La Respuesta - Area 51
Capítulo 30
Oyó los ruidos que provenían del Pasadena. Representaban el mayor temor de todo tripulante de submarino: el crujido del metal que cedía bajo la entrada del agua y el aire al salir a presión. Hasta imaginó que podía oír los gritos de los tripulantes del Pasadena al ser aplastados, pero eso bien podía ser su imaginación.
El Springfield estaba sumido en el silencio; hasta los tripulantes que no tenían puestos los auriculares podían oír el tenue eco de los compartimientos metálicos que se desmoronaban, como si fueran palomitas de maíz que se abrían a la distancia.
–¡Señor! – siseó el primer oficial-. ¿Qué hacemos?
–Por ahora, nada -respondió Forster, dando la espalda a los hombres de la sala de control. Al imaginar el destino que había sufrido la tripulación del Pasadena, sintió que el desayuno que había comido tan deprisa amenazaba con volver a subir-No hacemos nada.
* * *
A bordo del Greywolf, los hombres oyeron la explosión y después también los sonidos de la muerte del Pasadena. Medio minuto después captaron el sonido del orgulloso y ahora destruido casco del submarino al caer al fondo del mar, mientras cada vez cedían más compartimientos en su interior, a medida que aumentaba la presión.
Capítulo 30
Turcotte caminaba más lentamente para permitirle a Harker colocarse en posición. Descendían poco a poco a medida que el terreno cedía hacia el amplio lecho del arroyo que corría a lo largo de la base norte de Qianling.
Tenía sentido desde el punto de vista táctico que la barricada china estuviera esperándolos en la orilla más distante del arroyo, usándolo como un método de control. Turcotte aminoró aún más la marcha, tratando de deslizarse con la mayor destreza posible entre las sombras. La gran ventaja que Turcotte sabía que tenían sobre los chinos era que el ELP no tenía acceso a equipos de visión nocturna.
Cinco minutos más tarde llegaron al final de la vegetación baja en la orilla sur. Turcotte quería acercarse todo lo que pudiera a la línea enemiga antes de que Harker iniciara el contacto. Se detuvo en una zona poblada de arbustos tupidos.
* * *
Harker y DeCamp estaban posicionados a poco menos de seiscientos metros del piquete del ELP. Estaban a alrededor de cien metros más elevados que los hombres a los que dispararían. Se agazaparon entre las rocas y la vegetación rala.
Harker miró por el visor termográfico, que ahora había montado sobre el rifle de precisión. El rifle y el visor se consideraban eficaces hasta mil doscientos metros y Harker confiaba en dar a los soldados, a los cuales podía ver claramente como imágenes resplandecientes. También veía al grupo de Turcotte, que era un montoncito pequeño de puntos brillantes, un poco al sur de los chinos, en la orilla más cercana.
Harker contó veinte soldados chinos en el área inmediata del equipo. Se centró en la figura que estaba más cerca del equipo. No había viento, por lo que no tenía que hacer correcciones en función de ello. La diferencia de altura requería algunos ajustes, pero Harker tenía suficiente experiencia en los blancos distantes como para poder tenerla en cuenta.
A cinco metros a su izquierda, DeCamp se mantenía oculto. Tenía el rifle preparado entre dos rocas. Harker volvió a mirar el reloj. Un minuto más.
Detrás de los dos soldados de las Fuerzas Especiales se erguía el relieve de la montaña de Qianling, esperando la llegada de los primeros rayos de sol que la acariciarían desde el este.
* * *
En el otro lado del mundo, alguien más observaba el destello de unas siluetas, pequeños puntos en la pantalla ubicada al frente de un recinto subterráneo. En el Centro de Alerta de Comando Espacial, bajo de las profundidades de la montaña Cheyenne, observaban a los cazas Fu en la pantalla. Se dirigían hacia el oeste por encima del Pacífico, directamente encima del Ecuador.
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Harker apretó el gatillo con suavidad y el rifle emitió un ladrido que repercutió en la ladera de la montaña. Un soldado chino, que se había creído seguro en la oscuridad, se desplomó cuando el cartucho de 7.62 mm se hundió en su pecho. Sin pensarlo siquiera, Harker hizo lo que su entrenamiento le dictaba. Apuntó el rifle al siguiente blanco. El hombre había oído el primer disparo, pero no sabía qué significaba. Nunca lo sabría,