La montana magica
Noche de Walpurgis
Dentro de pocos días habrían pasado ya siete meses desde que el joven Castorp estaba aquí, mientras que su primo Joachim, que había ya pasado cinco cuando el llegó, tenía ahora doce meses detrás de él, todo un año en cifras redondas, en el sentido cósmico, pues, desde que la pequeña y potente locomotora le había depositado aquí, la tierra había recorrido enteramente su órbita solar y había vuelto al punto donde entonces se hallaba. Era carnaval, en la víspera del martes, y Hans Castorp preguntó al italiano cómo se pasaba aquí esta fiesta.
—¡Magnífico! —respondió Settembrini, a quien los primos habían encontrado en su paseo matinal—.
¡Espléndido! Es tan alegre como en el Prater, ya lo verá, ingeniero, y a ustedes se les verá en la ronda. —
Y prosiguió murmurando ágilmente, acompañando sus bromas con movimientos apropiados de los brazos, la cabeza y los hombros—. ¿Qué esperaban...? Incluso en los asilos de alienados se celebran estos bailes para locos e idiotas. Al menos, por lo que he oído. ¿Por qué razón no habían de celebrarse aquí? El programa comprende las danzas macabras más variadas, como puedan suponer. Desgraciadamente, algunos de los invitados del año pasado no podrán estar presentes, pues la fiesta termina a las nueve y media.
—¿A que se refiere...? ¡Ah! —exclamó riendo Hans Castorp—. Es usted un bromista... A las nueve y media,
¿has oído? Es decir, demasiado pronto para que algunos de los invitados del año pasado pueden asistir a la fiesta. ¡Es macabro! Se trata, por supuesto, de los que en el intervalo han dicho definitivamente adiós a la carne. ¿Comprendes el juego de palabras? De todos modos, siento curiosidad por verlo. Me parece muy bien que celebremos aquí las fiestas de esa manera y que marquemos las etapas según el uso, con cortes bien hechos para que no vivamos en una confusión demasiado desordenada. Hemos celebrado la Navidad, el Año Nuevo, y ahora viene el Carnaval. Luego vendrá Domingo de Ramos, la Semana Santa, Pascua de Pentecostés, que cae seis semanas más tarde, y luego viene ya el día más largo del año, el solsticio de verano y nos encaminamos hacia el otoño...
—¡Alto, alto, alto! —gritó Settembrini elevando los ojos al cielo y apoyando las palmas de sus manos en las sienes—. Cállese, le prohibo que se desboque de esa manera.
—Perdone, quería decir... Por otra parte, Behrens se decidirá finalmente por darme inyecciones para desintoxicarme, pues continúo teniendo 37,4, 37,5, 37,6 y hasta 37,7. Eso no tiene nada que ver, pues soy y continuaré siendo un muchacho animado por la vida. Ciertamente no me hallo aquí para pasar un período muy largo. Rhadamante nunca ha fijado un plazo preciso, pero dice que sería insensato interrumpir la cura prematuramente después de haber invertido aquí una suma considerable de tiempo.
¿De qué servirá el que me fijase un plazo? No significaría nada, pues cuando dice, por ejemplo,
«escasamente seis meses», calcula muy justo y hay que esperar que sea más. Fíjese en mi primo, que debía estar listo a principios de mes, es decir, curado, pero la última vez Behrens le administró cuatro meses más hasta la curación completa. Bueno, y después ¿qué vendrá? El solsticio de verano, decía sin intención de molestarle, y luego nos dirigiremos hacia el invierno. Pero por el momento, es cierto que no nos encontramos más que en Carnaval. Además, me parece bien que celebremos todo eso ordenadamente, como está marcado en el almanaque. La señora Stoehr decía que en el quiosco del portero venden trompetas de juguete.
Era exacto. Desde la primera comida del martes de Carnaval, que llegó bruscamente, antes de que tuviese tiempo de reflexionar sobre este acontecimiento, se oyeron en el comedor toda clase de sonidos producidos por instrumentos de viento que roncaban y chillaban. Durante el almuerzo fueron lanzadas serpentinas desde la mesa de Gaenser, de Rasmussen y de la Kleefeld, y algunas personas, como por ejemplo la Marusja de los ojos redondos, llevaban gorros de papel que habían sido comprados al portero cojo.
Por la noche reinó en la sala una animación festiva..., pero nos interesa saber lo que se produjo en esa velada de Carnaval gracias al inquieto espíritu de Hans Castorp. No nos dejemos arrancar, sin embargo, de nuestra tranquilidad reflexiva por ese procedimiento; devolvamos al tiempo el honor que le corresponde, no precipitemos los hechos, dejemos más bien que se desenvuelvan lentamente para
compartir la actitud moral de Hans Castorp, que durante tanto tiempo ha procurado retrasar esos acontecimientos.
Por la tarde, todo el mundo fue a Davos Platz para ver el ajetreo del Carnaval en las calles. Desfilaban las máscaras, los pierrots y los arlequines, y entre los peatones y los que iban disfrazados en los trineos se libraron batallas de confeti.
Los huéspedes, que se reunieron luego en torno a las siete mesas para la comida, estaban de un humor muy alegre y decididos a mantener el espíritu público en aquel círculo cerrado. Los gorros, las carracas y trompetas del portero circulaban con profusión, y el procurador Paravant había tomado la iniciativa de un disfraz más completo, poniéndose un quimono de señora y una coleta postiza que, según las exclamaciones surgidas de todas partes, debían de pertenecer a la señora del cónsul general Wurmbrand.
Se había colocado los bigotes hacia abajo, de manera que realmente parecía un chino. La administración no había permanecido inactiva. Las mesas habían sido adornadas con una lámpara de papel, faroles que contenían una bujía encendida, de forma que Settembrini, al entrar en la sala y pasar cerca de la mesa de Hans Castorp, citó unos versos que podían referirse a dicha iluminación:
«¡Se halla reunida una alegre compañía! Con mil luces todo arde y reluce.»
murmuró con una fina sonrisa, dirigiéndose negligentemente hacia su puesto, donde fue recibido con pequeños proyectiles —bolitas llenas de líquido que se rompían al choque e inundaban de perfume a las víctimas.
El humor era festivo. Se oían risotadas. Serpentinas colgadas de las lámparas se balanceaban con las corrientes de aire; en las salsas de los guisos nadaban los confeti, y luego se vio a la enana pasar con paso agitado llevando el primer cubo con hielo y la primera botella de champán. Se mezclaban el borgoña y el champán después de haber dado la señal el abogado Einhuf, y cuando al terminar la comida, se apagaron las lámparas y quedaron sólo los farolillos, el comedor apareció iluminado con una luz ambigua que hacía pensar en una noche italiana. El humor fue entonces general, y en la mesa de Hans Castorp hubo una explosión de alegría cuando Settembrini hizo circular un papel —lo entregó a Marusja, que era su vecina y que se hallaba tocada con una gorra de jóquey de papel de seda verde— en el que había escrito con lápiz:
«La montaña está hoy llena de locura
y si algún fuego fatuo se ofrece para guiaros
vale más que no os fiéis de él...»
El doctor Blumenkohl, que se sentía de nuevo muy mal, murmuró, con la expresión de la fisonomía y los labios en él característica, algunas palabras de las que se podía deducir de dónde procedían esos versos.
Hans Castorp, por su parte, se creyó obligado a dar una respuesta que no podía menos que ser significativa. Buscó un lápiz por sus bolsillos, pero no lo encontró y tampoco pudieron proporcionárselo Joachim ni la institutriz. Sus ojos congestionados pidieron auxilio hacia el este, hacia el ángulo de la sala, a la izquierda, y se vio que aquel pensamiento fugitivo degeneró en una asociación de ideas tan lejanas, que se puso pálido y olvidó completamente su intención inicial.
Tenía, además, otras razones para palidecer. La señora Chauchat, que estaba allí, frente a él, se había arreglado para el Carnaval. Llevaba un vestido nuevo, al menos Hans Castorp no se lo había visto llevar nunca, una seda ligera y oscura, casi negra, que no brillaba más que de vez en cuando con un reflejo moreno, dorado y acariciante, un vestido de escote redondo y discreto que no descubría más que el cuello hasta la unión con las clavículas y, por detrás, las vértebras de la nuca ligeramente salientes bajo los cabellos cuando inclinaba la cabeza. Pero los brazos de Clawdia estaban desnudos hasta los hombros; sus brazos, que eran a la vez frágiles y llenos, y al mismo tiempo frescos y cuya extraordinaria blancura se destacaba sobre la seda sombría de una manera tan seductora que Hans Castorp cerró los ojos y murmuró interiormente: «¡Dios mío!»
Jamás había visto aquello. Conocía los vestidos de baile, los escotes admitidos y solemnes,
«reglamentarios», que eran mucho más grandes que ése, sin ser, ni mucho menos, tan provocativos.
Quedaba plenamente demostrado el error de la antigua suposición de Hans Castorp considerando que el atractivo formidable de los brazos que había visto a través de un velo de gasas, no hubiera sido tan profundo sin aquella «transfiguración» sugestiva. ¡Error! ¡Fatal extravío! La desnudez completa, impresionante, de esos admirables miembros de un organismo enfermo y envenenado, constituía una seducción mucho más emocionante que la transformación de antes, una aparición a la que no se podía contestar de otra manera que bajando la cabeza y exclamando sin voz: «¡Dios mío!»
Poco después, llegó otro billete con el siguiente contenido:
«Nada más que pretendientes y jovencitas. ¿Qué mejor compañía podemos encontrar? Jóvenes, galantes, audaces, ¡y todos llenos de grandes esperanzas!»
—¡Bravo, bravo! —Servían el café en pequeñas cafeteras de barro y licores de todas clases. A la señora Stoehr le gustaban los licores azucarados. La compañía comenzó luego a desplegarse, a circular. Se visitaban unos a otros, cambiaban de mesa. Una parte de los huéspedes se había retirado ya a los salones, mientras otros permanecían sentados haciendo honor a las mezclas de vinos.
Settembrini llegó en persona, con su taza de café en la mano y el palillo entre los labios, sentándose como visitante al extremo de la mesa, entre Hans Castorp y la institutriz.
—¡Montañas del Harz —dijo—, país de la miseria! ¿Le prometí demasiado, ingeniero? ¡Esto es una feria!
Pero espere, no hemos llegado todavía al colmo, no hemos llegado al fin. Según lo que se oye decir, veremos otros disfraces. Algunas personas se han retirado y esto nos permite esperar muchas cosas. Vea usted una...
En efecto, nuevos disfraces hicieron su aparición. Señoras vestidas de hombre, absurdas a causa de sus opulentos formas, rostros ennegrecidos con tapones quemados; hombres disfrazados de mujer, tropezando con las faldas, como el estudiante Rasmussen con un enorme abanico de papel. Apareció un mendigo, con las rodillas dobladas, apoyado en la muleta. Uno se había vestido de Pierrot con unas sábanas y un sombrero de mujer; llevaba la cara empolvada, de manera que los ojos habían adquirido un aspecto extraño, y los labios pintados con un rojo de sangre. Era el joven de la uña alargada. Un griego de la mesa de los rusos ordinarios, que tenía bellas piernas, paseaba gravemente en calzoncillos de punto, color violeta, con una mantilla, un collar de papel y un bastón, como un grande de España o un príncipe encantado.
Todos estos disfraces habían sido improvisados después de la comida. La Stoehr no pudo permanecer por más tiempo en su sitio. Desapareció para regresar, un poco más tarde, disfrazada de criada, con la falda recogida y arremangada, las cintas de su bonete de papel anudadas bajo la barbilla, armada con una escoba y una pala, y comenzó a meter la escoba entre las piernas de los huéspedes que estaban sentados.
«La viuda Baubo ha vuelto sola.»
recitó Settembrini al verla, y añadió los versos siguientes con una voz clara y plástica. Ella lo oyó, le llamó
«gallo italiano» y le invitó a que callase, tuteándole en nombre de la libertad concedida a las máscaras, pues durante la comida había sido ya adoptada esa manera de hablar. El italiano se disponía a contestar cuando estalló de pronto un estrépito de risas procedentes del vestíbulo, interrumpiéndole y atrayendo la atención de todos hacia la sala.
Seguidas de los pensionistas que acudían de los salones, hicieron su entrada dos extrañas figuras que acababan sin duda de disfrazarse. Una iba vestida de enfermera, pero su vestido se hallaba cubierto de blancas bandas transversales, unas cortas y otras más alargadas, imitando la disposición de la escala del termómetro. Llevaba un dedo índice delante de su pálida boca y en la mano derecha mostraba una hoja registro de temperaturas. La otra máscara iba vestida de azul, con los labios y las cejas pintados de azul, el rostro y el cuello manchados del mismo color. Un gorro de lana azul, por supuesto. El vestido de lustrina azul era de una sola pieza, atado en los tobillos por medio de cintas e hinchado en el centro del cuerpo formando una gran panza. Eran la señora Iltis y el señor Albin. Los dos llevaban carteles de cartón en los cuales se podía leer: «La hermana muda» y «El Heinrich azul». Con un paso cadencioso dieron una vuelta por la sala.
¡Qué éxito! Las aclamaciones se sucedían. La señora Stoehr, con su escoba bajo el brazo y las manos sobre las rodillas, reía desenfrenadamente de un modo vulgar, con todo su corazón, aprovechándose de su disfraz de criada. Únicamente Settembrini se mostraba insensible. Sus labios, bajo el bigote agradablemente rizado, se adelgazaron, mientras lanzaba una rápida ojeada a la pareja objeto de los aplausos.
Entre los que habían entrado procedentes del salón, en seguimiento del «azul» y la «muda», se encontraba también Clawdia Chauchat. Con Tamara la de los cabellos lanudos y su compañero de mesa, el de pecho hundido, y un tal Buligin que iba vestido de etiqueta, pasó por delante de la mesa de Hans Castorp y se dirigió en sentido oblicuo hacia la mesa del joven Gaenser y de la Klee-feld, ante los cuales se detuvo, con las manos en la espalda, riendo y charlando mientras sus compañeros seguían a los fantasmas alegóricos y abandonaron el comedor en su compañía.
La señora Chauchat llevaba un gorro de carnaval, pero no era un gorro comprado, sino uno de esos que se hacen para los chiquillos doblando triangularmcnte una hoja de papel blanco. Lo llevaba atravesado y le favorecía mucho. Su vestido de seda, de un dorado oscuro, dejaba asomar los pies; la falda era muy ancha. No digamos nada más de los brazos. Estaban desnudos hasta los hombros...
—¡Mírala bien! —oyó Hans Castorp que de lejos decía Settembrini, mientras acompañaba con los ojos a la joven, que continuó su camino hacia las puertas vidrieras y salió de la sala—. Es Lilith.
—¿Quien? —preguntó Hans Castorp. El literato parecía encantado. Luego dijo:
—La primera mujer de Adán. Ve con cuidado...
Aparte de ellos el doctor Blumenkohl permanecía aún sentado al extremo de la mesa. Los demás huéspedes, lo mismo que Joachim, habían pasado al salón. Castorp dijo:
—Hoy está lleno de poesía y verso. ¿Quién es, pues, esa Lilith? ¿Adán estuvo casado dos veces? Jamás lo hubiera imaginado.
—La leyenda hebraica lo quiere así. Esa Lilith se ha convertido en un fantasma nocturno; es peligroso, sobre todo para los jóvenes, a causa de su magnífica cabellera.
—¡Qué horror! Un fantasma nocturno con una bella cabellera. ¿No es verdad que eso es irresistible?
Llegas tú y enciendes la luz eléctrica para devolver a los jóvenes al buen camino, ¿no es cierto? —dijo Hans Castorp, un poco alegremente, pues había bebido bastantes copas.
—Escuche, ingeniero, deje eso —ordenó Settembrini, con las cejas arqueadas—. Sírvase de la fórmula que se usa en el Occidente civilizado, de la segunda persona del plural. Usted no se da cuenta de los peligros que corre.
—¿Por qué? ¡Es Carnaval! Es lo de esta noche...
—Sí, para disfrutar de un placer inmoral. El «tú» entre extranjeros, es decir, entre personas que deberían tratarse normalmente de «usted», constituye una salvajada, un jugueteo con el estado primitivo, un juego libertino que me produce horror porque en el fondo va dirigido contra la civilización y la humanidad, y ello con insolencia e impudor. Citaba sencillamente un pasaje de una obra maestra de vuestra literatura nacional. No hablaba más que un lenguaje poético...
—Yo también, yo también. Hablo, en cierta manera, un lenguaje poético, y por eso me siento cambiado en los momentos en que hablo así. No pretendo que me sea natural y fácil tratarte de «tú». Por el contrario, es preciso que haga un esfuerzo sobre mí mismo, es preciso que me sacuda para hacerlo, pero lo hago con gusto, me sacudo con placer y de todo corazón...
—¿De todo corazón?
—De todo corazón, sí. Puedes creerme. Nos hallamos aquí desde hace bastante tiempo. Unos siete meses, los puedes contar... Dado el concepto que reina aquí no es algo infinito, pero para nuestras ideas de allá abajo, cuando pienso en ello, es un largo espacio de tiempo. Ya ves, hemos pasado ese tiempo juntos porque la vida nos ha reunido aquí, y nos hemos visto casi diariamente, manteniendo conversaciones interesantes, con frecuencia sobre asuntos de los cuales no hubiera comprendido un sola palabra allá abajo. Pero aquí la cosa iba muy bien. Aquí adquirían importancia y me impresionaban siempre, por lo que he puesto en ello toda mi atención. O más bien, cuando tú me explicabas las cosas en homo humanus, pues yo no tenía experiencia y no podía decir nada, lo único que podía hacer era sentir un interés extraordinario hacia todo lo que decías. Gracias a ti he comprendido y he aprendido muchas cosas.
Pongamos a Carducci aparte, pero tomemos, por ejemplo, las relaciones entre la República y el bello estilo, o el tiempo y el progreso de la humanidad: si no hubiese tiempo no podría haber progreso, y el mundo no sería más que un pantano estancado, un agua pútrida. ¿Qué sabría yo de eso si tú no hubieses estado aquí? Te llamo simplemente «tú» y no te doy otro nombre porque entonces no sabría cómo hablarte. Te hallas sentado aquí y te digo sencillamente «tú», eso basta. Tú no eres un hombre que lleva un nombre, tú eres un representante, señor Settembrini, un embajador, y ahora mismo no eres otra cosa
— afirmó Hans Castorp, y con la palma de la mano dio un golpe sobre el mantel—. Y quiero darte las gracias de una vez —prosiguió, chocando su vaso lleno de champán y de borgoña contra la pequeña taza de café de Settembrini—, quiero darte las gracias por haberte ocupado tan amistosamente de mí durante esos siete meses, por haberme tendido la mano, a mí, joven mulus, asaltado por tantas impresiones nuevas; por haber intentado, durante mis ejercicios y experiencias, ejercer sobre mí una influencia correctiva, completamente sine pecunia, sirviéndote de anécdotas o formas abstractas. Tengo la sensación de que ha llegado el momento de darte las gracias por todo eso y de pedirte perdón por haber sido un mal discípulo, un «niño mimado por la vida», como tú dices. Cuando dijiste eso me impresioné vivamente, y cada vez que pienso en ello me siento nuevamente impresionado. Un niño mimado es lo que he sido sin duda también para ti y tu vena pedagógica, de la que me hablaste desde el primer día.
Naturalmente, ésa es una de las relaciones que he aprendido a conocer gracias a ti: la relación entre el humanismo y la pedagogía. Si tuviese más tiempo encontraría muchas otras relaciones. Perdóname, pues.
¡A tu salud, señor Settembrini, a tu salud! Vacío mi vaso en honor de tus esfuerzos literarios para la abolición de los sufrimientos humanos —terminó diciendo, e inclinándose hacia atrás bebió su mezcla de vino; luego se puso en pie y dijo—: Ahora vamos a unirnos a los demás.
—Escuche, ingeniero, ¿qué mosca le ha picado? —dijo el italiano con los ojos llenos de sorpresa, poniéndose también en pie—. Eso parece en verdad una despedida...
—No, ¿por que? —dijo escapándose Hans Castorp.
No se escapó sólo con las palabras, sino también con la acción, haciendo describir medio círculo a su busto y uniéndose a la institutriz, la señorita Engelhart, que venía precisamente a buscarle.
En el salón de música, el consejero en persona preparaba un ponche de Carnaval ofrecido por la administración, según dijo la señorita. Los señores debían acudir inmediatamente si deseaban tomar un vaso.
En efecto, el doctor Behrens estaba allí, rodeado de huéspedes que le tendían unos pequeños vasos con asa, en torno a la mesa central cubierta con un mantel blanco. Con un cucharón removía el doctor la humenate bebida contenida dentro de un recipiente de loza. Él también había transformado de una manera un poco carnavalesca su habitual indumento, pues, además de la bata de médico que vestía como siempre, porque su actividad no tenía descanso, llevaba un verdadero gorro turco, de un rojo carmín, con una borla negra que colgaba junto a la oreja, y la blusa y la gorra constituían, reunidas en su persona, un disfraz suficiente. Bastaba para llevar hasta el extremo su apariencia ya suficientemente característica.
La larga bata blanca exageraba la estatura del consejero. Cuando se tenía en cuenta la curvatura de su nuca y se la suprimía con la imaginación, la silueta de ese hombre aparecía de un tamaño sobrenatural, con su pequeña cabeza de violento color y de expresión extraña.
Al menos ese rostro no se le había aparecido nunca tan raro a Hans Castorp como ahora que se le mostraba cubierto con un gorro rojo. Aquella fisonomía azulada y excitada, en la que los ojos azules lagrimeaban bajo unas pestañas de un rubio casi blanco, y cuyo bigotito blanco se hallaba levantado oblicuamente sobre la boca arqueada y contraída, haciendo un gesto hacia atrás para separarse del vapor que salía del recipiente, le producía una honda impresión.
Hacía manar el oscuro brebaje, un ponche azucarado al arrak, en un chorro curvo, desde el cucharón a los vasos que se le tendían, pronunciando discursos ininterrumpidos en su jerga cómica, de manera que las risas le acompañaban continuamente.
—El señor Urian preside —explicó en voz baja Settembrini, haciendo un movimiento con la mano en dirección al doctor. Luego se separó del lado de Hans Castorp.
El doctor Krokovski se encontraba también presente. Pequeño, rollizo y decidido, con su blusa de lustrina negra sobre los hombros y las mangas colgantes, cobraba así vestido un aspecto de dominó. Tenía el vaso a la altura de los ojos y charlaba alegremente con un grupo de disfrazados de ambos sexos.
La música comenzó a sonar. El huésped con cara de tapir tocó el violín, acompañado al piano por el hombre de Mannheim, el Largo de Haendel y luego una sonata de Grieg de una factura nacional y mundana. Se aplaudió con benevolencia, incluso en las mesas de bridge, en torno a las cuales se hallaban sentados los pensionistas disfrazados y no disfrazados, con botellas cerca de ellos metidas en cubos de hielo.
Las puertas estaban abiertas. También había pensionistas en el vestíbulo. Uno de los grupos, junto a la mesa redonda donde estaba el ponche, escuchaba al consejero, que explicaba un juego de sociedad.
Dibujaba con los ojos cerrados, de pie e inclinado hacia la mesa, pero con la cabeza hacia atrás para que todos pudiesen ver que efectivamente tenía los ojos cerrados. Dibujaba en el dorso de una tarjeta de visita, con un lápiz, a ciegas. Era un cerdo lo que su enorme mano iba dibujando sin ayuda de los ojos, un cerdo visto de perfil, un poco primitivo y más esquemático que vivo, pero era incontestablemente el contorno general de un cerdito lo que iba trazando en condiciones tan difíciles. Era una habilidad que le salía bien. Los ojitos del bicho se colocaron en el sitio conveniente un poco demasiado cerca del hocico, pero de todos modos en su sitio; pasó lo mismo con las puntiagudas orejas y con las patitas que pendían de la redondeada panza: prolongando la línea de la espalda, la colita formaba un tirabuzón muy elegante.
Todos gritaron: «¡Ah!» cuando la obra estuvo terminada y todos se apresuraron a dibujar con la esperanza de igualar al maestro. Pero eran muy pocos los que hubieran sabido dibujar, con los ojos abiertos, un cerdito y, por lo tanto, menos lo podían intentar con los ojos cerrados. Entonces se pudieron contemplar toda suerte de abortos. No había ninguna relación entre los trazos. Los ojos eran colocados fuera de la cabeza, las patas en el interior de la barriga y ésta quedaba abierta; la cola se arrollaba en alguna parte, sin ninguna relación orgánica con la figura principal, en un arabesco independiente.
Todos reían. La atención de las mesas de bridge dejó de centrarse en el juego, y los jugadores se aproximaban con las cartas en la mano abiertas en abanico. Los que se hallaban al lado del que dibujaba vigilaban sus ojos para cerciorarse de que no miraba, o se reían y gruñían mientras el dibujante a ciegas multiplicaba los errores, y no podían retener el júbilo cuando contemplaban su obra absurda. Una engañosa confianza en sí mismos impelía a todos a combatir. La tarjeta, a pesar de ser bastante grande, quedó cubierta de dibujos por todas partes, montados unos sobre otros. El consejero sacrificó una segunda tarjeta que sacó de su cartera, sobre la cual el procurador Paravant después de haber permanecido unos momentos en meditación intentó dibujar el cerdito de un solo trazo con el único resultado de que su fracaso sobrepasó a todos los anteriores. El motivo decorativo que salió de un lápiz no solamente no se parecía a un cerdo, sino que no daba la menor idea de que tuviese relación alguna con ese animal. Fue felicitado de un modo tumultuoso. Fueron a buscar menús al comedor, de manera que muchas señoras y señores pudieron dibujar al mismo tiempo, y cada competidor tenía sus vigilantes y sus espectadores que esperaban a su vez apoderarse del lápiz. Había sólo tres lápices que eran arrebatados.
Pertenecían a los pensionistas. En lo que se refiere al doctor Behrens, una vez vio iniciado el juego
desapareció con su ayudante.
Hans Castorp miraba por encima del hombro de Joachim a uno de los dibujantes y se apoyaba en el hombro de su primo; sujetándose la barbilla con la mano y teniendo la otra en la cadera, hablaba y reía. Y
también quería dibujar; reclamó en voz alta y obtuvo el lápiz, un trozo que apenas podía coger con los dedos. Protestó contra aquella colilla con la cara elevada hacia el techo. Protestó en voz alta y maldijo la insuficiencia del lápiz mientras dibujaba con mano rápida un monstruo verdaderamente espantoso, primero sobre el cartón y luego terminándolo sobre el mantel.
—Esto no vale —exclamó en medio de las risas— , no se puede dibujar con semejante trasto. ¡Que se vaya al diablo! —Y arrojó el trozo de lápiz culpable dentro de la copa de ponche—. ¿Quién tiene un lápiz decente? ¿Quién quiere prestarme uno? He de dibujar otra vez. ¡Un lápiz, un lápiz! ¿Quién tiene uno? —
exclamó volviéndose a todas partes, con la mano izquierda apoyada en la mesa y agitando la derecha. No pudo obtener ninguno. Entonces se volvió y se dirigió a la habitación de al lado, hacia Clawdia Chauchat, que se hallaba de pie, como él sabía perfectamente, cerca de la puerta del pequeño salón, y que desde allí observaba sonriente la agitación en torno a la mesa de ponche.
Detrás de él oyó llamar en palabras sonoras y extranjeras.
—Eh! Ingegnere! Aspetti! Che cosa fa? Ingegnere! Un po di ragione, sa! Ma è matto questo ragazzo!
Pero esta vez quedó perdida, y se vio entonces a Settembrini, con el brazo levantado por encima de la cabeza y los dedos separados —ademán usado en su país cuando no es fácil expresar el sentir— al mismo tiempo que lanzaba un «¡Eh...!» prolongado, salir de la sala del Carnaval.
Hans Castorp se hallaba de pie, mirando de muy cerca el epicanto azul gris verde de aquellos ojos hundidos sobre los pómulos salientes, y dijo:
—¿No tendrías, por casualidad, un lápiz?
Estaba pálido como la muerte, tan pálido como cuando, manchado de sangre, regresó de su paseo solitario y entró a escuchar la conferencia. El sistema de nervios y vasos que regía su rostro funcionó de tal manera que la piel, exangüe, se arrugó, la nariz apareció más puntiaguda y la parte situada bajo los ojos adquirió el aspecto plomizo de un cadáver. Pero el nervio simpático hacía latir el corazón de Hans Castorp de tal manera que ya no podía hablarse de una respiración regular, y los escalofríos recorrían su cuerpo debido a las glándulas que se contraían al mismo tiempo que las raíces de los cabellos.
La mujer del tricornio de papel le miró de arriba abajo con una sonrisa que no revelaba piedad alguna ni inquietud ante aquella cara desencajada. Ese sexo no conoce tal piedad ni inquietud ante los destrozos de la pasión, de este elemento que por lo visto le es mucho más familiar que al hombre, el cual, por naturaleza, no puede soportarlo. Y esto produce a la mujer, cuando lo comprueba, una satisfacción burlona y maligna. Por lo demás, él no se preocupaba de mover a piedad ni de despertar inquietud alguna.
—¿Yo? —contestó la enferma de los brazos desnudos al «tú»—. Sí, tal vez. —Y había, a pesar de todo, en su sonrisa y en su voz un poco de esa emoción que se produce cuando, después de largas relaciones mudas, es pronunciada la primera palabra, una emoción maliciosa que hacía entrar secretamente el pasado en el instante presente.
—Eres muy ambicioso... Estás lleno de celo... —continuó diciendo con su acento exótico, con su «r»
extranjera, su «e» extranjera y demasiado abierta, mientras su voz, ligeramente velada, agradablemente ronca apoyaba el acento sobre la segunda sílaba de la palabra «ambicioso», lo que terminaba de hacerla parecer exótica. Metió la mano en el bolsillo y buscó el objeto. Sacó de debajo de un pañuelo un minúsculo lapicero de plata, delgado y frágil, un pequeño artículo de fantasía que apenas podía servir para nada. El lápiz de otro tiempo, el primero, había sido al menos más manejable y útil.
—Voilà —dijo ella, y se puso el pequeño lapicero ante sus ojos sosteniéndolo por la punta y haciéndolo girar lentamente entre el dedo pulgar y el índice.
Hacía como si se lo ofreciese y negase al mismo tiempo, y él entonces hizo ademán de cogerlo, es decir, elevó la mano hasta la altura del lápiz, con los dedos dispuestos a asirlo, pero sin llegar a cogerlo completamente, y desde el fondo de sus ojos color de plomo, su mirada pasaba alternativamente del objeto al rostro tártaro de Clawdia. Sus labios, exangües, permanecían entreabiertos, inmóviles, y no se sirvió de ellos para hablar cuando dijo:
—Ya sabía que tú tenías un lápiz.
—Prenez garde, il est un peu fragile —dijo ella—. C'est à visser, tu sais.
Sus dos cabezas se inclinaron y ella le enseñó el mecanismo del lápiz, un mecanismo completamente corriente. Se hacía girar la tuerca y entonces aparecía en la punta una delgada mina de plomo,
puntiaguda como un alfiler, probablemente dura y que apenas debía marcar.
Permanecían inclinados el uno hacia el otro. Él iba vestido para la velada, llevaba el cuello almidonado y pudo, por lo tanto, apoyar en él su barbilla.
—Pequeño, pero tuyo —dijo él, con la frente muy próxima a la de ella, hablando hacia el lápiz y sin mover los labios.
—Oh, ¿tienes incluso ingenio? —dijo ella con una risa breve, abandonándole el lápiz. (Por otra parte, Dios sabe si él podía mostrarse ingenioso, pues con toda evidencia ya no tenía una sola gota de sangre dentro de la cabeza)—. Bueno, vete; dibuja, dibuja; dibuja bien y distínguete de los demás.
Parecía que quería alejarle.
—No. Tú debes dibujar también. Es preciso que dibujes —dijo él dando un paso hacia atrás.
—¿Yo? —preguntó ella con una sorpresa que parecía referirse a otra cosa que a aquella proposición.
Sonreía, ligeramente turbada. Permaneció inmóvil, pero luego siguió el movimiento de retroceso de Hans Castorp, que parecía magnetizarla, y dio unos pasos hacia la mesa del ponche.
Pero el interés del juego había decaído, estaba ya próximo a expirar. Algunos aún dibujaban, pero ya no tenían espectadores. Las tarjetas estaban cubiertas de garabatos, todos habían manifestado su incapacidad, y la mesa estaba abandonada.
Como se dieron cuenta de que los médicos habían desaparecido, alguien hizo la proposición de bailar. Se retiró la mesa, se pusieron espías en las puertas de la sala de correspondencia y el salón de música, con la orden de hacer una señal si por casualidad el «Viejo», Krokovski o la enfermera hacían de nuevo su aparición.
Un joven eslavo hizo correr sus dedos por el teclado del pequeño piano de nogal. Tocaba con gran expresión. Las primeras parejas empezaron a girar en torno el círculo de sillones y sillas en los que se habían sentado los espectadores.
Hans Castorp, con un gesto de su mano, pareció despedirse de la mesa que se alejaba: «¡Desaparece!»
Con la barbilla señaló dos asientos libres que había en un rincón de la sala, cerca de los cortinajes. No habló, tal vez porque la música le parecía demasiado ruidosa. Acercó un sillón para madame Chauchat y se apoderó, para él, de una silla de mimbre, de arrollados brazos. Se sentó inclinado hacia ella, con los codos sobre los brazos de la silla, el lapicero en la mano y los pies bajo el asiento. Es verdad que, por su parte, ella se había hundido demasiado profundamente en el asiento de terciopelo; sus rodillas se encontraban muy elevadas, pero a pesar de esto, cruzó las piernas y balanceó uno de sus pies. Por encima del zapato de charol, el tobillo se dibujaba bajo la seda igualmente negra de la media. Ante ellos se hallaban sentadas otras personas que se levantaban para bailar y cedían el puesto a los que estaban cansados. Era un continuo ir y venir.
—Llevas un vestido nuevo —dijo él para tener el derecho de mirarla, y oyó cómo ella contestaba:
—¿Un vestido nuevo? ¿Estás al corriente de mis vestidos?
—¿Tengo o no razón?
—Sí. Me lo ha hecho Lukacek, en Davos Dorf. Trabaja mucho para las señoras de aquí. ¿Te gusta?
—Mucho —respondió, envolviéndola una vez más en su mirada, antes de bajar los ojos—. ¿Quieres bailar?
—añadió.
—Y a ti, ¿te gustaría? —inquirió ella sonriendo, con las cejas enarcadas. Y él contesto:
—Me gustaría si a ti te gustase.
—Eres menos valiente de lo que creía. —Y al ver que él reía burlonamente, añadió—: ¿Se ha marchado ya tu primo?
—Sí, es primo mío —confirmó él, a pesar de que eso era superfluo—. Acaba de marcharse. Habrá ido a acostarse.
—C'est un jeune homme très étroit, tres honnête, très Allemand.
—Étroit? Honnête? —repitió él—. Comprendo el francés mucho mejor de lo que lo hablo. Me parece que quieres decir que es un pedante. ¿Nos consideras tú como pedantes, nous autres Allemands?
—Nous causons de votre cousin. Mais c'est vrai, todos sois un poco bourgeois. Vouz aimez l'ordre mieux que la liberté, toute l'Europe le sait.
—Aimer... aimer... Qu'est-ce que c'est? Qa manque de définition, ce mot-là. El uno la posee, el otro la ama, comme nous disons proverbialment —afirmó Hans Castorp. Y continuó diciendo—: En estos últimos tiempos he reflexionado con frecuencia sobre la libertad. Es decir: he oído esta palabra con tanta frecuencia que me ha hecho reflexionar. Je te le dirai en français, lo que pienso. Ce que toute l'Europe nomme la liberté, est peut-être une chose assez pédant el assez bourgeoise en comparation de notre besoin d'ordre, c'esta ça! 4
—Tiens! C'est amusant. C'est ton cousin a qui tu penses comparation de notre besoin d'ordre, c'est ça!
—No, c'est vraiment une bonne âme, una naturaleza sencilla que no se ve amenazada por nada, tu sais.
Mais il n 'est pas bourgeois, d est militaire.
—¿Que no se ve amenazada por nada? —repitió ella con esfuerzo—. Tu veux dire: une nature tout à fait ferme, sûre d'elle-même? Mais il est sérieusement malade, ton pauvre cousin.
—¿Quien te lo ha dicho?
—Aquí estamos bien informados los unos de los otros.
—¿Te ha dicho eso el doctor Behrens?
—Peut-être en me faisant voir ses tableaux.
—C'est-à-dire: en faisant ton portrait?
—Pourquoi pas? Tu Vas trouvé réussi, mon portrait?
—Mais oui, extremement. Behrens a tres exactament tendu la peau, oh vraiment tres fidèlement.
J'aimerais beaucoup ètre portraitiste, moi aussi, pour avoir l'ocassion d'étudier ta peau comme lui.
—Parlex allemand. s'il vous plait!
—Oh, yo hablo alemán e incluso en francés. C'et une sorte d'étude5 artistique et médícale; en un mot; il s'agit des lettres humaines, tu comprends. ¿Qué decides? ¿No quieres bailar?
—No, es cosa de chiquillos. En cachette des médecins. Aussitôt que Behrens reviendra, tout le monde va se précipiter sur les chaises. Ce sera fort ridicule.
—¿Tanto respeto le tienes?
—¿A quién? —preguntó ella, pronunciando la interrogación con una brevedad extranjera.
—A Behrens.
—Mais va donc avec ton Behrens! Ya ves que aquí no hay sitio para bailar. Et puis sur le tapis... Veremos cómo bailan los demás.
—Sí, es mucho mejor —aprobó él, y se puso a mirar, sentado cerca de ella, con el rostro pálido, los ojos azules y la mirada pensativa de su abuelo, cómo saltarineaban los enfermos disfrazados en el salón, y al otro lado, en la biblioteca. La «hermana muda» bailaba con «el Heinrich azul», y la señora Salomon, disfrazada de bailarina, con frac y chaleco blanco, un plastrón saliente, un bigote y un monóculo, giraba sobre sus altos tacones que salían por debajo del largo pantalón de hombre, con el6 Pierrot, cuyos labios brillaban con un rojo de sangre en la cara espolvoreada de blanco, y cuyos ojos parecían los de un conejo albino. El griego, en mantilla, agitaba sus piernas armoniosas, enfundadas en punto lila, en torno de Rasmussen, escotado y resplandeciente de jade negro. El procurador, vestido con un quimono, la señora Wurmbrand y el joven Gaenser bailaban juntos, manteniéndose entrelazados, y la señora Stoehr bailaba con su escoba, que apretaba contra su corazón, acariciando el plumero como si fuese la erizada cabellera de un hombre.
—Eso es lo que haremos —repitió Hans Castorp maquinalmente. Hablaban bajo y el piano ahogaba sus voces—. Permaneceremos sentados aquí y miraremos como en sueños. Para mí es como un sueño, comme un rêve singulierement profond, car il faut dormir très profondément pour rever comme cela... Je veux dire: C'est un rêve bien connu, rêve de tout temps, long, éternel; oui, être assis près de toi comme a présent, voilà l'eternité.
—Poète —dijo ella—. Bourgeois, humaniste et poète. Voilà l'Allemand au complet, comme il faut!
—Je crains que nous ne soyons pas du tout et nullement comme il faut —replicó el—. Sous7 aucun égard.
Nous sommes, peut-être, des niños mimados por la vida, tout simplement.
—Joli mot. Dis-moi, donc... Il n'aurait pas été difficile de rêver ce revelà plus tôt. C'est un peu tard que monsieur se résout a adresser la parole a son humble servante.
4 A continuación traducimos íntegramente el resto del capítulo:
—Es un joven muy rígido, honesto y alemán.
—¿Rígido, honesto? —repitió él—. Comprendo el francés mucho mejor de lo que lo hablo. Me parece que quieres decir que es un pedante. ¿Nos consideras tú como pedantes a nosotros los alemanes?
—Hablamos de tu primo. Pero es verdad, todos sois un poco burgueses. Amáis más el orden que la libertad, toda Europa lo sabe.
—Amar, amar, ¿qué es eso? Esa palabra está falta de definición. El uno la posee, el otro la ama, como dice nuestro proverbio —afirmó Hans Castorp. Y continuó diciendo—: En estos últimos tiempos he reflexionado con frecuencia sobre la libertad. Es decir: he oído esta palabra con tanta frecuencia que me ha hecho reflexionar. Te diré, en francés, lo que pienso. Eso que toda Europa llama libertad es tal vez una cosa bastante más burguesa que nuestra necesidad de orden, ¡eso es!
5 —¡Qué divertido! ¿Piensas en tu primo al decir esas cosas tan extrañas?
—No, es verdaderamente un alma bondadosa, una naturaleza sencilla que no se ve amenazada por nada,
¿sabes? Pero no es un burgués, es un militar. —¿Que no se ve amenazada por nada? —inquirió ella con esfuerzo—. ¿Quieres decir: una naturaleza completamente firme, segura de sí misma? Pero si está gravemente enfermo, tu pobre primo.
—¿Quien te lo ha dicho?
—Aquí estamos bien informados los unos de los otros.
—¿Te ha dicho esto el doctor Behrens?
—Tal vez, cuando me enseñaba sus cuadros.
—Es decir: ¿cuando pintaba tu retrato?
—Tal vez, ¿Te gustó mi retrato?
—Sí, extraordinariamente. Behrens ha conseguido dar exactamente la sensación de tu piel. ¡Oh, con mucha fidelidad! A mí también me gustaría mucho ser retratista, para tener ocasión de estudiar tu piel, como él.
—Hable usted en alemán, si gusta.
—Oh, yo hablo alemán incluso en francés. Es una especie de estudio 6 artístico y médico; en una palabra: se trata de literatura humana, ¿comprendes? ¿Que decides? ¿No quieres bailar?
—No, es cosa de chiquillos. A escondidas de los médicos. Inmediatamente que Behrens aparezca, todo el mundo se precipitará hacia las sillas. Será una cosa muy ridicula.
—¿Tanto respeto le tienes?
—¿A quien? —preguntó ella, pronunciando la interrogación con una brevedad extranjera.
—A Behrens.
—¡Déjame en paz con tu Behrens! Ya ves que aquí no hay sitio para bailar. Además, sobre la alfombra...
Veremos cómo bailan los demás. —Sí, es mucho mejor —aprobó él, y se puso a mirar, sentado cerca de ella, con el rostro pálido, los ojos azules, con la mirada pensativa de un abuelo, cómo saltarineaban los enfermos disfrazados, en el salón, y al otro lado, en la biblioteca. La «hermana muda» bailaba con el
«Heinrich azul», y la señora Salomon, disfrazada de bailarín, con frac y chaleco blanco, un plastrón saliente, un bigote y un monóculo, giraba sobre sus altos tacones que salían por debajo del largo pantalón de hombre, con el
7 Pierrot, cuyos labios brillaban con un rojo de sangre en la cara espolvoreada de blanco, y cuyos ojos parecían los de un conejo albino. El griego, en mantilla, agitaba sus piernas armoniosas, enfundadas en punto lila, en torno de Rasmussen, escotado y resplandeciente de jade negro. El procurador, vestido con un quimono, la señora Wurmbrand y el joven Gaenser bailaban juntos, manteniéndose entrelazados, y la señora Stoehr bailaba con su escoba, que apretaba contra su corazón, acariciando el plumero como si fuese la erizada cabellera de un hombre.
—Eso es lo que haremos —repitió Hans Castorp maquinalmente. Hablaban bajo y el piano ahogaba sus voces—. Permaneceremos sentados aquí y miraremos como en sueños. Para mí es como un sueño,
¿sabes?, como un sueño singularmente profundo, pues es preciso dormir profundamente para soñar de este modo... Quiero decir: es un sueño bien conocido, soñado siempre, eterno, largo; sí, estar sentado cerca de ti, como ahora, eso es la eternidad.
—¡Poeta! —dijo ella—. Burgués, humanista y poeta. ¡Un alemán completo, comme il faut!
—Temo mucho que no seamos comme il faut —dijo él—. Bajo
—Pourquoi des paroles? —dijo él—. Pourquoi parler?
Parler, discourir, c'est une chose bien républicaine, je le concède. Mais je doute que ce soit poétique au même de gré. Un de nos pensionnaires, qui est un peu devenu mon ami, monsieur Settembrini...
—Il vient de te lancer quelques paroles.
—Eh, bien, c'est un gran parleur sans doute, il aime même breaucoup à réciter de beaux vers, mais, est-ce un poète, ces homme-là?
—Je regrette sincerament de n'avoir jamáis eu le plaisir de faire la connaissance de ce chevalier.
—Je le crois bien.
—Ah! Tu le crois.
—Comment? C'etain une phrase toul à fait indifferent, ce que j'ai dit là. Moi, tu le remarques bien, je ne parle guère le français. Pourtant, avec toi je prefère cette langue à la mienne, car pour moi, parler8
français, c'est parler, en quelque maniere sans responsabilité, ou comme nous parlons en rêve. Tu comprends?
—À peu près.
—Ça suffit... Parler —continuó diciendo Hans Castorp—, pauvre affaire! Dans l'éternité, on ne parle point.
Dans l'éternité, tu sais, on fait comme en dessinant un petit cochon: on penche la tête en arrière et onferme les yeux.
—Pas mal, ça! Tu est chez toi dans l'éternité, sans au cun doute, tu la connais à fond. Il faut avouer que tu es un petit rêveur assez curieux.
—Et puis —dijo Hans Castorp— si je t'avais parlé plus tôt, il m'aurait fallu te diré «vous»!
—Eh, bien, est-ce que tu as l'intention de me tutoyer pour toujours?
—Mais oui. Je t'ai tutoyée de tout temps et je tutoireai éternellement.
—C'est un peu fort, par exemple. En tout cas tu n 'auras pas trop longtemps l'ocasion de me dire «tu». Je vais partir.
Esta palabra tardó algún tiempo en penetrar en su conciencia. Luego Hans Castorp se sobresaltó, mirando alrededor con aire extraviado9, como un hombre que despierta de repente. Su conversación había continuado con bastante lentitud, pues Hans Castorp hablaba el francés de un modo muy pesado y con un titubeo pensativo. El piano, que había permanecido callado un instante, resonaba de nuevo esta vez bajo las manos del joven Mannheim, que sustituía al joven eslavo y había cogido un cuaderno de música. La señorita Engelhart estaba sentada a su lado y volvía las páginas. El baile se había desanimado.
Numerosos pensionistas habían tomado la posición horizontal. Nadie se hallaba sentado ya delante de ellos. En la sala de lectura jugaban a las cartas.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó Hans Castorp, con la mirada extraviada.
—Quiero marcharme —contestó ella sonriente, como sorprendida.
—No es posible. Se trata de una broma.
—Nada de eso. Formalmente me marcho.
—¿Cuándo?
—Mañana. Après diner.
Un gran cataclismo se produjo en él. Luego añadió:
—¿Adonde vas?10
—Muy lejos de aquí.
—¿Al Daguestán?
8 ningún aspecto. Somos tal vez niños mimados por la vida, sencillamente.
—Hermosa palabra. Dime, pues... No hubiera sido muy difícil tener ese sueño más pronto. Es un poco tarde cuando el señor se decide a dirigir la palabra a su humilde servidora.
—¿Para qué hablar? —dijo él—. ¿Para qué sirven las palabras? Hablar, discurrir, es una cosa muy republicana, lo admito. Pero dudo que sea poético en el mismo grado. Uno de nuestros huéspedes, que se ha hecho amigo mío, monsieur Settembrini...
—Acaba de dirigirte algunas palabras.
—Es sin duda un gran hablador, le gusta mucho recitar bellos versos, pero ¿es acaso un poeta ese hombre?
—Lamento sinceramente no haber tenido jamás el placer de hablar con ese caballero.
—Me lo figuro.
—¡Ah!¿Lo crees?
—¿Cómo? Era una frase completamente indiferente lo que acabo de decir. Ya te darás cuenta de que no hablo con frecuencia el francés. Sin embargo, contigo prefiero esa lengua a la mía, pues, para mí, hablar en
9 francés es hablar, en cierta manera, sin responsabilidad, o como decimos ahora, en sueños.
¿Comprendes?
—Me parece que sí.
—Eso basta... Hablar —continuó diciendo Hans Castorp— ¡pobre asunto! En la eternidad no se habla de nada. En la eternidad, ¿sabes?, se hace como cuando se dibuja un cerdito: se inclina la cabeza hacia atrás, se cierran los ojos.
—¡No está mal eso! Te bailas en la eternidad lo mismo que en tu casa, sin duda alguna la conoces a fondo.
Hay que confesar que eres un pequeño soñador muy curioso.
—Y además —dijo Hans Castorp—, si te hubiese hablado más pronto, hubiera sido necesario tratarte de
«usted».
—¿Es que tienes la intención de tratarme de «tú» siempre?
—Seguramente. Te he tuteado siempre y te tutearé eternamente.
—Es un poco fuerte. En todo caso, no tendrás por mucho tiempo ocasión de decirme «tú». Me marcho.
Esta palabra tardó algún tiempo en penetrar en su conciencia. Luego Hans Castorp se sobresaltó, mirando en torno de él con aire extraviado, 10 como un hombre que despierta de repente. Su conversación había continuado con bastante lentitud, pues Hans Castorp hablaba el francés de un modo muy pesado y con un titubeo pensativo. El piano, que había permanecido callado un instante, resonaba de nuevo, esta vez bajo las manos del joven Mannheim, que sustituía al joven eslavo y había cogido un cuaderno de música. La señorita Engelhart estaba sentada a su lado y volvía las páginas. El baile se había desanimado. Numerosos pensionistas habían tomado la posición horizontal. Nadie se hallaba sentado ya delante de ellos. En la sala de lectura jugaban a las cartas. —¿Qué quieres hacer? —preguntó Hans Castorp, con la mirada extraviada.
—Quiero marcharme —contestó ella sonriente, como sorprendida, al ver su estupor.
—No es posible. Se trata de una broma.
—Nada de eso. Formalmente, me marcho.
—¿Cuándo?
—Mañana. Después de comer.
Un gran cataclismo se produjo en él. Luego añadió:
—¿Adonde vas?
— Tu n'espas mal instruit. Peut etre, pour le moment...
—¿Estás, pues, curada?
—Quan à ça... non. Pero Behrens cree que, por el momento, no puedo realizar grandes progresos aquí.
C'est
pourquoi je vais risquer un petit changenment d'air.
—¿Volverás, pues?
—Tal vez. Pero no sé cuándo. Quant à moi, tu sais, j'aime la liberté avant tout et notamment celle de choisir
mon domicile. Tu ne comprends guère ce que c'est: être obsedé d'indepéndance. C'est ma race, peut-être.
—Et ton mari au Daghestan te l'accorde, ta liberté?
—C'est la maladie qui me la rend. Me voilà à cet endroit pour la troisième fois. J'ai passé un an ici, cette fois. Possible que je revienne. Mais alors tu seras bien loin depuis longtemps.
—¿Lo crees, Clawdia?
—Mon prénom aussi! Vraiment tu les prends bien au
sérieux coutumes du Carnaval!
—¿Sabes tú, pues, en qué medida estoy enfermo?11
—Oui, non: comme on sait ces choses ici. Tu as une petite tache humide, là dedans et un peu le fièvre, n'estce pas?
—Trente-sept et huit ou neuf l'après-midi —dijo Hans Castorp—. ¿Y tú?
—Oh, mon cas, tu sais, c'est un peu plus compliqué... pas tout à fait simple.
—Il y a quelque chose dans cette branche de lettres humaines dite la médicine —dijo Hans Castorp—
qu'on
appelle bouchement tuberculeux des vases de lymphe.
—Ah! Tu as mouchardé, mon cher, on le voit bien.
Et toi... ¡Perdóname! ¡Permíteme que te pregunte algo con insistencia y en alemán! El día en que me levanté
de la mesa para ir a la consulta, hace seis meses... Tú te volviste, ¿recuerdas?
Quelle question! Il y a six mois!
—¿Sabías adonde iba?
—Certes, c'était tout à fait par hasard...
—¿Te lo había dicho Behrens?
—Toujours ce Behrens!
—Oh, il représenté ta peau d'une façon tellement exacte... D'ailleurs, c'est un veuf aux joues ardentes et qui
possède un service è face très12 remarquable... Je crois bien qu'il connaisse ton corps non seulement comme médecin, mais aussi comme adepte d'une autre discipline de lettres humaines.
—Tu as décidément raisson de dire que tu parles en rêve, mon ami.
—Soit... Laisse-moi rêver de nouveau après m'avoir révellé si cruellement par cette cloche d'alarme de ton départ. Sept mois sous tes yeux... Et à présent, où en réalité j'ai fait ta connaissance, tu me parles de dèpart!
—Je te répète que nous aurions pu causer plut tôt.
—¿Lo hubieras deseado?
—Moi? Tu ne m'êchapperas pas, mon petit. Ils'agit de tes intérêts, a toi. Est-ce que tu étais trop timide pour t'approcher d'une femme à qui tu parles en rêve maintenant, ou est-ce qu'ily avait quelqu'un qui t'en empeché?
—Je te l'ai dit. Je ne voulais pas te dire «vous».
—Faceur. Réponds donc, ce monsieur beau parlcur, cet Italien-là qui quitté la soirée, qu'est-ce qu'il t'a lancé tantôt?
—Je n'en si entendu absolutement rien. Je me soucie très peu de ce monsieur, quand mes yeux te voient.
Mais tu oublies... Il n'aurait pas été si facile du tout de faire la13 connaissance dans le monde. Il y avait encore mon cousin avec qui j'étais lié et que incliné très peu à s'amuser ici: Il ne pense à rien qu 'a son retour dans les plaines, pour se faire soldat.
—Pauvre diable! Il est, en effet, plus malade qu'il ne sait. Ton ami Italien, du reste, ne va pas trop bien non plus.
—Il le dit lui-même. Mais mon cousin... Est-ce vrai? Tu m'effraies.
—Fort possible qu'il aille mourir, s'il esaye d'être soldat dans les plames.
—Qu'il va mourir. La mort. Terrible mot, n'est-cepas? Mais c'est étrange, il ne m'impressionne, pas tellement aujourd'hui, ce mot. C'était une façon de parler bien conventionelle, lorsque je disais «Tu m'effraies». L'idée de la mort ne m'efffraie pas. Elle me laisse tranquille. Je n'ai pas pitié ni de mon bon Joachim ni de moimême, en entendant qu'il va peut-être mourir. Si c'est vrai, son état ressemble beaucoup au mien et je le trouve pas particulièrement imposant. Il est moribond, et moi, je suis amoureux, eh bien! Tu as parlé à mon cousin à l'atelier de photographie intime, dans l'antichambre, tu te souviens?
—Je me souviens un peu.
—Dones ce jour-là Behrens a fait ton portrait transparent!14
—Mais oui.
—Mon Dieu! Et l'as-tu sur toi?
—Non, je l'ai dans ma chambre.
—Ah, dans ta chambre. Quant au mien, je l'ai toujours dans mon portefeuille. Veux-tu que je te le fasse voir?
—Mille remerciements. Ma curiosité n'est pas invincible. Ce sera un aspect très innocent.
Moi, j'ai vu ton portrait extérieur. J'aimerais Beaucoup mieux voir ton portrait intérieur qui est enfermédans ta chambre... Laisse-moi demander autre choise! Parfois un monsieur russe qui loge en ville vient te voir. Qui est-ce? Dans quel but vient-il, cet home Tu es joliment fort en espionnage, je l'avrou. Eh bien, je réponds. Oui, c'est un compatriote souffrant, un ami. J'ai fait sa connaissance à une autre station balnéaire, il y a quelques années dejà. Nos rélations? Les voilà: nous prenons notre thé ensemble, nous fumons deux ou trois papiros, et nous bavardons, nous philosophons, nous parlons de l'homme, de Dieu, de la vie, de la morale, de mille choses. Voilà mon compte rendu. Es-tu satisfait?
—De la morale aussi! Et qu'est-ce que vous avez trouvé en fait de morale, par exemple?15
—La morale? Cela t'intéresse? Eh bien, il nous semble qu'il faudrait chercher la morale non dans la vertu, c'està-dire dans la raison, la discipline, les bonnes moeurs, l'honneteté; mais plutôt dans le contraire, je veux dire: dans le péché, en s'abandonnant au danger, à ce qui est nuisible, à ce qui nous consume. Il nous semble qu'il est plus moral de se perdre et même de se laisser dépérir que de se conserver. Les grands moralistes n 'étaient point des vertueux mais des aventuriers dans le mal, des vicieux, des grands pêcheurs qui nous enseignent à nous incliner chrétiennement devant la misère. Tout ça doit te déplaire beaucoup, n'est-ce pas?
Él guardó silencio. Se hallaba todavía sentado como al principio, las piernas cruzadas bajo el asiento, que crujía, inclinado hacia la mujer, que se encontraba sentada con un tricornio de papel, y conservaba su lapicero entre los dedos.
Los ojos azules de Hans Castorp contemplaban la habitación que se había ido quedando vacía. Los pensionistas se habían dispersado. El piano en el ángulo ante ellos no dejaba oír más que sonidos incoherentes; el enfermo de Mannheim tocaba con una sola mano, y a su lado estaba la institutriz sentada, hojeando una partitura que tenía sobre las rodillas16. Cuando la conversación entre Hans Castorp y Clawdia Chauchat expiró,
11 —Muy lejos de aquí.
—¿Al Daguestán?
—No estás mal informado. Tal vez, por el momento.
—¿Estás, pues, curada?
—Respecto a eso... no. Pero Behrens cree que, por el momento, no puedo realizar grandes progresos aquí.
Por eso voy a probar un cambio de aires. —¿Volverás, pues?
—Tal vez. Pero no sé cuándo. Respecto a mí, ¿sabes?, amo la libertad ante todo, y especialmente la de elegir mi domicilio. No puedes comprender eso: tener la obsesión de la independencia. Tal vez es a causa de mi raza.
—¿Y tu marido, en el Daguestán, te concede la libertad?
—Es la enfermedad la que me la concede. Estoy aquí por tercera vez. Esta vez he pasado un año. Es posible que vuelva. Pero entonces tú esta rás muy lejos.
—¿Lo crees, Clawdia?
—¡También mi nombre!¡Verdaderamente te tomas muy en serio las costumbres del Carnaval!
—¿Sabes tú, pues, en qué medida estoy enfermo?
12 —Sí, no. Como estas cosas se saben aquí. Tienes una pequeña mancha húmeda, aquí dentro, y un poco de fiebre. ¿No es eso?
—Treinta y siete, ocho o nueve por la tarde —dijo Hans Castorp—. ¿Y tú?
—Oh, mi caso es un poco más complicado... nada sencillo.
—En esa rama de las letras humanas llamada la medicina —dijo Hans Castorp— hay algo que se conoce con el nombre de obturación de los vasos de la linfa. —¡Se ve bien que has fisgoneado, querido!
—Y tú. ¡Perdóname! ¡Permite que te pregunte algo con insistencia y en alemán! El día en que me levante de la mesa para ir a la consulta, hace seis meses... Tú te volviste, ¿recuerdas?
—¡Qué pregunta! ¡Hace seis meses!
—¿Sabías adónde iba?
—Ciertamente, era por pura casualidad...
—¿Te lo había dicho Behrens? —¡Siempre ese Behrens!
—¡Oh!, ha reproducido tu piel de una manera tan exacta... Por otra parte, es un viudo de mejillas ardientes que posee un servicio de café muy 13 notable. Creo que conoce tu cuerpo, no sólo como medico, sino también como adepto de otra disciplina de las ciencias humanas.
—Tienes toda la razón al decir que hablas en sueños, amigo mío.
—Sea... Déjame soñar de nuevo después de haberme despertado tan cruelmente con esa campana de alarma de tu marcha. Siete meses bajo tus ojos... ¡Y ahora, que en realidad hablo contigo, me hablas de que te vas!
— Te repito que hubiéramos podido hablar mucho antes.
—¿Lo hubieras deseado?
—¿Yo? No me cogerás. Se trata de tus intereses. ¿Es que eres demasiado tímido para acercarte a una mujer a la cual hablas en sueños ahora? ¿O es que había alguien que te lo impedía?
—Ya le lo he dicho, no quería tratarte de «usted».
—No bromees. Contesta: ese charlatán, ese italiano que ha abandonado la velada, ¿qué es lo que te ha dicho ahora?
—No he oído absolutamente nada. Me preocupo muy poco de ese señor cuando te ven mis ojos. Pero olvidas... No hubiera sido muy fácil trabar 14 amistad en ese ambiente. Estaba mi primo, con el cual estoy ligado y que tiene muy pocos deseos de divertirse aquí. No piensa más que en volver a la llanura para hacerse soldado.
—¡Pobre diablo! Está, en efecto, más enfermo de lo que cree. Tu amigo italiano tampoco está muy bien.
—El mismo lo dice. Pero mi primo... ¿Es verdad? Me asustas. —Es muy posible que muera si intenta ser soldado en las llanuras.
—Que muera... La muerte. Terrible palabra, ¿no es verdad? Pero es extraño, no me impresiona en modo alguno hoy. Era un modo de hablar completamente convencional cuando te decía: me asustas. La idea de la muerte no me asusta. Me deja muy tranquilo. No tengo piedad ni de mi buen Joachim, ni de mí mismo, al oír que es posible que muera. Si eso es verdad, su estado se asemeja mucho al mío, y me parece muy imponente. El está moribundo y yo enamorado. ¡Bien! Hablaste a mi primo en el taller de fotografía íntima, en la salita de espera, ¿te acuerdas?
—Un poco.
—¿Hizo aquel día Behrens tu retrato transparente?
15 —¡Dios mío! ¿ Lo llevas?
—No, lo tengo en mi cuarto.
—Ah, ¿en tu cuarto? Yo llevo siempre el mío en la cartera. ¿Quieres que te lo enseñe?
—Muchas gracias. Mi curiosidad no es invencible. Será un aspecto muy inocente.
—Yo he visto tu retrato exterior. Me gustaría mucho más ver el retrato interior que tienes encerrado en tu cuarto... ¡Permíteme que te pregunte otra cosa! A veces, un señor ruso que vive en la ciudad viene a verte, ¿Quién es? ¿ Con qué objeto viene ese hombre?
—Eres muy fuerte en espionaje, lo confieso. Pues bien, te voy a contestar; Sí, es un compatriota enfermo, un amigo. Le conocí en un balneario hace muchos años. ¿Nuestras relaciones? Tomamos el té juntos, fumamos dos o tres pápiros, charlamos, filosofamos, hablamos del hombre, de Dios, de la vida, de la moral, de mil cosas. Esta es mi información. ¿Estás satisfecho?
—¡También de moral! ¿ Y qué es lo que habéis descubierto en cuestiones de moral, por ejemplo?
16 —¿La moral? ¿Eso te interesa? Pues bien, nos parece que habría que buscar la moral no en la virtud, es decir: en la razón, la disciplina, las buenas costumbres, la honestidad, sino más bien en lo contrario, quiero decir: en el pecado, dándose cuenta del peligro, de lo que es perjudicial, de lo que nos consume.
Nos parece que es más moral perderse y el dejarse languidecer que el conservarse. Los grandes moralistas no eran en modo alguno virtuosos, sino aventureros del mal, viciosos, grandes pecadores que nos enseñan a inclinarnos cristianamente ante la miseria. Todo eso te debe de disgustar mucho, ¿no es verdad?
Él guardó silencio. Se hallaba todavía como al principio, las piernas cruzadas bajo el asiento, que crujía, inclinado hacia la mujer, que se encontraba sentada, con su tricornio, y conservaba su lapicero entre los dedos.
el pianista cesó también de tocar, dejando caer sobre sus rodillas la mano que había acariciado el teclado, mientras la señorita Engelhart continuaba mirando sus notas. Las cuatro únicas personas que habían quedado de la fiesta del Carnaval se encontraban sentadas, inmóviles. El silencio duró unos minutos.
Lentamente, a causa de su propio peso, las cabezas de la pareja que estaba cerca del piano parecieron inclinarse más, la del joven de Mannheim hacia el piano, la de la señorita Engelhart hacia la partitura.
Finalmente, los dos al mismo tiempo, como si se hubieran puesto secretamente de acuerdo, se pusieron en pie y, sin ruido, evitando dirigirse hacia el otro lado de la habitación que se hallaba todavía ocupado, con la cabeza baja y los brazos colgantes, el joven de Mannheim y la institutriz se alejaron juntos por la
sala de correspondencia y lectura.
— Tout le monde se retire —dijo madame Chauchat—. C'étaient les derniers; il se fait tard. Eh, bien, la fête de Carnaval est finie. —Y elevó los brazos para quitarse con las manos el tricornio de papel de su cabellera roja, cuya trenza se hallaba arrollada en torno de la cabeza como una corona—. Vous connaissez les conséquences, monsieur.17
Pero Hans Castorp objetó con los ojos cerrados, sin cambiar de posición:
—Jamais, Clawdia. Jamáis je te dirai «vous»s jamais de la vie ni de la mort, si se puede decir de este modo. Cette forme de s'adresser a une personne, qui est celle de l'Occident cultivé et de la civilisation humanitaire, me semble fort bourgeouise et pédante. Pourquoi, au fond, de la forme? La forme, c'est la pédanterie elle-même! Tout ce que vous avez fixé à l'egard de la morale, toi et ton compatriote souffrante, tu veux sérieusement que ça me surprenne? Pour quel sot me prends-tu? Dis donc, qu'estce que tu penses de moi?
—C'est un sujet qui ne donne pas beaucoup à penser. Tu es un petit bonhomme convenable, de bonne famille, d'une tenue appétissante, disciple docile de ses précepteurs et que retournera bientôt dans les plaines, pour oublier complètement qu'il a jamais parlé en rêve et pour aider à rendre son pays grand et puissant par son travail honnête sur le chantier. Voilà la photographie intime, faite sans appareil. Tu la trouves exacte, j'espere?
—Il y manque quelques détails que Behrens y a trouvés.
—Ah, les médecins en trouvent toujours, ils s'y connaissent...
Pero Hans Castorp objetó con los ojos cerrados, sin cambiar de posición:18
—Tu parles comme monsieur Settembrini. Et ma fièvre? D'où vient-elle?
—Allons, donc, c'est un incident sans conséquence qui passera vite.
—Non, Clawdia, tu sais bien que ce tu dis là, n'est pas vrai, et tu les dis sans conviction, j'en suis sûr. La fievre de mon corps et le battement de mon coeur harassé et le frissonnement des mes membres, c'est le contraire d'un incident, car se n'est rien d'autre —y su rostro pálido, de labios estremecidos, se inclinó hacia el rostro de la mujer—, rien d'autre que mon amour pour toi, oui, cet amour que m'ha saisi à l'instant où mes yeux t'ont vue, ou, plutôt, que j'ai reconnu quand je t'ai reconnue toi, et c'était, lui, évidemment qui m'a mené à cet endroit...
Quelle folie!
Oh, l'amour n'est rien s'il n'est pas de la folie, une chose insensée, défendue et une aventure dans le mal.
Autrement c'est une banalité agréable, pour en faire de petites chansons paisibles dans les plaines. Mais quant a ce que je t'ait reconnue et que j'ai reconnu amour pour toi; oui, c'est vrai, je t'ai dejà connue, anciennement, toi et tes yeux merveilleusement obliques et ta bouche et va voix, avec laquelle tu parles; una fois déjà, lorsque j'éstais collégien, je t'ai demandé ton crayon, pour19 faire enfin ta connaissance mondaine parce que je t'aimais irraisonnablement, et c'est de là, sans doute, c'est de mon ancien amour pour toi, que ces marques me restent, que Behrens a trouvées dans mon corps, et qui indiquent que jadis aussi j'étais malade...
Sus dientes rechinaron. Había sacado un pie de debajo del asiento de la silla, que crujía, mientras iba divagando y, al avanzar ese pie, con la otra rodilla tocaba casi al suelo, de manera que se arrodillaba delante de ella, con la cabeza inclinada y temblando todo su cuerpo.
—Je t'aime —balbuceó —, je t'ai aimée de tout temps, car tu es le Toi de ma vie, mon rêve, mon sort, mon envié, mon éternel désir...
—Allons, allons! —dijo ella—. Si tes precepteurs te voyaient...
Pero él meneó la cabeza con desesperación, inclinado el rostro hacia el suelo, y contestó:
—Je m'en ficherais, je me fiche de tous ces Carducci et de la République éloquente et du progrès humain dans le temps, car je t'aime!
Ella le acarició dulcemente con la mano los cabellos cortados al rape en la nuca.20
—Petit bourgeois —dijo—. Joli bourgeois à la petite tâche humide. Est-ce vrai que tu m'aimes tant?
Y exaltado por este contacto ya sobre las dos rodillas, la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, él continuó hablando:
—Oh, l'amour, tu sais... Le corps, l'amour, la mort, ces trois ne font qu'un. Car le corps, c'est la maladie et la volupté et c'est lui qui fait la mort; oui, ils sont charnels, tous deux, l'amour et la mort, et voilà leur terreur et leur grande magie! Mais la mort, tu comprends, c'est d'une chose mal famée, impudente, qui fait rougir de honte; et d'autre part c'est une puissance très solennelle et très majestueuse (beaucoup plus haute que la vie riante gagnant de la monnaie et farcissant sa pensè; beaucoup plus vénérable que le progrès qui lavarde par le temps), parce qu'elle est l'histoire et la noblesse et la pitié et l'éternel et le sacré qui nous fait tirer le chapeau et marcher sur la pointe des pieds... Or, de même le corps, luí aussi, et l'amour du corps, sont une affaire indécente et fâcheuse et le corps rougit et pâlit à sa surface par fraveur et honte de lui-même. Mais aussi il est21 une grande gloire adorable, image miraculeuse de la vie organique, sainte merveille de la forme et de la beauté, et l'amour pour lui, pour le corps humain, c'est de même un interêt extrement humanitaire et une puissance plus éducative que toute la pédagogie du monde...! Oh, enchantante beauté organique qui ne se compose ni de teinture à l'huile ni de pierre, mais de matière vivante et corruptible, pleine du secret fébrile de la vie et de la pourriture! Regarde la symétrie merveilleuse de l'edifice humain, les épaules et les hanches et les mamelons fleurissants de part et d'autre sur la poitrine, et les côtes arrangées par paires, et le nombril au milieu dans la mollesse du ventre, et le sexe obscur entre les cuisses! Regarde les omoplates se remuer sous la peau soyeuse du dos, et l'échine qui descend vers la luxuriance double et fraîche des fesses et les grandes branches des vases et des nerfs qui passent du tronc aux remeaux par les aisselles, et comme la structure des bras correspond à celle des jambes. Oh, les douces régions de la jointure intérieure au coude et du jarret avec leur abondance de délicatesses organiques sous leurs coussins de chair! Quelle fête inmense de les caresser ces endroits délicieux du corps humain! Fête à mourir sans plainte après! Oui, mon Dieu, laisse-moi sentir l'odeur22 de la peau de ta rotule, sous laquelle l'ingénieuse capsule articulaire secrete son huile glissante! Laisse-moi toucher dévotement de ma boucbe l'Arteria femoralis qui bat au front de la cuisse et qui se divise plus bas en les deux artères au tibia! Laisse-moi ressentir l'exhalation de tes pores et tâter ton duvet, image humaine d'eau et d'albumine, destinée pour l'anatomie du tombeau, et laisse-moi périr, mes lèvres aux tiennes!
No abrió los ojos después de haber hablado. Permaneció sin moverse con la cabeza inclinada, las manos, que sostenían el pequeño lapicero de plata, separadas, temblando y vacilando sobre sus rodillas. Ella dijo:
—Tu es, en effet, un galand qui said solliciter d'une maniere profonde, à l'allemande.
Yle puso el gorro de papel.
—Adieu, mon prince Carnaval! Vous aurez une mauvaise ligne de fièvre ce soir, je vous le prédis.
Al decir esto se levantó de la silla, se dirigió a la puerta, dudó un momento en el umbral, dio media vuelta, elevando uno de sus desnudos brazos con la mano en el pestillo y, por encima del hombro, dijo en voz baja:
—N'oubliez pas de me rendre mon crayon.
Ysalió.23
Los ojos azules de Hans Castorp contemplaban la habitación que se había ido quedando vacía. Los pensionistas se habían dispersado. El piano, en el ángulo, ante ellos, no dejaba oír más que algunos sonidos incoherentes; el enfermo de Mannheim tocaba con una sola mano, y a su lado estaba la institutriz sentada, hojeando una partitura que tenía sobre las rodillas.
17 Cuando la conversación entre Hans Castorp y Clawdia Chauchat expiró, el pianista cesó también de tocar, dejando caer sobre sus rodillas la mano que había acariciado el teclado, mientras la señorita Engelhart continuaba mirando sus notas. Las cuatro únicas personas que habían quedado de la fiesta del Carnaval se encontraban sentadas, inmóviles. El silencio duró algunos minutos. Lentamente, a causa de su propio peso, las cabezas de la pareja que estaba cerca del piano parecieron inclinarse más, la del joven de Mannheim hacia el piano, la de la señorita Engelhart hacia la partitura. Finalmente, los dos al mismo tiempo, como si se hubiesen puesto secretamente de acuerdo, se pusieron en pie y, sin ruido, evitando dirigirse hacia el otro lado de la habitación que se hallaba todavía ocupado, con la cabeza y los brazos colgantes, el joven de Mannheim y la institutriz se alejaron juntos, por la sala de correspondencia y de lectura.
—Todo el mundo se retira —dijo Mme. Chauchat—. ¡Eran los últimos. Es tarde. Bueno, la fiesta de Carnaval ha terminado. —Y elevó los brazos para quitarse con las dos manos el tricornio de papel de su cabellera roja, cuya trenza se hallaba arrollada en torno de la cabeza como una corona—. Ya conoce usted las consecuencias, señor.
18 —Jamás, Clawdia. Jamás te trataré de «usted»; jamás en la vida ni en la muerte, si se puede decir de
este modo. Esa forma de dirigirse a una persona, que pertenece al Occidente cultivado y a la civilización humanista, me parece muy burgués y pedante. ¿Para qué las formas? ¡La forma es la pedantería misma!
Todo lo que habéis establecido respecto a la moral, tú y tu compañero enfermo, ¿quieres que me cause sorpresa?, ¿crees que soy tonto? Dime, ¿qué piensas de mí? —Es un asunto que no da mucho que pensar.
Eres un joven convencido, de buena familia, de aspecto agradable, discípulo dócil de sus preceptores, que volverá pronto a las llanuras para olvidar completamente que ha hablado en sueños aquí y para ayudar a hacer grande y poderoso a su país por su trabajo honrado en los astilleros. He aquí tu fotografía íntima, obtenida sin aparato. ¿La encuentras exacta?
—Faltan algunos detalles que Behrens ha encontrado.
—Los médicos encuentran siempre, son entendidos en la materia...
19 —Hablas como Settembrini. ¿Y mi fiebre? ¿De qué procede?
—Vamos, es un incidente sin consecuencias que pasará pronto.
—No, Clawdia, sabes perfectamente que lo que dices no es verdad, lo dices sin convicción, estoy seguro.
La fiebre de mi cuerpo y las palpitaciones de mi corazón enjaulado y el estremecimiento de mis nervios son lo contrario de un incidente, se trata —y su rostro pálido, de labios estremecidos, se inclinó hacia el rostro de la mujer—, se trata nada menos que de mi amor por ti, ese amor que se apoderó de mí en el instante en que mis ojos te vieron, o más bien, que reconocí cuando te reconocí a ti, y es él evidentemente el que me ha conducido a este lugar...
—¡Qué locura!
—¡Oh! El amor no es nada si no es la locura, una cosa insensata, prohibida y una aventura en el mal. Si no es así es una banalidad agradable, buena para servir de tema a cancioncitas tranquilas en las llanuras.
Pero que yo te he reconocido y que he reconocido mi amor hacia ti, sí, eso es verdad; yo ya te conocí, antiguamente, a ti y a tus ojos maravillosos oblicuos, y tu boca y la voz con que me hablas; una vez ya, cuando era colegial, te pedí tu lápiz para entablar contigo una relación social, porque 20 te amaba sin razonar, y es por eso, sin duda, por mi antiguo amor hacia ti, por lo que me quedan esas marcas que Behrens ha encontrado en mi cuerpo y que indican que en otro tiempo yo estaba ya enfermo...
Sus dientes rechinaron. Había sacado un pie de debajo del asiento de la silla, que crujía, mientras iba divagando y, al avanzar ese pie, con la otra rodilla tocaba casi el suelo, de manera que se arrodillaba delante de ella con la cabeza inclinada y temblando todo su cuerpo.
—Te amo —balbuceó—, te he amado siempre, pues tú eres el Tú de mi vida, mi sueño, mi destino, mi deseo, mi eterno deseo.
—¡Vamos, vamos! —dijo ella—. ¡Si tus preceptores te viesen!
Pero él meneó la cabeza con desesperación, inclinando el rostro hacia el suelo, y contestó:
—Me tendría sin cuidado, me tienen sin cuidado todos esos Carducci, la República elocuente, el progreso humano en el tiempo, pues ¡te amo! Ella acarició dulcemente con la mano los cabellos cortados al rape en la nuca.
21 —Pequeño burgués —dijo —. Lindo burgués de la pequeña mancha húmeda. ¿Es verdad que me amas tanto?
Y exaltado por este contacto, ya sobre las dos rodillas, la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, él continuó hablando:—Oh, el amor, ¿sabes...? El cuerpo, el amor, la muerte, esas tres cosas no hacen más que una. Pues el cuerpo es la enfermedad y la voluptuosi dad, y es el que hace la muerte; sí, son carnales ambos, el amor y la mue te, ¡y ése es su terror y su enorme sortilegio! Pero la muerte, ¿ comprendes?, es, por una parte, una cosa de mala fama, impúdica, que hace enrojecer de vergüenza; y por otra parte es una potencia muy solemne y majestuo sa (mucho más alta que la vida risueña que gana dinero y se llena la panza; mucho más venerable que el progreso que fanfarronea por los tiempos) porque es la historia y la nobleza, la piedad y lo eterno, lo sagrado, que hace que nos quitemos el sombrero y marchemos sobre la punta de los pies... De la misma manera, el cuerpo también, y el amor del cuerpo, son un asunto indecente y desagradable, y el cuerpo enrojece y palidece en la superficie por espasmo y vergüenza de sí mismo. ¡Pero también es
22 una gran gloria adorable, imagen milagrosa de la vida orgánica, santa maravilla de la forma y la belleza, y el amor por él, por el cuerpo humano, es también un interés extremadamente humanitario y una potencia más educadora que toda la pedagogía del mundo...! ¡Oh, encantadora belleza orgánica que no se compone ni de pintura al óleo, ni de piedra, sino de materia viva y corruptible, llena del secreto febril de la vida y de la podredumbre! ¡Mira la simetría maravillosa del edificio humano, los hombros y las
caderas y los senos floridos a ambos lados del pecho, y las costillas alineadas por parejas y el ombligo en el centro, en la blandura del vientre, y el sexo oscuro entre los muslos! Mira los omóplatos cómo se mueven bajo la piel sedosa de la espalda, y la columna vertebral que desciende hacia la doble lujuria fresca de las nalgas, y las grandes ramas de los vasos y de los nervios que pasan del tronco a las extremidades por las axilas, y cómo la estructura de los brazos corresponde a la de las piernas. ¡Oh, las dulces regiones de la juntura interior del codo y del tobillo, con su abundancia de delicadezas orgánicas bajo sus almohadillas de carne! ¡Qué fiesta más inmensa al acariciar esos lugares deliciosos del cuerpo humano! ¡Fiesta para morir luego sin un solo lamento! ¡Sí, Dios mío, déjame sentir el olor de la piel de tu rótula, bajo la cual la ingeniosa cápsula articular segrega su aceite resbaladizo! ¡Déjame tocar devotamente con 23 mi boca la «Arteria femoralis» que late en el fondo del muslo y que se divide, más abajo, en las dos arterias de la tibia! ¡Déjame sentir la exhalación de tus poros y palpar tu vello, imagen humana de agua y de albúmina, destinada a la anatomía de la tumba, y déjame morir con mis labios pegados a los tuyos!
CAPÍTULO VI