Las cosas
Capítulo 2
Su soledad era total.
Sfax era una ciudad opaca. Ciertos días les parecía que nadie podría penetrar nunca en ella. Las puertas no se abrirían nunca. Había gente en las calles, al atardecer, multitudes compactas que iban y venían, una riada casi continua bajo los soportales de la avenida Hedi Chaker, delante del Hotel Mabrouk, delante del Centro de Propaganda del Destur, delante del cine Hillal, delante de la pastelería Las Delicias: locales públicos llenos casi de bote en bote: cafés, restaurantes, cines; caras que a ratos podían parecer casi familiares. Pero alrededor, a lo largo del puerto, a lo largo de las murallas, apenas se alejaba uno, se hallaba el vacío, la muerte: la inmensa explanada cubierta de arena delante de la horrible catedral, rodeada de palmeras enanas; el bulevar de Picville, bordeado de solares vacíos, de casas de dos plantas; la calle Mangolte, la calle Fezzani, la calle Abd-el-Kader-Zghal, desnudas y desiertas, negras y rectilíneas, barridas por la arena. El viento sacudía las palmeras raquíticas: troncos hinchados de escamas leñosas, de donde emergían apenas unas palmas formando abanico. Multitudes de gatos se deslizaban en los cubos de la basura. Un perro de pelo amarillo pasaba a veces, pegado a las paredes, con el rabo entre las piernas.
No había alma viviente: tras las puertas siempre cerradas, nada más que pasillos desnudos, escaleras de piedra, patios ciegos. Sucesiones de calles perpendiculares, cierres metálicos, empalizadas, un mundo de falsas plazas, de falsas calles, de avenidas fantasmagóricas. Andaban silenciosos, desorientados, y a veces les parecía que todo no era más que ilusión, que Sfax no existía, no respiraba. Buscaban a su alrededor señales de connivencia. Nada les respondía. Era una sensación casi dolorosa de aislamiento. Estaban desposeídos de aquel mundo, no vivían inmersos en él, no le pertenecían y nunca le pertenecerían. Como si, de una vez para siempre, se hubiera decretado una orden muy antigua, una regla estricta que los excluía: los dejarían ir a donde quisieran, no los molestarían, no les dirigirían la palabra. Seguirían siendo unos desconocidos, unos extraños. Los italianos, los malteses, los griegos del puerto los mirarían pasar en silencio; los grandes oleicultores, vestidos de blanco, con sus gafas con montura de oro, andando con paso lento por la calle del Bey, seguidos de su criado, pasarían por su lado sin verlos.
Con los compañeros de Sylvie sólo tenían relaciones lejanas, y a menudo distantes. Los titulares franceses parecían no apreciar del todo a los contratados. Incluso aquellos a quienes no molestaba esta diferencia le perdonaron más difícilmente a Sylvie que no estuviera moldeada a su imagen: hubieran querido que fuera esposa de profesor y profesora a su vez, buena pequeñoburguesa provinciana, con dignidad, decoro, cultura. Representaban a Francia. Y aunque en cierto modo había aún dos Francias —la de los profesores principiantes, deseosos de adquirir cuanto antes una casita en Angulema, Béziers o Tarbes; y la de los insumisos o refractarios, que no cobraban el tercio colonial pero podían despreciar a los otros (aunque era una especie en vías de extinción; la mayoría habían sido indultados; otros iban a instalarse a Argelia, a Guinea)—, ninguna de las dos parecía dispuesta a admitir que estuviera permitido sentarse, en el cine, en primera fila, al lado de la chiquillería indígena, o andar ganduleando por las calles, en chancletas, sin afeitar, desaliñado. Hubo algunos intercambios de libros, de discos, alguna discusión en La Regencia, y eso fue todo. Ninguna invitación entusiasta, ninguna amistad vivaz: era algo que no se daba en Sfax. La gente se encogía en sí misma, en su casa demasiado grande para ella.
Con los otros, con los empleados franceses de la Compañía Sfax-Gafsa o de los
Petróleos, con los musulmanes, con los judíos, con los 4 pieds-noirs , era aún peor: los contactos eran imposibles. A veces, durante una semana entera no hablaban con nadie.
Pronto pudo parecer que todo indicio de vida se detenía ante ellos. Pasaba el tiempo, inmóvil. Ya nada los unía al mundo, como no fueran los periódicos siempre demasiado atrasados, de los que ni siquiera podían asegurar que no fueran sino mentiras piadosas, recuerdos de una vida anterior, reflejos de otro mundo. Siempre habían vivido en Sfax y allí vivirían siempre. Ya no tenían proyectos, impaciencia; no esperaban nada, ni siquiera vacaciones siempre demasiado lejanas, ni siquiera un regreso a Francia.
No experimentaban ni alegría, ni tristeza, ni siquiera tedio, pero a veces se preguntaban si existían aún, si existían de veras: no sacaban de esta pregunta decepcionante ninguna satisfacción particular, salvo un matiz: en ocasiones les parecía confusa, oscuramente, que aquella vida era normal, adecuada y, paradójicamente, necesaria: estaban en el corazón del vacío, estaban instalados en una tierra de nadie de calles rectilíneas, arena amarilla, lagunas, palmeras grises, en un mundo que no entendían, que no trataban de entender, pues nunca, en su vida pasada, se habían preparado para tener que adaptarse, transformarse, moldearse, un día, con arreglo a un paisaje, un clima, un modo de vida: ni por un instante Sylvie se pareció a la profesora que se suponía que era, y Jérôme, deambulando por las calles, podía dar la impresión de haberse llevado su patria, o más bien su barrio, su gueto, su suburbio, en la suela de sus zapatos ingleses; pero la calle Larbi Zaruk, donde se habían alojado, ni siquiera tenía la mezquita que constituye la gloria de la calle de Quatrefages, y en cuanto a lo demás, por más que se esforzaran a veces en imaginárselos, no había en Sfax ni MacMahon, ni Harry’s Bar, ni Balzar, ni Contrescarpe, ni Salle Pleyel, ni Orillas del Sena una noche de junio, pero en aquel vacío, precisamente a causa de aquel vacío, a causa de aquella ausencia de todo, aquella vacuidad fundamental, aquella zona neutra, aquella tabla rasa, les parecía que se purificaban, que hallaban una simplicidad mayor, una verdadera modestia. Y, al fin y al cabo, en medio de la pobreza general de Tunicia, su propia miseria, su relativa estrechez de individuos civilizados acostumbrados a las duchas, a los coches, a las bebidas heladas, tenía poco sentido.
Sylvie daba sus clases, preguntaba a los alumnos, corregía ejercicios. Jérôme iba a la biblioteca municipal, leía libros al azar: Borges, Troyat, Zeraffa. Comían en un pequeño restaurante, casi todos los días en la misma mesa: ensalada de atún, escalopa rebozada, o pinchos morunos, o lenguado dorado, fruta. Iban a La Regencia a tomarse un café acompañado de un vaso de agua fresca. Leían un montón de periódicos, veían películas, paseaban por las calles.
Su vida era como una prolongada costumbre, como un aburrimiento casi sereno: una vida sin nada.