La teoría del amor
Fuerza centrípeta
11
FUERZA CENTRÍPETA
Si Greg fuera un perro, se le estaría escapando el pis por toda la sala de espera.
En mis veintisiete años, nunca nadie se había alegrado tanto de verme.
Salta (a duras penas) de la silla, intenta (y no lo consigue) cogerme en volandas, elogia mi camiseta de «Que la masa por la derivada de la velocidad respecto al tiempo te acompañe» llena de manchas y, por último, me coge la cara con las manos y me dice:
—Lo que te voy a decir te va a dejar sin palabras, Elsie. ¿Sabías que la quinoa no es un cereal? Es un brote o algo así. Madre mía, ¡vamos a hacer el Harlem Shake!
Detrás del mostrador de recepción, la enfermera niega con la cabeza y murmura:
—Drogado hasta las cejas.
—Gracias por llamarme —le digo.
Parece menos enfadada de lo que sonaba al teléfono, pero más agotada.
El lugar huele a menta, a flores secas y a ese aire con el que los dentistas te soplan en la boca durante las limpiezas.
—No hay de qué. Llévese a este pobre desgraciado de mi sala de espera, por favor. Debo irme a casa a alimentar a mi propia prole de desgraciados.
—Por supuesto. —Le dedico una sonrisa tranquilizadora a Greg, que está acariciándome un mechón de pelo que se ha escapado del moño—.
Como le he comentado, no sé cuál es su dirección. ¿La tiene usted anotada en algún lado? O, bueno, quizá puedo llevármelo a mi casa y…
—Yo sí me la sé.
Me giro hacia la puerta a pesar de que reconozco la voz perfectamente: es la misma que he escuchado durante los dos últimos días de entrevistas, la de mis peores temores, la de ese sueño extraño e intrusivo que tuve anoche.
Greg ya está corriendo hacia su hermano para darle la misma bienvenida exagerada que me ha dado a mí.
El primer pensamiento que me viene me resulta familiar: No puedo creer que sean parientes. Si interpretaran a dos hermanos en una miniserie de HBO Max, diría que el director de reparto se ha columpiado bastante. El segundo pensamiento es, por supuesto: Hostia.
Hostia puta. ¿Qué hace él aquí?
Miro a la enfermera.
—¿Nos… nos ha llamado a los dos para venir a recoger a Greg?
—Sí. Porque la primera persona a la que he llamado ha sido a su madre, que me ha dicho que estaría aquí en quince minutos y luego ha vuelto a llamar para decirme que no podía porque tenía hora para hacerse la manicura. —Por cómo levanta la ceja, estoy cien por cien segura de que está juzgando a la señora Smith por su decisión. La culpo un cero por ciento
—. Así que he optado por ir sobre seguro.
—Ya —respondo. Greg sigue hablando sobre ese fantástico descubrimiento sobre la quinoa y yo no quiero mirar a Jack a los ojos. No soporto que me vea, no después del lío de ayer en casa de Monica y esa última mirada—. Comprensible. —Esbozo una débil sonrisa hacia la enfermera. Luego me giro y procuro mantener la mirada puesta en Greg—.
Tu hermano ha venido para llevarte a casa, así que me voy. Te llamaré mañana cuando te encuentres mejor y…
—Ay, no. —Greg me mira como si estuviera vaciando un bote de cola blanca encima de un pobre pelícano—. No puedes irte. ¡Eso sería una desgracia!
—Pero…
—¡Tienes que venir!
—Le sugiero que haga lo que le pide —me dice la enfermera—. Tenía un absceso en la encía. Le han dado una buena dosis.
—Greg, no…
—Venga, Elsie. Te pagaré la tarifa habitual.
—No. No, no. —Mierda. Mierda. Miro a Jack, esperando ver… no sé.
Una expresión de disgusto. Esa sonrisita de superioridad que no se le quita.
Un equipo del SWAT irrumpiendo detrás de él para esposarme por ejercer la prostitución. En vez de eso, está esperando, paciente, con las manos en los bolsillos de los vaqueros y una camiseta azul marino que le resalta el color de los ojos. No lleva abrigo porque es físicamente incapaz de sentir frío.
Nació sin termorreceptores. Qué tragedia—. Está bien. Voy un rato. Vamos, Greg. —Me vuelvo hacia la enfermera, cuyo interés ha aumentado al oír
«tarifa habitual»—. ¿Hay algo que debamos saber?
—Aquí están sus medicinas. Tiene que empezar a tomárselas a partir de mañana por la mañana. Acuéstenlo para que se le pase el efecto mientras duerme. Y no le dejen tomar ninguna decisión importante hasta dentro de cuatro o seis horas. Nada de adoptar cachorros, nada de experimentar con su sexualidad. Ah, y lo he buscado en Google: la quinoa es una semilla.
Greg ahoga un grito.
—¡Deberíamos adoptar un cachorro!
Jack aprieta los labios, pero el hoyuelo está ahí.
—Mi coche está por aquí. Te llevaré a un refugio de animales —le dice a su hermano.
Llegamos al SUV híbrido de Jack y me paso tanto rato intentando abrocharle el cinturón a Greg en el asiento trasero que me planteo no tener nunca hijos. Dado que soy la única otra adulta que hay con plenas capacidades, probablemente se espera que yo vaya en el asiento del copiloto, junto a Jack, pero…
Nop.
—Me sentaré atrás por si Greg necesita algo.
La mirada de Jack es un claro Sé que me estás evitando, porque cómo no, él lo sabe todo, y lo que no sabe yo se lo sirvo en bandeja porque al parecer soy transparente. Qué bien, qué divertido.
A los veinte segundos me doy cuenta de lo mala idea que ha sido aquello: lo que sea que le hayan dado a Greg está afectando a su memoria operativa. Solo es capaz de concentrarse en lo que tiene delante de los ojos y, por desgracia, el 70 por ciento de su campo de visión lo ocupo yo.
El 30 restante lo ocupa, por supuesto, Jack.
—Chicos, qué guay es esto. ¿Verdad que es guay? Solo nosotros tres.
Sin mamá, sin papá, sin el tío Paul.
—Muy divertido —dice Jack, saliendo del aparcamiento.
Greg recuesta la cabeza en el asiento.
—Jacky, ahora puedes preguntarle a Elsie todas esas cosas que querías saber sobre ella. Eh, Elsie. —Intenta susurrarme al oído, aunque habla arrastrando las palabras y muy alto—. Jacky está prendado de ti. En plan, no para de mirarte. Y hace muchas preguntas sobre ti.
—Ay, Greg. —Tierra trágame—. Te aseguro que eso no es lo que está pasando.
En el asiento delantero, el silencio de Jack es ensordecedor e insoportable.
—Jacky, te voy a decir la verdad —continúa Greg con una sonrisa de oreja a oreja—, me inventé todas las respuestas. No sé si le gusta viajar, si quiere tener hijos, si le gusta el cine… En plan, ¿cómo iba a saberlo?
La expresión de Jack a través del espejo retrovisor es impasible cuando dice:
—He descubierto que le gusta Crepúsculo.
Greg está maravillado.
—¿El vampiro o el hombre lo…?
—Greg, ¿qué tal el retiro? —le interrumpo con una sonrisa.
—Muuuuy obligatorio. Pero como me ha explotado un diente en la boca me han dado permiso para irme antes. Oye, ¿sabes esos zapatos que a veces hay colgados de los cables eléctricos? ¿Quién los pone ahí?
—Em… no estoy segura. Escucha, ¿recuerdas si te dio tiempo a leer los mensajes recibidos de camino al dentista? ¿O los correos? ¿O a escuchar los mensajes de voz?
Me mira con una expresión intensa y solemne. La expectación hace que me tense al ver cómo abre los ojos de par en par. Entonces dice:
—¡Dios mío! Deberíamos jugar al veoveo.
Suspiro.
Quince minutos más tarde, después de que Greg diga haber visto un oso, una lata de garbanzos y a P. Diddy, aparcamos frente a una bonita casa de Roxbury dividida en dos apartamentos.
—¿Dónde están las llaves, Greg? —pregunto.
—Tengo unas de repuesto —dice Jack. Ha conseguido aparcar el coche en paralelo en cuestión de veinte segundos. A mí me habría costado veinte minutos y mi dignidad—. Vigílalo, que no se vaya hacia la carretera.
Me gustaría pensar que la casa de Greg es como sería la mía y la de Cece si consiguiéramos poner bien el aparador, nos pudiéramos permitir muebles que no tuvieran chinches y fuéramos menos propensas a retozar en nuestra propia mierda. Es sencilla y acogedora, y está repleta de cachivaches que me recuerdan a la personalidad de Greg y a su peculiar sentido del humor.
Jack hace que la entrada parezca más pequeña de lo que es, pero se le ve cómodo. Es obvio que pasa tiempo aquí, porque sabe exactamente dónde está el interruptor de la luz, cómo subir el termostato y en qué estante colocar el correo.
—¡Escalopa! —grita Greg tirando de la camiseta de Jack—. ¿Dónde está Escalopa?
Miro a mi alrededor esperando ver a una gata acercándose sigilosamente, pero solo estamos nosotros: yo ahí plantada y Jack guiando a Greg hacia un dormitorio.
—En la mesa de mi despacho. Tengo una idea que te va a encantar, G.:
¿y si te echas una siesta?
—¿La has regado? ¿Ha cambiado mucho? ¿Todavía se acuerda de mí?
—Lo he regado. La. Está igual. No estoy seguro de que te recuerde, ya que los cactus no suelen ser seres conscientes. ¿Qué me dices de lo de la siesta?
—¿Pero puedo beber algo antes, por favor?
—Elsie, ¿podrías traerle agua mientras lo acuesto?
—¡Leche! ¿Sabíais que la leche sale de los pezones de las vacas?
Jack y yo intercambiamos una breve mirada de Menuda fiesta esto de ser padres, ¿verdad? No encuentro los vasos, así que vierto la leche en un tarro
de mermelada vacío. Se la voy a llevar a Greg y, en cuanto se metan en el dormitorio, pillaré un Uber. Tengo que preparar mi conferencia. Cece no sabe por dónde paro. No puedo quedarme a solas con Jack. Sí, eso haré.
—Aquí tienes —le digo a Greg, que tararea el Gangnam Style mientras Jack sigue intentando llevarlo hacia el dormitorio—. Solo tienes leche de almendras. Técnicamente, no sale de ningún pezón. —Le doy el tarro y…
grave error. Gravísimo. Porque Greg llega a beberse un total de cero mililitros antes de derramarlo todo encima de Jack.
Ahogo un grito. Greg se ríe a carcajadas mientras chilla algo sobre que la leche ha vuelto a los pezones. Jack le dedica a su hermano una sonrisa paciente de padre sufridor y le pregunta:
—¿Te lo estás pasando bien?
—Muuuuy bien. Oye, ¿te acuerdas de cuando cambiamos el yogur de mamá por mayonesa?
—Sí. Aquello fue impresionante. Idea tuya, por supuesto.
—Y mamá vomitó.
—Se cabreó bastante. Venga, vamos a la cama.
—Yo estuve un día entero castigado, pero tu castigo duró dos semanas.
Se nota que te odia un poco.
—Valió la pena. —Jack sonríe, como si no le importara que le dijeran que su madre lo odia. Greg intenta abrazarlo y él lo detiene—. Tío, te voy a manchar de leche.
—¿Y si lo llevo yo a la cama? —Cojo a Greg del brazo y tiro de él para que me acompañe—. Ve a ver si encuentras algo limpio que ponerte.
El dormitorio está un poco más desordenado que el resto de la casa; la cama está sin hacer desde la última noche que Greg pasó en Boston. Él se ha puesto a hablar de un documental sobre el impacto medioambiental de la producción de almendras, lo cual no me facilita mucho la tarea de convencerlo para que se tumbe. Decido no encender las luces. Mientras le desato los zapatos, se queda callado.
Gracias a Dios, creo que se ha dormido. Me iré dentro de nada y…
—Me gustas, Elsie.
Aparto la vista de la bota de Greg. Tiene los ojos cerrados.
—Tú también me gustas, Greg.
—¿Recuerdas que dijiste que podíamos ser amigos?
—Sí.
—Quiero que seamos amigos.
Mi corazón se rompe un poco. Cuando vuelvas a tus cabales y mires el correo electrónico, no pensarás igual.
—Genial. Seamos amigos.
—Bien. Porque me gustas. ¿Te lo he dicho ya?
—Sí.
—No es que me gustes gustes. Ni siquiera sé si a mí me puede gustar alguien.
—Lo sé —digo en voz baja. Consigo quitarle una bota y me pongo con la otra.
—Pero tú me caes bien. Eres como… una Barbie.
—¿Una Barbie?
—No eres rubia, pero hay una versión de ti para cada ocasión.
Algo me llama la atención y me giro. Jack. Está de pie bajo el marco de la puerta. Escuchándonos. Su expresión es sombría, tiene el ceño fruncido y el pecho…
Desnudo.
Se ha quitado la camiseta manchada y, por alguna razón, soy físicamente incapaz de apartar la mirada de su cuerpo. Eso hace que me dé cuenta de que me he equivocado con él.
Es… bueno, es grande. Y tiene buenos músculos, muy buenos músculos.
Y puedo ver eso… eso de lo que la gente siempre habla: el volumen, la masa, los abdominales. También me fijo en los bíceps y los tríceps, y en el tatuaje que tiene ahí. Pero no está como pensaba que estaría. Esperaba un cuerpo de gymbro con un 0,3 por ciento de grasa corporal y venas hinchadas, pero no acaba de ser así. Es real. Está fuerte, pero de una forma imperfecta. Es como si estuviera sin refinar, como si se hubiera topado con toda esa masa por casualidad. Como si nunca se le hubiera pasado por la cabeza hacerse un selfi en el espejo.
Algo cálido y líquido se retuerce en la parte baja de mi estómago, y la sensación me resulta tan rara, tan desconocida, que por un momento apenas
soy consciente de lo que está pasando. Pero entonces caigo y se me encienden las mejillas.
¿Qué me pasa? ¿Por qué me resulta atractiva la idea de que alguien no vaya al gimnasio? ¿Por qué no puedo dejar de mirarlo y por qué él no deja de mirarme a mí?
Jack carraspea. Se da la vuelta para buscar algo que ponerse en la cómoda de Greg, y lo que sea que esté ocurriendo entre sus omóplatos parece una experiencia religiosa.
—Elsie —murmura Greg desde la cama. Agradezco el recordatorio de que debo apartar la mirada—, ¿la leche de soja viene de un pezón?
—Emm… no. —Mi voz suena ronca. Siento que me falta un poco el aire, pero lo recupero en parte cuando Jack sale de la habitación—. La soja es una legumbre.
—Eres tan sabia. Y tienes tantas capas. Eres como…
—¿Una cebolla?
—Como un yogur de esos que tienen fruta en el fondo.
Sonrío y lo tapo con el edredón.
—Vamos a jugar a un juego. Yo me voy a ir al salón y los dos vamos a contar hasta donde sepamos. El que llegue al número más alto gana. —
Tengo un vago recuerdo de mamá obligando a Lucas y a Lance a hacer esto.
Por supuesto, como todo con Lucas y Lance, siempre acababan peleándose por ver quién llegaba al número más alto y despertaban a toda la casa.
—Vaya mierda de juego. —se queja Greg entre bostezos—. Te voy a dar una paliza.
—Cuento con ello.
Cierro la puerta cuando vamos entre el trece y el catorce. Jack está esperando en el sofá verde de diseño. Lleva una sudadera con capucha que le queda demasiado ajustada y que, probablemente, a Greg le vaya enorme.
Los misterios de la genética.
No levanta la vista. Permanece inmóvil, con los codos apoyados en las rodillas, mirando fijamente uno de los cuadros coloridos de Greg con una expresión tensa y medio ausente.
Me da un vuelco el estómago.
Está cabreado. Muy cabreado. Lo he visto animado, curioso, molesto, incluso enfadado anoche, con lo de Austin, pero esto… Está furioso. Porque estoy aquí. Porque cree que he extorsionado a su hermano. Porque he llenado demasiado el tarro de leche. Se viene una confrontación chunga, y después de los últimos tres días, ni siquiera estoy segura de querer evitarla.
—Oye. —Doy dos pasos hacia él, luego uno atrás, luego otros dos hacia delante. Si tenemos que discutir, será mejor que estemos cerca. Así podremos mantener un volumen bajo para no despertar a Greg. Me paso las palmas sudorosas por la parte de detrás de las mallas—. Sé que no he sido del todo sincera. Y supongo que ya te estás haciendo una idea de lo que hay entre Greg y yo. Pero la cosa es que este espectáculo está pasando ya a ser un embrollo cuántico e incoherente, una conversión paramétrica, descendente y espontánea. Te pido que esperes a que Greg se sienta mejor para tener una conversación honesta con él.
Jack abre la boca, sin duda para desatar su ira, y entonces…
No lo hace.
En lugar de eso, la cierra, sacude la cabeza y se tapa los ojos con las manos.
Ay, joder.
¿Pero esto qué es?
—¿Jack? —No hay respuesta—. Jack, yo…
Sopeso un momento qué hacer y, finalmente, me siento a su lado. Si le da por empezar a gritar ahora… Bueno, adiós a mi tímpano.
—No te preocupes —le digo—. Greg no está enfermo, te lo prometo. No es nada malo ni…
—Me lo contó. —Jack endereza la espalda y vuelve a fijar los ojos en el cuadro—. Y debería haberlo entendido mejor.
—¿Entender qué?
—Cuando tenía… no estoy seguro. ¿Quince? Todavía estaba en el instituto. Yo volví de la universidad durante las vacaciones. —Noto que se le hace un nudo en la garganta—. Quiso hablar conmigo en privado para contarme que estaba preocupado. No lograba imaginarse queriendo tener una relación amorosa con alguien en ningún momento de su vida. Y yo le dije que no tenía que preocuparse por eso, que aún era pronto y que ya
encontraría a alguien. Que era normal tener esos nervios cuando todavía no se es sexualmente activo. Que debía mantener la mente abierta. Y
entonces… —Algo pasa en la mandíbula de Jack. Cierra los ojos—. Y
entonces le pregunté si quería ver Battlestar Galactica conmigo. Fui un absoluto gilipollas.
«Nunca he salido del armario con nadie de mi familia», me dijo Greg en una ocasión. «Creo que lo intenté una vez. Más o menos. Pero luego me acobardé y… no sé. Es mejor así.»
—¿Has oído hablar del espectro arromántico y asexual? —pregunto con cautela. Ahora resulta que soy amable con Jack.
Niega con la cabeza y mantiene los ojos cerrados.
—Es… bueno, en parte, es lo que él te contó. Pero hay más. Es muy complejo. Existen algunas páginas web que lo explican muy bien, quizá te convendría consultarlas antes de tener otra charla con él. Y… creo que Greg aún está tratando de entenderse a sí mismo. — Como nos pasa a muchos en el colectivo, casi añado. Pero eso sería dar más información sobre mí de la que estoy dispuesta a compartir.
—Joder. —Se gira hacia mí. Su expresión es de… devastación es la única palabra que se me ocurre. No me sorprendería que empezara a abofetearse a sí mismo—. Debería haberme dado una hostia.
Abro la boca. La cierro. Luego pienso: De perdidos al río.
—¿Si te la diera yo te sentirías mejor?
Levanta una ceja.
—¿Te sentirías mejor tú?
—Uf, mucho.
Deja escapar una risa silenciosa y melancólica, y se me encoge el corazón al pensar en los dos hermanos Smith.
—Jack, no eras más que un chaval. Eras más bien ignorante. Y un gilipollas. Y… bueno, lo cierto es que sigues siendo dos de esas tres cosas.
—Levanto la mano. La dejo unos segundos junto a su hombro mientras contemplo la absurda posibilidad de ofrecer consuelo físico y emocional al doctor Jonathan Smith-Turner de forma voluntaria. En el infierno endotérmico se debe de estar superfresquito—. Yo no soy quién para
aceptar tus disculpas, pero sé que para Greg eres tan importante como lo es él para ti. —Noto su hombro tenso y cálido bajo mi palma. Es robusto.
—Te pagaba para fingir que tenía una relación contigo, ¿no? Para que así mi familia lo dejara en paz.
Aprieto los labios y asiento. Él suelta alguna palabrota en voz baja.
—Si sirve de algo, quiero aclarar que no me pagaba para… No es que haya nada malo en ello, pero él y yo no hemos… —Me sonrojo bajo su mirada.
—¿Follado?
Me sonrojo todavía más y asiento de nuevo. Suelo ser bastante directa cuando se trata de sexo. No sé por qué Jack saca a la adolescente vergonzosa que hay en mí.
—Es una especie de… interpretación. Lo hago para muchos hombres.
Como Austin, que, por cierto, fue de lejos mi peor cliente. Con pársecs de diferencia. Greg ha sido el mejor, obviamente. —Desvío la mirada. Estoy diciendo tonterías, pero es que se me hace raro hablar de Faux con alguien que no está metido en el mundillo—. Él y yo… nos hemos hecho amigos.
Sé que cuesta creerlo, dado que me ha estado pagando y que yo he tenido que inventarme toda una vida paralela, pero lo habría hecho gratis. Por él.
Si pudiera permitírmelo. Lo que pasa es que…
—¿El sueldo de una adjunta es una mierda?
Me río.
—Básicamente.
Jack suspira y se apoya en el respaldo del sofá.
—¿Por qué no me lo dijiste? Podrías habérmelo contado cuando nos vimos en el restaurante.
—No me correspondía a mí contarlo. Me habrías preguntado por qué me había contratado. Yo habría tenido que inventarme algo y… Probablemente deberíamos dejar de hablar de esto. Para que puedas tener esa conversación con él. Cuando ya no esté tan, em…, obsesionado con la quinoa y los pezones.
Asiente. Y entonces hace algo inesperado. Revolucionario. Insólito. El universo entero se sacude.
Dice:
—Lo siento, Elsie.
Me pilla por sorpresa. Tanto que suelto un:
—¿Por qué?
—Por haberte acusado de mentirle a mi hermano. Varias veces.
—Ahora que lo dices… —Ladeo la cabeza y lo observo un momento. Su rostro apuesto parece apenado—. ¿Te duele?
—¿El qué?
—Tener que disculparte. —Me fulmina con la mirada y yo me río—.
¿Ha sido tu primera vez? ¿Te he desvirgado en lo que a disculpas se refiere?
—Disculpa retirada.
Le cambia la expresión y parece encerrarse en sí mismo. Es como si justo se acabara de dar cuenta de algo y estuviera procesando esa información tan crucial. Es como si su visión del mundo y del universo que lo rodea hubiera cambiado para poder adaptarse a esta nueva realidad. Me pregunto de qué se trata hasta que se centra de nuevo en mí y dice:
—Tú y Greg nunca habéis estado juntos. A él no… —Noto que vacila un poco, como si necesitara escuchar mi confirmación para asegurarse de que es cierto, de que aquello queda escrito en piedra.
—No. No le intereso, nunca le he interesado. —Casi pongo los ojos en blanco—. ¿Estás contento?
—Sí —responde muy serio.
Resoplo y me pongo de pie. Es hora de irse.
—¿Pedimos champán y magdalenas a domicilio para celebrar que no voy a contaminar el terreno de la finca Smith?
Se me queda mirando durante un largo rato con una expresión extraña.
—¿Crees que esa es la razón por la que estoy contento?
—¿Por qué si no?
Niega con la cabeza, pero no me da más detalles. En vez de eso, se levanta y me sigue hasta el perchero de la entrada.
—¿Te contó Greg en algún momento que soy físico?
—No. Bueno, sí, pero no me quedé con el dato porque me distrajo un chorro de vómito. No preguntes. Tampoco le dije que yo soy física, porque solemos cuidarnos mucho de revelar detalles personales. Nosotras, por
ejemplo, usamos apellidos falsos, profesiones falsas… Una capa extra de protección.
—¿Nosotras?
—Somos unas cuantas. Las que hacemos de novias falsas, me refiero.
Trabajamos para una aplicación: Faux. Disponible para Apple y Android, aunque la versión para Android da un montón de problemas. —Tengo que dejar de hablar tanto.
Me mira como si fuera una partícula de Higgs y estuviera a punto de hacerle un baile erótico.
—¿Es así como Austin te encontró?
—Por desgracia, sí. —Me muerdo el labio inferior—. ¿Crees que ya le habrá contado a Monica lo de mi profesión paralela?
—No va a decirle nada.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Después de que te fueras… seguí hablando con él. —Los rasgos de Jack son una máscara anodina. Imposible de leer, como siempre—. No tienes de qué preocuparte.
—Eso no lo sabes.
—Confía en mí.
No tengo ni idea de lo que significa eso. Habría preguntado, pero su tono suena muy sentenciador y, de todas formas…
—¿No se supone que a ti te vendría bien que Austin se lo contara a Monica? Así le darían el puesto a George y podríais tener charlas de colegas en los baños del MIT. O hacer aromaterapia juntos y discutir sobre quién tiene el Colisionador de Hadrones más grande.
—Le van a dar el puesto a George igualmente. Y no, no vamos a hacer eso que dices. —De repente, un hoyuelo salvaje apareció.
—De todas formas, todo el mundo sabe que el tuyo es más grande. —
Arquea una ceja y yo me doy la vuelta de cara al perchero. Mierda, ¿he dicho eso en voz alta?—. No me puedo creer que tu madre se negara a recoger a Greg por tener que ir a hacerse la manicura. Hay que ser sinvergüenza.
—No lo es.
—Es una sinvergüenza de pies a cabeza. Venga ya, ¿a quién se…?
—Quiero decir que no es mi madre. Y a ella no le gustaría que dijeras lo contrario.
—Uy, lo que usted diga, don Exagerado. Me parece un poco dramático.
Todos tenemos problemas con nuestros padres, pero…
—Caroline no es mi madre. Ni biológica ni en ningún otro sentido.
Me giro hacia él.
—¿Qué?
—Mi madre está muerta. Greg es mi hermanastro.
Lo miro fijamente durante un buen rato. Luego cierro los ojos.
—Joder.
—¿Joder?
—Joder. —Me rasco la cabeza—. Es que me da mucha rabia cuando me comporto como una imbécil sin ni siquiera quererlo.
Se ríe.
—No te preocupes. Como has dicho, es una sinvergüenza. Papá no se queda atrás tampoco.
—Aun así, siento lo de tu madre. No lo sabía.
—No me sorprende. —Se encoge de hombros metido en esa sudadera de Suffolk extremadamente ajustada—. Nadie habla de ella.
—Eso lo explicaría.
—¿Explicar qué?
—Por qué Greg es tan dulce y tú…
Reaparece el hoyuelo.
—¿Y yo?
Aparto la mirada, ruborizada.
—Nada. En fin… —Me pongo a buscar el móvil en los bolsillos de mi abrigo—. Greg ya está a salvo, así que voy a pedir un Uber y…
—Entonces —me interrumpe Jack con intención de seguir la conversación—, ¿qué vino primero?
Levanto la vista.
—¿Eh?
—¿La empresa de novias falsas? —Su curiosidad parece sincera—. ¿O
la miríada de diferentes Elsies a las que interpretas? ¿Empezaste durante el entrenamiento para el trabajo o ya te… modificabas antes?
—No me… —Uf, es que no tiene sentido discutir con él. Sobre todo cuando ni siquiera está equivocado—. Oye, dado que ya hemos comprobado que no soy una cazafortunas que amenaza la reserva genética de los Smith, ¿qué tal si paras?
—¿Si paro…?
—Esta cosa que haces —digo haciendo gestos para señalarnos a ambos
—, tratarme como si estuvieras llevando a cabo un estudio antropológico de mi persona. Está bien, me has pillado. Me gusta gustarle a los demás y les doy el yo que quieren. Me gusta llevarme bien con la gente. ¡Oh, no!
Denúnciame a la policía de la autenticidad para que pueda pagar por mis delitos.
—Es más fácil así, ¿no?
—¿El qué?
—No mostrarle nunca a nadie quién eres en realidad. —Me observa con calma. Con paciencia. Bajo la tenue luz de la sala, sus ojos se ven completamente oscuros. De vez en cuando se oye pasar algún coche, pero el tráfico aquí ni de lejos es tan molesto como en mi casa—. Así, si algo sale mal, si alguien te rechaza, la cosa no va contigo, ¿verdad? Cuando eres tú misma es cuando estás más expuesta. Te vuelves vulnerable. Pero si te contienes… Perder una partida siempre da pena, pero saber que no has jugado tus mejores cartas lo hace soportable.
Escondo el puño detrás de la espalda y lo aprieto con fuerza ante ese psicoanálisis no solicitado. Me clavo las uñas en la palma.
—Muy atrevido por tu parte suponer que mi verdadero yo es mi mejor carta.
Vuelve a aparecer esa media sonrisa que tanta rabia me da.
—Muy absurdo por tu parte pensar que no lo es.
—Venga ya. —Me obligo a esbozar una sonrisa amable—. Ambos sabemos que solo estás enfadado porque nunca he sido la Elsie que tú quieres.
—¿Eso crees? —Parece como si le hubieran puesto en este plano de la realidad como un ente omnisciente.
Estoy enfadada y él debería dejar de hablar como si lo entendiera todo.
—Es culpa tuya, Jack.
—¿Por qué?
—Porque tú… —Le apunto con el dedo a la cara—… no me das nada.
Los demás sí. Me dan algo a lo que agarrarme, algo que me sirve para convertirme en la persona que quieren. Pero tú no emites señales. Y por eso no te doy el tratamiento VIP que tiene el resto del mundo. Así que deja de quejarte, por favor.
—Comprendo.
Su mano, cálida y callosa, se cierra alrededor de mi muñeca y hace bajar mi índice desde su cara hasta su pecho. Me cubre el dorso de la mano con la palma y…
¿Qué cojones está…?
—¿Has considerado la posibilidad de que tal vez ya eres como yo quiero que seas? ¿De que tal vez no hay ninguna señal porque no hay nada que cambiar?
Suelto un bufido. Aquí está, el Jack que conozco y detesto.
—Ya, claro.
—Una vez más —dice con un tono extrañamente amable—, ¿quién te ha hecho tanto daño, Elsie?
—¿En serio? ¿Que quién me ha…? —Mi mano sigue bajo la suya.
Levanto la barbilla y nuestras caras están ahora más cerca—. Lo que pasa, Jack, es que, hace poco más de seis meses, fui a conocer a la familia de mi cita y, vale, sí, no estamos juntos de verdad, pero ¿sabes qué? Que eso da igual. Lo que no da igual es que, desde el principio, su hermano se ha comportado como un absoluto capullo. No ha dejado de mirarme como si fuera la Spice Girl pelirroja colándose en la boda real. Le ha hecho preguntas a su hermano sobre mí porque cree que soy poco digna y que no estoy a su altura. Ha tenido una actitud antipática y desconfiada siempre que he estado cerca. Creo que ambos estaremos de acuerdo en que, si a esta persona le dieran la oportunidad, me cambiaría de pies a cabeza.
La última parte me sale más agresiva de lo que pretendía, pero me la suda. Ahora estoy cabreada, y cada vez más porque veo a Jack asentir lentamente, como si estuviera sopesando mis palabras.
—Bueno, esa es una posible interpretación.
Su mano irradia calor a través de mí. Me calienta el vientre, me sube por la columna, me recuerda lo cerca que estamos gravitando.
—Son hechos —susurro.
—Eres física, Elsie. Deberías saber que no hay que usar la palabra hechos así como así cuando existe la mecánica cuántica.
—¿Cuál es tu interpretación, pues?
No dice nada durante un largo rato, como si estuviera reflexionando o decidiendo si merezco escuchar sus palabras. Entonces algo cambia. El aire de la habitación se vuelve más denso. Su nuez de Adán se mueve, sus ojos se fijan en los míos y empieza a hablar.
—Hace poco más de seis meses, acudo a un cumpleaños familiar esperando encontrarme con una noche más de sufrimiento. Solo voy por mi hermano, ya que puedo contar con dos dedos los parientes que me importan, y él es uno de ellos. Durante ese tipo de eventos, solemos pasar el rato juntos, pero esta cena es diferente. Mi hermano viene con acompañante, una mujer de la que nunca me ha hablado, lo cual es raro, ya que hablamos casi a diario. La familia, sobre todo su madre, está encantada.
Jack cambia la forma de agarrarme la mano. Ahora es más suave. Mis dedos siguen sobre su pecho, medio apretados contra su corazón. El mío ha empezado a latir con fuerza y a destiempo. Sigue:
—Es guapa, la chica. Muy guapa. Hay muchas mujeres guapas en el mundo y, lo creas o no, no es algo en lo que suela fijarme, pero a ella le presto más atención de la que le prestaría en otras circunstancias. Alguien distrae a Greg antes de que tenga oportunidad de presentármela, pero la veo tocar la tabla de Go de mi abuela y coger una de las piedras de la forma tradicional, con los dedos índice y corazón. La veo probar a hurtadillas un trozo de queso. En un momento dado, estoy casi seguro de que dice algo que solo yo reconozco como un chiste del principio de Heisenberg. Y
entonces, cuando mi hermano vuelve… ahí es cuando empieza la cosa para mí. Porque la veo interceder entre él y mi familia de una forma que yo nunca he logrado conseguir. Y créeme, lo he intentado. Llevo treinta años de mi vida tratando de protegerlo, y esta chica… A ella, simplemente, se le da mejor. Y a él nunca lo había visto tan… Feliz no es la palabra adecuada, pero parece estar a gusto. Y, a medida que avanza la noche, no puedo dejar
de mirarla, y me doy cuenta de algo: está constantemente alerta. Siempre va dos pasos por delante. Se anticipa a las necesidades de los demás, como si las personas fueran ecuaciones que hay que resolver en tiempo real. Es algo sutil, pero está ahí y…
Se encoge de hombros y se rasca la nuca con la mano libre, como si siguiera perplejo. Me pesa el pecho, el aire de mis pulmones de repente se vuelve plomizo. No ha terminado:
—Esa noche llego a casa y me acuesto, pero no puedo dormir hasta que me reconozco a mí mismo que estoy celoso. O tengo envidia. Una mezcla.
Mi hermano está sentando cabeza y tiene secretos. Estamos muy unidos, así que no estoy acostumbrado. Y la chica… Quizá sea por lo bien que se porta con la persona que más me importa. Quizá sea porque tengo un tipo, y resulta que ella lo encarna a la perfección. La cosa es que…, bueno, que me está despertando algo que no recuerdo haber notado nunca. Con nadie.
Tengo ciertos… sentimientos complicados, pero me obligo a superarlos. A sacarlos de mi cabeza. Por un breve periodo de tiempo, lo consigo. Luego llega el Día del Trabajo. Se desmaya en mis brazos sin dar explicaciones.
Actúa como si nada hubiera pasado y sigue cambiando de personalidad. Sin embargo, me ruega que no se lo diga a Greg, y eso hace que me pregunte si es que su relación no es seria.
Su voz es cada vez más grave, más ronca, y sus ojos se desenfocan, como si por dentro estuviera sopesando la opción de dar un paso atrás.
Nuestras manos deben de haberse movido, porque mi palma está totalmente plana debajo de la suya. Me pregunto si es consciente. Me pregunto por qué no la quito.
—Y es entonces cuando me doy cuenta de que soy un mierdas. Porque es evidente que es buena para mi hermano, pero me alivia que su relación no vaya a llegar a ninguna parte. Y me encantaría mentirme a mí mismo e inventarme alguna excusa que lo justificara, pero lo que pasa es que soy un imbécil. Lo que pasa es que me apetece tenerla para mí. Me apetece que…
Ni siquiera sé qué me apetece. Me apetece llevarla a cenar, asegurarme de que esté relajada y de que no siente la necesidad de ir dos pasos por delante.
Me apetece descubrir por qué sabe cómo coger una piedra del Go. Y lo que
más me apetece es… Bueno, será mejor que te ahorre los detalles gráficos.
Estoy seguro de que tú misma te lo puedes imaginar.
Tiene una leve y triste sonrisa dibujada en la cara. Yo, un millón de nudos en el estómago y mucho calor. Calor por todas partes.
—Evitarla es la mejor opción. No me importa perderme comidas familiares y mi hermano nunca la menciona. Es como si se olvidara de que existe, lo cual es raro, porque yo no puedo dejar de pensar en ella. Hago preguntas, aunque no debería. Tengo un par de sueños poco apropiados con la novia de mi hermano a pesar de saber que eso está muy mal. Cuando la vuelvo a ver después de un tiempo, en el cumpleaños de mi abuela, la cosa no mejora. Va a peor. Pero no contemplo la posibilidad de intentar nada. Ya se me pasará, lo sé. Cuando descubro que no es quien dice ser, me enfado.
Me enfado mucho porque Greg es la mejor persona que conozco y no se merece que le hagan esa putada. Pero también siento un poco de alivio. —
Me mira de nuevo—. ¿Sabes por qué, Elsie?
Jack destila una seguridad en sí mismo que resulta irresistible y devastadora. Es por la forma en que expone todos estos hechos sin vacilar, como si para él fuera algo natural reconocer sus sentimientos. Observo el reflejo de la lámpara sobre su pelo rubio y me pregunto por qué este hombre se molestaría siquiera en pensar en mí. Ha descubierto mi estrategia. Yo he venido con las manos vacías.
Siento los músculos entumecidos. A duras penas consigo negar con la cabeza.
—Siento alivio porque lo que sea que me pasa con ella se va a desvanecer. Estoy convencido de que no va a ir más allá ahora que sé que ha mentido. El único inconveniente es que no contaba con tener que verla hablar de física, o con leer su trabajo. No tuve en cuenta la posibilidad de tener que pasar dos días con ella y descubrir que es… —Esboza una sonrisa tierna y de resignación—… espectacular.
Se oye un ruido fuerte, pero ninguno de los dos giramos la cabeza.
Estamos demasiado encerrados el uno en el otro, atrapados por la voracidad, el ansia y la importancia de lo que sea que está pasando entre nosotros en ese momento.
Hasta que oímos:
—Chicos, ¿por qué huele mal el pis después de comer espárragos?
Miro a Greg y veo que…
—¡Está desnudo! —exclamo mientras giro la cara para no mirar.
—Tío… —La voz de Jack es ronca. Niega con la cabeza—. ¿Dónde coño está tu ropa?
—La he perdido. ¿Recuerdas cuando nos propusimos ver quién meaba más lejos?
Jack hace una mueca y da un paso para alejarse de mí. Su mano se aferra a la mía durante un segundo más y, entonces, de repente, la habitación se vuelve fría.
—Probablemente debería… —empiezo a decir.
Me lanza una mirada de circunstancias.
—Irte a casa.
—Sip.
Busco mi móvil mientras Jack susurra:
—¿Qué tal si pasamos al baño, hermanito?
Y me escabullo mientras oigo algo sobre el concepto de los
«es pis árragos».
No, gracias.
En cuanto la puerta se cierra detrás de mí, me apoyo contra ella. Respiro hondo y me quedo mucho rato mirando fijamente las luces de Navidad que los vecinos se han olvidado de quitar.
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