La teoría del amor

Ali Hazelwood · Capítulo 9 de 29

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La teoría del amor

Fricción

8

FRICCIÓN

—¿Qué quieres decir con que debemos dejarlos ser como son?

Mamá está hablando en un tono de voz tan alto que no puedo evitar mirar a mi alrededor para asegurarme de que nadie la ha oído a través del móvil. El doctor Voight me saluda con la mano antes de entrar al auditorio (donde daré la charla sobre mi investigación dentro de quince minutos) y el estómago me da un vuelco, como si fuera una tortilla.

—Es que… Lucas es muy testarudo. A menos que lo encierre dentro del lavavajillas, no sé de qué otra forma evitar que se porte mal. —Antes de que mamá me pida que pruebe a hacer eso mismo, me apresuro a añadir—: Y creo que le sentaría bien que le diéramos cierto espacio para poder enfurruñarse en paz.

—¿Y qué hay de Acción de Gracias?

¿Eh?

—¿Qué quieres decir?

—¿Y si no se le pasa el enfado y sigue enfurruñado para Acción de Gracias? ¿Dónde voy a sentarlo? ¿Y si no se presenta? Tu tía dirá que no sé tener a mi familia bajo control, que debería ser ella la anfitriona el año que viene. ¡Lleva décadas intentando robarme este día!

—Mamá… estamos en enero.

—¿Y?

Veo a Jack y a Andrea viniendo hacia mí, riendo, con Michi y un grupito de doctorandos siguiéndolos de cerca. Le saca una cabeza al resto (como en todas las reuniones de los Smith) y lleva una camiseta panadera gris de manga larga que tiene pinta de ser lo primero que ha encontrado en el cesto de la ropa sucia y, a la vez, una prenda de lujo hecha a medida para evidenciar que las proteínas son su macronutriente favorito.

Colección alta costura de Chuck Norris.

Ojalá no me hubiera saludado con esa absurda sonrisa nada más verme.

Ojalá no le divirtiera tanto ver cómo lo miro.

—Si para noviembre las cosas no han mejorado…, ya investigaré cómo hacer buenos nudos con cuerdas y algún almacén barato, te lo prometo. Te tengo que dejar, mamá. Te llamo esta noche, ¿vale? —Cuelgo y veo que el Dr. L. me ha mandado un correo para desearme suerte. Aún no le ha pillado el tranquillo a lo de enviar mensajes de texto. Sonrío.

Al menos hay una persona en el mundo que se preocupa.

—Siento mucho lo de ayer —dice Monica, que llega acompañada del sonido de sus tacones. Se le clavan los ojos en los monstruosos hombros de Jack. Admiro su determinación por despreciarlo. De veras reconforta mi sistema cardiovascular de alto riesgo—. Te dejé a solas con Jack mucho rato. No tenía ni idea de que Sasha iba a llegar tarde. Hombres… No te puedes fiar nunca de su palabra.

—No te preocupes —le contesto. Y no lo digo por decir.

Anoche conseguí dedicar dos horas enteras a responder correos electrónicos antes de la cena, y ni siquiera me quedé dormida cuando Cece me contó sus avances en el análisis de «Los pasos de Odessa» (es decir, el cuarto acto de la película muda El acorazado Potemkin, de 1925). La hemos visto juntas varias veces desde que cometí el error de fingir que me encantaba el primero. Pero anoche estaba considerablemente menos cansada de lo habitual, y mi teoría es que fue por culpa de Jack.

La cosa es que nunca vamos a poder salvar las diferencias que tenemos.

Nunca conseguiré ser una Elsie capaz de complacerlo, sobre todo desde que ha descubierto que sigo la estrategia EPI. Y por mucha rabia que me dé saber que hay alguien por ahí a quien no puedo conquistar, también es liberador. Con Jack no necesito ser otra persona, porque no puedo ser otra

persona. Es inquietante y relajante y… también revelador, pero de una forma que me resulta perturbadora.

En el fondo diría que me lo pasé bien con Jack Smith-Turner. Una frase que nunca antes había pronunciado ningún ser humano.

¿Lo he estado haciendo todo mal? ¿En lugar de esforzarme para que la gente piense que merezco que me dediquen su tiempo, debería dejar de darle tanta importancia a lo que piensan? Mmm… Es para reflexionar.

—La parte buena es que todos los que han tenido un cara a cara contigo te adoran, Elsie. —Monica sonríe—. Y la impresión que se han llevado los estudiantes después de tu clase ha sido fantástica. Creo que los tenemos a todos en el bolsillo. Solo te falta clavar esta charla sobre tu investigación.

Claro, sin presiones.

—Estoy en ello. —Sonrío.

Posa la mano con delicadeza sobre mi hombro.

—Será maravilloso para el departamento contar con alguien como tú.

Diez minutos más tarde, después de que Monica me haya presentado ante un auditorio abarrotado (sospecho que la asistencia es obligatoria), aún puedo sentir el peso de sus dedos. Ha mencionado el premio Forbes 30

Under 30, el SN 10: Scientists to Watch y el Young Investigator Prize, y todo el mundo ha aplaudido. La gente va alternando la mirada entre mi cara y mis diapositivas. Por ahora, todavía no he visto a nadie cabecear. Hablo de los modelos que he creado, de material inédito sobre el que aún no he tenido ocasión de escribir y…

Dios. Me encanta.

La cosa es que se me da bien esto. Bien de verdad. El resto de las cosas por las que alguna vez me han elogiado —«Eres tan guapa, Elsie. Resulta tan interesante hablar contigo. Eres tan divertida, tan extrovertida, tan introvertida, tan amable, tan comprensiva, tan agradable, tan reflexiva, tan sensata, tan perspicaz, tan alocada, tan despreocupada, tan disciplinada, tan intensa, tan tranquila…»— son inventadas. El producto de máquinas de niebla y espejos colocados cuidadosamente para reflejar lo que otros quieren que sea. Pero la física… Mi pasión por la física no la he tenido que fingir nunca. Y me encanta hablar sobre el tema con otras personas, lo cual no he podido hacer mucho este último año, ya que doy aproximadamente

setenta trillones de clases y mis alumnos todavía van por la parte de «y la manzana le cayó en la cabeza». A veces intento que Cece se involucre en mi trabajo, pero cada vez que menciono los cristales líquidos, suelta una risita y susurra: «Mi tesssooro». Lo cual está bien. Digamos que no es un tema que entusiasme a cualquiera, pero a los físicos les encanta. A los experimentalistas les encantan las formas en que se pueden aplicar, y a los teóricos les encanta preguntarse qué papel tuvieron durante el big bang, si son el verdadero origen de la vida en la Tierra, si se pueden añadir como suplemento a un batido…

Todos salimos ganando.

—… esta era la fase dos del modelo. Avisadme si algo no os queda claro como el cristal. —Lanzo el primero de los tres juegos de palabras que tengo planeados y la sala responde con risitas. Si la vida es justa, esta prostitución de mi sentido del humor hará que me gane el voto de Volkov—. Bien, pasemos a la tercera.

Jack está en la cuarta fila y me está prestando tanta atención que me resulta hasta incómodo. Veo que escribe algo en un cuaderno. En el mejor de los casos, debe estar garabateando eses con diferentes tipografías. En el peor, redactando una petición para disuadir al MIT de contratar a una babosa diabética que va por ahí robando refrescos de importación y embaucando a hombres jóvenes y fáciles de impresionar haciéndoles creer que es otra persona. Trama algo. Yo lo sé. Él lo sabe. Ambos lo sabemos, y por eso nuestros ojos se encuentran y se sostienen la mirada tan a menudo.

Pero he practicado tanto esta charla que podría darla mientras me están depilando la entrepierna. Sea lo que sea lo que estás tramando, estoy preparada, le digo mentalmente la siguiente vez que nuestras miradas se cruzan. Me devuelve una media sonrisa que ya me resulta familiar.

Sigo con lo mío a la espera de que llegue el momento. Y espero. Y

espero. Y…

No llega. Jack no levanta la mano para hacer una pregunta ininteligible dividida en cuatro partes. Los alumnos no saltan de la silla para interpretar un flashmob antiteórico. Cuando llegamos a la ronda de preguntas, miro hacia el techo esperando encontrarme con un cubo lleno de sangre de cerdo, pero nada.

Lo único que sucede es que el doctor Massey levanta la mano desde el lateral izquierdo y dice:

—Qué modelo tan fascinante, doctora Hannaway. Algunos de los experimentalistas que están hoy aquí se beneficiarían mucho si colaborara con ellos. —Señala a un hombre de mediana edad sentado frente a él—.

Toby, tú trabajas en nemática, ¿verdad?

—No, yo no. Es el doctor Deol.

—No, Deol está con las partículas. ¿Tal vez Sasha?

La sala se convierte en un gallinero, todos hablan por encima de todos hasta que Volkov interrumpe:

—¿No era el doctor Smith-Turner?

Se da la vuelta con esfuerzo, buscando a alguien, y rezo para que se haya equivocado. Rezo para que haya otro Smith-Turner entre la multitud. Rezo para que haya un final rápido y piadoso. Sin embargo:

—Jack, llevas un tiempo atascado con tus experimentos nemáticos,

¿verdad? Este modelo te serviría, ¿no es así?

Me atrevo a mirar a Jack. Espero encontrármelo con el ceño fruncido.

Riéndose. Arremetiendo contra mí. Pero, en vez de eso:

—Lo cierto es que sí, llevo un tiempo atascado. Y, sí, desde luego que me serviría. —Sonríe un poco, demasiado complacido para mi gusto.

Acabo de bordar la charla. Jack debería estar sollozando. ¿Por qué tiene esa mirada como de… admiración?

Sus ojos vuelven a clavarse en los míos. Soy la primera en desviarlos y atiendo a la siguiente pregunta.

—Eres una joven científica muy prometedora —me dice Volkov. Hace una pausa para meterse una seta envuelta en beicon en la boca—. Una futura estrella con una brillante carrera por delante.

—Más me vale ir a comprarme unas gafas de sol, pues. —Miro cómo se ríe de camino a la mesa de aperitivos y confío en que no vuelva.

La entrevista ha ido bien, pero estoy deseando que termine. Esta fiesta en casa de Monica es la recta final: al parecer, se trata de un picapica informal destinado a transmitir el ambiente amistoso que hay en el

departamento y la buena relación entre sus miembros. Sin embargo, he asistido a un montón de eventos como este en la Northeastern, y lo único que consiguen demostrar es que los académicos somos unos empollones con pocas habilidades sociales y unos resentidos incapaces de interactuar con nuestros colegas si no disponemos de litros y litros de lubricante etílico.

A estas alturas, esos litros ya se han distribuido. La sala oscila entre el bullicio y la embriaguez. Las conversaciones, entre juegos de la PS5 y cotilleos sobre los doctorandos. (A Cole lo odian de forma unánime. Tuvo una fase de llevar perilla y una vez intentó organizar una orgía en el laboratorio de espectroscopia. Debería presentarle al tío Paul.) La casa de Monica es lujosa y espaciosa. No debería sorprenderme: es una persona importante, pues claro que le sale el dinero por las orejas. Es lo que pasa cuando logras mantener tu puesto en el mundo académico hasta llegar a profesor titular, ¿no? Lo único que… la diferencia de sueldo entre los profesores titulares y la gente como yo es abismal. Quizá cuando los académicos salen del umbral de pobreza se olvidan de que antes se despertaban con cucarachas caminándoles por encima. ¿Habrá un interruptor en el cerebro que enseña a la gente la diferencia entre entremeses y amuse-bouches y que les hace querer gastar mucho dinero en decorar las paredes con cráneos de vaca?

Doy un sorbo al refresco que he fingido mezclar con ginebra y murmuro:

—Dios…

—Estoy seguro de que Dios abandonó este departamento hace años —

susurra alguien detrás de mí.

Me doy vuelta y… es Jack. Por supuesto que es Jack. El electrón de mi núcleo, girando constantemente a mi alrededor en la órbita más molesta del mundo. Está tan cerca que tengo que levantar la barbilla, y desde esta perspectiva me sorprende comprobar de nuevo lo guapo que es. Tiene cara de salir en los anuncios de perfume caro que hay en las tiendas del aeropuerto.

—Deja de fruncir el ceño —me ordena, y automáticamente le hago caso y relajo la frente.

Entonces lo frunzo todavía más.

—No me digas lo que tengo que hacer.

—Ay, por favor, Elsie. —Se le curva la comisura del labio—. Que no es que te haya pedido que me sonrías.

Está de pie en la puerta, con una mano a cada lado del marco. Sus bíceps me rozan el pelo, pero decido no apartarme. Yo he llegado primero.

Además, está claro que me he convertido en una cría de doce años.

—¿Necesitas algo?

—Solo me he pasado a ver qué tal estás. Quería asegurarme de que habías comido lo suficiente.

Pongo los ojos en blanco.

—He comido. Gracias, papá. —Mis niveles de azúcar están en ciento veinte miligramos. Estoy de fábula.

—Me lo he imaginado al ver que no estabas tumbada sobre el… —mira la alfombra bajo mis pies, y arruga la nariz— ¿dálmata muerto de Mónica?

—Creo que es piel de vaca.

—Ah. Eso explicaría los cráneos de la pared.

—Sí… —carraspeo—. Desde luego, aportan ¿cohesión? a la estancia.

—¿Crees que las mató ella con sus propias manos?

—¿Por qué? ¿Tienes miedo de ser el siguiente?

—Pues claro. Monica es aterradora.

Me río. Ya no hay nada que Jack pueda hacer para dar pie a que quede mal delante del comité de selección. Ahora solo somos dos archienemigos que se llevan bien y pueden charlar en una fiesta. Nadie nos presta atención, lo que resulta extrañamente agradable. Me siento aislada pero relajada, porque Jack no espera nada en concreto de mí.

—¿Andrea y tú estáis saliendo? —pregunto, porque puedo y porque tengo curiosidad.

—No. —Parece sorprendido—. ¿Por qué?

Me encojo de hombros.

—Os veo juntos muchas veces. —Es con quien estaba charlando mientras Volkov hablaba de lo competitivos que son los concursos de pastoreo de patos.

—Somos amigos, colaboramos a veces. Somos los dos únicos profesores menores de treinta y cinco años. —Da un sorbo de cerveza—. No me va mucho eso de salir con chicas.

Cierto. Greg también me lo dijo. Lo que me molesta es que Andrea, una mujer brillante, crea que Jack es un buen tipo. Y que Michi piense que es un buen mentor, a juzgar por lo cómoda que se siente interactuando con él en plena crisis. Si fuera cualquier otra persona, todo eso lo consideraría green flags, pero a mí no me la cuela.

—Bueno —digo—, conque tus experimentos nemáticos van mal, ¿no?

—Así es. ¿Cómo lo has sabido? Ah, claro. Estabas presente cuando Volkov ha anunciado mis repetidos fracasos a la hora de obtener resultados decentes ante un auditorio con trescientas personas. —Vuelve la sonrisa de autodesprecio. Y también el hoyuelo.

No quiero volver a reírme, pero… es difícil. He tenido un día muy largo.

—Lo cierto es que lo he disfrutado. De hecho, creo que he tenido un orgasmo en ese mismo momento.

—No me digas. —Se le oscurecen los ojos alrededor del trocito azul.

—En una escala que va desde asistir a una clase de CrossFit a escribir artículos-mofa como forma de activismo, ¿cómo de cabreado estás por que alguien te haya sugerido que uses un modelo mío?

—¿Qué es un CrossFit y por qué tendría que cabrearme? Hemos discutido si usar tu modelo en una reunión con mi laboratorio esta misma mañana.

Me inclino hacia atrás para buscarle los ojos.

—¿Qué?

—Michi ha presumido delante de todo el mundo de ser amiga tuya. Te ha seguido en Twitter, creo.

—No tengo Twitter.

—Ya le he dicho que probablemente no eras @SmexyElsie69…

—Espera, ¿hablas en serio? ¿De verdad vais a usar mi modelo?

—Por supuesto.

—Pero es un modelo puramente teórico.

Se encoge de hombros.

—Llevamos meses atascados. Y es excelente. Y, como te he dicho varias veces, nunca he tenido problema en incorporar modelos teóricos y he colaborado con…

—Basta. —Me giro para mirarlo de frente y me quedo medio atrapada debajo de su brazo. Parece que estemos a punto de abrazarnos, pero un abrazo de los que esconden un apuñalamiento, al estilo Juego de tronos—.

Escucha… Para de hacer esto, por favor. No sé qué quieres de mí. Llevo un año como adjunta y es una mierda. Una puta mierda. Solo quiero un puesto en un buen departamento para continuar con mi investigación.

—Te lo mereces —dice sin alzar mucho la voz.

Tanteo las palabras en busca de ironía. Ni rastro.

—Basta —repito—. No sé a qué estás jugando, pero…

—¿Jugando? —Frunce el ceño—. Solo he dicho que espero que tengas la oportunidad de continuar tu investigación, porque está claro que eres una de las grandes mentes de nuestra generación.

Me pongo tensa.

—No necesito tus elogios cargados de condescendencia.

—¿Mis…? —Sacude la cabeza. Pone su mano bajo mi barbilla y me levanta la cara para estudiarme mejor. Nos quedamos así durante unos interminables segundos, hasta que pregunta—: ¿Quién te ha hecho tanto daño, Elsie?

—¿Perdón? —Me siento en carne viva cuando me mira así. Desnuda hasta los huesos.

—Cada vez que menciono que admiro tu trabajo, te pones a la defensiva y le quitas importancia.

No, no es verdad. ¿O sí?

—Quizá si no te pasaras la vida recordándome que me consideras una mentirosa a la altura de las villanas de las series de la Warner de mediados de los 2000, pues…

—Soy capaz de hacer más de una cosa a la vez. —Suena… no molesto, pero casi. No tiene esa actitud de indiferencia tan propia de él—. Puedo admirarte como científica y que, al mismo tiempo, me moleste lo que le estás haciendo a mi hermano.

—Lo que supuestamente le estoy haciendo a tu hermano. Y… —¿Estoy siendo innecesariamente beligerante? No. No, Jack y yo somos dos frentes en guerra. Insulina y glucagón. Rey y Kylo Ren. Galileo y la Iglesia Católica allá por el 1615—. Me cuesta creer que me respetas cuando por lo

único que te conozco es por despreciar a la gente que trabaja en lo mismo que yo y por abogar para que contraten a George.

—Lo de George no tiene nada que ver contigo. Además, no os conocéis, por lo que tampoco espero que lo entiendas.

—Cierto. Quizá, si lo conociera y me hubiese leído su único artículo publicado, retiraría mi solicitud al darme cuenta de que compito con alguien tan admirable.

Los ojos de Jack se abren de par en par.

—¿Qué? —Se muerde el interior de la mejilla—. Elsie, se te está yendo de las manos lo de hacer suposiciones…

—Elsie. Estabas aquí. —Monica camina por encima de la piel de vaca en dirección a nosotros. Me mira. Luego a Jack. Luego a mí otra vez—. He pensado que quizá necesitabas que te rescataran —me murmura al oído.

A juzgar por su media sonrisa, Jack también la ha oído.

—Solo estaba asegurándome de que sigue queriendo trabajar con nosotros después de que Christos se haya metido la mano por dentro del pantalón mientras intentaba convencerla de que los cereales con leche son técnicamente sopa. —El tono de Jack vuelve a ser de diversión. Relajado.

—Tiene unos cuantos buenos argumentos al respecto —intervengo antes de que Monica despelleje a Jack sobre la alfombra de piel de vaca—.

Monica, qué velada tan agradable. Muchas gracias por recibirme en tu preciosa casa.

—Qué menos. ¿Has conocido a mi familia?

—A tu marido, sí. Su investigación es fascinante. —Es biólogo evolutivo. Se nos han saltado las lágrimas a ambos al hablar sobre los podargos australianos, que se emparejan de por vida y, cuando uno de ellos muere, el otro permanece junto al cadáver hasta morir de hambre. Hemos pasado un rato agradable.

—¿Y a Austin, mi hijo? Acaba de llegar a casa. Está viviendo con nosotros, ahora mismo está en un… impasse laboral. Al parecer, gastarnos cientos de miles de dólares para que se especializara en gestión de campos de golf no ha sido una buena inversión. —Su sonrisa es tensa—. ¿Sabías que Jack y Austin salen por ahí de vez en cuando?

—Ah. —Alterno la mirada entre Jack y Monica. Parece ser que este hecho les resulta divertido e irritante, respectivamente.

—Jugamos al básquet en el mismo gimnasio —explica Jack. Noto la vibración de su voz, como si estuviera muy cerca.

—Los domingos por la noche. Justo a la hora de cenar en casa. Hace semanas que Austin no nos acompaña en la mesa.

—Quizá deberías instalar una canasta en el salón —añade él, y señala la pared—. Justo ahí, entre esos dos fósiles, por ejemplo.

— Quizá seas tú el que debería instalar una canasta en… Ay, ahí está.

Austin, querido, déjame presentarte a nuestra invitada de honor.

Un hombre alto aparta la mirada del móvil con cara de pocos amigos y se acerca a nosotros. Tiene una guapura común y fácil de olvidar, y al principio pienso que por eso me resulta vagamente familiar. Pero al verle intercambiar un amistoso apretón de manos con Jack, me doy cuenta de que hay algo más. Estoy segura de que lo he visto antes. ¿Pero dónde? No logro ubicarlo. ¿Será uno de mis alumnos? No. Tiene pinta de tener veintimuchos.

Entonces caigo. Cuando Monica dice:

—Austin, esta es una posible futura compañera de trabajo, la doctora Elsie Hannaway.

Porque la respuesta de Austin es mirarme de arriba abajo, resoplar y decir:

—Ni de coña.

Y es entonces cuando recuerdo que, la última vez que vi a Austin Salt, me ofreció setenta dólares por acostarme con él.

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