Las cosas
Capítulo 7
Cuando evocaban juntos su vida, sus costumbres, su futuro, cuando, con una especie de frenesí, se entregaban por entero al desenfreno de los mundos mejores, a veces se decían, con una melancolía un poco prosaica, que no tenían las ideas claras. Fijaban en el mundo una mirada borrosa, y la lucidez que invocaban iba acompañada a menudo de fluctuaciones inciertas, componendas ambiguas y consideraciones variadas que atenuaban, minimizaban, o incluso desvalorizaban, con una buena voluntad, pese a todo, evidente.
Les parecía que ésta era una vía, o una ausencia de vía, que los definía perfectamente, y no sólo a ellos, sino a todos los de su edad. Algunas generaciones anteriores, se decían a veces, habían logrado alcanzar sin duda una conciencia más precisa a la vez de sí mismas y del mundo en que vivían. Quizá les hubiera gustado haber tenido veinte años durante la guerra de España, o durante la Resistencia: a decir verdad, les era cómodo hablar así; les parecía que los problemas que se planteaban entonces, los problemas que imaginaban que debían de plantearse, eran más claros, aun cuando la necesidad de responder a ellos fuera más apremiante; ellos tenían que enfrentarse con cuestiones llenas de trampas.
Era una nostalgia algo hipócrita: la guerra de Argelia había empezado con ellos, proseguía ante sus ojos. Apenas si los afectaba; actuaban a veces, pero rara vez se sentían obligados a actuar. Durante mucho tiempo, no pensaron que pudiera trastornar su vida, su futuro, sus concepciones. Tiempo atrás, eso había sido en parte verdad: sus años de estudiantes los habían visto participar, del modo más espontáneo, y a menudo casi entusiasta, en los mítines y manifestaciones callejeras que habían marcado el principio de la guerra, las movilizaciones de reservistas y, sobre todo, el advenimiento del gaullismo. Entonces se establecía una relación casi inmediata entre aquellas acciones, por limitadas que fuesen, y el objeto al que se aplicaban. Y no habría podido reprochárseles seriamente el haberse equivocado en aquella ocasión: la guerra continuó, el gaullismo se instaló. Jérôme y Sylvie dejaron de estudiar. En los medios publicitarios, generalmente situados, de un modo casi mitológico, a la izquierda, pero más fácilmente definibles por la tecnocracia, el culto a la eficiencia, a la modernidad, a la complejidad, la afición a la especulación prospectiva, la tendencia más bien demagógica a la sociología, y la opinión, bastante difundida aún, de que las nueve décimas partes de la gente era imbécil, capaz sólo de cantar las alabanzas de lo que fuera o de quien fuera en los medios publicitarios, pues resultaba de buen tono despreciar toda política a corto plazo, y no abarcar la Historia más que por siglos. Ocurrió, además, que de todas formas el gaullismo constituía una respuesta adecuada, infinitamente más dinámica de lo que, al principio y en todas partes, se había proclamado que sería, y cuyo peligro residía siempre fuera de donde se creía hallarlo.
La guerra proseguía, sin embargo, aunque no les pareciese más que un episodio, un hecho casi secundario. Es cierto que tenían mala conciencia. Pero, a fin de cuentas, sólo se sentían responsables en la medida en que, antes, se habían considerado concernidos, o bien porque compartían, casi por la fuerza de la costumbre, imperativos morales de un alcance muy general. Esta indiferencia hubiera podido darles la medida de la vanidad, o quizá incluso de la cobardía, de muchas de sus pasiones. Pero el problema no era éste: habían visto, casi con sorpresa, como algunos de sus amigos participaban, tímidamente o con entusiasmo, en la ayuda al FLN. No habían entendido el porqué y no lograban tomarse en serio ni una explicación romántica, que más bien los divertía, ni una explicación política, que les resultaba casi incomprensible. Por su parte, habían resuelto el problema de una manera mucho más sencilla: Jérôme y tres amigos suyos, gracias a ayudas preciosas y certificados de favor, lograron a tiempo que los declararan inútiles para el servicio.
Fue, no obstante, la guerra de Argelia, y sólo ella, la que durante casi dos años los protegió de sí mismos. Después de todo, habrían podido envejecer peor o más deprisa. Pero no fue ni su decisión, ni su voluntad, ni siquiera, pese a lo que dijeran, su sentido del humor, lo que les permitió escapar, por algún tiempo aún, a un futuro que les gustaba pintar con los colores más sombríos. Los acontecimientos que en 1961 y en 1962, desde el putsch de Argel hasta la matanza de Charonne, marcaron el final de la guerra, les hicieron olvidar, o más bien poner entre paréntesis, momentáneamente pero con una eficacia singular, sus preocupaciones cotidianas. Los pronósticos más pesimistas, el miedo a no salir adelante, a acabar en lo nauseabundo, en lo mezquino, aparecieron, ciertos días, como mucho menos temibles que lo que sucedía ante sus ojos, como lo que los amenazaba cada día.
Fue una época triste y violenta. Las amas de casa acaparaban kilos de azúcar, botellas de aceite, latas de atún, café, leche condensada. Escuadras de guardias móviles, cubiertos con cascos, vestidos con chubasqueros negros, calzados con borceguíes, mosquetón en mano, recorrían lentamente el bulevar Sébastopol.
Porque en el asiento trasero de sus coches había a menudo algunos números atrasados de periódicos que cabía muy bien pensar que ciertos individuos suspicaces juzgarían desmoralizadores, subversivos o simplemente liberales —Le Monde, Libération, France-Observateur—, más de una vez, a Jérôme, Sylvie o sus amigos les entraban temores furtivos y tenían alucinaciones inquietantes: les espiaban, les tendían una trampa: cinco legionarios bebidos los sacudían bestialmente y los dejaban por muertos en el suelo húmedo, a la vuelta de una calle oscura en un barrio de mala fama…
Esta irrupción de la tortura en su vida cotidiana, que a veces se hacía obsesiva y que, pensaban ellos, era característica de cierta actitud colectiva, confería a los días, a los acontecimientos, a las ideas, un tinte particular. Imágenes de sangre, de explosión, de violencia, de terror, los acompañaban de continuo. Algunos días, podía parecer que estaban dispuestos a todo; pero, al día siguiente, la vida era frágil, el porvenir sombrío. Soñaban con el exilio, el campo, lentos cruceros. Les hubiera gustado vivir en Inglaterra, donde la policía tenía fama de ser respetuosa con las personas. Y durante todo el invierno, a medida que se hacía inminente el alto el fuego, soñaron con la primavera próxima, las vacaciones próximas, el año siguiente, cuando, como decían los periódicos, se habrían aplacado las pasiones fraticidas, cuando de nuevo sería posible callejear, pasear de noche, con el corazón tranquilo, el cuerpo sano y salvo.
La presión de los acontecimientos los llevó a tomar posición. Es cierto que su compromiso no fue más que epidérmico; en ningún momento se sintieron fundamentalmente implicados; su conciencia política, en la medida en que existía como tal, como forma organizada y reflexiva, y no como magma de opiniones más o menos orientadas, se situaba, creían ellos, más acá o más allá del problema argelino, en el plano de opciones más utópicas que reales, en el plano de debates generales que tenían pocas posibilidades, lo reconocían aun sintiéndolo, de desembocar en una práctica concertada. Con todo, se adhirieron al comité antifascista que acababa de fundarse en su barrio. Alguna vez se levantaron a las cinco de la madrugada para ir, con tres o cuatro más, a pegar carteles para exhortar a la gente a permanecer alerta, denunciar a los culpables y los cómplices, estigmatizar los cobardes atentados, honrar a las víctimas inocentes. Pidieron firmas en todas las casas de su calle, fueron, tres o cuatro veces, a montar guardia ante edificios amenazados.
Participaron en algunas manifestaciones. Aquellos días los autobuses circulaban sin placas, los cafés se cerraban pronto, la gente se daba prisa en volver a casa. Tenían miedo todo el día. Salían intranquilos. Eran las cinco, caía una lluvia fina. Miraban a los otros manifestantes con sonrisillas crispadas, buscaban a sus amigos, trataban de hablar de otras cosas. Luego se formaban los cortejos, echaban a andar, se paraban. Desde el centro de su grupo veían, delante de ellos, una gran zona de asfalto húmedo y lúgubre, luego, en toda la anchura del bulevar, la línea negra, densa, de la policía antidisturbios. Filas de camiones azul oscuro, de cristales enrejados, pasaban a lo lejos. Andaban despacio, cogidos de la mano, húmedos de sudor, apenas se atrevían a gritar, se dispersaban corriendo a la primera señal.
No era gran cosa. Eran los primeros en tener conciencia de ello y se preguntaban a menudo, en medio del tumulto, qué hacían allí, con el frío, la lluvia, en aquellos barrios tétricos, la Bastille, la Nation, el Hôtel de Ville. Les hubiera gustado que algo les probase que lo que hacían era importante, necesario, irremplazable, que sus esfuerzos temerosos tenían un sentido para ellos, eran algo que necesitaban, algo que podía ayudarlos a conocerse, a transformarse, a vivir. Pero no; su verdadera vida estaba en otra parte, en un futuro próximo o lejano, lleno de amenazas también, pero de amenazas más sutiles, más solapadas: trampas impalpables, redes encantadas.
El atentado de Issy-les-Moulineaux y la breve manifestación que siguió marcaron el final de sus actividades militantes. El comité antifascista de su barrio se reunió una vez más y se comprometió a intensificar su acción. Pero, en vísperas de vacaciones, la simple vigilancia parecía no tener ya razón de ser.