Londres

Virginia Woolf · Capítulo 2 de 7

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Londres

Los muelles de Londres

«Adonde, oh espléndida nave», se preguntaba el poeta tendido en la playa, mientras contemplaba cómo el gran velero desaparecía en el horizonte.

Quizá, tal como el poeta imaginó, el buque se dirigía a un puerto del Pacífico. Pero, con casi total certidumbre, hubo un día en que el buque oyó una irresistible llamada y pasó ante North Foreland y los Reculvers, penetró en las angostas aguas del puerto de Londres, desfiló ante las bajas orillas de Gravesend, Northfleet y Tilbury, ascendió por Erith Reach, Barking Reach y Gallion's Reach, rebasó la fábrica de gas y las desembocaduras de las cloacas, y avanzó hasta encontrar, ni más ni menos que un automóvil en un lugar destinado a aparcamiento, un lugar que le había sido reservado en las profundas aguas de los muelles. Allí recogió velas y echó el ancla.

Por muy románticos, libres y caprichosos que puedan parecer los buques, apenas hay uno que, en su día, no venga a echar el ancla en el puerto de Londres. Desde una lancha en mitad de las aguas se les puede ver deslizándose río arriba, mostrando todavía todas las marcas del viaje.

Llegan buques de pasajeros, con sus altas cubiertas, sus galerías, sus toldillas, con sus pasajeros maleta en mano, inclinados sobre la barandilla, mientras los cables caen, se deslizan y se hunden. A casa llegan estos grandes buques, mil todas las semanas del año, para anclar junto a los muelles de Londres. Avanzan mayestáticamente por entre una multitud de vapores de cabotaje, barcazas cargadas de carbón y balanceantes veleros rojos que, a pesar de su aspecto deportivo, traen ladrillos desde Harwich o cemento de Colchester, ya que todo es industria y negocio, y no hay embarcaciones de placer en el río. Como arrastradas por una irresistible corriente, las naves regresan de las tormentas y de las calmas de los mares, de sus silencios y sus soledades, en busca del lugar en que se les permite anclar. Las máquinas se detienen, las velas se bajan y, de repente, las coloridas chimeneas y los altos mástiles destacan incongruentemente contra una manzana de casas de obreros, contra los negros muros de los grandes tinglados. Se produce un curioso cambio. Los buques ya no tienen la adecuada perspectiva de cielo y mar tras ellos, y tampoco tienen el espacio adecuado para estirar sus miembros. Reposan cautivos, como voladores seres alados atados por una pata, que yacen sobre la seca tierra.

Sintiendo en nuestro olfato la sal que el viento marino nos manda, nada hay más estimulante que contemplar los buques que ascienden por el Támesis: los grandes buques, las naves pequeñas, las embarcaciones maltratadas y las magníficas, los buques que vienen de la India, de Rusia, de América del Sur, los buques llegados de Australia, procedentes del silencio, del peligro y de la soledad, pasan ante nosotros, camino del lugar en que anclarán. Pero tan pronto lo han hecho, tan pronto las grúas comienzan sus descensos y sus balanceos, parece que cuanto de romántico había en los buques desaparezca. Si damos media vuelta y desfilamos ante los buques anclados, camino de Londres, vemos, sin la menor duda, uno de los cuadros más sórdidos del mundo. Sucios tinglados de decrépito aspecto bordean las orillas del río. Se amontonan sobre una tierra aplanada, sobre resbaladizo barro. Todos estos almacenes tienen el mismo aire de decrepitud y de haber sido levantados con carácter provisional. Si se rompe el vidrio de una ventana, roto queda. El fuego que recientemente ennegreció y laceró un muro no lo dejó más desolado y triste que los muros contiguos.

Detrás de las chimeneas y los mástiles, se extiende una siniestra ciudad enana formada por las casas de los obreros. En primer término, grúas y tinglados, obras de andamiaje y depósitos de gas, bordean las orillas con su esquelética arquitectura.

Cuando, después de acres y acres de semejante desolación, se pasa flotando, de repente, ante una vieja casa de piedra que se alza en un campo de verdad, con verdaderos árboles agrupados, la visión es desconcertante.

¿Es posible que haya tierra, es posible que otrora hubiera campos y cosechas bajo esta desolación y este desorden? Los árboles y los campos causan la impresión de sobrevivir incongruentemente, cual muestra de otra civilización, entre las fábricas de papel de empapelar paredes y las fábricas de jabón, que han dado muerte a viejos prados y arboledas. Más incongruente todavía es pasar ante una gris y vieja iglesia campestre, cuyas campanas todavía suenan, y que conserva verde el cementerio parroquial, como si aún hubiera gente que cruzara los campos para asistir a los servicios religiosos. Más allá, una posada de hinchados balcones mirador conserva aún un raro aire de disipación y oferta de placeres. A mitad del siglo pasado, esta posada era lugar favorito de calaveras y pendones, y salió

a relucir en algunos de los más famosos casos de divorcio de la época.

Ahora el placer se ha ido y ha venido el trabajo. Ahora la posada se alza caduca, como una belleza ataviada con sus más hermosas ropas de medianoche, que contemplara las llanuras de barro y las fábricas de cera, y los malolientes montones de tierra sobre los que los camiones arrojan constantemente nuevos montones, que han cubierto totalmente los campos en que, cien años atrás, paseaban parejas de enamorados, arrancando violetas.

A medida que avanzamos río arriba camino de Londres, nos cruzamos con los desechos de la ciudad que descienden. Barcazas repletas de viejas botas de vino, cuchillas de afeitar, colas de pescado, periódicos viejos y cenizas, repletas de cuanto dejamos en el plato y arrojamos al cubo de la basura, descargan en la tierra más desolada del mundo. Durante cincuenta años, esos alargados montones han estado pudriéndose y humeando, dando cobijo a innumerables ratas, abonando áspera y macilenta hierba, e impregnando el aire de un hedor acre y punzante. Los montones se hacen más y más altos, más y más densos, sus laderas se hacen más peligrosas por culpa de las viejas latas, y sus cumbres, más angulosas, año tras año. Pero he aquí que, ante esta sordidez, se desliza indiferente un gran buque de pasajeros, que parte rumbo a la India. Pasa por entre barcazas cargadas de desechos y podredumbre y restos de dragados, para salir al mar. Un poco más allá, a nuestra izquierda, quedamos súbitamente sorprendidos, y la visión vuelve a alterar totalmente nuestro sentido de las proporciones, por lo que parece ser el más solemne edificio jamás levantado por el hombre. El Greenwich Hospital, con todas sus columnas y sus cúpulas, llega en perfecta simetría hasta las aguas, y transforma de nuevo el río en el sereno caudal al que la nobleza de Inglaterra en otros tiempos se dirigía, paseando sin prisas por verdes prados, o cuyos peldaños de piedra en la orilla descendían para pasar a bordo de sus embarcaciones de recreo. Cuando nos acercamos al puente de la Torre, la autoridad de la ciudad comienza a imponerse. Los edificios son más robustos, y, amontonándose, alcanzan mayores alturas. El cielo parece poblado de nubes más pesadas y más purpúreas. Cúpulas que se hinchan y los campanarios eclesiales, blanqueados por el paso del tiempo, se mezclan con las chimeneas de las

fábricas, en forma de lápiz, puntiagudas. Se oyen los rumores y el rugido del mismísimo Londres. Por fin, hemos llegado a ese grueso y formidable círculo de viejas piedras, en el que tantos tambores han batido y tantas cabezas han caído, la torre de Londres. Este es el nudo, la clave, el cogollo de todas esas desperdigadas millas de esquelética desolación y de actividad de hormigas. Aquí se oye la ruda canción ciudadana, con sonido de gruñidos y estertores, que ha convocado a las naves del mar, para que quedaran aquí cautivas, junto a los tinglados.

Ahora, desde el borde del muelle, contemplamos el buque que tentado ha dirigido el rumbo de su viaje hasta aquí, para quedar amarrado a la seca tierra. Los pasajeros y sus equipajes han desaparecido. Los marineros también se han ido. Las grúas trabajan infatigables, bajando y balanceándose, balanceándose y bajando. Cajas, sacos, barriles, son extraídos de la panza del buque, con constante regularidad, y la grúa, balanceándose, los deposita en el muelle. Rítmica y diestramente, con un orden que no deja de producir estético deleite, cada barril es colocado junto a los otros barriles, y lo mismo las cajas y los sacos, uno detrás de otro, en interminable agrupamiento, a lo largo de los pasillos y bajo los arcos de los tinglados inmensos, de bajo techo, expeditos y carentes de todo adorno.

Madera, hierro, cereales, vino, azúcar, papel, sebo, fruta, todo lo que el buque ha cargado procedente de las llanuras, los bosques, los pastos del mundo entero, es extraído de su panza y depositado aquí, en su correspondiente lugar. Todas las semanas se descargan mil buques con mil cargas. Y no solo cada fardo de esta vasta y variada mercancía es cuidadosamente extraído y depositado en su lugar, sino que cada uno de ellos es pesado y abierto, se comprueba su contenido y se registra, y otra vez se vuelve a cerrar y se devuelve a su lugar, sin prisas, sin menoscabos, sin pérdida de tiempo ni confusiones, por unos cuantos hombres, pocos, en camisa, que trabajan con suma organización en interés de todos -ya que los compradores aceptan su palabra y acatan sus decisiones-, pero que a pesar de ello son capaces de hacer una pausa en su trabajo y decir al ocasional visitante: «¿Quiere ver las cosas que a veces encontramos en los sacos de canela? ¡Mire, una serpiente!».

Una serpiente, un escorpión, un escarabajo, una porción de ámbar, el diente enfermo de un elefante, un recipiente con mercurio, estos son algunos de los objetos raros e insólitos que han sido hallados en la amplia mercancía, y depositados sobre una mesa. Pero, con la salvedad de esta concesión a la curiosidad, el humor imperante en los muelles es de severa eficacia. Los objetos raros o bellos o insólitos suelen realmente encontrarse, pero inmediatamente se examina cuál es su valor mercantil. En el suelo, entre los círculos formados por los colmillos de elefante, hay un montón de colmillos que son más grandes y más oscuros que los otros. Y es natural que sean oscuros, porque se trata de colmillos de mamuts que han estado enterrados, helados, bajo el hielo de Siberia, durante cincuenta mil años.

Pero el paso de cincuenta mil años siempre suscita sospechas en las mentes de los expertos en marfil. El marfil del mamut tiene cierta tendencia a combarse. Con el marfil del mamut no se pueden formar bolas de billar, sino tan solo la empuñadura de un paraguas o el dorso de los espejos de mano más baratos. Por esto, quien compre un paraguas o un espejo que no sean de la más alta calidad probablemente comprará el colmillo de un animal que anduvo vagando por los bosques asiáticos, antes de que Inglaterra fuera una isla.

De un colmillo se saca una bola de billar, y de otro se saca un calzador.

Las mercancías procedentes de todas las partes del mundo han sido examinadas y clasificadas, según su valor y su utilidad. El comercio es ingenioso e infatigable, hasta puntos que se hallan más allá del alcance de la imaginación. Entre los múltiples productos y desperdicios de la tierra, ninguno hay que no haya sido probado y para el que no se haya encontrado una utilidad. Las balas de lana que son extraídas del interior de un buque australiano van ceñidas, para ahorrar espacio, con flejes de hierro; pero estos flejes no se dejan abandonados en el suelo, sino que son enviados a Alemania para que con ellos se fabriquen hojas de afeitar. La lana suelta una burda grasa, como un sudor. Esta grasa, que perjudica las mantas, es extraída y con ella se fabrica crema facial. Incluso las excrecencias que suelen encontrarse en la lana de cierta clase de corderos resultan útiles, debido a que demuestran que dicho ganado se alimentó en pastos muy nutritivos. No se desaprovecha ni una excrecencia, ni un puñado de lana, ni

un fleje de hierro. Y la utilidad de todas las cosas para un fin determinado, la previsión y la destreza que se han vertido en cada uno de estos procesos, viene (y parece que entre por la puerta trasera) a incorporar ese factor de belleza en el que nadie, en los muelles, ha pensado siquiera un segundo.

Cada almacén está perfectamente dotado para ser un almacén; y cada grúa, una grúa. Este es el camino por el que se infiltra la belleza. Las grúas descienden y se balancean, y hay ritmo en su regularidad. Las paredes del almacén se abren de par en par para recibir sacos y barriles. Pero a través de ellas se ven todos los tejados de Londres, sus mástiles y sus campanarios, y el inconsciente y vigoroso movimiento de los hombres levantando y descargando mercancías. Dado que es preciso dejar los barriles de vino reposando lateralmente en criptas frescas, todo el misterio de la media luz, toda la belleza de las bajas arcadas quedan incorporados por añadidura.

Las criptas para el vino constituyen una escena de extraordinaria solemnidad. Balanceando en la mano largos listones de los que penden lámparas, miramos alrededor y vemos algo que parece ser una amplia catedral, donde barril tras barril reposan en una oscura atmósfera sacerdotal, madurando gravemente, avejentándose despacio. Antes parecemos sacerdotes que rinden culto en el templo de una silenciosa religión, que simples catadores de vino o funcionarios de aduanas, mientras vagamos, balanceando nuestras lámparas, recorriendo ora hacia arriba este pasillo, ora hacia abajo este otro. Un gato amarillo nos precede. Salvo nosotros, no hay vida humana en la cripta. Aquí, el uno al lado del otro, reposan los objetos de nuestro culto, preñados de dulce licor, dispuestos a soltar vino rojo si se les practica un orificio. Una vinosa dulzura, como incienso, impregna el aire. Aquí y allá tiembla una llamita de gas, y no es su finalidad la de iluminar, ni tampoco la de insinuar la belleza de las verdigrises arcadas cuyas líneas destaca en interminable procesión, avenida tras avenida, sino para dar simplemente la temperatura precisa para que el vino madure. La utilidad da lugar a la belleza, en concepto de subproducto. A partir de los bajos arcos, desciende una mancha de color blanco algodón. Se trata de una capa de hongos, aunque poco importa que sea bella o repelente, porque esta capa de hongos es deseable, ya que demuestra que el aire tiene el grado de humedad preciso para la salud del precioso líquido.

Incluso la lengua inglesa se ha adaptado a las exigencias del comercio.

Alrededor de los objetos se han formado palabras que han adquirido exactamente el perfil de aquellos. De nada nos servirá consultar el diccionario para saber el significado que en los tinglados tienen las palabras valinch, shirt, shrive o flogger, ya que en los tinglados estas palabras se forman de modo natural en la punta de la lengua. De la misma manera, el leve golpe que se da a uno y otro lado del barril y con el que se consigue que el tapón se mueva es fruto de largos años de experiencia. Es el acto más rápido y más eficaz. La destreza no puede alcanzar un punto más alto.

Y se llega a pensar que lo único que puede cambiar las costumbres imperantes en los tinglados es un cambio en nosotros mismos. Por ejemplo, si dejáramos de beber vino, o si utilizáramos caucho en vez de lana para fabricar mantas, los mecanismos de producción y de distribución, en su integridad, se tambalearían, y efectuarían un esfuerzo para adaptarse a la nueva realidad. Somos nosotros, con nuestros gustos, nuestras modas, nuestras necesidades, los responsables de que las grúas desciendan y se balanceen, nosotros somos quienes llamamos a los buques en el mar.

Nuestro cuerpo es su amo. Pedimos zapatos, pieles, bolsos, estufas, aceite, arroz, velas, y nos lo traen. El comercio nos observa ansiosamente, para saber cuáles son los deseos que comienzan a formarse en nosotros, cuáles son las nuevas antipatías. Uno se siente un animal complejo, importante y necesario, cuando se encuentra en el muelle contemplando cómo las grúas levantan este barril, esa caja, esa bala, sacándolos de la panza del buque que aquí ha anclado. Puesto que nos gusta encender un cigarrillo, toda esa carga de tabaco de Virginia se va depositando en el muelle. Rebaños y rebaños de corderos australianos se han sometido al trasquilado, debido a que nosotros pedimos abrigos de lana para el invierno. En cuanto al paraguas que negligentemente llevamos en la mano, balanceándolo de aquí para allá, digamos que un mamut que anduvo rugiendo por tierras empantanadas hace cincuenta mil años cedió un colmillo para que con él se construyera la empuñadura.

Y en cuanto al buque que lleva la bandera de partida, helo aquí que se ha apartado lentamente del muelle, y que vuelve a orientar la proa hacia la India o Australia. Pero en el puerto de Londres los camiones se apretujan en

la calleja de salida del muelle, sí, debido a que ha habido una gran venta, y los carros arrastrados por caballos avanzan trabajosa y lentamente para distribuir la lana por toda Inglaterra.

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