Londres
Casas de grandes hombres
Casas de
grandes hombres
AFORTUNADAMENTE, Londres comienza a llenarse de casas de grandes hombres compradas por el Estado e íntegramente conservadas, con
las sillas en que los grandes hombres se sentaron, las tazas en las que bebieron, con sus paraguas y sus cómodas. Y no es ociosa curiosidad lo que nos induce a visitar la casa de Dickens, la de Johnson, la de Carlyle, la de Keats. Por sus casas conocemos a estos hombres, y parece un hecho cierto que los escritores imprimen su personalidad en sus posesiones con más fuerza que otros hombres. Quizá carezcan de todo sentido estético, pero causan la impresión de poseer un don más insólito y más interesante, a saber, la facultad de alojarse adecuadamente, el don de crear la mesa, la silla, la cortina, la alfombra a su propia imagen.
Fijémonos en los Carlyle, por ejemplo. La estancia, durante una hora, en la casa número cinco de Cheyne Row nos revelará más acerca de ellos y de su vida de lo que jamás podamos llegar a saber mediante sus biografías.
Metámonos en la cocina. Allí, en dos segundos, nos enteramos de un hecho que no llamó la atención de Froude, y que, sin embargo, es de incalculable importancia: no tenían agua corriente. Cada gota de agua que los Carlyle usaban -y eran escoceses, fanáticos de la limpieza- tenía que ser extraída, mediante una bomba de mano, del pozo situado en la cocina. En la actualidad se conserva todavía este pozo, la bomba manual y el receptáculo de piedra en el que el agua iba a caer. Y allí está también el ancho y viejo fogón, con su excesivo consumo, en el que era preciso poner a hervir todos los recipientes, si se quería tomar un baño caliente. Y tampoco falta la resquebrajada bañera de hojalata amarillenta, muy profunda y estrecha, que era preciso llenar con los cubos de agua caliente que la criada extraía manualmente del pozo y luego calentaba, y subía después a lo largo de tres tramos de peldaños, desde la planta baja.
Esta alta y vieja casa sin agua, sin luz eléctrica, sin calefacción de gas, repleta de libros, con el aire denso de humo de carbón, con grandes camas y con aparadores de caoba, en la que vivieron dos de las personas más nerviosas y exigentes de su tiempo año tras año durante décadas, estaba atendida por una sola y desdichada doméstica. Durante todo el período intermedio de la época victoriana, esta casa forzosamente tuvo que ser un campo de batalla en el que todos los días, verano e invierno, ama y criada lucharon contra el polvo y el frío, en busca de la limpieza y del calor. La escalera, de madera labrada, ancha y digna, parece tener los peldaños
desgastados por los pies de ajetreadas mujeres transportando cubos de agua.
Las altas estancias con paneles de madera parecen vibrar con el eco del sonido de la bomba manual y el siseo del fregar. La voz de esta casa, y cada casa tiene su voz, es la voz de sacar agua del pozo y de fregotear, del toser y del gemir. Arriba, en el ático, bajo una claraboya, Carlyle gemía, luchaba con la historia, sentado en un sillón de crin, mientras un amarillento chorro de luz londinense incidía en sus papeles, y la musiquilla de un burdo organillo y los roncos gritos de los vendedores ambulantes traspasaban los muros de la casa, cuyo doble grosor deformaba los sonidos pero en modo alguno impedía su paso. Y la temporada de la casa, ya que cada casa tiene su temporada, parece que era siempre el mes de febrero, cuando el frío y las nieblas invaden las calles, y las luces llamean rojizas, y el sonido de las ruedas traqueteantes se eleva bruscamente y se apaga a lo lejos. Febrero tras febrero, la señora Carlyle yacía tosiendo en la gran cama con cortinas de color castaño oscuro en la que había nacido, y, mientras tosía, la asaltaban los muchos problemas de su incesante batalla contra la suciedad y contra el frío. Sí, era preciso tapizar de nuevo el sofá de crin, era preciso limpiar el papel de las paredes de la sala de estar, con sus dibujos menudos y oscuros, el amarillento barniz de los paneles de madera se cuarteaba y se desprendía.
Todo tenía que coserlo, limpiarlo y fregarlo con sus propias manos. ¿Y
había o no había exterminado el carcoma que se reproducía incesantemente en las viejas maderas? De esta manera transcurrían las largas vigilias de las noches de insomnio, y, entonces, la señora Carlyle oía rebullir a su marido, arriba, y la señora se preguntaba si Helen se habría ya levantado, si habría encendido el fuego y calentado el agua para que el señor Carlyle se afeitara.
Había amanecido otro día, y el bombeo y el fregoteo debían comenzar de nuevo.
Por esto, la casa número cinco de Cheyne Row no es tanto una vivienda cuanto un campo de batalla, el escenario de trabajos, esfuerzos y una perpetua lucha. Pocos son los trofeos de vida, de sus placeres y sus lujos, que hayan quedado para decirnos que la batalla merecía el esfuerzo puesto en ella. Las reliquias de la sala de estar y del estudio son como las reliquias recogidas en otros campos de batalla. Aquí hay un paquete de viejas plumillas de acero, una pipa de arcilla rota, un soporte de mangos de pluma
cual el que suelen utilizar los colegiales, unas cuantas tazas, muy desportilladas, de porcelana blanca con adornos dorados, un sofá de crin y una bañera amarilla, de hojalata. Aquí hay también el vaciado en yeso de las flacas y fatigadas manos que en este lugar trabajaron, y la mascarilla de la torturada, asolada, cara de Carlyle, sacada cuando yacía aquí sin vida. Ni siquiera el jardín, situado en la parte trasera de la casa, parece un lugar de descanso y recreo, sino, antes bien, otro campo de batalla, aunque más pequeño, en el que destaca una lápida debajo de la cual hay un perro enterrado. Desde luego, gracias al bombeo y al fregoteo se consiguieron días de triunfo, veladas de paz y esplendor. Tal como vemos en el cuadro, la señora Carlyle, vestida de bellas sedas, se sentaba en un sillón junto al alegre fuego del hogar, rodeada de solidez y decencia. Pero a cuán alto precio lo pagaba. Tiene las mejillas hundidas, y la amargura y el sufrimiento se mezclan en la expresión entre tierna y torturada de sus ojos.
Estos son los efectos de la bomba del pozo y de la bañera amarilla de hojalata, tres tramos de escaleras más arriba. Los dos, marido y mujer, tenían talento, se amaban, pero ¿qué puede el amor contra el carcoma, las bañeras de hojalata y las bombas manuales en la planta baja?
Es imposible no creer que se hubieran evitado la mitad de sus peleas y que sus vidas hubieran sido en gran medida dulcificadas, si la casa número cinco de Cheyne Row hubiera tenido, tal como los agentes de la propiedad inmobiliaria dicen, baño, con agua caliente y fría, calefacción de gas en los dormitorios, todas las modernas comodidades y servicios sanitarios interiores. Pero, cuando cruzamos el viejo vestíbulo hacia la salida, pensamos que Carlyle con instalación de agua caliente no hubiera sido Carlyle. Y que la señora Carlyle sin tener que matar bichitos hubiera sido una mujer diferente de la que conocemos.
Toda una época parece mediar entre la casa de Chelsea en la que los Carlyle vivieron y la casa de Hampstead que fue compartida por Keats y Brown y los Brawne. Si cada casa tiene su voz y cada lugar su estación, es preciso concluir que en Hampstead siempre es primavera, de la misma manera que en Cheyne Row siempre es febrero. Y también es cierto que, en méritos de algún milagro, Hampstead nunca ha sido un suburbio o una antigüedad enquistada en el mundo moderno, sino un barrio dotado de
peculiares características propias. No es un lugar en el que ganar dinero, ni tampoco un lugar al que se vaya cuando se quiere gastar dinero. Lleva impresos todos los signos del vivir discretamente retirado. Sus casas son como limpias cajas, cual las que se ven ante el mar en Brighton, con tribunas salientes, balcones, y tumbonas en las galerías exteriores. Por su estilo e intención parece que estas casas hayan sido ideadas para personas de modestos ingresos, con tiempo libre, que busquen descanso y recreo. Los colores dominantes son pálidos azules y rosados, que parecen armonizar con el mar azul y la arena blanca; sin embargo, hay en el estilo una urbanidad que proclama la cercanía de una gran ciudad. Incluso en el siglo XX esta serenidad sigue imperando en Hampstead. Sus ventanas siguen dando a valles, árboles y lagunas, a perros que ladran, a parejas que pasean alegremente cogidas del brazo y se detienen ahí, en lo alto de la colina, para contemplar las distantes cúpulas y agujas de Londres, tal como alegremente paseaban y se detenían a mirar, en tiempos de Keats. Sí, ya que Keats vivía al final de la calle, en una blanca casita rodeada de una empalizada. Casi nada ha cambiado desde entonces. Pero, en el momento en que entramos en la casa donde Keats vivió, tenemos la impresión de que una lúgubre sombra se proyecta en el jardín. Un árbol se ha inclinado tanto que ha sido preciso ponerle un soporte. Las móviles ramas proyectan sus sombras balanceantes sobre las blancas y lisas paredes de la casa. Aquí, dando alegría y serenidad al vecindario, cantaba el ruiseñor. Aquí, más que en ninguna otra parte, habitaban la fiebre y la angustia, y paseaban por este pequeño espacio verde oprimidas por la sensación de la muerte más y más cercana, de la brevedad de la vida, y de la pasión de amor y sus desdichas.
Sin embargo, si alguna huella dejó Keats en esta casa, no es una huella de fiebre, sino de una claridad y una dignidad nacidas del orden y del dominio sobre sí mismo. Los cuartos son pequeños y de armoniosas proporciones. En la planta baja, las alargadas ventanas son tan grandes que causan la impresión de que la mitad del muro esté hecha de luz. Junto a la ventana hay dos sillas juntas, de manera que se tiene la impresión de que alguien hubiera estado allí leyendo y hubiera salido por un momento. La figura del lector forzosamente tuvo que estar manchada por el sol y por las sombras, al compás del movimiento de las ramas agitadas por la brisa. Los
pájaros seguramente anduvieron a saltos junto a los pies del lector. Salvo estas dos sillas, no hay nada más en el cuarto, porque poco era lo que Keats poseía. Quedaba reducido a unos cuantos muebles, pocos, y, a su decir, no más de ciento cincuenta libros. Y quizá se deba a la vaciedad de estas estancias primordialmente amuebladas con luz y sombras, antes que con sillas y mesas, que no se piense en personas, aquí, en este lugar donde tantas personas vivieron. La imaginación no evoca escenas. Uno no piensa que aquí forzosamente se comió y se bebió, que forzosamente entró y salió gente, que esta gente dejó maletas y paquetes en el suelo, que a la fuerza hubo gente que fregó y limpió y luchó contra el polvo y el desorden, y subió agua desde la planta baja a los dormitorios. Todos los rumores de la vida han quedado silenciados. La voz de la casa es la voz de las hojas agitadas por el viento, de las ramas estremecidas en el jardín. Aquí solo vive una presencia, la de Keats. E incluso Keats, a pesar de que su retrato está en todas las paredes, parece llegar silenciosamente, sobre anchos chorros de luz, sin cuerpo y sin huellas. Se sentaba aquí, en esa silla, y escuchaba inmóvil, y miraba sin alterarse, y volvía la página despacio, aunque muy poco tiempo de vida le quedaba.
Hay una heroica serenidad en esta casa, a pesar de las mascarillas mortuorias, de las quebradizas y amarillas coronas de flores, y de otras macabras reliquias que nos recuerdan que Keats murió joven, desconocido y en el exilio. La vida sigue, más allá de la ventana. Más allá de esta calma, de ese murmullo de hojas, se oye el lejano sonido de ruedas, los ladridos de los perros que van a buscar y devuelven los palos arrojados a la laguna. La vida sigue, más allá de la empalizada. Cuando cerramos la puerta, dejando atrás el césped y el árbol en que cantaba el ruiseñor, vemos, como es de rigor, al carnicero que, con una camioneta roja, entrega la carne en la casa contigua. Si cruzamos la calle, teniendo buen cuidado de que un automovilista temerario no se nos lleve por delante, ya que los automóviles circulan muy deprisa en estas anchas calles, nos encontraremos en lo alto de la colina, y más allá veremos todo Londres extendiéndose abajo, ante nosotros. Es un panorama siempre fascinante, a todas horas y en todas las estaciones del año. Se ve Londres como un todo, un Londres atestado, compacto y con costillares, con sus cúpulas dominantes, sus catedrales
guardianas, sus chimeneas y sus agujas, sus grúas y sus depósitos de gas, y con el humo perpetuo que no hay primavera ni otoño que despeje. Londres ha estado aquí desde tiempos inmemoriales, hiriendo esa porción de tierra más y más profundamente, haciéndola más y más incómoda, más apretujada y tumultuosa, marcándola para siempre con una cicatriz indeleble. Ahí yace Londres formando capas, formando estratos, ciudad erizada que exhala bocanadas de humo que siempre quedan enzarzadas en sus alturas. Y, sin embargo, desde Parliament Hill también se puede ver el campo. Más allá hay colinas en cuyos bosques cantan los pájaros, y en los que algún conejo o algún armiño se detienen, en absoluto silencio, con una pata levantada, para escuchar atentamente murmullos por entre las hojas.
Para contemplar Londres desde esta colina, acudieron aquí Keats y Coleridge y Shakespeare quizá. Y aquí, en este preciso instante, el muchacho de siempre está sentado en un banco de hierro, abrazando a la muchacha de siempre.
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