La teoría del amor

Ali Hazelwood · Capítulo 16 de 29

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La teoría del amor

Transferencia de calor

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TRANSFERENCIA DE CALOR

No hay cortinas, y soy yo quien se despierta primero.

La luz de la mañana es de un blanco cegador. Siento como si un millón de ratas topo me estuvieran royendo los globos oculares. A juzgar por la respiración lenta y acompasada que noto en la nuca, Jack ya está acostumbrado.

Me siento descansada. Abrigada y reconfortada. En algún momento de la noche debo haberme dado la vuelta en sus brazos, porque tengo la espalda contra su pecho. Tiene la mano metida por debajo de mi camiseta, plana contra el vientre, con los dedos rozándome la bomba, pero no en plan sexual ni de una forma que me haga sentir incómoda. Solo para mantenerme cerca y que quepamos los dos debajo de la fina manta. Debería sentirme como si me estuviera acurrucando con una piraña, pero por algún motivo estoy a gusto y…

Vale, igual un poco sexual sí que es, porque noto algo muy duro y muy muy grande contra mi culo.

Creo que Jack necesita ir a hacer pis. ¿Verdad que los hombres se empalman por la mañana porque necesitan ir al baño? Es una erección causada por el pis. Una erecpisión. Sip.

Aun así, debería irme.

Intento escabullirme de entre los enormes bíceps de Jack, pero él se resiste en sueños. Se me acelera el corazón cuando murmura algo contra mi nuca y me agarra por la cadera. Noto esa cosa dura contra mí, tratando de hacerse un hueco más allá de los cachetes de mi culo, y suelto un jadeo.

—Hueles tan bien… —me gruñe contra la piel, y, de repente, noto un calor, una sensación de vergüenza y algo más, algo nuevo, palpitante y desconocido.

Me retuerzo ante esa sensación. Dios mío. ¿Estoy cachonda? A duras penas está despierto, y apuesto a que se cree que soy su novia o la última tía con la que se ha acostado, y yo aquí, cachonda perdida y…

—Elsie —por cómo lo dice, casi parece un gruñido.

Me rodea la cintura con el brazo y luego se relaja de repente.

Sigue profundamente dormido. Y esta vez, cuando intento apartarme, me suelta. Corro escaleras arriba, roja como un tomate, y él vuelve a respirar acompasado.

No pasa nada. No pasa absolutamente nada. Me da un poco de cosa haber pensado lo que he pensado, teniendo en cuenta que estaba dormido.

En el baño, me cepillo los dientes (sip, con el dedo), me lavo la cara y le repito a Cece que no se preocupe, que no he sido víctima del tráfico sexual.

Mi bandeja de entrada está repleta de correos electrónicos. Lo más destacado:

De: melaniesmom@gmail.com

Asunto: Melanie

Melanie es buena persona y no quería copiar esa redacción de internet, me lo ha dicho ella misma, y yo la creo porque la he criado y en mi casa no toleramos las mentiras. Le tendieron una trampa (su compañera de piso la tiene tomada con ella desde que ocurrió el incidente con la copa menstrual). Por favor, deje que mi hija vuelva a presentar el trabajo.

La madre de Melanie

Suspiro (dos veces) y me pongo a rebuscar en los cajones de Jack.

Encontrar algún tratamiento contra la calvicie, medicamentos antimicóticos o desodorante de farmacia para olores fuertes le daría un toque más humano, pero solo hay pasta de dientes (de gaulteria, qué asco) y jabón. Así que me siento en el borde de la bañera y me paso no sé cuánto tiempo pensando en cómo hacerle saber al Dr. L. que he fracasado.

Le he fallado.

Para cuando me arrastro escaleras abajo, Jack va por la cocina, con el teléfono entre el hombro y la oreja, riendo y diciendo:

—… ya que te quedas tres días, podemos…

Se da la vuelta. Cuando me ve al pie de la escalera, se le borra la sonrisa.

Sí, todavía llevo puesta la camiseta de la Northeastern con la que he dormido, y sí, mis manos están cubiertas por las mangas de la rebeca que llevo encima, y no, no puedo evitar poner un pie encima del otro.

¿No seré yo el máximo exponente de la sexualidad?

—Te tengo que colgar, nos vemos la semana que viene. —Deja el teléfono y pone una taza de café en la isla de la cocina. Para mí, supongo.

Lo que significa que no tengo más remedio que ir hasta allí y sentarme en un taburete.

Tiene unas pintas un poco desaliñadas. Lleva la parte de atrás del pelo hacia arriba, la barba más larga que anoche, los hombros y los brazos rellenan la camiseta desgastada, pero sigue teniendo ese aire. Ese aire de estar pasándoselo bien. De tener seguridad en sí mismo. De despreocupación. Espero a que mencione que hemos dormido juntos.

Hemos. Dormido. Juntos. Pero no parece tener ganas de sacarme los colores con ese tema.

—Hola —me saluda.

La erecpisión (voy a tener que registrarlo como marca) ha desaparecido.

O eso creo. Lo cierto es que desde ahí no lo veo. Probablemente ha ido al baño de abajo y…

No te vayas por las ramas, Elsie. Concéntrate.

—Hola —contesto.

Doy un sorbo al café. Está asqueroso, como siempre. Dejo la taza, abro la boca para volver a disculparme por lo de anoche, por cómo está el

mundo, por el cúmulo de átomos que forma mi propia existencia, pero entonces dice:

—¿Te preparo el desayuno?

—Ah. —Niego con la cabeza mientras me ruge el estómago—. Estoy bien así, no tengo…

—¿Puedo, por favor, verte comer algo? —Pam, hoyuelo—. Sería bueno para mi salud mental.

Me tomaré este día como lo que es: yo marinándome en un charco de vergüenza.

—Si tienes una tostada por ahí ya me vale. Gracias.

Asiente, mete una rebanada de pan integral en la tostadora y me hace una pregunta muy extraña.

—¿Por qué no eres investigadora a tiempo completo?

Parpadeo.

—¿Cómo?

—Hiciste el doctorado y luego pasaste directamente a ser profesora adjunta. La mayoría de la gente, después de doctorarse, intenta buscarse un puesto de investigación a tiempo completo, sobre todo si no les apasiona la docencia.

Después de haberme pasado años oyendo al Dr. L. hablar de Jack, me resulta surrealista que él mencione al Dr. L., aunque sea de manera indirecta.

—Lo pensé, pero no había ninguno disponible por aquí. A los teóricos no es que les lluevan las subvenciones, precisamente…

—¿Y has mirado en otros sitios? ¿O quieres quedarte por Boston?

—Sí. Bueno, no quiero, pero debería. Por mi familia.

—¿Estáis muy unidos? ¿O es que tienen problemas de salud?

—No. Y no. Lo que pasa es que mi madre y mis hermanos son… —Un desastre. Un total y absoluto desastre. Como yo—. No puedo irme.

Asiente, como si no lo entendiera del todo; como si lo entendiera demasiado.

—Eres consciente de que tus habilidades serían de interés para más gente aparte de los teóricos, ¿verdad? Tu trabajo es muy traslacional. Hay físicos experimentales que se pelearían por tenerte en su equipo.

Pero no fue así. El Dr. L. preguntó por ahí y no es que alguien tuviera intención de pelearse por mí. Nadie llegó siquiera a dar pie a una discusión educada.

—¿Como quién?

Sostiene mi mirada durante demasiado tiempo, y…

—No. —Niego con la cabeza—. No.

Sus labios se curvan.

—Tengo los fondos.

—No.

—Y la necesidad.

—No.

Ahora ya tiene una sonrisa completa. Como si yo fuera su centro de entretenimiento personal, divirtiéndole en 4K y con sonido envolvente.

—Podríamos negociar el salario.

—No. Nop. No. No voy a trabajar para ti.

—¿Por qué?

—No pienso corregirte los exámenes y llevarte el café.

—Tengo tres profesores adjuntos. —Mira fijamente mi taza llena—. Y

estaré encantado de encargarme yo de tu café… Ni siquiera te gusta el café,

¿verdad?

Me rebullo en el taburete.

—Me…

—Ay, Elsie. —Sacude la cabeza fingiendo decepción y se lleva la taza

—. Creía que no te daba miedo herir mis sentimientos.

—Fuiste muy amable conmigo anoche, y… —Me aclaro la garganta—.

De todos modos, no puedo trabajar para ti.

—¿Por qué?

—Porque eres Jonathan Smith-Turner y casi destruyes todo mi campo.

— Y el Dr. L. me mataría. No lo digo en voz alta, pero eso no quita que me siga sintiendo culpable por estar a punto de, literalmente, compartir el pan con el archienemigo de mi mentor.

—Está bien. —Se encoge de hombros y me pone delante un vaso de agua y una tostada—. Resulta decepcionante, pero me deja vía libre para preguntar otra cosa.

—¿Preguntar qué?

—¿Puedo invitarte?

No proceso las palabras de inmediato. Durante unos segundos rondan por mi cerebro como un tronco a la deriva, sin rumbo, imposible de recuperar, y entonces me doy cuenta de lo que significan.

—¿Te refieres a invitarme… a que me vaya?

Hace una mueca.

—Por enésima vez, ¿quién te ha hecho tanto daño, Elsie?

—Has sido tú el que ha preguntado si podía invitarme…

—A cenar.

—Ah. —Me sonrojo—. Ah. —Me rasco un lado de la nariz—. Emm…

Jack levanta una ceja.

—Pareces estar más cómoda con la idea de que quiera que te vayas a que quiera tener una cita contigo.

—No. Sí. Quiero decir, es que… ¿Por qué?

—He de decir que empiezan a preocuparme tus habilidades de comprensión lingüística. —La comisura de su boca se curva y yo ya no puedo soportarlo más.

—Para —le ordeno.

—¿Que pare… de hacer qué?

—¡De pasártelo tan bien a mi costa! No entiendo por qué querrías… No hemos hecho más que discutir desde el día que nos conocimos. —Me tapo los ojos con ambas manos—. ¿Por qué de repente eres tan amable? Me das cobijo, me ofreces trabajo… No lo entiendo. ¿Es porque tienes algún fetiche raro? Hay gente a quien le excita el sexo axilar. ¿A ti te gusta meterte conmigo y…?

—Mírame, Elsie. —Su voz hace que vuelva en mí. Jack ha rodeado la isla y está apoyado en ella, a mi lado. El dorso de su dedo golpea suavemente mi mano y me devuelve a la Tierra. Es como decirme Cállate,

¿quieres? en silencio—. ¿Has salido ya del bucle?

—No estoy en un bucle —miento—. Jack, créeme. No quieres pasar tiempo conmigo.

Asiente, pensativo.

—¿Qué más no quiero?

—Lo digo en serio. Para empezar, técnicamente sigo siendo la falsanovia de tu hermano.

—Desconocía el concepto. Tiene su aquel.

—Y odias lo de que cambie de personalidad.

—Eso no será un problema. —Le brillan los ojos—. También disfruto llamándote la atención cuando haces el tonto.

Mis mejillas se encienden.

—No tenemos nada en común. ¿De qué íbamos a hablar?

—Podríamos estar tranquilamente dos semanas hablando solo de cristales líquidos. O podrías hablarme de Crepúsculo. O de tu fase de leer fanfics eróticos sobre Bill Nye. Saber más sobre tu monólogo interior también estaría bien. Me encantaría saber lo que piensas.

—Pienso mucho en lo mucho que te odio —digo sin mucha convicción.

—Yo también pienso mucho en lo mucho que me odias. —Su sonrisa es pura ternura—. ¿Cuándo fue la última vez que tuviste a alguien en tu vida con quien pudieras ser completamente sincera, Elsie?

Si me estuviera haciendo esa pregunta cualquier otra persona, me parecería que está siendo paternalista, pero, como es él, siento que es de verdad.

—La…

Quizá con mis padres, cuando era muy pequeña. Pero no recuerdo ni un solo momento en las dos últimas décadas en el que mi comportamiento no dependiera del contexto, en el que no sintiera la necesidad de cortarme en pedacitos y servir en bandeja de plata el que creía que los demás querían ver. Ha habido gente con quien ha sido más fácil, como Cece. Gente que ha conocido casi todas las partes de mí, como Cece. Incluso gente que ha sido capaz de detectar esa necesidad que tengo de complacer a los demás y me ha animado a dejar de hacerlo, como Cece.

Vale: ha estado Cece. Y estoy agradecida. Pero, incluso con ella, nunca he sido del todo sincera. Siempre he tenido miedo de que la honestidad acabara rompiendo nuestra amistad.

—Hace ya un tiempo —le respondo.

Pero eso Jack ya lo sabía.

—Entonces va siendo hora de recuperar ese tiempo.

Todo esto me resulta… aterrador.

—No —digo con firmeza, negando con la cabeza—. Gracias por la oferta, pero no me interesa.

La decepción le ensombrece los ojos, pero apenas puedo asimilarlo antes de que suene un teléfono.

—Joder —murmura. Pero aparta la mirada, lo coge y, tras un largo suspiro, dice—: Tengo que irme. —Coge un jersey del sofá—. Vámonos.

Te llevaré a casa primero.

Me pongo en pie.

—Puedo ir en autobús. Ya no hay tormenta, así que…

—Elsie. —Me pone la mano contra la espalda y me empuja suavemente hacia la entrada.

—No, en serio. Ya has hecho mucho por mí… —Coge un gorro negro suave y con pinta de ser calentito y me lo pone en la cabeza. No es mío, pero me resulta muy cómodo. Y, al parecer, no estoy lo bastante despierta como para insistir en que no necesito que me lleven y abrocharme el abrigo al mismo tiempo—. No pasa nada, incluso puedo pedir un Uber y…

Se da cuenta de que me tiemblan las manos y las aparta con delicadeza para abrocharme él mismo.

—Elsie, no pasa nada. Lo entiendo. No quieres que te invite a cenar. —

Llega al botón más alto. Sus nudillos me rozan la barbilla—. Al menos déjame llevarte a casa.

Jack conduce con confianza, relajado incluso cuando el tiempo no acompaña, con las carreteras no del todo despejadas y otros coches deslizándose de aquí para allá. Me hundo en el asiento con calefacción incorporada que ha encendido especialmente para mí y recuerdo la vez que di un volantazo para esquivar a una ardilla y casi provoqué un accidente múltiple.

La ardilla resultó ser una bolsa de papel, pero bueno. Se me dan bien otras cosas. Supongo.

—Puedes cogerlo si quieres —digo señalando el móvil de Jack.

Lleva un buen rato vibrando sin parar en el posavasos; una música tecno algo extraña para tenerla de fondo mientras escuchamos las noticias internacionales en la radio.

—No me están llamando —dice mirando al frente.

Más vibración.

—¿Estás seguro?

—Sí. Solo es un bombardeo incesante de mensajes.

—Ah. Parece… urgente.

—No lo es. No bajo ninguna definición sana de la palabra. —Suspira, inusualmente derrotado—. ¿Te importa si paro en un sitio antes de llevarte a casa? Está de camino y solo me llevará un minuto.

—Claro, no me importa.

Me arrepiento de mi respuesta en cuanto se detiene en un camino de entrada inquietantemente familiar.

—Esto es… ¿No es esta la…?

Jack apaga el motor.

—Por desgracia, sí.

—Pero… —¿Ha sido buena idea traerme aquí, teniendo en cuenta…

literalmente todo?—. ¿Quieres que… me esconda en el maletero o algo?

—Estamos a diez grados. El coche se enfriará en nada.

—¿Mejor en los arbustos?

Me mira como si fuera a montar una intervención para abordar mi falta de comprensión de la segunda ley de la termodinámica.

—Venga. Solo será un minuto.

Fuera parece que estemos en Hoth y mi culo llora la pérdida del calorcito que desprendía el asiento. Estoy considerando la posibilidad de levantar un monumento conmemorativo en su honor cuando la puerta principal se abre ante la gloria cruel, amenazadora y despiadada de la Smith más aterradora de todas.

Millicent.

—Bueno, bueno, bueno —recita cruzada de brazos. Lleva unos pantalones negros sencillos y una rebeca, pero, incluso con ese atuendo informal, tiene un aire a matriarca muy intenso. No me la imagino habiendo

sido otra cosa que nonagenaria y rica en toda su vida—. Mira quién resulta que no estaba muerto.

—Has de saber —dice Jack a mi lado, en ese tono que tiene siempre de diversión— que me arrepiento de muchas cosas en la vida.

—No lo dudo.

—Pero enseñarte a enviar mensajes se lleva el podio.

Millicent agita la mano.

—Cuando tenías tres años, tuve que llevarte a urgencias porque te metiste una cera de color lila por el culo. Ese debería ser tu mayor remordimiento.

Jack me hace pasar al vestíbulo con un suave empujón desde la parte baja de la espalda, como si tener contacto físico conmigo fuera ya nuestro pan de cada día.

—Te lo has tomado con mucha calma, teniendo en cuenta el dinero que podrías heredar cuando me muera. —Millicent inclina la mejilla para que Jack le dé un beso. Él se niega y, en su lugar, la envuelve en un abrazo de oso que ella finge no disfrutar, pero que claramente adora.

—Ya te lo dije —le contesta él—, por mí como si te lo quieres llevar a la tumba.

—Me van a incinerar.

—He oído que el papel prende muy bien.

Ella se ríe.

—Sigue por ese camino y le dejaré toda mi fortuna a Comcast. —Se da la vuelta y empieza a andar por el reluciente pasillo.

Jack la sigue, imperturbable. No sé cómo lo hace, pero consigue que no parezca que está fuera de lugar a pesar de ser una montaña de músculos metidos en una sudadera de Caltech. Tras pensarlo un momento, decido seguirle.

Mejor no quedarme sola. No querría ser acusada de robar un cenicero.

Entramos en la misma cocina donde Jack me pilló mintiendo sobre el vino hace dos semanas. Lo veo dirigirse a un armario, sostenerle la mirada a Millicent mientras lo abre, sacar una bolsa de azúcar, dejarla sobre la mesa, cruzarse de brazos y preguntar:

—¿Era esta tu emergencia de vida o muerte?

Millicent sonríe.

—Pues sí. Qué quieres que te diga, no llegaba, y odio beber café si está amargo.

Echo un vistazo al armario. Ni siquiera está alto.

—Me alegro de haber podido acudir en tu ayuda para tratar un asunto tan urgente —dice Jack mientras asiente con cortesía.

Le da un beso rápido en la mejilla a su abuela y se dirige hacia la puerta.

La mano que me pasa por detrás de la espalda en seguida encuentra su sitio y me empuja suavemente para salir de la cocina. Está claro que su intención es marcharse, pero entonces…

—Bueno, pero, ya que estás aquí, podrías quedarte a tomar un café.

Jack baja los brazos y se da la vuelta.

—Millicent —dice serio pero de buen humor. Debe ser cosa de ricos eso de llamar a las abuelas por su nombre—. Como te dije la semana pasada, y las anteriores, no necesitas engañarme para que pase tiempo contigo.

—Ay, Jack. Si no fuera porque nos conocemos…

—¿Cuándo fue la última vez que me pediste que viniera y no lo hice?

—Hace tres años. En mi cumpleaños. Podría haber sido el último.

—¿Pero lo fue?

—A toro pasado… —dice mientras mira al infinito—. Y yo espera que espera, a ver si aparecía el único nieto al que soporto…

—Vivía en la otra punta del país.

—… pero, ay, ahí me quedé, esperando. Me abandonaste. Te mudaste a la costa oeste en busca de algo inalcanzable. ¿Un Premio Nobel, era?

—Te llamé todos los días durante siete años.

—A todo esto, ¿cómo llevas lo del Premio Nobel?

Jack suspira.

—No hace falta engañarme —repite, y esta vez ella le sonríe, pícara y traviesa, y recuerdo que siempre ha sido mi miembro favorito de la familia de Greg.

—Pero es más divertido así.

Sospecho que esta es una interacción que han tenido ya varias veces.

Sospecho que Jack está luchando contra las ganas de sonreír.

—Tengo que llevar a Elsie a su casa. Luego vuelvo y…

—¿Elsie? —Millicent se gira, como si no se hubiera dado cuenta de que estoy ahí—. Elsie. —Da un paso hacia mí y dejo de respirar, tratando de pasar desapercibida. ¿Quién necesita oxígeno? A partir de ahora me limitaré a hacer la fotosíntesis—. ¿Por qué me resulta tan familiar Elsie? —Trago saliva. Cómicamente—. Ah, sí. Le ganaste una partida de Go a Jack.

—Bueno… empatamos, en realidad. —Miro a Jack, que sonríe como si mi malestar le pusiera de buen humor.

—Cierto. —Los ojos de Millicent se centran en mí y me pregunto qué debería decir si quisiera saber por qué estoy aquí. ¿Cuál es mi coartada?—.

No tienes muy buena cara.

—Ah, es que…

—La noche de ayer fue dura —dice Jack con tacto—. Déjala estar.

Millicent asiente con complicidad.

—Ay, querida, siempre que no se les levanta se quedan ahí sentados al borde del colchón con la cabeza entre las manos, lloriqueando como bebés, y hacen que parezca que el problema lo tenemos nosotras, pero…

Ahogo un grito.

—Ay, no. No, no, eso no es lo que…

—Acaba de enterarse de que no ha conseguido un trabajo —explica Jack como si nada—. Pero gracias por el voto de confianza.

—Si tú lo dices. —Millicent parece poco convencida. Entonces sus ojos se iluminan por el destello del recuerdo—. Espera. No es tuya, ¿verdad? Es la novia del que siempre parece que acabe de zamparse una manzana a toda prisa encima de un cubo de basura.

Jack pone los ojos en blanco.

—¿Te refieres a Greg? ¿A mi hermano? ¿A tu nieto?

—¿Cómo quieres que lo sepa? Tengo cuatro hijos y siete nietos.

¿Cuántos nombres esperas que me aprenda?

—Once sería un buen número para empezar.

—Bah. —Sus ojos se clavan en mí, penetrantes—. La cuestión es que es la suya.

—En realidad, no —dice Jack—. Es una larga historia.

—Perfecto. Puedes contármela mientras nos tomamos un café. ¿Dos de azúcar como siempre, Jack?

—Sip. —Se vuelve a dar la vuelta para marcharse—. Me lo tomo cuando vuelva de llevar a Elsie.

—Tonterías. Elsie también tiene que quedarse. No puedo dejar que se vaya sin más.

—Y tanto que puedes. Tengo entendido que el secuestro es un delito grave.

—Shh.

—La llevo a casa y…

—No pasa nada —interrumpo. Los dos me miran, asombrados al descubrir que tengo la capacidad de hablar—. No me importa quedarme.

—¿Ves? ¡No le importa!

Millicent da una palmada y deja de fingir el menor atisbo de impotencia sacando tres tazas de un armario que está mucho más arriba que el del azúcar. Sin embargo, Jack no las tiene todas consigo. Da un paso hacia mí y estudia mi cara en busca de una pista que le indique que esa no es más que otra de mis mentiras.

—De verdad —digo solo para los oídos de Jack—, no pasa nada.

—¿Nada? ¿Tienes en cuenta que vas a pasar tiempo no remunerado con dos Smith?

Quedarme cumple con mi objetivo de optar por el mal menor, porque me permite posponer el tener que informar al Dr. L. de lo sucedido e incluso tener que afrontar las consecuencias. Mientras esté aquí, el tiempo se para.

El pasado está escrito: no me han dado el trabajo. Sin embargo, cualquier futuro es posible: que Alexandria Ocasio-Cortez ascienda al poder y me condone el préstamo estudiantil, que mi páncreas produzca su propia insulina o que me vaya al campo y viva de la tierra y me pase los días pensando en la cinemática de los sistemas ricos en cristales.

Y Jack lo sabe, porque su detector de mentiras funciona a las mil maravillas: ve que realmente quiero quedarme y me ofrece una silla. Nos quitamos los abrigos y nos sentamos uno enfrente del otro. Me entretengo mirando lo que hay a mi alrededor para hacer como que no me doy cuenta de que él me está mirando fijamente todo el rato, como si yo fuera la clave para entender la aceleración en caída libre de la antimateria. Millicent ha abierto una elegante caja llena de elegantes galletas que va poniendo en un

elegante plato. Busco en el envoltorio los valores nutricionales, pero no encuentro nada.

—Entonces —suelta queriendo sacar conversación—, ¿cuánto tiempo decís que lleváis liados?

Casi me ahogo con mi propia saliva. Jack se sirve el café con calma, imperturbable.

—No lo estamos —contesta.

—¿No estáis qué?

—Liados.

Millicent nos mira a ambos.

—¿Ni un poquito siquiera?

—No.

—¿Estás seguro?

—Creo que si lo estuviéramos lo sabría. —Jack se echa azúcar en la taza y yo quiero lanzarme de cabeza a un volcán en activo.

—Eso espero. En fin. —Se encoge de hombros de forma algo teatral—.

Supongo que es lo mejor. Siempre has sido muy protector con tu hermano.

No sería propio de ti intentar seducir a su novia.

—¿Qué tal si intentamos no usar la palabra seducir antes de las once de la mañana? —Jack se levanta y empieza a andar por la cocina—. Y

hablemos de otra cosa, que Elsie está teniendo un episodio de anoxia.

Definitivamente sí. Mis órganos están a punto de colapsar.

—¿De qué otra cosa vamos a hablar? No soy más que una pobre anciana. Nunca me pasa nada. Ah, sí: el perro de los vecinos ha vuelto a defecar en mi césped. Estoy barajando la posibilidad de contratar a alguien para que vaya a defecar en el suyo. ¿Os interesaría a alguno de vosotros?

—Estoy un poco ocupado —dice Jack. Un segundo después, una taza humeante aparece frente a mí. Noto que lo tengo detrás. Posa una mano junto a la mía, sobre la mesa, y con la otra juguetea con algo de papel.

Coloca una bolsita de té en el agua caliente y siento cómo su pecho me roza la espalda y el pelo mientras dice—: Pero tengo entendido que Elsie está buscando trabajo.

Me giro para fulminarlo con la mirada, pero ya ha vuelto a su asiento.

Millicent, en cambio, me mira expectante.

—Lo… lo siento. No puedo, y… — ¿Probablemente sea ilegal? —. Lo siento.

—Es la segunda oferta de trabajo que rechaza en lo que llevamos de mañana —murmura Jack.

—Mmm… Es selectiva, ya veo. No importa, se lo pediré a mis otros nietos. Quizá, si insinúo claramente que su herencia depende de ello, acepten.

—Vas de pobre anciana cuando en realidad te acercas más a vieja amargada —dice Jack con cariño.

—Puede ser. ¿A qué viene lo del té? —le pregunta a Jack.

—A Elsie no le gusta el café.

—Ah. —Ese ah va cargado de significado—. Podrías haberlo dicho, Elsie.

—No, qué va —contesta Jack mientras me sostiene la mirada por encima de su taza. El hoyuelo reaparece y hace que mi corazón tartamudee. El ambiente huele a Earl Grey, mermelada de frambuesa y domingo por la mañana—. Pero estamos trabajando en ello.

Mi móvil está muerto desde hace rato, no hay relojes en la cocina y no tengo ni idea de cuánto tiempo pasamos sentados en esa mesa. A veces participo en la conversación, pero ni Millicent ni Jack me preguntan gran cosa, y es agradable estar en esa especie de limbo entre los Smith. Me concentro en la forma en que él y su abuela interactúan. Es una combinación entre bromas y un amor mutuo profundo y absoluto. Creo que nunca antes había estado en una habitación tan llena de sinceridad, pues estoy segura de que no se ha dicho ni una sola mentira desde que llegué a esta casa. Es fascinante, pero eso no quita que se me revuelvan las tripas.

Como cuando te montas en una montaña rusa o comes queso azul.

Al parecer, Jack y Millicent pasan un rato juntos todos los fines de semana, preferentemente iniciado mediante una emboscada.

—La «emergencia de vida o muerte» de la semana pasada fue que necesitaba que le explicaran qué era el Bitcoin —dice muy serio. Es obvio que en realidad no le importa.

—Yo tampoco entiendo muy bien cómo funciona eso del Bitcoin —digo tras un largo sorbo de té.

Es la tercera bebida calentita que Jack me prepara en doce horas. No estoy muy segura de cómo he llegado a este punto.

—¿Ves? —Millicent sonríe triunfante—. La seudonovia de Greg está de mi lado.

Jack y Millicent saben más de la vida del otro que cualquier pariente mío sobre mí. Ella es capaz de seguir el hilo sin problema cuando él menciona nombres, lugares o acontecimientos, y, a su vez, él no pierde el hilo cuando ella comenta que llevará el vestido verde a la cena de los Rutherford, o cuando se queja porque se ha terminado la serie y ya no tiene nada que ver.

—No te la has terminado —replica Jack.

—Claro que sí.

—Te compré las doce temporadas de Se ha escrito un crimen. No puede ser que te las hayas visto todas en una semana.

—No me salen más episodios en la tele.

Se levanta con un suspiro.

—Voy a cambiar el DVD. Ahora vuelvo.

Abro la boca en cuanto desaparece, dispuesta a llenar el silencio con algún comentario sobre el tiempo, pero Millicent ya me está lanzando una de sus penetrantes miradas.

—No eres bibliotecaria, ¿verdad?

Me aclaro la garganta.

—No. Siento haber mentido. Es una larga historia, pero…

—Tengo noventa años, no hay tiempo para historias largas. ¿A qué te dedicas, entonces?

Jugueteo con la bolsita de té.

—Soy física.

—Como Jack.

—Más o menos. No del todo. —Mantengo los ojos fijos en la taza. Mi situación laboral está en un punto delicado—. Él es un profesor de renombre a nivel mundial. Yo solo soy adjunta. Y él es físico experimental, mientras que yo soy…

—Una teórica —adivina, y luego asiente—. Como su madre, entonces.

Levanto la vista y parpadeo.

—¿Su madre? —¿No se estará confundiendo? Como le pasaba a la abuela Hannaway antes de morir, que me confundía con la hermana que peor le caía y me gritaba porque decía que le había robado el delantal—.

¿Se refiere a la que…?

—¿Murió? Pues claro. Solo tiene una. —dice mofándose—. No es que a Caroline le apeteciera mucho ocupar ese lugar. Fue desgarrador ver a esos dos chicos crecer tan unidos. Misma casa, misma familia. Uno con una madre, el otro sin.

—Ah. —No debería hacer ninguna de las preguntas que se me están acumulando en la cabeza. Millicent tiene claramente la impresión de que Jack y yo somos algo que no somos, o no me contaría esto. Pero…—.

¿Cuántos años tenía Jack?

—¿Cuando murió Grethe? — Grethe—. Uno, más o menos. Mi hijo se volvió a casar al cabo de unos meses. Tuvieron a Greg poco después. Verás, durante los primeros años, fui yo quien insistió en que no le dijéramos nada a Jack sobre Grethe. Pensé que quizá podía tener una vida normal si creía que Caroline era su madre y que no había perdido a nadie. Pero Caroline nunca le tuvo cariño y… bueno, estaba en su derecho a negarse. No debería haber interferido, porque empeoré las cosas. Unos años más tarde hizo no sé qué travesura típica de niños y Caroline le gritó: «¡No me llames mamá!

¡No soy tu madre!». La cogió en un mal momento. Después Caroline se sintió culpable, pero Jack ya se había enterado. —Suspira—. Es difícil explicarle a un niño de nueve años que todo lo que cree es mentira. Que no debería llamar mamá a la mujer a la que su hermano llama mamá. —Se masajea la sien—. Jack pareció entenderlo, pero también dejó de llamar papá a su padre. Yo me convertí en Millicent. Y, desde entonces, desconfía mucho de las mentiras. Le preocupan mucho los… límites. Más de lo que sería sano, pienso yo. —Se afana en apilar tazas sobre el plato de galletas vacío. Por primera vez desde que la conozco, aparenta su edad. Frágil, vieja, cansada. Tiene la boca respingona, cubierta por unas arrugas profundas—. Y, sin embargo, Jack y Greg crecieron como uña y carne, a pesar de todo. Doy gracias a Dios por ello.

Recuerdo cómo Jack cuidaba de Greg después del dentista y se me encoge el corazón. Trato de imaginármelos de niños, de imaginar a Jack

siendo de todo menos alto, seguro y autoritario, y fracaso estrepitosamente.

—¿Está segura de que ella…? Grethe. —Quiero preguntar si se llamaba Turner de apellido. La razón por la que Jack es un Smith pero no un Smith de verdad—. ¿Está segura de que era teórica?

La física corre por la sangre de la familia de Jack. Por la de la mía solo corre el eczema.

—¿Por qué lo preguntas?

—Es que… a Jack no parecen gustarle mucho los teóricos.

Millicent me mira.

—Bueno, tú le gustas, ¿no?

Habla como si creyera que me faltan dos dedos de frente y eso hace que me ponga colorada.

—Pero una vez escribió un artículo que…

—Ah, eso. —Se ríe entre dientes, como si fuera un grato recuerdo familiar. El primer día de guardería, el encuentro con Goofy en Disneyland y aquella vez en que su nieto puso patas arriba toda una disciplina—. Eso no tuvo nada que ver con los físicos teóricos. No era más que un adolescente enfadado por lo que había descubierto sobre Grethe. Pero ahora es un hombre. Un buen hombre. Lástima que no pueda dejarle mi dinero, sé que lo repartiría entre el resto de mi ingrata familia.

—¿Qué había descubierto sobre Grethe? —¿Todo el escándalo SmithTurner fue por su madre? ¿Acaso… la odiaba? ¿Era una especie de venganza contra ella por… por qué? ¿Por morir? Es demasiado absurdo—.

¿Escribió el artículo por ella?

Debo de estar haciendo demasiadas preguntas. La expresión de Millicent cambia, primero a cautelosa y luego a vacua.

—No recuerdo —dice encogiéndose de hombros, aunque sí recuerda.

Estoy segurísima de que Millicent no ha olvidado ni una sola cosa en toda su vida. Ni el nombre de Greg ni, desde luego, lo que llevó a Jack a ser quien es hoy—. Ya te lo contará Jack cuando llevéis el suficiente tiempo juntos.

—No, nosotros… De verdad, Jack y yo no… no estamos liados —

consigo decir. Mi cerebro se encoge tanto que se repliega sobre sí mismo.

—Ah, ya, lo sé. Lo que hay entre vosotros es diferente, ¿no?

—No es nada en absoluto. Ni siquiera somos amigos.

—Ya. —Su tono es casi… ¿compasivo?—. Bueno, ya lo descubrirás a su debido tiempo.

—¿Descubrir qué?

—Ya tienes puesto el DVD —anuncia Jack, apareciendo por la puerta—.

Y he dejado instrucciones detalladas sobre cómo cambiarlo para la siguiente temporada, ya que las que escribí la semana pasada han desaparecido.

—Ah, sí. Tuve que lanzarle la libreta a tu tía Maureen cuando dijo que mi jersey verde era de un color demasiado vivo.

—Por supuesto, qué otra cosa podrías haber hecho ante tal ofensa.

¿Puedo llevar a Elsie a casa ya? ¿O el secuestro sigue en curso?

Millicent resopla.

—Llévatela, por favor. Estoy harta de los dos. No sois tan entretenidos como Jessica Fletcher.

Nos echa tan bruscamente como nos ha recibido, haciendo una sinfonía de ruidos para fingir irritación que se desmienten por lo fuerte que se aferra al abrazo de Jack.

—Me pasaré luego a quitar la nieve —promete.

—Bien, pero no entres. Estaré ocupada con mi serie.

—Lo sé. —Le da un beso en la frente—. Pórtate bien. Nos vemos el próximo finde. Diviértete escribiendo testamentos cargados de rencor.

—Lo haré —dice desafiante antes de cerrarnos la puerta en las narices.

—¿De verdad hace eso? —pregunto de camino al coche.

La nieve cruje bajo nuestros pies.

—¿El qué?

—Escribir testamentos cargados de rencor.

—Probablemente.

—¿Por qué?

—Por maldad. Aburrimiento. Soledad. Cuando tenía dieciséis años, mi padre hizo un comentario sobre que el asado le había quedado seco, así que ella donó un millón de dólares a un refugio de conejos.

—Dios mío. ¿Por qué?

—Es un círculo vicioso. La mayor parte de mi familia la ronda por el dinero, y por eso Millicent lo esgrime como un arma. Pero eso no la hace ganarse la simpatía de aquellos miembros que son seres humanos normales y corrientes que consideran que amenazar con donar todo tu patrimonio a un fondo financiero por venganza solo para demostrar algo es ir demasiado lejos.

—¿Greg es considerado un miembro decente?

—Greg es el más decente de todos, pero prefiere evitar a Millicent. Le gusta que la gente se lleve bien, cosa que es imposible si ella está en el mismo espacio cuántico.

—Como el principio de exclusión de Pauli. —Intercambiamos una sonrisa junto al asiento del copiloto—. Pero a ti te cae bien.

—Tiene muy mala leche, pero, después de treinta y pico años, uno le coge cariño. Como si fuera una garrapata.

Me río. Mi aliento se convierte en una ráfaga blanca en el espacio que nos separa.

—¿Deberíamos explicarle que en realidad no estaba saliendo con Greg?

—Nah. Millicent está demasiado ocupada con su guerra de heces como para preocuparse por esas cosas.

—Una pregunta —Intento sonar casual—. ¿Siempre la llamas Millicent?

—Ese es su nombre.

—Quiero decir, ¿por qué no abuela, o abuelita, o yaya, o güeli?

—¿Güeli?

—Bueno, o lo que sea. Babushka. Antecesora materna.

La expresión de Jack se vuelve inescrutable.

—Está bien llamar a la gente por su nombre. Minimiza los malentendidos. —Durante una fracción de segundo, me parece que vacila, como si estuviera pensando si decir algo más, pero es breve y desaparece enseguida entre la nieve deslumbrante—. Vamos. Te llevaré a casa antes de que tu compañera active una Alerta Amber.

Asiento porque necesito ordenar el desastre que es mi vida en un espacio libre de Smiths. Pero entonces me doy cuenta de algo: el resto de mi vida va a ser un espacio libre de Smiths.

Un espacio libre de Jack.

Probablemente nunca lo vuelva a ver. ¿Por qué iba a hacerlo? Los círculos en los que nos movemos son como un diagrama de Venn con pocas coincidencias. Tal vez nos encontremos en una conferencia de física dentro de dos años, cuando yo siga dando cuarenta clases a la semana y él esté preparando su discurso para el Nobel. Pero mi acuerdo con Greg probablemente ha terminado, lo que significa que hasta aquí hemos llegado.

Esta es la última vez que veré a Jack. A este hombre imposible, que no hace más que ocupar espacio y volverme loca, y que parece saber quién soy a pesar de lo mucho que me esfuerzo en ocultarlo. Este hombre se irá de mi vida.

Debería estar deseando volver a cuando todo era más sencillo, cuando pasaba cero horas a la semana en su compañía y mi cerebro no estaba hecho de guacamole, pero… qué lástima. Qué perspectiva tan aterradora, y ni siquiera sé por qué.

Por eso lo detengo tirando de la manga de su abrigo. Por eso abro la boca y le digo, sin premeditación y con mucho pánico:

—Puedesinvitarmeasalir.

Sale sin pausas ni entonación, solo un montón de sonidos mezclados.

Jack, a juzgar por las arrugas de su entrecejo, no lo ha entendido.

Me aclaro la garganta. Respiro hondo.

—Si todavía quieres. Y si a Greg le parece bien. Puedes invitarme a salir.

Jack se me queda mirando, inmóvil, sin reaccionar, durante demasiado tiempo.

—¿Eso es que quieres que te eche?

—No. ¡No! No me refería a eso, me… —Noto que me estoy sonrojando.

Tengo frío y estoy cansada y me duele la cabeza y no tengo ni idea de lo que estoy haciendo y ¿cómo es que no me entiende?—. Puedes venir tú a mi casa. Invitarte yo.

Asiente. Lentamente.

—A que me vaya de allí.

— No, me… —Entonces me doy cuenta. Tiene ese brillo de diversión en los ojos, como si supiera exactamente lo que estoy tratando de decir.

Aprieto los labios porque no quiero darle el gusto, no quiero sonreír, pero casi no puedo aguantarme—. Te odio.

—Lo sé.

—¿Por qué todo es tan difícil contigo?

—Me gusta mantenerte alerta.

—Mira, vayamos a tomar algo algún día —digo. Me parece una temeridad. Muy desaconsejable. También muy emocionante—.

Intentémoslo y… ya veremos qué pasa. ¿Te parece bien?

—Me parece bien —dice tras una breve pausa—. Con una condición.

Frunzo el ceño.

—¿Ya estamos con las exigencias?

—Siempre. —Su boca se curva, pero su mirada se vuelve a ensombrecer

—. Si vamos a hacer esto… cuando estés conmigo, necesito que seas sincera. Nada de fingir que eres otra persona. Nada de intentar ser quien creas que quiero que seas. Tienes que decir lo que piensas. Y cuando no puedas, al menos permítete pensarlo. Nada de mentiras, Elsie. —Aprieta la mandíbula—. Solo tú.

Asiento. Y entonces me doy cuenta de que no tengo ni idea de cómo hacer eso, y me río, un poco triste, un mucho aterrorizada.

—Puedo intentarlo.

Él también asiente.

—Por ahora me vale.

—Tú también deberás ser sincero —añado—. Nada de mentiras por tu parte, tampoco.

—Yo no suelo mentir —se limita a contestar. Escuchar eso me hace pensar en lo que Millicent ha dicho sobre su pasado, y mi corazón se encoge. He visto a Jack ser brutal e innecesariamente honesto. En cambio, mentir…—. Y no me imagino por qué tendría que mentirte a ti.

—Ni siquiera me conoces.

—Cierto —admite.

Estudia mi cara durante unos instantes, como si no pudiera detenerse en la portada o en la primera página, como si necesitara leer todo el libro cada vez. Entonces se inclina hacia mí y el frío glacial de la mañana se funde con su calor. Me fijo en sus pómulos. La línea de su mandíbula, tan afilada que

podría cortar un corazón por la mitad. Tiene los labios carnosos y respingones, y la comisura se está curvando cada vez más para formar esa media sonrisa suya que me da tanta rabia y que me hace perder tanto la cabeza…

Se inclina para murmurarme al oído:

—Pero me encantaría conocerte. —Se me eriza el vello, la columna me vibra como la cuerda de un arco y, por primera vez en toda mi vida, pienso en besos, en piel, en cómo ha sido despertarme con Jack esta mañana, en su mano entre mis omóplatos, en el tatuaje que tiene en el brazo, en sus labios, que parecen mullidos y suaves, y en que lleva unos días sin afeitarse y en que huele bien y en…

Se escucha un clic detrás de mí. Jack se pone recto y abre la puerta del copiloto. La tensión dentro de mí sigue haciendo estragos. Casi diría que estoy mareada.

—Entra —me ordena con una voz grave y ronca, y quizá ni siquiera me lo esté diciendo a mí.

Me subo al asiento y me doy cuenta de que esto puede que sea real. Que esté pasando fuera de mi cabeza.

Yo intentando ser yo misma.

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