Llamada perdida
Un fin de semana con mi muerte
Todos tenemos tumbas desde las que viajar. Para llegar a la mía debo ir al encuentro de unos desconocidos que van a llevarme en coche hasta un punto de la Cordillera Litoral catalana. El fin de semana formaré parte del taller Vive tu muerte. El gran reto de esta aventura será contar mi propia muerte en primerísima persona, espero que sin morirme realmente. En el prospecto del taller se habla de que seremos capaces de experimentar cosas muy parecidas a las narraciones de las ECM (experiencias cercanas a la muerte), como flotar sobre nuestro cuerpo, ver pasar la película entera de nuestra vida, atisbar una luz al final del túnel y a unos hombrecillos lánguidos y lejanos llamándonos con amor en el umbral donde se acaba todo. También, pienso, cabe la posibilidad de que me suban a un avión y termine en una isla donde pasan cosas raras. Por lo pronto estoy conociendo a algunos de mis compañeros de viaje.
—¿Nos vimos en Reciclándonos? —le pregunta el hombre.
—No, fue en Mi lugar en el universo —responde ella.
—Es verdad… ¿y ya lo encontraste?
—Aún no…
—¿Después de tantos talleres aún no lo has encontrado?
—Estoy en ello.
—A ti lo que te falta es el objetivo —dice, convencido, el hombre, que a pesar de todo el dinero que se ha gastado en talleres de autoayuda parece no tener claras algunas premisas elementales. Por ejemplo, que a una mujer no se la saluda preguntándole si ya sabe qué hacer con su vida de mierda. Se me ocurren varias cosas que decirles para solucionar los problemas de ambos y así ganarme un dinero: a él, que pruebe cerrando la boca de vez en cuando. A ella, que mande bien lejos a los tíos que quieren aparentar que saben más de ella que ella misma.
—Bueno, señoritas, ¿estáis preparadas? —es la segunda vez del hombre en el taller de la muerte y dice saber de lo que habla.
—Hay que quitarse la ropa, ¿eh? Quedarse en pelotas, sí señor.
La mujer y yo nos miramos. El hombre se da la vuelta y ahora me habla solo a mí:
—Tú debes tener buenos pulmones porque eres de allá del sur, allí la gente tiene buenos pulmones. Los vas a necesitar. No quiero adelantaros mucho, pero os vamos a coger de los pelos y ahogar un poco…
Aunque está claro que nos está tomando el pelo, la mujer, que según dice ha venido convencida por su hermano —«después de acudir al taller abandonó a su pesada novia y su odioso trabajo en el banco y se convirtió en una persona mejor»—, se horroriza y vuelve a lanzarme una mirada amablemente inquisidora.
—¡Eyyy, niña, descruza las piernas que no dejas fluir la energía! —dice el hombre.
Lo obedezco. Estamos a punto de llegar.
La sede del taller es una gran casa en la montaña. Está rodeada de árboles y desde allí se puede ver el Mediterráneo. La enorme piscina está vacía. En ese mismo momento se celebran diversos talleres vivenciales con otros grupos y temáticas. La educación emocional es un bien de lujo, pero algunos podemos permitírnoslo. En la recepción, al lado de la mesa de las infusiones, pago la cuenta y me siento un poco sucia, igual que cuando pagas por drogas, algo que tampoco me gusta hacer. O como cuando le haces una transferencia a tu psicoanalista.
Pagar por el bienestar del espíritu no me parece normal. Tampoco pagar por una operación de pulmón, pero el mundo es como es.
Me instalo en una de las pequeñas habitaciones que voy a compartir con otras dos personas. Coloco mis cuatro mudas de ropa cómoda en el armario, mi neceser en el baño y, qué más da, salgo a socializar. Se supone que uno de los objetivos del taller es encontrarse plenamente con otros seres humanos, algo que a la gente común solo le pasa después de cuatro copas. Una chica se sienta a mi lado.
—¿Muerte?
Le digo que sí.
—¿Tú…?
—También Muerte. Ya empezamos a perderle el miedo a la palabra, ¿eh?
—Eh…, así parece —le pregunto quiénes son esas mujeres vestidas de blanco.
—Son de Pídele perdón a tu madre. ¿Es tu primera vez?
—Sí.
—¡Qué envidia! Va a ser una de las experiencias más importantes de tu vida. Para mí es la cuarta vez.
La gente reincide, y eso, según cómo se vea, puede ser o muy bueno o muy malo. Suena una campana y entramos a la sala principal, llena de ventanales por los que se divisa el mar. Somos más de treinta personas en Vive tu muerte y ninguno de nosotros lleva zapatos. El director pide que nos presentemos y que digamos por qué hemos venido. Me mira y dice «empieza tú», y no me queda más remedio:
—Me llamo Gabriela. Soy peruana, pero hace ocho años que vivo en Barcelona. He venido porque… temo a la muerte, últimamente más, y porque estoy desconectada…
Todo esto lo digo porque es verdad. Hay otras verdades, pero nos ha pedido ser breves.
Para venir, todos los asistentes hemos firmado un papel en el que nos comprometemos a no divulgar nada de lo que ocurra aquí. Por eso he cambiado deliberadamente el nombre del taller y no utilizaré ningún nombre propio, ni siquiera el del director del taller, un intelectual muy conocido en Cataluña. También he rellenado un test psicológico, de esos que sirven para detectar nuestros puntos débiles. Se trata de valorar una serie de ideas del 1 al 18 y de la mejor a la peor. Por ejemplo, a la esclavitud le he dado un 15; a hacer estallar un vuelo con pasajeros, un 16; a quemar a un hereje en la hoguera, un 17; y a torturar a una persona, un 18.
Son respuestas sinceras. Supongo que soy una buena persona, pese a todo.
En sus turnos, los demás comparten sus razones, todas las cuales tienen que ver con encontrarse a sí mismos.
El director nos explica que esto no es una terapia. Dice que es un tiempo dentro del tiempo. Cuatro días en los que nos pasarán más cosas que en cuatro meses. Una experiencia de disolución del ego, que es, finalmente, lo que es la muerte. Un rito iniciático y catártico para matar al niño egoísta que todavía llevamos dentro, para colocarnos en el esquema cósmico, social y familiar. El miedo a la muerte es el miedo a la vida.
Dicho esto queda poco que agregar, salvo que el taller consiste en enfrentar algo tan aterrorizante como la «impermanencia». Se supone que vamos a descubrir amorosamente la grandeza de morir y de ayudar a morir, pues nos tocará ejercer ambos roles.
En ese marco, los asistentes debemos encontrar los problemas que limitan nuestra vida. La técnica para lograrlo: un tipo de respiración rítmica modificadora de la conciencia y marcada por música y sonidos, todo lo cual nos ayudará a tener una representación psíquica de la muerte, a curar heridas y a encontrar la causa de nuestro bloqueo.
Síntomas que indican la proximidad de la muerte y que vamos a vivir en el taller, ya sea como moribundos o como acompañantes: boca seca; deshidratación de la piel; uso de un lenguaje raro; necesidad de volver a casa y reconciliarse con alguien o algo; pérdida de peso; debilidad; huesos frágiles; vómitos; ganas de defecar y de expulsar todo lo extraño; estertores; movimientos involuntarios; mirada vidriosa.
El taller es a la muerte lo que un simulacro a un terremoto. Salvo quizá por el pequeño detalle de que aquí nadie se va a salvar.
Antes de irnos a dormir tenemos otra tarea: dibujar nuestro autorretrato en mesas colmadas de lápices de colores: trazo un mamarracho a lo Frida Kahlo con un corazón espinoso y un mouse encadenado a mi muñeca. Dentro de mi estómago he dibujado una Gabriela de dos cabezas: una ríe y otra llora. Típico dibujo para impresionar a los psicólogos, pienso. Cuando me voy a dormir empiezo a notar los primeros efectos del taller: no dejo de recordar las putas escaras en el cuerpo de mi abuela Victoria. La escara es piel muerta, la herida de guerra de los enfermos: estar postrada en una cama durante una década puede ser más destructor que una batalla. Sin poder comunicarse, sin poder reconocernos, difícilmente creo que haya podido decir adiós o ver alguna hermosa luz antes de irse. Pienso también en la última vez que vi a mi abuela Elena viva; llevaba varios años ciega por la diabetes, estaba en una camilla en medio del pasillo de un hospital público esperando una cama. Me pidió agua, tenía mucha sed, le di un sorbo en un vasito de plástico. Me dijo: «Me voy a morir, hijita, llévenme a la casa, no quiero morir aquí». Le mentí: «No te vas a morir, abuelita». Le di un beso en la frente y salí. Murió una hora después en ese mismo pasillo.
Hace cinco años que no me hago una revisión médica de rutina. Ni un miserable chequeo. Desde que parí me siento inmortal o me obligo a sentirme inmortal. Procuro enfermarme de cosas que pueda curarme con una simple visita a la farmacia. De un tiempo a esta parte, sin embargo, me he estado sintiendo rara. No sé cómo explicarlo, es solo que no me encuentro bien. Un día me decido y pido una cita con el médico de cabecera, que a su vez me programa con la enfermera para una revisión general. También me encarga un análisis de sangre para ver qué tal. Tendré que esperar dos semanas por los resultados. La enfermera me pesa, me mide y me toma la tensión. No tengo nada, está claro, los médicos siempre me han considerado un fiasco. Es una idea ridícula, pero cada vez que salgo de un consultorio lo hago un poco decepcionada de no estar realmente enferma. No quiero estar enferma, claro que no, pero, por alguna razón, a mi ego lo incomoda ser tan poca cosa en cualquier sitio, incluso si ese sitio es un hospital. Por eso, cuando la enfermera me mide la presión y dice «la tienes muy alta», dentro de mí alguien sonríe. Quizá el diablo. Es una pulsión, un regocijo malsano, la venganza por todos estos años de salud intachable. «150/109», dice la enfermera. Lo normal es 139/89.
Tengo treinta y cinco años. Soy mujer. Es decir, soy joven y estoy hasta las cejas de progesterona. Dos factores que son hasta mejores que un seguro de vida de un millón de euros. Son dos razones de peso, me digo. 2-0. Gano yo. Pero resulta que no. No tengo una simple subida de tensión porque toda la semana siguiente dejo de comer sal y me alimento con verduras y vuelvo con la enfermera y 158/110. Me la miden en el brazo derecho y en el izquierdo, tres veces en cada uno. Por fin sale su científica eminencia —mi estado amerita la presencia del médico en persona—, que se pone a cuchichear con las enfermeras.
En esos minutos de incertidumbre, la presión se me va al techo, 159/115. Dice el médico que no es una subida puntual. Tampoco es el estrés, aunque a veces pareciera que voy a estallar en medio de todo como la bomba de un terrorista que ha confundido su objetivo.
Mi padre supo que tenía la tensión alta a los treinta y cinco años, mi edad actual, y, desde esa edad, se medica cada día. Mi abuelo murió de un infarto a los sesenta años. Mi abuela Victoria, de un derrame cerebral. Ya no puedo ganar. Me voltearon el partido. 3-2. Soy hipertensa. Padezco hipertensión arterial estadio 1. Es todo. Pero un momento, ¿cabe la gran posibilidad de que la tensión sea un síntoma de algo peor? ¿Qué tan malo? Algo horrible, probablemente, porque el médico mira la punta de su zapato. «Eso lo dirán los análisis», concluye. Aunque para eso todavía hay que esperar. Suspenso.
A la hipertensión arterial crónica la llaman «silenciosa plaga de Occidente» y es la principal causa de muerte en el mundo. No es el hambre ni el cáncer ni el sida. Se la llama así porque actúa de manera silente cambiando el flujo sanguíneo y es un factor de riesgo para enfermedades cardiovasculares o renales. La causa es desconocida en el noventa por ciento de los casos, pero casi siempre tiene que ver con la genética y los malos hábitos. ¡Bingo!
Nadie diría que soy una persona gorda, pero nadie diría tampoco que soy una persona saludable. Y esa es una condición que he llevado con orgullo durante todo este tiempo, que me hace sentir viva y vivida, todo lo contrario a estar muerta: bebo, fumo, salgo de noche, me emborracho una vez a la semana y una vez a la semana muero de resaca, a veces me drogo, como comida basura, detesto la mayoría de las verduras, soy madre, no estoy bautizada, trabajo en una oficina, odio a la raza humana, soy esposa de alguien, veo series de TV en streaming hasta las tres de la mañana, no hago ejercicio, no tengo servicio doméstico, me paso diez horas al día frente a la pantalla, la única parte de mi cuerpo que se ejercita son mis dedos golpeando el teclado, como ahora. Es un milagro que mi culo no sea del tamaño del Brasil. Soy una periodista especializada en meterse en sitios y escribir en primera persona sobre experiencias extremas. ¡Ah!, y casi olvido lo más importante: adoro la sal. La sal gorda de preferencia, esos pequeños diamantes sobre un buen trozo de filete, y los aliños y salsas que de tan salados me ponen los ojos en blanco de excitación. Desde que era una niña, ahora recuerdo, mi tóxico ADN me empujaba a colarme subrepticiamente en la cocina cuando mi abuela Victoria se alejaba del fogón y a enterrar mi índice en el bote rojo de la sal. Una vez que lo lograba, corría con el dedo blanco y brillante de vuelta a la tele. Chuparme el dedo con sal mientras veía mis dibujos animados preferidos fue durante mucho tiempo una versión de la felicidad.
Hubo un tiempo que fue hermoso. En serio, lo hubo. Las resacas solían ser llevaderas. Y devorar hamburguesas y pollo frito no tenía consecuencias más allá del placer. No puedo decir con exactitud en qué momento se acabó esa impunidad. Es probable que fuera a partir de los treinta años. Pero yo no me di por aludida, decidí seguir siendo joven e insensata, lo que es consustancial a ser joven, y continué viviendo de la única forma que sabía, esto es: creyéndome inmortal, negándome a mirar las etiquetas de los productos y declarándome públicamente enemiga del mundo fitness y de sus devotos. Solo de vez en cuando un fallo en la matriz me hacía pensar que algo podía no estar bien, por ejemplo una leve aceleración de mi ritmo cardíaco, como si se hubiera colado un salvaje con un tambor en la magnífica orquesta de cámara de mi pecho.
Me toco y constato que los granos siguen ahí, en mi cara. También me paso la mano por el vientre y compruebo que sigue abultado, como una barriga de cuatro meses de embarazo a la que ya estoy acostumbrada. Hace algún tiempo dejó de preocuparme mi perfil en los escaparates. Me acaricio el cuello y siento mi creciente papada. Pienso en todo eso, en la incomodidad con mi cuerpo y en la imagen mental que tengo de él (donde prefiero que no intervenga la imagen real). Pienso en que hace mucho que dejé de pensar en él o que quizá jamás lo hice.
En casa son extraños los días que siguen a las malas noticias sobre mi tensión. No es para menos, se trata de empezar una dieta estricta para convertirme en ese ser a quien no me molestaría en dirigirle la palabra ni siquiera si nos quedáramos atascados en un ascensor. No puedo beber alcohol, tal vez sí una copa de vino o dos, pero yo no concibo una visita al bar sin emborracharme, así que dejo de salir. Mis amigas me prometen que dejarán las rayas y el gin-tonic por mí, que se pasarán al porro y al vino blanco, pero está claro que mienten. Empiezo a considerar un cambio de amistades. La comida sin sal, por otro lado, es igual a no comer.
El panorama no podría estar completo sin su dosis de fármacos. Debo tomar cada día, y en principio durante tres meses, dos pastillas de cinco miligramos de Enalapril, cuya caja de sesenta comprimidos vale, para mi desconcierto, veinte céntimos. La lista de posibles efectos adversos ocupa el cincuenta por ciento del prospecto. ¿Se supone que debo meterme esa cantidad de píldoras baratas en el organismo durante toda mi vida? Me encuentro un día con un amigo y me cuenta que él sufre de lo mismo, que se pasa el día comiendo ajo y no toma pastillas para la tensión alta porque «quitan el apetito sexual». Al oír esto, otra gran amiga me recomienda que me suicide. A esto se suma el acoso y derribo al que he quedado expuesta ahora que todo el mundo tiene algo que decir de mi salud, sobre todo mi familia, que otra vez se toma la libertad de sobreprotegerme a sus anchas. Sufro varios episodios de ansiedad pensando que en cualquier momento me dará un infarto y, como broche de oro, al medirme la tensión cada dos por tres, empiezo a ser muy popular en las farmacias del barrio. Una noche, como todas las noches, me quito la ropa delante del espejo y veo una leve mancha roja en mi pecho derecho, justo al lado del pezón. La toco. Es una masa. Algo duro. Es algo que, estoy segura, no estaba ahí antes. Entonces grito.