Llamada perdida

Gabriela Wiener · Capítulo 4 de 21

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Llamada perdida

Esperando el 11-11-11

 

1. Han pasado ya siete años desde que ocurrió esto. Y los números no son un asunto baladí en esta historia. Fue en el 2007, el año de la maternidad a tiempo completo, cuando la oferta de trabajo que debía llegar no llegó y fue más sencillo replegarse que seguir intentándolo. Entonces no sabía que algún día iba a poder decir con orgullo que yo había amamantado y criado a mi hija en casa durante su primer año de vida. Lo único que sabía en ese momento es que mi existencia había hecho una parada estratégica. Que me había detenido a mirarla desde un lugar fuera de mí y que había abandonado todo impulso generador. No me interesaba crear nada más. Lo de ser escritora me parecía ridículo y no tenía otra misión que esa que mi bebé me señalaba cada día con su olor o con su ruido. No es casual, porque nada es casual en este relato, que ese también fuera el año en que más veces se me apareció el número 11. Tanto que dejó de ser algo curioso para convertirse en algo casi rutinario. Y lo sigue siendo. Porque en realidad esta historia se resume en una cifra: ahora miro el reloj y allí está: las 11 y 11. Me pasa siempre, de día o de noche.

Cada vez que ocurre se lo cuento a Jaime, que, gracias a que le he venido enseñando pruebas contundentes todos estos años, ha terminado por creer que no es un invento y que en efecto a mí me pasa «eso». Creo que él preferiría decir «algo». Yo lo llamo «mi secreto estúpido».

Evitar pasar por debajo de una escalera o maldecir a los gatos negros no tiene nada que ver con esto. Las supersticiones son cosas que todo el mundo conoce, son tonterías colectivas y risueñas que alguna gente adopta por si acaso, no vayan a tener razón los tontos. Lo del 11, en cambio, es parte de mí, como un trastorno obsesivo-compulsivo, como una idea recurrente que en lugar de haberse creado en mi mente, de haberme invadido desde dentro, llegó y decidió perseguirme desde fuera. Su visión me transporta, cada vez que ocurre, de un estado risueño a una sensación de enigmática complicidad conmigo misma.

Es posible que mi mente anduviera «afiebrada» por esos días. Poder barrer, lavar y mover un cucharón con un bebé colgado en la espalda, sin apenas dormir, sin apenas tener sexo, sin apenas ver películas y leer libros, sin apenas divertirme, sin apenas ser un ser humano es, claro, de superhéroes o de superlocas. Durante los años en que me dediqué a criar, a ser una mujer de manual —de manual de los cincuenta—, juro que la consulta del pediatra siempre estaba en el número 11. Si me subía a un avión me tocaba el asiento 11C. Era la undécima en la cola del banco. O mi nuevo DNI vencía un día 11.

Mi vida, ya lo dije, se había alejado repentinamente de la investigación, del periodismo, de las computadoras, incluso de la literatura. Como en el libro de mi adorada Joan Didion, ese fue «mi año del pensamiento mágico» aunque no tuviera que ver con una muerte sino todo lo contrario. Los límites entre la superstición, la fe y la locura simplemente no estaban del todo claros. Vivía en la creencia de que una palabra o un simple acto de mi voluntad podía cambiarlo todo. En ese estado precientífico, los muertos vuelven, los pájaros saben que es el fin del mundo y los números encierran mensajes.

 

2. Quizá eran bien entradas las 11 de la mañana —lo sé porque a las 12 acostumbraba regresar del parque infantil para, con suerte, aprovechar la siesta de Lena y darme un baño— cuando le hablé a la bruja por primera vez del número 11.

Todos sabemos que los parques infantiles son puertas astrales.

No por forzada mi vida de mamá-ama-de-casa dejaba de tener cierto encanto. Y en esas pocas mañanas en que no me sentía como un insecto atrapado en la telaraña de platos sucios, juguetes desperdigados y ropa sin ordenar, todavía insomne a causa de la lactancia nocturna, pero incrédula ante la perspectiva suicida de tener que preparar en una hora el almuerzo sin dejar de entretener a Lena con mis tetas, o, mejor dicho, cuando todo lo anterior seguía existiendo, pero podía ponerlo entre paréntesis sumergiéndola en las profundidades de su cochecito y dando un portazo en dirección al parque, aún podía conocer brujas.

Para mí, aparcar el cochecito a las diez de la mañana a las afueras de la playa artificial de columpios y arena era como marcar tarjeta en la dimensión desconocida. Llevar a un niñito a tomar el aire fresco y a relacionarse a ras del suelo con sus iguales era un empeño diario. No olvidar sus palas y baldes, una hazaña cósmica. Enseñarle que eso era una paloma, una clase avanzada de ciencias. Evitar que se comiera la tierra, salvarle la vida.

Llegué a moverme como un astronauta en el espacio en aquel universo de bebés que no aguantaban aún la cabeza y sus niñeras latinas y sus abuelas catalanas. Fue una de esas nanas, precisamente, una chica pelirroja que cuidaba a un niño chino, la que me presentó a la bruja. La mujer, de unos sesenta y cinco años, de larga y canosa cabellera y vestidos hippies, era una estudiosa de la energía, de los astros, de los asuntos metafísicos, ultraterrenos y new age. Una charlatana para cualquiera, una bruja poderosa para una madre que se aburre en un parque.

—¿Tú sabrás por casualidad qué quiere decir que vea tanto el 11, el 11:11…?

Ella me miró por debajo de sus gafas enormes y me encomendó a Dios.

—El 11 —afirmó— es un número «maestro» que rige la vida de ciertas personas muy especiales, llamadas a hacer grandes sacrificios durante su paso por este mundo.

Yo, que llevaba ya algunos meses de aprendizaje en el sacrificio cotidiano, la miré con desdén.

—La gente que te rodea —continuó— depende de ti y tú serás quien, llegado el momento, deberá protegerla. No será un camino de rosas, tendrás que pasar por situaciones muy duras hasta que aprendas a administrar tu poder, pero lo conseguirás. El 11 te guiará para alejarte del mal y hacer el bien a los demás porque tú perteneces a esos elegidos que en la tierra son portadores de la sabiduría cósmica.

Me sentí como el Hombre Araña escuchando al tío Ben.

La bruja del parque infantil concluyó sugiriéndome que, en lugar de asustarme, me dedicara a estudiar más sobre el 11, que me sorprendería. La Gabriela Wiener que se alejaba por una empinada cuesta empujando un cochecito con un bebé que había roto a llorar de hambre y las bolsas de la compra colgando, enjugándose el sudor de las sienes, sintió que ahora todo tenía sentido. Si no por qué diablos iba a preparar después un pollo frito para su familia. Tenía que haber un propósito trascendente en eso. Eso explicaba por qué, durante toda su vida, se había creído especial, para bien o para mal. Este sería su nuevo secreto. Gabriela había abandonado la literatura o la literatura la había abandonado a ella. Gabriela estaba demasiado agotada y dispuesta a creer que era una extraterrestre o, al menos, su emisaria.

 

3. Aquella mañana en que volví del parque a casa, y antes del pollo frito, corrí a la computadora para poner 11 en el blanco espacio de Google mientras Lena lloraba desconsoladamente. Como los códigos de Matrix, vi llover los testimonios de miles de personas que sufrían el mismo acoso numérico. De repente, saber que eso que yo suponía único me igualaba a millones de iluminados, me sublevó. ¿Por qué teníamos que ser tantos los elegidos?

En efecto, el número 11 era algo que le pasaba a muchos en todo el mundo desde hacía décadas.

En la web de una especie de gurú del 11 llamada Solara —una robusta mujer rubia vestida con túnicas rosas y fulares coloridos que organiza encuentros en lugares «energéticos» como el Cusco— se confirmaba lo dicho por la bruja. El 11, leí, surge en épocas de conciencia elevada y tiene un efecto poderoso en aquellos que lo ven. Se lo llama «disparador de memorias» porque, cada vez que vemos esa cifra, los bancos de nuestra memoria celular son activados un poco más, sentimos una cosa agitarse profundamente en nuestro interior como si de pronto recordáramos algo olvidado hace siglos.

En resumen, habría un 11 en todas las cosas como un código para evocar un tiempo cósmico en que la conciencia universal era una sola. La misión de todos nosotros, los del 11, es recordarlo y comunicarlo al resto de la humanidad.

¿Pero qué clase de inepto había enviado tantas invitaciones para una fiesta que debía ser tan exclusiva?

 

4. Habían pasado cuatro años desde el tiempo de la maternidad a tiempo completo y de las revelaciones del parque infantil cuando fui consciente de que en breve iba a ocurrir algo insólito, algo que solo ocurre cada cien años. El calendario iba a marcar una fecha que para cualquier obsesionado con el 11 supone un mazazo en la cabeza: el calendario marcaría el 11-11-11, el día once del mes once del año once. Para ese entonces había dejado de ser ama de casa y había vuelto al periodismo, aunque no de la manera que yo esperaba. Me había convertido en jefa de redacción de una revista dirigida a los hombres que todavía se masturban con chicas tetonas impresas en papel. Cada mes debía entrevistar a la siliconeada de turno y hacerle preguntas sobre si estaba a favor del sexo anal. Por más que me divirtiera la idea, no era un trabajo del que hablarle a mi mamá ni a mis amigas hipsters. Era una mercenaria de la prensa masculina más grosera aunque me gustara imaginarme como agente feminista infiltrada.

Cuando veía las fotos y vídeos de la época en que solía tener encuentros interestelares en los parques infantiles, no me reconocía con esos atuendos vaporosos manchados de leche materna, esos pelos desiguales que yo misma me había cortado y aquella sonrisa subnormal. Además, aunque hubiera vuelto al redil productivo, aunque en mi vida hubiera ganado la razón, el 11 habría seguido dándome sus pequeños toques de atención con su habitual insistencia.

Y ahora el 11-11-11 estaba a la vuelta de la esquina. Incluso Jaime, que no cree en nada, me recordó que debía comprar lotería por si acaso.

En España, uno de los más importantes juegos de lotería es conocido como «la ONCE» (por las siglas de la Organización Nacional de Ciegos Españoles, que organiza el sorteo) y, cómo no, ese año había lanzado una lotería especial con un premio de 11 millones de euros. Por supuesto, esperé hasta el último día. En la puerta del mercado de la Boquería le compré a un hombre en silla de ruedas un cupón con el número 55 860. La suma de sus dígitos no daba ni siquiera un múltiplo de 11, pero fue lo único que conseguí. Lo guardé en mi cartera y esperé.

Según el horóscopo chino, el 2011 era, además, el año del conejo, mi año.

 

5. En la novela gráfica que leía esos días, ¿Eres mi madre?, de Alison Bechdel, hay una viñeta donde la escritora protagonista, una ferviente lectora de libros de psicoanálisis, analiza uno de sus sueños, en el que aparece por alguna razón el 11. Dice: «Según Freud no hay nada indeterminado en la vida psíquica, sobre todo en los números. El 11 es el primer número que no puede contarse con los dedos de las manos. Va más allá, transgrede, y por esa razón se asocia al pecado». Lo que para la bruja del parque infantil era un número divino, para otros era una cifra maldita. Su pecado consiste en ser incompleto. Se encuentra entre el 10, que es el de la perspectiva humana, y el 12, el de la perspectiva cósmica. Después de la traición de Judas, el número de apóstoles quedó reducido a 11. Es un número relacionado amargamente con los atentados y desastres naturales que han ocurrido en los últimos años.

Internet está plagada de teorías que descomponen cada detalle del ataque al World Trade Center, desde la fecha (9-11) hasta las dos torres que dibujan un 11, pasando por el número de vuelo (11) del primer avión que impactó en la torre norte, la cantidad de tripulantes de uno de los aviones (11), los muertos de ese avión 92 (9 + 2 = 11) o el número de emergencia en Estados Unidos (911 = 9/11) al que millones de personas llamaron ese día. Once fueron los años que duró la construcción de las torres.

Lo mismo ocurre con los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid. El número de muertos fue 191: 1 + 9 + 1 = 11; y la fecha, 1 + 1 + 3 + 2 + 0 + 0 + 4 = 11. Onces por todos lados.

El Día del Recuerdo en Inglaterra es el 11 del 11. Y hasta el 4 de Julio estadounidense tiene un 11: 4 + 7 = 11.

Por no mencionar el terremoto que causó el accidente nuclear de Fukushima: ocurrió el 11 de marzo de 2011. O los atentados de Oslo, el 22 de julio de 2011. ¡Ah!, y Kennedy murió un 22 del 11.

Estos «descubrimientos» macabros llevan años propagándose por la red: desde el sitio de Uri Geller, el mentalista que dobla cucharas, o desde la web de un joven geek como Rik Clay, que se suicidó al poco tiempo de ser entrevistado en la radio sobre sus hallazgos (aunque sus seguidores aún piensan que fue víctima de una conspiración gubernamental y asesinado para que no siguiera hablando). En todos los pronósticos que difundían, el 11-11-11 era la fecha elegida para el Cambio Universal. Un año después, según los mayas, nos achicharraríamos para siempre en el fin del mundo.

¿Por qué a mí? ¿Por qué me persigue esa cifra maldita? ¿Soy una herramienta del demonio? Me cuesta confesarlo, pero yo ocasioné el terremoto de Chile en 2010. También la revuelta estudiantil de Lyon, donde se quemaron decenas de contenedores de basura al lado de la Ópera. Estuve detrás del terremoto de Pisco, en Perú. También tuve la culpa de que David Bowie se clavara un caramelo en el ojo, de que Morrissey se emborrachara en el avión y nunca llegara al festival de Benicasim y de que Keith Richards se cayera de un cocotero. Cuando viajo a un sitio, cuando decido ir a un concierto, algo de gran magnitud ocurre. Algo se cancela, algo se destroza. Antes pensaba que era solo mi mala suerte, pero cuando tu mala suerte se cruza con el destino de miles de personas sientes una culpa universal. No soy del todo inocente de las desgracias que le ocurren al mundo, pero ¿alguien lo es? Pitágoras fue el primero en pensar que el universo es un todo que emite sonidos. El universo es un enorme piano y cualquier acto de voluntad sobre la tierra puede igualarse a tocar una tecla de ese piano. Hasta nuestro ruido más débil repercutirá de alguna manera en algún lugar de ese universo. Un aleteo puede ocasionar un tsunami, ya se sabe.

Una de las últimas películas sobre el misterio del 11-11-11 (hay varias) se estrenó en 2011. Se rodó en Barcelona, donde yo viví precisamente hasta el 2011. Trata sobre un escritor que pierde a su esposa y a su hijo. Cuando se muda a Barcelona empieza a notar la insistente aparición del 11:11. Descubrirá entonces que ese número es en realidad un mensaje enviado a una serie de personas por ángeles protectores que durante años han intentado comunicarse con los hombres. Quieren advertir al mundo de la inminente apertura (el 11-11-11) de un portal que lleva a una dimensión por la que, según anuncian, penetrará algo inimaginable. En las imágenes reconocí la fachada de Santa María del Mar y el Parque del Laberinto, donde durante años llevamos a Lena para jugar a perdernos entre arbustos, solo que en la película no te persigue mamá, sino una oscura y terrible criatura.

 

6. En algún momento del año 2011 (e insisto, los números no son un tema menor en este artículo) vi que el escritor Iván Thays ponía en su estado de Facebook la cifra 11:11. Thays era la única persona que conocía que había admitido públicamente ser uno de los que ven el 11 por todos lados y, no sé por qué, en ese momento me pareció que el hecho de que un hombre cultivado creyera en un asunto tan ridículo de alguna manera legitimaba mi propia ridiculez. Necesitaba saber cómo era esto para él, e Iván me contó algo rarísimo: me dijo que él veía la cifra desde que era niño, desde los nueve o diez años. Era todo un veterano. Además recordaba el instante exacto en que la vio por primera vez. Estaba fuera de Lima, tal vez veraneando, y le dijo a su prima que salieran a la calle. Se fijó en la hora y la vio. Eran las 11:11 a. m. Pensó: esta hora la voy a ver siempre. Y se cumplió. En uno de sus talleres de literatura leyó el cuento de una alumna cuyo protagonista se levantaba a las 11:11 a. m. todos los días. Así supo Thays que no estaba solo. Él ve el 11, o el 1111, en billetes, en casas, en placas de auto, en tarjetas. Durante las semanas en que lo ve, dice, está más espiritual o más necesitado de consejos que cuando no lo ve. Y siempre es una sorpresa. Thays también me habló de algo con lo que estuve totalmente de acuerdo: el 11 no es un tema atractivo en realidad, se presta a mucha superchería, así que cada uno debe encontrarle un significado particular en su vida. Para él es una alerta para sí mismo. Cuando pasa, deja de hacer lo que estaba haciendo, se habla porque siente que en su interior algo se lo reclama, reza o pide un deseo y se siente cuidado. Yo volví a pensar en la bruja del parque infantil y le pregunté si creía que los del 11 teníamos una misión en este mundo.

—De ninguna manera —me contestó—, es algo muy personal. Todas las personas, vean o no el 11, tienen una misión en este mundo.

Me uní al grupo de Facebook «11:11» al que pertenecía Thays. Su actividad era modesta y lo administraba Hachinowi Brown, una chica peruana que hasta había intentado organizar una salida a la que no asistió ningún miembro.

Le escribí un mail a otro escritor. Esta vez a un escritor científico: el físico, poeta y novelista Agustín Fernández Mallo. Le pregunté al español que hizo de la Nocilla (esa crema de chocolate con la que los niños untan el pan del desayuno) un proyecto literario que se volvió emblema para una generación de escritores, si en ese bloque de conocimiento estructurado basado en la comprobación empírica y las leyes lógicas que es la Ciencia había un mínimo resquicio por el que pudiera filtrarse el número 11; si los científicos dudaban; si, en algún momento, toda esa acumulación de delirios que la gente común iba compartiendo en Internet podía hacerles tirar los tubos de ensayo y mirar al cielo, comerse las uñas, perder suelo, suicidarse. Te necesito como científico, le escribí. Y su respuesta fue implacable: todo eso carece de fundamento alguno.

—Son interpretaciones dramatizadas, en ocasiones paranoicas, de algo que nada significa: los números.

«Los números no son más que una abstracción mental», agregó.

—Significan todo cuanto queramos que signifiquen. Hay los mismos argumentos para decir que el 11:11 es mágico como para decir que no lo es.

«Pasto de incautos», «ensalada de conceptos pseudocientíficos», «creencias dignas de un pensamiento mágico», fueron algunos de los calificativos que manejó.

—Es como creer en la aparición de la Virgen de Lourdes, ni más ni menos —zanjó—. El 11:11 se te aparece en todas partes porque te fijas en él, solo eso. Ocurriría igualmente con el 19:64, por decir algo. Es un pensamiento a posteriori. ¡No te dejes embaucar!

Terminé de leer su mail y miré la hora esperando encontrar un 11:11, pero eran las 10:35.

 

7. Siempre fui una bestia en matemáticas. Siempre me han parecido como de otro mundo. Tal vez por eso, quizá porque no entiendo nada de números, el 11 es para mí un tema completamente esotérico. Aunque tampoco estoy dispuesta a aceptar que se me confunda con alguien que cree en las apariciones de la Virgen de Lourdes. Yo no busqué el 11, el 11 me buscó a mí. Cosas que ocurrieron en 2011: el 11-2-2011 triunfó la Revolución egipcia y Mubarak renunció a la presidencia; el 11-4-2011 tuvo lugar el atentado del metro de Minsk, en Bielorrusia: murieron 11 personas; el 11-5-2011 un fuerte terremoto asoló la localidad de Lorca, en España, donde nunca hay terremotos.

En 2011 dimitió Silvio Berlusconi y murieron Gadafi y Osama bin Laden.

No sé nada de matemáticas, pero me dispuse a hacer con el número de mi vida el mismo experimento que había catapultado al suicida Clay o a Uri Geller para ver si ponía algunos onces en claro. Con seguridad había un 11 en mi historia porque yo nací en noviembre. Empecé sumando las letras de mi nombre completo y obtuve 19. Sumé los números de la fecha de mi nacimiento y dio un total de 30. Lo seguí intentando, pero no salía ningún once a menos que «matizara/trampeara» un poco las cosas: utilizar los ceros como valores para 1, cambiarle el cumpleaños a Jaime, etc. Eso mismo ha ocurrido con buena parte de estos hallazgos que corren por las redes. Una vez que ha tenido suerte con algunos de sus descubrimientos, el investigador tiende a forzar la realidad adversa para ajustarla a su teoría. A ese fenómeno se lo llama «sesgo de información», la tendencia a favorecer los hechos que confirman las propias creencias, a reunir datos de manera selectiva e interpretarlos de forma parcial y tendenciosa.

¿Cómo reaccionarías si tus creencias fueran tomadas por embustes, si tu vida, tu nombre y tu prestigio de repente quedaran seriamente enlodados? Probablemente sería un buen móvil para el suicidio, al menos para mí y mi susceptibilidad. Pero los del 11 no son gente que tenga inclinaciones lógicas. Yo tampoco.

 

8. Las brujas son más divertidas que las psicólogas porque hablan mucho en lugar de hacerte hablar. Al centrarse en aspectos oscuros de nuestra vida, capturan todo nuestro interés y atención. Me fascina que hablen de mí, aunque sean meras especulaciones y mentiras. Mantengo esa especie de fe o de ingenuidad como parte de un juego privado con lo desconocido. Por lo menos dos de mis amigas son mis puentes secretos con lo espiritual y mágico, algo de lo que yo suelo renegar en público. Mi religiosidad nunca salió del clóset. No comparto con nadie que tengo en el bolso una piedra azul bendecida por una amiga un poco bruja. Y que antes de dármela me la pasó por todo el cuerpo en medio de un ritual de velas y sal regada por el suelo para ayudarme a salir del bloqueo creativo. Que debajo de mi cama hay moneditas de cinco céntimos que debo tener cuidado de no barrer si quiero que la situación económica de mi familia mejore. ¿Qué diferencia hay entre las puertas de la conciencia que van abriéndose gracias a las visiones del 11 y los raptos místicos de la cábala, el yoga, el sufismo, el tarot, el tantra, la psicomagia… si todas esas prácticas hablan también de energía, cambio, sincronía, correspondencias simbólicas, intuición cósmica, ángeles, mandalas, velas y karma? De vez en cuando, Jodorowsky lanza un tuit como este: «11:11 = 22. Número sagrado. 11 frente a un espejo. Tu doble divino te busca. Es hora de abrir el ego a tu Ser esencial». Todos hemos hecho una operación de sincretismo religioso en nuestros altares domésticos.

¿Creo en todo esto? En lo que no creo es en las casualidades. Me han pasado demasiadas cosas raras para creer que todo se reduce a la estadística, la buena suerte, los deyavús y las coincidencias. Así que prefiero esconder un lapislázuli en el puño por si un día resulta que los esotéricos, ya lo decía antes, tienen razón como los tontos.

Con otra amiga, la profesora de yoga para embarazadas, suelo hablar por el chat de nuestras cosas: pasamos en un instante del psicoanálisis amateur a la astrología. Vibro con sus lecturas delirantes de mi personalidad y de mi futuro. A mi alrededor hay pocas mujeres mayores de treinta que no tengan una vida espiritual consciente y orgullosa. Y yo sigo en el clóset. Quiero pensar que es porque tengo una vida a secas.

 

9. Mis padres no me cantaron nunca para dormir «ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día», no me bautizaron, jamás dejaron que me arrodillara en una iglesia, no me permitieron entrar a una clase de religión, no tuvieron nunca una cruz en casa. Solo mis abuelas lucharon por que a mi hermana y a mí no nos llevara el diablo. Todas las mañanas, a las 11, mis abuelas dejaban lo que estuvieran haciendo, apagaban la tele donde veíamos nuestros dibujos y se preparaban para sintonizar una estación en la radio. Sentadas en silencio acariciaban las cuentas de sus rosarios con los ojos cerrados mientras la hermosa aria de Schubert iba llenando todos los rincones de la habitación y la voz aguda de una mujer estremecía mi alma de niña, que no sabía nada del pecado. «Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén». Y yo rezaba a escondidas por si (otra vez) mis abuelas tenían razón y Dios existía. Como llevar una piedrita en la cartera.

En la universidad conocí a Gisella, estudiante de educación rara e introvertida. No tengo ni idea de por qué nos hicimos amigas. Creo que yo ya había desistido de cuidar mi imagen pública y de intentar andar solo con los que parecían ser los más felices y divertidos. Ella quería ser monja. Yo quería olvidarme de mi ego. Recuerdo nuestras largas discusiones sobre Dios y las reuniones de jóvenes católicos a las que me llevó para ver si ese era mi camino. Poco después de eso empezó la etapa más carnal de mi historia y me alejé de Dios por mucho mucho tiempo.

Mi madre, en cambio, dejó la política y gracias a ello dejó de ser atea. Cada vez que pasa algo importante en mi vida me dice que son los ángeles de la guarda que están protegiéndome. Dice que ella me ve aunque esté lejos, que me siente, que adivina lo que me pasa. Se llama a sí misma «sacerdotisa mochica». Mi familia materna procede de la región de los mochicas. Su dios supremo era «el decapitador» y practicaban sacrificios humanos.

A veces, cuando alguien me lo pide, voy al mar a rogar que algunas cosas pasen o no pasen nunca. La fe siempre ha sido para mí una cuestión muy poco profesional.

 

10. El 11-11-11, el mundo despertaba a una fecha única. Los grupos esotéricos la habían esperado activamente. A diferencia del 21 de setiembre de 2012 —el anunciado fin del mundo según los mayas—, esta fecha no encerraba profecías catastrofistas, sino todo lo contrario. Para Solara, la chamana del 11, era el día prefijado para ver la puerta de ese otro mundo abrirse por fin, el instante en que entraríamos en sincronía y la conciencia del planeta cambiaría. Como si alguien en el otro lado apretara el botón de reinicio. Para el resto era un día más. No solo se habían planeado ceremonias y rituales de meditación y oración por todo el mundo: en algunos países como Suiza, se casarían cientos de parejas y otros tantos bebés nacerían por cesáreas programadas para absorber la energía de ese día.

«Nos reuniremos en un único corazón, alma y pensamiento para unir nuestras voces a las de las culturas más antiguas y sabias», dijeron desde el Instituto de Investigación Holística en Francia.

En Argentina, en Capilla del Monte, al pie del cerro Uritorco, Matías de Stefano, un joven que asegura ser la reencarnación de un habitante de la Atlántida, consiguió juntar a más de doce mil personas que esperaban una conexión espiritual.

En Egipto, mientras tanto, la junta militar consiguió sabotear la ceremonia que miles de «ángeles humanos» iban a celebrar en la pirámide de Keops para recoger la energía sagrada y crear así un escudo entre la Tierra y el cosmos. Los acusaron de satánicos. Los esotéricos, indignados por no poder entrar a las pirámides tras meses de preparativos, advirtieron de que, sin esa protección, el 12-12-12 se acabaría todo.

 

11. El 11-11-11, viernes, amaneció soleado en Barcelona, España. Abrí los ojos, vi mi correo en el iPhone. Me habían enviado el número de reserva de hotel y el billete de AVE a Madrid. Empezaba el lunes. En diez días, Jaime, Lena y yo nos mudaríamos a la capital del reino. En plena crisis española me acababan de ofrecer un buen puesto de trabajo en una revista femenina, con un sueldo bastante mejor y, lo que me hacía más ilusión, la promesa de renovar mi provisión de cremas y perfumes. No estaba mal. Mis amigos, la mitad en el paro, no se lo podían creer. Yo lo había deseado secretamente y estaba ocurriendo. ¿Sesgo de información? El 11-11-11 me vestí de negro, como siempre. Era mi último día en la bizarra publicación para machos que gustan de mujeres con tetas de silicona. En breve me iba a ocupar de una revista para mujeres que gustan de los vestidos y los cosméticos. Dejaba la ciudad que había habitado durante los últimos ocho años. Renacimiento y anclaje a lo nuevo. Una puerta que se cierra y otra que se abre. Todavía faltaba mucho para dilucidar los alcances de ese cambio, si iban a representar una mejoría, pero no había duda de que era un cambio, y radical. Antes de salir para la oficina, decidí esperar a que fueran las 11 y 11 de la mañana. Quería estar con Jaime cuando llegara la hora.

A las 11:11 del 11-11-11 miré el reloj de mi teléfono y corrí con él en la mano por el largo pasillo de mi excasa en Barcelona. Logré sacar a Jaime de la computadora y llevarlo a la habitación. Le pedí que cerráramos los ojos y pidiéramos por nuestra nueva vida en Madrid, como acariciando cuentas de un rosario alternativo en la oscuridad. Pedí por nosotros. Luego salimos a la claridad de la galería.

Poco después de las 11:11 del 11-11-11, escribí un mail para despedirme de mis compañeros de la oficina y lo envié. Les decía: «Yo, la verdad compañeros, es que estas últimas noches me he ido a dormir temprano, me he metido en la cama en posición fetal para fingir que no soy yo la que tiene que afrontar otra vez una nueva vida. El acojone es importante, ya lo sabéis. Pero hoy me he despertado con más ánimos y a las 11:11 del día de hoy, 11-11-11, me he tomado una foto absurda con un reloj. Así que estoy new age perdida y extrasensible, lista para mi despedida». La ironía, el absurdo, el chiste. Y la verdad.

A las 3 de la tarde del 11-11-11, dejé mi vieja oficina y caminé sola por el Paseo San Juan, sintiéndome una persona efímeramente liberada. No sé qué comí. Ni dónde. Recogí a Lena del colegio y la ayudé a hacer cartas de despedida para sus amigos.

A las 19:19 de la tarde del 11-11-11 recibí un mail de Christian Basilis, el jefe de redacción de la revista Orsai, con quien semanas antes había hablado del 11 bajo la noche despejada de San Celoni. Me preguntó de qué iban a tratar mis columnas en Orsai durante el año 2012 y yo le contesté que sobre el fin del mundo. Se alegró.

Le conté que me iba a Madrid. Él me contó que volvía a Argentina. Nos sorprendimos, nos deseamos suerte.

Iván Thays participó en una ceremonia alrededor del fuego, en una playa. Fue algo muy inspirador, aunque sin consecuencias. Hachinowi fue de campamento a un lago con su esposo y su perro Vincent. A las 11:11 meditaron y absorbieron las buenas energías del lugar. No sintieron que algo cambiara en sus vidas.

Respecto a la lotería, ese día perdí un millón de euros porque la cifra ganadora fue 56 850 y yo tenía el 55 860. Como puede verse, estuve muy cerca, son los mismos números, solo el 6 y el 5 estaban en posiciones intercambiadas. 6 + 5 = 11.

Según la Wikipedia, el día 11-11-11 no ocurrió nada reseñable en el mundo.