Las cosas
Epílogo
Todo habría podido seguir así. Habrían podido quedarse allí toda la vida. Jérôme, a su vez, habría aceptado una plaza. No habrían carecido de dinero. Al final, les habrían concedido el traslado a Túnez. Habrían hecho nuevas amistades. Habrían comprado un coche. Habrían tenido, en La Marsa, en Sidi bu Said, en El Manza, una hermosa villa, un gran jardín.
Pero no les será tan fácil librarse de su historia. El tiempo, una vez más, trabajará por ellos. Terminará el curso. El calor se hará delicioso. Jérôme se pasará los días en la playa y Sylvie, acabadas las clases, irá a reunirse con él. Llegarán los exámenes finales. Sentirán acercarse las vacaciones. Echarán de menos París, la primavera en las orillas del Sena, su árbol lleno de flores, los Champs-Elysées, la plaza de Les Vosges. Se acordarán, con emoción, de su libertad tan querida, de sus mañanitas en la cama, de sus cenas con velas. Y algún amigo les mandará proyectos de veraneo: una casa grande en Turena, una buena mesa, jiras campestres:
—¿Y si volviéramos? —dirá uno.
—Todo podría ser como antes —dirá él otro.
Harán las maletas. Recogerán los libros, los grabados, las fotografías de los amigos, tirarán un sinfín de papeles, darán a unos y otros los muebles, las tablas irregulares, los ladrillos de doce agujeros, facturarán los baúles. Contarán los días, las horas, los minutos.
Para sus últimas horas sfaxienses, repetirán, gravemente, su paseo ritual. Cruzarán el mercado central, bordearán un instante el puerto, admirarán, como cada día, las enormes esponjas secándose al sol, pasarán frente a la salchichería italiana, el Hotel de los Olivos, la biblioteca municipal, luego, volviendo sobre sus pasos por la avenida Burguiba, bordearán la catedral horrenda, se desviarán delante del instituto donde, por última vez, saludarán, como cada día, al señor Michri, el conserje, que irá y vendrá ante la entrada, tomarán la calle Victor Hugo, pasarán por última vez frente a su restaurante familiar, frente a la iglesia griega. Luego entrarán en la ciudad árabe por la puerta de la Kasba, tirarán por la calle Bab Djedid y después por la calle del Bey, saldrán por la puerta Bab Diwan, se dirigirán a los soportales de la avenida Hedi Chaker, pasarán por el teatro, los dos cines, el banco, tomarán un último café, en La Regencia, comprarán los últimos cigarrillos, los últimos periódicos.
Dos minutos más tarde, montarán en un 403 de alquiler listo para partir. Sus maletas llevarán un buen rato atadas al techo. Estrecharán contra el corazón el dinero, los pasajes del barco y los billetes del tren, los resguardos de facturación.
El coche arrancará lentamente. A las cinco y media de la tarde, a comienzos de verano, Sfax será realmente una ciudad muy bella. Sus edificios inmaculados centellearán bajo el sol. Las torres y las murallas almenadas de la ciudad árabe tendrán un porte majestuoso. Unos boy-scouts, vestidos de rojo y blanco, pasarán con paso cadencioso. Grandes banderas, rojas con la media luna blanca de Tunicia, verdes y rojas de Argelia, flotarán en el viento ligero.
Habrá un trozo de mar, todo azul, grandes obras en construcción, los interminables suburbios atestados de asnos, niños, bicicletas, luego los interminables olivares. Luego la carretera: Sakietes Zit, El Djem y su anfiteatro. Msaken, la ciudad de los malos ladrones, Susa y su fachada marítima superpoblada, Enfidaville y sus inmensos olivares, Bir bu Rekba y sus cafés, su fruta, su alfarería, Grombalia, Potinville, con sus viñas que invaden las colinas, Hamman Lif, luego un trozo de autopista, suburbios industriales, fábricas de jabón, de cemento: Túnez.
Se bañarán mucho rato en Cartago, en medio de las ruinas, en La Marsa; irán hasta Utica, hasta Kelibia, hasta Nabeul, donde comprarán cerámica, hasta La Goleta donde, a altas horas de la noche, comerán doradas extraordinarias.
Y una mañana, a las seis, estarán en el puerto. Las operaciones de embarque serán largas y fastidiosas; les costará encontrar sitio, en cubierta, para instalar sus tumbonas.
La travesía resultará fácil. En Marsella se tomarán un café con leche acompañado de croissants. Comprarán Le Monde de la víspera y Libération. En el tren, el ruido de las ruedas ritmará cantos de victoria, el Aleluya de El Mesías, himnos triunfales. Contarán los kilómetros; se extasiarán ante la campiña francesa, sus grandes trigales, sus verdes bosques, sus pastizales, sus valles.
Llegarán a las once de la noche. Los esperarán todos los amigos. Se extasiarán por su buen aspecto; estarán morenos como grandes viajeros, y llevarán grandes sombreros de paja trenzada. Hablarán de Sfax, el desierto, las ruinas magníficas, la vida barata, el mar todo azul. Los llevarán al Harry’s. Se emborracharán enseguida. Serán felices.
Regresarán, pues, y será peor. Encontrarán la calle de Quatrefages, su árbol tan hermoso, y el pisito pequeño, tan encantador, con su techo bajo, con su ventana de cortinas rojas y su ventana de cortinas verdes, sus queridos viejos libros, sus pilas de periódicos, su cama estrecha, su cocina minúscula, su desorden.
Volverán a ver París y será una verdadera fiesta. Pasearán a lo largo del Sena, por los jardines del Palais-Royal, por las callecitas de Saint-Germain. Y cada noche, en las calles iluminadas, cada escaparate será de nuevo una maravillosa incitación. Habrá puestos repletos de vituallas. Se apresurarán por entre el gentío de los grandes almacenes. Hundirán las manos en los montones de sedas, acariciarán los pesados frascos de perfume, tocarán las corbatas.
Intentarán vivir como antes. Reanudarán los contactos con las agencias de antaño. Pero la magia se habrá esfumado. De nuevo se asfixiarán. Creerán morir de estrechez, de exigüedad.
Soñarán con la fortuna. Mirarán por el suelo con la esperanza de encontrarse una cartera llena, un billete de banco, una moneda de cien francos, un ticket de metro.
Soñarán con huir al campo. Soñarán con Sfax.
No aguantarán mucho tiempo.
Entonces un día —¿no habían sabido siempre que vendría ese día?—, decidirán acabar, de una vez para siempre, como los otros. Sus amigos, enterados, les buscarán trabajo. Los recomendarán a varias agencias. Escribirán, llenos de esperanza, curriculum vitae cuidadosamente estudiados. La suerte —pero no será exactamente una suerte— los acompañará. Pese a su irregularidad, sus hojas de servicios recibirán una atención particular. Los convocarán. Sabrán encontrar las palabras necesarias para gustar.
Y será así como después de unos años de vida vagabunda, cansados de no tener dinero, cansados de contar y de echarse en cara el contar, Jérôme y Sylvie aceptarán —quizá con gratitud— el doble empleo responsable, acompañado de una remuneración que podrá, con rigor, pasar por un chollo, que les ofrecerá un magnate de la publicidad.
Irán a Burdeos a hacerse cargo de la dirección de una agencia. Prepararán meticulosamente el viaje. Arreglarán el piso, lo pintarán, quitarán los montones de libros, los fardos de ropa, las pilas de vajilla que lo habían abarrotado siempre y bajo los cuales, muy a menudo, habían creído ahogarse. Y errarán, casi sin reconocerla, por aquella morada en la que tantas veces habían dicho que todo era imposible, y más que nada errar. La verán, por vez primera, tal como habrían querido verla siempre, por fin pintada, deslumbrante de blancura, de limpieza, sin una sola mota de polvo, sin manchas, sin grietas, sin desgarrones, con su techo bajo, su patio campesino, su árbol admirable ante el cual, muy pronto, como antaño ellos mismos, irán a extasiarse futuros compradores.
Venderán los libros a los libreros de ocasión, las ropas a los ropavejeros. Acudirán a sastres, modistas, camiseras. Prepararán los baúles.
No será realmente la fortuna. No serán presidentes directores generales. No manejarán más que millones ajenos. A ellos les dejarán algunas migajas, para el standing, para las camisas de seda, para los guantes de pecarí ahumado. Tendrán buena presencia. Vivirán bien, comerán bien, vestirán bien. No echarán nada de menos.
Tendrán su diván Chesterfield, sus sillones de piel natural blandos y con clase como asientos de coche italiano, sus mesas rústicas, sus atriles, sus moquetas, sus alfombras de seda sus librerías de roble claro.
Tendrán las estancias inmensas y vacías, claras, los pasillos espaciosos, las paredes de vidrio, las vistas aseguradas. Tendrán vajilla de loza, cubertería de plata, manteles de encaje, ricas encuadernaciones de piel roja.
No tendrán treinta años. Tendrán toda la vida por delante.
Saldrán de París a principios de septiembre. Estarán casi solos en un coche de primera. Casi enseguida, el tren cogerá velocidad. El coche de aluminio se mecerá suavemente.
Se irán. Lo dejarán todo. Huirán. Nada habrá podido retenerlos.
«¿Te acuerdas?», dirá Jérôme. Y evocarán el tiempo pasado, los días sombríos, su juventud, sus primeros encuentros, las primeras encuestas, el árbol en el patio de la calle de Quatrefages, los amigos desaparecidos, las comidas fraternales. Se verán cruzando París en busca de cigarrillos, y parándose ante los anticuarios. Resucitarán los viejos días de Sfax, su muerte lenta, su retorno triunfal. «Y ahora, ya ves», dirá Sylvie. Y eso les parecerá casi natural.
Se sentirán a gusto con sus ropas ligeras. Se relajarán en el compartimiento desierto. Desfilará la campiña francesa. Mirarán en silencio los grandes trigales maduros, las armazones desnudas de las torres de alta tensión. Verán manufacturas de harina, fábricas casi coquetas, extensas colonias de vacaciones, embalses, casitas aisladas en medio de calveros. Correrán niños por una carretera blanca.
El viaje será agradable mucho tiempo. Hacia las doce, se dirigirán, con paso indolente, hacia el coche restaurante. Se instalarán junto a una ventana, frente a frente. Pedirán dos whiskies. Se mirarán, una última vez, con una sonrisa cómplice. La mantelería glaseada, los cubiertos macizos, grabados con el escudo de Wagons-Lits, los platos recios blasonados parecerán el preludio de un festín suntuoso. Pero la comida que les servirán será francamente insípida.
El medio forma parte de la verdad, tanto como el resultado. Es preciso que la búsqueda de la verdad sea a su vez verdadera; la búsqueda verdadera es la verdad desplegada, cuyos miembros dispersos se reúnen en el resultado.
KARL MARX
Terminaste Las cosas
Georges Perec