Llamada perdida

Gabriela Wiener · Capítulo 11 de 21

Páginas del PDF

Llamada perdida

Two and a half men

 

 

Solemos decir que fue un error. A veces hasta creemos que fue un error. ¿A quién se le ocurre? ¿Dos escritores? Tiene que ser una broma. ¿Y quién pagará las facturas? Lo cierto es que durante estos diez años de matrimonio hemos cumplido con casi todos los requisitos para ganar el Oscar, el Goya o el Circe a la pareja más desastrosa de la historia humana. Domésticamente hablando.

Una somera enumeración de nuestros desastres económicos, políticos y sociales en la república independiente de nuestra casa bastaría para probarlo: una vez casi incendio el edificio tratando de hervir un biberón, una vez Jaime puso nuestros últimos 500 euros en un libro que se fue directo al contenedor de basura. Hemos perdido manuscritos, facturas, aviones, dignidades. En nuestra habitación, la ropa se acumula día a día hasta crear montañas colosales e inescrutables. Nuestra hija a menudo tiene que recordarnos que le pongamos la lonchera en la mochila.

La explicación fácil y posera del asunto sería: somos escritores, tenemos cosas más elevadas en que pensar. Pero no es tan sencillo. Nos consta que hay otras parejas de escritores que llevan su casa como un internado suizo. Nosotros no.

Por alguna razón que no alcanzamos a entender y que a veces simplemente catalogamos como «mala suerte», ambos compartimos la misma incapacidad congénita para ocuparnos de los asuntos reales. Y lo peor de todo es que, como única representante de la parte «femenina» de nuestra asociación, se supone que me correspondería asumir ciertos roles, ciertas actitudes, para las que francamente me declaro objetora de conciencia. Soy incapaz de cerrar un cajón, de colgar la toalla bien estirada en lugar de dejarla enrollada en la manija de cualquier puerta; y respecto a la cocina… ese es un tema del que prefiero no hablar. Jaime, por su parte, es un verdadero inútil. Se desenvuelve mejor que yo en la casa y le gustan las herramientas y esas cosas, pero es completamente incapaz de recordar las cosas. Una escena recurrente: Jaime yendo a comprar al súper y volviendo con una lata de salsa de tomate porque no recuerda, o no cree, que necesitemos nada más. Si no está en una lista le da igual que la refri contenga una lechuga, un yogur vencido y dos huevos: él no compra nada más. «No estaba en la lista», responde ante mi mirada de estupefacción.

Además, por supuesto, está la enorme cantidad de dinero que adeudamos al erario español —y que pagamos dolorosamente mes a mes— porque no tenemos idea de cómo pagar ordenadamente nuestros impuestos.

Así las cosas, habíamos empezado a sentirnos muy solos en este mundo de normas, deberes y obligaciones que nos es ignoto hasta que leímos hace muy poco un libro terrible y luminoso de un escritor noruego llamado Karl Ove Knausgård. El libro se titula La muerte del padre y ya pueden hacerse una idea de cuál es el tema. Pero en él encontramos estas líneas esperanzadoras: «Tanto Linda como yo vivimos cerca del caos, o de la sensación de caos, todo puede desbordarse en cualquier momento, y todo eso que una vida con niños pequeños exige, es algo a lo que nos tenemos que forzar. No sabemos lo que es la planificación. El hecho de que tenemos que comprar comida nos llega cada día como una sorpresa. También el hecho de que las facturas tengan que pagarse a fin de mes». Párrafos antes, además, Knausgård habla de la lucha dialéctica que se establece entre la necesidad de escribir y la obligación de fregar suelos, lavar ropa, jugar con los niños, bañarlos, etcétera.

Son líneas, repito, esperanzadoras. Porque si un escritor noruego que vive su vida al borde del abismo doméstico ha sido capaz de escribir esa novela brillante, si es capaz de contarlo, tal vez nosotros también podamos. Eso queremos pensar mientras nos estiramos como lagartijas para llegar a fin de mes.

Jaime suele decir que vivir conmigo es casi como vivir con otro hombre. Y que, muy probablemente, nuestra adorada pequeña se convierta también en un hombrecito. Somos como los personajes de esa serie, Dos hombres y medio, pero sin casa en Malibú y sin empleada. Si es así, yo sería obviamente Charlie Sheen.