La montana magica
—Sí, ya lo tengo —confirmó Hans Castorp…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.
—Sí, ya lo tengo —confirmó Hans Castorp dándose importancia—. Aquí está.
Ymetió su mano en el bolsillo de la chaqueta.
—¿Y lo lleva en la cartera? Como una especie de documento de identidad, como un pasaporte o un carné de socio. Muy bien, déjemelo ver.
YSettembrini elevó la drada en una banda el dedo índice y el luz. Era un gesto muy corriente y que se podía observar frecuentemente aquí. Su rostro de ojos negros y almen drados hizo una ligera mueca cuando examinó la fúnebre fotografía, sin dejar ver claramente si se trataba de un es fuerzo para ver mejor o de otra cosa.
—Bien —dijo luego—. Aquí tiene su pasaporte, muchas gracias.
Yentregó la placa a su propietario; se la devolvió de lado, por encima de su propia brazo, volviendo la cabeza.
—¿Ha visto las líneas calcificadas? —preguntó Hans Castorp—, ¿y los nudos?
—Ya sabe —contestó Settembrini— lo que pienso acerca de la importancia de estos productos. También sabe que esas manchas y esas sombras son, en su mayoría, de origen fisiológico. He examinado cientos de clisés que tenían, poco más o menos, el mismo aspecto que el suyo y dejaban al juicio en libertad para decidir si eran o no un «carné de identidad». Hablo como aficionado, pero a pesar de todo, como aficionado que tiene años de experiencia.
—¿Y su documento cómo es?
—Bueno, no tan favorable. Por otra parte, sé que nuestros jefes y superiores no fundan ningún diagnóstico sobre ese juguete por sí solo... ¿Tiene intención de invernar con nosotros?
—¡Dios mío... sí! Comienzo a acostumbrarme a la idea de que no saldré de aquí más que con mi primo.
—Es decir, que comienza a acostumbrarse a no... Usted formula eso muy espiritualmente. Espero que habrá recibido ya su equipaje... vestidos de abrigo, zapatos sólidos.
—Todo está arreglado, señor Settembrini. He avisado a mis parientes y nuestra ama de llaves me lo ha enviado todo en paquetes urgentes. Puedo, pues, resistir.
—Esto me tranquiliza. ¡Pero alto! Necesitará un saco de piel, ¿en qué pensamos? Este verano tardío es engañoso, de un momento a otro podemos hallarnos en pleno invierno. No olvide que pasará aquí los meses más fríos...
—Sí, el saco de dormir —dijo Hans Castorp— es sin duda una prenda necesaria. Ya he pensado en eso y me he dicho que mi primo y yo bajaremos uno de estos días a Davos Platz para comprar uno. No es urgente, pero para pasar tres o cuatro meses vale la pena.
—Vale la pena, vale la pena, ingeniero —repitió tranquilamente Settembrini aproximándose al joven—.
¡Pero es espantoso verle jugar con las palabras! Espantosa porque es anormal y extraño a su naturaleza, porque eso no es debido más que a la docilidad de sus años. ¡Ah, esa excesiva facultad de adaptación de la juventud! La juventud es la desesperación de los educadores porque está, ante todo, dispuesta a someterse a las peores pruebas. No hable, joven, como oye hablar aquí, sino de acuerdo con su manera de ser europea. Aquí se respira demasiada Asia en el aire, no en vano esto está saturado de tipos de la Mongolia moscovita. Estas gentes —y Settembrini hizo con la barbilla un movimiento hacia atrás, por encima del hombro— no deben influirle, no se deje infectar por sus conceptos; oponga su naturaleza, su naturaleza superior, y mantenga sagrado lo que por su formación y origen debe ser sagrado para usted, hijo de Occidente, del divino Occidente, hijo de la civilización; por ejemplo, del tiempo. Esa prodigalidad generosa en el empleo del tiempo es de estilo asiático y sin duda es la razón por la que los hijos de Oriente se encuentran bien aquí. ¿No ha notado nunca que cuando un ruso dice «cuatro horas» es cuando uno de nosotros dice «una hora»? Se ve claramente que la despreocupación de esa gente respecto al tiempo está en relación con la salvaje inmensidad de su país. Donde hay mucho espacio hay mucho tiempo. ¿No se dice acaso que ellos son el pueblo «que tiene tiempo» y que puede esperar? Nosotros los europeos no podemos presumir de lo mismo. Nosotros tenemos tan poco tiempo que nuestro doble continente, pequeña placa de cristal, encua de papel negro, para mantenerla entre pulgar de su mano izquierda contra la recortado con tanta finura, nos obliga a administrar el tiempo y el espacio con precisión; debemos pensar en lo útil, en la utilidad, ingeniero. Tome nuestras grandes ciudades, como símbolo, esos centros y hogares de la civilización, esos cráteres del pensamiento. En la medida en que el terreno sube de precio, en que el malgastar el espacio se convierte en una imposibilidad, el tiempo,
¡fíjese!, se convierte cada vez más en una cosa preciosa. ¡Carpe diem! Es un ciudadano que ha cantado así. El tiempo es un don de los dioses, prestado al hombre para que de él saque un partido útil, ingeniero, al servicio del progreso de la humanidad.
Esas últimas palabras —a pesar del obstáculo que la lengua alemana podía constituir para su lengua mediterránea— las pronunció Settembrini de un modo agradablemente sonoro, claro, y puede decirse, plástico. Hans Castorp no contestó más que con una reverencia breve, orgullosa e impregnada del gesto de un alumno que acaba de recibir una censura envuelta en una lección. ¿Qué hubiera podido contestar?
Aquella conversación tan personal que Settembrini había entablado con él, vuelto de espaldas a todos los pensionistas y casi murmurando, había tenido un carácter demasiado objetivo, demasiado poco mundano; casi no parecía una conversación dicha para que el tacto permitiese formular una aprobación. No se contesta a un profesor: «¡Qué bien ha hablado usted!» Hans Castorp, en otro tiempo, lo habría dicho varias veces, como para mantenerse en un plano de igualdad mundana con Settembrini, pero el humanista no había hablado jamás con una insistencia tan didáctica; no le quedaba más recurso que guardarse la reprimenda, aturdido como un escolar ante tanta moral.
Se veía, por otra parte, en la expresión de Settembrini, que incluso en el silencio continuaba la actividad de su espíritu. Se mantenía muy cerca de Hans Castorp, de modo que éste tuvo incluso que empujarle ligeramente atrás, y sus ojos negros estaban clavados, con la fijeza ciega de un hombre absorbido por el pensamiento, en el rostro del joven.
—Usted sufre, ingeniero —continuó—, sufre como un extraviado. ¿Quién puede dejar de advertirlo al ver su expresión? Pero su actividad ante el sufrimiento debería ser una conducta europea, no la conducta de Oriente, de este Oriente afeminado y mórbido que relaja aquí a tantos enfermos. La piedad y la paciencia infinitas son sus maneras de afrontar el mal. ¡Ésa no puede ser la de usted! Hablábamos hace un momento de mi correspondencia... Vea usted..., o mejor aún, venga. Aquí es imposible. Nos retiraremos, iremos a otra parte. Quiero hacer algunas confidencias... ¡Venga!
Y dando media vuelta arrastró a Hans Castorp fuera del vestíbulo, hasta el primer salón, el más cercano a la puerta, que estaba amueblado como sala de lectura y trabajo, y en el que en aquel momento no había ningún huésped. Bajo la clara bóveda, había muebles de cedro, librerías, una mesa rodeada de sillas y cubierta de periódicos, y mesitas de escribir en los huecos de las ventanas. Settembrini se acercó a una de ellas. Hans Castorp le siguió. La puerta quedó abierta.
—Esos papeles —dijo el italiano, sacando con mano presurosa del bolsillo de su levita, hinchado como una bolsa, un voluminoso fajo de papeles, diversos impresos y una carta, que hizo resbalar entre sus dedos bajo los ojos de Hans Castorp de manera que éste pudo leer impreso en lengua francesa: «Ligue Internationale pour l'organisation du Progrès»— me los envían desde Lugano, donde radica una sección de la Liga. ¿Quiere enterarse de sus principios y objetivos? Se los indicaré en dos palabras. La Ligue pour l'organisation du Progrès deduce de la doctrina evolucionista de Darwin el principio filosófico de que la vocación natural más profunda de la humanidad es la de perfeccionarse a sí misma. Deduce que es deber de todo el que quiera responder a esa vocación natural colaborar activamente al progreso de la humanidad. Son muchos los que han acudido a este llamamiento y el número de miembros de la Liga en Francia, Italia, España, Turquía e incluso Alemania, es considerable. Yo también tengo el honor de figurar como tal en sus registros. Ha sido elaborado un extenso programa que comprende todas las posibilidades presentes de perfeccionamiento del organismo humano. Se estudia el problema de la salud de nuestra raza y se examinan todos los métodos para combatir la degeneración, que es sin duda la consecuencia inquietante de la creciente industrialización. Además, la Liga se preocupa de la fundación de universidades populares, de la supresión de la lucha de clases por medio de reformas sociales que pueden contribuir a este fin, y por último, de la supresión de los conflictos entre los pueblos, de la guerra, por medio del desarrollo del derecho internacional. Como ve, los esfuerzos de la Liga son generosos y ampliamente concebidos. Algunas revistas internacionales testimonian su actividad, revistas mensuales que en tres o cuatro lenguas dan cuenta, de una manera muy interesante, del desarrollo y los progresos de la humanidad cultivada. Numerosos grupos locales han sido fundados en diversos países y deben realizar una acción civilizadora y educadora en el sentido del ideal progresista, por medio de reuniones de controversia y solemnidades dominicales. Pero la Liga se dedica principalmente a ayudar, por medio de su documentación, a los partidos políticos progresistas de todos los países. ¿Me sigue usted, ingeniero?
—¡Perfectamente! —respondió Hans Castorp, con una vivacidad precipitada. Al decir esto, dio la impresión de un hombre que acaba de dar un resbalón, tambalea, pero consigue mantenerse en pie.
Settembrini pareció satisfecho.
—Supongo que le abro perspectivas nuevas y sorprendentes.
—Sí, he de confesar que es la primera vez que oigo hablar de esos esfuerzos.
—¡Ah! ¡Que lástima que no lo haya oído antes! Tal vez no sea aún demasiado tarde. ¿Quiere usted saber de qué tratan esos impresos? ¡Escúcheme! Esta primavera ha tenido lugar en Barcelona una asamblea general y solemne de la Liga. Como sabe, esa ciudad puede enorgullecerse de mantener relaciones particulares con el ideal político del progreso. El congreso celebró reuniones durante una semana, con banquetes y celebraciones de todas clases. Dios mío, mi intención era ir, pues sentía el más ardiente deseo de tomar parte en las deliberaciones. Pero ese canalla de doctor me lo ha prohibido amenazándome de muerte y ¿qué esperaba?, he tenido miedo a la muerte y no he ido. Estaba desesperado, como puede comprender, ante esa broma cruel que me gastaba mi precaria salud. Nada es tan doloroso como cuando la parte animal y orgánica de nosotros mismos, nos impide servir a la razón. Por lo tanto, esta carta de la oficina de Lugano me ha producido la más viva satisfacción. ¿Siente curiosidad por conocer su contenido?
Lo supongo. Algunos rápidos informes... La Ligue pour l'organisation du Progrès, consciente de que su tarea consiste en preparar la felicidad de la humanidad, o en otros términos, combatir y eliminar finalmente el sufrimiento humano por medio de un esfuerzo social apropiado; considerando, por otra parte, que esta tarea tan elevada no puede ser realizada más que por medio de la ciencia sociológica, cuya finalidad es el Estado perfecto, la Liga, pues, ha decidido en Barcelona la publicación de una obra en numerosos volúmenes que llevará el título de Sociología del sufrimiento, y en la que los males de la humanidad, todas sus categorías y variedades, deberán ser objeto de un estudio sistemático y completo.
Usted objetará: ¿para qué sirven las categorías, las variedades y los sistemas? Yo le contesto: ordenación y selección constituyen el principio del dominio, y el enemigo más peligroso es el que no conocemos. Hay que sacar a la especie humana de los estados primitivos de miedo y apatía resignada, hay que llevarla a una fase más activa de la conciencia. Es preciso alumbrar su religión, hacerle ver que los efectos desaparecen y que, por tanto, para suprimirlos es preciso comenzar por conocer las causas, y que casi todos los males del individuo son producto de las enfermedades del organismo social. ¡Bueno! Tal es, pues, la finalidad de la Patología Social. En unos veinte volúmenes, en forma de diccionario, se estudiarán y enumerarán todos los casos de sufrimiento humano que se pueden imaginar, desde los personales y más íntimos hasta los más grandes conflictos de grupos, hasta los males que se derivan de las luchas de clase y los choques internacionales: en una palabra, se denunciarán los elementos químicos cuyas mezclas y combinaciones múltiples determinan los sufrimientos humanos y, tomando como línea de conducta la dignidad y felicidad de los hombres, se propondrán los medios y las medidas que parezcan indicados para
eliminar la causa de estos males. Destacados especialistas mundiales de la ciencia europea, médicos, economistas y psicólogos se repartirán la redacción de esa enciclopedia de los males, y la oficina central de redacción en Lugano será la confluencia de los diversos artículos. Deje que termine. Las bellas letras no deben ser descuidadas en esa gran obra, precisamente porque la literatura tiene como tema el sufrimiento humano. Así pues, se ha previsto un volumen aparte que, para consuelo y enseñanza de los que sufren, debe agrupar y analizar brevemente todas las obras maestras de la literatura universal que se refieran a tales conflictos. Y ésa es la tarea que, en la carta que tiene a la vista, se confía a ese humilde servidor de usted.
—¡Oh, señor Settembrini! Permita que le felicite de todo corazón. Es una tarea magnífica y, según creo, especialmente apropiada para usted. No me sorprende que la Liga haya pensado en usted. ¡Qué satisfecho debe de sentirse al poder contribuir en la lucha contra el sufrimiento humano!
—Es un largo trabajo —dijo Settembrini preocupado— que exige gran atención y muchas lecturas —y su mirada parecía perderse en la multiplicidad de sus tareas—, tanto más que la literatura no tiene regularmente como objeto el sufrimiento humano, e incluso algunas obras maestras de segundo o tercer orden no se ocupan de eso para nada. ¡No importa! o, más bien, ¡mejor! Por vasta que pueda ser esa tarea es sin duda de las que se pueden realizar en este maldito lugar, a pesar de que espero que no me veré obligado a terminarla aquí. No se puede decir lo mismo —manifestó acercándose a Hans Castorp y bajando la voz hasta convertirla en un murmullo—, no se puede decir lo mismo de los deberes que la naturaleza le impone a usted, ingeniero. Es aquí donde me proponía llegar y desearía recordarle algo.
Usted sabe cuánto admiro su profesión; pero como es una profesión práctica, no una profesión intelectual, usted no puede ejercerla aquí, al contrario de lo que me ocurre a mí. Usted puede ser europeo allá abajo, combatir activamente el dolor a su manera, favorecer el progreso, utilizar el tiempo. Le he hablado de la tarea que le incumbe para hacerle reflexionar, para devolverle a sí mismo, para aclarar sus conceptos que aparentemente comienzan a embrollarse a causa de influencias atmosféricas. Insisto en repetirlo. ¡Manténgase firme! No se extravíe en un medio que le es extraño. Evite ese bajo, ese islote de Circe; usted no es bastante Ulises para permanecer en él impunemente. Usted acabará andando sobre las cuatro patas, de hecho, se inclina ya sobre sus extremidades anteriores, así que pronto comenzará a gruñir, ¡vaya con cuidado!
El humanista, mientras exhortaba a Hans Castorp, había movido la cabeza con insistencia. Luego permaneció en silencio, con los ojos bajos y las cejas arqueadas. Era imposible contestar en broma o evasivamente, como Hans Castorp tenía por costumbre hacer y como, por un instante, pensó en repetir.
É1 también había bajado la mirada. Luego se encogió de hombros y dijo en voz baja:
—¿Qué debo hacer?
—Lo que le he dicho.
—Es decir, ¿marcharme?
Settembrini permaneció callado.
—¿Insinúa que debo volver a mi casa?
—Ya le aconsejé eso desde la primera noche, ingeniero.
—Sí, y entonces podía hacerlo, a pesar de que juzgase poco razonable marcharme únicamente porque el nivel de aquí me atacaba un poco los nervios. Pero después la situación ha cambiado completamente. Ha habido una consulta, a continuación de la cual el doctor Behrens me ha dicho claramente que no valía la pena que me marchase, pues me vería obligado a volver, y que si continuaba la vida en la llanura, un pedazo de pulmón se iría al diablo.
—Lo sé, ahora tiene su justificación en el bolsillo.
—Quizá lo diga irónicamente... con esa ironía bondadosa que no se presta a ninguna mala interpretación y que es una forma directa y clásica de la retórica... Como ve, recuerdo sus propias palabras... Pero
¿puede usted aceptar la responsabilidad, ante esa fotografía, después de la radioscopia y del diagnóstico del doctor, de aconsejarme que vuelva a mi casa?
Settembrini titubeó un momento. Luego se irguió, abrió los ojos, que fijó en Hans Castorp, firmes y negros, y contestó con un acento que no dejaba de tener cierta intención teatral para producir efecto:
—Sí, ingeniero, acepto esta responsabilidad.
Pero la actitud de Hans Castorp se había hecho también firme. Se mantenía con los tacones juntos y miraba a Settembrini a la cara. Se trataba de un duelo. Hans Castorp le hacía frente. Influencias cercanas le fortificaban. Aquí había un pedagogo y se hallaba muy cerca de una mujer de ojos oblicuos. No intentó excusarse por lo que iba a decir, ni siquiera dijo «perdone usted». Manifestó:
—¡Vamos, es más prudente para con usted mismo que para con el prójimo! Usted no ha ido a Barcelona, al congreso de los progresistas, y ha respetado la prohibición del medico. Ha tenido miedo a la muerte y se ha quedado aquí.
Hasta cierto punto la compostura de Settembrini se había descompuesto. Pareció sonreír con esfuerzo y dijo:
—Sé apreciar una respuesta rápida incluso cuando la lógica bordea el sofisma. Me repugna competir en esos odiosos concursos que se usan aquí; de lo contrario le contestaría que estoy mucho más enfermo que usted; desgraciadamente tan enfermo que ya no conservo esperanza alguna de poder abandonar este lugar y volver al mundo de allá abajo, más que engañándome a mí mismo. En el instante en que no me parezca prudente mantener por más tiempo esa ilusión, abandonaré este establecimiento y ocuparé, para el resto de mis días, un alojamiento particular en cualquier sitio del valle. Será triste, pero como la esfera de mi trabajo es la más libre e ideal, esto no me impedirá servir hasta mi último suspiro a la causa de la humanidad y hacer frente al espíritu de la enfermedad. Ya he llamado su atención sobre la diferencia que, en este sentido, hay entre nosotros. Ingeniero, usted no es un hombre hecho para defender aquí la mejor parte de sí mismo, lo comprendí desde nuestro primer encuentro. Me reprocha que no haya ido a Barcelona, que me haya sometido a la orden del médico para no perecer prematuramente. Pero lo he hecho bajo las mayores reservas, no sin que mi espíritu haya protestado orgullosa y dolorosamente contra la intromisión de mi lamentable cuerpo. ¿Esa protesta está tan viva en usted cuando obedece a las potencias de aquí, o es al cuerpo y a su tendencia nefasta a lo que obedece con precipitación...?
—¿Por qué odia al cuerpo? —interrumpió rápidamente Hans Castorp, mirando al italiano con sus ojos azules muy abiertos cuya córnea se hallaba estriada de venitas rojas. Su loca temeridad le producía vértigo y se daba cuenta de ello. «¿De qué hablo? —pensaba—. Esto es formidable, pero aquí estoy en pie de guerra contra él, y mientras dure no le dejaré decir la última palabra. Naturalmente, terminará por triunfar a pesar de todo, pero eso no me importa, siempre sacaré algún provecho. Voy a excitarle.»
Y completó, en alta voz, su objeción.
—¿No es usted humanista? ¿Cómo puede estar tan mal dispuesto contra el cuerpo?
Settembrini sonrió, esta vez sin esfuerzo y seguro de sí mismo, y dijo:
—¿Qué reprocha al análisis? ¿Está usted mal dispuesto contra el análisis? Siempre me encontrará dispuesto a replicarle, ingeniero —añadió inclinándose y saludando con un gesto de la mano, hacia el suelo—, sobre todo cuando da pruebas de ingenio en sus objeciones. Se expresa con elegancia.
Humanista, sí, ciertamente lo soy. Jamás me superaré en las tendencias ascéticas. Siento respeto y amor hacia el cuerpo, como siento amor y respeto hacia la forma, la belleza, la libertad, la alegría y el placer, como me represento el mundo de los intereses vitales contra la huida sentimental fuera del mundo, y el clasicismo contra el romanticismo. Creo que mi posición no tiene equívoco. Pero hay un poder, un principio hacia el cual va mi más alta aprobación, mi homenaje supremo y último y mi amor, y esa potencia, ese principio, es el espíritu. Por repugnancia que sienta al ver que se opone al cuerpo no sé qué especie de tejido, qué fantasma de luz de luna al cual se llama «alma», considero que en esta antítesis entre el espíritu y el cuerpo, éste significa el principio malo y diabólico, pues es naturaleza, y la naturaleza, opuesta como usted lo hace al espíritu de la razón, es mala; mística y nefasta. «¡Usted es humanista!» Indudablemente lo soy, pues soy un amigo del hombre, como lo era Prometeo, un enamorado de la humanidad y su nobleza. Pero esa nobleza radica en el espíritu, en la razón, y por eso en vano lo reprochará usted de oscurantismo cristiano...
Hans Castorp se defendió con el gesto.
—Usted hará en vano ese reproche —insistió dominador Settembrini— cuando un día el noble orgullo humanista llegue a considerar que la sujeción del espíritu al cuerpo, a la naturaleza, es una humillación y un insulto. ¿Sabe que nos ha sido transmitida esa palabra del gran Plotino: que «sentía vergüenza de tener cuerpo» —preguntó Settembrini, y exigía tan cortésmente una contestación que Hans Castorp se vio obligado a contestar que oía eso por primera vez.
—Porfirio nos ha transmitido esas palabras. Son absurdas si usted quiere. Pero el absurdo es la valentía espiritual, y nada puede ser, en el fondo, más mezquino que la objeción de absurdo allí donde el espíritu tiende a mantener su dignidad contra la naturaleza y se niega a abdicar ante ella... ¿Ha oído hablar del terremoto de Lisboa?
—No. ¿Un terremoto? Aquí no leo periódicos.
—No se trata de eso, aunque dicho sea de paso, es lamentable (y eso caracteriza este lugar) que descuide aquí la lectura de periódicos. Pero lo malinterpreta: el fenómeno natural a que aludo no es reciente, ocurrió hace unos ciento cincuenta años...
—¡Ah, sí, espere! ¡Es cierto! He leído que Goethe, estando en aquel momento, por la noche, en su dormitorio de Weimar, dijo a su criado...
—¡Ah, no es de eso de lo que quería hablar! —interrumpió Settembrini cerrando los ojos y agitando en el aire su pequeña mano morena—. Por otra parte, confunde las catástrofes. Se refiere al terremoto de Messina. Yo estoy pensando en el que sufrió Lisboa en 1755.
—Perdone.
—Pues bien, Voltaire protestó contra él.
—¿Cómo es eso? ¿Protestó?
—Sí, se sublevó. No admitió aquella fatalidad brutal y se negó a abdicar a la vista del hecho. Protestó, en nombre del espíritu y la razón, contra ese escandaloso exceso de la naturaleza de que fue víctima una ciudad floreciente y que costó miles de vidas humanas. ¿Se sorprende? ¿Sonríe...? Puede sorprenderse, pero en lo que se refiere a su sonrisa, me tomo la libertad de reprochársela. La actitud de Voltaire era la de un verdadero descendiente de esos auténticos galos que enviaban sus flechas contra el cielo. Observe, ingeniero, la hostilidad del espíritu contra la naturaleza, su orgullosa desconfianza contra ella, su noble obstinación en el derecho a la crítica ante ese poder maligno y contrario a la razón. Pues la naturaleza es una potencia nefasta, y es mostrarse servil el aceptarla, acomodarse a ella. Recuérdelo: acomodarse interiormente. Ocurre de la misma manera con ese humanismo que no se deja complicar en ninguno contradicción, que no se hace culpable de recaída alguna en la hipocresía cristiana cuando ésta se decide a ver en el cuerpo el principio malo y adverso. La contradicción que usted cree percibir es, en el fondo, siempre la misma: «¿Por qué ataca el análisis?» Yo no lo combato cuando es el hecho de la experiencia, la liberación y el progreso, sino cuando lleva en sí el penetrante sabor nauseabundo de la tumba. Con el cuerpo ocurre lo mismo. Es necesario honrarlo y defenderlo cuando se trata de emancipación y belleza, de la libertad de los sentidos y la felicidad del placer. Es preciso despreciarlo cuando se opone al movimiento hacia la luz como principio de gravedad e inercia, rechazarlo en cuanto representa el principio de la enfermedad y la muerte, tanto más cuanto que su espíritu específico es el espíritu de la perversidad, el espíritu de la descomposición, la voluptuosidad y la vergüenza.
Settembrini había pronunciado estas últimas palabras de pie, muy cerca de Hans Castorp, casi sin acento y muy deprisa para terminar de una vez. Pero la liberación se acercaba para Hans Castorp. Joachim, con dos tarjetas postales en la mano, entró en la sala de lectura; el discurso del literato quedó interrumpido y, si hay que tener en cuenta la expresión de su rostro —una expresión ligera y mundana—, no dejó de impresionar a su discípulo, si así podemos llamar a Hans Castorp.
—¡Hola, teniente! Debe de haber estado buscando a su primo, perdóneme. Hemos entablado una conversación y si no me equivoco, hemos tenido una pequeña querella. Su primo no deja de ser un buen argumentador, un luchador bastante peligroso en la controversia, cuando le afecta directamente al corazón.
HUMANIORA
Hans Castorp y Joachim Ziemssen, vestidos con pantalón blanco y chaqueta azul, se hallaban sentados en el jardín, después de comer. Era uno de esos días de octubre tan alabados, un día caliente y ligero a la vez, alegre y amargo, con un azul de una profundidad meridional por encima del valle, cuyas tierras, surcadas por caminos, verdeaban todavía alegremente en el fondo, y cuyas vertientes, cubiertas de bosques rugosos, enviaban un son de clarines —ese pacífico tintineo metálico, ingenuamente musical, que flotaba claro y tranquilo a través de los aires quietos y vacíos profundizando la atmósfera de día de fiesta que domina en esas altas regiones.
Los primos estaban sentados en un banco, al borde del jardín, delante de un macizo de pequeños pinos. El lugar estaba situado en la parte noroeste de la cerrada plataforma que, elevada unos cincuenta metros por encima del valle, formaba el pedestal del Berghof.
Permanecían en silencio. Hans Castorp fumaba. Sentía un pequeño y secreto rencor contra Joachim porque éste, después de comer, no había querido tomar parte en la reunión de la galería y, contra su deseo, le había obligado a ir al tranquilo jardín en espera de la cura de reposo. Era algo tiránico por parte de Joachim. Al fin y al cabo, no eran hermanos siameses. Podían separarse si sus inclinaciones no eran las mismas. En realidad, Hans Castorp ya no se hallaba allí para hacer compañía a Joachim. Él también era un paciente. Se entregaba a su rencor y se consolaba con su María Mancini. Con las manos en los bolsillos de la chaqueta y los pies calzados con zapatos negros, tendidos ante él, mantenía entre los labios, dejándolo quemar lentamente, el cigarro que se hallaba todavía en la primera fase de su combustión, es decir, no había hecho caer todavía la ceniza de su extremo. Después de la comida abundante disfrutaba de aquel aroma, del cual había podido tomar de nuevo completa posesión. Si su manera de acostumbrarse a su estancia aquí consistía en que se habituaba a no habituarse, a juzgar por las reacciones químicas de su estómago, por los nervios de sus mucosas secas que sangraban con facilidad, la asimilación se había realizado —al menos en apariencia—, insensiblemente y sin que hubiese podido seguir sus progresos a través de los días. Durante esos setenta y cinco había recobrado todo el placer orgánico que extraía de aquel excitante o de aquel estupefaciente vegetal preparado con cuidado.
Se sentía feliz por haber recobrado su poder. La satisfacción moral multiplicaba la satisfacción física.
Durante su larga permanencia en la cama había ahorrado unos doscientos cigarros. Pero al mismo tiempo que su ropa blanca y sus vestidos de invierno, se había hecho enviar por Schalleen quinientas piezas de esa excelente mercancía de Brema para estar preparado a toda eventualidad. Eran hermosas cajitas caladas y ornadas con un mapamundi, muchas medallas y un pabellón de exposición rodeado de banderas flotantes y orlado de oro.
Mientras se hallaban sentados, vieron cómo se aproximaba el doctor Behrens a través del jardín. Aquel día había tomado parte en la comida, en la mesa de madame Salomon, uniendo como de costumbre sus enormes manos encima del plato. Luego se había sin duda entretenido en la terraza, dejando caer algunas notas personales; con toda seguridad había realizado el truco de los cordones del zapato en honor a alguien que aún no lo había visto. Y ahora se aproximaba por el camino de tierra, con un andar abandonado, sin bata, vestido con una chaqueta de cuadritos, el sombrero hongo torcido, sosteniendo en la boca un cigarro muy negro del que sacaba unas grandes nubes de humo blanquecino. Su cabeza, su rostro de mejillas verdosas y acaloradas, la nariz chata, los ojos húmedos y azules, y el bigote rizado, parecían pequeños teniendo en cuenta su larga silueta ligeramente inclinada, y las dimensiones de sus manos y sus pies. Estaba excitado. Se sobresaltó visiblemente al ver a los primos y pareció un poco confuso al verse obligado a ir a saludarles. Lo hizo como solía, jovialmente y con una de sus expresiones habituales, con un «¡Mira, mira, Timoteo!» pidiendo al mismo tiempo las bendiciones del cielo sobre su digestión e invitándoles a permanecer sentados cuando quisieron levantarse para corresponder a su saludo.
—¡Dispensados, dispensados! No hace falta tantos cumplidos con un hombre sencillo como yo. Es un honor que no me corresponde en manera alguna, sobre todo cuando ustedes están enfermos. No tienen necesidad de hacer eso. No hay nada que decir.
Ypermaneció de pie ante ellos, con el cigarro entre el dedo índice y el medio de su gigantesca mano derecha.
—¿Cómo le sabe esa colilla del padre Nicot, Castorp? Déjemela ver, soy perito y aficionado. La ceniza es buena. ¿Qué clase de belleza morena es ésa?
—María Mancini. Fabricación de Banquett, de Brema, doctor. Es muy barato, diecinueve pfennings en total, pero tiene un aroma que no se encuentra generalmente en otros del mismo precio. Sumatra-Habana, como puede ver. Me he acostumbrado a ellos. Es una mezcla llena de recursos y muy sabrosa, pero suave al paladar. Le gusta mantener el mayor tiempo posible su ceniza, la hago caer como mucho dos veces. Naturalmente, tiene sus propios caprichos, pero el control de fabricación debe de ser muy minucioso, pues María es muy sólido en sus cualidades y arde con una regularidad perfecta. ¿Puedo ofrecerle uno?
—Gracias, podemos hacer un cambio.
Ysacaron sus petacas.
—Ese es de raza —dijo el consejero, entregando su marca—. Un temperamento luchador y fuerte. San Félix, Brasil; siempre me he atenido a ese tipo. Un verdadero remedio contra las preocupaciones, que arde como aguardiente y, sobre todo al final, tiene algo de fulminante. Se recomienda una cierta prudencia en sus relaciones con él; no se puede encender un cigarro después de otro, porque eso excede a la resistencia humana. Pero me gusta más una chupada que el humo vacío de otros cigarros.
Apretaron entre los dedos los regalos que acababan de cambiar examinando con una precisión de peritos aquellos cuerpos esbeltos que, con sus costados oblicuos y paralelos, sus bandas en relieve, sus venas salientes, que aparecían movidas por una pulsación, las pequeñas asperezas de su piel, y el juego de la luz sobre sus superficies y aristas, tenían algo de orgánico y vivo. Hans Castorp manifestó esta impresión:
—Estos cigarros tienen vida. Parecen respirar. En mi casa tuve la idea de conservar un María Mancini en una caja de hojalata para protegerlo de la humedad. ¿Creerá usted que murió? ¡En el espacio de una semana ya no quedaban más que cadáveres coriáceos!
Y hablaron de su propia experiencia sobre la mejor manera de conservar los cigarros, en particular cigarros de importación. Al consejero le gustaban los cigarros importados, y prefería fumar los habanos más fuertes. Desgraciadamente no podía soportarlos, y dos pequeños Harry Clay que había fumado en una misma velada — contó— estuvieron a punto de causarle la muerte.
—Me los fumé con el café —dijo—, uno después de otro, sin darme cuenta. Pues, apenas hube terminado, comencé a preguntarme qué me pasaba. Contra mi costumbre, me sentía completamente trastornado, nunca había experimentado nada semejante. No fue fácil llegar a mi casa. Y cuando lo conseguí, comprobé que la cosa no marchaba en modo alguno. Las piernas heladas, un sudor frío en todo el cuerpo, el rostro pálido como la cera, el corazón en un estado lamentable, un pulso tan pronto débil como un hilo y apenas perceptible, como un verdadero galope, y en el cerebro una agitación... Estaba seguro de que
iba a bailar el último baile. Digo bailar porque es la palabra que se me ocurrió entonces y la necesaria para expresar mi estado. Pues, en suma, me hallaba completamente alegre, una verdadera fiesta, a pesar de que no fuese otra cosa que miedo de pies a cabeza. Pero el miedo y la alegría no se excluyen, todo el mundo lo sabe. El ganapán que posee por vez primera a una muchacha tiene miedo y ella también, lo que no les impide fundirse de placer. A fe mía, yo también me habría casi fundido, el corazón latía, estaba a punto de bailar, como he dicho, mi última danza. Pero la Mylendonk, con sus aplicaciones, me sacó de aquel estado. Compresas heladas, fricciones con cepillo, una inyección de alcanfor, y de este modo fui salvado para la humanidad.
Hans Castorp, sentado en su calidad de enfermo, le contemplaba con una cara que testimoniaba la actividad de su cerebro y veía cómo los ojos de Behrens, durante la narración, se habían ido llenando de lágrimas.
—Usted se dedica también a la pintura, ¿no es verdad, doctor? —dijo de pronto.
El consejero se echó hacia atrás.
—¿Qué dice, joven?
—Perdone. Lo oí decir. Ahora me he acordado.
—¡Bueno! No puedo intentar negarlo. Todos tenemos nuestras pequeñas debilidades. Sí, eso me ocurre.
Anch'io sono pittore, como tenía costumbre de decir cierto español.
—¿Paisajes? —preguntó Hans Castorp con una condescendencia de mecenas. Las circunstancias le llevaban a adoptar ese tono.
—Todo lo que quiera —contestó el consejero con un poco de embarazo—, paisajes, bodegones, animales...
Cuando se es un hombre no se retrocede ante nada.
—¿Y retratos?
—Sí, he hecho algunos retratos. ¿Quiere hacerme un encargo?
—¡Ah, ah, no! Pero sería muy amable si nos proporcionase la ocasión de mostrarnos sus telas.
Joachim, a su vez, después de mirar a su primo con sorpresa, se apresuró a asegurar que también lo deseaba.
Behrens estaba satisfecho, halagado hasta el entusiasmo. Se ruborizó de placer y esta vez sus ojos parecía que iban a derramar lágrimas.
—¡Con mucho gusto! —exclamó—. ¡Con el mayor placer! Inmediatamente, si su corazón se lo pide.
Vengan conmigo, les ofreceré un café turco en mi mesa.
Y cogió a los jóvenes por la mano, los sacó de su banco y los condujo, suspendidos de sus brazos, a lo largo del camino enarenado hacia sus habitaciones que, como ya es sabido, se hallaban situadas en el ala vecina, en la parte noroeste del Berghof.
—Yo hice, en otro tiempo, algunos ensayos en este género —dijo Hans Castorp.
—¿Qué me dice? ¿Es usted práctico en el óleo?
—No, no fui más allá de algunas acuarelas. Un barco, una marina, niñerías. Pero me gusta mucho ver cuadros, y por eso me he tomado la libertad...
Joachim se sintió un poco tranquilizado por aquella aclaración sobre la extraña curiosidad de su primo, y era en efecto para él una sorpresa, más que para el consejero, el haber Hans Castorp recordado sus propios ensayos artísticos.
Por aquel lado no había la magnífica entrada, como por el lado principal, adornada con fanales. Algunos escalones conducían a la puerta de encina que el doctor abrió con una llave de su bien provisto llavero.
Su mano temblaba; decididamente estaba excitado. Entraron en un recibidor donde Behrens colgó su sombrero de un clavo. En su interior, en la parte más estrecha, separada por unas puertas vidrieras del resto del inmueble en una de cuyas alas se hallaba situado el pequeño departamento privado, llamó a la criada y dio órdenes. Luego hizo entrar a sus huespedes por una de las puertas de la derecha, pronunciando toda clase de palabras joviales y alentadoras.
Algunas habitaciones que miraban al valle estaban amuebladas con un estilo banalmente burgués, y comunicaban entre sí, separadas tan sólo por cortinas: un comedor de estilo «alemán antiguo» y un salóngabinete de trabajo, con un escritorio sobre el cual se hallaba colgada una gorra de estudiante y dos espadas cruzadas, un diván-librería, y un fumoir amueblado a la turca.
Por todas partes había cuadros colgados, telas del consejero... Dispuestos a la admiración, los ojos de los visitantes tenían que contemplarlos de inmediato. La difunta esposa del doctor aparecía en varios sitios, al óleo, y también en fotografía sobre el escritorio. Era una rubia un poco enigmática, vestida con delgadas y flotantes telas que, con las manos juntas cerca del hombro izquierdo —no apretadas, sino simplemente unidas hasta la primera articulación de los dedos — , mantenía sus ojos, o bien dirigidos hacia el cielo o enteramente bajos y disimulados bajo unas largas pestañas que se separaban oblicuamente de los párpados; pero jamás la difunta miraba de frente al espectador. Además de ella, había principalmente paisajes alpinos: montañas bajo la nieve y bajo el verdor de los pinos, montañas rodeadas de olas de bruma de las alturas, y montañas cuyos contornos secos y agudos recortaban, bajo la influencia de Segantini, un cielo de un azul profundo. Además había chalés, vacas sobre soleadas praderas, un gallo desplumado cuyo cuello se retorcía entre legumbres, flores, tipos de montañés, y muchas otras cosas, todo ello pintado con cierto diletantismo fácil, con colores atrevidamente aplicados que, con frecuencia, tenían el aspecto de haber sido directamente comprimidos del tubo a la tela y que habrían necesitado mucho tiempo para secar, lo que no dejaba de hacer cierto efecto en los casos de defectos groseros.
Como en una exposición de pintura, fueron mirando a lo largo de las paredes, acompañados del dueño de la casa, que aquí y allí explicaba los temas, pero que con más frecuencia permanecía silencioso y con la inquietud vanidosa del artista, dejando con voluptuosidad reposar sus ojos, al mismo tiempo que los visitantes, en sus propias obras.
El retrato de Clawdia Chauchat estaba colgado en el salón, del lado de la ventana, y Hans Castorp, apenas hubo entrado, lo descubrió, a pesar de que no tenía más que un lejano parecido. Evitó, con toda intención, el lugar y retuvo a sus compañeros en el comedor, donde pretendió admirar un paisaje verde del valle de Sergi, con sus glaciares azulados en el fondo; después, por propia iniciativa, volvió al fumoir turco, que examinó igualmente de cerca, con la alabanza en los labios, y visitó luego el primer muro del salón, del lado de la puerta, invitando algunas veces a Joachim a expresar su aprobación. A poco se volvió y dijo, marcando una sorpresa mesurada.
—No nos es desconocida esa cara, ¿verdad?
—¿La conoce? —inquirió Behrens.
—Sí, no creo que nadie pueda engañarse. Es la joven señora de la mesa de los rusos, esa de nombre francés...
—Exacto, la Chauchat. Me satisface que le encuentre cierto parecido.
—Es sorprendente —mintió Hans Castorp con hipocresía, pues si no hubiera estado en antecedentes, no habría podido reconocer el modelo.
Joachim tampoco hubiera podido reconocerla por sus propios medios, pero el buen Joachim comenzaba ya a comprender y descubrir ahora la explicación verdadera después de la falsa de Hans Castorp.
—¡Ah, sí! —dijo en voz baja, y se resignó a ayudar a los otros a examinar el cuadro. Su primo había sabido encontrar una compensación por haber sido alejado de la reunión de la galería.
Era un busto a medio perfil, un poco menos que de tamaño natural, escotada con un velo en torno de los hombros y del pecho, encuadrada en un ancho marco negro, ornado de oro. Madame Chauchat parecía tener diez años más que en la realidad, como ocurre frecuentemente en los retratos de aficionados que intentan dar carácter a una fisonomía. En todo el rostro había demasiado rojo, la nariz estaba mal dibujada, el tono de los cabellos no había sido conseguido, tendía demasiado al color paja; la boca aparecía deformada y el encanto especial de la fisonomía no estaba captado; el artista había fracasado por haberla exagerado groseramente. En conjunto un verdadero rábano, con un parentesco muy lejano con la retratada. Pero Hans Castorp no se mostraba tan exigente en lo que se refiere al parecido con madame Chauchat. La relación existente entre esta tela y Clawdia le era suficiente. Este retrato debía representar a madame Chauchat que había posado en aquella habitación. Era bastante. Con emoción repetía:
—¡En carne y hueso!
—No diga eso —dijo el consejero—. No creo haber conseguido nada, a pesar de que tuvimos por lo menos veinte sesiones. ¿Cómo quiere que uno se apropie de un rostro tan complicado? Uno cree fácil cogerla con sus pómulos hiperbóreos y con sus ojos, que son hendiduras en un pastel. ¡Sí, cójala, querido! Si se atiene uno al detalle estropea el conjunto. ¿La conoce? Tal vez uno no debería pintarla en su presencia, sino trabajar de memoria. Al hecho, ¿la conoce...?
—Sí, y no, superficialmente, como uno puede conocer aquí a la gente...
—A fe mía, yo tengo de ella un conocimiento más bien interior, subcutáneo. La presión arterial, la tensión de los tejidos y el movimiento de la linfa. Sobre esto estoy exactamente informado, por razones muy
precisas. La superficie presenta dificultades más considerables. ¿La ha visto usted andar? Su rostro es parecido a sus movimientos: felino. Elija, por ejemplo, los ojos y no hablo de su color, que también tiene sus añagazas, quiero referirme a su situación, a su forma. La hendidura de sus párpados dirá usted que es apretada, oblicua. Pero no es más que una impresión. Lo que le engaña es el epicanto, es decir, una particularidad que existe en ciertas razas y que consiste en que una membrana que proviene de las fosas nasales de esa gente desciende del pliegue del párpado hasta la parte interior del ojo. Si usted estira la piel por encima de la base de la nariz, tiene entonces un ojo como el nuestro. Es una mixtificación algo inquietante, pero no por eso menos honorable, pues, observado de cerca el epicanto, nos aparece como una imperfección de origen atávico.
—¡Ah, así es! —dijo Hans Castorp—. No lo sabía, pero me interesaba, desde hace tiempo, por conocer el misterio de esos ojos.
—¡Ilusión, mixtificación! —confirmó el consejero—. Dibújelos sencillamente oblicuos y hendidos y será usted hombre perdido. Es preciso que realice esa oblicuidad y esa apariencia apretada por el mismo procedimiento que lo realiza la naturaleza; que usted forme, de cierto modo, una ilusión, y es naturalmente necesario para eso que usted conozca la existencia del epicanto. Esas cosas conviene saberlas. Mire esa piel, esa piel del cuerpo. ¿No le parece elocuente?
—¡Por supuesto! —dijo Hans Castorp—, de una formidable elocuencia: ¡qué piel! Creo que jamás he visto una piel tan bien reproducida. Uno se figura ver los poros.
Y tocó ligeramente con la punta de los dedos el escote del retrato, que se destacaba muy blanco del rojo exagerado de la cara, como una parte del cuerpo que no está ha-bitualmente expuesta a la luz y que sugería así con insistencia, intencionadamente o no, la idea de la desnudez. Un efecto, en todo caso, bastante burdo.
Sin embargo, el elogio de Hans Castorp era justificado. El esplendor mate de los blancos de ese busto delicado, pero no delgado, que se perdía en la tela azulada de la blusa, tenía mucha naturalidad, visiblemente había sido pintado con sentimiento y, a pesar de su carácter un poco dulzón, el artista había sabido darle una especie de realidad científica y precisión viviente. Se había servido, en particular, de la superficie ligeramente rugosa de la tela, sacando partido a través del color al óleo, en particular en la región de la clavícula, bastante saliente, como de una aspereza natural de la superficie de la piel. Un lunar, en la parte izquierda, allí donde el pecho comenzaba a dividirse, no había sido olvidado, y entre las prominencias se creía ver cómo se transparentaban ligeramente las venas azuladas. Se hubiera dicho que, ante las miradas del espectador, un estremecimiento apenas perceptible de sensualidad recorría aquella desnudez. Se podía imaginar que se percibía la emanación invisible y viva, la evaporación de aquella carne, de tal manera que si se hubiesen apoyado en ella se habría respirado, no un olor de pintura y barniz, sino el olor de un cuerpo humano. Al decir esto, no hacemos más que revelar las impresiones de Hans Castorp. Pero aunque él estuviese particularmente dispuesto a recibir tales impresiones, hay que hacer constar objetivamente de que el escote de madame Chauchat era, en efecto, la parte mejor conseguida del cuadro.