La teoría del amor

Ali Hazelwood · Capítulo 13 de 29

Páginas del PDF

La teoría del amor

Colisión (inelástica)

12

COLISIÓN (INELÁSTICA)

De: Dupont.Camilla@bu.edu

Asunto: Disertación sobre Macbeth

Dr. Hannaday:

Estoy centrando mi trabajo en Lady Macbeth y su papel como la cuarta bruja.

Algunas partes del texto respaldan esta interpretación. ¿Le importaría echar un vistazo a lo que tengo escrito hasta ahora? Adjunto el archivo.

Atentamente,

Cam

De: martinash3@umass.edu

Asunto: kien es la mas mona

usted doctora usted es mona es monisima es la mas mona del mundooooo

De: martinash3@umass.edu

Asunto: Por favor, ignore mi correo anterior

Dr. Hannaway:

Mi compañero de piso se ha comido ciertos brownies por error y se ha encerrado en el baño con mi móvil. Por favor, ignore cualquier correo electrónico que haya podido enviar.

Saludos,

Ashton

De: greenbermichael12@emerson.edu

Asunto: Trabajo de termodinamica

Una prórroga xfa.

La semana siguiente tengo tanto trabajo que no me da tiempo ni a vivir, tanto por el ajetreo cotidiano de ser profesora adjunta como por el hecho de tener que ponerme al día con las labores que dejé para más tarde con el objetivo de centrarme en la entrevista. Pero no hay de qué preocuparse: a pesar de tener exámenes que corregir y lecciones sobre las maravillas de la difracción de Fraunhofer que dar, mi cabeza siempre encuentra un momento para preguntarse si habré conseguido el trabajo, cuándo lo sabré, cómo lo sabré y quién me lo dirá. Se me da bastante bien lo de ser multitarea, ahí donde me veis. Casi no se nota que más bien soy un desastre con patas que se pasa la vida haciendo malabarismos con sus múltiples trastornos del estado de ánimo.

El iPotorro se convierte en mi fiel compañero, no sea que me pierda una llamada, un correo electrónico, un mensaje de texto o una señal de humo del Vaticano informándome de que mi sufrimiento ha llegado a su fin: Bienvenida al MIT, Elsie, dice la voz incorpórea de Monica, dispuesta a prepararme para ser su sucesora.

A partir de ahora, eres part-ícula del Departamento de Física, dice Volkov entre risas y con las manos en la barriga.

He oído que le has robado el puesto a George, me dice Jack. Luego chasquea la lengua desde su altura, un palmo por encima de mí, y sonríe, pero no con la boca; solo con esos preciosos ojos suyos, tan genéticamente improbables. A partir de ahora, tú y yo deberíamos aprender a llevarnos bien.

Todo es en vano. Siempre que descuelgo me atienden teleoperadores. O

estafadores que me recuerdan que debo pagar la garantía de un coche que no tengo. O Lucas, llamando para quejarse de Lance. O Lance, llamando para quejarse de Lucas. O mamá, llamando para quejarse de Lucas y Lance.

Lo único destacable es una llamada de Dana, que me pregunta si creo que mis hermanos aceptarían mantener relaciones con ella a la vez.

—¿Por qué de repente a todo el mundo le van los tríos? —pregunto, y luego me alejo a toda prisa cuando la secretaria del Departamento de Biofísica de la UMass levanta la vista de los exámenes que está archivando.

Intento llamar a Greg, pero no contesta ni al teléfono ni a los mensajes, lo que me sume en una espiral de ansiedad: he arruinado su vida. Me odiará para siempre. Pero no puedo obligarlo a aceptar mis disculpas, así que canalizo mi nerviosismo actualizando la bandeja del correo electrónico: un fantástico aunque infructuoso pasatiempo. No aparece ningún remitente terminado en mit.edu, solo estudiantes al borde de un colapso mental a las 23:34 de un miércoles cualquiera porque han olvidado si el capítulo ocho entra en el examen («Porfa, porfa, porfa diga que no, Dra. H.»). Como es temporada de mandar solicitudes para acceder a un doctorado, algunos incluso vienen a mi despacho en horario de tutoría para pedirme una carta de recomendación. Cuando me toca recordarle a un estudiante de último curso de la Universidad de Boston que ha suspendido mi asignatura, parpadea confuso y pregunta: «¿Eso es un no?».

El jueves por la noche, mientras estoy cargando el lavavajillas, Cece me pilla intentando desbloquear la pantalla con el codo.

—Hasta aquí hemos llegado. —Coge el iPotorro y se lo mete en el bolsillo—. Queda confiscado hasta mañana.

—No. ¡No, por favor! De verdad que lo necesito. —Sueno como una llorica y a la defensiva a la vez. Menuda combinación—. Es mi mantita de Linus.

—¿Has desarrollado apego por un objeto transicional con casi treinta tacos?

—¿Un qué?

—Mantas, ositos de peluche… Esas cosas a las que los niños se agarran cuando están intranquilos se llaman objetos transicionales.

—¿Y adónde te transicionan?

Me mira consternada.

—A los impiadosos estragos de la edad adulta.

En realidad, no poder acechar las redes sociales de todo el comité de selección del MIT durante el resto de la noche me hará bien. Monica solo comparte publicaciones sobre los artículos que escriben sus alumnos.

Volkov lleva inactivo desde 2017, cuando retuiteó un meme que ponía

«Gracias a Dios, Newton no estaba debajo de un cocotero». George, si su cuenta es la que creo que es, se pasa la vida subiendo fotos de lo que come (que, para mi disgusto, siempre tiene pinta de estar delicioso). Jack, por supuesto, no tiene presencia en redes sociales.

Lo cual está bien. Porque sí tiene presencia en mi cabeza. Mucha. No es que sepa por qué ni nada. En primer lugar, no estoy segura de si me creo algo de lo que dijo. En segundo lugar, estoy casi segura de que no me creo nada de lo que dijo. En tercero: sigue siendo la misma persona que escribió ese artículo falso. En cuarto: quiere que sea otro candidato quien consiga el puesto. En quinto: no. Simplemente no. En sexto: aunque me creyera algo de lo que dijo, los puntos tres, cuatro y cinco seguirían siendo válidos.

—No. No le vi durante el resto de la entrevista —le digo al Dr. L.

cuando voy a verlo a su despacho.

Sonríe complacido. Su jersey de cuello alto tiene el mismo tono gris oscuro que su pelo.

—Muy bien, Elise. ¿Y qué hay de tu charla? ¿Cambiaste las cosas que te dije?

Los comentarios del Dr. L. a veces están un poco fuera de lugar. Por ejemplo, no creo que poner por escrito toda la historia de la investigación

de los cristales líquidos en una diapositiva con letra a tamaño 8,5 sea una buena idea, pero:

—Sí —miento.

Cuando vuelve a sonreír, disfruto sabiendo que lo he complacido, pero en cuanto salgo de su despacho, me invade la culpa. Por haberlo engañado.

O quizá… quizá porque he tenido que asumir que Jack, quien arruinó la carrera de mi mentor, me parece atractivo. Extremadamente atractivo. Hasta un extremo que no sabía que era capaz de percibir.

El viernes por la noche llego a la conclusión de que la atracción tiene poco que ver con que sea alto o guapo, y mucho que ver con lo observador que es.

Jack me ve a mí. Una marioneta tras la que tal vez, solo tal vez, se esconde una chica de verdad.

Y por ese motivo no puedo interactuar con él como Dios manda. Y por eso no quiero pensar en las cosas que me dijo. En la forma en que me miraba. En el hoyuelo. En su mano deslizándose por el interior de mi muslo, cálida, inexorable. «Elsie, ¿eres consciente de todo lo que quiero hacerte?» Sacudo la cabeza. «Será mejor que te ahorre los detalles gráficos.

Estoy seguro de que tú misma te lo puedes imaginar.»

Vale, sí. He tenido ciertos sueños. Un sueño. Gráfico. Detallado. Un poco acalorado. Pero no, nop, no. Tengo otros problemas que justifican la futura aparición de una úlcera. La flecha del tiempo. El cambio climático.

La falta de responsabilidad y transparencia del gobierno. Mi futuro profesional. Tengo para elegir entre un gran abanico de cuestiones sobre las que estresarme, y Jack no está incluido en ellas.

Eso es lo que me repito a mí misma hasta el sábado por la noche, cuando todo explota.

—A veces me pregunto por qué no nací a principios del siglo XVII. Hoy en día una no puede llevar una gorguera en público ni emplear sanguijuelas en las curas médicas. O en la antigua Roma, donde podría haberme pasado la vida repitiendo una rutina basada en tumbarme, comer y vomitar todos los días sin que nadie me mirara mal. Pero entonces vivo experiencias

maravillosas como esta en IMAX, y pienso, sé, que estaba destinada a vivir en esta época. Es mi recompensa por una existencia honrada y sin sanguijuelas.

Parpadeo mientras miro a Cece con los ojos cansados después de pasar tres horas en el cine. Cuando hemos entrado, había salido el sol y por fin se había derretido la nieve que cayó la semana pasada. Ahora todo está oscuro y Cece va atrapando copos de nieve con la lengua, como buena persona nacida en la soleada Florida que es.

La quiero. Bastante. Y por eso he sacrificado mi preciada tarde de sábado para ir a ver la versión original de 1968 de la famosa obra maestra de Kubrick, 2001: Una odisea del espacio. Ciento sesenta insoportables minutos mirando imágenes del sistema solar que parecen salvapantallas al ritmo de… ¿Vivaldi, puede ser?

Con películas como esta, ¿quién consideraría el ahogamiento una tortura?

—¿A que ha sido increíble? —dice ella sonriendo.

—Ha sido muchas cosas, eso seguro.

Esta vez Cece no está lo suficientemente centrada en los detalles cinematográficos como para no darse cuenta de mi tono.

—¿No te ha gustado? —Frunce el ceño—. He de admitir que yo también he echado mucho en falta la escena de «El amanecer del hombre» en la que el simio observa el hueso.

—Em… sí. A eso me refería.

Se pone delante de mí y ladea la cabeza. Enfundada en su enorme abrigo rojo, aparenta tener unos dieciséis años.

—¿No te ha gustado la película?

«Es más fácil así, ¿no? No mostrarle nunca a nadie quién eres en realidad. […] Cuando eres tú misma, es cuando estás expuesta.»

Durante una fracción de segundo, me viene a la cabeza lo que me dijo Jack, como una melodía de esas pegadizas. No es que no lo supiera ya de antes, pero una vez expresado en palabras, se vuelve más difícil de ignorar.

Es como si se hubiese producido un brusco cambio entre el conocimiento procedimental y el semántico.

Pongamos que lo considero. Al fin y al cabo, Cece es mi mejor amiga.

Podría sonreír, pasar el brazo por debajo del suyo, tirar de ella hacia la estación de metro y decir con naturalidad: No me ha gustado la película. Ni siquiera sé de qué iba. Mi personaje favorito ha sido el ordenador malvado y a los veinte minutos ya estaba a punto de soltar un chillido desgarrador, parecido al sonido que hacen un millón de cigarras. Además, me encantaría no tener que volver a ver nada más de este director; de hecho, preferiría pasarme una tarde entera mirando fijamente el portal de mi préstamo estudiantil, ese que hace que me eche a llorar una vez al mes. Y, ya que estamos, el otro día pillé a tu eriza defecando en mi almohada. Lo próximo va a ser en mi té.

La sola idea de admitir todo eso hace que me duela el costado derecho.

Será la úlcera, supongo.

Paso el brazo por debajo del de Cece igualmente, pero las palabras que salen de mi boca son:

—Ha sido sublime. Ese viaje de la conciencia del hombre por el universo… Después la transición de esa conciencia a un nuevo nivel… —

Esta frase es de la crítica que Roger Ebert hizo de la película en 1997. La he memorizado esta mañana.

—Es inigualable. —Sonríe, luego entrecierra los ojos—. Ah, es el trabajo, por eso estás tan meh.

—No estoy meh. ¿Te parece que estoy meh?

—Sí. ¿Te preocupa lo del trabajo?

—No.

—¿No?

—Bueno, sí —admito.

Me detiene en medio de la acera.

—Te lo van a dar. Lo hiciste muy bien.

—La verdad es que… —Cece está de buen humor después de haber visto ese ballet espacial a cámara lenta, y no quiero estropearlo. Sonrío—…

soy optimista.

—Quizá deberíamos ver otra película al llegar a casa. —Me tira de la manga—. Algo ligero y divertido. ¿ Tiempos modernos? ¿O El gran dictador? La risa es la mejor medicina.

—Diría que la mejor medicina son los antibióticos. A menos que sea una infección vírica, en cuyo caso… —Me detengo porque alguien detrás de mí ha dicho mi nombre.

Lo peor es que sé exactamente de quién es la voz, porque está grabada a fuego en mi corteza auditiva hasta tal punto que, sospecho, es un indicio de que tengo cierto daño neuronal. Pero me doy la vuelta de todos modos, y ahí está.

Jack.

Con su abrigo negro de North Face, que a estas alturas ya me resulta familiar. Con sus hombros anchos, su pelo claro y su presencia, que es imposible pasar por alto. Ocupando más espacio del que debería en la acera, mirándome como si yo fuera el fantasma de Nikola Tesla y encontrarme por casualidad en el centro de Boston fuera una sorpresa inesperada pero agradable.

—Ah —consigo decir. Mierda. ¿Mierda? Mierda. ¿Qué hace él aquí?—.

Em…

—La palabra que estás buscando es hola. —Dios, su voz. Y esa media sonrisa—. Es lo que suele decir la gente en estas situaciones, Elsie.

—Ya. —Trago saliva—. Hola.

Lo primero que pienso es que lo he invocado. Al pensar en él cuarenta veces al día. Incluso hasta hace unos segundos.

Lo segundo: debo de estar maldita. Lo único que quiero es eliminar a Jack de mi vida, pero soy como el Australopithecus afarensis de la peli que acabamos de ver: intentando retozar en un páramo prehistórico, condenado a ser acechado por un monolito alienígena el resto de mis días. (Creo que era así. Me he medio dormido.)

Lo tercero: no está solo. Hay una mujer alta a su lado, con el pelo largo y con trenzas, y los labios de un rojo intenso. Es evidente que se estaban riendo de algo. Cuando Jack se ha detenido para hablar conmigo, ella ha chocado contra él y no se ha apartado después.

Está teniendo una cita.

Con otra persona.

Jack está en medio de una cita con alguien, y yo siento como si me hubieran dado una patada en el estómago.

—¿Es alumna tuya? —pregunta la mujer como si nada. Su piel oscura está inmaculada y su cara me suena, pero eso suele pasar con la gente muy guapa.

—No. —Jack aún no ha apartado la mirada de mí—. Para nada.

—Hola. —Cece irrumpe con su mejor sonrisa—. Claramente, Elsie está experimentando un colapso de las habilidades sociales pragmáticas que son necesarias para presentarnos, así que… ¿cómo se llama, señor alto?

—Jack.

—Encantada de conocerte, Jack. —Extiende la mano, que desaparece dentro de la de él. Me los quedo mirando, medio paralizada—. Soy Celeste, la persona favorita de Elsie.

—¿Ah, sí? —Los ojos de Jack vuelven a centrarse en los míos—. Qué honor. —Sigue con su media sonrisa, como si esto le estuviera alegrando la noche del sábado.

—Bueno, a ver, es un trabajo duro. Implica compartir mucho queso. Y

acabo de llevarla a ver 2001: Una odisea del espacio, que le ha encantado.

—¡Ostras! —La Mujer Más Guapa del Mundo está maravillada con esa información—. Nosotros también venimos de verla.

—Impresionante, ¿verdad?

—Una obra maestra. A pesar de que Jack ha hecho un comentario sobre lo previsible que era el arco de la «malvada Siri espacial».

Él levanta una ceja.

—Me aburría.

— Siempre te aburres en el cine. —Aprieta su hombro contra el de él—.

Tengo que confiscarle el móvil e ir vigilando que no se duerma.

—Porque siempre me llevas a ver películas aburridas.

Le pellizca el brazo por encima del abrigo.

—Si fuera por ti, solo veríamos Jackass.

—Eso solo pasó una vez.

—Una vez son demasiadas.

Jack se encoge de hombros, imperturbable. No puedo dejar de mirar la estampa de ellos dos enmarcados por los copos de nieve. Esa complicidad.

El evidente afecto que siente Jack por ella. Los dedos de la mujer, que siguen apoyados en su manga. Algo frío y sombrío me oprime el pecho.

—Entonces —dice Cece—, ¿de qué conocéis a Elsie?

—La verdad es que yo no la conozco —contesta la mujer mirando con curiosidad a Jack—. ¿De qué conoces a Elsie, Jack?

Él vuelve a clavar los ojos en mí.

—Salió con mi hermano. Entre… otras cosas.

El ambiente cambia al instante. El aire ya era gélido, denso, del que augura tormenta de nieve, pero la temperatura desciende aún más a medida que los presentes procesan el significado de esas palabras.

Primero está Cece, que sabe que no salgo con nadie, no de verdad, y está intentando recordar dónde escuchó por última vez el nombre de Jack.

Frunce el ceño y se acerca hacia mí, protectora, dispuesta a defenderme de mi archienemigo como si fuera un gatito bufando a un bisonte.

Y luego está esa mujer. Su expresión también cambia al comprender la situación y se la ve intrigada.

—Eres la novia de Greg. Esa Elsie. —Alterna la mirada entre Jack y yo una, dos veces, y luego me tiende la mano—. He oído hablar mucho de ti.

Es un placer conocerte. Soy George.

Mi cerebro se congela.

—Bueno, Georgina. Sepúlveda. Pero, por favor, llámame George. —Su sonrisa es cálida y acogedora, como si yo fuera una vieja amiga de Jack a la que se moría por conocer.

—Georgina Sepúlveda —repito, aunque apenas se me oye.

El nombre abre un cajón de mi cerebro lleno de artículos científicos, TED Talks, discursos en conferencias… Georgina Sepúlveda, joven promesa de la física. Soy fan de su trabajo. No es que me suene… es que sé perfectamente quién es.

—Sip, así me llaman. —Su mano sigue extendida. Debería cogerla—.

Trabajo con Jack.

—George —la advierte Jack.

—Vale, técnicamente aún no. Pero empezaré a trabajar en el MIT el año que viene. ¿Qué pasa? Venga ya, Jack. He recibido la oferta formal y he mandado ya el contrato firmado. Puedo contárselo a la gente sin problema.

—Me lanza una mirada cómplice y a mí se me revuelve el estómago—. Tú eres bibliotecaria, ¿verdad? Me encantan las bibliotecas.

A mi lado, Cece ahoga un grito. Mientras, yo asiento con la cabeza.

Debe de ser una reacción automática, porque todas mis neuronas están ocupadas procesando lentamente lo que acabo de oír.

Georgina.

George.

MIT.

Oferta formal.

No. No, no, no. Mi estómago es una piedra. La sangre retumba en mis oídos, y…

Doy un paso atrás y, durante una fracción de segundo, mi mente se traslada a un lugar lejano: a mi apartamento. Veo el ordenador que he dejado sobre la cama. El manuscrito que tenía a medio escribir y que iba a terminar cuando consiguiera el trabajo en el MIT.

Pero no lo he conseguido. Se lo han dado a George. George, que está con Jack. Y aquí acaba la cosa.

Lo he dado todo y no ha sido suficiente.

—Elsie —empieza Jack. Debe haberse movido, porque George y Cece han desaparecido detrás de su espalda. Veo en su cuello cómo traga saliva

—. A los candidatos no seleccionados no se les notifica hasta que se completa todo el papeleo.

Sacudo la cabeza y él se calla. Sus ojos están llenos de compasión, de una pena sincera y desgarradora. No puedo soportarlo.

Me doy la vuelta lentamente. Me alejo un poco, igual de lenta. Apenas veo la acera. Hay un hombre que pasea a su husky. Un grupo de estudiantes que fingen entusiasmo porque van a proyectar una nueva retrospectiva sobre Truffaut. Paso junto a ellos y camino un poco más, sin prisas, como si todo fuera a ir bien.

Todo va a ir bien.

Estoy en un paso de cebra, con el semáforo en rojo, cuando oigo:

—¿Elsie?

Es Cece, llamándome desde donde la he dejado. La ignoro.

—¿Va todo bien? —pregunta George—. Mierda, ¿he dicho algo malo?

Cece no le contesta, pero me dice:

—Elsie, ¿qué te parece si… si vamos a casa?

Silencio. Entonces escucho a Jack:

—Elsie. Ven un momento, por favor. —Su voz suena acorde a cómo me miraban sus ojos y me resulta insoportable.

El semáforo se pone en verde. Respiro hondo, dejo que el aire frío invada mis pulmones y echo a correr.

OceanofPDF.com