La montana magica
La Llegada
Un modesto joven se dirigía en pleno verano desde Hamburgo, su ciudad natal, a Davos-Platz, en el cantón de los Grisones. Iba allí a hacer una visita de tres semanas.
Pero desde Hamburgo hasta aquellas alturas, el viaje es largo; demasiado largo, en verdad, con relación a la brevedad de la estancia proyectada. Se pasa por diferentes comarcas, subiendo y bajando desde lo alto de la meseta de la Alemania meridional hasta la ribera del mar suabo, y luego, en buque, sobre las olas saltarinas, por encima de abismos que en otro tiempo se consideraban insondables.
Pero el viaje, que tanto tiempo transcurre en línea recta, comienza de pronto a obstaculizarse. Hay paradas y complicaciones. En Rorschach, en territorio suizo, es preciso tomar de nuevo el ferrocarril; pero no se consigue llegar más que hasta Landquart, pequeña estación alpina donde hay que cambiar de tren. Es un ferrocarril de vía estrecha, que obliga a una espera prolongada a la intemperie, en una comarca bastante desprovista de encantos, y desde el instante en que la máquina, pequeña pero de tracción aparentemente excepcional, se pone en movimiento, comienza la parte que pudiéramos llamar aventurera del viaje, iniciando una subida brusca y ardua que parece no ha de tener fin, ya que Landquart se halla situado a una altura todavía moderada. Se pasa por un camino rocoso, salvaje y áspero, de alta montaña.
Hans Castorp —tal es el nombre del joven— se encontraba solo, con el maletín de piel de cocodrilo, regalo de su tío y tutor, el cónsul Tienappel —para designarle desde ahora con su nombre—, su capa de invierno, que se balanceaba colgada de un rosetón, y su manta de viaje enrollada en un pequeño departamento tapizado de gris. Estaba sentado junto a la ventanilla abierta y, como en aquella tarde el frío era cada vez más intenso, y él era un joven delicado y consentido, se había levantado el cuello de su sobretodo de verano, de corte amplio y forrado de seda, según la moda. Cerca de él, sobre el asiento, reposaba un libro encuadernado, titulado: Ocean steamships, que había abierto de vez en cuando al principio del viaje; pero ahora yacía abandonado y el resuello anhelante de la locomotora salpicaba su cubierta de motitas de grasa.
Dos jornadas de viaje alejan al hombre —y con mucha más razón al joven cuyas débiles raíces no han profundizado aún en la existencia— de su universo cotidiano, de todo lo que él consideraba sus deberes, intereses, preocupaciones y esperanzas; le alejan infinitamente más de lo que pudo imaginar en el coche que le conducía a la estación. El espacio que, girando y huyendo, se interpone entre él y su punto de procedencia, desarrolla fuerzas que se cree reservadas al tiempo. Hora tras hora, el espacio determina transformaciones interiores muy semejantes a las que provoca el tiempo, pero de manera alguna las supera.
Igual que éste, crea el olvido; pero lo hace desprendiendo a la persona humana de sus contingencias para transportarla a un estado de libertad inicial; incluso del pedante y el burgués hace, de un solo golpe, una especie de vagabundo. El tiempo, según se dice, es el Leteo. Pero el aire de las lejanías es un brebaje semejante, y si su efecto es menos radical, es en cambio mucho más rápido.
Hans Castorp iba también a experimentarlo. No tenía la intención de tomar este viaje particularmente en serio, de mezclar en él su vida interior, sino más bien de realizarlo rápidamente, hacerlo porque era preciso, regresar a su casa tal como había partido y reanudar su vida exactamente en el punto en que la abandonó por un instante. Ayer aún estaba absorbido totalmente por el curso ordinario de sus pensamientos, ocupado en el pasado más reciente, en su examen y el porvenir inmediato: el comienzo de sus prácticas en casa de Tunder y Wilms (astilleros y talleres de maquinaria y calderería), y había lanzado, por encima de las tres próximas semanas, una mirada todo lo impaciente que su carácter le permitía. Sin embargo, le parecía que las circunstancias exigían su plena atención y que no era admisible tomarlas a la ligera. Sentirse transportado a regiones donde no había respirado jamás y donde, como ya sabía, reinaban condiciones de vida absolutamente inusuales, desmenuzadas y escasas, comenzó a agitarle, produciendo en él cierta inquietud. El país natal y el orden habían quedado no sólo muy lejos, sino también muchas toesas debajo de él, y la ascensión continuaba. Remontándose sobre esas cosas y lo desconocido, se preguntaba lo que sería de él allá arriba. Tal vez era imprudente y malsano dejarse llevar a esas regiones extremas para él, que había nacido y estaba habituado a respirar a unos metros apenas sobre el nivel del mar, sin pasar algunos días en un lugar intermedio. Deseaba llegar, pues pensaba que allí arriba se viviría como en todas partes y nada le recordaría, como ahora, en qué esferas impropias se encontraba. Miró por la ventanilla. El tren serpenteaba sinuoso por un estrecho desfiladero; se veían los primeros vagones, y la máquina vomitaba penosamente masas oscuras de humo, verdes y negras, que se deshacían. A la derecha, el agua murmuraba en las profundidades; a la izquierda, abetos oscuros, entre bloques de rocas, se elevaban en un cielo gris pétreo. Túneles negros como hornos se sucedían y, cuando volvía la luz, se abrían profundos abismos con pequeñas aldeas en el fondo. Luego los abismos se cerraban y aparecían nuevos desfiladeros con restos de nieve en sus grietas y cortaduras. Se detuvieron ante pequeñas y miserables estaciones, en terminales que el tren abandonaba en sentido inverso
produciendo un efecto deplorable, pues ya no era posible saber en qué dirección se iba ni recordar los puntos cardinales. Surgían grandiosas perspectivas del universo alpino, como torres sagradas y fantasmagóricas, que no tardaban en desaparecer de la mirada respetuosa del viajero. Hans Castorp se dijo que debía de haber dejado tras él la zona de los árboles frondosos y la de los pájaros cantores, y este pensamiento de cesación, de empobrecimiento, hizo que, poseído por el vértigo y las náuseas, se cubriese la cara con las manos durante dos segundos. Pero ya había pasado. Comprendió que la ascensión había terminado, y que habían culminado el desfiladero. En medio de un valle el tren rodaba ahora más fácilmente.
Eran aproximadamente las ocho. Aún había luz. En la lejanía del paisaje apareció un lago: el agua era gris y los bosques de abetos se elevaban por encima de las riberas y a lo largo de las vertientes, esparciéndose, perdiéndose, dejando tras ellos una masa rocosa y desnuda cubierta de bruma. Se detuvieron cerca de una pequeña estación; era Davos-Dorf, según Hans oyó que se anunciaba. Faltaba muy poco para llegar al término de su viaje. De pronto, oyó cerca de él la voz tranquila y hamburguesada de su primo Joachim Ziemssen, que decía:
—¡Buenos días! ¿Vas a bajar?
Y al mirar por la ventanilla, vio en el andén a Joachim en persona, con un capote oscuro, sin sombrero y con un aspecto tan saludable como nunca le había visto. Joachim se echó a reír y dijo:
—¡Baja de una vez! ¡Parece que no quieras molestarte!
—¡Pero si aún no he llegado! —exclamó Hans Castorp, absorto y sin moverse de su asiento.
—Claro que has llegado. Éste es el pueblo. El sanatorio está muy cerca de aquí. He tomado un coche.
Dame las maletas.
Riendo, confuso por la agitación de la llegada y por volver a ver a su primo, Hans Castorp le dio sus maletas, su manta de invierno enrollada en el bastón, el paraguas y finalmente el Ocean steamships.
Luego atravesó corriendo el estrecho pasillo y saltó al andén para saludar a su primo de una manera más directa y en cierto modo personal; le saludó sin excesos, como conviene entre personas de costumbres sobrias y rígidas. Aunque parezca extraño siempre habían evitado llamarse por sus nombres, por temor a una excesiva cordialidad. Como tampoco era adecuado llamarse por sus apellidos, se limitaban al «tú».
Era una costumbre establecida entre primos.
Un hombre de librea y gorra galoneada observaba cómo se estrechaban la mano repetidamente —el joven Ziemssen con una rigidez militar— un poco cohibidos; luego se aproximó para pedir el talón del equipaje de Hans Castorp. Era el conserje del Sanatorio Internacional Berghof y manifestó su intención de ir a buscar la maleta grande del visitante a la estación de Davos-Platz, ya que los señores irían en el coche directamente a cenar. Como el hombre cojeaba visiblemente, Hans preguntó a Joachim:
—¿Es un veterano de guerra? ¿Por qué cojea de ese modo?
—¡Ésa sí que es buena! —contestó Joachim con cierta amargura—. ¡Vaya un veterano de guerra! A ése le pica la rodilla, o al menos le picaba, porque se hizo extraer la rótula.
Hans Castorp reflexionó lo más rápidamente posible.
—¡Ah, es eso! —exclamó.
Mientras andaba alzó la cabeza y se volvió ligeramente.
—¡Pero no me querrás hacer creer que todavía tienes algo! ¡Cualquiera diría que aún llevas el correaje y que acabas de regresar del campo de maniobras!
Y miró de soslayo a su primo.
Joachim era más ancho y alto que él; un modelo de fuerza juvenil que parecía hecho para el uniforme. Era uno de esos tipos morenos que su rubia patria no deja de producir a veces, y su piel había adquirido por el aire y el sol un color casi broncíneo. Con sus grandes ojos negros y el pequeño bigote sobre unos labios carnosos y perfilados, hubiera sido verdaderamente bello de no tener las orejas demasiado separadas.
Esas orejas habían sido su única preocupación, el gran dolor de su vida, hasta cierto momento. Ahora tenía otros problemas.
Hans Castorp siguió hablando:
—Supongo que regresarás enseguida conmigo. No creo que haya ningún impedimento.
—¿Regresar contigo? —preguntó el primo, y volvió hacia Castorp sus grandes ojos que siempre habían sido dulces, pero que durante los últimos cinco meses habían adquirido una expresión cansina, casi triste
—. ¿Qué quieres decir? ¿Cuándo?
—Pues dentro de tres semanas.
—¡Ya estás pensando en volver a casa! —contestó Joachim—. Espera un poco, acabas de llegar. Tres semanas no son nada para nosotros; pero para ti, que estás de visita, tres semanas son mucho tiempo.
Comienza, pues, por aclimatarte; no es tan fácil, ya te darás cuenta. Además, el clima no es aquí la única cosa extraña. Verás cosas nuevas de todas clases, ¿sabes? Respecto a lo que dices sobre mí, eso no va tan deprisa. Lo de «regreso dentro de tres semanas» es una idea de allá abajo. Es verdad que estoy moreno, pero se debe a la reverberación del sol en la nieve, y esto no demuestra gran cosa, como Behrens siempre dice. En la última consulta general me anunció que aún tenía para unos seis meses.
—¿Seis meses? ¡Estás loco! —exclamó Hans Castorp. Ante la estación, que no se diferenciaba mucho de una especie de cuadra, tomaron asiento en el coche amarillo que les esperaba en una plaza empedrada, y mientras los dos caballos bayos comenzaban a tirar, Hans Castorp, indignado, se agitaba sobre el duro tapizado del asiento.
—¿Seis meses? ¡Si hace ya casi seis meses que estás aquí! Nadie dispone de tanto tiempo...
—¡Oh, el tiempo! —exclamó Joachim, y movió la cabeza varias veces hacia adelante, sin preocuparse de la honrada indignación de su primo— . No puedes ni imaginar cómo abusan aquí del tiempo de los hombres.
Tres meses son para ellos como un día. Ya lo verás. Ya te darás cuenta. —Y añadió— : Aquí las opiniones cambian.
Hans Castorp no cesaba de mirarle de reojo.
—¡Pero si te has recuperado de un modo magnífico! —dijo, encogiéndose de hombros.
—¿Sí? ¿Eso crees? —inquirió Joachim— . Bueno, es verdad, yo también lo creo —añadió, y se sentó más arriba en el almohadón, adquiriendo al mismo tiempo una posición más oblicua—. Me siento mejor —
explicó —, pero a pesar de todo, no estoy completamente bien. A la izquierda, aquí arriba, donde antes se oía una especie de estertor, el sonido es aún un poco ronco; no es muy intenso, pero en la parte inferior aún se nota, y en el segundo espacio intercostal todavía se oyen ruidos.
—¡Qué sabio te has vuelto! —dijo Hans Castorp.
—Sí, y bien sabe Dios que es una ciencia ridicula; me gustaría haberla olvidado en el servicio militar —
contestó Joachim—. Pero todavía expectoro —añadió, y encongiéndose de hombros en un gesto descuidado e irritado, mostró a su primo un objeto que sacó a medias del bolsillo interior de su abrigo y que se apresuró de nuevo a guardar: era un frasco plano y vacío, de cristal azul con un tapón de metal.
—La mayoría de nosotros aquí arriba llevamos esto —dijo— . Incluso tenemos un nombre para él, algo parecido a un apodo, bastante acertado, por cierto. ¿Contemplas el paisaje?
Era lo que hacía Hans Castorp y afirmó:
—¡Grandioso!
—¿Te parece? —preguntó Joachim.
Habían seguido un trecho del camino trazado irregularmente y paralelo a la vía del tren, en dirección al valle. Luego giraron a la izquierda y cruzaron la estrecha vía, atravesando un curso de agua y subiendo por un camino en ligera pendiente hacia la vertiente cubierta de boscaje; allí, sobre una meseta que avanzaba ligeramente, con la fachada orientada hacia el sudeste, un edificio esbelto, coronado con una torre de cúpula y que a fuerza de miradores y balcones parecía de lejos agujereada y porosa como una esponja, acababa de encender sus primeras luces. El crepúsculo avanzaba rápidamente. Un suave manto rojizo, que en un instante había animado el cielo cubierto, había palidecido, y en la naturaleza reinaba ese estado de transición descolorido, inanimado y triste, que precede a la entrada definitiva de la noche. El valle habitado se extendía ante ellos, alargado y ligeramente sinuoso, iluminado por todas partes, tanto en el fondo como en las vertientes, sobre todo en la de la derecha, que formaba un saliente en el que se escalonaban, como en marjales, las construcciones. A la izquierda algunos senderos subían a través de los prados y se perdían en la oscuridad musgosa de las selvas de coníferas. El telón de las montañas lejanas, más allá de la entrada del valle a partir de donde éste se estrechaba, era de un azul sobrio, de pizarra.
Como el viento acababa de levantarse, la frescura de la noche comenzó a hacerse sentir.
—No, francamente no me parece que esto sea tan formidable —dijo Hans Castorp—. ¿Dónde están los glaciares, las cimas blancas y los gigantes de la montaña? Me parece que esas cosas no están tan arriba.
—Sí lo están —contestó Joachim—. Puedes ver, en casi todas partes, el límite de los árboles. Se perfila con una nitidez sorprendente; cuando los abetos se acaban, todo se acaba también; tras ellos, no hay nada más que rocas, como puedes ver. Al otro lado, a la derecha del Diente Negro, se distingue incluso un
glaciar. ¿Ves el color azul? No es muy grande, pero es un glaciar auténtico, el glaciar de la Scaletta. El Pic Michel y el Tinzenhorn, en aquella grieta (no puedes verlos desde aquí), permanecen todo el año cubiertos de nieve.
—Nieves perpetuas —dijo Hans Castorp.
—Sí, perpetuas, si quieres. Todo esto está a gran altura, y nosotros mismos nos hallamos espantosamente elevados. Nada menos que mil seiscientos metros sobre el nivel del mar. De manera que las grandes alturas ya no nos lo parecen tanto.
—Sí. ¡Qué ascensión! Sentía el corazón oprimido, te lo aseguro. ¡Mil seiscientos metros! Son casi cinco mil pies. En toda mi vida había estado tan arriba.
Invadido por la curiosidad, Hans Castorp aspiró una larga bocanada de ese aire extranjero para probarlo.
Era fresco y nada más. Carecía de perfume, sabor y humedad; penetraba fácilmente y no decía nada al alma.
—¡Magnífico! —exclamó cortésmente.
—Sí, este aire tiene buena reputación. Por otra parte, el paisaje no se presenta esta noche en su aspecto más favorable. A veces tiene mejor apariencia, sobre todo bajo la nieve. Pero uno acaba por cansarse de él. Todos nosotros, los de aquí arriba, puedes creer que estamos indeciblemente cansados —dijo Joachim, y su boca se contrajo un momento en una mueca de disgusto que parecía exagerado, mal contenida y que le afeaba.
—Tienes un modo especial de hablar —dijo Hans Castorp.
—¿Especial? —preguntó Joachim con cierta inquietud volviéndose hacia su primo.
—No, no, es necesario que me perdones; he tenido esa impresión un momento —se apresuró a decir Hans Castorp.
Sus palabras respondían a la expresión «nosotros, los de aquí arriba», que Joachim había empleado cuatro o cinco veces y que, por la manera de decirla, parecía deprimente y extraña.
—Nuestro sanatorio está a más altura que la aldea. Mira —continuó diciendo Joachim—. Cincuenta metros. El prospecto asegura que hay cien, pero no son más que cincuenta. El sanatorio más elevado es el Schatzalp, al otro lado. Desde aquí no se puede ver. En invierno bajan sus cadáveres en trineo porque los caminos no son practicables.
—¿Sus cadáveres? ¡Pero...! ¡Vamos! —exclamó Hans Castorp.
Y de pronto, estalló en una risa violenta e incontenible que sacudió su pecho y torció su rostro, reseco por el viento frío, en una mueca dolorosa.
—¡En trineo! ¿Y lo dices tan tranquilo? ¡Amigo mío, en estos cinco meses te has vuelto un cínico!
—No hay nada de cinismo —replicó Joachim encogiéndose de hombros—. ¿Y qué? A los cadáveres no les importa... Además, es muy posible que uno se vuelva cínico aquí arriba. El mismo Behrens es un viejo cínico, y un tipo famoso, dicho sea de paso; antiguo estudiante, miembro de una corporación y cirujano notable a lo que parece. Sin duda te resultará simpático. Y también tenemos a Krokovski, el ayudante, un hombre muy modesto. En el prospecto se menciona explícitamente su actividad. Practica la disección psíquica con los enfermos.
—¿Qué? ¿Disección psíquica? ¡Eso es repugnante! —exclamó Hans Castorp.
La alegría le embargaba. No podía contenerla. Después de lo anterior, lo de la disección psíquica había colmado su hilaridad y reía tan fuerte que las lágrimas le resbalaban por la mano con que se cubría los ojos, inclinado hacia adelante.
Joachim también empezó a reír. Aquello parecía sentarle bien, y así el humor de los dos jóvenes era excelente cuando bajaron del coche que, al paso, les había conducido por el camino de una cuesta zigzagueante y empinada hasta la puerta del Sanatorio Internacional Berghof.
EL NÚMERO TREINTA Y CUATRO
A la derecha, entre la puerta y la mampara, había la garita del portero. De ella salió a su encuentro, vestido con la misma librea gris que el hombre cojo de la estación, un criado de aspecto afrancesado que, sentado ante el teléfono, leía unos periódicos. Los acompañó a través del vestíbulo bien alumbrado, a la derecha del cual se encontraban los salones. Al pasar, Hans Castorp lanzó una mirada y vio que estaban vacíos.
—¿Dónde están los huéspedes? —preguntó a su primo.
—Hacen la cura de reposo —respondió éste— . Hoy me han dado permiso para salir, pues quería ir a recibirte. Normalmente también me tumbo en la galería después de cenar.
Faltó poco para que la risa se apoderara de nuevo de Hans Castorp.
—¡Cómo! ¿En noche oscura y con niebla os tumbáis en el balcón? —preguntó con voz vacilante.
—Sí, así nos lo ordenan. Desde las ocho hasta las diez. Pero ven a ver tu cuarto y a lavarte las manos.
Entraron en el ascensor, cuyo mecanismo eléctrico accionó el criado francés. Mientras subían, Hans Castorp se enjugaba los ojos.
—Estoy agotado de tanto reír —dijo resoplando—. ¡Me has contado tantas locuras! Tu historia de la disección psíquica ha sido demasiado. Además, estoy un poco fatigado por el viaje. ¿No tienes los pies fríos? Al mismo tiempo noto que el rostro me arde. Es desagradable. Comeremos enseguida, ¿verdad?
Creo que tengo hambre. ¿Se come bien aquí arriba?
Caminaban en silencio por la alfombrilla del estrecho pasillo. Pantallas de vidrio lechoso difundían una luz pálida desde el techo. Las paredes brillaban, blancas y duras, recubiertas de una pintura al aceite parecida a la laca. Apareció una enfermera, con su bonete blanco, llevando ajustadas en la nariz unas antiparras cuyo cordón pasaba por detrás de su oreja. Al parecer, era una hermana protestante, sin vocación verdadera para su oficio, curiosa, agitada y afligida por el aburrimiento. En el suelo, en dos lugares del pasillo, había unos grandes recipientes en forma de globo, panzudos, de cuello corto, sobre cuyo significado Hans Castorp olvidó informarse.
—¡Aquí está tu habitación! —dijo Joachim—. Número 34. A la derecha está mi cuarto y a la izquierda hay un matrimonio ruso, un poco descuidado y ruidoso, a quien ya conocerás. Lo siento, no ha sido posible arreglarlo de otro modo. ¡Bien! ¿Qué te parece?
La puerta era doble, con un perchero en el hueco interior. Joachim había encendido la lámpara del techo y a su luz indecisa la cámara apareció alegre y limpia, con sus muebles blancos; sus cortinajes del mismo color, gruesos y lavables; su linóleo limpio y brillante y las cortinas de hilo adornadas con bordados sencillos y agradables, de gusto moderno. La puerta del balcón estaba abierta, se veían las luces del valle y se escuchaba una lejana música de baile. El buen Joachim había colocado unas flores en un pequeño búcaro, sobre la cómoda; las había encontrado en la segunda floración de la hierba: un poco de aquilea y algunas campánulas, cogidas por él mismo en la pendiente.
—Eres muy amable —dijo Hans Castorp—. ¡Qué habitación más alegre! Con mucho gusto me quedaré aquí algunas semanas...
—Anteayer murió una americana —dijo Joachim—. Behrens aseguró que la habitación estaría lista antes de que tú llegaras y que, por tanto, podrías disponer de ella. Su novio estaba a su lado; era un oficial de la marina inglesa, pero no demostró mucho valor. A cada momento salía al pasillo a llorar, como si fuera un chiquillo. Luego se frotaba las mejillas con cold-cream, porque iba afeitado y las lágrimas le quemaban la piel. Anteayer por la noche la americana tuvo dos hemorragias de primer orden y luego ¡se acabó la comedia! Pero se la llevaron ayer por la mañana, y después hicieron, naturalmente, una fumigación a fondo con formol, ¿sabes? Es excelente en estos casos.
Hans Castorp acogió la noticia con una distracción animada. Con las mangas de la camisa recogidas, de pie ante el amplio lavabo, cuyos grifos niquelados brillaban heridos por la luz eléctrica, apenas lanzó una mirada fugaz a la cama de metal blanco, puesta de limpio.
—¿Fumigaciones? Eso de fumigar es muy habitual —dijo fuera de lugar, pero dispuesto a seguir hablando mientras se lavaba y secaba las manos— . Sí, metilaldehído; los microbios más resistentes no soportan el H2CO2. ¡Pero hace escocer la nariz! Evidentemente, la limpieza rigurosa es una condición primordial.
Articuló estas palabras con cierta afectación y continuó diciendo con gran locuacidad:
—Bueno, quería añadir que... Quizá el oficial de marina se afeitaba con navaja de seguridad; lo supongo porque uno se despelleja más fácilmente con esos trastos que con una navaja bien afilada; ésa es al
menos mi experiencia. Uso las dos a menudo... Sí, sobre la piel irritada, el agua salina escuece. Debía de tener la costumbre de usar cold-cream en el servicio militar, lo que no tiene en verdad nada de sorprendente...
Siguió hablando, y dijo que tenía doscientos María Mancini (su cigarro preferido) en la maleta, y que había pasado la inspección de la aduana cómodamente. Luego le transmitió los saludos de diversas personas de su ciudad natal.
—¿No encienden la calefacción? —preguntó de pronto, y corrió hacia los radiadores para apoyar las manos.
—No, nos mantienen bien frescos —contestó Joachim—. Sería preciso que hiciese mucho más frío para que encendieran la calefacción en el mes de agosto.
—¡Agosto, agosto! —exclamó Hans Castorp —. ¡Pero si estoy helado, completamente helado! Tengo frío en todo el cuerpo, aunque el rostro me arde. Mira, toca, ya verás qué caliente...
La idea de que le tocasen la cara no se ajustaba al temperamento de Hans Castorp y a él mismo le sorprendió desagradablemente. Por otro parte, Joachim no hizo nada, limitándose a decir:
—Eso es por el aire y no significa nada. El mismo Behrens tiene todo el día las mejillas azules. Algunos no se habitúan nunca. Pero apresúrate, de lo contrario, no tendremos nada que comer.
Cuando salieron, la enfermera hizo de nuevo su aparición, mirándoles con un aire miope y curioso. En el primer piso, Hans Castorp se detuvo de pronto, inmovilizado por un ruido impresionante, atroz; era un ruido no muy fuerte, pero de una naturaleza tan particularmente repugnante que Hans Castorp hizo una mueca y miró a su primo con los ojos dilatados. Se trataba, con toda seguridad, de la tos de un hombre; pero de una tos que no se parecía a ninguna de las que Hans Castorp había oído; sí, una tos en comparación con la cual todas las demás habían sido testimonio de una magnífica vitalidad; una tos sin convicción, que no se producía por medio de sacudidas regulares, sino que sonaba como un chapoteo espantosamente débil en una deshecha podredumbre orgánica.
—Sí —dijo Joachim—, ése va mal. Es un noble austríaco, un hombre elegante, de la alta sociedad. Y mira cómo está. Sin embargo, todavía puede pasear.
Mientras continuaba su camino, Hans Castorp habló largamente sobre la tos de aquel caballero.
—Es preciso que consideres —dijo— que jamás había oído nada semejante, que es absolutamente nuevo para mí. Estos casos impresionan siempre. Hay varias clases de tos, toses secas y toses blandas; se dice en general, que las toses blandas son las mejores y más favorables que aquellas que producen ahogo.
Cuando en mi juventud («en mi juventud», repito) tenía anginas, ladraba como un lobo, y todos estaban satisfechos cuando la cosa se reblandecía. Aún me acuerdo. Pero una tos como ésa jamás había existido, al menos para mí. Casi no es una tos viva. No es seca, pero tampoco se puede decir que se reblandezca; sin duda no es ésta la palabra apropiada. Es como si se mirase al mismo tiempo en el interior del hombre.
¡Qué sensación produce! Parece un auténtico lodazal.
—Bueno, basta ya —dijo Joachim—; lo oigo cada día, no hay necesidad de que la describas.
Pero Hans Castorp no pudo dominar la impresión que le había causado aquella tos. Afirmó repetidas veces que era como si viese el interior de aquel caballero, y cuando entraron en el restaurante, sus ojos, fatigados por el viaje, tenían un brillo un tanto febril.
EN EL RESTAURANTE
El restaurante era claro, elegante y agradable. Estaba situado a la derecha del vestíbulo, delante de los salones y, según explicó Joachim, era frecuentado principalmente por los huéspedes nuevos que comían fuera de las horas de costumbre o por los pensionistas que tenían visitas. También se celebraban allí las fiestas de los aniversarios, las partidas inminentes y los resultados favorables de las consultas generales.
A veces se organizaban grandes fiestas —decía Joachim— y se servía hasta champán; pero en este momento sólo había en el restaurante una señora de unos treinta años que leía un libro y canturreaba al mismo tiempo, tabaleando en el mantel con la mano derecha.
Cuando los jóvenes tomaron asiento, cambió de lugar para darles la espalda. Era muy tímida —explicó Joachim, en voz baja— y siempre comía en el restaurante acompañada de un libro. Al parecer, había ingresado en el sanatorio para tuberculosis de muy joven y, desde entonces, jamás había vivido en sociedad.
—¡Entonces tú, comparado con ella, no eres más que un principiante, a pesar de tus cinco meses, y lo seguirás siendo cuando hayas cumplido el año! —dijo Hans Castorp a su primo.
Joachim tomó la carta e hizo con los hombros un gesto que era nuevo en él.
Habían elegido una mesa cerca de la ventana, que era el lugar más agradable. Se hallaban sentados junto a la cortina de color crema, uno frente a otro, con sus rostros iluminados por la luz de la lámpara velada de rojo. Hans Castorp juntó sus manos recién lavadas y las frotó con una sensación de agradable espera, como tenía por costumbre al sentarse a la mesa, tal vez porque sus antecesores tenían el habito de rezar antes de comer la sopa. Una agradable muchacha de acento gutural, vestida de negro y delantal blanco (con un amplio rostro de rosadas y saludables mejillas) les sirvió. Con gran alegría, Hans Castorp se enteró de que allí llamaban a las camareras Saaltöchter.1 Le encargaron una botella de Gruaud Larose que Hans Castorp hizo que pusiesen en fresco. La comida era excelente. Se sirvieron potaje de espárragos, tomates rellenos, un asado con diversas sazones, entremeses particularmente bien preparados, quesos variados y fruta. Hans Castorp comía mucho, aunque su apetito fue menos intenso de lo que esperaba. Pero tenía la costumbre de comer en abundancia, incluso cuando no tenía hambre, por consideración a sí mismo.
Joachim no hizo honor a la comida. Aseguró que estaba cansado de aquella cocina; dijo que eso les pasaba a todos allí arriba, y que era costumbre protestar contra la comida, pues cuando se estaba instalado allí para siempre... No obstante, bebió el vino con placer, e incluso con cierta pasión y, procurando evitar expresiones demasiado sentimentales, manifestó repetidas veces su satisfacción por tener alguien con quien poder hablar con sensatez.
—Sí, es magnífico que hayas venido —dijo, y su voz tranquila revelaba emoción—, te aseguro que para mí se trata casi de un acontecimiento. Supone un auténtico cambio, una especie de alto, de hito en esta monotonía eterna e infinita...
—Pero el tiempo debe de pasar para vosotros relativamente deprisa —dijo Hans Castorp.
—Deprisa y despacio, como quieras —contestó Joachim—. Quiero decir que no pasa de ningún modo. Aquí no hay tiempo, no hay vida —añadió moviendo la cabeza, y cogió el vaso.
Hans Castorp continuaba bebiendo, a pesar de que sentía su rostro caliente como el fuego. Pero su cuerpo seguía estando frío y en todos sus miembros había una especie de inquietud particularmente alegre que, al mismo tiempo, le atormentaba un poco. Sus palabras se precipitaban, balbuceaba, con frecuencia, y con un gesto indiferente de la mano cambiaba de tema. Joachim también estaba muy animado y la conversación continuó con mayor libertad y alegría cuando la señora que canturreaba y tabaleaba se puso en pie y se marchó.
Mientras comían gesticulaban con sus tenedores, se daban aires de importancia con la boca llena, reían, movían la cabeza, se encogían de hombros y sin cesar de masticar volvían a hablar. Joachim quería oír hablar de Hamburgo y había orientado la conversación hacia el proyecto de canalización del Elba.
—¡Sensacional! —dijo Hans Castorp—. ¡Sensacional! Eso contribuirá al desarrollo de nuestra navegación; es de una importancia incalculable. Dedicamos cincuenta millones como capital inmediato de nuestro presupuesto, y puedes estar seguro de que sabemos exactamente lo que hacemos.
A pesar de la importancia que atribuía a la canalización del Elba, abandonó de inmediato este tema de conversación y pidió a Joachim que le hablase de la vida que llevaba «aquí arriba» y de los huéspedes, a lo que su amigo atendió con rapidez, pues se sentía feliz al poder desahogarse y confiar en alguien.
Comenzó repitiendo la historia de los cadáveres que eran bajados por la pista de trineo y aseguró que era absolutamente cierto. Como Hans Castorp se sintió de nuevo presa de la risa, él rió también y pareció disfrutar con ella de buena gana, contando luego toda clase de cosas divertidas para mantener el buen
humor. A su misma mesa se sentaba la señora Stoehr, una mujer muy enferma, esposa de un músico de Cannstadt; era la persona más inculta que jamás había conocido. Decía «desinfeccionar» muy convencida.
Al ayudante Krokovski le llamaba «fomolus».2 Había que aceptarlo todo sin reírse. Además, era cizañera, como lo son casi todos allí arriba y hablaba de otra mujer, la señora Iltis, de la que decía que llevaba un
«esterilizador».
—¡Un «esterilizador»! ¿No te parece extraordinario?
Medio tumbados, apoyados en los respaldos de las sillas, reían tanto que sus cuerpos se hallaban presa de una especie de temblor, y los dos, casi al unísono, comenzaron a tener hipo.
Entretanto, Joachim se entristeció pensando en su infortunio.
—Sí, estamos sentados aquí riendo —dijo con una expresión dolorosa, interrumpido por las últimas convulsiones de su pecho— y sin embargo, no se puede prever, ni siquiera aproximadamente, cuándo podré marcharme, pues cuando Behrens dice: «Todavía seis meses», sin duda hay que esperar mucho más. Todo esto es muy duro. Tú mismo comprenderás lo triste que es para mí. Ya estaba matriculado y al mes siguiente debía presentarme a exámenes de oficial. Y aquí estoy, languideciendo con el termómetro en la boca, contando las tonterías de esa ignara señora Stoehr y perdiendo el tiempo. ¡Un año es muy importante a nuestra edad, comporta tantos cambios y progresos allá abajo! Pero he de permanecer aquí dentro, como en una ciénaga; sí, como en el interior de un agujero podrido, y te aseguro que la comparación no es exagerada...
Curiosamente, Hans Castorp se limitó a preguntar si era posible encontrar allí porter, cerveza negra, y, al mirarle su primo con una expresión de sorpresa, se dio cuenta de que estaba a punto de dormirse, si no lo había hecho ya.
—¡Te estás durmiendo! —dijo Joachim— . Ven, es hora de ir a la cama.
—No es hora, de ninguna manera —dijo Hans.
Sin embargo, siguió a Joachim un poco inclinado, con las piernas rígidas como un hombre que se muere de cansancio. Luego hizo un gran esfuerzo cuando en el vestíbulo, débilmente alumbrado, oyó decir a su primo:
—Ahí está Krokovski. Creo que tendré que presentártelo.
El doctor Krokovski se hallaba sentado a plena luz, ante la chimenea de uno de los salones, al lado de la puerta corredera completamente abierta, leyendo un periódico. Se puso en pie cuando los jóvenes se aproximaron a él, y Joachim, adoptando una actitud militar, dijo:
—Permítame, señor doctor, que le presente a mi primo Castorp, de Hamburgo. Acaba de llegar.
El doctor Krokovski saludó al nuevo huésped con cierta cordialidad, vigorosa y decidida, como si quisiese dar a entender que con él toda timidez era superflua y que sólo una confianza alegre era lo indicado.
Tenía unos treinta y cinco años; era ancho de espaldas, gordo, mucho más bajo que los dos jóvenes que se hallaban de pie ante él, por lo que se vio obligado a ladear un poco la cabeza para mirarles a los ojos.
Además era pálido, de una palidez descolorida, transparente, casi fosforescente, aumentada por el ardor sombrío de sus ojos y por el espesor de sus cejas y de una barba bastante larga en cuyas puntas aparecían algunos hilos blancos. Llevaba un traje negro de americana cruzada, un poco usado, zapatos negros parecidos a sandalias, calcetines gruesos de lana gris y un cuello blanco vuelto, de esos que Hans Castorp sólo había visto en Dantzig, en casa de un fotógrafo, y que confería al doctor Krokovski un aire de bohemio. Sonrió cordialmente, mostrando sus dientes amarillos entre la barba, estrechó con fuerza la mano del joven y dijo, con voz de barítono y un acento extranjero un tanto lánguido:
—¡Sea bienvenido, señor Castorp! Espero que se adapte pronto y que se encuentre bien entre nosotros.
¿Me permite preguntarle si ha venido como enfermo?
Era impresionante observar los esfuerzos de Hans Castorp para mostrarse amable y dominar sus deseos de dormir. Se sentía violento por hallarse en tal situación y, con el orgullo desconfiado de los jóvenes, creyó percibir en la sonrisa y la actitud tranquilizadora del ayudante las séñales de una mofa indulgente.
Contestó diciendo que pasaría allí tres semanas, aludió a sus exámenes y añadió que, a Dios gracias, se hallaba completamente sano.
—¿De verdad? —preguntó el doctor Krokovski, inclinando la cabeza a un lado como para burlarse y acentuando su sonrisa—. ¡En tal caso es usted un fenómeno completamente digno de ser estudiado!
Porque yo nunca he encontrado a un hombre enteramente sano. ¿Me permite que le pregunte a qué exámenes ha de presentarse?
—Soy ingeniero, señor doctor —contestó Hans Castorp con modesta dignidad.
—¡Ah, ingeniero! —Y la sonrisa del doctor Krokovski se retiró, perdiendo por un instante algo de su fuerza y cordialidad—. Perfecto. Por lo tanto, no tendrá necesidad de ningún tratamiento médico; ni de orden físico ni psíquico.
—No, muchísimas gracias —dijo Hans Castorp, que estuvo a punto de retroceder un paso.
En ese momento la sonrisa del doctor Krokovski apareció de nuevo victoriosa y, mientras estrechaba la mano del joven, exclamó en voz alta:
—¡Pues que duerma usted bien, señor Castorp, con la plena conciencia de su salud perfecta! ¡Duerma bien y hasta la vista!
Diciendo estas palabras se despidió de los dos jóvenes y volvió a sentarse con su periódico.
No había nadie de servicio en el ascensor, de modo que subieron a pie por la escalera, silenciosos y un poco turbados por el encuentro con el doctor Krokovski. Joachim acompañó a Hans Castorp hasta la número 34, donde el portero cojo no se había olvidado de depositar el equipaje del recién llegado, y durante un cuarto de hora continuaron hablando, mientras Hans Castorp sacaba sus pijamas y sus objetos de tocador, fumando un cigarrillo. Aquella noche no volvería a fumar otro cigarro, lo que le pareció extraño y bastante insólito.
—Sin duda tiene mucha personalidad —dijo, y mientras hablaba lanzaba el humo que había aspirado— .
Pero es tan pálido como la cera. ¡Y cómo va calzado! ¡Su aspecto es terrible! ¡Calcetines grises y sandalias! ¿Te fijaste que al final se ofendió?
—Es bastante susceptible —dijo Joachim—. No deberías haber rechazado tan bruscamente sus cuidados médicos, al menos el tratamiento psíquico. No le gusta que se prescinda de eso. Yo tampoco gozo de su estima porque no suelo hacerle muchas confidencias. Pero de vez en cuando le cuento algún sueño para que tenga algo que disecar.
—Bueno, supongo que he estado un poco brusco dijo Castorp algo molesto, pues estaba descontento consigo mismo por haber podido herir a alguien, al tiempo que el cansancio de la noche le dominaba con una fuerza redoblada.
—Buenas noches —dijo— , me muero de sueño.
—A las ocho vendré a buscarte para ir a desayunar anunció Joachim al salir.
Hans Castorp se lavó un poco. Quedó dormido apenas apagó la lamparilla de la mesa de noche, pero se sobresaltó un momento al recordar que alguien había muerto dos días antes en su misma cama.
«Sin duda no es la primera vez —se dijo, como si esto pudiese tranquilizarle— . Es un lecho de muerte, un lecho de muerte completamente vulgar.»
Y se quedó dormido.
Pero apenas lo hubo hecho comenzó a soñar y soñó casi sin interrupción hasta la mañana siguiente. Vio a Joachim Ziemssen, en una posición extrañamente retorcida, descender por una pista oblicua en un trineo.
Era de una blancura tan fosforescente como la del doctor Krokovski, y delante del trineo iba sentado el caballero austríaco de la alta sociedad, que tenía un aspecto extraordinariamente borroso, como el de alguien a quien sólo se le ha oído vagamente toser. «Nos tiene completamente sin cuidado, a nosotros los de aquí arriba», decía Joachim en su incómoda posición, y luego era él y no el caballero quien tosía de una manera tan atrozmente pastosa. Al instante, Hans Castorp se echó a llorar y comprendió que debía correr a la farmacia para comprar crema facial. Pero la señora Iltis estaba sentada en medio del camino, con su hocico puntiagudo, sosteniendo en la mano algo que debía de ser sin duda su «esterilizador», pero que no era otra cosa que una navaja de afeitar. Hans Castorp estalló entonces en un acceso de risa y pasó de este modo de una emoción a otra, hasta que la luz de la mañana entró por los postigos de su balcón y le despertó.
1 Camarera en el alemán hablado en Suiza. (N. del T.)
2 En lugar de famulus, en latín, asistente. (N. del T.)
CAPÍTULO II
SOBRE LA PILA BAUTISMAL Y LOS DOS ASPECTOS DEL ABUELO
Hans Castorp no conservaba más que vagos recuerdos de su casa paterna, ya que apenas había conocido a su padre y a su madre. Murieron durante el breve intervalo que separaba su quinto de su séptimo aniversario. Primero falleció la madre, de un modo absolutamente inesperado, en la víspera de un parto, a causa de una flebitis seguida de trombosis; de una embolia (como decía el doctor Heidekind), que había paralizado instantáneamente su corazón. En aquel momento, la mujer reía sentada en la cama, y parecía que a fuerza de reír había caído de espaldas; pero lo que sucedió es que había muerto. Esto no era fácil de comprender para Hans Hermann Castorp, padre, y como sentía un gran cariño hacia su mujer y el hombre no era de una resistencia excepcional, no consiguió superar aquel golpe. Desde aquel momento, su espíritu se turbó y encogió; sumido en una especie de sopor, cometió en sus negocios tales equivocaciones que acarrearon pérdidas sensibles a la empresa Castorp e Hijo; en la segunda primavera que siguió a la muerte de su mujer contrajo una pulmonía durante una inspección que realizaba en los depósitos del muelle a causa de las corrientes de aire del puerto, y como su corazón fatigado no pudo soportar la intensa fiebre, falleció al cabo de cinco días, a pesar de los cuidados que el doctor Heidekind le prodigó. En presencia de un numeroso cortejo de sus conciudadanos, fue a reunirse con su mujer en el panteón de la familia Castorp, que estaba muy bien situado en el cementerio de Santa Catalina, con vistas al Jardín Botánico.
Su padre, el senador, murió al poco tiempo víctima igualmente de una pulmonía, pero tras largos tormentos y luchas, pues, a diferencia de su hijo, Hans Lorenz Castorp era de una naturaleza difícil de abatir y profundamente arraigada en la vida, y en este breve período, hasta la muerte de Hans Lorenz Castorp, el huérfano vivió, escasamente año y medio, en la casa del abuelo. Era un edificio construido a principios del siglo pasado en un solar angosto, siguiendo el estilo del clasicismo nórdico, pintado de un color claro, y con un portalón encuadrado por columnas truncadas. Constaba de un entresuelo, al que se accedía por una escalera de cinco escalones, y de dos pisos superiores cuyas ventanas descendían hasta el suelo y estaban defendidas por rejas de hierro fundido.
No había allí más que salas de recepción, incluyendo el comedor, decorado con estuco, y cuyas tres ventanas, veladas con cortinas de un rojo morado, miraban al pequeño jardín situado detrás de la casa, donde, durante esos dieciocho meses, el abuelo y el nieto comían todos los días a las cuatro. Les servía el viejo Fiete, que llevaba pendientes en las orejas, botones de plata en su casaca y una corbata de batista como la que usaba el dueño de la casa, en cuyas lazadas se hundía también su barbilla afeitada. El abuelo le tuteaba hablando en dialecto, no para bromear, pues no tenía afición alguna al humor, sino con toda sencillez y porque ésta era su costumbre con las gentes del pueblo, trabajadores del puerto, factores, cocheros y criados. Hans Castorp disfrutaba oyéndole, y con no menos placer escuchaba las respuestas de Fiete, también en dialecto, cuando éste se inclinaba para servir a su señor y hablarle junto a la oreja derecha, por la que el senador oía mucho mejor que por la izquierda. El anciano comprendía, se encogía de hombros y seguía comiendo, muy erguido entre el alto respaldo de caoba de la silla y la mesa, apenas inclinado sobre el plato; ante él, su nieto contemplaba en silencio, con una atención profunda e inconsciente, los gestos breves y cuidados con que las bellas manos blancas, delgadas y viejas del abuelo, de uñas abombadas y puntiagudas, que con una sortija de sello verde en el dedo índice derecho preparaba en la punta del tenedor un pedacito de carne, de legumbre o patata, para llevarlo a su boca con una ligera inclinación de cabeza. Hans Castorp miraba sus torpes manos y trataba de imaginar su capacidad para manejar algún día el cuchillo y el tenedor de la misma manera que su abuelo.
Habia otra cuestión que resolver, y era saber si conseguiría llegar a envolver su barbilla en una corbata análoga a la que llenaba la ancha abertura del cuello del abuelo, y cuyas largas puntas rozaban sus mejillas. Para ello debería ser tan viejo como él; por otro lado, ya nadie, a excepción del propio abuelo y el viejo Fiete, llevaba aquellos cuellos y corbatas. Era lamentable, pues el pequeño Hans Castorp gozaba extraordinariamente contemplando la barbilla del abuelo apoyada en el bello nudo de una blancura inmaculada. Con el paso de los años, siendo ya adulto, solía recordarlo y, desde el fondo mismo de su ser, lo aprobaba.
Cuando habían terminado de comer y enrollado sus servilletas en los aros de plata —una tarea que Hans Castorp realizaba entonces con bastante dificultad porque las servilletas eran grandes como manteles— , el senador se levantaba de la silla, que retiraba Fiete, y con paso lánguido se dirigía a su «gabinete» en busca de un cigarro. A veces, su nieto le seguía.
Este «gabinete» debía su existencia al hecho de que el comedor lo ocupaba toda la anchura de la casa y tenía tres ventanas, por lo que no había quedado espacio suficiente para tres salas, como es lo habitual en las casas de este tipo, sino sólo para dos salones, uno de los cuales, perpendicular al comedor y con una sola ventana dando a la calle, hubiese sido de una amplitud desproporcionada. Por eso habían construido un tabique en una cuarta parte de su longitud y así quedó formado ese «gabinete» estrecho, sombrío y amueblado tan sólo con algunos objetos: una estantería en la que había la caja de cigarros del senador,
una mesa de juego, cuyo cajón contenía objetos tentadores (como naipes de whist, dados, tabletas de dientes móviles para marcar los puntos, una pizarrita con trocitos de yeso, boquillas de cartón y otras cosas), y finalmente, en el rincón, había una vitrina rococó de palosanto, detrás de cuyos vidrios pendía una cortinilla de seda amarilla.
—Abuelo —decía a veces el joven Hans Castorp al entrar en el gabinete y poniéndose de puntillas para acercarse a la oreja del anciano— , enséñame la pila bautismal, por favor.
Y el abuelo, que ya había separado los faldones de su larga levita y sacado un manojo de llaves del bolsillo, abría la vitrina, de cuyo interior salía un perfume agradable y misterioso que el joven aspiraba.
Guardaba allí dentro toda clase de objetos inútiles y atractivos: un par de candelabros torcidos; un barómetro roto, con figuritas talladas en la madera; un álbum de daguerrotipos; una licorera de cedro; un pequeño turco, duro al tacto bajo su vestido de seda multicolor, con un mecanismo de relojería en el cuerpo que en otros tiempos le había permitido andar sobre la mesa, pero que, desde hacía años, ya no funcionaba; un modelo antiguo de buque y, en el fondo, una ratonera. Pero el anciano sacaba del compartimiento del centro una jofaina redonda de plata, muy oxidada, que se hallaba sobre una bandeja también de plata, y mostraba los dos objetos al muchacho, separándolos uno de otro y, acompañando todo con explicaciones ya otras veces oídas.
Originariamente, la jofaina y el plato no pertenecían al mismo juego, como se podía ver enseguida y como el niño volvía a oír; pero habían sido reunidos por el uso (decía el abuelo) desde hacía unos cien años, es decir, desde la compra de la vasija. Ésta era hermosa, de una forma sencilla y noble, muestra del severo gusto reinante a principios del siglo pasado. Lisa y pura, reposaba sobre un pie redondo y estaba dorada en el interior, pero el tiempo no había dejado de aquel oro más que un resplandor amarillo y pálido. Como único adorno, una corona en relieve de rosas y hojas apuntilladas cubría el borde superior. En cuanto al plato, se podía leer su antigüedad mucho mayor, «1650», en cifras sobrecargadas de trazos y toda clase de arabescos realizados a la «manera moderna» de otro tiempo, con una mezcla arbitraria de escudos y entrelazados que eran medio estrellas y medio flores. En el reverso de la bandeja había inscritos los nombres de los cabeza de familia que, en el transcurso de los tiempos, habían sido los poseedores del objeto: ya eran cinco, cada uno con el año de la transmisión de la herencia, y el anciano, con la punta de su dedo índice ornado con el anillo, los designaba cronológicamente a su nieto. Figuraba el nombre de su padre, el del abuelo y el del bisabuelo, y luego se doblaba, se triplicaba, y hasta se cuadruplicaba el prefijo en la boca del narrador, y el joven, con la cabeza inclinada hacia un lado, escuchaba con mirada pensativa y soñadora, sin mover un solo músculo, ese «Ur-Ur-Ur»,3 ese sonido oscuro de muerte y tiempos pasados, que expresaba, sin embargo, una relación piadosamente mantenida con el presente, con su propia vida, y ese pasado profundamente enterrado le producía una impresión extraña que se manifestaba en su rostro. Creía respirar un olor húmedo de cosas enterradas, el aire de la iglesia de Santa Catalina o de la cripta de San Miguel; al percibir aquel sonido le parecía sentir el soplo de esos lugares que invitan al recogimiento y la devoción, a andar con respeto y sigilo llevando el sombrero en la mano. Creía también oír el silencio lejano y pacífico de esos lugares de sonoros ecos; el sonido de aquellas sílabas hacía que mezclara sensaciones sagradas con los pensamientos de la muerte y la historia, y todo eso le parecía agradable. Sí, quizá pedía a su abuelo que le mostrara la jofaina por amor a esas sílabas, para escucharlas y repetirlas una vez más.
Luego el abuelo volvía a colocar la jofaina sobre la bandeja y dejaba que el muchacho observara la concavidad lisa y ligeramente dorada que brillaba bajo la luz que caía del techo.
—Pronto hará ocho años —dijo— que te sostuvimos sobre ella y el agua con la que fuiste bautizado cayó dentro. El mayordomo de la parroquia de San Jacobo, Lassen, fue quien la vertió en la cuenca de la mano del pastor Bugenhagen y de ella resbaló por encima de tu cabeza hasta la jofaina. La habíamos calentado para que no te asustases y, en efecto, no lloraste, aunque antes habías gritado tanto que Bugenhagen a duras penas pudo hacer su sermón. Sin embargo, cuando sentiste el agua te callaste y creo que fue por respeto hacia el Santo Sacramento. Dentro de unos días hará cuarenta y cuatro años que tu padre recibió el bautismo y que el agua resbaló sobre su cabeza y cayó aquí dentro. Fue aquí, en esta casa, su casa paterna, en la sala de al lado, ante la ventana del centro, y fue el viejo pastor Hesekiel quien le bautizó, el mismo que los franceses estuvieron a punto de fusilar cuando era joven, porque había predicado contra sus rapiñas y sus contribuciones de guerra; ése se halla también desde hace mucho tiempo en la casa del Señor. Y hace setenta y cinco años que me bautizaron a mí; también en la misma sala sostuvieron mi cabeza encima de la jofaina, exactamente como está ahora, colocada sobre la bandeja, y el pastor pronunció las mismas palabras que contigo y tu padre, y el agua clara y tibia resbaló de la misma manera por mis cabellos (entonces no tenía muchos más que ahora), y cayó también ahí, en esa jofaina dorada.
El niño elevó la mirada hacia el delgado rostro del anciano, del abuelo que se inclinaba de nuevo sobre la jofaina, como lo había hecho en aquella hora perdida en el tiempo de la que hablaba en ese momento, y la impresión que había sentido otras veces se apoderó de él; una impresión extraña y angustiosa, visionaria; de apacible inmovilidad, de cambiante permanencia, de volver a empezar y de una monotonía vertiginosa; impresión que ya había sentido en otras circunstancias y cuya repetición había esperado y deseado; era en parte por el amor que sentía hacia ella por lo que había querido que le mostrasen la herencia que pasaba, de forma inmutable, de unos a otros.
Cuando más tarde el muchacho pensaba en ello, le parecía que la imagen de su abuelo se había grabado en él con una huella más límpida y profunda que la de sus padres; quizá se debía a su simpatía, o a una afinidad física particular, pues el nieto se parecía al abuelo tanto como un rapaz de mejillas rosadas puede parecerse a un septuagenario canoso y arrugado, que había sido sin duda la personalidad pintoresca de la familia.
Lo cierto es que el tiempo había rebasado la manera de ser y de pensar de Hans Lorenz Castorp mucho antes de su muerte. Fue un hombre profundamente cristiano, miembro de la Iglesia reformista, con sentimientos severamente tradicionales y que encontraba dificultad para adaptarse a las novedades. Tan preocupado estaba de que se mantuviese firme la clase aristocrática admitida al gobierno como si hubiese vivido en el siglo XVI, cuando la menestralía, venciendo la resistencia tenaz de los patricios, tercos en defender sus antiguos privilegios, había comenzado a conquistar los puestos y los votos en el seno del consejo de la ciudad. Su actividad coincidió con una época de desarrollo intenso y transformaciones múltiples; con una época de progreso a marchas forzadas que había exigido atrevimiento y espíritu de sacrificio en la vida pública. Pero Dios sabe que el viejo Castorp no contribuyó a que el espíritu de los tiempos modernos celebrase sus brillantes y trascendentales victorias. Había concedido mayor importancia a las tradiciones atávicas y las antiguas instituciones que a las imprudentes ampliaciones del puerto y otras aberraciones propias de las grandes ciudades; había sosegado y calmado los espíritus allí donde había podido y, si se le hubiera escuchado, la administración tendría todavía ese aspecto idílicamente rancio cuyo espectáculo ofrecían sus propias oficinas.
Tal era la imagen que el anciano, durante su vida y después de ella, mostraba a la mirada de sus conciudadanos, y aunque el pequeño Hans Castorp no entendía nada de los asuntos públicos, sus ojos infantiles, de mirada contemplativa, hacían poco más o menos las mismas observaciones —observaciones mudas y, por consiguiente, faltas de crítica, aunque llenas de vida y que más tarde, como recuerdo consciente, conservaron su carácter hostil a todo análisis verbal, siendo tan sólo afirmativo— . Como ya se ha dicho, la simpatía estaba presente, era una afección y afinidad íntima que a veces franquea la barrera de las generaciones. Los niños contemplan para admirar y admiran para aprender y desarrollar lo que llevan por herencia.
El senador Castorp era delgado y alto. Los años habían curvado su espalda y su nuca, pero él se esforzaba en compensar esa inclinación procurando andar erguido. Al hacerlo, su boca, cuyos labios no podían ya apoyarse en los dientes, pero sí en las encías vacías, pues no se ponía la dentadura postiza más que para comer, se contraía hacia abajo con una dignidad penosamente salvaguardada, y eso determinaba —al mismo tiempo quizá que el cuidado de contener un temblor del labio superior— aquella actitud rígida y severa, aquel gesto de la barbilla que tanto gustaba al pequeño Hans Castorp.
Amaba la caja de rapé —una pequeña caja alargada con estrías de oro— y se servía de pañuelos rojos cuyas puntas pendían a veces del bolsillo trasero de su levita. Aunque esto fuese una debilidad un tanto cómica, parecía una concesión a su avanzada edad, como una negligencia que la ancianidad puede permitirse, tanto si es a conciencia y sonriendo como con la inconciencia que impone el respeto. En cualquier caso, era la única debilidad que la mirada aguda del joven Hans Castorp pudo observar en la manera de presentarse de su viejo abuelo. Pero tanto para el niño de siete años como más tarde para el adulto, la imagen diana y familiar del anciano no era su imagen verdadera. En realidad era diferente, mucho más bello y serio que de ordinario, tal como aparecía en un retrato de tamaño natural que hacía mucho tiempo estaba colgado en la habitación de los padres del niño, y que luego se trasladó con el pequeño Hans Castorp a la casa de la explanada, en cuyo salón ocupó un lugar de honor encima del sofá de seda roja.
La pintura mostraba a Hans Lorenz Castorp vestido con el uniforme oficial de senador de la ciudad, y este severo y piadoso atuendo de un siglo acabado, que había mantenido a través de los tiempos una comunidad a la vez temeraria e imponente, había sido conservador para las ceremonias oficiales, a fin de confundir de ese modo el pasado con el presente y el presente con el pasado, afirmando así la solidez de su firma comercial. El senador Castorp aparecía de pie, sobre un embaldosado rojizo, en una perspectiva de columnas y arcos góticos, con la barbilla inclinada y la boca contraída hacia abajo; sus ojos azules, de mirada soñadora, con las glándulas lacrimales dilatadas, miraban a lo lejos; vestía un ropón de aspecto sacerdotal que descendía hasta más abajo de sus rodillas y que, abierto en la parte de delante, mostraba su forro de pieles. De unas mangas amplias y abullonadas salían otras más estrechas y largas, de paño ordinario, y unos puños de encaje le cubrían las manos hasta la mitad. Las frágiles pantorrillas del anciano se hallaban cubiertas con medias de seda negra, y en los pies brillaban unos zapatos de charol con hebillas de plata. El cuello aparecía rodeado de la golilla rígida y acanalada, aplanada en la parte delantera y levantada a ambos lados, bajo la cual una chorrera de batista descendía sobre el ropaje. Bajo el brazo llevaba el antiguo sombrero de ancho reborde, cuya copa acababa casi en punta.
Era un retrato excelente, obra de un artista notable, pintado con el gusto y estilo de los viejos maestros, a lo que se prestaba el modelo, y evocaba en quienes lo contemplaban toda clase de imágenes hispanoholandesas de fines de la Edad Media.
El pequeño Hans Castorp lo había contemplado con frecuencia, sin una visión de experto, como puede suponerse, pero sí con cierta comprensión general, incluso penetrante, y aunque no hubiese visto a su
abuelo en persona tal como la tela le representaba más que una sola vez y por un instante, con motivo de una llegada en cortejo al Ayuntamiento, no podía dejar de considerar el cuadro como la apariencia verdadera y auténtica del abuelo, viendo en éste todos los días una especie de interino, de auxiliar, adaptado imperfectamente a su papel. Pues lo que había de distinto y extraño en su apariencia ordinaria se debía a una adaptación imperfecta y tal vez un poco torpe. De su forma pura quedaban restos y alusiones que no se borraban completamente; por eso, aunque el cuello postizo y la larga corbata blanca estaban pasados de moda, era imposible aplicar ese epíteto al maravilloso vestido que evocaba en cierto modo la golilla española. Ocurría lo mismo con el sombrero de alta copa que el abuelo llevaba para salir a la calle y que respondía, en una realidad superior, al ancho sombrero de fieltro del cuadro: al igual que la larga levita de faldones, cuya imagen primitiva y esencial era, a los ojos del pequeño Hans Castorp, la toga bordada y guarnecida de forro de pieles.
Él aprobó, pues, con todo su corazón, que el abuelo apareciese con toda su autenticidad y en su perfección suntuosa el día en que trató de despedirse de él para siempre. Fue en la gran sala, en la misma donde habían comido tantas veces, sentados a la mesa uno frente al otro. Hans Lorenz Castorp se hallaba tendido sobre el túmulo, dentro del ataúd, rodeado de coronas. Había luchado mucho tiempo y tenazmente contra la pulmonía, a pesar de que parecía no haberse adaptado con facilidad a la vida presente. Allí tendido, no podía saberse si era como vencedor o como vencido; pero en todo caso su expresión era severamente pacífica y muy cambiada. La nariz aparecía más puntiaguda a causa de haber luchado tanto tiempo en el lecho de muerte; la cabeza se hallaba levantada por unos almohadones de seda, de manera que su barbilla reposaba agradablemente en la abertura delantera de su golilla ritual, y entre las manos, semicubiertas por los puños de encaje y cuya disposición imitaba una postura natural que producía una impresión de frialdad inanimada, había sido colocado un crucifijo de marfil, de manera que sus párpados entornados parecían contemplarlo sin descanso.
Hans Castorp visitó algunas veces a su abuelo al principio de la enfermedad, pero luego ya no lo había vuelto a ver. Le habían evitado el espectáculo de la lucha que, por otra parte, se desarrollaba casi siempre por la noche; se había sentido únicamente impresionado por la atmósfera angustiada de la casa, por los ojos enrojecidos del viejo Fiete, por las idas y venidas de los médicos; pero el resultado, en presencia del cual se encontraba en el comedor, podía resumirse diciendo que el abuelo había sido solemnemente liberado de su figuración intermedia y que por fin revestía una forma verdadera y digna de él. Era un hecho que había que aceptar, a pesar de que el viejo Fiete llorase y moviese sin descanso la cabeza, y aunque el propio Hans Castorp llorara como lo había hecho en presencia de su madre muerta repentinamente y de su padre, al que, poco tiempo después, también vio tendido, con no menos silencio y extrañeza.
Era, pues, la tercera vez que en tan poco tiempo y a una edad tan temprana la muerte obraba sobre el espíritu y los sentidos —los sentidos principalmente— del pequeño Hans Castorp; ese aspecto y esa impresión ya no eran nuevos para él; por el contrario, le resultaban muy familiares y, como en las dos ocasiones anteriores, se había mostrado muy tranquilo y dueño de sí mismo, en modo alguno a merced de los nervios a pesar de que sentía una aflicción natural. En realidad pareció incluso mucho más tranquilo que las otras veces. Ignorando el significado práctico que esos acontecimientos tenían en su vida, o puerilmente indiferente a ello, en su confianza de que el mundo de un modo u otro cuidaría de él, había dado muestras ante esos ataúdes de una frialdad igualmente ingenua y una atención objetiva que, en la tercera circunstancia, a causa de sus sentimientos y la expresión de la experiencia no estaba exenta de cierta precocidad (pues prescindimos de las lágrimas provocadas por la emoción o el contagio del llanto de los demás, como una reacción normal). Tres o cuatro meses después de que muriera su padre, había olvidado la muerte; ahora la recordaba, y todas las impresiones de entonces se reproducían simultáneamente en su singularidad incompatible.
Resueltas y explicadas en palabras, sus impresiones se había presentado del modo siguiente: la muerte era de una naturaleza piadosa, significativa y de una belleza triste, es decir, espiritual; pero al mismo tiempo era de otra naturaleza, casi contraria, muy física y material, y entonces no se la podía considerar bella, ni significativa, ni piadosa, ni siquiera triste. La naturaleza solemne y espiritual se expresaba por el suntuoso ataúd del difunto, por la magnificencia de las flores, por las palmas que, como se sabe, significaban la paz celeste; además, y más claramente todavía, por el crucifijo en las manos del abuelo difunto, por el Cristo bendiciendo de Thorwaldsen, que se hallaba sobre la cabecera del féretro, y por los dos candelabros erguidos a ambos lados que, en aquella circunstancia, habían adquirido igualmente un carácter sacerdotal. Todas esas disposiciones hallaban aparentemente su sentido exacto y bienhechor en el pensamiento de que el abuelo había adquirido para siempre su figura definitiva y verdadera. Pero además, como el pequeño Hans Castorp no dejó de notar, a pesar de que no decirlo en voz alta, todo aquello, y sobre todo la enorme cantidad de flores (en particular de tuberosas) tenía por objeto mitigar ese otro aspecto de la muerte que no es ni bello ni verdaderamente triste, sino más bien ruin, indignamente corporal: tenía por objeto hacer olvidar o impedir que la muerte penetrara a la conciencia.
Esa segunda naturaleza de la muerte hacía que el abuelo difunto pareciese tan alejado que, en verdad no parecía en modo alguno el abuelo, sino más bien un muñeco de cera, de tamaño natural, que la muerte había cambiado por la persona y al que se rendían esos piadosos y fastuosos honores. El que yacía allí tendido, o más exactamente, lo que se hallaba allí tendido no era, pues, el abuelo, sino unos restos que
Hans Castorp sabía que no eran de cera, sino de su propia materia, y en eso radicaba el carácter mezquino y la escasa tristeza del fenómeno; era tan poco triste como todas las cosas que conciernen al cuerpo y que no atañen más que a él. El pequeño Hans Castorp contemplaba esa materia lisa, amarilla como la cera y de una consistencia caseiforme, de que estaba hecha aquella figura mortuoria de tamaño natural, con el rostro y las manos del que había sido su abuelo. Una mosca acababa de posarse sobre la frente inmóvil y comenzó a agitar sus patitas. El viejo Fiete la espantó con precaución evitando tocar la frente, con expresión sombría, como si no debiese ni quisiera saber lo que hacía. Su expresión se debía aparentemente al hecho de que el abuelo ya no era más que un cuerpo inerte. Pero después de un vuelo ondulante, la mosca se posó bruscamente sobre los dedos del abuelo, cerca del crucifijo de marfil. Y
mientras esto ocurría, Hans Castorp creyó respirar, con mayor distinción que hasta aquel momento, la emanación débil y extrañamente persistente que conocía de otras veces que, con gran confusión, le recordaba a un camarada de clase afligido de un mal extraño y por esa causa evitado por todos, y que el olor de las tuberosas tenía por objeto encubrir, sin conseguirlo, a pesar de su penetración y austeridad.
Se halló varias veces en presencia del cadáver: una vez solo con el viejo Fiete; otra con su tío Tienappel, el negociante en vinos, y sus dos tíos James y Peter; luego una tercera vez, cuando un grupo endomingado de obreros del puerto permaneció por unos instantes ante el cadáver para despedirse del antiguo jefe de la casa Castorp e Hijos. Después llegó el entierro, la sala se llenó de gente, y el pastor Bugenhagen, de la iglesia de San Miguel, el mismo que había bautizado a Hans Castorp, pronunció la oración fúnebre. En el coche —el primero de una larguísima fila que seguía la carroza—, el pastor habló muy amistosamente con el pequeño Hans Castorp. Después, esa pequeña parte de su vida terminó y Hans Castorp cambió de casa y familiares por segunda vez en su joven existencia.
3 Urgrossvaters: bisabuelo; Ururgrossvaters: tatarabuelo, etc. (N. del T.)
EN CASA DE LOS TIENAPPEL Y SOBRE EL ESTADO MORAL DE HANS CASTORP
No fue para su desgracia, pues a partir de aquel día vivió en la casa del cónsul Tienappel, su tutor, y no le faltó nada, ni en lo referente a su persona, ni en lo concerniente a la defensa de sus intereses, de los que él aún no sabía nada. El cónsul Tienappel, tío de la difunta madre de Hans, administró el patrimonio de los Castorp, puso en venta los inmuebles, se encargó de liquidar la empresa «Castorp e Hijos, Importación y Exportación» y consiguió sacar unos cuatrocientos mil marcos, que eran la herencia de Hans Castorp, y que el cónsul Tienappel colocó en valores seguros, cobrando cada trimestre, a pesar de sus sentimientos afectuosos, un dos por ciento de comisión legal.
La casa de los Tienappel, situada al fondo de un jardín en el camino de Harvestehud, tenía delante una extensión de césped, en la que no era tolerada mala hierba alguna, unas rosaledas públicas y el río. A pesar de poseer un bello tronco de caballos, el cónsul Tienappel se dirigía a píe todas las mañanas a su despacho para hacer un poco de ejercicio, pues a veces sufría de una ligera congestión en la cabeza. A las cinco de la tarde regresaba de la misma manera, después de lo cual se comía en casa de los Tienappel con todo el refinamiento conveniente. Era un hombre relevante que vestía con los mejores tejidos ingleses; tenía los ojos saltones, de un azul acuoso, ocultos tras los lentes de montura de oro; la nariz espléndida; la barba gris de marinero, y un diamante resplandeciente en el delgado dedo meñique de su mano izquierda. Su mujer había fallecido hacía mucho tiempo. Tenía dos hijos, Peter y James. Uno de ellos era marinero y pocas veces visitaba la casa de su padre; el otro trabajaba en el comercio del padre y estaba, pues, destinado a heredarlo. La casa era dirigida, desde hacía muchos años, por Schalleen, la hija de un obrero de Altona, que llevaba en torno de sus muñecas redondas manguitos blancos almidonados.
Cuidaba de que tanto el almuerzo como la comida comprendiesen un abundante servicio de entremeses, cangrejos y salmón, anguila, pechuga de oca y tomato catsup para el roastbeef; vigilaba con atención a los criados ocasionales que el cónsul Tienappel contrataba cuando tenía invitados, y ella fue quien, como pudo, hizo de madre del pequeño Hans.
Hans Castorp creció en un mísero clima, entre el viento y la niebla; creció dentro de un impermeable amarillo, si así puede decirse, y lo cierto es que se sentía bien. No obstante, siempre fue un poco anémico, como pudo comprobar el doctor Heidekind, quien prescribió que antes de almorzar, al regresar de clase, se le diese cada día un buen vaso de porter, que el doctor consideraba de un gran valor reconstituyente para la sangre y que, en efecto, dulcificó de un modo sensible el espíritu de Hans Castorp, ayudándole a superar su tendencia a «desvariar», como decía su tío Tienappel, es decir, a quedarse con la boca abierta contemplando las musarañas sin ningún pensamiento sólido. Pero por lo demás era robusto y normal, buen jugador de tenis y un remero aceptable, a pesar de que en vez de remar prefería, en las noches de verano, instalarse ante un vaso en la terraza del club naútico de Uhlenhorst, escuchar la música y contemplar las barcas iluminadas, entre las que nadaban los cisnes sobre el espejo irisado del agua. Y cuando hablaba, plácida y razonablemente, con una voz monótona y un tanto hueca y con un dejo de acento norteño (por otra parte, bastaba una rápida mirada para hacerse cargo de su rubia corrección, de su perfil finamente recortado, con un aspecto peculiar de épocas pasadas y en el que un ceño hereditario e incons-ciente se rebelaba bajo la forma de una especie de indolente sequedad), nadie podía poner en duda que Hans Castorp era un producto auténtico y no adulterado del país, y que sabía ponerse brillantemente en su lugar. (El mismo, de haber sido interrogado sobre eso, no hubiera dudado un momento.)
La atmósfera del gran puerto de mar, esa atmósfera húmeda de mercantilismo mundial y bienestar que había sido el aire vital de sus padres, era respirada por él con una satisfacción profunda, casi placentera.
Entre las emanaciones del agua, del carbón y el té, con el olfato penetrado por los olores intensos de los ultramarinos amontonados, veía cómo en los muelles del puerto las enormes grúas de vapor imitaban la tranquilidad, inteligencia y fuerza gigantesca de elefantes domesticados, transportando toneladas de sacos, balas, cajas, toneles y fardos desde los vientres de los buques anclados a los vapores de ferrocarril, y a los depósitos de los muelles. Veía a los negociantes con impermeable amarillo, como el que él llevaba, acudiendo a mediodía a la bolsa, donde se jugaba fuerte, según se había enterado, y donde con frecuencia alguno repartía invitaciones a toda prisa para un gran banquete, a fin de salvar su crédito. Veía (en la que más tarde sería para él la zona más interesante) el bullicio en los astilleros, los cuerpos mastodónticos de los transatlánticos en el dique seco, altos como torres, con la quilla y la hélice al descubierto, sostenidos por vigas recias como árboles, paralizados en su pesada monstruosidad, invadidos por ejércitos de enanos ocupados en rascar, martillear y pintar; veía, bajo las calas cubiertas envueltas en una niebla humeante, alzarse los esqueletos de los buques en construcción; veía a los ingenieros, con sus planos y libros de notas en la mano, dar órdenes a los obreros. Todos aquellos rostros eran familiares a Hans Castorp desde la infancia, y no despertaban en él más que impresiones de bienestar, que se acentuaban los domingos en que comía en el pabellón de Alster con James Tienappel o su primo Ziemssen — Joachim Ziemssen—
carne ahumada con tocino, acompañada de un vaso de viejo Porto, y permanecía retrepado en su silla, lanzando con fuerza bocanadas de humo de su cigarro. En esto era completamente normal, le gustaba vivir bien; a pesar de su apariencia anémica y refinada, se entregaba, como un recién nacido a la alegría de los pechos maternos, a los rudos placeres de la vida.
Llevaba, cómodamente y no sin dignidad, sobre sus hombros la alta civilización que la clase dominante de
esa democracia municipal de comerciantes transmite a sus hijos. Iba acicalado como un bebé y se hacía vestir por el sastre que gozaba de la confianza de los jóvenes de su esfera. La ropa blanca, cuidadosamente marcada, que contenían los cajones ingleses de su armario, era fielmente administrada por Schallen. Cuando Hans Castorp tuvo que estudiar fuera de casa, continuó enviando su ropa blanca para hacerla lavar y repasar (pues su principio era que, salvo en Hamburgo, no sabían lavar ropa blanca en Alemania). Una arruga en el puño de una de sus camisas de color le hubiera producido una verdadera indisposición. Sus manos, aunque quizá desprovistas de una forma muy aristrocrática tenían la piel fresca y cuidada, ornadas con un anillo de platino y la sortija de su abuelo, y sus dientes, que eran poco resistentes y que le habían hecho sufrir más de una vez, se hallaban enriquecidos con oro.
De pie y al andar inclinaba un poco el cuerpo, lo que no producía en él una impresión muy enérgica, pero su manera de comportarse en la mesa era notable: con el cuerpo erguido se volvía cortésmente hacia su vecino con el que charlaba (razonablemente y con un dejo norteño), sus codos tocaban ligeramente las caderas mientras trinchaba un ala de pollo o extraía hábilmente la carne rosada del caparazón de una langosta con el instrumento de mesa adecuado. Su primera necesidad al terminar la comida era el aguamanil aromatizado; la segunda, el cigarrillo ruso, no controlado por el monopolio y que se procuraba de contrabando. A este cigarrillo seguía un cigarro de una sabrosa marca de Brema llamado María Mancini, del que ya se hablará más adelante y cuyo veneno perfumado se aliaba de una manera muy satisfactoria al del café. Hans Castorp ponía sus provisiones de tabaco a salvo de las influencias nefastas de la calefacción central, conservándolas en la bodega, adonde descendía todas las mañanas para aprovisionar su petaca con la dosis diaria. De mala gana hubiese comido mantequilla presentada en un solo bloque y no moldeada en forma de conchas.
Como se ve, procuramos consignar todo aquello que puede prevenir en su contra, pero le juzgamos sin exageración y no le hacemos ni mejor ni peor de lo que era. Hans Castorp no era un genio ni un imbécil, y si evitamos para definirle la palabra «vulgar», es por una serie de razones que no guardan relación ni con su inteligencia ni con su modesta persona: es por respeto hacia su destino, al cual nos sentimos inclinados a conceder una importancia algo más que personal. Su cerebro respondía a las exigencias del bachillerato, sección de ciencias, sin que tuviese necesidad de realizar un esfuerzo desmesurado que no hubiera estado dispuesto a realizar en ninguna circunstancia ni por ningún objeto, no sólo para no perjudicarse, sino también porque no veía razón alguna para resolverse a ello, o más exactamente, ninguna razón indispensable; y es precisamente por eso que no le llamamos vulgar, pues no tenía en cuenta ninguna de esas razones.
El hombre no vive únicamente su vida personal como individuo, sino que también, consciente o inconscientemente, participa de la de su época y de la de sus contemporáneos. Aunque inclinado a considerar las bases generales e impersonales de su existencia como bases inmediatas, como naturales, y a permanecer alejado de la idea de ejercer contra ellas una crítica, el buen Hans Castorp es posible que sintiese vagamente su bienestar moral un poco afectado por sus defectos. El individuo puede idear toda clase de objetivos personales, de fines, de esperanzas, de perspectivas, de los cuales saca un impulso para los grandes esfuerzos de su actividad; pero cuando lo impersonal que le rodea, cuando la época misma, a pesar de su agitación, está falta de objetivos y de esperanzas, cuando a la pregunta planteada, consciente o inconscientemente, pero al fin planteada de alguna manera, sobre el sentido supremo más allá de lo personal y de lo incondicionado, de todo esfuerzo y de toda actividad, se responde con el silencio del vacío, este estado de cosas paralizará justamente los esfuerzos de un carácter recto, y esta influencia, más allá del alma y de la moral, se extenderá hasta la parte física y orgánica del individuo.
Para estar dispuesto a realizar un esfuerzo considerable que rebase la medida de lo que comúnmente se practica, sin que la época pueda dar una contestación satisfactoria a la pregunta «¿para qué?», es preciso un aislamiento y una pureza moral que son raros y una naturaleza heroica o de vitalidad particularmente robusta. Hans Castorp no poseía ni lo uno ni lo otro, no era, por lo tanto, más que un hombre; un hombre, en uno de sus sentidos más honrosos.
Todo esto se refiere no solamente al aspecto interior del joven durante sus años de escuela, sino también durante los años que siguieron, cuando hubo de elegir la profesión burguesa que ejercía. En lo que se refiere a su carrera escolar consignaremos que tuvo que repetir más de un curso. Pero, finalmente, su origen, la urbanidad de sus costumbres y un talento notable, ya que no una pasión, por las matemáticas, le ayudaron a franquear esas etapas, y cuando dio por terminado su servicio voluntario, decidió continuar sus estudios principalmente porque era prolongar un estado de cosas habitual, provisional e indeterminado, que le proporcionaba tiempo para reflexionar sobre lo que desearía llegar a ser, pues se hallaba muy lejos de saberlo. En un principio no lo sabía, y cuando, finalmente, tomó una decisión (aunque sea un poco exagerado decir que él mismo se decidió) comprendió que lo mismo hubiera podido elegir un camino diferente.
Realmente, una sola cosa era verdad: sentía una gran afición por los barcos. Cuando era niño había llenado las páginas de sus cuadernos con dibujos de barcas de pesca, gabarras cargadas de legumbres y veleros de cinco palos, y cuando, a los quince años cumplidos, gozó del privilegio de asistir en un lugar reservado, a la botadura de un nuevo paquebote postal de dos hélices, el Hansa, en los astilleros Blohm & Voss, hizo una pintura, bastante garbosa y exacta hasta en los detalles, de la esbelta nave; pintura que el cónsul Tienappel colgó en su despacho particular y en la cual el verde vidrioso y transparente del mar
tempestuoso había sido tratado con tanto amor y habilidad que alguien dijo al cónsul Tienappel que aquello revelaba talento y que Hans Castorp podría llegar a ser buen pintor de marinas, apreciación que el cónsul pudo repetir tranquilamente a su pupilo, pero que Hans Castorp escuchó riendo de buena gana, sin pensar un momento en locuras de bohemio y en ideas poco prácticas.
—Tú no eres lo que se llama rico —le decía algunas veces el tío Tienappel—. La parte principal de mi fortuna irá a parar a James y a Peter, es decir, que todo quedará en casa. Lo que te pertenece está bien colocado y produce una renta segura. Pero vivir de renta, es hoy completamente inútil, a menos que no se tenga cien veces más de lo que tú posees, y si quieres llegar a ser algo y vivir como estás acostumbrado, es preciso que te convenzas de que debes ganar dinero.
Hans Castorp escuchó estas palabras y se preocupó de tener una profesión que le permitiese quedar en buena postura ante él y ante los ojos de los demás. Y cuando hubo elegido fue a instancias del viejo Wilms, de la casa Tunder & Wilms, que, un sábado por la noche, en la mesa de wisth, dijo al cónsul Tienappel: «Hans Castorp debería estudiar la construcción naval, sería una excelente idea y podría entrar en mi casa; yo no dejaría de preocuparme de él» —entonces dio gran importancia a su profesión, considerando que aquello sería, sin duda, un trabajo muy rudo y complicado, pero también una tarea notable, importante y de gran envergadura, y en todo caso infinitamente preferible, para su pacífica persona, a la de su primo Joachim Ziemssen, el hijo de la hermana de su fallecida madre, que quería a toda costa ser oficial. Joachim Ziemssen no tenía, sin embargo, el pecho muy sano, y era precisamente por eso por lo que el ejercicio de una profesión al aire libre, que no exigía ninguna tensión ni ningún esfuerzo intelectual, le era conveniente, como Hans Castorp pensaba, no sin un pequeño gesto de desdén.
Sentía un gran respeto hacia el trabajo, aunque personalmente le fatigaba un poco.
Insistimos aquí sobre reflexiones que ya hemos iniciado antes y que nacen de suponer que una alteración de la vida personal por la época es capaz de ejercer una influencia verdadera sobre el organismo físico del hombre. ¿Cómo era posible que Hans Castorp dejase de respetar el trabajo? Esto hubiera ido contra la Naturaleza. Las circunstancias debían hacérselo aparecer como una cosa eminentemente respetable.
En el fondo no había nada respetable fuera del trabajo; era el principio ante el cual uno se afirmaba o se mostraba insuficiente, era el absoluto de la época. Su respeto hacia el trabajo era de naturaleza religiosa y, por lo que él podía darse cuenta, indiscutible. Pero se planteaba también la cuestión de saber si lo amaba; eso no podía conseguirlo, por profundo que fuera su respeto, por la sencilla razón de que el trabajo le era difícil. Un trabajo sostenido irritaba sus nervios, lo agotaba rápidamente, y reconocía con franqueza que, en resumen, amaba más el tiempo de libertad, el tiempo sobre el que no pesaba el plúmbeo peso de una labor penosa, el tiempo que se extendía ante él libre y no jalonado con obstáculos que había que vencer rechinando los dientes. Esta contradicción en su actitud respecto al trabajo debía ser necesariamente resuelta. ¿Había que suponer que su cuerpo y su espíritu —primero el espíritu y luego el cuerpo— hubiesen estado más alegremente dispuestos y hubiesen sido más resistentes al trabajo si, en el fondo de su alma, donde él no veía muy claro, hubiese podido creer en el trabajo como en un valor absoluto, como en un principio que respondía por sí mismo, y tranquilizarse con este pensamiento? No planteamos aquí la cuestión de saber si era mediocre o algo más que mediocre, cuestión a la cual no queremos contestar brevemente. Pues no nos consideramos, en modo alguno, como apologistas de Hans Castorp y emitimos la suposición de que el trabajo le molestaba sencillamente para su tranquilo disfrute de los María Mancini.
No fue considerado apto para el servicio militar. Su ser íntimo sentía hacia él repugnancia. Es posible también: que el coronel doctor Eberding, que frecuentaba la villa del camino de Harvestehud, hubiese oído decir al cónsul Tienappel que el joven Castorp consideraba la obligación de llevar las armas como un obstáculo que entorpecía el desarrollo de sus estudios universitarios comenzados fuera de la ciudad.
Su cerebro, que trabajaba lenta y tranquilamente (Hans Castorp había conservado, incluso fuera de Hamburgo, la costumbre sedante de almorzar con el sazonamiento del porter), se llenaba de geometría analítica, de cálculo diferencial, de mecánica, de proyección y de grafoestática; calculaba el desplazamiento cargado y no cargado, la estabilidad, la carga de pañoles y el metacentro, a pesar de que esto con frecuencia le costaba mucho. Sus dibujos técnicos, sus planos de ensamblaje, sus trazados de líneas de flotación y sus secciones longitudinales no eran, en modo alguno, tan buenos como su representación pictórica del Hansa en alta mar, pero cuando se trataba de exponer una opinión abstracta por medio de una representación más accesible a los sentidos, de lavar sombras a tinta china y de señalar los cortes transversales con colores indicando los materiales, Hans Castorp sobrepasaba en habilidad a la mayoría de sus camaradas.
Cuando regresaba de vacaciones, muy limpio, muy bien vestido, con un bigotito rubio rojizo en su rostro soñoliento de joven patricio, y aparentemente en camino de alcanzar una posición considerable, las gentes que se ocupaban de los asuntos municipales —y son la mayoría en un Estado municipal que se rige a sí mismo— , sus conciudadanos, le examinaban curiosamente y se preguntaban qué papel oficial llegaría a desempeñar un día el joven Castorp. Había tradiciones, su nombre era antiguo y bueno, y un día u otro era casi seguro que tendrían que contar con su persona como un factor político. Entonces sería elector o elegido y participaría en las preocupaciones de la soberanía y en el ejercicio de un cargo honorífico; pertenecería a una comisión de hacienda, de administración o, tal vez, de arquitectura, y su voz sería
escuchada y tenida en cuenta como las demás. Hasta se podía sentir curiosidad de saber a qué partido se afiliaría un día el joven Castorp. Las apariencias podían ser engañosas, pero en realidad tenía un aire completamente diferente de aquel que suele tenerse para que los demócratas cuenten con uno, y el parecido con su abuelo era evidente. Tal vez se parecía en todo a éste y se convertiría en un freno, en un elemento conservador. Era muy posible, pero también lo era lo contrario. Al fin y al cabo, se trataba de un ingeniero, de un futuro constructor de buques, de un hombre del comercio mundial y de la técnica. Era, pues, posible que Hans Castorp se uniera a los radicales, que se presentara como un hombre de acción, como destructor profano de viejos edificios y de bellos paisajes, libre de lazos como un judío, sin piedad como un norteamericano, prefiriendo romper sin contemplaciones con la tradición dignamente transmitida y precipitar al Estado por la pendiente de peligrosas experiencias, que aceptar un desarrollo circunspecto de las condiciones de vida básicas y naturales. Todo era posible. ¿Se atrevería a opinar que Sus Reverencias, cuerdas y sabias, ante las cuales el doble puesto de guardias del Ayuntamiento presentaba armas, sabían mucho más que el vulgo? ¿O estaría dispuesto a apoyar a los ciudadanos de la oposición? En sus ojos azules, en sus cejas de un rubio rojizo, no podía leerse ninguna contestación a todas estas preguntas planteadas por los curiosos conciudadanos, y él mismo, sin duda, no hubiese podido contestar a todo eso que constituía para él una página todavía virgen.
Cuando realizó el viaje durante el cual le hemos encontrado, había cumplido veintitrés años. Tenía, tras él, cuatro semestres de estudios en la Escuela Politécnica de Dantzig, y había pasado otros cuatro en las Universidades técnicas de Brunswick y de Carlsruhe. Recientemente había sufrido su primer examen, sin esplendor y sin aplausos, pero de un modo satisfactorio, y se disponía a entrar en casa de Tunder & Wilms como ingeniero voluntario para conseguir una formación práctica. Pero, al llegar a este punto, su camino adquirió la siguiente dirección:
Ante la proximidad de su examen había tenido que trabajar rudamente y con perseverancia, de tal modo que, al volver a casa, parecía mucho más fatigado que de costumbre. El doctor Heidekind le reñía cada vez que le encontraba, y le exigía un cambio de aires prolongado y completo. Para este caso no era suficiente Norderney y Wyk, en el Foehr, y si se le quería escuchar estimaba que Hans Castorp, antes de entrar en los astilleros de construcción, haría bien en pasar algunas semanas en la alta montaña.
—Me parece muy bien —declaró el cónsul Tienappel a su sobrino, pero si se hacía así, sus caminos se separarían durante el verano, pues un tronco de cuatro caballos no sería suficiente para arrastrar al cónsul a la alta montaña. Ese clima, por otra parte, no le convenía; tenía necesidad de una presión atmosférica razonable, de lo contrario, corría el peligro de sufrir algún accidente. Hans Castorp decidió, pues, marchar solo a la alta montaña. ¿Por qué no iba a visitar a Joachim Ziemssen?
Era un propósito muy natural. En efecto, Joachim Ziemssen estaba enfermo, pero no enfermo como Hans Castorp, sino de un modo verdaderamente desagradable; incluso había tenido un serio contratiempo.
Toda su vida había sufrido catarros y fiebres, y un día tuvo un vómito de sangre, y a toda prisa hubo de marchar a Davos, lleno de contrariedad y de desolación, pues acababa de llegar al término de sus deseos.
Durante algunos semestres, a instancias de los suyos, había estudiado derecho, pero cediendo a una necesidad irresistible, cambió de intención y se presentó como aspirante a oficial, siendo admitido. Y he aquí que, desde hacía cinco meses, se encontraba en el Sanatorio Internacional Berghof (médico jefe: consejero áulico doctor Behrens), aburriéndose mortalmente, según consignaba en las tarjetas postales.
Si Hans Castorp, antes de entrar en casa de Tunder & Wilms, quería hacer algo por su salud, nada más indicado que ir a visitar a su querido primo, lo que resultaría agradable tanto para el uno como para el otro.
Ya en pleno verano se decidió a marchar. Era en los últimos días de julio.
Y salió para pasar allí tres semanas.
CAPÍTULO III