Las cosas

Georges Perec · Capítulo 8 de 16

Páginas del PDF

Las cosas

Capítulo 6

Se habían instalado en lo provisional. Trabajaban como otros estudian; elegían sus horarios. Paseaban como sólo los estudiantes saben pasear.

Pero los peligros les acechaban por todas partes. Hubieran querido que su historia fuera la historia de la dicha, pero sólo era, demasiado a menudo, la de una dicha amenazada. Aún eran jóvenes, pero el tiempo pasaba rápido. Un estudiante mayor es algo siniestro; un fracasado, un mediocre, es más siniestro aún. Tenían miedo.

Tenían tiempo libre; pero el tiempo trabajaba también en contra suya. Había que pagar el gas, la electricidad, el teléfono. Había que comer, cada día. Había que vestirse, había que pintar las paredes, mudar las sábanas, llevar la ropa a lavar, hacer planchar las camisas, comprar los zapatos, tomar el tren, comprar los muebles.

 

A veces, lo económico los devoraba completamente. No paraban de pensar en ello. Su misma vida afectiva, en gran medida, dependía estrechamente de ello. Todo indicaba que, cuando eran un poco ricos, cuando andaban holgados, su felicidad común era indestructible; ninguna exigencia parecía limitar su amor. Sus gustos, su fantasía, su inventiva, sus apetitos se confundían en una libertad idéntica. Pero esos momentos eran privilegiados; lo más frecuente era que tuvieran que luchar: a las primeras señales de déficit, no era raro que se alzaran uno contra otro. Se enfrentaban por nada, por cien francos malgastados, por un par de medias, por unos platos sin fregar. Entonces, durante largas horas, durante días enteros, no se hablaban. Comían uno frente a otro, deprisa, cada cual por su lado, sin mirarse. Se sentaban cada uno en un ángulo del diván, medio vueltos de espaldas. Uno u otro hacía interminables solitarios.

Entre ellos se alzaba el dinero. Era un muro, una especie de tope con el que chocaban a cada instante. Era algo peor que la miseria: los apuros, las estrecheces, la escasez. Vivían el mundo cerrado de su vida cerrada, sin porvenir, sin más salidas que unos milagros imposibles, unos sueños necios, sin pies ni cabeza. Se ahogaban. Se sentían hundidos.

Es cierto que podían hablar de otra cosa, de un libro recién publicado, de un director de cine, de la guerra, o de los otros, pero les parecía a veces que sus únicas verdaderas conversaciones se referían al dinero, al confort, a la felicidad. Entonces subía el tono, crecía la tensión. Hablaban, y, mientras hablaban, sentían todo lo que había en ellos de imposible, de inasequible, de miserable. Se ponían nerviosos; aquello los concernía demasiado; se sentían atacados, implícitamente, el uno por el otro. Construían proyectos de vacaciones, de viajes, de pisos, y luego los destruían con rabia: les parecía que su vida más real se manifestaba en su aspecto verdadero como algo inconsistente, inexistente. Entonces callaban, y su silencio estaba lleno de rencor; estaban resentidos contra la vida, y a veces tenían la debilidad de estarlo uno contra otro; pensaban en sus carreras abandonadas, en sus vacaciones sin atractivo, en su vida mediocre, en su piso atestado, en sus sueños imposibles. Se miraban, se encontraban feos, mal vestidos, sin soltura, ceñudos. Cerca de ellos, por las calles, se deslizaban los coches lentamente. En las plazas se iban encendiendo sucesivamente los anuncios de neón. En las terrazas de los cafés, los clientes parecían peces satisfechos. Detestaban a la gente. Regresaban a casa andando, cansados. Se acostaban sin decirse una palabra.

 

Bastaba que algo fallase, un día, que se cerrara una agencia, o que los consideraran demasiado viejos, o demasiado irregulares en su trabajo, o que uno se pusiera enfermo, para que todo se viniera abajo. No tenían nada ante ellos, nada detrás. Pensaban a menudo en este motivo de angustia. No se les iba de la cabeza, a pesar suyo. Se veían sin trabajo durante meses enteros, aceptando para sobrevivir faenas irrisorias, pidiendo préstamos, mendigando. Entonces pasaban, a veces, momentos de desesperación intensa: soñaban con oficinas, plazas fijas, jornadas regulares, un estatuto definido. Pero estas imágenes inversas los desesperaban tal vez más: no conseguían reconocerse, les parecía, en el rostro, aun resplandeciente, de un sedentario; decidían que odiaban las jerarquías y que las soluciones, milagrosas o no, vendrían de otra parte, del mundo, de la Historia. Seguían su vida tambaleante: correspondía a su inclinación natural. En un mundo lleno de imperfecciones, no era, con seguridad, la más imperfecta. Vivían al día; gastaban en tres horas lo que habían tardado tres días en ganar; a menudo pedían dinero prestado; comían patatas fritas horrendas, fumaban juntos su último cigarrillo, buscaban a veces durante horas un ticket de metro, llevaban camisas arregladas, oían discos gastados, viajaban en autostop, y pasaban, aún con bastante frecuencia, cinco o seis semanas sin cambiar las sábanas. No estaban lejos de pensar que, a fin de cuentas, aquella vida tenía su encanto.