La montana magica

Thomas Mann · Capítulo 8 de 13 · parte 1/3

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La montana magica

Todavía Alguien

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Días largos, los más largos con relación al número de sus horas de sol, pues su dilatación astronómica no evitaba que pasaran deprisa, ni cada uno en particular, ni como huida monótona. El equinoccio de primavera había pasado desde hacía tres meses, había llegado el solsticio de verano, pero aquí el año natural seguía el calendario con retraso. Sólo en los últimos días había reinado definitivamente la primavera, una primavera desposeída de la menor pesadez estival, aromática, transparente y ligera, con un azul resplandeciente de fulgores plateados y una abigarrada flora en los prados.

Hans Castorp encontró en las vertientes las mismas flores que Joachim le había ofrecido amablemente a su llegada, colocando diferentes variedades en su habitación para darle la bienvenida: aquileas y campanillas. Esto significaba ahora, para él, que el año había terminado su curso. Innumerables variedades de la vida orgánica — estrellas, cálices y campanillas, formas irregulares llenaban el aire soleado con un aroma seco— surgían de la hierba de las vertientes y las extensiones de los pastos, con glicinas y pensamientos silvestres de gran variedad, belloritas, margaritas, prímulas amarillas y rojas, mucho más bellas y grandes que las que Hans Castorp había visto en la llanura; además, había soldanelas con sus campanillas azules, púrpuras y rosadas, que eran una especialidad de estas regiones alpinas.

Cogía toda clase de flores graciosas, llevaba a su habitación ramos enteros, no sólo para decorarla, sino también para dedicarse a un severo tratado de botánica. Para ello tenía una pequeña pala, un herbario, una potente lupa, y con todo eso estudiaba nuestro joven en el balcón, vestido ya de verano con los trajes que llevaba a su llegada, lo que significaba también que se había cumplido un nuevo ciclo anual.

Había flores frescas en algunos vasos de agua diseminados en los muebles de la habitación y en la mesita situada al lado de la excelente chaise-longue. Flores medio mustias, pero todavía llenas de jugo, se hallaban esparcidas por la balaustrada del balcón, en el suelo, mientras que otras, cuidadosamente comprimidas entre dos hojas de papel secante que absorbían su humedad, se preparaban para que Hans Castorp pudiese pegarlas, una vez secas, en su álbum.

Hans Castorp estaba tumbado con las rodillas dobladas —con una pierna sobre la otra—, y el libro abierto boca abajo sobre su pecho formando una especie de pequeño techo. Mantenía la lupa ante sus ingenuos ojos azules y tras ella una flor, de la que había arrancado la corola con el cortaplumas a fin de poder estudiar el receptáculo que, a través del grueso cristal de aumento, se hinchaba adquiriendo una forma extraña y carnosa.

Las anteras ofrecen, en el extremo de sus filamentos, el polen amarillo; del ovario surge el estilo cicatrizado y, haciendo un corte, se observa el delicado canal por el que los granos de polen se dirigen, bañados en una secreción azucarada, al hueco del ovario.

Hans Castorp contó, examinó y comparó; estudiaba la estructura y posición de los pétalos, del cáliz y la corola, de los órganos machos y hembras; se aseguraba de que todo lo que veía correspondía a las reproducciones esquemáticas o directas; comprobaba con satisfacción la exactitud científica en la estructura de las plantas que conocía, e intentaba luego determinar, con la ayuda de Linneo, por sección, grupo, especie, familia y género, las plantas que no conocía. Como disponía de mucho tiempo, realizó bastantes progresos en el método botánico partiendo de la morfología comparada. Bajo la planta seca en el herbario caligrafió el nombre latino que la ciencia humanista le había dado galantemente, añadiendo las características y mostrándoselo luego al buen Joachim, que se quedaba sorprendido.

Por la noche contemplaba las estrellas. Sentía gran interés por la evolución del año. Había pasado en la tierra veinte años y nunca, hasta ahora, se había preocupado de estas cosas. Si nosotros nos hemos servido de expresiones tales como el «equinoccio de primavera», ha sido para seguir su manera de pensar y sus nuevas costumbres, pues tales eran los términos que desde hacía tiempo usaba con predilección, y su primo se sorprendía al ver sus conocimientos en estas cuestiones.

—Ahora el sol está a punto de entrar en el signo de Cáncer —decía durante un paseo—. ¿Sabes? Es el primer signo del verano del Zodíaco, ¿comprendes? Luego pasará por el León y la Virgen, hacia el equinoccio de otoño a fines de septiembre, cuando el sol llena de nuevo al ecuador del cielo, como ocurrió recientemente en marzo cuando el sol entró en el signo de Aries.

—No me he dado cuenta —dijo Joachim con cierta ironía—. ¿Qué es eso del Zodíaco? —Sí, el Zodíaco, zodiacus, las antiguas constelaciones: Escorpión, Sagitario, Capricornio, Acuario... ¿Cómo es posible que no sientas interés? Son doce. Eso ya lo debes de saber, tres para cada estación, los signos ascendentes y los descendentes, la órbita de las constelaciones que el sol atraviesa. ¡Grandioso! Imagínate, en un templo egipcio han sido ya encontrados pintados en las paredes, en un templo de Afrodita, no lejos de Tebas. Los caldeos, ese viejo pueblo de magos, también los conocían. Árabes y semitas, muy sabios en astrología y profecías, estudiaron ya el cinturón celeste por donde pasan los planetas y lo dividieron en esas doce constelaciones, la dodecatemona tal como nos ha sido transmitida. ¡Es grandioso! ¡Así es la humanidad!

—Dices «humanidad», como Settembrini.

—Sí, como él, o tal vez de un modo un poco distinto. Es preciso aceptarla como es, es decir, como algo grandioso. Pienso con gran simpatía en los caldeos cuando estoy tendido y miro los planetas que ellos ya conocían, a pesar de que no los conocían todos. Pero los que ellos desconocían yo tampoco los puedo ver.

Urano no ha sido descubierto más que en nuestro tiempo, por medio de un telescopio, hace veinte años.

—¿En nuestro tiempo?

—Sí, recientemente, en comparación con los tres mil años transcurridos desde la época caldea. Pero cuando estoy tendido y miro los planetas, esos tres mil años también se convierten en algo reciente y pienso familiarmente en los caldeos, que también los vieron y pudieron comprenderlo.

—Muy hermoso; tienes ideas grandiosas, ¿no es más cierto?

—Tú dices grandiosas y yo digo familiares, como quieras. Pero cuando el sol haya entrada en la constelación de la Balanza, dentro de unos tres meses, los días se habrán acortado de nuevo lo bastante para que el día y la noche sean iguales. Luego disminuirán de nuevo hasta la Navidad, ya lo sabes. Pero ten la bondad de reflexionar un poco: mientras el sol atraviesa los signos de invierno, Capricornio, Acuario, Piscis, los días vuelven a crecer, pues de nuevo se acerca el equinoccio de primavera, por tres mil veces desde el tiempo de los caldeos, y así, los días se alargan otra vez hasta el año siguiente, hasta principios de verano.

—¡Comprendido!

—No es una ilusión. En invierno los días se alargan y cuando llega el más largo, el veintiuno de junio, a principios de verano, se vuelven a acortar, se van reduciendo mientras se avanza hacia el invierno. Te parece natural, pero si lo consideramos desde otro punto de vista, puede uno sentirse poseído de la angustia del momento y estar dispuesto a agarrarse a cualquier cosa. Es como si el bromista de Till Eulenspiegel dispusiera las cosas de este modo para que a principios del verano el otoño... Uno se siente arrastrado por un círculo con la esperanza de algo que es de nuevo un punto de inflexión. No se hace más que girar. Todos esos puntos de inflexión de que se compone el círculo no tienen extensión, el punto de inflexión no puede ser medido, no hay por tanto rumbo de continuidad, y la eternidad no es una «línea recta», sino un «carrusel».

—¡Basta!

—Fiesta de solsticio —dijo Hans Castorp—. ¡Solsticio de verano! Fiesta de San Juan, los corros, los bailes en torno a las hogueras. Nunca lo he visto, pero parece que es así como los hombres primitivos celebraban la primera noche de verano con que comienza el otoño, ese mediodía y esa cúspide anual que empieza luego inmediatamente a descender. Bailan y giran y están alegres. ¿De qué se alegran en su sencillez primitiva? ¿Puedes comprenderlo? ¿Por qué están tan contentos? ¿Porque ya se desciende hacia las tinieblas o porque se había ido subiendo hasta llegar al instante, al inevitable punto solsticial, la medianoche del verano, la cúspide melancólica en su presuntuoso exceso de fuerza? Lo digo tal como es, con las palabras que se me van ocurriendo. Es un orgullo melancólico y una melancolía orgullosa lo que les hace bailar, lo hacen positivamente por desesperación, si puede así decirse, en honor del movimiento circular y de repetición eterna sobre la línea de dirección en la que todo se repite.

—Yo no puedo decir eso —murmuró Joachim—, haz el favor de no suponer lo que pienso. Creo que te ocupas de cosas muy difusas cuando por las noches permaneces tendido en el balcón.

—Sí, no quiero negar que tú empleas el tiempo mucho mejor con tu gramática rusa. Pronto podrás hablar esta lengua correctamente. Será muy ventajoso para ti si un día hay una guerra, ¡de la cual Dios nos libre!

—¿Dios nos libre? Hablas como un civil. La guerra es necesaria. Sin guerra, el mundo no tardaría en

corromperse, como ha dicho Moltke.

—Sí, es cierto que existen esas tendencias. Te lo concedo —replicó Hans Castorp, y estaba a punto de volver a hablar de los caldeos, que habían igualmente hecho la guerra y conquistado Babilonia, a pesar de que fuesen semitas y casi judíos, cuando los dos primos divisaron a dos paseantes que marchaban delante de ellos, que habían vuelto la cabeza y les miraban al haber oído sus voces.

Era en la carretera, entre el Casino y el hotel Beldevere, hacia Davos Dorf.

El valle estaba engalanado con sus deliciosos vestidos de fiesta, con colores tiernos, claros y alegres. El aire era delicioso. Una sinfonía de alegres aromas de flores campestres llenaba la atmósfera pura, seca y soleada.

Reconocieron a Lodovico Settembrini al lado de un extranjero; pero parecía que él no les había reconocido o que no deseaba encontrarse con ellos, pues volvió rápidamente la cabeza y se absorbió gesticulando en su conversación con el compañero, intentando, al mismo tiempo, andar con más rapidez.

Pero cuando los primos le saludaron con alegres gestos, fingió una gran sorpresa, dijo «sapristi», y entonces pareció que quería retardar el paso y dejar pasar a los primos, lo que éstos no comprendieron, porque no veían razón alguna para esto.

Sinceramente satisfechos de encontrarle de nuevo después de una larga separación, se detuvieron a su lado y le estrecharon la mano, informándose acerca de su salud mientras miraban cortésmente a su compañero. De esta manera le obligaron a hacer lo que parecía querer evitar, pero que ellos consideraban lo más natural e indicado del mundo, es decir, que les presentase a su compañero.

Cuando comenzaron a andar, Settembrini hizo los gestos de presentación y les invitó con palabras alegres a que se estrechasen las manos.

El extranjero, que tenía aproximadamente la edad de Settembrini, era un vecino de éste, el segundo realquilado del sastre modista Lukacek, un señor llamado Naphta, según les pareció oír a los dos jóvenes.

Era un hombre de baja estatura y delgado, iba afeitado y era de una fealdad tan acusada que uno se sentía tentado de calificarla de corrosiva. Los dos primos estaban sorprendidos. Todo en él era penetrante: la nariz curva que dominaba su rostro, la boca, de labios delgados y apretados, las lentes convexas de sus antiparras, muy ligeras, que defendían sus ojos de un gris claro, y el mismo silencio que guardaba y del que se podía deducir que su palabra sería tajante y lógica. No llevaba sombrero, como era costumbre. El traje era elegante, un vestido de franela azul marino, con estrechas rayas blancas muy bien cortado, de una elegancia discretamente adaptada a la moda, como pudieron comprobar, con su discreta mirada de hombre de sociedad, los dos primos que, al mismo tiempo, sufrieron un examen de su propia persona, aunque más rápido y penetrante por parte de Naphta.

Si Lodovico Settembrini no hubiese sabido llevar su ropa usada y pantalón a cuadros con tanta gracia y dignidad, su persona hubiese desentonado desagradablemente en medio de aquellos señores distinguidos.

Pero no lo hacía en modo alguno, pues el pantalón a cuadros había sido recientemente planchado, de modo que a primera vista parecía casi nuevo. Los dos jóvenes pensaron que aquello era sin duda obra de su nuevo patrón.

Si el espantoso Naphta, por la calidad y el sello mundano de su atuendo se encontraba más próximo a los primos que su vecino, no sólo su edad más avanzada le aproximaba a este último, sino también otra cosa que se distinguía fácilmente en el rostro de las dos parejas: unos eran morenos y aparecían tostados por el sol, mientras que los otros dos estaban pálidos. El rostro de Joachim se había bronceado mucho más durante el invierno y el de Hans Castorp relucía completamente rosado bajo su cabello rubio, mientras que en la palidez latina de Settembrini, recalcada noblemene por el bigote negro, la luz solar no había ejercido acción alguna, y su compañero, a pesar de tener los cabellos rubios —eran de un rubio ceniciento, metálico e incoloro, y los llevaba largos y peinados hacia atrás— tenía igualmente el cutis blanco y mate de las razas morenas. Dos de los cuatro llevaban bastón, eran Hans Castorp y Settembrini, pues Joachim prescindía de él por razones militares, y Naphta juntó inmediatamente las manos detrás de la espalda después de la presentación. Eran unas manos pequeñas y frágiles, lo mismo que los pies, proporcionados por otra parte a su estatura. No había que sorprenderse de que pareciese estar resfriado, ni tampoco del modo débil e ineficaz con que de vez en cuando tosía.

Settembrini había hecho desaparecer al instante el malestar o mal humor que había manifestado al ver a los jóvenes. Por el contrario, se mostró con su simpatía habitual y presentó a los tres compañeros con bromas e ironías, designando por ejemplo a Naphta con el sobrenombre de princeps scholasticorum, y añadió que «la alegría celebraba sesión permanente dentro de su pecho», repitiendo las frases de Aretino, lo que era debido a la primavera, a esta primavera que tanto celebraba. Los primos debían de saber que reprochaba muchas cosas a ese mundo alpino, hasta el punto de que varias veces había manifestado deseos de abandonarlo, pero esta primavera de la alta montaña era capaz de reconciliar pasajeramente a cualquiera con los horrores de esta esfera. Faltaba todo lo que la primavera de las llanuras tenía de turbador y excitante; nada de rumores en las profundidades, nada de aromas húmedos,

nada de pesados vahos. Claridad, sequedad, alegría y una gracia amarga. Eso armonizaba con su gusto y era magnífico.

Los cuatro iban uno al lado del otro, en la medida que lo permitía la anchura del camino. Cuando encontraban a otros paseantes, Settembrini debía salir del camino y la alineación se rompía, teniéndose que quedar otro detrás, Naphta, por ejemplo, a la izquierda, o Hans Castorp, que iba entre el humanista y su primo Joachim. Naphta reía de un modo breve, con una voz ensordecida por la ronquera, con el sonido cascado de un plato roto cuando se le golpea con el dedo. Señalando al italiano con un gesto de la cabeza, dijo con lentitud:

—Escuchen al volteriano, al racionalista. Alaba la naturaleza porque incluso en las circunstancias más fecundas no nos atonta con sus vapores místicos, sino que conserva una sequedad clásica. ¿Cómo se dice humedad en latín?

—Humor —exclamó Settembrini por encima de su hombro izquierdo—. El humor, con las consideraciones de nuestro profesor sobre la naturaleza, consiste en que, a la manera de Santa Catalina de Siena, piensa en las llagas de Cristo cuando contempla las prímulas rojas.

Naphta respondió:

—Eso es más bien ingenio que humor. Pero no deja de significar la compenetración del espíritu con la primavera.

—La naturaleza —dijo Settembrini bajando la voz— no tiene en modo alguno necesidad de vuestro ingenio. Ella es, en sí misma, espíritu.

—¿No le fastidia su monismo?

—¡Ah!, acepta que es por mero placer que divide el mundo antagónicamente y por lo que separa a Dios de la naturaleza.

—Me interesa oírle hablar de placer refiriéndose a las cosas acerca de las que yo hablo de pasión y espíritu.

—Tenga en cuenta que usted, que emplea palabras tan ostentosas, me trata a veces de polemista.

—Bueno, usted persiste en estimar que el espíritu implica frivolidad. Pero si es de origen dualista eso no significa nada. El dualismo, la antítesis, constituye el principio motor, apasionado, dialéctico y espiritual.

Es cierto que es una cuestión espiritual eso de ver el mundo separado en dos masas contrarias. Todo monismo resulta tedioso. Solet Aristoteles quarere pugnam.

—¿Aristóteles? Aristóteles ha transferido la realidad de las ideas generales a los individuos. Eso es panteísmo.

—¡Eso es falso! Si concede a los individuos un carácter sustancial, si concibe la esencia de las cosas no en las generalidades, sino en el fenómeno individual, como hicieron Tomás y Buenaventura, ambos buenos aristotélicos, habrá usted separado el mundo de toda unión con las ideas más elevadas, quedará al margen de lo divino y Dios será trascendental. Eso es la Edad Media clásica, señor.

—¡Edad Media clásica! No es más que una exquisita combinación de palabras.

—Perdone, pero recurro a la idea de lo clásico allí donde se encuentra en su lugar, es decir, en todas partes donde una idea llega a la cúspide. La antigüedad no ha sido siempre clásica. Percibo en usted cierta apatía contra la libertad de categorías, contra el absoluto. Es incapaz de aceptar el espíritu absoluto. Quiere que el espíritu sea el progreso democrático.

—Espero que estaremos de acuerdo estableciendo que el espíritu, por absoluto que sea, nunca podrá ser el abogado de la reacción.

—¡Pero es siempre el abogado de la libertad!

—Y la libertad es la ley del amor humano, no puede ser nihilismo ni resentimiento.

—Cosas que, al parecer, a usted le asustan

Settembrini elevó los brazos al cielo. La polémica

quedó en suspenso. Joachim, sorprendido, miraba a uno y a otro mientras Hans Castorp, con las cejas arqueadas, miraba fijamente al suelo. Naphta había hablado en un tono agudo y categórico, a pesar de que era él quien había defendido la libertad más amplia. Sobre todo la manera de exclamar «eso es falso», apretando los labios y encogiendo inmediatamente la boca, resultaba desagradable. Settembrini había replicado unas veces alegremente, otras poniendo en sus palabras un bello ardor, especialmente

cuando le había recordado los conceptos fundamentales que les eran comunes.

Ahora, mientras Naphta permanecía en silencio, comenzó a explicar a los primos la existencia de ese desconocido, comprendiendo la necesidad que tenían de conocerle mejor después de aquella discusión.

Naphta les dejó hablar sin ocuparse para nada de ellos.

Enseñaba lenguas antiguas en las aulas superiores del Fridericianum, explicó Settembrini quien, según el uso italiano, puso de relieve lo más pomposamente posible la situación del que presentaba. El destino de Naphta era semejante al suyo. Hacía cinco años que estaba aquí a causa del estado de su salud, había tenido que convencerse de que necesitaba pasar una temporada muy larga y había abandonado el sanatorio, estableciéndose en casa de Lukacek, el sastre modista. El instituto de educación de Davos se había asegurado el concurso del notable latinista, el señor Naphta, ex alumno de una institución católica...

En una palabra, Settembrini daba mucha importancia al horrible Naphta, a pesar de que hacía un momento había entablado con él una discusión abstracta que iba a reanudarse sin tardanza.

En efecto, Settembrini pasó luego a dar explicaciones a Naphta acerca de los dos primos, deduciéndose que ya había hablado de ellos antes. Aquél era el joven ingeniero «de las tres semanas», en el cual el doctor Behrens había encontrado una lesión húmeda, y allí se hallaba aquella esperanza del ejército prusiano, el teniente Ziemssen. Habló de la impaciencia de Joachim y sus proyectos de viaje, añadiendo que se juzgaría mal al ingeniero si no se le concediera la misma impaciencia por reanudar sus trabajos.

Naphta hizo una mueca y dijo:

—Esos señores tienen un elocuente tutor. Me guardo mucho de poner en duda la fidelidad con que ha interpretado los deseos y sentimientos de ustedes. Trabajo, trabajo, pero no duden que dentro de un momento me tratará de misántropo, de enemigo del género humano, de inimicus humae naturae, si me atrevo a evocar tiempos en que su charlatanería no hubiese producido ningún efecto, a saber: los tiempos en que lo contrario de su ideal era infinitamente más honroso. Bernardo de Claraval enseñaba una jerarquía de la perfección de la que Settembrini ni siquiera tiene idea. ¿Quieren saber cuál? El estado inferior lo colocaba en «el molino», el segundo en «los campos», pero el tercero y el más loable (¡escuche bien, Settembrini!) era «la calma». El molino es el símbolo de la vida exterior, no está mal elegido. El campo designa el alma del hombre laico que labran el cura y el director espiritual. Ese grado es ya más digno. Pero la cama...

—¡Basta! Ya lo sabemos —exclamó Settembrini—.

¡Señores, ahora va a demostrarles el uso y la utilidad de la alcoba!

—No le creía tan pudoroso, Lodovico, sobre todo cuando se le ve guiñar el ojo a las muchachas... ¿Dónde está la inocencia pagana? La cama es el lugar donde el amante se une a la amada, y es considerada el símbolo de alejamiento contemplativo del mundo y la criatura, el efecto de la comunicación con Dios.

—¡Puah! Andate, andate! —exclamó el italiano casi llorando.

Todos rieron. Settembrini añadió con dignidad:

—No, no, yo soy un europeo de Occidente. Su jerarquía es puramente oriental. Oriente aborrece la acción. Lao Tsé enseña que la holgazanería es la más provechosa de todas las cosas existentes entre el cielo y la tierra. Si todos los hombres dejasen de trabajar, el descanso y la felicidad completos reinarían sobre la tierra. ¡Ésa es su comunión!

—¿Qué nos está contando? ¿Y la mística occidental? ¿Y el estatismo, que cuenta a Fenelón entre sus adeptos y enseña que toda acción es un error porque querer ser activo es ofender a Dios, que es el único que debe obrar? Cito las proposiciones de Molinos. Parece que la posibilidad espiritual de encontrar la salvación en el reposo se halla universalmente difundida en la humanidad.

Hans Castorp intervino en este momento. Con el valor de la ingenuidad se mezcló en la conversación e hizo las siguientes observaciones mientras miraba a lo alto:

—¡Alejamiento, contemplación! Ésas son palabras con sentido que se oyen con gusto. Vivimos aquí en un aislamiento bastante considerable, hay que confesarlo. Nos hallamos tendidos a casi dos mil metros de altura en nuestras hamacas, extraordinariamente cómodas, y contemplamos el mundo y sus criaturas y se nos ocurren toda clase de ideas. Si reflexiono y me esfuerzo en decir la verdad, la cama, quiero decir la chaise-longue, me ha hecho mejorar considerablemente en diez meses y me ha proporcionado muchas más ideas que el molino de la llanura durante todos los años pasados. Esto no se puede negar.

Settembrini le miró con sus ojos negros que brillaban de un modo triste.

—¡Ingeniero! —exclamó con acritud—. ¡Ingeniero!

Cogió a Hans Castorp por el brazo y le retuvo un momento como para convencerle privadamente detrás de la espalda del otro.

—¡Cuántas veces le he dicho que cada uno de nosotros debería saber quién es y pensar del modo que le corresponde! El problema del occidental, a pesar de todas las proposiciones del mundo, es la razón, el análisis, la acción y el progreso, no la cama en la que se refocila el monje.

Naphta lo había escuchado y dijo, volviéndose hacia ellos:

—¿El monje? ¡Han sido los monjes los que han cultivado el suelo europeo! Gracias a ellos, Alemania, Francia e Italia ya no son selvas vírgenes ni pantanos, sino que están cubiertas de trigo y producen frutos y vinos. Los monjes, señor, han trabajado muy bien.

—Ebbè, entonces...

—Permítame. El trabajo del religioso no era un objetivo por sí mismo, es decir, un narcótico, ni tendía a hacer progresar el mundo o a buscar ventajas comerciales. Era un exceso puramente ascético, una parte de la disciplina de la penitencia, un remedio. Se defendía de la carne, mataba el sensualismo. Tenía por consiguiente (permítame que lo ponga de relieve), un carácter absolutamente antisocial. Era el egoísmo religioso más limpio de toda mezcla.

—Le quedo muy agradecido por sus explicaciones y estoy muy satisfecho de ese trabajo que ha dado tantos beneficios contra la voluntad del hombre.

—Sí, contra su intención. Se trata de la diferencia entre lo útil y lo humano.

—Observo contrariado que divide de nuevo el mundo en dos principios, vuelven a caer en el dualismo.

—Lamento haberme expuesto a su censura, pero hay que designar y ordenar las cosas con precisión, separar la idea de homo dei de todos los elementos impuros. Vosotros, los italianos, habéis inventado el oficio de los cambistas y los banqueros. ¡Que Dios os lo perdone! Pero los ingleses han inventado la doctrina económica de la sociedad, y eso jamás podrá perdonarlo el genio del hombre.

—¡Oh!, el genio de la humanidad ha inspirado igualmente a los grandes pensadores economistas de esas islas. ¿Quería decir algo, ingeniero?

Hans Castorp aseguró que no, aunque dijo mientras Naphta y Settembrini le escuchaban con impaciencia:

—Debe, por lo tanto, agradecerle el oficio de mi primo, señor Naphta, y comprender su impaciencia por ejercerlo... En cuanto a mí, soy un civil incurable, mi primo me lo reprocha con bastante frecuencia. Ni siquiera he hecho el servicio militar y soy verdaderamente un hijo de la paz; incluso a veces he pensado en que hubiera podido llegar a ser eclesiástico; pregúnteselo a mi primo, pues a menudo le he hablado en este sentido. Pero dejando de lado mis preferencias personales (y tal vez no hay necesidad de que me separe de ellas completamente), tengo mucha comprensión y siento simpatía hacia el estamento militar.

Es, en verdad, un oficio endiabladamente serio, un oficio «ascético» (hace un momento ustedes se han servido de esta expresión), y en el ejercicio de este oficio uno debe esperar siempre que tendrá que entendérselas con la muerte, de la cual los sacerdotes también tienen que ocuparse (¿de qué iban a ocuparse sino de esas cosas?). De este aspecto se deriva la jerarquía, la obediencia y el honor españoles, si me permiten que me exprese de este modo, y es bastante indiferente el que se lleve un cuello alto de uniforme o un cuello planchado; lo que importa es el ascetismo, como ha manifestado usted tan acertadamente... No sé si consigo expresarme con suficiente claridad y hacerles comprender los pensamientos que...

—Sí, sí —dijo Naphta, y lanzó una mirada a Settembrini, que hacía girar su bastón y contemplaba el cielo.

—Por eso yo opino —continuó diciendo Hans Castorp— que las inclinaciones de mi primo Ziemssen deben de serles a ustedes simpáticas, según lo que dicen. No me refiero en modo alguno al «trono y al altar», a las combinaciones con que los amantes del orden justifican a veces esa solidaridad. Quiero decir que el trabajo del estamento militar, es decir, el «servicio militar» se hace sin ningún ánimo de lucro y no tiene ninguna relación con la doctrina económica de la sociedad, como usted decía. Por eso los ingleses tienen muy pocos soldados, algunos para la India y otros en su casa para los desfiles.

—Es inútil que continúe usted, ingeniero —interrumpió Settembrini—. La existencia militar (lo digo sin intención de ofender al teniente) es moralmente indiscutible, pues es puramente formal, sin contenido propio. El soldado por excelencia es el mercenario que se enrola a favor de una determinada causa. En una palabra: ha habido soldado de la contrarreforma española, soldado del ejército revolucionario, soldado napoleónico, garibaldino y soldado prusiano. Hay que hablar del soldado cuando se sabe por qué causa se bate.

—No es menos cierto que el hecho de batirse constituye una característica evidente de su estado,

atengámonos a eso —replicó Naphta—. Es posible que no baste, según ustedes, para convertir este estamento en «intelectualmente discutible», pero le coloca en una esfera que escapa por completo a la aceptación burguesa de la vida.

—Lo que a usted le gusta llamar «aceptación burguesa de la vida» —replicó Settembrini, elevando la comisura de sus labios hacia el bigote e inclinando lentamente su cuello con pequeñas sacudidas— estará siempre dispuesto a defender, bajo cualquier forma, las ideas de la razón, la moral y su influencia legítima sobre las jóvenes almas titubeantes.

Se hizo el silencio. Los jóvenes miraban fijamente, cohibidos. Después de dar unos pasos, Settembrini, que había colocado su cabeza y su cuello en la posición normal, dijo:

—No se sorprendan. Este señor y yo discutimos con frecuencia, pero con toda la amistad y sobre la base de muchas ideas comunes.

Era un modo de hablar caballeresco y humano por parte de Settembrini; pero Joachim, que tenía igualmente buenas intenciones y quería continuar la conversación de una manera inofensiva, dijo, como impelido por algo que estaba fuera de su voluntad:

—Casualmente mi primo y yo hablábamos de la guerra mientras íbamos detrás de ustedes.

—Lo he oído —manifestó Naphta—. Oí esa palabra y me volví. ¿Hablaban de política? ¿Discutían acerca de la situación general?

—¡Oh, no! —respondió riendo Hans Castorp—. La profesión de mi primo le impide ocuparse de política, y en lo que se refiere a mí, renuncio voluntariamente porque no entiendo de ello una sola palabra. Desde que estoy aquí no he cogido un solo diario...

Settembrini, como ya había manifestado otras veces, consideró censurable esta indiferencia. Se mostró completamente enterado de los acontecimientos importantes y los juzgó de un modo favorable, porque las cosas adquirían, según él, un aspecto provechoso para la civilización. La atmósfera general de Europa se hallaba imbuida de pensamientos pacifistas. El ideal democrático estaba en marcha. Aseguró que poseía informes confidenciales según los cuales los jóvenes turcos ultimaban sus preparativos para dar un golpe de Estado. ¡Turquía, estado nacional y constitucional, qué triunfo para la humanidad!

—La liberación del islam —comentó burlonamente Naphta—. ¡Magnífico! El fanatismo civilizado. ¡Muy bien! Por otra parte, eso le interesa —añadió volviéndose hacia Joachim—. Si Abdul Hamid cae, vuestra influencia en Turquía habrá terminado e Inglaterra aparecerá como protector... Le aconsejo que tome completamente en serio los relatos y las informaciones de nuestro Settembrini —dijo de un modo bastante impertinente, pues parecía capaz de creer que los primos no tomaban en serio a Settembrini—.

Está muy bien informado sobre las cuestiones nacionales y revolucionarias. En su país se mantienen excelentes relaciones con el comité inglés de los Balcanes. ¿Pero qué será de los convenios de Reval, Lodovico, si sus progresistas triunfan? Eduardo VII no querrá dejar a los rusos el acceso de los Dardanelos, y si Austria se decide a realizar una política activa en los Balcanes...

—¡Cuánta profecía catastrofista! —exclamó Settembrini—. Nicolás ama la paz. A él se deben las conferencias de La Haya, que constituyen hechos morales de primer orden.

—¡Dios mío!, después de su pequeño fracaso en Oriente, Rusia tenía que procurarse algún descanso.

—¡Vamos, señor! No tiene derecho a burlarse del de seo de perfeccionamiento moral de la humanidad. El pue blo que contrariase tales esfuerzos se expondría sin duda al destierro moral.

—¿De qué serviría la política si no se diese ocasión a unos y otros para que se comprometieran moralmente?

—¿Es acaso un adepto del pangermanismo?

Naphta encogió los hombros, que no estaban completamente al mismo nivel, pues además de su fealdad era un poco asimétrico, y no se dignó contestar. Settembrini terminó diciendo:

—De todos modos lo que acaba de decir es cínico. En los generosos esfuerzos que la democracia realiza para imponerse en un plano internacional, usted no quiere ver más que una estratagema política...

—¿Insinúa que me refiero al idealismo e incluso a la religiosidad? Se trata de los últimos y débiles restos del instinto de conservación de un sistema mundial ya condenado. La catástrofe debe venir, viene, por todos los caminos y de todas las maneras. ¡Contemple la política británica! La necesidad de Inglaterra de asegurar la India es legítima. Pero ¿y las consecuencias? Eduardo sabe, tan bien como usted y yo, que los gobernantes de San Petersburgo deben resacirse de su derrota en la Manchuria y que tienen ahora la necesidad urgente de desviar la revolución. Y sin embargo, él orienta hacia Europa las tendencias rusas a la expansión, despierta las rivalidades entre San Pe tersburgo y Viena.

—¡Ah, Viena! ¡Se preocupa de ese obstáculo opuesto a la marcha del mundo, seguramente porque usted ve, en el imperio corrompido del que Viena es capital, la momia del sacro imperio germánico!

—Lo que veo es que usted es un rusófilo, supongo que por simpatía humanista hacia el cesáreo papismo.

—Señor, la democracia puede esperar mucho más del Kremlin que del Hofburg, y esto es una vergüenza para el país de Lutero y Gutenberg...

—Eso es quizá una tontería. Pero esa tontería es el instrumento de la fatalidad...

—¡Vaya, vaya! ¡Déjese usted de fatalidad! La razón humana quiere ser más fuerte que la fatalidad, ¡y lo es!

—No se puede desear más que el propio destino. Europa capitalista quiere el suyo.

—Se cree en la venida de la guerra cuando no se la abomina bastante.

—Su repugnancia es lógicamente incompleta, mientras no la derive del Estado mismo.

—El Estado nacional es el principio de ese mundo que usted se empeña en identificar con el diablo. Pero convierta a las naciones libres e iguales, proteja a los pequeños y a los más débiles de la opresión, haga justicia y ponga fronteras nacionales...

—La frontera del Brenner, ya lo sé. La liquidación de Austria. Me gustaría saber cómo espera realizar esto sin una guerra...

—No creo que haya condenado nunca las guerras nacionales...

—¿Lo he oído bien?

—Es necesario que confirme las palabras del señor Settembrini sobre este punto —intervino Hans Castorp, que había seguido la discusión mirando sucesivamente con la cabeza inclinada a ambos interlocutores—. Mi primo y yo hemos tenido ocasión de hablar de estas cosas y otras análogas con el señor Settembrini, es decir, le hemos oído desarrollar y precisar sus opiniones. Puedo, pues, confirmar (y mi primo lo recordará) que el señor Settembrini nos ha hablado más de una vez, con gran entusiasmo, del principio del movimiento, de la rebelión y la enmienda del mundo que, en suma, no es un principio tan absolutamente pacífico, según me parece, y nos ha dicho que este principio debe realizar todavía grandes esfuerzos antes de imponerse en todas partes y de realizar la bienaventurada República universal. Tales fueron sus palabras, aunque naturalmente mucho más plásticas y literarias que las mías, no es preciso aclararlo. Pero lo que sé y lo que he retenido particularmente, porque en mi calidad de civil obstinado me asustó un poco, fue que una vez dijo que ese día no llegaría a pasos de paloma, sino a vuelo de águilas (fueron esas alas de águilas lo que me asustó), y que Viena debía ser derrotada si se quería abrir el camino a la felicidad. No se puede, por tanto, decir que el señor Settembrini condene la guerra en general. ¿Tengo razón, señor Settembrini?

—Muy aproximadamente —aceptó el italiano volviendo la cabeza y haciendo balancear su bastón.

—¡Terrible! ¡Muy grave! —dijo sonriendo maliciosamente Naphta—. Es acusado de sus propias tendencias bélicas por su discípulo. Aussument pennas ut aquilae.

—Voltaire mismo aprobó la guerra civilizadora y la recomendó a Federico II contra los turcos.

—¡Y en lugar de esto se alió con ellos! ¡Y después la República universal! Desdeño preguntar qué será del principio del movimiento y la rebelión si la felicidad y la unión se realizan. En ese momento la rebelión se convertiría en un crimen...

—Usted sabe perfectamente, y estos señores también, que se trata del progreso de la humanidad, un supuesto infinito...

—Pero todo movimiento es circular —opinó Hans Castorp—. En el espacio y el tiempo, eso es lo que demuestran las leyes de la conservación de la masa y las de la periodicidad. Mi primo y yo hablábamos de eso hace un instante. ¿Se puede hablar del progreso cuando nos hallamos en presencia de un movimiento cerrado sin dirección continua? Cuando me encuentro tendido por la noche y miro el Zodíaco, es decir, la mitad que me es visible, y pienso en los viejos pueblos sabios...

—Haría usted mucho mejor no rompiéndose la cabeza, ni soñando, ingeniero, sino confiando en el instinto de su edad y su raza, que deben llevarle a la acción. Ya ve cómo en períodos indeterminados la vida se desarrolla desde el infusorio al hombre; usted no puede dudar de las posibilidades de perfeccionamiento todavía infinitas que se hallan abiertas ante el hombre. Pero si quiere atenerse a las matemáticas, debe conducir su movimiento circular de perfección en perfección y confortarse con la doctrina de nuestro siglo XVIII, según la cual el hombre ha sido bueno, feliz y perfecto y no ha sido deformado y pervertido

más que por los errores sociales; y a fin de recuperar su bondad, felicidad y perfección, gracias a un trabajo de revisión crítica sobre la estructura de la sociedad, no dejaremos de...

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