Llamada perdida

Gabriela Wiener · Capítulo 18 de 21

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Llamada perdida

Del lado de acá y del lado de allá

 

Somos gente de neblina. La niebla camina cada día con sus patas de gato sobre nuestro corazón. Nacemos y crecemos bajo la promesa incumplida del sol y de la lluvia, por eso agradecemos como nadie los rayos de luz y las gotas más sutiles. El clima, entre nosotros, nunca es un gran tema de conversación.

Somos gente de calle. De naturaleza ambulante. Porque hemos venido de lejos. Somos hijos, nietos, de gente extraña, pobre, incómoda, aventurera. Vivir para nosotros es radicalizar ese legado. Salimos del caos para recrear el caos. Ahí reside nuestra vitalidad, lo que nos hace indomables. Sufrimos, vendemos, compramos, comemos, miramos, huimos, amamos en la calle, incendiamos el asfalto de color flúor. Nos vamos. Y a veces hasta volvemos.

Somos gente de mar. De arena y de arenal. Nuestro barco es una ballena varada sobre la que aletean los gallinazos. Aprendimos que todo se pudre y todo revive al lado de las olas. Nuestros estados de ánimo van de una playa fría a otra desolada. Cavamos huecos profundos en la orilla de las cosas. Nos gustan las botellas sin mensaje.

Somos gente de noche. De bares desaparecidos y polvos y diablos azules. De mapas secretos, desencantos y escaleras hacia ninguna parte en las que beber frenéticamente algo de oscuridad y asombro. Nuestros poetas escriben las palabras más hermosas del mundo. Y mueren después de comprenderlo todo.

Somos gente de mierda. A veces lo somos. No hay otra explicación para tanto odio, para tanto escombro. Aquí construimos nuestra casa. No para vivir en ella, sino para sobrevivir contra ella. Si somos lo que habitamos, entonces ¿por qué este desamor de multitudes? Esta es nuestra ciudad, quizá sea nuestra única oportunidad sobre la tierra. Somos jóvenes e inverosímiles. Todavía podemos intentarlo. Tenemos en común la neblina, la calle, el mar, la noche. La mierda, no.

Llevamos una manta y hasta una pelota. Qué ilusos. O, para ser exactos, qué desactualizados. Habíamos olvidado que en La Herradura ya no había playa. Que un día el mar, tránsfuga y revocador al fin, se había llevado la arena de Susana y ya no teníamos orilla, ni los cromáticos yates, ni el azul Prusia del poema. Todo eso nos dio ganas de beber el cóctel con el que Julio Ramón Ribeyro había brindado un día antes de morir junto a su plato de choritos preferido. El viejo mozo que nos servía los ceviches, ladeaba los platos dejando caer el tiempo y la leche de tigre por un agujero negro. Ante ese nuevo escenario, Rocío, extranjera al fin, dijo que nunca antes había visto gaviotas negras como cuervos y que todo le parecía una señal del fin del mundo. Lena, niña al fin, conservó intacta su alegría para lanzar piedras contra las piedras. Jaime, poeta al fin, habló de los departamentos invisibles, de los coches que salen y regresan de la nada. Yo propuse ir hasta el edificio blanco oxidado y averiguar la magnitud de su abandono, saber quiénes vivían ahí, detrás de las fachadas erosionadas por las olas. Un carrazo que salió del estacionamiento casi nos atropella. Había vida allí, aunque no sabíamos aún de qué clase. El mar, con su olor a todos los cadáveres de la historia del planeta, nos hizo volver por más vodka con fresa. El señor mozo nos esperaba con la paz de los bares, con las historias que queríamos escuchar, que queríamos escribir. Los «peces gordos» no vivían ya en esos oxidados edificios blancos cerca al túnel de La Herradura, pero «seguían viniendo». Y el viejo les llevaba jaleas hasta sus departamentos alfombrados, donde esperaban también sus amantes envueltas en toallas blancas, con las narices blancas. La antigua ostentación playera convertida en puerta falsa. ¿Puede haber algo más inspirador que el paisaje de la perfecta decadencia, ese que, podrías asegurar en ese momento, no estás viendo sino inventando? El mar y el tiempo quieren tragarse todo y hay que dejarlos hacer.

 

Camino por la plaza de Barranco y me doy de bruces con una imagen que nunca había visto. Es posible que se me escapara por el follaje que crece detrás de los muros. Pero allí están, no sé desde cuándo ni hasta cuándo. Es más, es probable que haya sido una pesadilla porque ni siquiera estaba borracha. No sé si las ha hecho un artista o un bromista de mal gusto. O alguien que es las dos cosas a la vez. Quizá para quienes pasan por ahí todos los días ya no signifique nada, pero para mí la escena opera como un golpe en la cabeza, como un símbolo de algo mayor. Puede que como un recordatorio o una advertencia, como un mensaje del pasado o del futuro. Son esculturas figurativas de los últimos presidentes del Perú que un restaurante exhibe como parte de su decoración exterior kitsch. Un manifiesto político o marketing dudoso, pero por fuerza una inexplicable llamada a la indigestión. Como muñecos que se quedaron sin quemarse las noches de Año Nuevo; están allí Belaúnde, Fujimori, Toledo y García, la crema y nata de nuestro freak show político reciente. Cuánta desilusión cabe entre esos nombres, y cuánto latrocinio. A alguien, a algún desmemoriado elemento o a casi 30 millones, se les pasó tirarlos a la hoguera del olvido. Los dejamos seguir comiendo en la mesa de al lado, cada uno a su dañina manera. Pagamos nosotros. De cerca, los veo como un grupo de amigos divirtiéndose, tomándose unas cervezas alrededor de la mesa, con sus cerebros de papel maché y sus sonrisas arrugadas. Pero al alejarme solo un poco, al tomar la distancia justa, la perspectiva es completamente novedosa. Entonces ya no se ven tan a su libre albedrío: los veo encerrados, a ellos y a sus herederos políticos, a la continuación de cada una de sus castas, conservadoras, corruptas, fracasadas, detrás de las rejas de la fachada, y mientras más me alejo de la imagen más solos y acabados están en su último banquete.

 

Desde el avión, la otra ciudad amanece como todas. La periferia como un campo sembrado de destellos. Mientras descendemos la otra ciudad se despereza en mi memoria. Se abren paso los cafés, las terrazas y los bares. Los paseos, los taxímetros. Todo aquello que hace que la que hasta entonces era mi ciudad sea «la otra». Otra manera de hacer política, otra forma de corrupción, otros panfletos. Y una idea de cotidianidad que he adquirido con los años. Paz de los bares. Paz de los cinemas. Porque he llegado a conocer bien la otra ciudad. Así que me bajo del avión y estoy, de alguna forma, en casa. ¡Auch! Cielo azul, nubes perfectamente delineadas y blanquísimas. Todo me hace pensar en un atrezo, en una suerte de utilería emocional, lo que me pongo encima para cubrir esa intemperie que representará para mí la ciudad. No esta, sino la mía propia. Vuelvo a caminar, pues, sobre la otra ciudad. Reconozco la horizontalidad de sus trayectos, las clases sociales temporalmente abolidas en el metro o el autobús. Los rostros me resultan familiares. También la violencia de su lengua y de sus formas, su simpatía brutal por todas las cosas. Y pienso otra vez en Lima, y durante un segundo de esquizofrenia ciudadana siento una culpa ligera como garúa. Miles de kilómetros me separan de mi infancia. Vivo en una capital europea. Pero lejos de pretenderme cosmopolita siento una especie de nostalgia provinciana. Así que empiezo a pensar que siempre seré una adolescente de la urbe: reniego un poco del pasado y veo el futuro con cierta desconfianza. Y, mientras salgo del aeropuerto —souvenirs de toreros y flamencas, camisetas del Real Madrid—, no puedo evitar preguntarme «¿adónde vuelves cuando vuelves a un lugar que no es el tuyo?». Lleno el taxi de maletas. Me espera un plácido trayecto al centro de la otra ciudad. ¿De dónde vengo?, me pregunta el conductor. Lima se ha convertido con los años en un concepto que intento explicar, siempre desde otro lugar, siempre a otras personas, pero ¿cómo ensayar una definición de lo gris bajo este sol forastero? Hace años, cuando llegué a la otra ciudad, llevaba conmigo una especie de Lima interior desde la que brotaban calles y huecos y costumbres que se superponían sobre la melancolía. Extrañaba la comida. O una forma de relajación muy parecida a la desidia. Extrañaba a algunas personas. Pero trasladarse a otra ciudad es cambiar el acento a tus afectos. Una pronunciación extraña del amor, acaso del deseo. Muy pocos años después, viajar a Lima era ya «irme de viaje», tocar tierra en la otra ciudad era «volver». Cruzo la otra ciudad sin contratiempos. España no es un ejemplo de civismo para el resto de Europa pero luego de dos meses en Lima la otra ciudad vuelve a parecerme Estocolmo. Ningún carro parece querer asesinarme. No hay un solo panel publicitario interrumpiendo las señales de tránsito. A ningún candidato a cualquier cargo de algún municipio se le ocurriría pensar que obtendría votos ensuciando la ciudad con su cara. Llego a casa en la otra ciudad pero estoy en modo Lima. Quizá por eso esta extrañeza. Porque la otra ciudad siempre será eso, la otra. Y aunque ya no suelo dejar mi corazón en Lima, la horrible sigue siendo eso, La ciudad. Mi amada, mi blanca.

 

Hay episodios en la vida de mi país que hacen que mi relación con el Perú sea como la de una niña rechazada por un padre imbécil.

La idea del abandono paterno atraviesa nuestra cultura, está en nuestra idiosincrasia, es nuestra esencia. El sentimiento flota en las velas de los barcos de los conquistadores que se van cargados de oro, se hace profundo en la mirada del mestizo Garcilaso de la Vega, desesperado ante el más ligero desdén de la corte española, arde en la literatura de Ciro Alegría y Vargas Llosa, tiembla en la de Arguedas y Valdelomar.

Nuestra realidad y nuestra ficción encontrándose con el fantasma de la paternidad irresponsable. Tal vez por eso fueron madres las que en su completa orfandad protagonizaron las escenas más desgarradoras de nuestro pasado de terror, tal vez por eso son nuestro futuro.

Como Rosa Cuchillo, el inolvidable personaje de la novela de Óscar Colchado, las mujeres de mi país transitan el mundo de los vivos y el de los muertos buscando sin descanso a sus hijos desaparecidos en los vertederos de cadáveres de la historia no oficial ante la indolencia de quienes tienen la obligación de protegerlos.

Reniego de la paternidad del Estado. Exijo pruebas de ADN. ¿Cómo compartir algo, nacionalidad o cualquier cosa, con gente como la que hace posible el esperpento? ¿Hay algo de mí en sus pactos de secuaces, en sus componendas miserables, en sus conjuras idiotas? ¿Hay algo de mí en su debilidad? ¿Hay algo de nosotros? Voy a decir una vez más que no, como quiero creer que dice la gran mayoría de peruanos. Y sin embargo somos parte de este magma descorazonador.

«El palacio tiene ahora un profundo silencio de mausoleo y desde ahí nos gobierna un cadáver que respira», hacía decir el gran José Watanabe a su Antígona.

¿Habrá que ponerse en marcha? ¿Pisar las calles nuevamente? ¿Buscar vías legales, no callar, seguir manifestándonos? Se me antojan ahora actos románticos e inútiles, como arrojar pedruscos en aguas estancadas y turbias. Pero es mejor que acobardarnos ante el ceño del poder. No sea que veamos en el pasado, como Antígona, el rostro de la culpa, «un gesto que me tortura y me avergüenza».

 

Creo que esa fue la primera vez que supe que algo muy feo se escondía entre las sombras, porque a mi padre lo habían venido a buscar de madrugada para darle una mala noticia y él se había subido al carro y la siguiente vez que lo vi estaba en la tele. Se lo veía en un segundo plano, en las laderas de Uchuraccay. Recuerdo la emoción de ver a mi papá por primera vez en televisión. Pero recuerdo más que dentro de esas bolsas estaban unos periodistas, como mi papá, pero muertos. En el Perú de los ochenta nuestros padres cuidaban de nosotros, pero no podían escondernos todo el horror.

No era raro toparse con fotografías de cadáveres. Yo estaba obsesionada con los cadáveres, y desde aquella primera vez, sobre todo por los que venían dentro de bolsas negras. Desde esa época siempre miro lo que no quiero mirar.

Recuerdo en especial los de una familia entera asesinada por Sendero Luminoso. En la portada de Caretas vi una foto a sangre, en la que los cuerpos torturados de padre, madre e hijos yacían tirados uno al lado del otro en el jardín de la casa, con carteles colgados de sus cuellos en los que se leía, escrito con su propia sangre, «cerdos traidores». Pensé que eso podía pasarnos a nosotros.

En medio del fuego cruzado, mis padres se veían frecuentemente obligados a explicarnos ese tipo de fotos con dolor y, creo, con vergüenza. Si al volver del trabajo papá y mamá se retrasaban un poco, comenzaba a pensar que estaban muertos. Me abrazaba a sus pijamas, aspiraba el olor que sus cuerpos habían dejado por la mañana hasta llenarme el corazón y lloraba con mi cara pegada a la ventana.

Había un monstruo del que todo el mundo hablaba y mientras estuvo escondido en las sombras le temimos como a nada. Pero un día encendimos la luz y solo vimos a ese señor gordito aferrado a su propio mito.

¿Era eso?

La guerra interna es un fenómeno complejo. Pero el monstruo es el monstruo.

 

No sería raro que yo muriera de eso. No sería raro que tú murieras de eso. Los que la hemos visto de cerca, sabemos que anida y carcome invisible hasta que estalla como un pétalo aplastado sobre el cuerpo.

Lo peor de la Enfermedad no es, sin embargo, su ferocidad, sino su persistencia. Los que la hemos visto de cerca sabemos lo que es suspirar aliviado cuando parece apagarse. Sabemos de las miradas de ánimo, las sonrisas esperanzadas, la voluntad de vencerla. Pero la Enfermedad siempre vuelve. Como un mazazo en la nuca. Diciéndonos que no, que nunca, por mucho que lo intentemos, podremos escapar de ella. Si hay algo que he aprendido en todos estos años de verle la cara a la Enfermedad es que juega contigo, como si tuviera voluntad propia, como si fuera algo más que la suma de elementos infectados. La Enfermedad intenta doblegar tu voluntad, hacerte hincar la rodilla, quiere verte flaquear. Quiere que te rindas. Y como siempre no solo se lleva al enfermo por delante, sino que arrastra un sinnúmero de víctimas colaterales. Y entonces el testigo se convierte en una víctima más. Un día te das cuenta y ha infectado a un familiar, a un amigo, a un jefe. Al principio te cuesta aceptar que le ha ocurrido a alguien cercano, empiezas a pensar en esa persona y recuerdas que parecía «normal». Pasas por una etapa de negación porque simplemente no das crédito a tus ojos. Luego te ves obligado a aceptar la verdad y luchas, luchas con todas tus fuerzas para cambiar ese hecho irrevocable. Gritas, pataleas, lloras, haces causa común con otros damnificados. Haces masa.

Pero la Enfermedad persiste. Y al final te deja un vacío sin fondo, un sedimento de pena en el alma que te va a acompañar el resto de tu vida. En el Perú la Enfermedad tiene un nombre: corrupción, no distingue raza, estrato social o condición económica, y ataca a personas cada vez más jóvenes, contaminándolo todo, matando la esperanza, quitándole al hambriento la última migaja de justicia.

 

Tengo que darles una noticia negra y definitiva, más negra que definitiva: todos ustedes son cholos. En serio, todos ustedes son, literalmente, cholos. Me explico: en mi vida hay unos cuantos episodios de racismo y bullying. Era la Lima de los ochenta, tan Arnold y Willis, y era un colegio progre, of course, con niños que jugaban a diferenciarse verticalmente los unos de los otros comparando los matices de su piel. Si eras solo un tono más oscuro estabas perdido. En el mundo que se me revelaba, creí que mis compañeros eran blancos, mi hermana blanca, mis amigas blancas, mis jefes blancos.

Lo peor es que buena parte de esta gente que me rodeaba realmente se creía blanca o más blanca que yo, que venía a ser lo mismo. O hacía todo lo posible por acercarse a ese supuesto ¿ideal?, aunque fuese por negación: un poco menos negro, un poco menos cholo = más blanco. Todos los niños peruanos descubren, más temprano que tarde, que hay un degradé de colores en esta patria nuestra que es como un escalafón estético y moral. Arriba estaba el blanco, abajo el negro/cholo/pobre/indio.

Un día salí de ahí, de esa cárcel mental, que a veces es un país, una ciudad, un pasado, un complejo, y, ¡oh sorpresa!, empecé a ver la vida en tecnicolor. Porque resulta que no hay una sola persona de mi familia que sea blanca, ni una sola de mis amigas, ni uno solo de mis exjefes que lo sea, sino que todos conforman un amplio espectro de lo cholo. En el Perú todos son cholos, ni más ni menos que yo. La presentadora del noticiero es chola, por ejemplo. La diva, lorcha. Las actrices de telenovelas, cholérrimas, hasta las rubias. Los escritores «criollos» (los no «andinos») son cholos. Hay cholos recios, cholones, cholazos, cholas ricas, cholas apitucadas, hasta la primera dama es china chola. Y cualquiera es cholo con su plata. ¿Por qué es tan difícil aceptarnos? Aquí, en nuestra fortaleza de la choledad, intentemos encontrar las respuestas juntos.

 

Vine a España porque me dijeron que aquí vivía mi destino, una tal Europa. Pero la crisis es Europa y España ni siquiera es Europa, es un páramo. En los últimos meses, dos de mis mejores amigas regresaron. Una volvió a Lima, la otra se fue a Miami, que para los efectos es casi lo mismo.

En total, leo en las noticias, 1500 peruanos se fugaron en el último año, junto a 3200 ecuatorianos y 1700 colombianos. Medio millón de personas se habrán ido en el 2011, incluido un 10 por ciento de españoles. Por primera vez en décadas, decía El País, la emigración superaba a la inmigración.

Yo también me fui, pero de Barcelona. Abandoné mi casa para ver la capital. Fue un giro de manual de supervivencia. A veces imagino que ya solo quedamos Mario Vargas Llosa y yo en Madrid. El panorama es inhóspito. Los que se quedan, sean de donde sean, tampoco encuentran cómo ganarse la vida. Antes era un bicho raro por ser peruana y no limpiar casas en este país, ahora soy un bicho raro por tener trabajo, simplemente. Incluso hay individuos que me creen alemana.

¿En qué momento se jodió España? Pregunta retórica (fue cuando sus propios pedros páramo se cruzaron de brazos y se convirtieron en piedra y polvo). La pregunta es si España dejará de caer, niños del mundo, digo, es un decir. Parece que fue hace un año cuando mi madre hacía cola en la embajada de España en Lima para poder traerme un pote de ají amarillo. De hecho, fue hace un año. Ahora hay que agradecer a los funcionarios que nos denieguen visas y nos disuadan de buscarnos la vida aquí.

Los muertos no viven ni en el espacio ni en el tiempo, decía Rulfo de su páramo. En el Viejo Continente también nosotros estamos desapareciendo. Cerca de mi piso hay un restaurante peruano, La Lupita, famoso por servir el mejor pollo a la brasa del mundo entre niños que berrean, cumbia a todo volumen y malas instalaciones eléctricas. Algunos días voy allí para sentir que estoy otra vez en el Primer Mundo.

 

Cuando llegué en 2003, España todavía era uno de esos sitios donde daba gusto vivir y había dinero a raudales. Como se trataba de un país nuevo rico (que en su día había salido de una durísima guerra, después una larga dictadura y finalmente una opinable transición), ostentaba con orgullo su flamante membresía en el club de los dueños del mundo. Yo la verdad es que ni me enteré. Estaba demasiado ocupada en sobrevivir como la recién llegada que era. Fui una individua en crisis cuando todo era bonanza, y cuando por fin me disponía a disfrutar de la lluvia de millones le llegó la crisis a todo lo demás.

Pero una cosa es el gobierno de España y otra muy diferente son los españoles. Estos días están siendo muy duros para ellos. Los que no tienen trabajo siguen sin novedades; los que sí lo tienen, sufren el recorte de sus sueldos: no se trabaja o se trabaja más por menos. Los servicios básicos (el transporte o las medicinas) se han encarecido. Las últimas reformas cristalizarán a corto plazo en la simple y llana reducción de personal: menos médicos y menos profesores. Conclusión: las reglas de juego, en realidad, se han cambiado dentro de España y en contra de los españoles.

«Cuídate España de tu propia España», escribió César Vallejo. Y dijo más: «¡Cuídate de la víctima a pesar suyo, del verdugo a pesar suyo y del indiferente a pesar suyo! ¡Cuídate de los nuevos poderosos! ¡Cuídate del que come tus cadáveres, del que devora muertos a tus vivos! ¡Cuídate de tus héroes! ¡Cuídate del futuro!».

Cuánta razón tenía Vallejo. No es que los poetas sean videntes, es que los países son ciegos.

Cuídate Perú de tu propio Perú.

 

Quedan pocos días para la Navidad y, como siempre que estoy lejos del Perú en estas fechas, termino preguntándome por qué Dickens no habrá nacido en esta hermosa tierra del sol. ¿Qué cuento nos habría contado? ¿Con qué miseria y con qué nobleza habría dibujado nuestro paisaje social? Entonces lo pienso bien y me digo que, en muchos sentidos, Ribeyro ha sido nuestro Dickens y me quedo más tranquila. Pero, otra vez, leo Un cuento de Navidad (1843) y no puedo evitar pensar que aunque sea el colmo de lo dickensiano — eso tan inglés, tan victoriano— ese libro de alguna manera nos retrata a todos. Todos cabemos en un cuento navideño de Dickens. Antes, por ejemplo, solía ver a mi país como a Bob Cratchit, el trabajador pobre pero honrado, sometido a la tiranía del rico tiranuelo; y he visto en el Perú al pequeño Tiny Tim, inocente de toda culpa, enfermo y condenado a morir, pero aun así alegre y esperanzado; incluso he llegado a vernos como esos dos niños abandonados que son Miseria e Ignorancia. Eran visiones bastante patéticas de un país doliente y desigual, lo confieso. Menos mal que ya no soy así. Menos mal que nos estamos volviendo optimistas. Hemos confrontado el fantasma de la Navidad pasada y escuchamos atentos al fantasma de la Navidad presente. El Perú avanza. Pero de un tiempo a esta parte me preocupa que en esta vorágine de crecimiento y engorde, los scrooges del mundo pretendan que nos volvamos como ellos: malos, egoístas, viejos. Tengo miedo del fantasma de la Navidad futura y de lo que pueda mostrarnos de nosotros mismos.

Pero no me hagan caso, incluso Scrooge aprende la lección al final. Es Navidad, perdónenme, no he querido ser aguafiestas, solo recordar las palabras del maestro cuando decía que con esos relatos solo pretendía «despertar algunos pensamientos de afecto y tolerancia». Afecto y tolerancia, no lo olvidemos.

 

Ser de los que nunca calculan bien las fechas, de los que nunca planifican los pasos que darán a continuación, ser tan poco europeo, creer tan poco en las vacaciones, en los ahorros, llevar tan mal los calendarios, las estaciones, las tendencias, ignorar que en el verano hay que ir detrás del sol. Meter, mientras el resto se hace la cera y se prueba los bikinis, chompas de cuello cisne en la maleta. Vivir a medio camino durante meses, a media soledad y una vez al año volar hacia el otro lado, volver al rincón de donde salimos, precisamente hacia la temporada del frío.

Tengo miedo, dice el tango, del encuentro con el pasado que vuelve a enfrentarse con mi vida. Para los que volvemos al Perú, el pasado será lo próximo que hagamos: no es algo que quedó atrás, es algo que siempre está adelante, esperándonos, un horizonte al otro lado del océano sobre el que garúan plomizos los fotogramas de una historia inconclusa. Las estrellas nos miran volver, burlonas e indiferentes en el tango, y en la vida real tampoco le importa a nadie, salvo a un puñado de amores que nos parieron, nos vieron crecer, nos vieron irnos y que nos recuperan cada cierto tiempo para la realidad, después de habitar en sus sueños y oraciones. Ya no hay ni viejos baúles que abrir al otro lado, porque hasta a nuestros papeles amarillos los hicimos cruzar. Hay nuevos nacimientos, nuevas enfermedades, gente que veremos por primera vez, amigos que hicimos, que haremos en esta corta visita, que habremos perdido.

Putearemos por el clima, por el cielo. Llevaremos a nuestros hijos a ver sus raíces enterradas bajo los zapatos de sus abuelos, que volverán a acunarnos con su tierna locura hasta la nueva despedida.

Siempre se vuelve al primer amor, al país que pongo verde a lo lejos, conchuda, y cada vez que debo porque me criaron para ser un espíritu crítico y un país es un buen sparring. Pero no hay marcha atrás para el operativo vuelta a casa, ni para esta emoción. Ya tiemblo.