La Respuesta - Area 51
Capítulo 2
hablan… ¿Saldrá todo bien?
Kelly posó su mirada sobre el ataúd una vez más.
–Sí. – Luego susurró para sí misma-. Tiene que salir bien.
Capítulo 2
El Centro de Comunicaciones del Espacio Profundo o CCEP 10 era uno de los doce sistemas de recepción de radio instalados por todo el planeta por el gobierno de los Estados Unidos, junto con diversas organizaciones de investigación, para monitorizar las ondas de radio que llegaban al planeta desde fuera de la atmósfera. En el CCEP 10, había doce grandes antenas ubicadas a intervalos uniformes sobre el suelo del desierto, a cuatrocientos kilómetros al nordeste de Las Vegas. El sol poniente reflejaba los soportes y redes de acero que apuntaban al cielo, escuchando con la paciencia infinita que caracteriza a las máquinas.
De la base de cada disco salían cables que desembocaban en la pared lateral de un edificio de una planta de aspecto moderno. En el interior de la estructura, los dos humanos también tenían paciencia; era el resultado de años de escuchar el cosmos sin obtener resultados tangibles.
Los descubrimientos recientes en la Isla de Pascua y la revelación de la nave nodriza alienígena y de los agitadores escondidos a solo kilómetros hacia el norte, en el Área 51, habían demostrado sin rastro de duda que había vida extraterrestre en el universo y que eso vida tuvo una colonia en la Tierra alguna vez. Los seres humanos no estaban solos y, aunque la mayor parte del planetacentraba su atención en lo que se había descubierto, quienes trabajaban en lugares como el CCEP-10 estaban preocupados por lo que aún quedaba por descubrir entre las estrellas.
El mensaje enviado por el ordenador guardián había sacudido a todo el mundo, y alterado sus rutinas cotidianas. Ahora el personal del CCEP-10, al igual que el de otros puntos de vigilancia espacial de todo el mundo, tenía la vista clavada en los monitores de sus ordenadores, con un sentimiento que lindaba entre la esperanza y el miedo. La esperanza de que llegara un mensaje de respuesta, y el miedo de lo que podía contener ese mensaje y de quién podía enviarlo.
Jean Compton trabajaba en el CCEP-10 desde hacía doce años. Su puesto oficial era el de empleada de la Eastern Arizona State University, y eso era lo que pensaba su compañero de trabajo, James Brillon. En realidad,
trabajaba tanto para la EASU como para la Agencia de Seguridad Nacional.
Su trabajo para la NSA era mantener el CCEP-10 preparado como respaldo de las antenas de satélite de la Fuerza Aérea en la base aérea de Nellis. Si la estación de barrido de Nellis colapsaba, Compton debía usar el CCEP-10
para descargar los datos clasificados de la red de satélites espía que Estados Unidos había instalado para que recorriera el planeta. La enorme cantidad de datos que acumulaban esos satélites, al igual que la capacidad de almacenamiento limitada que poseían, hacía que fuera imperativo recoger cada descarga programada de datos, pues de lo contrario se podía perder información de inteligencia valiosa.
Compton aún no había hecho la copia de seguridad, pero valoraba el dinero extra que recibía todos los meses del gobierno de los Estados Unidos y que era depositado de manera directa y discreta en su cuenta corriente.
También tenía una dirección de Internet clasificada y un código que debía usar en caso de que el CCEP-10 detectara señales de vida extraterrestre inteligente. Todo lo que conocía de la Organización que le daba esas indicaciones era la designación STAAR, y que la NSA le indicó que siguiera sus instrucciones.
No sabía qué significaba STAAR y, después de recibir las instrucciones del representante de STAAR en Nellis hacía cuatro años, no había querido saber nada más. El hombre que le había dado las instrucciones le había puesto la piel de gallina por el modo indiferente con el que le había dado los detalles de las indicaciones que debía seguir si encontraban evidencias de vida extraterrestre. Era alto, de pelo rubio casi blanco y muy corto, y los rasgos de su cara parecían tallados en mármol blanco. Se preguntó si la piel de aquel tipo alguna vez había sido expuesta al sol, a pesar de que no se había quitado las gafas de sol en toda la entrevista que habían tenido en un hangar vacío de la base de Nellis. El lugar estaba rodeado por guardias armados de aspecto rudo, vestidos con monos oscuros. De algún modo, su presencia resaltaba la importancia y el poder que tenía esa misteriosa organización.
Poco después de que el ordenador guardián transmitiera su mensaje desde la isla de Pascua, STAAR se había puesto en contacto con ella. El mismo hombre le dio un informe clasificado con nuevas instrucciones detalladas. Ellano creía que fuera a seguir esas indicaciones, como tampoco
había tenido que implementar las que le había dado la NSA… hasta ocho minutos antes de las ocho de esa noche.
Estaba realizando un barrido en bucle; los discos de las antenas giraban lentamente para obtener una imagen de radio clara de una sección del cielo, cuando la luz de alarma maestra conectada a la viga que recorría el frente de la sala de control se encendió y se oyó un silbido agudo.
Al producirse esos dos acontecimientos simultáneos, Brillon dejó caer la lata de Coca Cola que sostenía, que fue o dar contra la alfombra. El líquido oscuro se derramó sin que nadie lo notara mientras la mirada del hombre seguía clavada en la luz de alarma, que no dejaba de titilar. De inmediato, Compton presionó el botón de grabar de la consola que tenía frente a sus ojos y se encendieron todas las piezas de registro del equipo del centro de control. Luego se concentró en la amplia pantalla de la izquierda, que tenía una serie de líneas de interferencias electrónicas sobre la sección del mapa estelar hacia donde apuntaba el alcance de los radiotelescopios en ese momento.
–Aléjate del centro, desplázate de cuadrante. Izquierda cuatro, arriba dos.
Brillon sacudió la cabeza, tratando de volver a la realidad, y Compton tuvo que repetir la orden hasta que el hombre se sentó frente a otra consola y comenzó a realinear los radiotelescopios para que captaran mejor el mensaje que llegaba.
Compton giró su silla hacia la izquierda para mirar otra pantalla. Un enjambre de letras y números surcaba toda la superficie de la pantalla.
–Están entrando datos -afirmó con una voz sorprendentemente tranquila-. Datos reales -agregó, lo que significaba que no eran ondas de radio al azar generadas por fenómenos astrales.
–¡Joder! – masculló Brillon, dándose cuenta de lo que eso implicaba.
Contacto. No un primer contacto como habían soñado siempre; eso había sucedido con el descubrimiento de los artefactos Airlia, sino el primer contacto vivo, al lado del cual esos primeros descubrimientos empalidecían.
Compton verificó otra pantalla.
–Joder, es una señal intensa. Muy fuerte. – Echó un vistazo a su compañero-. ¿Ya has logrado centrarte sobre ella?
–La he centrado lo mejor que he podido -respondió Brillon-, pero el haz de transmisión es estrecho y no puedo centrarlo.