Las cosas

Georges Perec · Capítulo 7 de 16

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Las cosas

Capítulo 5

Así vivían, ellos y sus amigos, en sus pisitos simpáticos abarrotados de cosas, con sus salidas y sus películas, sus grandes comidas fraternales, sus proyectos maravillosos. No eran desgraciados. Cierta dicha de vivir, furtiva, evanescente, iluminaba sus días. Ciertas tardes, después de cenar, dudaban en levantarse de la mesa; acababan una botella de vino, comían nueces, encendían cigarrillos. Ciertas noches no conseguían dormirse, y, medio sentados, recostados en las almohadas, con un cenicero entre ambos, hablaban hasta la madrugada. Ciertos días paseaban charlando horas enteras. Se miraban sonriendo en los espejos de los escaparates. Les parecía que todo era perfecto; andaban libremente, sus movimientos eran ágiles, el tiempo ya no parecía afectarles. Les bastaba con estar allí, en la calle, un día de frío, de fuerte viento, bien abrigados, al caer la tarde, dirigiéndose sin prisa, pero a buen paso, hacia una casa amiga, para que el menor de sus gestos —encender un cigarrillo, comprar un cucurucho de castañas calientes, deslizarse por entre la muchedumbre a la salida de una estación— les pareciese la expresión evidente, inmediata, de una felicidad inagotable.

O bien, ciertas noches de verano, andaban largo tiempo por barrios casi desconocidos. Una luna perfectamente redonda brillaba alta en el cielo y proyectaba sobre todas las cosas una luz afelpada. Las calles, desiertas y largas, anchas, sonoras, resonaban bajo sus pasos sincrónicos. Pasaba algún que otro taxi, lentamente, casi sin hacer ruido. Entonces se sentían dueños del mundo. Experimentaban una exaltación desconocida, como si hubieran sido poseedores de secretos fabulosos, de fuerzas indecibles. Y cogiéndose de la mano, echaban a correr, o jugaban a la rayuela, o corrían a la pata coja a lo largo de las aceras y vociferaban al unísono las grandes arias de così tan tutte o de la Misa en si.

 

O bien, abrían la puerta de un pequeño restaurante y, con una alegría casi ritual, se dejaban envolver por el calor ambiente, por el ruido de los tenedores, el tintineo de las copas, el murmullo apagado de las voces, las promesas de los manteles blancos. Elegían el vino con aire solemne, desdoblaban la servilleta, y les parecía entonces, bien calentitos, mano a mano, fumando un cigarrillo que iban a aplastar un instante más tarde, apenas empezado, cuando llegaran los entremeses, que su vida no sería más que la inagotable suma de aquellos momentos propicios y que serían siempre felices, porque merecían serlo, porque sabían permanecer disponibles, porque la felicidad estaba en ellos. Estaban sentados uno frente a otro, iban a comer después de haber tenido hambre, y todas aquellas cosas —el mantel blanco de recia tela, la mancha azul de un paquete de Gitanes, los platos de loza, los cubiertos algo pesados, las copas, la cestita de mimbre llena de pan tierno— componían el marco siempre nuevo de un placer casi visceral, al borde del embotamiento: la impresión casi exactamente contraria y casi exactamente semejante a la que produce la velocidad, de una formidable estabilidad, de una formidable plenitud. A partir de aquella mesa servida, tenían la impresión de una sincronía perfecta: se sentían al unísono con el mundo, estaban sumidos en él, estaban a gusto en él, no tenían nada que temer.

Acaso sabían, un poco más que los otros, descifrar, o incluso suscitar aquellos signos favorables. Sus oídos, sus dedos, su paladar, como si hubieran estado en continuo acecho, sólo esperaban aquellos instantes propicios, que el menor detalle bastaba para provocar. Pero, en aquellos momentos en que se dejaban llevar por una sensación de calma chicha, de eternidad, que ninguna tensión venía a turbar, en que todo era equilibrado, deliciosamente lento, la fuerza misma de aquellos goces exaltaba cuanto en ellos había de efímero y frágil. No hacía falta mucho para que todo se viniera abajo: la menor nota falsa, un simple momento de vacilación, un signo demasiado grosero, y su dicha se dislocaba; volvía a ser lo que había sido siempre, una especie de contrato, algo que habían comprado, algo frágil y lastimoso, un simple respiro que los devolvía con violencia a lo más peligroso, a lo más inseguro de su existencia, de su historia.

 

Lo malo de las encuestas es que no duran. En la historia de Jérôme y Sylvie ya estaba inscrito el día en que tendrían que elegir: o bien conocer el paro, el subempleo, o bien integrarse más sólidamente en una agencia, entrar en ella con dedicación plena, llegar a ejecutivos. O bien cambiar de oficio, encontrar otro trabajo, pero eso no era más que desplazar el problema. Pues si se tolera fácilmente, cuando se trata de individuos que no han alcanzado aún la treintena, que conserven cierta independencia y trabajen a su antojo, si hasta se aprecia a veces su disponibilidad, lo abierto de su mente, la variedad de su experiencia, o lo que se llama también su polivalencia, se exige en cambio, de modo bastante contradictorio por lo demás, a todo futuro colaborador, que una vez doblado el cabo de los treinta años (haciendo así, justamente, de los treinta años un cabo) demuestre una estabilidad segura, y estén garantizados su puntualidad, su sentido de la seriedad, su disciplina. Los empresarios, particularmente en la publicidad, no sólo se niegan a emplear a individuos que han pasado de los treinta y cinco años, sino que desconfían de alguien que, a los treinta años, nunca ha sido fijo. En cuanto a seguir, como si nada, empleándolos sólo periódicamente, es algo que resulta imposible: la inestabilidad no parece seria; a los treinta años, uno debe haber llegado, o es que no es nada. Y nadie ha llegado si no ha encontrado su sitio, si no se ha hecho su hueco, si no tiene sus llaves, su despacho, su placa.

Jérôme y Sylvie pensaban a menudo en este problema. Les quedaban todavía unos años por delante, pero la vida que llevaban, la paz, muy relativa, que conocían, no se consolidarían nunca. Todo iría desmoronándose; no les quedaría nada. No se sentían aplastados por su trabajo, tenían la vida asegurada, mal que bien, un año tras otro, mejor o peor, sin que la agotara un oficio por sí solo. Pero eso no debía durar.

No se es mucho tiempo simple encuestador. Apenas formado, el psicosociólogo alcanza muy pronto los grados superiores: pasa a subdirector o director de agencia, o encuentra en alguna empresa grande una plaza codiciada de jefe de servicio, encargado de la contratación del personal, de la orientación, de las relaciones sociales, o de la política comercial. Son buenas colocaciones: los despachos están enmoquetados; hay dos teléfonos, un dictáfono, un frigorífico de salón y hasta, a veces, un cuadro de Bernard Buffet en una de las paredes.

Por desgracia, pensaban a menudo y se decían a veces Jérôme y Sylvie, quien no trabaja no come, es cierto, pero quien trabaja deja de vivir. Creían haberlo experimentado, antaño, durante algunas semanas. Sylvie era documentalista en un centro de estudios, Jérôme codificaba y descodificaba entrevistas. Sus condiciones de trabajo eran más que agradables: llegaban cuando les parecía, leían el periódico en el despacho, bajaban con frecuencia a tomarse una cerveza o un café, e incluso sentían por el trabajo que efectuaban, sin matarse, una indudable simpatía, que alentaba la promesa muy vaga de un empleo sólido, un contrato en regla, un ascenso acelerado. Pero aguantaron poco tiempo. Se despertaban con un humor de perros; regresaban, cada noche, en metros abarrotados, llenos de rencores; se desplomaban, agobiados, en su diván, y ya sólo soñaban con largos fines de semana, jornadas vacías, levantarse tarde.

Se sentían encerrados, cogidos en una trampa, completamente liquidados. No podían resignarse a ello. Creían aún que podían ocurrirles tantísimas cosas, que la regularidad de los horarios, la sucesión de los días, de las semanas, les parecían un obstáculo que no dudaban en calificar de infernal. Y eso que, de todos modos, era el inicio de una buena carrera: se abría ante ellos un futuro prometedor; se hallaban en aquellos instantes épicos en que el jefe juzga a un joven, se felicita in petto de haberlo empleado, se apresura a formarlo, a moldearlo a su imagen, lo invita a cenar, le da palmaditas en el vientre, le abre, con un solo gesto, las puertas de la fortuna.

Eran estúpidos —cuántas veces se repitieron que eran estúpidos, que andaban equivocados, que, en todo caso, no tenían más razón que los otros, los que se afanan, los que trepan— pero les gustaban sus largas jornadas de inactividad, sus despertares perezosos, sus mañanas en la cama, con un montón de novelas policiacas o de ciencia ficción al lado, sus paseos nocturnos por las orillas del río y la sensación casi exaltante de libertad que experimentaban ciertos días, la sensación de vacaciones que les entraba cada vez que volvían de una encuesta en provincias.

Sabían, por supuesto, que todo eso era falso, que su libertad no era sino un engaño. Su vida estaba más marcada por su búsqueda casi enloquecida de trabajo, cuando, cosa frecuente, quebraba una de las agencias que los empleaba o se fundía en otra mayor, por los fines de semana en que tenían contados los cigarrillos, por el tiempo que perdían, ciertos días, en lograr que los invitaran a cenar.

Se hallaban en el centro de la situación más trivial, más tonta del mundo. Pero, por más que sabían que era trivial y tonta, se hallaban, con todo, en ella; habían oído decir que la oposición entre el trabajo y la libertad no constituía, desde hacía mucho tiempo, un concepto riguroso; pero era, sin embargo, lo que los determinaba primordialmente.

 

Los individuos que deciden ganar dinero antes, los que reservan para más tarde, para cuando sean ricos, sus verdaderos proyectos, no están necesariamente equivocados. Los que sólo quieren vivir y llaman vida la libertad máxima, la sola búsqueda de la felicidad, la exclusiva satisfacción de sus deseos o sus instintos, el uso inmediato de las riquezas ilimitadas del mundo —Jérôme y Sylvie habían hecho suyo este vasto programa—, ésos serán siempre desgraciados. Es verdad, reconocían, que existen personas a las que no se les plantea este tipo de dilema, o se les plantea apenas, ya porque son demasiado pobres y aún no tienen más exigencias que comer un poco mejor, estar algo mejor alojadas, trabajar un poco menos, ya porque son demasiado ricas, desde un principio, para entender el alcance, o incluso el significado de tal distinción. Pero en nuestros días y en nuestros países cada vez hay más personas que no son ni ricas ni pobres: sueñan con riquezas y podrían hacerse ricas: ahí es donde empiezan sus desgracias.

 

Un joven teórico que estudia alguna carrera, luego cumple con honor sus obligaciones militares, se encuentra hacia los veinticinco años desnudo como el primer día, aunque ya virtualmente poseedor, por su mismo saber, de más dinero del que nunca ha podido desear. O sea que sabe a ciencia cierta que vendrá un día en que tendrá su piso, su casa en el campo, su coche, su equipo estereofónico. Sin embargo, lamentablemente esas exaltantes promesas siempre se hacen esperar: por su propia esencia, forman parte de un proceso del que, pensándolo bien, dependen asimismo el nacimiento de los hijos, la evolución de los valores morales, las actitudes sociales y los comportamientos humanos. En una palabra, el joven tendrá que situarse, y eso le llevará al menos quince años.

Semejante perspectiva no es muy reconfortante. Nadie la acepta sin echar pestes. ¡Cómo!, se dice el joven licenciado, ¿voy a tener que pasarme los días detrás de esos despachos acristalados en vez de ir a pasear por los prados floridos? ¿Voy a descubrirme lleno de esperanzas en vísperas de ascensos? ¿Voy a calcular, intrigar, tascar el freno, yo que soñaba con poesía, con trenes nocturnos, con arenas cálidas? Y, creyendo consolarse, cae en la trampa de las ventas a plazos. Entonces, queda atrapado, y muy atrapado: no tiene otro remedio que armarse de paciencia. Pero ¡ay!, al llegar al final de sus penas, el joven ya no es tan joven, y, para colmo de desgracias, podrá incluso percatarse de que su vida ya está pasada, de que no era más que su esfuerzo y no su meta y, hasta, si es demasiado sensato, demasiado prudente —pues su lenta ascensión le habrá dado una sana experiencia— para decirse tales cosas, no por ello será menos cierto que habrá llegado a la edad de cuarenta años, y que la instalación de sus residencias principal y segunda, y la educación de sus hijos, habrán bastado para llenar las pocas horas que no habrá dedicado al trabajo…

 

La impaciencia, se dijeron Jérôme y Sylvie, es una virtud del siglo XX. A los veinte años, cuando hubieron visto, o creído ver, lo que podía ser la vida, la suma de dichas que encerraba, las infinitas conquistas que permitía, etc., supieron que no tendrían la fuerza de esperar. Podían llegar, ni más ni menos que los otros, pero lo único que querían era haber llegado. Sin duda eso era lo que se ha convenido en llamar intelectuales.

Pues todo les decía que andaban errados, y, en primer lugar, la vida misma. Querían gozar de la vida, pero, en torno a ellos, el goce se confundía con la propiedad. Querían permanecer disponibles, y casi inocentes, pero los años pasaban de todos modos, y no les aportaban nada. Los otros acababan por no ver en la riqueza más que un fin, pero ellos no tenían ni una perra.

Se decían que no eran los más infelices. Tal vez tenían razón. Pero la vida moderna excitaba su propia desdicha, mientras borraba la desdicha de los otros: los otros estaban en el buen camino. Ellos no eran gran cosa: unos pelados, unos francotiradores, unos lunáticos. Es verdad, por otra parte, que en cierto modo el tiempo trabajaba en su favor y que tenían del mundo posibles imágenes que podían parecer exaltantes. Era un consuelo que convenían en juzgar ruin.