Las cosas
Capítulo 3
Jérôme tenía veinticuatro años. Sylvie tenía veintidós. Ambos eran psicosociólogos. Aquel trabajo, no era exactamente un oficio, ni siquiera una profesión, consistía en entrevistar a gente, siguiendo diversas técnicas, sobre temas variados. Era un trabajo difícil, que exigía, por lo menos, una gran concentración nerviosa, pero no carecía de interés, estaba relativamente bien pagado, y les dejaba un tiempo libre apreciable.
Como casi todos sus compañeros, Jérôme y Sylvie se habían hecho psicosociólogos por necesidad, no por elección. Nadie sabe además adónde los habría llevado el libre desarrollo de inclinaciones totalmente indolentes. La historia, también en esto, había elegido por ellos. Claro que les hubiera gustado, como a todo el mundo, entregarse a algo, sentir una necesidad poderosa que hubieran llamado vocación, una ambición que los hubiera arrastrado, una pasión que los hubiera colmado. Por desgracia, sólo conocían una: la de vivir mejor, y los agotaba. Siendo estudiantes, la perspectiva de una pobre licenciatura, una plaza en Nogent-sur-Seine, Château-Thierry o Étampes, y un sueldo exiguo, los espantó hasta tal punto que apenas se conocieron —Jérôme tenía entonces veintiún años, Sylvie diecinueve— cuando abandonaron, casi sin necesidad de ponerse de acuerdo, una carrera que nunca habían comenzado de veras. No los devoraba el deseo de saber; mucho más humildemente, y sin ocultarse que sin duda hacían mal, y que, tarde o temprano, llegaría el día en que lo sentirían, experimentaban la necesidad de una habitación un poco más grande, agua corriente, una ducha, comidas más variadas, o simplemente más abundantes que las de los restaurantes universitarios, tal vez un coche, discos, vacaciones, ropa.
Desde hacía ya varios años, los estudios de motivación habían hecho su aparición en Francia. Aquel año estaban aún en plena expansión. Se creaban nuevas agencias cada mes, a partir de nada, o casi. En ellas se encontraba fácilmente trabajo. Se trataba, en la mayoría de los casos, de acudir a los jardines públicos, a la salida de las
escuelas, o a las HLM1 de los suburbios, a preguntar a las madres de familia si les había llamado la atención alguna publicidad reciente, y lo que pensaban de ella. Aquellos sondeos-exprés, llamados testings o encuestas-minuto, se pagaban a cien francos. Era poco pero era mejor que hacer de canguro, de vigilante nocturno, de lavaplatos, mejor que cualquier tarea irrisoria —reparto de prospectos, escritos, cronometrajes de emisiones publicitarias, venta ambulante, lumpendocencia— reservada tradicionalmente a los estudiantes. Y además, lo reciente de la agencia, su estado casi artesanal, la novedad de los métodos, la penuria aún total de elementos cualificados, dejaban entrever la esperanza de promociones rápidas, de ascensos vertiginosos.
No era un mal cálculo. Pasaron unos meses aplicando cuestionarios. Luego hubo un director de agencia que, apremiado por el tiempo, confió en ellos: viajaron a provincias, con un magnetófono bajo el brazo; algunos de sus compañeros de viaje, apenas mayores que ellos, los iniciaron en las técnicas, a decir verdad menos difíciles de lo que suele suponerse, de las entrevistas abiertas y cerradas: aprendieron a hacer hablar a los demás, y a calcular sus propias palabras: supieron descubrir, tras las vacilaciones embrolladas, tras los silencios confusos, tras las alusiones tímidas, los caminos que hay que explorar; penetraron los secretos de ese «hmm» universal, verdadera entonación mágica, con que el entrevistador puntúa el discurso del entrevistado, le da confianza, lo comprende, lo anima, lo interroga, e incluso a veces lo amenaza.
Sus resultados fueron honrosos. Siguieron llevados por su impulso. Recogieron, acá y allá, rudimentos de sociología, de psicología, de estadística; asimilaron el vocabulario y los signos, los trucos que quedaban bien: cierto modo, por parte de Sylvie, de ponerse o quitarse las gafas, cierto modo de tomar notas, de hojear un informe, cierto modo de hablar, de intercalar en sus conversaciones con los jefes, en un tono apenas interrogativo, locuciones del tipo de: «… ¿verdad?…», «… a mi entender quizá…», «… en cierta medida…», «… es algo que me pregunto…», cierto modo de citar, en los momentos oportunos, a Wright Mills, a William White, o, mejor aún, a Lazarsfeld, Cantril o Herbert Hyman, de los que no habían leído ni tres páginas.
Demostraron con estas adquisiciones estrictamente necesarias, que constituían el abecé de la profesión, excelentes disposiciones y, apenas un año después de sus primeros contactos con los estudios de motivación, les confiaron la gran responsabilidad de un «análisis de contenido»: se situaba inmediatamente debajo de la dirección general de un estudio, obligatoriamente reservada a un ejecutivo sedentario, el cargo más elevado, o sea el más remunerado y por tanto el más noble de toda la jerarquía. En el transcurso de los años sucesivos, ya apenas bajaron de aquellas alturas.
Y durante cuatro años, quizá más, exploraron, entrevistaron, analizaron. ¿Por qué se venden tan mal los aspiradores de ruedas? ¿Qué piensa de la achicoria la gente de extracción humilde? ¿Gusta el puré preparado y por qué? ¿Porque es ligero? ¿Porque es untuoso? ¿Porque es tan fácil de hacer: un gesto y hala? ¿Realmente se consideran caros los cochecitos de niño? ¿No se está siempre dispuesto a hacer un sacrificio por la comodidad de los pequeños? ¿Cómo votará la mujer francesa? ¿Gusta el queso en tubo? ¿Se está a favor o en contra de los transportes públicos? ¿En qué se presta antes atención al comer un yogur?: ¿en el color?, ¿en la consistencia?, ¿en el sabor?, ¿en el perfume natural? ¿Lee usted mucho, un poco, nada? ¿Va usted al restaurante? Señora, ¿le gustaría alquilar su habitación a un negro? ¿Qué se piensa francamente de la jubilación de los mayores? ¿Qué piensa la juventud? ¿Qué piensan los ejecutivos? ¿Qué piensa la mujer de treinta años? ¿Qué piensa usted de las vacaciones? ¿Dónde pasa sus vacaciones? ¿Le gustan los platos congelados? ¿Cuánto cree que cuesta un encendedor así? ¿Qué cualidades exige a su colchón? ¿Puede describirme un hombre a quien guste la pasta? ¿Qué piensa de su lavadora? ¿Está contenta con ella? ¿No hace demasiada espuma? ¿Lava bien? ¿Rompe la ropa? ¿Seca la ropa? ¿Preferiría una lavadora que secara también su ropa? Y la seguridad en las minas, ¿está bien garantizada o no lo está bastante a su entender? (Hacer hablar al sujeto: pídanle que cuente ejemplos personales; cosas que ha visto; ¿ha resultado herido ya alguna vez?, ¿cómo ocurrió? Y su hijo, ¿será minero como su padre o qué?)
Hubo la colada, la ropa que se seca, el planchado. El gas, la electricidad, el teléfono. Los hijos. Las prendas exteriores e interiores. La mostaza. Las sopas en sobre, las sopas en lata. Los cabellos: cómo lavarlos, cómo teñirlos, cómo evitar que se despeinen, cómo hacer que brillen. Los estudiantes, las uñas, los jarabes para la tos, las máquinas de escribir, los abonos, los tractores, el ocio, los regalos, el papel, la ropa blanca, la política, las autopistas, las bebidas alcohólicas, las aguas minerales, los quesos y las conservas, las lámparas y las cortinas, los seguros, la jardinería.
Nada de lo que es humano les fue ajeno.
Por primera vez ganaron algún dinero. No les gustaba su trabajo: ¿podía haberles gustado? Tampoco los aburría demasiado. Tenían la impresión de aprender muchas cosas. De año en año, los transformó.
Fue el gran momento de su conquista. No tenían nada; descubrían las riquezas del mundo.
Durante mucho tiempo habían sido perfectamente anónimos. Iban vestidos como estudiantes, o sea, mal. Sylvie con una única falda, jerséis feos, un pantalón de pana, una trenca, Jérôme con una canadiense mugrienta, un traje de confección, una corbata lamentable. Se sumieron con éxtasis en la moda inglesa. Descubrieron los pullovers, las blusas de seda, las camisas de Doucet, las corbatas finas, los pañuelos de seda, el tweed, el lambs-wool, el cashmere, la vicuña, la piel y el género de punto, el lino, la magistral jerarquía de los zapatos, por último, que va de los Churchs a los Weston, de los Weston a los Bunting, y de los Bunting a los Lobb.
Su sueño fue un viaje a Londres. Habrían repartido su tiempo entre la National Gallery, Savile Row, y cierto pub de Church Street del que Jérôme había conservado un recuerdo emocionante. Pero no eran aún lo bastante ricos como para vestirse allí de pies a cabeza. En París, con el primer dinero que ganaron alegremente con el sudor de su frente, Sylvie se compró una blusa de tricot de seda de Cornuel, un twin-set importado de lambs-wool, una falda recta y seria, unos zapatos de piel trenzada de una suavidad extrema y un gran pañuelo de seda adornado con pavos reales y ramajes. Jérôme, aunque de vez en cuando le seguía gustando ir con zapatos gastados, mal afeitado, vestido con viejas camisas sin cuello y un pantalón de algodón, descubrió, cultivando los contrastes, los placeres de las mañanas largas: bañarse, afeitarse con esmero, rociarse de colonia, ponerse, con la piel aún ligeramente húmeda, camisas completamente blancas, anudarse corbatas de lana o seda. Compró tres, en Old England, así como una chaqueta de tweed, camisas rebajadas y zapatos de los que no creía tener que avergonzarse.
Luego, fue casi una de las grandes fechas de su vida, descubrieron el mercado de Les Puces. Camisas Arrow o Van Heusen, admirables, de largo cuello abrochado, inexistentes en París entonces, pero que las comedias americanas empezaban a popularizar (al menos entre aquel sector al que encantaban las comedias americanas), se encontraban allí a porrillo, al lado de trincheras con fama de indestructibles, faldas, blusas, trajes de seda, chaquetas de cuero, mocasines de piel suave. Fueron cada quincena, los sábados por la mañana, durante un año o más, a revolver en los cajones, los puestos, las pilas, las cajas de cartón, los paraguas boca arriba, en medio de un tropel de veinteañeros con patillas, argelinos vendedores de relojes, turistas americanos que, viniendo de los ojos de cristal, los sombreros de copa y los caballitos de madera del mercado Vernaison, erraban, algo asustados, por el mercado Malik contemplando, al lado de los clavos viejos, los colchones, los esqueletos de máquinas, las piezas sueltas, el extraño destino de los excedentes gastados de sus más prestigiosos shirtmakers. Y se llevaban todo tipo de prendas, envueltas en papel de periódico, bibelots, paraguas, viejos tarros, bolsas, discos.
Cambiaban, mudaban de personalidad. No era exactamente la necesidad, por lo demás real, de diferenciarse de aquellos a quienes tenían que entrevistar, de impresionarlos sin deslumbrarlos. Ni tampoco porque vieran a mucha gente, porque se salieran, pensaban que para siempre, de los ambientes que habían sido suyos. Pero el dinero —semejante observación es forzosamente trivial— suscitaba necesidades nuevas. Les habría sorprendido comprobar, si hubieran pensado un momento en ello —pero, aquellos años, no pensaron en nada—, hasta qué punto se había transformado la visión que tenían de su propio cuerpo, y, más allá, de cuanto los concernía, de cuanto les importaba, de cuanto estaba haciéndose su mundo.
Todo era nuevo. Su sensibilidad, sus gustos, su posición, todo les llevaba hacia cosas que habían ignorado siempre. Prestaban atención a cómo vestían los demás; observaban en los escaparates los muebles, los bibelots, las corbatas; soñaban ante los anuncios de los agentes inmobiliarios. Les parecía entender cosas por las que nunca se habían preocupado: les resultaba importante que un barrio, una calle fuera triste o alegre, tranquila o ruidosa, desierta o animada. Nada, nunca, los había preparado para aquellas preocupaciones nuevas; las descubrían, con candor, con entusiasmo, maravillándose de su prolongada ignorancia. No se asombraban, o apenas, de pensar casi de continuo en ellas.
Los caminos que seguían, los valores a los que se abrían, sus perspectivas, sus deseos, sus ambiciones, todo eso, es cierto, les parecía a veces desesperadamente vacío. No conocían nada que no fuera frágil o confuso. Era, sin embargo, su vida, era la fuente de exaltaciones desconocidas, más que embriagadoras, era algo inmensa, intensamente abierto. Se decían a veces que la vida que llevarían tendría la gracia, la soltura, la fantasía de las comedias americanas, de los créditos de Saul Bass; e imágenes maravillosas, luminosas, de campos de nieve inmaculados estriados con huellas de esquíes, de mar azul, de verdes colinas, de fuego chisporroteante en chimeneas de piedra, de audaces autopistas, de pullmans, de hoteles de lujo, los acariciaban como otras tantas promesas.
Dejaron su cuarto y los restaurantes universitarios. Alquilaron, en el número 7 de la calle de Quatrefages, frente a la Mezquita, muy cerca del Jardin des Plantes, un pisito de dos habitaciones que daba a un bonito jardín. Desearon tener moquetas, mesas, sillones, divanes.
Durante aquellos años dieron por París paseos interminables. Se detuvieron ante todas las tiendas de antigüedades. Visitaron los grandes almacenes durante horas enteras, maravillados, y ya asustados, pero sin atreverse aún a decírselo, sin atreverse aún a mirar cara a cara aquella especie de delirio lamentable que iba a convertirse en su destino, su razón de ser, su consigna, maravillados y casi sumergidos ya por la amplitud de sus necesidades, la riqueza expuesta, la abundancia ofrecida.
Descubrieron los pequeños restaurantes de Les Gobelins, Les Ternes, Saint-Sulpice, los bares desiertos donde da gusto susurrar, los fines de semana fuera de París, los grandes paseos por el bosque, en otoño, en Rambouillet, Vaux, Compiègne, los goces casi perfectos ofrecidos a la vista, al oído, al paladar.
Y así fue como, poco a poco, insertándose en la realidad de modo algo más profundo que en el pasado cuando, hijos de pequeñoburgueses sin talla, y luego estudiantes amorfos e indiferenciados, sólo habían tenido del mundo una visión mezquina y superficial, empezaron a entender lo que significaba ser gente bien.
Esta última revelación, que no fue tal en el sentido estricto de la palabra, sino el término de una lenta maduración social y psicológica, de la que les hubiera resultado muy difícil describir los estados sucesivos, completó su metamorfosis.