Londres

Virginia Woolf · Capítulo 3 de 7

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Londres

El oleaje de Oxford Street

En los muelles, las cosas se ven en su estado primario, en su volumen, en su enormidad. Pero aquí, en Oxford Street, han sido refinadas y transformadas.

Los grandes paquetes de tabaco húmedo han sido transformados en innumerables cigarrillos límpidamente cilíndricos, envueltos en papel de plata. Las corpulentas balas de lana han sido hiladas y se han convertido en delgadas chaquetas y suaves medias. La grasa de la gruesa lana del cordero se ha convertido en perfumada crema para las pieles delicadas. Y quienes compran, así como quienes venden, han experimentado el mismo cambio ciudadano. Caminando rítmicamente, caminando delicadamente, con chaqueta negra, con vestido de seda, la forma humana se ha adaptado igual que el producto animal. En vez de levantar pesos y jadear, abre cajones diestramente, desenrolla rollos de seda sobre mostradores, mide y corta con vara y tijera.

No hace falta decir que Oxford Street no es la vía más distinguida de Londres. Los moralistas han señalado con el dedo del desprecio a quienes compran en esa calle, y al hacerlo han contado con el apoyo de los elegantes. La moda tiene secretos recovecos junto a Hanover Square, en las cercanías de Bond Street, en los que se retira discretamente para celebrar sus más sublimes ritos. En Oxford Street hay demasiadas gangas, demasiadas ventas con rebajas, demasiados productos rebajados a una libra con once chelines y tres peniques, que la semana pasada costaban dos libras y seis chelines. El acto de comprar y vender es excesivamente flagrante y bronco. Pero, mientras a paso vivo se avanza hacia el ocaso -y entre las luces artificiales, los montones de seda y los destellantes autobuses, parece que un perpetuo ocaso se cierna sobre Marble Arch-, el relumbrón y el colorido de la gran alfombra rodante de Oxford Street tiene su fascinación.

Es como el pedregoso lecho de un río, cuyas piedras son siempre lavadas y pulidas por el destellante caudal. Todo brilla y reluce. El primer día de primavera trae consigo carritos de mano cargados de tulipanes, violetas y narcisos, formando esplendentes montones. Los frágiles carritos cruzan vagamente sinuosos el caudal del tránsito. En una esquina, sórdidos magos consiguen que pedacitos de papel de colores se dilaten en el interior de mágicas vasijas, convirtiéndose en exuberantes bosques de flora espléndidamente coloreada, en un jardín subacuático. En otra, reposan

galápagos sobre montoncillos de hierba. Estos seres, los más lentos y contemplativos, desarrollan sus inofensivas actividades en cosa de uno o dos pies de pavimento, celosamente protegidos de los pies de los transeúntes. Se llega a la conclusión de que la atracción que el hombre siente hacia los galápagos, al igual que la atracción que la mariposa nocturna siente hacia la estrella, es un elemento constante de la naturaleza humana. Sin embargo, el que una mujer se detenga y añada un galápago a los paquetes que lleva quizá sea el más raro espectáculo que pueda ofrecerse a nuestros ojos.

Teniendo en consideración todo lo anterior -las subastas, las carretillas, la baratura, el relumbrón-, no se puede decir que la distinción sea la más destacada característica de Oxford Street. Es un criadero, una dinamo de sensaciones. Del pavimento parecen brotar horrendas tragedias. Los divorcios de actrices, los suicidios de millonarios, ocurren aquí con una frecuencia ignorada en los más austeros pavimentos de las zonas residenciales. Aquí, las noticias surgen y cambian más deprisa que en cualquier otro lugar de Londres. El constante roce de la gente que pasa parece borrar la tinta de los cartelones de los vendedores de prensa, y consumir más y más cartelones, así como pedir más deprisa que en cualquier otro punto de Londres nuevos suministros de las últimas ediciones. La mente se convierte en una plancha cubierta con gelatina que recibe impresiones, y Oxford Street pasa perpetuamente por encima de esta plancha una cinta de cambiantes imágenes, sonidos y movimientos. Caen paquetes al suelo; los autobuses rozan los bordillos; el trompeteo a pleno pulmón de una banda de música se transforma en un delgado hilillo de sonido. Los autobuses, los camiones, los automóviles y las carretillas pasan confusamente mezclados, como fragmentos de un rompecabezas; se levanta un brazo blanco; el rompecabezas se hace más denso, se coagula, se detiene; el blanco brazo se hunde, y de nuevo se aleja el torrente, manchado, retorcido, mezclado, en perpetua prisa y desorden. El rompecabezas jamás llega a quedar ordenado, por mucho que lo contemplemos.

En las orillas de este río de tambaleantes ruedas, nuestros modernos aristócratas han levantado palacios, de la misma manera que en los viejos

tiempos los duques de Somerset y de Northumberland, los condes de Dorset y de Salisbury alzaron en los bordes del Strand sus señoriales mansiones.

Los distintos edificios de las grandes empresas son testimonio del empuje, la iniciativa y la audacia de sus fundadores, de la misma manera que las grandes casas de Cavendish y Percy dan testimonio de estas mismas cualidades en lejanos tiempos. En realidad, los grandes señores de Oxford Street son tan magnánimos como cualquiera de los duques y condes que lanzaban puñados de oro o daban hogazas a los pobres en la puerta de sus mansiones. La única diferencia estriba en que la generosidad de los primeros toma una forma diferente. Toma la forma de la excitación, la exhibición, la diversión, la forma de escaparates iluminados de noche, de banderas ondeando durante el día. Y nos dan gratis las últimas noticias. La música escapa libremente por las ventanas de los comedores en que celebran sus banquetes. Con solo gastar una libra, once chelines y tres peniques, se puede gozar del cobijo que estas altas y amplias mansiones ofrecen, del suave montón de alfombras, de los lujosos ascensores, del esplendor de las telas, las alfombras y la plata. Percy y Cavendish no podían dar más. Estos regalos se hacen con una finalidad, a saber, sacarnos del bolsillo, con la menor dificultad posible, unas monedas. Pero los Percy y los Cavendish tampoco ejercían su generosidad sin albergar esperanzas de recompensa, fuera la dedicatoria de un poeta, fuera el voto de un campesino. Y tanto los viejos señores como los nuevos aumentaron considerablemente el adorno y la diversión de la vida humana.

Sin embargo, no cabe negar que estos palacios de Oxford Street son cobijos un tanto endebles, que quizá sean antes patios que lugares en los que permanecer. Se tiene clara conciencia de que se camina sobre planchas de madera sostenidas por varillas metálicas, y de que el muro que da al exterior, a pesar de su espectacular decoración pétrea, tiene tan solo el espesor suficiente para resistir la fuerza del viento. Un vigoroso golpe propinado con el paraguas puede causar irreparables daños a la construcción. Muchas serán las casitas campesinas construidas para vivienda de un granjero o de un molinero, en los tiempos en que la reina Isabel se sentaba en el trono, que seguirán en pie cuando estos palacios se derrumben, convertidos en polvo. Los muros de las viejas casas

campesinas, con sus traviesas de roble y sus hiladas de honrados ladrillos concienzudamente unidos con cemento, siguen ofreciendo recia resistencia a los taladros que intentan incorporarles la moderna bendición de la electricidad. Pero puede muy bien ocurrir que cualquier día veamos cómo Oxford Street desaparece bajo los golpes del pico de un obrero situado en precario equilibrio en un polvoriento punto elevado, dedicado a derribar muros y fachadas con tanta facilidad como si fueran de cartón y azúcar.

Y, una vez más, los moralistas señalan con el dedo del menosprecio. Sí, ya que, según dicen, esa endeblez, esa piedra con calidad de papel, esos ladrillos que se desintegran en polvo, demuestran la ligereza, la ostentación, la prisa y la irresponsabilidad de nuestros tiempos. Pero quizá su menosprecio sea tan erróneo cual quedaría demostrado que lo es el nuestro, al oír la contestación que daría el lirio cuando le preguntáramos si debe ser fundido en bronce, o la que diría la margarita si le preguntáramos si debe tener pétalos de imperecedero esmalte. El encanto del Londres moderno consiste en que no ha sido construido para durar, ha sido construido para pasar. Su vidriosa calidad, su transparencia, sus altas olas de yeso coloreado dan un placer y alcanzan unos resultados que son diferentes de aquel placer y aquellos resultados que deseaban y perseguían los antiguos constructores y sus clientes, la nobleza de Inglaterra. Su orgullo les exigía la ilusión de la permanencia. Nuestro orgullo, al contrario, parece complacerse en demostrar que somos capaces de lograr que las piedras y los ladrillos sean tan transitorios como nuestros deseos. No construimos para nuestros descendientes, que quizá vivan en las nubes o bajo tierra, sino para nosotros y para nuestras necesidades. Derribamos y construimos de nuevo tal como esperamos ser derribados y ser de nuevo construidos. Este es un impulso que favorece la creación y la fertilidad. Se incita al descubrimiento y se pone la invención alerta.

Los palacios de Oxford Street hacen caso omiso de aquello que tan bueno parecía a los griegos, a los isabelinos, a los aristócratas del siglo XVIII. Actualmente impera el avasallador convencimiento de que, si no se formula una arquitectura que exhiba con toda claridad el neceser, el vestido de París, las medias baratas y la jarra de sales para el baño, tanto los palacios de los modernos magnates, sus mansiones y sus automóviles, como

las casitas en Croydon y Surbiton en las que viven sus dependientes -

quienes no viven mal, a fin de cuentas, con su gramófono y su radio, y su dinero para ir al cine-, se desmoronarán. De ahí que adelgacen increíblemente las piedras, que amontonen en loca y prieta confusión los estilos de Grecia, Egipto, Italia y América, y que intenten audazmente conseguir un ambiente de abundancia, de opulencia, en su intento de persuadir a las multitudes de que en semejantes lugares la belleza constante, siempre lozana, siempre nueva, muy barata y al alcance de todos, brota burbujeante, todos los días de la semana, de un inagotable manantial.

Oxford Street tiene horror a la simple idea de la edad, de la solidez, de durar siempre.

En consecuencia, si el moralista desea dar su paseo vespertino por esta calle determinada, debe afinar su oído a fin de que perciba ciertas raras e incongruentes voces. Superando la barahúnda de camiones y autobuses, podemos oír esas voces a gritos. Bien sabe Dios, dice el hombre que vende galápagos, que me duelen los brazos, que mis posibilidades de vender galápagos son pocas, ¡pero hay que tener valor! Quizá aparezca un comprador, de ello depende hoy que pueda dormir en una cama, debo seguir adelante, mientras la policía lo permita, vendiendo galápagos en mi carrito, desde el alba al ocaso. Ciertamente, dice el gran comerciante, no tengo la intención de educar a las masas, a fin de que tengan una más alta sensibilidad estética. Dedico todo mi ingenio a determinar la manera en que puedo exhibir mis mercancías con el mínimo coste y la máxima eficacia. A este fin, quizá poner verdes dragones en lo alto de columnas corintias sea una buena idea. Probémoslo. Reconozco, dice la mujer de la clase media, que miro mucho y me paro y demoro, y busco lo barato y regateo, y que paso horas y horas manoseando el contenido de los cestos donde se venden restos. Ya sé que mis ojos brillan desagradablemente, y que agarro y sopeso con repulsiva codicia. Pero mi marido es un empleado de poca monta, y solo cuento con quince libras al año para vestirme, por eso voy a estos palacios, para pasar un rato mirando y hacer lo preciso para ir tan bien vestida, si puedo, como mis vecinas. Soy ladrona, dice una mujer de esa clase, y, además, mujer de vida fácil. Me consta que hace falta mucho valor para apoderarse de un bolso puesto sobre un mostrador, en el momento en

que la clienta dueña del bolso está distraída. Y bien puede ser que el bolso solo contenga unas gafas y un billete de autobús ya usado. Por esto voy a esos sitios.

Son miles las voces como estas que gritan en Oxford Street. Todas tensas, todas reales, todas provocadas en quienes hablan por la presión de ganarse la vida, de encontrar una cama, de mantenerse a flote en el alto, indiferente e implacable oleaje de la calle. Incluso el moralista, quien cabe suponer, dado que puede dedicar una tarde a soñar, que tiene dinero en el banco, incluso el moralista debe permitir que esa calle de relumbrón, bulliciosa y vulgar, nos recuerde que la vida es lucha, que toda edificación es perecedera, que toda exhibición es vanidad. De todo lo cual cabe concluir... No, hasta que un avispado tendero no tenga la idea y abra celdas para pensadores solitarios, celdas forradas de terciopelo verde, con luciérnagas artificiales y unas cuantas mariposas auténticas, que induzcan al pensamiento y a la reflexión, es inútil intentar llegar a conclusiones en Oxford Street.

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