La teoría del amor
Inercia
10
INERCIA
—En retrospectiva —musita Cece mientras va mordisqueando un trozo de gouda con expresión pensativa—, creo que deberíamos haberlo visto venir.
Boston tiene setecientos mil habitantes. Pongamos que la mitad son hombres, y la mitad de estos tienen entre veintiún y cuarenta años, el público objetivo de Faux. Ahora bien, Faux no es barata, y la gente es cada vez más pobre mientras que Jeff Bezos se beneficia sin piedad de mi desesperada necesidad por recibir un bálsamo labial con aroma a pepinillos en menos de veinticuatro horas. Así que tal vez solo una cuarta parte de los tíos pueden permitirse el lujo de contratarnos. Y de esa cuarta parte, la mitad está felizmente casada, ya tiene pareja o… tiene principios. Ahora, pongamos que llevamos unos cuatro años haciendo esto y que hemos tenido citas falsas con un promedio de dos clientes al mes. Si hacemos números…
—Me mira expectante.
Me planteo fingir que no soy una calculadora humana, pero me rindo rápido.
—Noventa y seis hombres. —Suspiro—. Y sus familiares y amigos. De un total de veintiún mil.
Cece le ofrece una zanahoria a Eri y esta le da un mordisquito.
—Lo que hace que la probabilidad de que nos crucemos en nuestro día a día con alguien que conocimos a través de Faux sea… Haz lo tuyo, reina de
las empollonas.
—¿Quieres la probabilidad bayesiana? ¿O frecuentista?
De todas sus sonrisas, la burlona es mi favorita, con la lengua asomando entre los dientes.
—Da igual. La cuestión es que es posible que, en nuestra quijotesca misión por ganar suficiente dinero para poder pagar los impuestos, algo que, por cierto, no se le exige hacer al pepinillo de Jeff Bezos, la…
—¿Cagáramos muy fuerte?
—Es una buena forma de resumirlo.
Dejo que mi frente se deslice sobre la mesa. Está fría y pegajosa por culpa de algo que podría no ser pis de Eri.
—¿Y si Austin le dice a su madre que soy una especie de estafadora que engatusa a sus clientes para… para…?
—¿Para no follárselos? ¿Tenía cara de querer contárselo a Monica?
—Pues… —Una vez que Jack terminó de decirle lo que le tenía que decir, su cara era más bien de terror. De estar cagado, dirían algunos. Pero también enfadado, y la gente, cuando está enfadada, hace tonterías. Como subirse encima de un retrete del baño de hombres con las manos de Jack Smith-Turner agarrándole la cintura. U olvidarse de controlar sus niveles de glucosa. Dios, menuda mierda de entrevista. Por lo menos, los momentos más vergonzosos ocurrieron entre bastidores. Yuju, solo me humillé en semiprivado—. No lo sé.
—En cualquier caso, como madre que soy —dice Cece mientras le laza una mirada cargada de significado a Eri—, si el imbécil de mi hijo viniera a quejarse de que la joven promesa de la física teórica le ha negado una paja por ochenta dólares…
—Setenta.
—… por setenta dólares (hay que ser rastrero), mi enfado iría dirigido exclusivamente al imbécil de mi hijo.
Me enderezo y vuelvo a suspirar. El gouda se ha acabado, como era de esperar, así que cojo la zanahoria y le doy un pequeño mordisco en el lado que no ha tocado Eri. Aunque, si me paro a pensar, no sé por qué. ¿Cómo de mala puede ser la toxoplasmosis? Seguro que no duele tanto como la forma en que Jack me miró después de todo aquello, como si pudiera
descomponerme hasta llegar a las moléculas diatómicas más pequeñas con una mirada y cuatro palabras.
Prefiero arriesgarme con la salmonela.
—Necesito hablar con Jack. Explicarle lo que dijo Austin.
Cece suelta un bufido.
—No le debes nada.
—Pero me ayudó. Sin él no…
—Te defendió cuando un caraculo mierdoso te estaba acosando verbalmente. Qué menos, Elsie. Madre mía, el listón está tan bajo que, si quisieras, podrías cogerlo y usarlo para darle de hostias.
De acuerdo. Tal vez no necesite hablar con Jack. Pero quiero hacerlo.
Quiero explicarle que…
¿Que qué? En serio, ¿que qué? Debe de haber deducido que lo que hago con Greg es similar a lo que hice con Austin. Y si no… ¿Acaso no decidí hace dos días que me daba igual lo que pensara de mí? ¿Que igualmente es una causa perdida? Si no consigo el trabajo en el MIT, nunca volveré a ver a Jack. Y si lo consigo… seremos enemigos cordiales y distantes. Sigue siendo el gilipollas que, cuando cumplió diecisiete años, decidió declararle la guerra a toda una disciplina; mi disciplina. Y es el único hombre que no puedo leer, la única persona con la que no puedo aplicar el EPI. Razón de más para no volver a relacionarme con él por voluntad propia.
No sé por qué la última mirada que me dirigió mientras salía de casa de Monica se ha quedado grabada a fuego en mi puto cerebro. Y la otra, cuando me agarró la barbilla y me estudió como si fuera una especie única, como si tuviera mis propias coordenadas cartesianas.
¿Quién te ha hecho tanto daño, Elsie?
Enderezo los hombros.
—Tienes razón. Con quien tengo que hablar es con Greg. —Debo advertirle de que Jack le va a hacer preguntas. Darle tiempo para preparar las respuestas. Greg es la razón por la que he tenido que guardar secretos todo este tiempo. Es a él a quien hay que proteger—. Mientras tanto, no más Faux. —Miro a Cece—. ¿Crees que tú también deberías dejarlo? Te incorporarás al mercado laboral en cuanto termines la tesis, ¿y si te pasa lo mismo que a mí?
—Eso será el año que viene. Puede que para entonces estemos muertas.
—¿A que estaría bien?
Intercambiamos sonrisas.
—Debo decir que la situación me está haciendo replantearme lo de Faux.
Por otra parte, la cantidad de dinero que tengo en la cuenta me está haciendo replantearme lo replanteado. —Se da golpecitos en la barbilla—.
Es una buena razón para seguir trabajando con Kirk.
Frunzo el ceño.
—¿Kirk?
—Sí, el tío ese que…
—Sé quién es Kirk. Lo único que… últimamente hablas mucho de él. Y
te refieres a él por su nombre de pila.
—¿Cómo debería referirme a él si no?
—Tus clientes hasta ahora han sido: Jim el Narizón, Antianderson Cooper, Pete el Apocalíptico, Aliento de Anchoa Uno, Aliento de Anchoa Dos, Escote en Pico hasta el Ombligo, Aliento de Anchoa Tres.
—Lo pillo.
—Kirk es siempre solo Kirk, lo que hace que me pregunte si…
—Guau. —Abre los ojos dramáticamente—. ¿No estaré yo siendo atacada? ¿En mi propia casa?
—No. Solo…
—¿En mi propia mesa?
Niego con la cabeza.
—No, es que…
—¿Sentada en mi propia silla, que me encontré en la acera y que tenía chinches y quizá aún las tenga?
—¡No! No era mi intención. —Me doy cuenta de que Cece tiene una sonrisa socarrona—. Eres malvada.
Se ríe.
—¿Greg sigue en ese retiro hippie donde pagas por quitarles las malas hierbas de sus parterres? ¿Cuándo vuelve? ¿Y cuándo vota el comité de selección al candidato elegido?
¿Está intentando cambiar de tema?
—No tengo ni idea. Ni siquiera sé si ya han entrevistado a George. Greg debería estar de vuelta este fin de semana, pero tendrá montones de mensajes y…
—Y verá un millón de mensajes tuyos. Te llamará en cuanto encienda el móvil. Le explicarás tranquilamente lo que ha pasado y pensaréis juntos un plan. No te preocupes, ¿vale?
Asiento.
Resulta que Cece tiene razón. Recibo una llamada de Greg en cuanto vuelve a la civilización. Pero también se equivoca, porque las cosas no salen como ella prevé. Para nada.
Ni por asomo.
Mi primer pensamiento cuando leo Número desconocido de Boston es que me van a ofrecer el trabajo. Estoy tan sumamente desesperada que me estoy convirtiendo en una tonta optimista. Por un momento, me veo conteniendo las lágrimas mientras acepto la carta de nombramiento. Me gustaría darle las gracias a la Academia, a mi compañera de piso y a la chica que lleva la cuenta de Twitter QuéHaríaMarie, quienes han sido mi principal apoyo durante los angustiosos años de doctorado. Todo esto os lo debo a vosotras.
Lo que hace que la vuelta a la realidad sea mucho más difícil.
—¿Conoce a alguien llamado Gregory Smith? —Quienquiera que esté al otro lado de la línea suena tan cabreada que por un segundo se me olvida cómo hablar.
—Em…
—Bueno, espero que sí, porque en su móvil hay cuarenta mensajes suyos sin leer. Y si estoy hablando con una acosadora… Bueno, lo cierto es que también me vale. Lo trajeron a esta consulta del dentista hace una hora para una cirugía de emergencia y necesitamos que alguien venga a recogerlo.
—¿A… recogerlo?
—Sí. Recogerlo significa venir aquí. Hacerse cargo de él. Y luego llevarlo a donde vive. —Habla muy despacio. Si le dijera que tengo un
doctorado, no me creería—. Con un vehículo; como un coche, por ejemplo.
O, vaya, por mí como si es con una carretilla.
—No tengo coche. Y no sé dónde vive. ¿No podría llamar a un Uber y…?
—Cielo, ahora mismo está en pleno viaje. No puedo dejarlo salir de aquí solo. Acaba de murmurar algo sobre zambullirse en el río Charles para pasar un rato con Aquaman.
Cierro los ojos. Luego los abro. Echo un vistazo a la conferencia que he estado preparando, luego a la hora (18:42), luego a Eri, que me mira desde la encimera de la cocina.
Suspiro y me oigo preguntar:
—¿Me podría decir la dirección de la consulta?
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