Llamada perdida

Gabriela Wiener · Capítulo 14 de 21

Páginas del PDF

Llamada perdida

Llamadas perdidas

Acerca de lo madre

 

Al verlos tan pequeños, tan portátiles, provoca meterlos en una maleta, ni siquiera para que se callen, solo para saber si caben. Son impulsos que un padre de familia con el tiempo aprende a reprimir. Cada día debe cuidar que sus acciones y reacciones no le ocasionen al imberbe un daño permanente. En eso consiste el experimento. Antes creía que al ser madre se te iba de golpe la estupidez, que de un día para otro comenzaba a funcionar un mecanismo raro, el piloto automático del viaje a la madurez.

Mentira. No hay tal mecanismo. Hay días en que te sinceras frente al espejo de la maternidad. A veces te gusta lo que ves, a veces no.

Un día, más temprano que tarde, te desarmará su humor, la templanza con la que se toma el reto de ser tu hijo. Y verás que no había demasiado de qué preocuparse. Lo más sano siempre será que te descubra pronto. No dejar ni por un minuto que piense que eres mejor de lo que eres. Tu mejor regalo será ahorrarle un desengaño, el primero de su vida, porque habrá muchos.

Tampoco, por supuesto, debes hacerle creer que eres peor de lo que eres. Ese sería un error aún más grave. Te costaría su peso en terapias.

Tarde o temprano se dará cuenta de que no eres posmoderno, sino imbécil; que no eres gracioso, sino descuidado e irresponsable; que no eres severo, sino amargado; que no eres hippie, sino bueno para nada; que no eres su amiga, sino su madre. Pero eso será más tarde. Mientras tanto disfruta.

Porque tú también fuiste la perversión de otro.

—Mamá.

—¿Qué?

—Ven.

—¿Qué pasa?

—Te lo diré cuando vengas.

—Ok, ya estoy, ¿qué quieres?

—¡Te atrapé!

Anoche la llevamos a un bar. Con el frío que hace ya no se puede estar en los parques. Además, aceptémoslo, los parques son un coñazo. Desde la ley antitabaco, los bares se han vuelto el lugar favorito de madres e hijos: un espacio libre de humo donde las madres pueden empinar el codo tranquilamente mientras las camareras buenorras entretienen a los niños con esa cosa mágica que llena los vasos de espuma. Esta noche tocaba noche loca para padres y para ella pijama party en casa del tío guay. Pero cuando llegó la hora de partir hacia la casa del tío guay, ella empezó a hablar como Tarzán. «Yo dormir con mamá», «casa mamá», «mamá casa». Y cuando me di cuenta ya estábamos todos en la cama contando ovejitas. Cada vez más insomnes, cada vez más lúcidos. El doctor Estivill y el doctor González me tocan un pie.

 

No me voy a ir a ninguna parte, estoy en la habitación de al lado chateando en sujetador con cinco extraños. No vendrá un monstruo si apago la luz. No hay un fantasma dentro de tu armario. Mamá, yo quiero estar con mamá, mamá, eres tan guapa, tan inteligente, mamá, el calorcito de mamá para dormir. Y lo dice todo con una de esas sonrisas irresistibles, ojitos deseosos y estirando los brazos y… no te queda más remedio que meterte entre sus sábanas y darle todo lo que te pide, que es en realidad poco y mucho, y todo lo que tienes, lo que eres y lo que serás. Buenas noches.

 

Recuerdo que la convencí de que yo le leía un cuento y ella leía sola el otro. Aceptó. Yo no me lo podía creer. Le pareció interesante el experimento. Le daba un besito y me esfumaba. Fueron dos semanas de lujo. Pero a la tercera no había vuelto a la normalidad: había retrocedido un siglo. Volví a leerle tres cuentos, la mitad en catalán, por cierto, mientras ella iba corrigiendo mi absurda pronunciación. Decidió que yo no me iba a ninguna parte ni después del cuento ni después de la canción 8 ni nunca. Cada noche me quedo aquí, con los ojos de La naranja mecánica, partiéndome la espalda en posición fetal al borde de su camita mona de Ikea, en mi after hour particular, el que viene después del colorín colorado esta madre se ha acabado.

 

Me duermo, no me duermo, me duermo, no me duermo, me duermo, no me duermo, me duermo, no me duermo, me duermo, no me duermo, me duermo, no me duermo, me duermo, ¡¡¡¡no me duermo!!!! Deshojo sueños…

Somos buenas personas y ellos no. Básicamente creo que la juventud es una droga. Mucho más lo es la infancia. Los niños están siempre en estados alterados de conciencia. Normal, tienen tan poco tiempo en este mundo que son como guiris haciendo fotos a todo, emocionándose por todo y dejando sus vasos descartables por todas partes. Por eso, cuando llega la hora de dormir ni se enteran. Hoy le leí otro cuento sobre la monarquía, el de la princesa y el guisante, esa vergonzosa historia de la reina que somete a su futura nuera a la prueba del guisante para saber si es una verdadera princesa, porque solo una verdadera princesa podría notar que debajo de diez colchones hay un guisante que no la deja dormir. Se lo leí cinco veces porque cada vez que lo terminaba se ponía a llorar si no volvía a empezar. La última vez lo leí entre estertores y ronquidos. Si me dormía escuchaba un mamáaaa a lo lejos, una voz que venía desde la Zarzuela o más lejos, y yo me arrastraba queriendo salir de ese pozo insondable del sueño hacia la superficie, ya no entendía nada de lo que leía, pero era mi voz, seguro que era mi voz, y en un momento desperté y estaba hablando de Urdangarín y supe que era el fin. Cada vez más insomnes, cada vez más lúcidos.

 

 

Hoy intenté explicarle a mi hija lo que es el tiempo muerto: son instantes en los que no hacemos absolutamente nada y de ellos está llena la vida, mi amor. Me contestó: «¿Quién lo mató?». Le iba a decir que lo importante no es el quién sino el cómo, pero ya había encendido la tele.

 

Salvo por el episodio de la chalina, la mañana pasa sin sobresaltos. «¿No ves que me veo ridícula?», exclama con los ojos ardiendo de indignación y ese tono de voz rotundo, como si no midiera un metro de estatura. No sabe nada de la vida y, sin embargo, o quizá por eso mismo, solo puedo tomársela en serio y liberar derrotada su pequeño y quebradizo cuello antes de salir rumbo al cole.

Cuando papá (no cualquier papá: uno que no solo comparte de igual a igual las tareas de la casa, sino que además suele cargar con las más ingratas) se va de viaje, a mamá (no cualquier mamá, sino yo) solo le preocupa una cosa: cómo llenar el panorama de las 24 horas que pasará a solas con su hija.

La solución siempre parece la misma: llamar a algún amigo/a, atraerlo con el cuento de tomarnos una cerveza, para luego acabar en un parque infantil alrededor de un columpio. Es una buena estrategia, no para huir de tus propios hijos, sino principalmente de otros padres de familia tan insoportables como tú.

Pero hoy, como es más que frecuente, no puedo engañar a nadie. Por eso, al salir disparada del trabajo a recogerla, preparo mentalmente un plan para atajar ¿el temor?, ¿la responsabilidad?, ¿el aburrimiento?

Y ahí está ella, tan preciosa al verme esperándola en la puerta. Con sus ojos, esta vez ardiendo de emoción, me regala un chorizo. Sí, un maldito chorizo que ha hecho ella misma en su visita a una granja. «En un minuto y medio caerá un chaparrón», sentencia muy seria. Pero, extrañamente, mientras caminamos en busca de la merienda de la tarde, ocurre todo lo contrario, el cielo se despeja y entonces aborto todos mis planes, siento por primera vez en el día que todo irá bien y me dejo llevar entregada a la alegría de tenerla solo para mí.

 

Mi marido y yo nos besamos en la boca. Mi hija y yo nos besamos en la boca. Y lo que separa ambos besos poco tiene que ver con algunas opiniones delirantes que desde hace tiempo vengo leyendo por ahí: advertencias puritanas, algunas risitas nerviosas, mala conciencia en general. Algunas personas alertan de los peligros de «erotizar tempranamente» a los niños y de inculcarles la idea de que si está bien que tu padre te bese en la boca tal vez esté bien que te bese en la boca cualquiera. Ante esto me gustaría alertar sobre los peligros de no expresar el amor desde el amor, sino desde el recelo. Mi marido y mi hija se besan en la boca. Y he leído por ahí que los piquitos que se dan antes de dormir o en la puerta del cole podrían conducir… ¡al abuso! Es cierto que el mal existe —los dementes, los imbéciles, los discriminadores y los curas pedófilos— pero quiero creer en nuestra capacidad de discernir, en nuestra inteligencia para cuidar sin reprimir. Sin reprimirnos. Y pienso en esos padres que callan. En los que cambian de canal ruborizados ante una escena de besos en lugar de explicar; en los que eluden las preguntas sobre «el tema» para protegerlos y en los que dan con mucha más naturalidad una buena cachetada que un buen beso. Esos, me temo, se han convertido en policías de la piel y de sí mismos. Es cierto que todos tenemos nuestra propia manera de expresarnos, nuestras formas y reparos. Y está bien que así sea. Pero, si me dejan, me voy a permitir romper una lanza por aquellos padres que no se han dejado amedrentar y que son capaces de admitir que hay una sensualidad —no sexualidad— en la relación con sus cachorros. Hace milenios, las madres alimentaban a sus hijos con la boca, como los pájaros, como algunas bestias. Por ese recuerdo, quienes nos amamos juntamos nuestros labios. Aunque ya no alimentemos así el cuerpo, queremos alimentarnos el alma.

 

«¿Por qué están sufriendo?», pregunta mi hija en el museo ante el cuadro Adán y Eva expulsados del Paraíso. Porque los han expulsado del Paraíso. ¿Quién los ha expulsado? Dios los expulsó. ¿Por qué lo hizo? Porque Eva le dio una manzana prohibida a Adán. ¿Y quién se la dio a ella? Una serpiente que era el diablo. ¿Y por qué se la dio a Eva y no se la dio a Adán? Es una pregunta seria. Es la gran pregunta. Así que me quedo muda un rato. Aunque el Génesis sea más inverosímil que La bella durmiente, una madre feminista debe estar a la altura de una pregunta de ese calibre. Lena me mira con sus expectantes ojitos de siete años brillando como cada vez que pone a trabajar su lógica implacable contra mí. Cuando tenía solo dos me robó mis toallas higiénicas y se las pegó muerta de risa a la espalda como dos alitas frágiles y echó a correr. Aún no tenía ni idea de que estaba jugando a volar con algo que algún día aguantará su propia sangre y le recordará que, en una mujer, cuerpo y destino son la misma cosa. Ahora sabe algunos detalles más, sobre todo desde que cometí la insensatez de enseñarle el vídeo de un parto natural. Desde entonces asegura que no tendrá hijos. Y yo reprimo unas risitas y le digo que si algún día aquello tiene sentido para ella, el dolor será lo de menos, pero que, si de verdad no lo desea, estará en todo su feliz derecho de no hacerlo. Y por eso la arrastro a las manifestaciones por el aborto libre o contra la violencia de género, y, cuando se aburre un poco de mis proclamas, le recuerdo lo que hablamos en el museo frente al cuadro. Le recuerdo ese cuento ajeno y absurdo que nos han estado contando generación tras generación en el que somos las malas, las brujas, las costillas, las confundidas, las culpables, las débiles, las madres de todas las calamidades. Solo porque debemos contarnos, hijita mía, otras historias más verdaderas, más divertidas, más justas, más nuestras, como que somos amigas de las serpientes y nunca hemos querido entrar en el Paraíso.

Un día creceríamos y olvidaríamos el ataque, la mutilación. Eso pensábamos. Pero no. Allí está, intacto, el momento en que la niña le cuenta a su madre, con lágrimas en los ojos, que un niño le ha dicho que podría gustarle si ella fuera «blanca». La madre secuestra al niño y lo abandona en un pozo seco. Lo alimenta lo justo para convertirlo en una criatura desnutrida y deforme que no sabe diferenciar una oruga de una piedra. A veces hablamos con palabras misteriosas, con fábulas terroríficas, pero también tenemos abogados muy buenos. No estás sola. Cuando te insultan a ti, insultan a muchas. Así que demos gracias por nuestra violencia, dijo el gusano en el poema de Bolaño, alguien que podía ser otro o él mismo, arrastrándose sobre el horizonte del miedo y el deseo. Puede ser inútil la violencia imaginaria, muda, pero es tuya, esa memoria de la adversidad es tu pistola automática: leo, pienso y destripo, aúllo con Los perros románticos de Roberto, esos que ya no temen a nada. Todos los que alguna vez se han sentido marginales deberían leerlo. Reconocerse es una aventura fabulosa. Los desheredados de siempre, los homosexuales, a quienes alguna vez llamaron feos, los adictos al sexo, los guapos tímidos, los eyaculadores precoces, las gordas, los enfermos, las lesbianas, los muertos, quienes tienen la boca llena de palabras hermosas y salvajes y por eso no van a callarse. «Que nos censuren los que quieran», escribió Virginia Woolf sobre las mujeres que un día se liberaron y escribieron mientras caían piedras. Creces, decía, y es curioso comprobar cómo el pequeño monstruo sigue gritando desde las profundidades del pozo, pero tú caminas ya muy lejos de ahí, como si poseyeras la belleza indestructible de los perros románticos, «la belleza más absoluta, la que contiene toda la grandeza y la miseria del mundo».

 

 

Mi hija me pregunta por qué sus amigos del cole tienen que pegar a las chicas con sus paraguas. Le digo: «Los chicos son así, les gustan las chicas, pero cuando son pequeños les tienen miedo y por eso a veces no saben bien qué hacer con ellas». «¿Y por eso me pegan?». Lo pienso un poco mejor y le digo: «No, te pegan porque son tontos».

Mi hija y yo cruzamos a veces el Paseo del Prado con su bici. En esa misma esquina, hace tres días, la policía cogía a una manifestante —una de los miles que protestaban contra el gobierno de Rajoy—, la agarraba del cuello, la arrastraba, la golpeaba en el piso y después la detenía para acusarla de sedición.

Mi hija y yo nunca hemos estado en Ranrapata, donde murió una niña llamada Zoraida por una bala «perdida». Mi hija escucha mis gritos —cada vez que me exaspero— con cara de espanto y ojos arrasados. «¡Eres mala!», me grita también. Intentamos defendernos la una de la otra. Nos atacamos.

 

Mi hija ve televisión. Disney Chanel, por ejemplo. En el ochenta por ciento de las series, las chicas son completamente idiotas y superficiales. Mi hija le dice a su padre, que acaba de matar un mosquito gigante, «has hecho un ruido tan fuerte que me está temblando el corazón».

Mi hija es una chica inteligente, descubre cosas por sí sola, aprende cada día algo nuevo, dibuja emperadores chinos, escribe novelas de tres líneas, se acaba de volver fan de Elvis.

A veces me preguntan si me da miedo que ella lea las cosas que he publicado, que he «confesado».

Nunca he confesado nada. Hay algo perverso en la palabra confesión. Dentro habita la palabra «culpa». Yo suelo contestarles que no tengo miedo porque sé que mi hija conoce el (verdadero) valor de la verdad.

Pienso otra vez en los niños dando paraguazos. Y me digo que a los tontos pequeños se los entiende y se les enseña. A los tontos grandes simplemente se los combate. Con todo lo que tenemos.

 

Todavía recuerdo —con notable precisión para los estándares más bien pobres de mi memoria— la primera palabra que leí: corona. Fue mientras miraba por la ventanilla del carro de mi papá, y esa primera impresión de haber extraído sentido de unos signos pintados en la pared, esa revelación, fue como descubrir el fuego.

No estuve presente cuando mi hija leyó su primera palabra (mesa), pero cada día ella y yo nos reímos con las aventuras del capitán Arsenio, volamos con el pájaro pintado de Watanabe, correteamos con Pipi Calzaslargas o desaparecemos bajo la capa de invisibilidad de Harry Potter. No siempre es algo fácil. Me cuesta mucho hacerle entender que los cuentos no solo son un juguete que se puede llevar a la cama, me cuesta separarla de la tele, me cuesta hacerle entender que un libro puede contener una película diferente cada vez que lo volvemos a leer.

Pero soy optimista. Quiero pensar que el tiempo y la paciencia la pondrán frente a su propia revelación. Y me pregunto si será ante palabras como Otelo o mosquetero —como le pasó a su padre—, o ante palabras como masa o heraldo, como me pasó a mí. Y a veces, cuando ya le he leído varias páginas y estoy cansada y ella se queda despierta con el libro entre las manos, la escucho murmurar palabras entrecortadas. Y la oigo reír desde mi habitación. La oigo reír de esa manera en que solo se pueden reír los niños cuando leen.

Y en días como hoy, en que no se acaba el mundo, pienso que todos nosotros también estamos aprendiendo a leer. Que las señales que se nos presentan cada día esconden nuevos y misteriosos significados, que estamos esforzándonos por encontrarles un sentido, aunque nos cueste prescindir del brillo ensordecedor de las pantallas. Que los países a veces son como niños y que tenemos suerte de estar a punto de descubrir, otra vez, el fuego.

 

Uno de los poemas inéditos de mi mítico libro de poemas inédito se llama «Deconstrucción del padre». Lo escribí a partir de 50 poemas mecanuscritos y corregidos a mano, entre 1968 y 1972, por Raúl Wiener. Decir que lo escribí es decir mucho. Mi trabajo —efectuado sin pagar derechos de autor, que para eso es mi padre— consistió única y exclusivamente en entresacar algunos de sus versos de textos distintos y mezclarlos en una secuencia que por sí misma significara algo, al menos para él y para mí (que para eso se escriben poemas). Es lo que hace un DJ con la música de otros: samplearla. En la mesa de mezclas, la hija mayor y ya treintañera del joven poeta Wiener decide hacer sonar a su antojo esas palabras capturadas, que de alguna manera, quizá sanguínea, también son suyas. ¿No es eso lo que define la progenie?

Hay quienes destruyen al padre y quienes lo deconstruyen. El resultado de ese experimento poético es extraño, como escuchar versiones de José Feliciano arregladas por Trent Reznor.

Algunos heredan dinero, otros apellidos ilustres que no merecen: yo heredé ese puñado de papeles amarillentos —un punto de partida—, poemas escritos al reverso de unos horrendos cuadros estadísticos sobre las inversiones en hidrocarburos, por un hombre joven y lírico que se haría un pensador feroz y comprometido, que llenaría millones de páginas críticas y necesarias, pero que jamás publicaría sus poemas.

 

Ayer, quizá porque me pasé buena parte del día viendo una serie sobre una prisión de mujeres y aprovechando su llamada de cada domingo (que viene seguida siempre por un larguísimo mail de recomendaciones y bendiciones, como es habitual en las madres de hijos que han hecho sus nidos muy lejos del nido), volví a pedir a mi mamá que me contara la historia de aquellos días de infausta dictadura en que ella estaba embarazada de mí y mi papá estaba en la cárcel por izquierdista. Qué raro que no lo contara en Nueve lunas (mi libro sobre mi embarazo), ¿no, mamá?, le pregunté realmente fastidiada. «Sí, hijita, tú que lo cuentas todo… Con tu hermana en la barriga yo corría de la policía en pleno paro nacional. Y contigo iba al venusterio». En ese momento creí entender muchas cosas.

En la foto estamos las dos (mi papá no sale, pero estaba ahí al lado, libre, con pantalón campana y patillas) dándonos nuestras primeras dosis de amor ininterrumpido.

Lena vino el otro día con un libro en la mano y una sonrisita muy rara: «Mamá, ¿por qué no me habías dicho que teníamos este libro?», dijo. El libro era Nuevas maneras de matar a tu madre de Colm Tóibín. Ya está, pensé, siempre supe que ocurriría, aunque no me imaginaba que tan pronto. Es igual a mí o peor (o mejor, maldita sea). Siguiéndole la broma, le expliqué que el libro era un ensayo sobre la relación entre los escritores y sus familias y no una guía práctica. Y maldiciendo las películas de guerreros que ve cada día, le cambié el libro por otro más acorde a sus seis años, pensando que ahí quedaría todo. Pero al día siguiente Jaime me escribió por WhatsApp: «Acabo de encontrar el libro Matar al padre de Amélie Nothomb debajo de la cama de Lena. Estamos en peligro REAL, está planeando algo, te lo aseguro». Entre carcajadas me pregunté si realmente no querría eliminarnos. «Nos odia y planea vengarse», insistió Jaime.

Esa misma noche, nuestra hija nos llamó llorando —algo que no hacía desde que era un bebé— y nos dijo que tenía miedo de morir, que en ese momento solo pensaba en «cosas feas» y que temía no poder quitárselas de la cabeza. Después nos pidió que la abrazáramos y así nos quedamos, con ella agarrándonos muy fuerte. Era la primera vez que nos hablaba de la muerte como una posibilidad. Y era algo aterrador.

Mi niña crece y compruebo en su comportamiento que parte de la experiencia de madurar consiste en desear tanto como temer la muerte de los padres, esa ausencia que a su edad es absoluta. Sin duda, ambas pulsiones volverán sin que podamos evitarlo, aunque el asesinato, espero, será simbólico y necesario, mientras la muerte será real, como las largas noches que no quieren aceptar los niños. Mientras tanto, siempre amanece.