La Respuesta - Area 51

Robert Doherty · Capítulo 19 de 48

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La Respuesta - Area 51

Capítulo 16

Kelly Reynolds sintió que una gota de sudor le bajaba por la espalda.

Estaba de pie sobre la pista de aterrizaje caliente de la base aérea de Nellis, discutiendo con un joven teniente que no quería permitirle subir a un helicóptero que, según el panel de operaciones, se dirigía hacia el Área 51.

Había llegado allí en un vuelo militar que salió inmediatamente después de que se marchara el 707 con los demás. Sabía que la única forma de detenerlos era descubrir más información, y que el mejor lugar para hacerlo era allí donde había funcionado el proyecto Majestic durante medio siglo.

Los dos se volvieron cuando escucharon la llegada de un automóvil.

Una figura enfundada en un traje azul salió de él. Llevaba la insignia de hojas de roble doradas en los hombros.

–Mayor Quinn -dijo Kelly a modo de saludo. Todavía desconfiaba de la Fuerza Aérea, a pesar de la apertura que había mostrado en las últimas semanas. Su experiencia con una campaña de desinformación sobre ovnis implementada por la Fuerza Aérea, que en el proceso acabó con su floreciente carrera en la industria de las películas documentales, hacía que desconfiara de los uniformes azules.

–Señorita Reynolds -respondió Quinn.

–¿Es ese su helicóptero? – preguntó Reynolds.

–Sí.

–¿Puede llevarme? – El teniente comenzó a protestar, pero cerró la boca cuando Quinn le hizo una seña a Kelly para que lo acompañara hasta el aparato. Reynolds sabía que Quinn hacía todo lo posible por mantener buenas relaciones con los medios. Todos los demás miembros del Majestic estaban muertos, se habían suicidado, como Gullick, o estaban en la cárcel.

Quinn caminaba en la cuerda floja, y ella también sabía por Lisa Duncan que el Presidente le había ordenado que prestara toda su colaboración a la prensa.

–Acabo de ver al profesor Von Seeckt -anunció Quinn cuando entraron al helicóptero y se colocaron el cinturón de seguridad.

–¿Cómo está? – Reynolds tampoco sentía mucha simpatía por Von Seeckt. El anciano había sido nazi y había trabajado en Peenemünde y, a pesar de que había aducido no saber nada al respecto, Reynolds sabía que tenía que estar al tanto del campo de concentración Dora, donde se había

albergado la mano de obra esclava para la fábrica de misiles. El padre de Reynolds fue una de las primeras personas en entrar al campo de concentración, y pudo ver la muerte y la miseria que allí reinaban. Le habló a su hija al respecto, y la convicción de que nunca más debían permitir semejantes atrocidades y de que debían ser castigadas había sido el impulso que llevó a Kelly a convertirse en periodista.

–No muy bien -respondió Quinn-. Los médicos le dan menos de una semana.

Kelly resopló.

–Eso mismo dijeron la semana pasada. El maldito no se muere nunca. –

Miró a su alrededor cuando el helicóptero comenzó a ascender-. ¿Por qué ha ido a verlo?

Quinn la miró a los ojos.

–Está sucediendo algo raro. – Le contó la historia de Oleisa, la extraña mujer que había aparecido solicitando un agitador, y le habló de los mensajes que se enviaban a la Antártida. No le mencionó la pregunta perturbadora que le había hecho Von Seeckt al final, a pesar de que no podía pensar en otra cosa desde que salió del hospital.

–¿De verdad piensa que esa organización STAAR está usando la base Scorpion? – preguntó Kelly.

–Es lo único que tiene sentido.

–¿Pero se puede mantener algo así en secreto?

Quinn asintió.

–Sí. No hay cobertura fija de satélite de esa parte del mundo y como la base de todos modos estaba debajo del hielo, no resultaría demasiado difícil mantenerla oculta. Además, no se olvide de que hay tratados internacionales que prohíben el despliegue de armamento en ese continente, de modo que es el lugar menos militarizado del planeta.

–Tampoco son frecuentes los vuelos en esa zona, la base Scorpion se encuentra fuera del camino de todas las rutas de vuelo de las demás bases internacionales. El clima inhóspito también desalienta las visitas.

–Nunca hubiera sospechado que una organización gubernamental pudiera mantener su existencia completamente en secreto -afirmó Kelly, que se dio cuenta de la contradicción que encerraban sus palabras ni bien las pronunció-. Quiero saber más al respecto.

El helicóptero ahora estaba aterrizando fuera del hangar principal del Área 51.

–Le mostraré todo lo que pude averiguar -le dijo Quinn mientras descendían de la aeronave.

En el ascensor que los llevaba al Cubo, Kelly no pudo evitar recordar que, hacía solo unas semanas, Johnny Simmons había sido capturado cuando trataba de entrar a esa misma instalación hacia la que ahora la escoltaban. Si había otro organismo gubernamental funcionando en secreto, Kelly decidió que lo descubriría, sin importar lo que costase.

Las puertas del Cubo se abrieron y Quinn la condujo al escritorio que se encontraba al final de la sala. Del resto de la sala, llegaba un murmullo sordo de actividad.

–He ordenado el seguimiento de nuestros datos de inteligencia para detectar cualquier información vinculada a STAAR -afirmó Quinn mientras se sentaba-. También he realizado una búsqueda intensiva de los archivos clasificados. No hay mucho.

–¿Qué pudo averiguar? – preguntó Kelly; la periodista que había en ella no podía evitar sentir curiosidad.

Quinn miró su ordenador.

–Después de que retiraron los agitadores, la base Scorpion permaneció vacía durante varios años. Luego, en 1959 sin que ni siquiera Majestic lo supiera entonces, alguien se trasladó allí, a la cámara más profunda. Aquí tengo un informe de una unidad de ingeniería que colocó estructuras prefabricadas en el hielo, a mucha profundidad, usando el ancho túnel que habían cavado para extraer a los agitadores. Me fijé y no hay señales de la base en la superficie. Las aeronaves que se dirigen allí son guiadas por un transmisor que cambia de frecuencia constantemente.

–¿Quién la instaló? – quiso saber Kelly.

–Eisenhower volvió a establecer la base Scorpion en 1959. He encontrado una copia de la orden y es muy extraña. La directiva presidencial que autorizó el uso también estipula que ninguno de sus sucesores debía ser informado de la existencia de la base, o de la organización que la administraba, que solo se conocía por las siglas STAAR.

–Cielos. ¿Cómo pudieron mantenerlo en secreto todos estos años? – dijo Kelly.

–El presupuesto asignado a STAAR está oculto dentro del «presupuesto negro» de sesenta y siete mil millones de dólares al año -explicó Quinn, que estaba muy al tanto de eso por su trabajo en el Majestic-. A través de la misma directiva presidencial que la había creado, STAAR obtenía un porcentaje especificado cada año, sin que nadie hiciera preguntas ni objeciones, y lo transfería a una cuenta bancada en Suiza. Le apuesto lo que quiera a que hay muchas posibilidades de que nadie en Washington sepa hoy en día de la existencia de STAAR.

–¿Eso es posible? – preguntó Kelly.

Quinn asintió.

–Por lo que he visto, STAAR no parece hacer nada, lo que significa que no llama la atención de nadie. El presupuesto operativo se oculta detrás de un presupuesto confidencial de la Organización de Reconocimiento Nacional.

Señaló la pantalla del ordenador.

–En realidad, lo más interesante que he descubierto sobre STAAR no es el presupuesto, sino algo que falla: no hay registros del personal que la conforma. – Apoyó la espalda en el respaldo-. En lo que respecta a los documentos de contratación de personal que debe tener sí o sí cualquier organización vinculada al gobierno de los Estados Unidos, no importa cuan secreta sea, STAAR es una organización sin empleados. Coño, si hasta la CIA tiene algunos documentos sobre los asesinos que contrata.

Kelly lo miró fijamente.

–¿Qué dice…? – comenzó, pero se interrumpió cuando Quinn se inclinó hacia el teclado y comenzó a introducir datos.

–Bueno, esto es interesante. La NSA está captando un enlace activo que involucra a STAAR -afirmó el hombre.

–¿De dónde proviene? – quiso saber Kelly.

Señaló la pantalla que se encontraba al frente de la sala.

–Del Aurora. – Apareció un mapa electrónico de China. Una luz parpadeante apareció en la pantalla y se deslizó con rapidez por el mapa en la frontera occidental de China, rumbo a la seguridad del océano con velocidad sorprendente.

Kelly sabía que el Aurora era el avión espía de última generación que tenía la Fuerza Aérea, el sucesor del SR-71.

–Se están bajando datos desde el Aurora hasta la base Scorpion -agregó Quinn-. Yo estoy interceptando los datos para obtener una copia. Quizá nos enteremos de algo.

* * *

En el interior del centro de mando de STAAR, en la profundidad del hielo, la mujer que había dirigido la organización durante los últimos veintidós años estaba sentada en un sillón de cuero de respaldo alto mirando las diversas pantallas que revestían toda la pared frontal. Cuando tenía que comunicarse con Washington, o con quien fuera, tenía la autorización ST-8, la cual le aseguraba que podía obtener todo lo que quisiera sin que nadie le hiciera ninguna pregunta. Solo la conocían por su nombre en clave: Lexina.

Su predecesor la eligió por su inteligencia, su lealtad y, sobre todo, porque había estado dispuesta al exilio permanente en la base Scorpion. Se consideraba un soldado. Un soldado que, como todos los soldados, siempre deseaba ver la paz, pero que también estaba preparada para lo contrario, y dispuesta a dar todo de sí en caso de que eso ocurriera.

–¿Cuál es el estado de la doctora Duncan? – quiso saber Lexina.

–En tránsito -respondió Elek, su jefe de personal. En STAAR, solo usaban los nombres en código-. Debe aterrizar en Corea en menos de una hora.

–¿Quién los espera en tierra? – preguntó Lexina. STAAR mantenía una red activa de solo veinte agentes en todo el mundo, contando los cinco miembros que controlaban la base Scorpion, y eran una organización sumamente pequeña, lo que facilitaba la capacidad de la organización de mantener un velo de secretismo.

–Zandra recibirá al avión y les dará información sobre la operación. Su coartada es lo CIA -explicó Elek-. Turcotte la conoce como miembro de la CIA de la misión del Valle del Rift, así que eso es lo que mejor funciona.

Esto último era la práctica estándar. STAAR usaba la agencia gubernamental que mejor encubriera su existencia. Nunca había sido difícil mantener esa versión, gracias a la falta de actividad durante años. Ahora Lexina anticipó que podrían tener problemas, pero lo último que le preocupaba eran las quejas de la CIA o de la NSA, ni de cualquiera de esas agencias que eran una confusión de letras del alfabeto. También sabía que solamente era cuestión de tiempo que se quebrara el manto de

confidencialidad inicial que los protegía, pero eso tampoco la preocupaba.

Tenían un plan para eso.

–¿Y qué hay de la inteligencia? – preguntó.

–No hemos tenido ninguna noticia de China desde…

–Sé qué noticias no hemos tenido. Por eso autoricé a Duncan y su comitiva a que fueran hacia allí. ¿Cuál es la perspectiva de su misión?

–Aurora está echando un vistazo y recopilando imágenes -respondió Elek. Tecleó en su ordenador y una de las pantallas quedo vacía. Apareció un mapa electrónico de China.

* * *

El Aurora, que tenía la forma de una mantarraya negra, volaba a cuarenta mil pies por encima de China, a una velocidad de Mach 5. Al llegar a la zona que buscaba, la disminuyó a menos de 2,5, que de cualquier modo era una velocidad superior a 3200 kilómetros por hora; lo suficientemente lento como para desplegar la sonda de reconocimiento.

En el asiento trasero, el OSR, el oficial de sistemas de reconocimiento, se aseguró de que todos los sistemas estuvieron listos para funcionar, luego los activó al pasar por el área objetivo.

–¿Hay algo en los frecuencias HF o SATCOM que nos indicaron controlar? – preguntó el piloto.

–Negativo.

–Me pregunto quién coño está allí abajo -dijo el piloto-. No iría a China con lo que está pasando ni por todo el oro del mundo.

El OSR observó una luz roja que tintineaba en la sección izquierda de su consola.

–Tenemos lanzamientos de misiles -informó al piloto-. Tengo lo que vinimos a buscar. Salgamos de aquí.

–Roger. – El piloto activó el sistema de postcombustión. Los dos hombres quedaron pegados contra los asientos, especialmente diseñados, cuando el avión duplicó su velocidad en menos de quince segundos, dejando atrás a los misiles disparados por los militares chinos y a sus sistemas de rastreo preguntándose dónde estaba el blanco.

–Descargando los datos -afirmó el OSR cuando la luz roja se apagó y apareció a toda velocidad el Océano Pacífico.

Los datos pasaron a un codificador y la transmisión incoherente se registró en un disco digital. Luego se reproducía el disco a dos mil veces la velocidad normal, lo que llevaba el mensaje a un satélite orbital. Ese satélite rebotaba el mensaje a un satélite hermano más hacia el oeste y hacia abajo, a Corea del Sur, donde esperaba Zandra. Los datos además se transmitían a la base Scorpion y fueron interceptados por la NSA y enviados al mayor Quinn, que se encontraba en el Cubo.

* * *

–Tengo una copia de los datos -afirmó Quinn.

–¿Se están transmitiendo a algún otro lugar, además de a la Antártida? –

quiso saber Kelly Reynolds.

–Una copia se está enviando a la base de la Fuerza Aérea de Osan en Corea del Sur -respondió Quinn-. Por lo que veo, parecen ser sobre todo imágenes de China occidental.

–En Osan están Turcotte y Nabinger recibiendo la información -dijo Kelly.

–No entiendo -repuso Quinn-. ¿Quién está a cargo de su operación?

Pensé que era la CIA.

–Si no lo sabe usted -acotó Kelly-, menos voy a saberlo yo. Pero esto puede implicar que quien sea que los espera en Osan no es de la CIA, sino que puede estar vinculado a STAAR.

–Es una posibilidad -admitió Quinn-. Pero sin importar de quién se trate, es evidente que están usando la mejor inteligencia para esta misión.

–¿Cuál es la situación política en China? – preguntó Kelly. Se sentía muy incómoda en la confinación del Cubo, ubicado debajo de la tierra.

Todo lo que la rodeaba representaba lo que Kelly detestaba, y la intriga que rodeaba la misión a China la arrojaba al borde de la desesperación.

–La CNN tiene la mejor cobertura -afirmó Quinn, mientras cambiaba una de las pantallas ubicadas en una pared de la sala para ver la cadena de noticias. En la pantalla, apareció un corresponsal frente a un edificio de Hong Kong. Detrás de él se veía gente que corría por las calles. Desde que Hong Kong había pasado al gobierno de China, existió como un submundo extraño entre el resto del mundo y el gobierno de Beijing. Todas las noticias que se filtraban al mundo desde China lo hacían a través de la pequeña

antigua colonia, como las suposiciones de ese reportero acerca de lo que sucedía en el continente:

–Se han producido informes no confirmados que sostienen que elementos del Ejército Veintiséis que han desplegado posiciones alrededor de la ciudad de Beijing. No se conoce si estos informes son ciertos, ni tampoco si el gobierno utilizará estas tropas en un intento de abortar el movimiento que se ha gestado en las últimas semanas.

Hasta el momento, la situación en la capital se ha mantenido tranquila, pero nos han llegado informes poco precisos de que hay conflictos en las zonas rurales, en especial en las provincias occidentales, donde hace tiempo que los grupos étnicos y religiosos muestran su irritación ante la mano dura del gobierno chino.

Incluso han llegado noticias de que hay comandos del ejército taiwanés operando en el continente, contribuyendo a fomentar el descontento, aunque estos rumores no se han confirmado.

También nos han informado de que tenemos doce horas para abandonar el país, o que seremos arrestados. El Consejo Revolucionario está arrasado por la xenofobia, y China está cerrando las fronteras al mundo. Esta será nuestra última transmisión, ya que…

–¿Nada de la CIA o la NSA? – quiso saber Kelly cuando Quinn bajó el volumen.

–Algunos movimientos de tropas. En efecto, el ejército veintiséis se está desplazando cerca del capitolio. El ELP está moviendo a sus divisiones lejos de las ubicaciones de conscripción y hacia donde tienen más probabilidades de disparar al populacho si se les ordena hacerlo.

–¿Y los taiwaneses?

–Según la CIA, los Comandos de Reconocimiento, parte de las fuerzas especiales de Taiwán, han logrado infiltrar varios equipos en China continental para hacer exactamente lo que dijo el reportero de la CNN. Y

China de hecho está cerrando sus fronteras al mundo. – Quinn levantó la mirada de la pantalla del ordenador-. ¿ Cree que ese lugar en China es importante?

–No lo sé -respondió Kelly-. Así lo creen Turcotte y Nabinger y, evidentemente, quien sea que esté a cargo en la Antártida. Solo me pregunto quién es quién en esta historia y cuáles son sus razones para hacer lo que hacen.