Llamada perdida

Gabriela Wiener · Capítulo 8 de 21

Páginas del PDF

Llamada perdida

Llamadas personales

Memorias de mis putos hoteles tristes

 

Mi primer hotel para tirar estaba al lado de mi casa, en la Avenida San Felipe, cerca del Canal 2, el mismo donde, tiempo después, Sendero Luminoso haría explotar una bomba, y frente al cine de barrio en el que vi por primera vez Pulp Fiction. A los dieciséis años, entrar por primera vez a un hotel para tirar era casi tan importante como entrar a la universidad después de varios intentos. Estar a solas en una cama, bajo un techo y detrás de una puerta, eran altas aspiraciones para una menor de edad que solía tener sexo en las escaleras de los edificios del conjunto habitacional donde vivía con sus padres y con más miedo a ser descubierta una mañana de colegio desnuda en su cama de niña y envuelta en una nube de marihuana que a las bombas de los terroristas. Aún no tenía derecho a llevar la llave de casa, quizá por eso, de mi primer hotel recuerdo el peso del llavero de vieja madera en mi bolsillo y la forma en que colgaba de la cerradura por dentro.

También recuerdo haber descubierto que entrar a un hotel para tirar me quitaba las ganas de tirar.

Tener sexo en esos días era tener sexo en la calle, en los parques, en los autobuses destartalados, en los entrepisos meados, en los portales y en los baños de las discotecas. No estos encuentros pactados (como la noche de bodas de un matrimonio arreglado) en que empezaron a convertirse mis estancias en un hotel por horas. Burocracia del deseo. Banquete con menú. Vida con guion. Ropa fuera. El tiempo vuela. Y el dinero también.

Ya adulta, siempre consciente de que me aburría hacer el amor en los hoteles, solía hacer otras cosas; por ejemplo, aprovechar el tiempo, la intimidad o la claustrofobia para pelearme con quien estuviera compartiendo en ese momento mi cama de hotel. Si me peleaba con mi pareja, huía a un hotel a encontrarme con algún amante, pero en el nuevo hotel terminaba peleándome con mi amante, así que me iba a la calle a encontrarme con un segundo amante con el que también iba a un hotel. Así la ruta de los hoteles y su corriente de insatisfacción era interminable. Mientras hacía el amor con el cuarto amante en un hotel, me daba hambre o recordaba que no había sacado al perro o me ponía a imaginar los cuerpos de las parejas que gemían en los cuartos contiguos con sus delgadas paredes de madera. Casi siempre acababa dando golpecitos a la pared para ver si podíamos entablar algún tipo de conversación con los vecinos sobre lo endeble de las paredes.

Cuando trabajaba en la redacción de un enorme periódico, aprovechaba la hora de la comida para ir a un hotel del centro de Lima y me alojaba un par de horas para comer, hacer una siesta y refrescarme un poco. Un hotel para tirar es a veces un hotel para no tirar.

Una vez me quedé más de una noche en un hotel, algo absolutamente impropio de una usuaria como yo, que ni siquiera se daba un baño después del sexo por miedo a que alguien adivinara por su pelo mojado que venía de un hotel para tirar. El hotel hacía esquina con una de las calles más pintorescas del centro de Lima, Caylloma, el jirón de las prostitutas. La habitación era amplia y antigua, con dos camas individuales separadas y un balcón desde donde podían verse a las putas esperando clientela. Una noche, mientras el hombre que me acompañaba dormía, salí al balcón desnuda y empecé a cantar. Las putas se arremolinaron debajo de mi balcón como si yo fuera a dar un discurso presidencial. Los coches tocaban sus bocinas. Las putas me abucheaban y me pedían que saliera de ahí. Pensaban, acaso, que les hacía competencia desleal, que me burlaba de su oficio. O simplemente había algo demasiado irónico en regalar la visión de mi cuerpo en un lugar donde todo se paga.

Desde ese mismo balcón, el hombre que me acompañaba lanzó a la calle de las putas —en medio de una de esas peleas de hoteles para tirar— mi ejemplar de bolsillo de Desayuno en Tiffany’s, que yo leía segura de que mi espíritu era tan ligero y conmovedor como el de Holly, el espíritu de una prostituta de lujo. Decidí salir a buscar mi libro perdido, pero me distraje dando vueltas por los pasillos del hotel sin zapatos y en pijama. Escuché de pronto una música maravillosa. Salía música de alguna parte. Música en vivo. Era fácil seguirle la pista. Llegué hasta una puerta y toqué. Había por lo menos 20 personas metidas en una habitación, hombres y mujeres, negros, cholos y vagabundos con instrumentos, con cajones, guitarras y violines, cantando, improvisando como en la calle, en los parques, en los autobuses destartalados de Lima, y esa noche yo también tenía mucho que cantar. No era Moon River, no recuerdo qué canción era, pero ellos hicieron todo lo posible por acompañar mi canto, y pensé que eso era, exactamente, lo que debía hacerse en un hotel para tirar.