa a otra. Cuando la «presentación», los ojos de Clawdia habían resbalado sobre la persona de Hans Castorp como sobre todas las demás, para perderse luego en el fondo de la sala. Cuando el encuentro siguiente en el comedor, la cosa había pasado de la misma manera. Y luego cada comida pasaba sin que sus ojos se hubiese encontrado más que con una indiferencia ciega y distraída por parte de madame Chauchat, y eso le hacía imposible colocar su saludo de hombre de mundo.
Durante la breve reunión de la noche, los compañeros de viaje se mantuvieron en el saloncito; estaban sentados uno al lado del otro en el sofá, teniendo en torno a sus vecinos de mesa, y Peeperkorn, cuyo
rostro grandioso, muy rojo, se destacaba sobre la blancura resplandeciente de sus cabellos y de su barba, vaciaba la botella de vino tinto que se había hecho servir durante la comida, pues en cada una de las principales comidas bebía una botella y media e incluso dos de vino tinto, sin hablar del «pan» con el que comenzaba su desayuno.
Ese hombre principesco sentía una necesidad extraordinaria de confortarse. Para corregir eso apelaba al café extraordinariamente fuerte que tomaba varias veces al día, no solamente por la mañana muy temprano, sino también por la tarde. Lo bebía en una taza muy grande, tanto después de las comidas como durante estas, al mismo tiempo que el vino. Según se enteró Hans Castorp, una y otra cosa eran buenas para la fiebre, sin hablar de su efecto deleitoso, excelentes contra la fiebre intermitente que, al segundo día, le retuvo algunas horas en su habitación y en la cama. Era una fiebre cuartana, dijo el consejero, porque el holandés se sentía atacado aproximadamente cada cuatro días. Empezaba por castañetear los dientes y luego el ardor comenzaba, acompañado de transpiración. Su enfermedad tenía, además, como efecto, la dilatación del bazo.
VINGT-ET-UN
Así pasaba el tiempo. Fueron semanas, al menos tres o cuatro semanas, si lo contamos, pues no podemos en modo alguno fiarnos de la opinión y del sentido que Hans Castorp tenía del tiempo. Resbalaban sin aportar nuevos cambios y fomentaban en nuestro héroe una cólera que se hacía habitual, contra ciertos acontecimientos imprevistos que le habían impuesto una reserva meritoria; contra el hecho de que se nombrase a sí mismo Pieter Peeperkorn cuando absorbía un dedo de aguardiente; contra la existencia entorpecedora de aquel hombre pintoresco, imponente e indistinto, entorpecedor de una manera mucho más agresiva que las maneras de Settembrini. Arrugas de descontento y de irritación se dibujaban verticalmente entre las cejas de Hans Castorp, y por debajo de esos pliegues contemplaba cinco veces por día a la bella dama, a pesar de todo, feliz de poder contemplarla, y lleno de desprecio hacia la presencia de alguien que no sospechaba lo equívoco que era el pasado de su compañera.
Pero una noche, como ocurre muchas veces sin ninguna causa que lo explique, la reunión en el vestíbulo y los salones adquirió un aspecto más animado que de ordinario. Se había hecho música —melodías cíngaras ejecutadas con brío por un estudiante húngaro—, después de lo cual el consejero Behrens, que había aparecido con el doctor Krokovski, había obligado a uno de los pensionistas a tocar, en el piano, el
«Coro de peregrinos» de Tannhäuser mientras él mismo pasaba sobre los registros agudos del piano un cepillo, parodiando así el violín. Aquello hizo reír. En medio de los aplausos, encogiéndose de hombros con benevolencia, como sorprendido de su propia alegría, el consejero abandonó el salón. Pero la reunión se prolongó, se continuó haciendo música sin que exigiese ésta una atención demasiado concentrada, se formaron partidas de dominó, y de bridge, y se encargaron bebidas. Unos se divertían con la ayuda de los juguetes ópticos y otros bromeaban. Los habituales de la mesa de los rusos distinguidos se habían mezclado con los grupos del hall y del salón de música. Se vio a Mynheer Peeperkorn aparecer en distintos lugares y no se podía dejar de verle, pues su cabeza majestuosa dominaba a los que le rodeaban, triunfaba por su fuerza real e imponente, y los que se habían visto atraídos por su reputación de riquezas, ahora se sentían atraídos únicamente por su personalidad. Se hallaba allí sonriendo, aprobaban con la cabeza, le animaban, fascinados, por la mirada pálida bajo los formidables pliegues de la frente, mantenidos en suspenso por la insistencia de los gestos refinados de sus uñas oblongas, y sin experimentar decepción alguna por lo ininteligible, lo incoherente y lo gratuito de sus palabras.
Si en esta circunstancia nos ponemos en busca de Hans Castorp, le encontraremos en el salón de lectura y de correspondencia donde, en otro tiempo (ese otro tiempo es vago: el narrador, el lector y el héroe no ven muy claro respecto al grado de la lejanía), le fueran hechas confidencias importantes sobre la organización del progreso de la humanidad. En aquel lugar se estaba más tranquilo. Solamente estaban allí algunas personas. Un enfermo que escribía en uno de los escritorios dobles, bajo la lámpara eléctrica, y una dama, que llevaba unas antiparras sobre la nariz, ojeaba, cerca de la biblioteca, un volumen ilustrado. Hans Castorp se hallaba sentado en la proximidad del salón, volviendo la espalda a la puerta, con un diario en la mano; estaba sentado en una silla renacimiento recubierta de peluche, con un respaldo alto y derecho, sin brazos. El joven mantenía su periódico como se tiene para leer, pero no lo leía, pues con la cabeza baja escuchaba la música que llegaba hasta allí a través del rumor de las conversaciones, mientras sus párpados sombríos demostraban que aquello también lo hacía distraídamente y que sus pensamientos seguían caminos menos musicales. Seguían los caminos espinosos de la decepción que le habían causado los acontecimientos que se burlaban de un joven paciente, al final de una larga espera, caminos llenos de amargas revueltas. Algunas veces estaba a punto de tirar el diario sobre aquella silla incómoda que se encontraba allí por casualidad, abandonar aquella reunión y sumirse en la soledad glacial de su balcón, una soledad de dos: él y María Mancini.
—¿Y su primo, señor? —preguntó detrás de él, por encima de su cabeza, una voz.
Era una voz acariciadora para sus oídos, que estaban predestinados a encontrar infinitamente agradable aquel timbre velado y un poco ronco. Era la idea misma del placer, llevada hasta su límite extremo, era la voz que había dicho, hacía mucho tiempo: «Con mucho gusto, pero no lo rompas»; era una voz irresistible, una voz fatal, y, si no se equivocaba, había preguntado por el infortunado Joachim.
Dejó caer lentamente el periódico y elevó un poco el rostro de manera que su cabeza quedó apoyada sobre la vértebra cervical, apretada contra el respaldo recto. Cerró un poco los ojos, pero los abrió enseguida para elevarlos oblicuamente hacia lo alto, en la dirección que le era permitido a causa de la posición de su cabeza, no importa dónde, hacia el vacío. ¡Bravo, muchacho! Se hubiera dicho que su expresión era casi la de un vidente o la de un sonámbulo. Deseó que se le hiciese de nuevo la pregunta, pero no fue así. No estaba seguro todavía de que ella se hallase de pie tras él; después de esperar algún tiempo, con una mirada extraña y a media voz respondió:
—Ha muerto. Fue a incorporarse a su regimiento en la llanura y murió.
El mismo notó que la primera palabra pronunciada entre ellos y que estaba llena de un acento extraño, era la palabra «muerte». Notó, al mismo tiempo, que a causa de no estar familiarizada con su lengua, ella elegía expresiones demasiado ligeras para expresar su pésame, cuando dijo detrás de él:
—¡Ay! ¡Qué lástima! ¿Completamente muerto y enterrado? ¿Desde cuándo?
—Desde hace ya algún tiempo. Su madre se lo llevó. En su barbilla había crecido una barba de guerrero.
Se dispararon tres salvas de honor sobre su tumba.
—Se las había merecido. Fue siempre un valiente. Era más valiente que muchos.
—Sí, era valiente. Rhadamante hablaba siempre de su exceso de celo. Pero su cuerpo no quería saber nada. Rebelio carnis, dicen los jesuitas. Siempre se había preocupado mucho por las cosas del cuerpo.